Capítulo VI el pueblo de Dios, su estructura jerárquica



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Capítulo VI El pueblo de Dios, su estructura jerárquica (gobierno y organización de la Iglesia)

1. Nociones de organización eclesiástica


Hemos visto que el gobierno de la Iglesia corresponde a la jerarquía. Pero no todo el gobierno corresponde a todo miembro de la jerarquía, en cuanto las diversas tareas que el gobierno incluye, se hallan distribuidas entre los miembros de la jerarquía a través de una organización estable y ordenada de las funciones públicas. El conjunto de entes, órganos y personas que ejercen las funciones públicas, constituyen la organización eclesiástica. Desde el punto de vista constitucional jurídico esta estructura organizativa tiene como finalidad mantener la unidad e identidad del conjunto social de la Iglesia, y guiarla ordenadamente en el cumplimiento de la misión recibida de Jesucristo. En definitiva: representar la Cabeza en el Cuerpo1.

El sacramento del orden determina desde el punto de vista personal qué fieles están llamados y habilitados para ejercer funciones públicas; la organización eclesiástica determina las concretas funciones que corresponden a cada uno de ellos, en razón del cargo que le sea confiado. Esto hace necesario estudiar algunos conceptos elementales.

En primer lugar la distinción entre potestad y competencia. La potestad es la capacidad genérica para ejercer un cierto tipo de funciones públicas, mientras competencia es la delimitación concreta del ejercicio de tales funciones (en un determinado territorio, sobre estas personas o esta comunidad, para ciertas materias, etc.). Por ejemplo, quien es nombrado juez recibe la potestad judicial, pero sólo puede ejercerla en los casos que sean de su competencia.

El oficio eclesiástico


Muy unido a esta distinción está el concepto de oficio eclesiástico, definido en el c. 145 § 1 como cualquier encargo, constituido establemente por disposición divina o eclesiástica, que haya de ejercerse para un fin espiritual: es decir, un cargo eclesiástico estable (Romano Pontífice, obispo diocesano, rector del seminario, consultor, capellán…).

Cada oficio lleva anejos un conjunto de derechos y obligaciones propios y definidos (poderes, funciones, facultades, competencias, etc.), que se pueden considerar independientes de la persona física que en un momento dado lo ejerce, esto es, del titular del cargo; los derechos y deberes del párroco son independientes del hecho que sea nombrado párroco este o aquel sacerdote. Las personas cambian, pero el oficio permanece como unidad organizativa estable.

El oficio eclesiástico es el elemento o pieza fundamental de la organización eclesiástica, de la que constituye como una tesela en un mosaico. La organización de la Iglesia puede en cierto sentido ser definida como el conjunto ordenado de oficios eclesiásticos, o también, en sentido dinámico, como el funcionamiento ordenado de esos mismos oficios mediante el ejercicio de las respectivas competencias.

Cada oficio, conforme a la naturaleza de las funciones públicas que le son atribuidas, requiere determinadas cualidades o requisitos en el sujeto que lo ejerce (c. 149). Bajo este aspecto es importante el c. 150, el cual establece que el oficio que lleva consigo la plena cura de almas, para cuyo cumplimiento se requiere el ejercicio del orden sacerdotal, no puede conferirse válidamente a quien aun no ha sido elevado al sacerdocio. Lo que significa que Pastores en sentido pleno sólo pueden ser los obispos y presbíteros, no los laicos ni los diáconos.

El otorgamiento de los oficios, esto es su asignación a una determinada persona, se llama provisión canónica. La provisión de un oficio incluye normalmente dos pasos: la designación del sujeto para el oficio y el nombramiento o atribución del oficio por parte de la autoridad a tenor del c. 148. La designación se produce según modos y procedimientos diversos, enumerados en el c. 147 y que se pueden resumir así:

  Libre designación por parte de la autoridad (llamada también libre colación), que significa que es la autoridad competente quien escoge libremente a la persona que desempeñará el oficio y la nombra. Este modo de provisión es ahora la regla general (vid. p.e. c. 157).

  Presentación de uno o más candidatos a la autoridad, hecha por quien tiene el derecho de presentación. Si la autoridad acepta al candidato, escogiendo uno si fuesen varios, lo instituye titular del oficio (cc. 158 163). Por ejemplo: para el nombramiento del Obispo de ciertas diócesis, son sujetos titulares del derecho de presentación: la autoridad civil o el capítulo catedral o los obispos de las diócesis vecinas; al Romano Pontífice le corresponde siempre la institución.

