Capítulo segundo 1888, un año diferente



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CAPÍTULO SEGUNDO

1888, UN AÑO DIFERENTE

I

El joven Duprey había conseguido, a duras penas, zafarse de los agentes de la ley que le habían estado persiguiendo desde la plaza de Trafalgar. Consiguió perderles de vista poco antes de llegar a Covent Garden. Le costaba respirar. Tenía que encontrar un lugar discreto en el que recuperar el aliento. Recordó que en Rose Street estaba la taberna perfecta para pasar desapercibido y, rozando las paredes, se dirigió hacia allí.



La taberna estaba mortecina, era justo lo que necesitaba. Se pidió una cerveza y tomó asiento al fondo del salón. En la mesa de al lado, dándole la espalda, una muchacha tomaba notas en un pequeño cuaderno forrado de tela. Duprey, que no era precisamente sociable, sintió la necesidad de entablar conversación.

–No parece usted de Londres, señorita. ¿Puedo atreverme a preguntarle su nombre?

La muchacha contestó sin separar la mirada del cuaderno.

–Usted, sin embargo, sí debe ser de Londres. Tienen todos ustedes el mismo descaro en los lugares públicos. ¿Qué le hace pensar que quiero conocerle?

–No me malinterprete, se lo ruego. Yo soy Gerard, Gerard Duprey. Sí soy de Londres, pero no acostumbro a relacionarme con desconocidos. Vengo huyendo de Trafalgar Square, donde está organizada la mayor batalla campal que he visto en mi vida. ¿Sabe usted algo?

La mujer levantó la vista del cuaderno y le observó de arriba abajo. Su mirada era acogedora e inteligente. Tenía la frente despejada y una boca perfecta.

–Vaya, señor Duprey, es usted la primera persona que encuentro hoy que no tiene el seso sorbido por la manifestación. Me alegro, sinceramente. Yo me llamo Mabel Besant. Mis padres están separados y estoy en Londres de visita. Quería pasar unos días tranquilos con mi madre pero ella, ay, es una mujer terriblemente ocupada. Debo esperarla aquí hasta que consiga acudir o me mande llamar.

–¿Una manifestación ha convertido Trafalgar Square en un campo de batalla? Es muy inconveniente. Yo suelo ir allí a leer los domingos que no llueve, y se puede imaginar que son pocos. ¿Le gusta leer, señorita Besant? ¿O es señora?

–¡Jajaja! Es usted muy gracioso. ¿Se lo habían dicho? Tengo diecisiete años y vivo con mi padre y mi hermano en Lincolnshire. No llevo anillo de casada, Duprey, pero me doy perfecta cuenta de que no está usted flirteando. No tiene mucha vida social, ¿verdad? ¿A qué se dedica?

–Me pago los estudios trabajando como asistente de biblioteca. Me gusta bastante. Creo que, si consigo estudiar una carrera, seguramente me especialice en historia medieval.

–Historia medieval, es apasionante. ¿Ha visto alguna vez un dragón, señor Duprey?

–No se burle, por favor –dijo rascándose la cabeza– No sé ni siquiera si voy a ser capaz de costearme unos estudios superiores. Londres es un lugar difícil.

–Nada más lejos de mi intención. Le hablaba completamente en serio. ¿Ha visto alguna vez un dragón?

La pregunta dejó a Gerard paralizado unos segundos.

–Claro que no. Nunca he visto un dragón. Los dragones son seres mitológicos.

–Yo le aseguro a usted que, en este preciso instante, en Trafalgar Square, hay un dragón que nadie ve, pero que no tiene nada de mitológico. –Mabel arqueó las cejas, haciéndose la interesante.– Va a tener que estudiar mucho, Duprey. La Edad Media contiene muchos secretos.

Gerard seguía perplejo, pero se dejó gustosamente enredar por lo que supuso una provocación intelectual.

–Le gustan las metáforas, señorita Besant. ¿Acaso ha visto usted un dragón?

–Verlos no, pero he aprendido a sentir su presencia. A veces resulta incluso doloroso. Ellos son sabios y poderosos. Me toma usted por una alucinada, ¿verdad?

–Todavía no me ha dado motivos. Y ha picado mi curiosidad. ¿Es acaso de dragones de lo que tratan sus apuntes? –dijo señalando el cuaderno.

