Byron en Portugal (julio de 1809)



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Soy muy feliz aquí porque me gustan las naranjas y hablo un mal latín con los monjes, que lo entienden a su manera. Voy entre la gente (con mis pistoletes) y de repente atravieso a nado el Tajo; monto en un asno o en una mula y maldigo en portugués; tengo diarrea y picaduras de mosquitos. Pero ¿y qué? La gente que viaja por placer no debe esperar comodidades.

Byron en Portugal (julio de 1809)

Portugal es un país hermoso; los ríos, bosques y exuberantes valles del norte son un espléndido contraste a su tortuoso litoral de playas, acantilados y cuevas del sur. Si el viajero llega desde la árida meseta castellana, tal vez se sienta decepcionado al ver la meridional y seca región portuguesa del Alentejo, pero (a dife­rencia de España) no tendrá que viajar muy lejos para ser testigo de un cambio de paisaje tan brusco que al principio le costará asimilar. De repente todo es más verde, y se ven flores y árboles por todas partes. También la vida parece discurrir con lentitud y la gente es más atenta. De hecho, los mismos portugueses hablan de su país como de una tierra de brandos costumes (maneras amables).

Para ser un país tan pequeño, Portugal tiene una extraordinaria diversidad cultural. Hay sofisticados complejos turísticos a lo largo de la costa próxima a Lisboa y en el desarrollado Algarve en el sur, que empezó a recibir turistas europeos hace unos 30 años. La propia Lisboa, con su idiosincrasia y maneras bastante anticuadas, tiene atractivos suficientes para complacer a la mayoría de los viajeros; los monumentales proyectos de desarrollo que acompañaron la Expo de Lisboa de 1998 la han fijado firmemente en la Europa moderna sin destacar del todo sus mejores cualidades. Sin embargo, las áreas rurales (el Alentejo, las montañosas Beiras o Trás-os-Montes al norte) aún están subdesarrolladas. El turismo y la integración en la Unión Europea han transformado muchas regiones (de manera más notable en el norte, donde la construcción de cada nueva carretera siega el paisaje), pero aquellos que quieran salirse de las rutas más turísticas tendrán numerosas oportunidades para explorar pequeñas poblaciones y áreas rurales que aún parecen enraizadas en el siglo pasado.

En cuanto a la población y las costumbres, las diferencias entre el norte y el sur son muy acusadas. Por encima de una línea divisoria que marca el curso del río Tejo (Tajo), predomina la población de origen céltico y germánico. Fue aquí, al norte de Guimarães, donde se formó la nación «lusitana», cuando los cristianos expulsaron a los moros del norte de África. Al sur del Tajo, donde las culturas romanas y, luego la árabe, arraigaron más, la gente es más bien morena y lleva un estilo de vida más «me­di­terráneo» (aunque, de hecho, el litoral portugués es enteramente atlántico). La agri­cultura también refleja esta diferencia, ya que en el sur se producen naranjas, higos y corcho, mientras que en el norte se cultivan cereales y patatas. En realidad, los métodos agrícolas del norte se remontan a los tiempos precristianos; y se cultiva en pequeñas parcelas divididas y subdivididas durante generaciones. Tales diferencias se advierten asimismo en sucesos más recientes.

La Revolución de 1974, que puso fin a 48 años de dictadura, llegó del sur (un área de latifundios, terratenientes y jornaleros sin tierras), mientras que la reacción conservadora apareció en el norte, entre poderosos eclesiásticos y pequeños propietarios temerosos del cambio. Sin embargo, la emigración ha provocado cambios aún más profundos que la revolución en las actitudes de la gente y el paisaje rural. Después de Lisboa, la mayor comunidad portuguesa del mundo está en París, y hay trabajadores por toda Francia, Alemania y Norteamérica. Cuando vuelven a casa, estos emigrantes llevan consigo ideas modernas que ponen en tela de juicio muchos valores tradicionales. Nuevas ideas e influencias culturales han llegado asimismo con los inmigrantes portugueses de las colonias africanas de Cabo Verde, Mozambique y Angola.

No obstante, lo que mayor influencia ha ejercido siempre en Portugal ha sido el mar. El Atlántico parece dominar el país no sólo desde el punto de vista físico, produciendo un clima templado estable, sino también desde el de la mentalidad de la gente y de la historia. Los portugueses son muy conscientes de ser un pueblo marinero; navegantes como Vasco da Gama abrieron el camino del descubrimiento de África y el Nuevo Mundo y, aunque con dificultades, Portugal era hasta hace relativamente poco una potencia colonial. Debido a estos vínculos, se introdujeron elementos africanos y suramericanos en la cultura del país: los fados, canciones melancólicas que se escuchan en Lisboa y Coimbra, por ejemplo, o el estilo manuelino, de influencia árabe, o el barroco del «Descubrimiento», línea arquitectónica a la que pertenecen los monumentos más destacados del país.

