C. G. Jung Recuerdos, sueños, pensamientos



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Seix Barral Los Tres Mundos
C. G. Jung Recuerdos, sueños, pensamientos

Editado por Aniela Jaffe


ÍNDICE

7 INTRODUCCIÓN DE ANIELA JAFFÉ

17 PRÓLOGO

20 INFANCIA

40 PERIODO ESCOLAR

106 PERÍODO UNIVERSITARIO

143 ACTIVIDAD EN EL CAMPO DE LA PSIQUIATRÍA

178 SIGMUND FREUD

204 EL ANÁLISIS DEL INCONSCIENTE

238 ACERCA DEL ORIGEN DE LA OBRA

264 EL TORREÓN

281 VIAJES

281 ÁFRICA DEL NORTE

290 Los PUEBLOS INDIOS Y UGANDA

322 INDIA

334 RAVENA Y ROMA

340 VISIONES

351 ACERCA DE LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

383 ÚLTIMOS PENSAMIENTOS

414 RESUMEN

419 APÉNDICE

419 DE LAS CARTAS DE JUNG A SU MUJER DESDE LOS ESTADOS UNIDOS (1909)

427 DE LAS CARTAS DE FREUD A JUNG (1909 A 1911)

431 CARTA A su MUJER DESDE SUSA, TÚNEZ (1920)

433 DE UNA CARTA A UN JOVEN INVESTIGADOR (1952)

435 DE UNA CARTA A UN COLEGA (1959)

436 THÉODORE FLOURNOY

438 RICHARD WILHELM

444 HEINRICH ZIMMER

446 COMPLEMENTO AL ROTES BUCH (1959)

447 SEPTEM SERMONES AD MORTUOS (1916)

461 ALGUNOS DETALLES SOBRE LA FAMILIA DE C. G. JUNG, POR ANIELA JAFFÉ


469 GLOSARIO

485 BIBLIOGRAFÍA


Traducción del alemán por M.A. ROSA BORRAS
Título original:
Erinnerungen Träume Gedanken
© 1961, 1962: Pantheon

Books, Nueva York © 1961,

1962, 1963: Random House,

Inc. Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción:

© 1964 y 2001:

Editorial Seix Barral, S. A.

Provenza, 260 - 08008 Barcelona
ISBN: 84-322-0829-9
Primera reimpresión argentina: julio de 2002
© 2002, Grupo Editorial Planeta
S.A.I.C. / Seix Barral

Independencia 1668, 1100

Buenos Aires

ISBN 950-731-334-6


Impreso en Industria Gráfica

Argentina, Gral. Fructuoso

Rivera 1066, Capital

Federal, en el mes de junio de 2002.

Para Elena y Laura, a quienes Jung hubiera dedicado complacido este trabajo....
INTRODUCCIÓN
He looked at his own Soul with a Telescope.

What seemed all irregular, he saw and shewed to be beautiful Constellations; and he added to the Consciousness hidden worlds within worlds.