–¿Mis apuntes? Ah, no, que va. Ese es mi cuaderno de horas, así me gusta llamarlo. Algo parecido a un diario íntimo. Ya he escrito su nombre en él, Gerard Duprey, puede considerarse afortunado. –Mabel guardó el cuaderno entre los pliegues del vestido.– ¡Dejémonos de dragones! ¿Alguna vez le han leído las palmas de la mano?

–No, nunca me las han leído.

Mabel, que de repente mostraba una inesperada confianza, tomó las dos manos de Gerard y las estudió con interés durante un buen rato.

–Ahá… Sí… Uff… Sí… Vas a vivir muchos años, Gerard. Tienes unas manos muy interesantes. –comentó soltándolas.

A Gerard, el cambio de actitud y el tuteo repentino le sentaron como un bálsamo.

–¿Ya? ¿Nada más?

–Te dije que te iba a leer las manos, no que te lo fuera a contar. Llámame Mabel, anda. Tú eres bueno, vamos a poder ser amigos.

–Gracias, Mabel. Vaya. Estoy algo confuso. No sé qué hacer con mis manos ahora. ¿Te puedo pedir algo? ¿Qué estás bebiendo?

En ese preciso instante, se abrió la puerta de la taberna y entró una pareja vociferando. Se adivinaba enseguida que salían directamente del corazón de la manifestación. El hombre era delgado, barbudo y elegante. Llevaba antiparras y combinaba todas sus prendas en distintos tonos de verde opaco. La mujer, de constitución fuerte y vivaz, tenía una voz potente y estaba muy indignada.

–¡Mira, irlandés, no te permito que me lleves la contraria! ¡Hoy no! ¡Me han abofeteado el derecho a compartir la suerte de mis compañeros de lucha! ¡Apesta a maniobra por todos lados! Toda esa violencia… ¡Mabel!

Mabel se levantó hacia ella con los brazos abiertos.

–¡Madre! ¡Por fin! Dame un abrazo, madre. Estaba preocupada por vosotros. –se abrazaron.

–Hijita, qué rápido crecéis, Dios mío –suspiró.– Nunca me vas a hacer caso. Sabes que me encantaría que me llamaras por mi nombre. Con más razón con la edad, pero no me voy a preocupar por esas cosas. ¿Quién es tu amigo?

–Se llama Gerard, le acabo de conocer. Parece simpático, ¿verdad? Es un ratón de biblioteca. ¡Un ratoncillo! –miraba a Gerard con ternura mientras hablaba. Él no sabía dónde meterse.

–¡Ven aquí, pequeño Gerard! Quiero saber qué tipo de imprudente tiene los arrestos de acercarse a mi Mabel. Ella te puede hechizar, jovencito, date por avisado.

Gerard se acercó al grupo. Tuvo que toser varias veces para conseguir hablar.

–Encantado señora. Soy Gerard Duprey. A su servicio.

–Es un placer, jovencito. Yo soy Annie.

–¿Annie Besant?

–La misma.

II 

Desde que la hermosa Mabel le había hablado de los dragones, el joven Duprey mal conseguía conciliar el sueño. Se preguntaba si era efecto del monstruo medieval, de la cautivadora sonrisa de Mabel, o de los dos a la vez.



Mabel le había escrito una carta para avisarle de su regreso a Londres al final del verano, invitándole a casa de su madre a tomar té. Durante prácticamente un año habían estado manteniendo una amistosa correspondencia. Acudía a la cita con un nudo en el estómago y una cajita de pastas de mantequilla en la mano. Fue Mabel quien le abrió la puerta.

–¡Hola, Gerard! ¡Me alegro mucho de verte!

–Hola, Mabel. Estoy muy agradecido por tu invitación. ¿Puedo pasar?

–Pasa, por favor. ¿Has traído pastas? ¡Me encantan! No debiste molestarte. Vamos al primer piso, he preparado un cuarto para tomar el té. Mi madre tiene una reunión en el piso de abajo con unos amigos.

–No es molestia, gracias a ti. Espero que te gusten.

–Las vamos a abrir ahora mismo. Vamos, ven.

Se instalaron en una habitación impecable. Era notorio que la casa entera era de nueva factura. En el centro, bajo una impresionante lámpara de velas, había una mesa de mármol con un servicio de té y dos sillas de madera que contrastaban con el suntuoso decorado.

–No te fijes en las sillas, mamá ha llevado todas las que había para su reunión, y he tenido la suerte de encontrar estas para nosotros –comentó Mabel.– ¿Cómo te gusta el té?