Esta «gloriosa» historia ha llevado también a la peculiar característica nacional de la saudade: un sentimiento de nostalgia y cierta resignación que hacen ver las posibilidades del futuro ensombrecidas por el pasado. Durante los años de aislamiento de la dictadura de Salazar, cuando le elite dominante intentó no ser «contaminada» por el resto de Europa hasta que se instauró la democracia tras la re­volución de 1974, tales sentimientos se reforzaron. Sólo en la última década, con la entrada de Portugal en la Unión Europea, la situación ha empezado a cambiar realmente. Por fin se ha iniciado una tardía revolución industrial y los portugueses se van, cada vez más, hacia Lisboa y las ciudades. Sin embargo, para los que se han quedado en el campo, la vida continúa siendo muy tradicional (e incomprensible para los visitantes) y las costumbres sociales parecen ancladas en el pasado. Las mujeres aún visten de negro si sus maridos están ausentes, pues la mayoría de ellos trabajan en Francia, Alemania o en el mar.

Hay pocos paisajes urbanos tan sorprendentes y excéntricos como Lisboa. Sus barrios, construidos sobre una sucesión de colinas que dominan el amplio estuario del río Tejo (Tajo), están comunicados entre ellos por una red de calles adoquinadas con pendientes muy pronunciadas, que tranvías y funiculares se esfuerzan en salvar. En la otra orilla del río, a la que se accede por uno de los mayores puentes colgantes del mundo y mediante una flota de transbordadores, se ve la estatua de Cristo con los brazos extendidos, parecida a la de Río de Janeiro. Para los visitantes resulta difícil no ver la ciudad como un parque temático, una percepción que se acentúa tanto por el castillo, que domina el barrio medieval de calles y casas encaladas de la Alfama, como por la arquitectura de estilo manuelino en Belém, los mosaicos de la céntrica plaza de Rossio o las numerosas tiendas y cafés de estilo Art Nouveau.

Los que han viajado por América del Norte se sorprenden al comprobar el parecido de Lisboa con San Francisco, no sólo por su aspecto físico, sino también por su emplazamiento sobre una falla tectónica. De hecho, en 1755, un gran terremoto arrasó casi toda la ciudad baja. Además, ambas ciudades gustan enseguida a los visitantes y son agradables. La capital portuguesa tiene cierto aire provinciano, y es humana en ritmo y escala. Durante la mayor parte del siglo xx, Lisboa estuvo apartada de las principales corrientes europeas, un aislamiento que terminó de forma repentina en 1974 con la Revolución de los Claveles, y más tarde con su ingreso en la Comunidad Europea (la precursora de la actual Unión Europea) una década después de la caída de la dictadura de Salazar.

Durante el último siglo, la población de Lisboa se ha doblado hasta superar el millón de habitantes, es decir, una décima parte de la portuguesa, con un crecimiento especialmente notorio tras la Revolución debido en gran medida al influjo de repatriados (retornados) de las antiguas colonias portuguesas de Angola, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe, Guinea-Bissau y Mozambique. Los retornados supusieron una pesada carga para la maltrecha economía portuguesa, sobre todo en cuanto a la vivienda, aunque su integración total constituye uno de los principales triunfos del Portugal contemporáneo. Al igual que el contingente de población brasileña, los afroportugueses han dado también un importante impulso cultural a la ciudad. Además de los tradicionales clubes de fado del Bairro Alto y la Alfama, en Lisboa han surgido magníficos grupos latinos y africanos, así como un amplio abanico de bares y restaurantes.

Los monumentos y puntos de interés más convencionales son escasos, debido en gran medida al terremoto de 1755. La , la catedral románica y las murallas árabes del Castelo de São Jorge son hermosos monumentos de las primeras épocas de la historia lisboeta, aunque no los únicos de Portugal. Lisboa cuenta además con un único edificio de la edad de oro lusa, el extraordinario Mosteiro dos Jerónimos, en el barrio de Belém, que sobresale entre el resto de monumentos de aquella época. Dos museos merecen una atención especial: la Fundação Calouste Gulbenkian, un complejo cultural y museístico con unas magníficas colecciones de arte antiguo y moderno, y el Museu Nacional de Arte Antiga, auténtica galería nacional de Portugal. Una de las atracciones más recientes de la capital lusa es el Oceanario (el mayor de Europa), situado en el emplazamiento donde se celebró la Expo de Lisboa en 1998 y actualmente conocido como el Parque das Nações. Además de estos puntos de interés, el viajero puede explorar sus calles, avenidas y céntricas plazas, que se caracterizan por el continuo deambular de sus ciudadanos. El centro comercial de Amoreiras, obra del arquitecto Tómas Taveira, merece también una visita por ser una muestra de la arquitectura contemporánea más arriesgada en la Lisboa actual.