COLERIDGE, Notebooks
En el verano de 1956 —durante el congreso Éranos en Ascona— el editor Kurt Wolff habló por vez primera con amigos de Zurich de su deseo de publicar una biografía de Carl Gustav Jung en la editorial Pantheon de Nueva York. La doctora Jolande Jacobi, una colaboradora de C. G. Jung, propuso que se me encargara a mí tal biografía. Todos comprendían que no se trataba de una empresa fácil, pues era conocida la aversión de Jung a dar a la publicidad su vida. Así, pues, Jung accedió sólo tras largas vacilaciones, y me concedió una tarde semanal para el trabajo en común. Era mucho si se considera su recargado plan de trabajo y su estado de salud debido a la edad. Comenzamos en la primavera de 1957. Kurt Wolff me había presentado su proyecto de que el libro no fuera una «biografía» sino una «autobiografía»: sería el mismo Jung quien hablaría. Esto determinó el plan general de la obra y mi primera tarea consistió exclusivamente en plantear preguntas y anotar las respuestas de Jung. Pese a que al principio se mostró algo reservado y vacilante, pronto se puso a narrar, con creciente interés sobre sí mismo, su evolución, sus sueños y sus pensamientos. La buena disposición de Jung para el trabajo en común condujo, a fines de 1957 a realizar un paso decisivo. Tras una fase de inquietud, afluyeron imágenes de su infancia, olvidadas desde hacía mucho tiempo. Jung sospechaba su relación con las ideas de su obra de madurez, sin embargo, no podía aún concebirlo con claridad. Una mañana me participó que él mismo quería escribir sobre su infancia, de la que me había ya contado muchas cosas, pero, naturalmente, no todo. La decisión resultó tan satisfactoria como inesperada, pues yo sabía cuánto fatigaba a Jung el escribir, y que no emprendería una labor de esta clase sin sentirla interiormente como una «misión». Así pues, su propósito me pareció confirmar que en su fuero interno aprobaba su «autobiografía». Poco tiempo después de esta decisión anoté sus palabras: «Un libro mío es siempre obra del destino. Existe en ello siempre algo imposible de prever, y yo no puedo prescribirme o proponerme nada. Así también la autobiografía toma ya ahora un camino distinto al que en un principio supuse. El que yo redacte mis antiguos recuerdos es una necesidad. Si lo abandono un sólo día, se manifiestan inmediatamente desagradables síntomas físicos. Tan pronto como vuelvo a trabajar en ello, desaparecen, y recupero la claridad mental». En abril de 1958 Jung finalizó los tres capítulos sobre la infancia, la época escolar y los años de estudios universitarios. Él los tituló «De acontecimientos iniciales de mi vida». Se cierran con el fin de los estudios de medicina en el año 1900. Sin embargo, ésta no fue la única aportación que Jung proporcionó al libro. En enero de 1959 Jung estaba en su casa de campo de Bollingen. Dedicaba todas las mañanas a la lectura de los capítulos de nuestro libro que ínterin iban redactándose. Cuando me devolvió el capítulo «Sobre la vida después de la muerte», dijo: «Hay algo que me inquieta. Se ha formado un desnivel y debo escribir.» Así surgió el capítulo

«Últimos pensamientos» en el que se exponen sus pensamientos más profundos, aunque quizás también los más extraños. En el verano del mismo 1959 Jung escribió, también en Bollingen, el capítulo sobre «Kenia y Uganda». El capítulo sobre los pueblos indios tiene su origen en un fragmento inédito de los manuscritos que restan del año 1926 y que tratan de cuestiones generales de los pueblos primitivos. Para complementar el capítulo «Sigmund Freud» y «El análisis del inconsciente» entresaqué diversos párrafos de un cursillo realizado en 1925. Jung informó entonces por vez primera acerca de algunas cuestiones de su evolución interna. El capítulo «Actividades en el campo de la psiquiatría» tiene su origen en conversaciones sostenidas por Jung en 1956 con jóvenes médicos auxiliares del sanatorio Burghölzli de Zurich. En esta época trabajaba allí uno de sus nietos como psiquiatra. Las conversaciones tuvieron lugar en casa de Jung en Küsnacht. Jung ha leído el manuscrito de este libro y lo ha autorizado.



En algunas ocasiones ha realizado ciertas correcciones y propuesto algunas ampliaciones, o incluso las ha elaborado él mismo. Por mi parte, he ampliado los capítulos por él escritos basándome en las notas de nuestras conversaciones, he explicitado sus frecuentes indicaciones de tipo lapidario y suprimido las repeticiones. Cuanto más avanzaba el libro, más profunda era la amalgama entre su trabajo y el mío. El modo como surgió el libro determinó, en cierto sentido, también el contenido. La conversación o la narración espontánea comporta el sello de la improvisación, y también adopta este carácter la «autobiografía». Los capítulos son reflejos de luz que iluminan sólo fugazmente la vida exterior de Jung y su obra. No obstante, transmiten la atmósfera de su mundo espiritual y las vivencias de un hombre para quien el alma significaba la más auténtica realidad. He interrogado muchas veces en vano a Jung acerca de cuestiones externas; sólo la esencia espiritual de lo vivido era para él inolvidable y digno de ser narrado. Más importantes que las dificultades formales de configuración del libro lo fueron otras que afectaban a su naturaleza personal. Jung se refiere a esta cuestión en una carta aun amigo de su época estudiantil. Éste le había rogado que esbozase sus recuerdos de juventud. El intercambio de cartas tuvo lugar a fines de 1957. «... ¡Tienes toda la razón! Cuando se es viejo anda uno a vueltas, por dentro y por fuera, con sus recuerdos de juventud.