  La elección es otra forma frecuente de provisión canónica, en la cual un grupo o colegio escoge por votación entre varios candidatos.

Un tipo especial de elección es el compromiso: se da cuando los electores, previo acuerdo unánime y escrito, transfieren por esa vez el derecho de elección a una o varias personas, para que estas elijan en nombre de todos (c. 174 § 1).

Para que sea eficaz una elección, el elegido debe aceptarla; por regla general, se requiere también la confirmación de la elección por parte de la autoridad competente. Las elecciones están reguladas de modo general en los cc. 164 179, aunque cada elección puede tener sus normas particulares, como por ejemplo la del Romano Pontífice, cuya elección no necesita la confirmación, ni por tanto nombramiento, de nadie2.

  La postulación es también un tipo especial de elección que se da cuando los electores deciden elegir un cierto candidato, no obstante tener este algún impedimento para ser elegido; entonces pueden postularlo, esto es votarlo junto con la solicitud a l autoridad de la dispensa del impedimento que obstaculiza la eficacia de la elección (cc. 180 183).

La pérdida del oficio eclesiástico se produce:

  Por cumplirse el tiempo o término establecido en el nombramiento;

  Al llegar el titular al límite de edad establecido por el derecho;

  Por renuncia del titular hecha por justa causa; en algunos casos, la renuncia debe ser aceptada por un superior, en otros no y vale por sí misma una vez comunicada (cc. 187 189); por ej., la renuncia del Romano Pontífice no necesita tampoco de la aceptación de nadie;

  Por traslado a otro oficio;

  Por la remoción del oficio. Puede producirse por decreto de la autoridad o automáticamente. Se entiende automáticamente removido: 1º) quien ha perdido el estado clerical; 2º) quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia; 3º) el clérigo que atenta contraer matrimonio, aunque sea sólo civil (c. 194 § 1);

  Por privación, como pena por un delito.


2. Dimensión universal y particular de la Iglesia


En la Iglesia existen dos niveles fundamentales de organización, el universal y el particular, que corresponden al hecho de que Jesucristo eligió a los Doce Apóstoles, a los cuales instituyó a modo de colegio o grupo estable, eligiendo de entre ellos a Pedro para que lo presidiera (LG 19). Al Colegio de los Apóstoles con Pedro a la cabeza sucede el Colegio episcopal, pues así como por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual modo están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles (LG 22, c. 330).

La constitución fundamental de la Iglesia, de su gobierno y de su organización, refleja la relación de comunión existente en el Colegio o Cuerpo de los Obispos. Cristo confió la propagación del Evangelio y el gobierno de su Iglesia al Colegio apostólico y puso a su cabeza a Pedro; así hoy la misión y el gobierno de la Iglesia está confiado al Colegio de los Obispos con el Romano Pontífice a la cabeza.

Desde su origen, la Iglesia se difundió por el orbe en diversas comunidades cristianas presididas por los Apóstoles, los cuales por la imposición de las manos transmitieron su oficio a sus sucesores los Obispos (LG 21). Estas comunidades tenían primero como cabeza a la comunidad de Jerusalén y luego a la de Roma, sede de los sucesores de Pedro. La única Iglesia de Cristo es también un cuerpo formado por Iglesias (corpus Ecclesiarum, LG 23); esto es, el conjunto de las Iglesias particulares que están en comunión con la de Roma (CCE 834).

Este conjunto de Iglesias particulares que forman la Iglesia universal, no es el resultado de una simple agregación o federación de sujetos autosuficientes, sino un cuerpo por cuyos miembros unidos transcurre toda y la única vida de la Iglesia. En efecto, en cada Iglesia particular, precisamente en cuanto parte de la única iglesia de Cristo, “se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales”. La Iglesia una y única precede y “engendra las Iglesias particulares como hijas, se expresa en ellas, es madre y no producto de las Iglesias particulares”3.

Desde otro punto de vista, el Concilio ha expresado esta estructura de la Iglesia diciendo que el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad sea de los Obispos sea de la multitud de fieles. Los Obispos, por su parte, singularmente considerados, son el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a partir de las cuales existe la sola y única Iglesia católica. Por esto, cada Obispo representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad (LG 23).