La existencia de tantos puntos de interés supone que hay que dedicar a Lisboa unos días del viaje por Portugal. La capital es incluso una excelente base para pasar una semana o dos de vacaciones desde la que hacer excursiones y salidas por los alrededores. Debido a la proximidad del océano Atlántico, los lisboetas van a Estoril y Cascais, magníficas zonas residenciales costeras situadas a sólo media hora de la capital y accesibles en ferrocarril. Hacia el sur, en la otra orilla del río Tajo, se extienden los kilómetros de dunas de la Costa da Caparica. Si continúa un poco más al sur, llegará al puerto de Setúbal, donde se erige una de las primeras iglesias manuelinas; cerca del puerto se halla el centro turístico de Sesimbra, adonde muchos lisboetas se desplazan para pasar el día. Al noroeste de la ciudad se hallan las exuberantes colinas arboladas y los palacios reales de Sintra, paisaje en el cual se inspiró lord Byron en sus versos dedicados al «glorioso Edén». Además, si siente cierto interés por la arqui­tectura portuguesa, encontrará en estos parajes maravillas del arte rococó como el Palácio de Queluz y sus jardines o el extraordinario monasterio de Mafra, un buen punto de partida para visitar luego la región de Estremadura, situada al norte.



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Lisboa parece una ciudad del siglo xviii: elegante, abierta al mar y proyectada con meticulosidad. No obstante, esta descripción no es extensible a los suburbios modernos (muchos de ellos tan pobres y feos como los de cualquier otra ciudad europea), pero sí se ajusta al casco antiguo delimitado por un triángulo de colinas. Esta «ciudad baja», la Baixa, fue el resultado de una única fase de construcción, llevada a cabo en menos de una década por un ministro dictatorial, el marqués de Pombal, tras el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.

El gran terremoto, que se sintió en lugares tan remotos como Jamaica, sacudió Lisboa a las 9.30 h del 1 de noviembre de 1755 día de Todos los Santos, cuando la mayor parte de la población estaba en misa. En sólo 10 minutos se produjeron tres grandes temblores y las velas que iluminaban el centenar de altares de las iglesias causaron numerosos incendios que pronto se propagaron por toda la capital. Un fuerte maremoto arrasó las zonas costeras, donde la gente se había refugiado huyendo del fuego y la destrucción. Como resultado de aquella catástrofe murieron 40.000 personas de las 270.000 que habitaban entonces la capital. La destrucción de Lisboa causó tanta impresión en el resto de Europa que incluso Voltaire, que escribió sobre ella en su novela Cándido, sostuvo un debate con Rousseau acerca de la providencia divina. Para Portugal, y para la capital, aquél fue un desastre que, visto retrospectivamente, marcó el fin de una época, pues en el siglo xviii Lisboa tal vez era el puerto más activo de Europa.

En realidad, la ciudad había sido próspera ya desde la época romana, y quizás incluso de los fenicios. Durante la Edad Media, convertida en la al-Usbuna árabe, creció gracias a los lazos que la unían con el mundo islámico, y a las ricas tierras del Alentejo y el Algarve situados al sur. La reconquista cristiana en 1147 fue un temprano y dudoso triunfo de los cruzados; su único aspecto positivo fue la aparición del primer monarca portugués Afonso Henriques. De todas formas, sólo en 1255 la capital se trasladó de Coimbra a Lisboa.

Durante los siglos siguientes, Lisboa estuvo dos veces a la cabeza del desarrollo y el comercio europeos, y a una escala que resulta difícil imaginar hoy en día. La primera fue como consecuencia de los grandes descubrimientos portugueses a fines del siglo xv y principios del xvi, cuando Vasco da Gama abrió la ruta marítima a la India. La segunda fue durante las primeras décadas del siglo xviii, tras el hallazgo de oro y diamantes en la colonia de Brasil. Éstas fueron las dos grandes eras de la hegemonía portuguesa. El siglo xvi estuvo dominado por la figura de Manuel I, en cuyo reinado se desarrolló el vistoso y florido estilo arquitectónico conocido como manuelino, que se extendería por todo el país. De esta época datan los principales monumentos de Lisboa (la torre y el monasterio de Belém). En el siglo xviii, más extravagante, pero con efectos menos brillantes, subió al trono Juan V, obsesionado en construir el monasterio Mafra, como réplica al monasterio de El Escorial en Madrid.