Hará unos treinta años que mis alumnos me pidieron que les explicase cómo llegué a mi concepción del inconsciente. Con tal motivo di un cursillo sobre esa cuestión. En los últimos años se me ha sugerido repetidas veces que escribiese algo así como una "autobiografía" mía. Esto sí que yo no podría concebirlo en modo alguno. Conozco demasiadas autobiografías, con sus deformaciones y convencionalismos y sé demasiado de la imposibilidad de una auto descripción para poder atreverme yo a efectuar ensayos en tal sentido. »Recientemente me han solicitado datos autobiográficos y en esta ocasión he descubierto que entre mis recuerdos se ocultan ciertos problemas objetivos merecedores de una atención más cuidadosa. Así pues, he meditado sobre tal posibilidad y he llegado a la decisión de limitar mis restantes obligaciones hasta que logre analizar objetivamente siquiera los primeros inicios de mi vida. Esta tarea es tan difícil e insólita que tuve que prometerme a mí mismo no publicar los resultados mientras viva. Esta medida me pareció necesaria para asegurarme tranquilidad y aislamiento. Pues he observado que todos aquellos recuerdos que para mí se han conservado vivos suponen vivencias emotivas que sumen al espíritu en la inquietud y la pasión; ¡una condición muy desfavorable para una creación objetiva! Tu carta ha llegado "naturalmente" en el momento que he resuelto, por así decirlo, emprender esta tarea. » El destino quiere ahora —como siempre ha querido— que, en mi vida, lo externo sea accidental, y sólo lo interno rija como sustancial y determinante. A consecuencia de esto también todo recuerdo de acontecimientos "externos" palidece y quizás las experiencias "externas" no fueron nunca propiamente mías o lo fueron sólo en cuanto coincidieron con fases internas de evolución. De estas manifestaciones «externas» de mi existencia se me han borrado muchas, precisamente porque, así me lo pareció, participé en ellas con todas mis fuerzas. Tales son, sin embargo, las cosas que hacen comprensible una biografía: personas que uno ha conocido, viajes, aventuras, complicaciones, reveses de la fortuna y otras cuestiones del mismo tipo. Pero para mí, con pocas excepciones, se han transformado en esquemas rememorables que en modo alguno ya no pueden dar alas a mi fantasía. »Tanto más fuerte y vivo es mi recuerdo de las experiencias "internas". Pero aquí surge un problema de exposición, ante el cual me siento poco capacitado, por lo menos por ahora. Por tal motivo, siento no poder satisfacer tu deseo, lo cual lamento mucho...» Esta carta caracteriza la actitud de Jung: ¡pese a que «se había decidido a emprender la tarea», la carta termina con una negativa! El conflicto entre aceptación y rechazo no se apaciguó por completo hasta su muerte. Siempre quedó un resto de escepticismo y conservó el miedo a los futuros lectores. Consideraba el libro de recuerdos no como una obra científica ni como un libro suyo, sino que habló y describió la «obra de Aniela Jaffé», a la que él había prestado su colaboración. Atendiendo a su deseo no se incluirá en la serie de sus «Obras completas». Jung fue especialmente reservado en los datos de sus entrevistas, sea con personalidades conocidas, sea con allegados suyos, con sus amigos. «He hablado con muchos hombres famosos de mi época, con figuras destacadas de la ciencia y de la política, con investigadores, artistas y escritores, príncipes y grandes financieros, pero si quiero ser sincero debo decir que pocos de tales encuentros se convirtieron en una experiencia éramos como barcos en alta mar que mutuamente arriábamos bandera. En su mayoría estos hombres venían a pedirme también algún favor que no puedo o no debo mencionar. Por ello no he conservado ningún recuerdo a pesar de que ante los ojos fueran personalidades del mundo. Las entrevistas fueron intrascendentes; se desvanecieron rápidamente y no dejaron huellas profundas. Las relaciones que para mí significaron algo, y