–Con una nube de leche, gracias. ¿Sabes? Me quedé muy impresionado por tu pregunta sobre los dragones el día que nos conocimos.

–¡Ah! ¿Qué te dije? Aquel día fue muy ajetreado.

–Me preguntaste si alguna vez había visto uno.

–Pues francamente… No sé en que andaba yo pensando.

Ambos adolescentes se espiaban cada movimiento, comportándose como perfectos cortesanos en cada gesto. El joven sacó de su ajada bolsa de cuero un bloc de notas y un camafeo que colocó encima de la mesa.

–Lo cierto es que he estado todo este tiempo investigando sobre ellos, y se me antojó una feliz idea hablar contigo sobre el tema. He traído mi cuaderno de apuntes y quiero regalarte esto, que encontré por casualidad trasteando en una tienda de productos orientales. El chino que la atendía me dijo que no tenía ningún valor, pero yo creo que es una talla de jade.

–¿De jade? A ver… –Mabel inspeccionó detenidamente el objeto, que representaba un dragón chino– Puede que tengas razón, Gerard. ¡Me encanta tu regalo! Yo también me he acordado de ti, pero tendrás que esperar un poco.

–Para los chinos, el jade es esperma de dragón, y tiene, según ellos, un montón de propiedades de buen augurio.

–¡Veo que te has documentado a conciencia! Y que te tomas las cosas en serio. Eso es muy bueno, Gerard, muy bueno de verdad. Háblame de tus dragones, venga. ¿Qué has estado indagando?

Gerard comenzó a enumerar toda la erudición que había sido capaz de condensar en su bloc de notas. No tanto para impresionar a Mabel, como para satisfacer su naciente y creciente curiosidad sobre el tema. Ella, no obstante, se mostraba de lo más interesada, alternando regularmente periodos de atención con baterías de preguntas.

Explicó la historia de San Jorge, patrón de Inglaterra, y de cómo el propio papa Clemente –en el siglo XVI– había intentado, en vano, retirar al dragón de la historia oficial del santo. Contó la historia de cómo Hércules había acabado con la hidra de Lerna. Desgranó la relación de estos seres con el elemento acuático, presente en distintas culturas. Hizo un intento de enumerar los poderes y atributos de los dragones chinos, contando como a éstos les crecían dedos a medida que se desplazaban hacia el Oeste y les menguaban al viajar en el sentido contrario.

Luego trazó un semblante entre los dragones de la mitología y la fiebre por los dinosaurios, que se había adueñado del imaginario colectivo desde la exposición universal de Londres, y de los que todavía se conservaban las maquetas de tamaño natural en Crystal Palace. Manejaba un sinfín de anécdotas y detalladas leyendas. No quería dejarse nada en el tintero. Habló del dragón rojo de la bandera de Gales. Explicó incluso la diferencia entre los dragones de dos patas, los más frecuentes en los blasones de armas, y los de cuatro.

Después de casi dos horas de dragones, pastas y té, Mabel se puso a aplaudir.

–¡Es fantástico, Gerard! Este esfuerzo le da un increíble valor a tu regalo, sea este de jade o no.

–No es nada. Mientras iba buscando información, nuevas preguntas asaltaban mi espíritu. Estoy dando los primeros palos de ciego en un campo de estudio que me resulta muy vasto y original. Lo que más me interesa de la Edad Media es, precisamente, ese halo de misterio que la envuelve.

Súbitamente, la joven se puso seria y miró fijamente a Gerard, como queriendo leerle el alma. Él sintió un frío en el espinazo.

–¿Pasa algo, Mabel? ¿Por qué me miras así?

–¿Te das cuenta, Gerard? ¿Te das cuenta del embelesamiento que producen los dragones? ¿Te has fijado alguna vez como los niños –en especial los varones– se quedan frente a cualquier referencia a los dinosaurios? ¿Ves como esta pasión reptil atraviesa las edades y las distintas culturas? ¿Qué llevamos en la sangre, Gerard? ¿Qué tipo de memoria nos impone este atavismo? ¿Qué tanto hipnotiza esa serpiente al mamífero con su devaneo?