Durante el siglo xix y principios del xx, la ciudad destacó más por su agitación política (desde el asesinato de Carlos I en 1908 hasta la Revolución de los Claveles en 1974) que por su legado arquitectónico, si bien el movimiento Art Nouveau dejó su huella. Sin embargo en las dos últimas décadas del siglo xx Lisboa recibió una importante inyección de fondos e inició una serie de obras a gran escala sin parangón desde hacía más de 2 siglos. Además de recibir fondos provenientes de la Unión Europea para la recupera­ción económica del país en la década de 1980, Lisboa fue declarada capital europea de la cultura en 1994; la ciudad aprovechó para dotarse de una nueva infraes­tructura cultural que le dio un perfil más europeo. Aún más importante fue la transformación que supuso la Expo de 1998 para la capital, pues se restauró su patrimonio histórico artístico y se emprendió un programa de importantes obras públicas, como el mayor puente colgante de Europa, nuevas líneas de Metro y ferrocarril, y una red de carreteras que rodean la capital. Aunque el desarrollo urbano ha contribuido en cierto modo a disminuir su carácter provinciano, también ha supuesto una inyección de optimismo, que ha convertido Lisboa en una de las ciudades más animadas de Europa.

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Los restaurantes aparecen señalados en el plano de la Baixa de la página 60.

A Berlanga, rua barros Queiróz 29, detrás de la iglesia de São Domingo. Una cervejaria/restaurante con un estanque lleno de cangrejos y mariscos. La clientela de primera hora de la noche picotea gambas en el bar; más tarde, llegan lugareños que cenan lo que eligen en los escaparates. La ementa turística cuesta 2.000 escudos y tiene la mejor relación calidad-precio; fuera del menú turístico, se pagan unos 3.000 escudos por persona como mínimo.

Andorra, rua das Portas de Santo Antão 82. El Andorra, que ocupa un tramo alzado de la calle, está especializado en açorda (una salsa de ajo y pan) y arroz con marisco, además de pescado fresco y filetes; tiene mesas en el exterior. El interior es pequeño y elegante. Buena relación calidad-precio. Dom., cerrado.

Beira Gare, praça Dom João da Camara. Este veterano bar-restaurante (situado frente a la estación de Rossio) sirve comida rápida portuguesa, así como almuerzos y cenas baratas.

Casa do Alentejo, rua das Portas de Santo Antão 58. Edificio de decoración extravagante que es, además de restaurante, un club privado dedicado a la cultura alentejana. El patio es sorprendente, al igual que el mobiliario de época. El establecimiento programa exposiciones culturales, hecho que da mayor relevancia si cabe a la cocina portuguesa.

Celeiro Macrobiótico-Naturista, rua 1.o de Dezembro 65, a la altura de Rossio. Supermercado de comida saludable y restaurante autoservicio en la planta baja; ofrecen unos sabrosos rollitos de primavera vegetarianos, quiches y platos por el estilo. Abierto hasta las 19 h; fines de semana, cerrado.

Gambrinus, rua das Portas de Santo Antão 15 (Tlfn. 213 421 466). Uno de los mejores restaurantes de marisco de Lisboa; especialidades como anguilas asadas con tocino, langosta y de postre crepes; interior elegante con paredes revestidas de madera. Caro.

João do Grão, rua dos Correeiros 220-228. Conocido restaurante de la Baixa; interior decorado con azulejos. Tienen mesas en el exterior y sirven una buena gama de platos portugueses y sabrosas ensaladas.

Leão d'Ouro, rua 1.o Dezembro 105 (Tlfn. 213 469 495). Restaurante atractivo, también decorado con azulejos y especializado en marisco y carne a la brasa. Hay que llegar pronto para conseguir mesa.

Martinho da Arcada, praça do Comércio 3. Hermoso restaurante tradicional con mesas de manteles blancos y camareros atentos. Se halla escondido en la arcada y ha cambiado poco desde que a principios de siglo era frecuentado por el escritor Fer­nando Pessoa. Dom., cerrado. Caro.