3. La potestad suprema de la Iglesia


Son dos pues los sujetos a quienes está confiado el gobierno supremo de toda la Iglesia: el Romano Pontífice y el Colegio de los Obispos, este sin embargo no tiene autoridad si no se lo considera unido con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como su cabeza, quien conserva íntegro su poder primacial sobre todos, pastores y fieles (LG 22). No son dos órganos contrapuestos o limitativos uno del otro, porque el Papa ejerce en todo momento la suprema potestad, también cuando actúa como cabeza del Colegio episcopal, mientras que este goza de la misma potestad sólo cuando actúa en unión y bajo la guía de su cabeza que es precisamente el Romano Pontífice.

a) El Romano Pontífice


El Obispo de Roma es sucesor de S. Pedro en el oficio que el Señor le confió, es decir en el primado; en virtud del cual ejerce sobre toda la Iglesia la plena y suprema potestad. Este oficio primacial o munus petrinum es el fundamento de los demás títulos del Romano Pontífice que enuncia el c. 331.

El Papa es, en primer lugar, la cabeza del Colegio de los Obispos que preside y gobierna; es Vicario de Cristo, al que representa como Cabeza de la Iglesia y solamente del cual deriva su ministerio; es Pastor de la Iglesia universal, es decir, de todos los fieles, incluidos los Pastores.

Su potestad de gobierno, según el c. 331, es:

  Ordinaria y propia: ejercida directamente y en nombre propio en virtud de su oficio, no por comisión, mandato o representación de otro. El Papa es elegido por los cardenales, pero no es el representante o delegado del cónclave (es decir del conjunto de cardenales votantes), ni su elección puede ser condicionada.

  Suprema: esto es, no sujeta ni inferior a ninguna otra; sus decisiones son inapelables, por tanto “no cabe apelación ni recurso contra una sentencia o decreto del Romano Pontífice” ante ninguna otra autoridad (c. 333 § 3; cf. cc. 1372 y 1404).

  Plena: en cuanto no se limita a ciertas materias, lugares o personas, ni debe ejercitarse de acuerdo o bajo el control de nadie.

  Inmediata: en cuanto recibida directamente de Dios y ejercida directamente sobre todos y cada uno de los fieles y de las comunidades, sin necesidad de intermediario. Porque el ministerio del Papa no alcanza a las comunidades eclesiales como desde fuera, sino como algo interior a ellas que las configura y las mantiene en la comunión de toda la Iglesia4.

  Universal: en cuanto, por una parte, recae sobre todas las materias relativas a la vida y misión de la Iglesia (doctrina, liturgia, pastoral, gobierno, etc.) y por otra, el Papa, “en virtud de su oficio, no sólo tiene potestad sobre toda la Iglesia, sino que ostenta también la primacía de potestad ordinaria sobre todas las Iglesias particulares y sobre sus agrupaciones” (c. 333 § 1).

El Sumo Pontífice puede siempre ejercitar libremente su potestad, sin límites de tiempo, interrupciones, o condicionamientos.

Todo esto no significa que el Romano Pontífice ejerza en la Iglesia un poder ilimitado ni despótico, o que excluya cualquier otra potestad. Está sujeto a cuanto Cristo Fundador ha dispuesto para su Iglesia (derecho divino), y su ministerio es un servicio a la unidad de toda la Iglesia, en la cual también los Obispos presiden, con potestad propia, “en el lugar de Dios a la grey de la que son pastores” (LG 20).

De hecho, en el cumplimiento de su misión “está siempre unido por la comunión con los demás Obispos y aún con toda la Iglesia”, pero a él le corresponde determinar “el modo, personal o colegial, de ejercitar tal oficio” (c. 333 § 2).

Además el ejercicio del primado ha asumido en la historia diversas modalidades, según lugares y épocas, hoy reviste formas diferentes para la Iglesia latina y las iglesias orientales católicas5.

A la elección del Papa se procede según lo que dispone la Constitución Apostólica Universi Dominici gregis, promulgada el 22 de febrero de 1996 por Juan Pablo II. En ella se regula detalladamente el desarrollo del cónclave y de los diversos tipos de elección que puede haber. Por regla general resulta elegido quien obtiene al menos dos tercios de los votos. La misma Constitución Apostólica determina las atribuciones del Colegio de Cardenales mientras está vacante la Sede romana (cf. c 335).