Entonces, en un alarde de coquetería, Mabel se levantó de la silla y se puso a andar por el salón bamboleando ligeramente las caderas. Como no podría hacerlo una bailarina del Royal Opera House, Mabel iba hablando al ritmo de su cadencia, acentuando las eses e imitando a la cobra en posición de ataque. A ratos de perfil, a ratos de frente, mantenía la mirada puesta en los ojos de Gerard, que contemplaba, mordiéndose el labio superior y con la frente cada vez más brillante, semejante despliegue de inesperada voluptuosidad.

–Lo que estás sintiendo ahora, Gerard, es el principio y el final de todo. Date cuenta de cómo se remueve tu interior mientras evoco al reptil con mi cuerpo de mujer. Esta asociación va más allá de los idiomas hablados. Esta inteligencia es pura y animal. ¿Has visto alguna vez bailar a la mujer hindú, Gerard?

–No… –contestó en un susurro.

–Esto te va a gustar.

Mabel se acercó a un fonógrafo del mueble de la pared, colocó un cilindro con cierta dificultad, y del aparato comenzaron a brotar sonidos exóticos importados de la gran colonia imperial. La India. La joya de la corona de Su Majestad. 

El baile de Mabel era frenético y desconcertante, a ratos fluido, a ratos entrecortado. Movía los brazos y la cabeza de una forma que Gerard no había visto en su vida. En un momento dado, ella se aflojó el corsé para poder mover mejor la cintura. A medida que tañían las cuerdas el sentía una poderosa energía sensual invadirle las ingles y treparle ardorosamente por la espalda hasta embriagar completamente sus sentidos. No obstante, mantenía como podía la compostura y apenas si giraba la cabeza para seguir las evoluciones de esa hembra, que estaba despertándolo al mundo de las sensaciones más ardientes que había conocido hasta la fecha.

No es que Gerard fuera especialmente mojigato –en cualquier caso no más que cualquier chico de dieciséis años normalmente constituido en el Londres de 1888, criado entre la pudorosa moral victoriana y la cruda realidad de los barrios pobres de una ciudad en la que el desempleo y las desigualdades campaban por sus fueros. También estaba lejos de ser virgen. En más de una ocasión había acabado la noche entre los brazos de la primera furcia que había ganado al tabernero en la disputa por los últimos peniques de su bolsillo. Pero Gerard jamás había tenido tan cerca, y en una actitud tan abierta, a una mujer así: de una casa decente, que había conocido por casualidad, y que tanto le gustaba.

Había algo más, algo profundamente inusual y salvaje. Ella estaba en lo cierto: un siseo de lo más reptil acompañaba en su interior, al ritmo de los acordes, al que ella estaba representando con su baile. Notaba como todo su ser se le iba escapando entre los dedos. Quería hacerla absolutamente suya. Amarla ahí mismo, como fuera, hasta el fin de los tiempos, sin importar las consecuencias.

Mabel, por su parte, gozaba de una especie de trance. Bailaba y bailaba alrededor del aturdido jovencito y se perdía en su propio poder. Sentía como las facciones de Gerard obedecían, pulso a pulso, a cada movimiento de su cintura. Ese dominio absoluto enardecía sus vaivenes y la envalentonaba sin darse cuenta. Su corazón sentía latir las arterias de su ratoncillo. Tan metida estaba en el papel de la serpiente que casi buscaba entre los giros de cabeza de Gerard el mejor ángulo para atacar al cuello. En vez de eso se detuvo frente a él, le cogió violentamente por los tirantes de cuero, y le dio un húmedo beso con los ojos abiertos.

Gerard no supo nunca cuánto duró aquel beso. Él no pudo evitar cerrar los ojos y la abrazaba con las manos temblando. Ella le puso la mano entre las piernas, y cuando sintió que el chico ya no era dueño de sus pantalones, apretó muy fuerte y le dijo al oído:

–Esto es todo lo lejos que vamos a llegar tú y yo. Me he dejado llevar... ¡Pero te voy a enseñar a domar al dragón! Me gustas, Duprey. Detrás de tus modales de niño apocado, hay un hombre fuerte y tenaz. Nunca seré tuya, hombrecillo, ni tú mío. Este es el precio que ambos vamos a pagar por el vínculo que, entre los dos, vamos a construir a partir de ahora.

El joven Duprey estaba pasmado. ¿Cómo podía acabar así? Mil sensaciones contradictorias ocuparon su espíritu. ¿De qué estaba hablando Mabel exactamente? ¿Qué tipo de elaborada crueldad le iba –les iba– a condenar a negarse el uno al otro, si se daban todos los ingredientes?