Rei dos Frangos, travessa de Santõ Antão 11-18. Conocido como Bom Jardim, este establecimiento cuenta con otros restaurantes en las dos aceras de una vía que une Restauradores con la rua das Portas de Santo Antão. Sitio ideal para comer pollo asado, que entero y con patatas fritas cuesta unos 1.000 escudos.

Solmar, rua das Portas de Santo Antão 108 (Tlfn. 213 423 371). Amplio restaurante donde sirven un excelente marisco. La decoración del local se completa con una fuente y mosaicos con motivos marineros, aunque últimamente la calidad de su servicio y cocina han bajado un poco. Caro.

Yin-Yang, rua dos Correeiros 14, 1.o Comidas vegetarianas y macrobióticas (12-13 h), incluso platos de tofu, zumos de frutas y crepes. Los platos principales cuestan entre 600-1.300 escudos; permanece abierto de 18-20 h para tomar tentempiés. Fines de semana, cerrado.

Se puede beber en todos los bares y cafeterías de Lisboa. Algunos de los cafés más antiguos y determinadas pastelarias son bastante buenos. Sin embargo, para tomar una copa de noche, hay varios establecimientos que valen la pena en la Alfama, si bien la mayor concentración de bares y clubes de diseño se encuentra en el Bairro Alto, desde siempre el centro de la vida nocturna lisboeta; sus apiñadas calles aún albergan unos 50 de estos establecimientos, además de casas de fado y restaurantes. A medida que avanza la noche, la mayoría de los lisboetas va a buscar animación a la Avenida 24 de Julho y alrededores, aunque se trata de una zona que está menos de moda que los muelles más al oeste de Alcântara y Santo Amaro, este último bajo el Ponte 25 de Abril.






La Feira da Ladra



Más al este: Museu da Artilharia, el Museu da Água y Museu Nacional do Azulejo



Santa Engráçia y São Vicente de Fora



Alfama es la zona más antigua de Lisboa y se extiende desde las murallas del castillo hasta orillas del río Tejo. La masa de roca sobre la que fue construida y a la que debe sus empinadas cuestas hizo de contrafuerte para esta parte de la ciudad; por eso pudo resistir a los daños del terremoto en 1755. Aunque ninguna de las casas es anterior a la época de la conquista cristiana, muchas tienen un diseño árabe que da al barrio cierto aire de kasbah; en muchos aspectos, sigue como lo describió Osbern: «Empi­na­dos desfiladeros en lugar de las habituales calles... y los edificios tan estrechamente apiñados unos con otros que, salvo en el barrio de los comerciantes, es raro que haya una calle que tenga más de dos metros de ancho.»

En la época de dominio musulmán, la Alfama ocupaba la mayor parte urbanizada de la ciudad, situación que continuó conservando tras la reconquista cristiana hasta que, a raíz de los seísmos que sacudieron la población más tarde, la nobleza se trasladó y dejó el barrio a la comunidad de pescadores locales. En la actualidad, debido a sus callejones adoquinados y su «encanto», está siendo víctima de cierta comercialización. Pero si bien las tiendas de antigüedades y los restaurantes se van adueñando de algunos espacios, aún está lejos el momento en que se apoderen de un barrio que todavía conserva su ambiente tradicional. En sus cafés se puede comer muy bien por poco dinero, y dos veces por semana el mercadillo se adueña de la periferia del barrio. Además, se recomienda visitar la Alfama durante las fiestas de los «santos populares» en el mes de junio (sobre todo el 12 de junio, festividad de Santo António), cuando hay tabernas improvisadas en todas las esquinas.

Cuestas empinadas, callejuelas y pasajes se denominan en Lisboa becos y travessas en lugar de ruas, y sería tanto imposible como fútil intentar seguir un itinerario preestablecido. Con todo, en algún momento de la visita azarosa por el barrio vale la pena dirigirse a la rua de São Miguel (de ella salen algunos de los becos más interesantes) y la rua de São Pedro, paralela por el lado del río a la anterior, que es la calle del mercado principal y la que conduce al bullicioso Largo do Chafariz de Dentro, justo en la parte inferior de la colina. Por todas estas calles y callejones, la vida prosigue con un ritmo que no se ha alterado durante siglos: los niños juegan a la pelota en pequeñas plazas y se persiguen correteando por las empinadas escaleras; la gente sale a comprar a los colmados y adquieren pescado en las pescaderías, que exponen el género; los inquilinos de las casas tienden la ropa en los balcones y encienden pequeños fogones de carbón en el exterior y cocinan la comida sobre las brasas, mientras que los ancianos se pasan horas sentados en viejos bancos de madera.

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