que despertaron en mí recuerdos de viejos tiempos, no puedo escribirlas, pues fueron no sólo la parte más íntima de mi vida, sino también de la suya. No me incumbe el abrir a las miradas del mundo las puertas eternamente cerradas.» La escasez de datos externos y concretos se suple ampliamente, sin embargo, con otras cosas: con información sobre vivencias íntimas de Jung y con multitud de pensamientos que, como él dijo, deben calificarse de biográficos. En gran medida son típicamente suyos y constituyen el fundamento de su vida. Esto vale, en primer lugar, para los pensamientos religiosos. El libro incluye las convicciones religiosas de Jung. Fueron diversos los caminos que condujeron a Jung a analizar cuestiones religiosas: experiencias propias, que de niño ya le enfrentaron con la realidad de la experiencia religiosa, que le acompañaron hasta el fin de su vida, y un irrefrenable imperativo mental que abarcó todo cuanto hace referencia al alma, a sus atributos y manifestaciones y le caracterizó como científico —last but not least—, y su conciencia médica. Jung se sentía ante todo médico. No se le escapó que la postura religiosa desempeña un papel decisivo en la terapia de los hombres con afecciones del alma. En ello se basó su reconocimiento de que el alma crea espontáneamente imágenes de contenido religioso; de que, por consiguiente, el alma es «religiosa por naturaleza». Jung reconoció que la causa de numerosas neurosis, en especial en la segunda mitad de la vida, son un debilitamiento de esta naturaleza fundamental. El concepto de Jung de lo religioso se diferencia en muchos aspectos del cristianismo tradicional. Particularmente en su respuesta a la cuestión del mal y en la representación de un Dios no sólo bueno o «querido». Desde el punto de vista del cristianismo dogmático, Jung era un disidente. Esto lo pudo notar él mismo, una y otra vez, en la oposición que, en todo el mundo, hallaron sus obras. Sufrió por ello, y en diversos pasajes de este libro se entrevé la desilusión del investigador que en sus convicciones religiosas no se siente comprendido del todo. Más de una vez se dejó llevar por excesivo ímpetu: «¡En la Edad Media me hubieran quemado!» Sólo después de su muerte se elevaron las voces de los teólogos afirmando que no debe considerarse a Jung al margen de la historia de la Iglesia de nuestro siglo. Jung conocía a fondo el cristianismo y las más importantes de sus obras se ocupan de las cuestiones religiosas del cristiano, y las analizó desde el punto de vista de la psicología y en la consciente limitación del problema teológico. Al hacer esto, contrapuso a la exigencia cristiana de la fe, la necesidad de la comprensión y la meditación. Para él era esto una evidencia y una necesidad vital. «Creo que todos mis pensamientos giran alrededor de Dios, como los planetas alrededor del sol y, así como éstos son atraídos por el mismo sol, mis pensamientos lo son irremisiblemente por Él Me tendría por el más empedernido pecador si opusiera resistencia a este poder», escribió, en 1952, a un joven seminarista. En su libro de memorias Jung habla por primera y única vez de Dios y de su experiencia personal de Dios. En los días en que escribía sobre su protesta juvenil contra la Iglesia, dijo una vez: «Entonces vi claro que Dios, por lo menos para mí, era una de mis experiencias inmediatas más ciertas.» En su obra científica Jung no habla de Dios, sino de «la imagen de Dios en el alma humana». Esto no es ninguna contradicción, sino que en una ocasión se manifiesta subjetivamente, basándose en la experiencia, y en la otra lo hace de modo científico y objetivo. En una ocasión habla el hombre, en cuyos pensamientos participan también sentimientos pasionales, la intuición y experiencias internas y externas. Y en la otra habla el investigador, cuyas manifestaciones no traspasan los límites teóricos del conocimiento, sino que se ciñen conscientemente a los hechos y a lo demostrable.