–¿Qué ocurre, Mabel? No entiendo…

–Shhhhh… –le dijo, colocando el índice sobre sus labios– Ahora no. Calma Gerard. Todo a su tiempo.

Entonces ella se recompuso. Se ajustó el vestido y se recolocó el pelo. Apagó el fonógrafo y tocó la campanilla. Al rato apareció un sirviente, muy moreno y con un enorme turbante blanco en la cabeza. Era tan obviamente hindú como la música que había bailado Mabel.

–¿En qué puedo serle útil, sahiba? –su voz era especialmente atiplada.

–¿Cómo va la reunión de mi madre, Kalu? ¿Se han ido ya los invitados?

–Solo quedan el Munshi y su acompañante. Los demás hace un buen rato que se fueron, sahiba.

–Es fantástico, Kalu. Dile a mi madre que pronto bajará el señor Duprey. Puedes retirarte, gracias.

–Como guste, sahiba.

Kalu cerró la puerta, mientras Gerard interrogaba a Mabel con la mirada. Ella se acomodó en su tosca silla de madera, sacó su libreta de un pliegue del vestido, y se puso a hablar mientras tomaba notas.

–Escucha, Gerard, y escucha con atención. Yo me fio mucho de mi instinto, y mi instinto me dice, desde que cruzamos cuatro palabras en aquella taberna, que tú y yo tenemos mucho en común. Me he tomado la libertad, sin consultarte, de pedirle a mi madre que considere la mejor forma de ayudarte con el tema de tus estudios. Mi madre está muy bien relacionada ¿sabes?

–Me consta, Mabel. Sé que tu madre está implicada con la Sociedad Fabiana. También sé que el hombre que la acompañaba aquel día es un dramaturgo irlandés muy prometedor, un tal Shaw, que publicaba regularmente sus escritos en el “Our Corner”, el semanario de tu madre, del cual yo era asiduo lector hasta que dejó de publicarse el año pasado.

Mabel se mostró sorprendida.

–¿Tú eres socialista? ¿A tu edad te interesa la política?

–Tengo diecisiete años –contestó algo airado– y no, no soy socialista. O tal vez sería más correcto decir que no todavía. Sin duda me atañe la lucha de clases, y creo que los planteamientos del socialismo son la mejor esperanza de una clase trabajadora pisoteada. Aún así, todavía me pregunto si la radicalización de esa lucha no llevará a nuestro país a una guerra civil. Recuerda el día que nos conocimos: hoy se le llama el “domingo sangriento”. ¡Y yo pasaba por ahí por pura casualidad!

–Bueno, me parece bien. Como te decía, mi madre quiere conocerte mejor y nos están aguardando abajo. ¿Vamos?

–Vamos, por supuesto. Estoy un poco desorientado, Mabel. También estoy muy agradecido por tu intercesión, de verdad.

–No te preocupes ahora por eso. ¿Vas a confiar en mí?

–Me pongo en tus manos.

III

“El Munshi”, así le llamaba todo el mundo desde que la reina Victoria le había nombrado ayuda de cámara y hombre de confianza. Su nombre real era Hafiz Mohammed Abdul Karim, y había nacido en Lalatpur, en la India, veintiséis años atrás. Su juventud contrastaba con la agudeza de su inteligencia. Su rotunda presencia y unos modales impecables le habían allanado el camino a un puesto tan importante como poco probable para sus humildes orígenes.



Era tal la confianza que se había establecido entre soberana y siervo, que poco habían tardado en nacer los rumores de relación sentimental entre ambos. El rumor no andaba del todo desencaminado, ya que los dos pasaban juntos la mayor parte del día y tenían una química muy especial. Había amor entre ambos, una especie de amor udrí totalmente inconcebible en la encorsetada –pero extremadamente hipócrita– moral de la época.

Desde su proclamación como emperatriz de la India, el 1 de mayo de 1876, Victoria empezó a trazar junto a su entonces primer ministro, Benjamin Disraeli, una hoja de ruta oculta para la provincia imperial. El Munshi estaba al tanto del complejo plan estratégico y, de hecho, era una pieza fundamental del mismo: su majestad imperial le había encargado la ardua tarea de fundar una nueva religión, basada en los trabajos que ya se venían haciendo en sordina.