Como científico, Jung era un empírico. Cuando para sus memorias hablaba de sus sentimientos y experiencias personales en materia de religión, presuponía la buena voluntad del lector para seguirle a través de sus experiencias subjetivas. Pero sólo el que haya tenido experiencias semejantes podrá reconocer por valederas para sí las afirmaciones subjetivas de Jung. Expresado de otro modo: el que tenga en su alma una imagen de Dios de iguales o parecidos rasgos. Cuanto más positiva y activamente intervenía Jung en la redacción de su «autobiografía», tanto más era de prever su duradera actitud crítica y negativa en lo referente a su publicación. Temía la reacción del público, y no en última instancia por la franqueza con que exponía sus experiencias y pensamientos religiosos. Las antipatías que suscitó con su libro Antwort auf Hiob (Respuesta a Job) eran todavía demasiado recientes y demasiado dolorosas la incomprensión e insensatez del mundo. «Toda mi vida he conservado estas notas, y nunca quise que se publicaran, pues si con ello pasara algo, sería más grave que con otros libros. No sé si estaré lo suficiente lejos de este mundo para que los dardos no puedan alcanzarme y no tenga que soportar las críticas adversas. He sufrido demasiado la incomprensión y el aislamiento a que se llega cuando se dicen cosas que los hombres no comprenden. Si ya el libro Job ha encontrado tanta incomprensión, mis memorias tendrán un resultado todavía más negativo. La "autobiografía" es mi vida observada a la luz de lo que he investigado. Lo uno es lo otro y por ello la lectura de este libro es difícil para aquellos que no conocen mis pensamientos o no los comprenden. Mi vida es en cierto sentido la quintaesencia de lo que he escrito y no ala inversa. Cómo soy y cómo escribo son una misma cosa. Todos mis pensamientos y todo mi afán, ése soy yo. Así pues, la "autobiografía" no es más que el punto sobre la i.» Durante los años en que las memorias adquirieron forma se llevó a cabo en Jung un cierto proceso de objetivación y transformación. A cada capítulo se distanciaba más, por así decirlo, de sí mismo y acabó por verse desde lejos, al igual que al significado de su vida y obra. «Si pregunto por el valor de mi vida, sólo puedo medirme con los pensamientos de los siglos, y entonces debo decir: Sí, significa algo. Medido con los pensamientos de hoy no significa nada.» Lo impersonal de esta expresión, así como la sensación de continuidad histórica que se desprenden de estas palabras son característicos de Jung. Ambos aspectos destacan con más fuerza a lo largo de cada capítulo. De hecho, el libro de memorias de Jung se encuentra íntimamente unido a su pensamiento científico. Pero quizás no existe mejor introducción al mundo espiritual de un investigador que el relato de cómo se le ocurrieron sus ideas, y la información acerca de las vivencias subjetivas que se encuentran detrás de sus conocimientos. La «autobiografía» de Jung cumple en gran medida el objetivo de una introducción afectiva. El capítulo «De la génesis de mi obra» es en realidad un fragmento. ¿Cómo podía ser de otro modo en una obra de más de veinte volúmenes? Tampoco Jung se hubiera decidido a dar una visión de conjunto de su ideología ni en conversaciones, ni en un escrito redactado por él mismo. Cuando en una ocasión se le encargó esto, escribió en su típico estilo, algo drástico: «... debo decir que una cosa así está por completo fuera de mi alcance. No podría expresar sencillamente en forma breve lo que extensamente he expuesto con tantas dificultades y esfuerzos. Debería prescindir de todo el material de pruebas y sólo podría emplear un estilo apodíctico, lo que no facilitaría en modo alguno la difícil comprensión de mis resultados. La actividad propia de la familia de los rumiantes, que consiste en la regurgitación de lo ya comido, es para mí lo opuesto a lo que despierta el apetito...»; que el lector considere el capítulo «De la génesis de mi obra» simplemente como breve ojeada retrospectiva del viejo maestro. El corto glosario que he añadido a instancias del editor facilita algunas aclaraciones introductorias a los no familiarizados con la obra y terminología de Jung. Siempre que ha sido posible me he referido a los conceptos de la psicología de Jung mediante citas de sus obras. Las citas pueden, sin embargo, servir exclusivamente de indicación. Jung ha utilizado siempre los conceptos por él empleados de un modo distinto y siempre nuevo, y ha dejado en acertijo o misterio lo indefinible adscrito a la realidad psíquica. Son muchos los que me han ayudado en esta tarea difícil y agradable a la vez. Sea porque siguieron con interés la lenta evolución de la obra, sea porque estimularon el trabajo con solicitudes y críticas. A todos ellos expreso mi agradecimiento. Citaré solamente a Helene y Kurt Wolff, Locarno, que contribuyeron a la realización de la idea del libro, a Marianne y Walther Niehus-Jung, Küsnacht ZH, que me ayudaron en los años iniciales con su consejo y apoyo, y a Richard F. C. Hull, Palma de Mallorca, que me aconsejó amablemente con paciencia inagotable.
ANIELA JAFFÉ