El empeño era titánico, a la altura de la posición hegemónica que la aguerrida isla europea había conseguido imponer desde la llegada al trono de su muy británica majestad Isabel I. También era secreto, muy secreto, un halo de insondable misterio debía envolver la construcción de tamaña empresa a los ojos de la gente, pues grandes eran los peligros.

Inglaterra conservaba intactas desde la prehistoria sus tradiciones mágicas. Las escuelas druídicas habían sobrevivido a todos los intentos de Roma por borrarlas de la faz de la tierra y no habían dejado nunca de iniciar en el conocimiento secreto a sus más destacados y capaces hombres y mujeres, responsables de conservar la llave del mundo sobrenatural en el corazón de sus gentes.

No era ningún secreto para las castas de poder que la exitosa historia de la expansión del catolicismo era la historia de un secuestro: fuerte del conocimiento colonialista que había heredado de la Roma imperial, e igualmente fuerte del conocimiento esotérico que había heredado del judaísmo, el Vaticano había secuestrado para sí la magia del mundo.

El Munshi estaba reunido esa tarde en el domicilio de Annie Besant para presentar en sociedad a un joven hindú muy prometedor que acababa de llegar a Londres hacía un año escaso para formarse como abogado. Los agentes del Munshi en la colonia lo habían elegido para formarse también como mago, así lo había determinado el vínculo. El menudo aspirante era de tez muy morena. Su delgadez se acentuaba con el atuendo occidental y respondía al nombre de Mohandas.

Durante toda la reunión, el joven Mohandas había hablado bien poco. Se había decidido que se integraría activamente en la Sociedad Vegetariana de la mano de Shaw, que era miembro de la misma. De esta forma recibiría su formación esotérica sin ligarse directamente a la Sociedad Teosófica ni a la familia socialista. El joven debía permanecer lejos de ataduras metafísicas o ideológicas que condicionaran sus posicionamientos futuros, pues estaba llamado a cumplir un importante papel de liderazgo tras su paso por Londres. Venía de perlas que ya fuera un convencido vegetariano, como el propio Shaw, que a partir de ese momento iba a ser su mentor y enlace.

En aquellos años se estaba viviendo en la Commonwealth el florecimiento de todo tipo de asociaciones de nuevo cuño. El modelo a seguir era el de la “Royal Society” –la Real Sociedad para el avance de la ciencia natural– que había sido fundada en tiempos de la guerra civil, y cuyo prestigio había alcanzado las cotas más inimaginables al respaldar los trabajos de Charles Darwin sobre la selección natural, piedra angular del distanciamiento definitivo entre ciencia y religión, pero sobretodo culminación de un proceso de cisma que había inaugurado Enrique VIII.

Al abrigo de esta tendencia se inauguraron “Sociedades” de todo tipo, algunas muy serias y otras auténticas deformaciones. Lo cierto es que ningún ciudadano podía considerarse insertado si no podía presumir de pertenecer al menos a una de ellas. Esta tendencia a la modernidad convivía con una realidad para muchos miserable, en la que la exclusión y la precariedad eran norma. La Revolución Industrial y sus flujos migratorios habían hecho mella en las clases más desfavorecidas de forma algo contradictoria, y el East End de Londres era un buen ejemplo de ello. Todavía resonaba en Whitechapel el horror de los crímenes de Jack el destripador, que se habían iniciado el año anterior y cuyas truculentas secuelas de casos sin cerrar tenían a la policía de Scotland Yard expuesta al ridículo. La serie de crímenes se convirtió en símbolo de la lucha de clases y derramó ríos de tinta, contribuyendo a justificar muchos brotes de descontento como el de aquel “domingo sangriento”.

Cuando Gerard llamó a la puerta del salón, el Munshi estaba de espaldas a la misma, de pie, con ambas manos sobre los hombros del joven Mohandas, que estaba sentado frente a la madre de Mabel. El salón estaba vacío de muebles en el centro, con las sillas vacías de los invitados que ya se habían ausentado apoyadas a las paredes formando un cuadrado. Annie ocupaba un sillón en el centro de la pared del fondo, a modo de trono, y dos enormes cirios ardían a ambos lados del mismo. Las cortinas estaban cerradas.

–Pasa, Duprey, pasa. Te estábamos esperando. –dijo Annie en tono afable– Mis amigos están ansiosos por conocerte. Entra tú también, Mabel. Esto os concierne a ambos. Sentaos donde queráis.

–Buenas noches –contestó Gerard–, muchas gracias por recibirme.

El Munshi le dio un fuerte apretón de manos. Su figura era imponente, iba ataviado con un enorme turbante blanco en la cabeza que le daba un aire misterioso. Su mirada era penetrante y estaba llena de fuego. Su inglés tenía un fuerte acento hindi.

–Hola, sahib Duprey. Es un placer. Ya me habían dicho que el color de su aura era desconcertante. Tiene usted un don glorioso, amiguito, seguramente más de uno. Le presento a Mohandas, no se extrañe de su poca verborrea, él es como usted, solo que le lleva cierta ventaja.

Mohandas, en efecto, hablaba muy poco. Su saludo fue como el gorjeo de un pajarillo.

–Es un placer, sahib.

–Bien, señores y señorita –prosiguió Annie–, nuestro invitado no está en absoluto al corriente de su relación con el vínculo. Tranquilo, Duprey, al principio todo te va a resultar algo chocante, pero estamos un poco cansados tras un día agotador y te voy a pedir que no juzgues lo que no entiendes todavía. ¿Qué te parece?

–Me parece bien, señora. Soy todo oídos.

Mabel saludó a todos los presentes y se sentó a un lado a seguir garabateando febrilmente en su cuaderno. Todos se acomodaron y su madre tomó la palabra.

–El joven Duprey aquí presente ha sido elegido por mi hija Mabel, de forma casi casual, en una taberna de Covent Garden, el día del “domingo sangriento”. Ella había escrito en su cuaderno unas horas antes que su jādūgara personal estaba a punto de aparecer en su vida, y por lo que parece así es.

–Explica lo que es un jādūgara personal, madre. Gerard no va a entender nada.

–No me interrumpas, Mabel, gracias. Si tengo que explicarle al chico la tradición en una sola tarde no terminaremos nunca, y el Munshi ya debería estar en palacio. ¿No es así, milord?

–No se preocupe por eso, sahiba. Su Majestad está en estos mismos instantes en territorio español. Es la primera vez que un monarca inglés va a pisar ese suelo. Prosiga, por favor.

–Interesante, Munshi, muy interesante… ¡Bien! En cuanto a usted, Duprey, se llevará de aquí un libro que le va a dar un primer esbozo de las nuevas ideas con las que nosotros trabajamos. Le adelanto que está a punto de comenzar a familiarizarse con la Magia de este mundo. Le adelanto también que lo más parecido a un jādūgara personal es el correspondiente masculino de la “soror mystica”, concepto occidental que usted estudiará. Ustedes dos están marcados: son un par de almas gemelas que toman un compromiso mutuo de castidad para hacer crecer su control sobre los mundos superiores, a favor del auxilio a sus semejantes.

Gerard escuchaba absorto las palabras de Annie. Después de la escena del piso de arriba y las misteriosas palabras que Mabel le había dicho, estaba decidido a dejar que los acontecimientos siguieran su curso. De todas formas, él no era del todo indeferente a lo oculto, pues realmente desde muy niño algunas piezas del puzzle de la realidad no le terminaban de encajar y siempre se había guardado de hablar con nadie sobre la extraña naturaleza de sus sueños recurrentes, que le hacían vivir auténticas pesadillas, todas ambientadas en el antiguo Egipto. Esto le había animado a estudiar en la biblioteca, siempre a hurtadillas y de forma fragmentada, a algún que otro místico extranjero de la talla de Swedenborg. Le interesaba especialmente la figura de John Dee, pero era un estudio que se reservaba para tiempos menos austeros. De repente el destino le había traído al corazón de lo desconocido y, a medida que Annie desgranaba su discurso, se iba sintiendo cada vez más identificado. Mabel, por su parte, seguía escribiendo en su cuaderno, aparentemente ajena a todo lo demás.

“Voy a terminar el orden del día hablándoles a todos de los tiempos de acelerados cambios que se avecinan, en Inglaterra y en el mundo entero.”

“El año pasado, 1888, fue, en rigor, el año más importante para nuestro calendario astrológico. Queda como curiosidad accesoria que, escrito en números romanos, es el año con el mayor número de caracteres. Solo será superado dentro de 999 años.”

“No vamos a hacer con este dato trabajos de cábala ni numerología. En vez de eso, vamos a hacer un pequeño repaso por las efemérides más significativas, a mi modo de ver, que quedan para la historia.”

“Asistimos a la creación de la National Geographic Society en los Estados Unidos. Esta contribuirá de forma decisiva a favorecer y divulgar la exploración de nuestro planeta.”