Diciembre 1961


PRÓLOGO
Mi vida es la historia de la autorrealización de lo inconsciente. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a ser acontecimiento, y la personalidad también quiere desplegarse a partir de sus condiciones inconscientes y sentirse como un todo. Para exponer este proceso de evolución no puedo utilizar el lenguaje científico; pues yo no puedo experimentarme como problema científico. Lo que se es según la intuición interna y lo que el hombre parece ser sub specie aeternitatis se puede expresar sólo mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor exactitud que la ciencia. La ciencia trabaja con conceptos de término medio que son demasiado generales para dar cuenta de la diversidad subjetiva de una vida individual. Así pues, me he propuesto hoy, a mis ochenta y tres años, explicar el mito de mi vida. Sin embargo, no puedo hacer más que afirmaciones inmediatas, sólo «contar historias». Si son verdaderas no es problema. La cuestión consiste solamente en si este es mi cuento, mi verdad. Lo más difícil en la configuración de una autobiografía consiste en que no se posee ninguna medida, ningún terreno objetivo desde el cual juzgar. No hay posibilidad de comparación. Yo sé que en muchas cosas no soy como los demás, pero no sé, sin embargo, cómo soy yo realmente. El hombre no puede compararse con nada: no es un mono, ni una vaca, ni un árbol. Soy una persona. ¿Pero qué es esto? Como todo ente, también yo me separé de la divinidad infinita, pero no puedo confrontarme con ningún animal, con ninguna planta y con ninguna piedra. Sólo un ente mítico está por encima de los hombres. ¿Cómo se puede tener una opinión definitiva acerca de sí mismo? Una persona es un proceso psíquico al que no domina, o sólo parcialmente. Por eso no puede dar un juicio final de sí misma ni de su vida. Para ello tendría que saber todo lo que la concierne, pero a lo más que llega es a figurarse que lo sabe. En el fondo, uno nunca sabe cómo ha ocurrido nada. La historia de una persona tiene un comienzo, en cualquier punto del que uno se acuerda, pero ya entonces era muy complicado. Uno no sabe adonde va a parar la vida. Por esto el relato no tiene comienzo, y la meta sólo se puede indicar aproximadamente. La vida del hombre es un intento arriesgado. Sólo cuantitativamente se le puede considerar como un fenómeno prodigioso. Es tan efímero, tan insuficiente, que es un milagro que pueda existir algo y desarrollarse. Esto me impresionó ya cuando era estudiante de medicina, y me pareció que sería un milagro no morir prematuramente. La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura sólo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el infinito devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece. En el fondo sólo me parecen dignos de contar los acontecimientos de mi vida en los que el mundo inmutable incide en el mutable. De ahí que hable principalmente de los acontecimientos internos. A ellos pertenecen mis sueños e imaginaciones. Además constituyen la materia prima de mi trabajo científico. Fueron como de lava y de basalto que cristaliza en piedra tallable. Al lado de los acontecimientos internos los demás recuerdos (viajes, personas y ambiente) se esfuman. La historia de la época la han vivido y escrito muchos: mejor leerles a ellos o escuchar cuando alguien la cuenta. El recuerdo de los factores externos de mi vida ha desaparecido o se ha difuminado en su mayor parte. Sin embargo, los encuentros con la otra realidad, el choque con el inconsciente han marcado mi memoria de modo indeleble. En este aspecto hubo siempre plenitud y riqueza, y todo lo demás quedó eclipsado. Así, pues, también los hombres se convirtieron en recuerdos imborrables sólo cuando en el libro de mi destino tenían ya sus nombres incorporados desde mucho tiempo antes, y su conocimiento venía a ser como una revelación. También las cosas que en la juventud o posteriormente me afectaron desde lo externo y se me hicieron importantes lo fueron al quedar incorporadas a la experiencia interna. Llegué muy pronto a la convicción de que si no se da una respuesta y solución desde lo interno a las relaciones de la vida, su significado es muy pobre. Las circunstancias externas no pueden sustituir a las internas. Por eso mi vida es pobre en acontecimientos externos. De ellos no puedo decir gran cosa, porque lo que dijera me parecería vacío o trivial. Sólo puedo comprenderme a partir de los sucesos internos. Constituyen lo peculiar de mi vida, y de ellos trata mi «autobiografía».
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