“Brasil y Cuba abolen la esclavitud de forma pacífica, lacra histórica que ya fue motivo de la reciente guerra civil en Norteamérica.”

“Se inaugura el castillo de los Tres Dragones, nuestra sede oculta en Barcelona, coincidiendo con toda la pompa de su exposición universal.”

“Nuestro amigo francés, Louis LePrince, consigue reunir dos segundos de fotogramas en un invento que va a revolucionar el mundo de las comunicaciones. Yo he visto el milagro con mis propios ojos. El resultado es una fotografía que se mueve, como en esos juegos infantiles.”

“Cambia la ley de juramentos en el Parlamento para dar cabida a representantes ateos.”

“Las mujeres conseguimos –¡por fin! – el derecho de voto en elecciones locales en Inglaterra y Gales. Esto, como saben, es muy especial para mi lucha personal. Aunque todavía quede un mundo para conseguir la igualdad de género, es un paso importantísimo.”

“En Alemania sube al trono Federico III, como sabemos pariente cercano de nuestra reina Victoria. Su reinado solo dura 99 días, desgraciadamente, pero en ese tiempo el germen progresista se instala en la cúspide del poder y deja a los alemanes con un fuerte resabio de lo que pudiera muy bien haber sido el alivio a la decimonónica etapa de gobierno de su padre.”

“Nuestro amigo MacGregor publica su libro sobre el significado oculto del Tarot. En el mismo año contribuye, bajo nuestros auspicios, a fundar la Orden Hermética de la Golden Dawn. Esta orden tiene como fin más secreto la acogida a nuestro suelo de la influencia dejada atrás por Eliphas Levi.”

“Se publica, después de un arduo trabajo de nuestros mejores equipos de edición, La Doctrina Secreta. Yo participé activamente en su confección, y es un placer anunciarles que pronto conoceré en persona a la señora Blavatsky, cuyos últimos trabajos han sido corregidos y aumentados por el propio Munshi, aquí presente.”

“Enfín, un año mágico sin la menor sombra de duda. 1888 es un año que espero sigan ustedes estudiando en el futuro. Podrán seguir comprobando, con cada vez mayor claridad, sus profundos significados.”

“Mohandas, Duprey, Mabel, hoy es un gran día. Hoy el Munshi ha tenido a bien anunciarme que los tres vais a ser pacificadores. El vínculo ha determinado vuestra aptitud para la tarea y ya solo va a depender de vosotros, con absoluta libertad de conciencia, el decidir seguir el camino de conocimiento que se abre ante vosotros.”

“Un pacificador es un tipo de mago muy particular. Pocos son los llamados, y todavía menos los elegidos. Sois los seres más aptos para cauterizar los conflictos de los hombres. Os esperan durísimas pruebas, que superaréis con cada vez mayor facilidad.”

“El Munshi es el jādūgara personal de la reina Victoria. Ha reemplazado a la inolvidable figura de Disraeli, que ya no está entre nosotros, y viene a ayudarnos a realizar la esperada fusión entre oriente y occidente. Estamos, en este fin de siglo, construyendo la concordia de los pueblos a todos los niveles. Tenemos una misión por delante llena de trampas y enemigos que parecen amigos y viceversa. Quiera el vínculo que todos los aquí presentes gocemos de vidas plenas y rotundos éxitos en nuestros emprendimientos.”

En el preciso instante en que Gerard escuchó de nuevo la palabra jādūgara, que le identificaba con el Munshi, su atención dio un pesado vuelco: se dio cuenta de forma absoluta de que el discurso de Annie Besant estaba siendo pronunciado sin que esta abriera la boca ni articulara una sola palabra. Su primer impulso fue hablar.

–Disculpe usted, señora Besant.

–Dime, hijo.

Ninguno de los dos había dicho, de nuevo, absolutamente nada utilizando sus cuerdas vocales. Gerard miró al resto de asistentes, que le observaban con benevolencia y asentimiento.

–Bienvenido al vínculo, Gerard –dijeron los tres dentro de su cabeza.



La sensación de júbilo y alivio que sintió el joven en ese momento disolvió por completo el universo de dudas, miedos y recelos que su corazón había ido acumulando desde su nacimiento. Un bello gemido, esta vez vocal, adornó el profundo llanto que inundó inmediatamente sus ojos y su rostro.

***


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