La elección debe ser aceptada por el elegido, pero no tiene que ser confirmada por nadie. En todo caso, como la potestad que debe ejercer el Sumo Pontífice requiere el carácter episcopal, el electo que no es todavía Obispo, luego de haber aceptado, debe ser consagrado Obispo inmediatamente, solamente entonces recibe la potestad del primado. Asimismo, la eventual renuncia del Papa a su oficio no tiene que ser aceptada por nadie, basta que la haga libremente y la manifieste en forma debida (c. 332).

El Romano Pontífice ejerce su ministerio en forma continua, sirviéndose, en modos diversos, de la asistencia y cooperación de los Obispos y de otros organismos y personas, como el Sínodo de Obispos, la Curia romana o los legados pontificios.

b) El Colegio Episcopal


El orden de los Obispos, que sucede al colegio de los Apóstoles en el magisterio y gobierno pastoral, más aún, en el que se perpetúa ininterrumpidamente el cuerpo apostólico, es junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, sujeto de la suprema y plena potestad en la Iglesia: potestad que no puede ser ejercida sin el consentimiento del Romano Pontífice (LG 22b).

Del Colegio o Cuerpo de los Obispos forman parte aquellos que han recibido la consagración episcopal y están en comunión jerárquica con la cabeza y con los otros miembros del Colegio (c. 336). En cuanto cuerpo formado por muchos miembros bajo una sola cabeza, expresa al mismo tiempo la variedad, la universalidad y la unidad el Pueblo de Dios.

Que el Colegio tenga plena y suprema potestad sobre toda la Iglesia es lógico y necesario, teniendo en cuenta que de él forma parte, como su cabeza, el Romano Pontífice, Pastor Supremo de la Iglesia universal. Por lo que la dualidad Papa Colegio no es una suerte de diarquía: significa que la Iglesia está gobernada por el Romano Pontífice, solo y también junto con los demás Obispos.

El Colegio episcopal, en cuanto comunión de los Pastores que guían la Iglesia, existe siempre; pero la acción con la cual ejerce su potestad suprema, la cumple solamente en los modos y ocasiones concretos en los que es llamado por el Papa a hacerlo, o también en los casos en los que el Papa al menos apruebe o libremente acepte la acción conjunta de los obispos dispersos, de modo tal que resulte un verdadero acto colegial (LG 22b).


El Concilio Ecuménico


El colegio de los Obispos ejercita de modo solemne la potestad sobre la Iglesia universal en el Concilio Ecuménico (c. 337 § 1). Superadas antiguas doctrinas conciliaristas, que veían en el Concilio una institución igual o incluso superior al Papa, el Vaticano II repite que nunca hay Concilio Ecuménico, que no sea confirmado o al menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro; y es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios, presidirlos y confirmarlos (LG 22b), y también transferirlos, suspenderlos o disolverlos. De hecho, si el Papa muere o renuncia a su oficio durante un Concilio, este queda suspenso hasta que su sucesor decida continuarlo o disolverlo (c. 340).

Todos y sólo los miembros del Colegio de los Obispos tienen el derecho y el deber de participar en el Concilio con voto deliberativo. El Papa puede llamar a otros a participar en él, en el modo que considere oportuno (con voz y voto, con voz solamente, como peritos…). En el Concilio se tratan las materias propuestas por el Santo Padre y las otras que sean propuestas por los Padres conciliares y aceptadas por él. Tras las deliberaciones y aprobación de los decretos en el aula conciliar, corresponde al Romano Pontífice confirmarlos y promulgarlos, sin esto no adquieren fuerza obligatoria (c. 341).


4. Instituciones para el gobierno de la Iglesia universal


Para ejercer su Pontificado, el Papa se sirve de varios organismos y personas. Algunos tienen carácter consultivo, como el Sínodo de los Obispos o el Colegio de Cardenales, a los que les pide su parecer o sus propuestas sobre determinadas cuestiones; otros, como la Curia o los legados apostólicos, le ayudan de modo permanente cumpliendo las tareas que les haya confiado. Veámoslos brevemente.

El Sínodo de los Obispos es una asamblea que reúne algunos Obispos, escogidos de todo el orbe católico (asamblea general) o de una determinada región (asamblea especial), bajo la autoridad del Papa, para estudiar y darle consejo sobre los asuntos que él les haya planteado. No es una institución permanente ni tiene potestad deliberativa, salvo que el Papa se la haya concedido sobre un tema determinado.

Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana forman también un Colegio. Su origen se remonta a los Obispos de las diócesis suburbicarias (vecinas a la Urbe) y a los presbíteros y diáconos de la Iglesia de Roma, de cuyo consejo se valía el Sumo Pontífice. Son nombrados libremente por el Papa y aquellos que no sean ya Obispos deben recibir la ordenación episcopal. Al Colegio cardenalicio le compete sobre todo la elección del Romano Pontífice en cónclave; puede ser convocado por el Papa para darle su parecer sobre algunas cuestiones importantes. Por lo demás, todos los Cardenales colaboran en la Curia romana, sea al frente de los más importantes dicasterios, sea como miembros de los mismos que participan en la resolución de las cuestiones más importantes.

La Curia romana es la estructura permanente que ayuda al Santo Padre en su trabajo diario al servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Está compuesta de la Secretaría de Estado, de las Congregaciones, Tribunales, Consejos y otros organismos. Su constitución, las competencias de cada dicasterio y el modo de llevarlas a cabo están determinados en una ley especial que actualmente es la Constitución Apostólica Pastor Bonus (que, como hemos dicho, forma parte del Corpus del derecho canónico).

En la Curia colaboran los Cardenales y gran parte de los Obispos de todo el mundo como miembros de los dicasterios, ayudados por Consultores, Oficiales y otros funcionarios, que pueden ser clérigos, religiosos o laicos.

La Curia no tiene autoridad propia sino que ejerce, en nombre y con la autoridad del Romano Pontífice, los poderes de él recibidos; de aquí que los dicasterios deban obrar en unidad de intenciones con el Papa, según los criterios que resumimos a continuación:

  no hacer nada importante o extraordinario sin comunicarlo previamente al Santo Padre.

  someter a su aprobación los actos de mayor importancia, salvo que tengan recibida previamente la competencia para realizarlos.

Además, los dicasterios no pueden emanar leyes o normas con fuerza de ley, ni derogar el derecho universal, sino en casos singulares y con la aprobación específica del Sumo Pontífice (Pastor Bonus, art. 18).

Los actos de un dicasterio se atribuyen a éste y no al Papa, a menos que él los haya hecho suyos mediante una aprobación específica; esta precisión es importante, ya que, como sabemos, los actos del Romano Pontífice son inapelables6, mientras que los de la Curia son recurribles y no tienen de por sí valor de ley. Por esto al hablar de Santa Sede o de Sede Apostólica se entiende no sólo el Romano Pontífice, sino también los diversos organismos de la Curia, a menos que por la naturaleza de la cuestión del contexto resulte otra cosa (c. 361). En cambio, cuando se habla de autoridad suprema de la Iglesia se entiende solamente el Papa y el Colegio de los Obispos, con exclusión de la Curia.

Los legados pontificios son los representantes estables del Romano Pontífice ante las Iglesias particulares y ante las autoridades civiles de las diversas naciones u organismos internacionales. Su principal función es la de hacer presente, allí donde son enviados, la solicitud del Santo Padre por todas las Iglesias, reforzando los vínculos de unidad, caridad y cooperación entre aquéllas y la Sede de Pedro. Realizan principalmente una labor de información a la Santa Sede, en particular sobre las condiciones de vida de la Iglesia en el lugar y sobre los candidatos al episcopado; de asistencia, consejo y cooperación con los Obispos locales y la Conferencia Episcopal (de la cual no forman parte); de defensa de la libertad de la Iglesia ante a la autoridad civil; cumplen, en fin, los encargos y mandatos que les haya confiado la Santa Sede.

Algunos legados tienen también misión diplomática, esto es de representación ante los gobiernos civiles, para promover y favorecer las buenas relaciones entre los Estados y la Santa Sede y resolver con ellos cuestiones de interés común, también mediante concordatos o acuerdos similares; estos legados se llaman Nuncios, y son enviados y revocados conforme a las normas del derecho internacional relativas a los agentes diplomáticos. Los legados que sólo tienen misión ante la jerarquía eclesiástica local, no ante el Estado, se llaman Delegados Apostólicos, normalmente mantienen también contactos con la autoridad civil y les son reconocidas algunas prerrogativas diplomáticas (cc. 362 367). Existen también legados que representan a la Santa Sede ante las organizaciones y conferencias internacionales.


5. Las Iglesias particulares


La constitución jerárquica de la Iglesia se expresa también a nivel particular, en las diversas comunidades cristianas que componen y se reúnen en la única Iglesia católica.

Este nivel o dimensión particular de la constitución eclesiástica es también de institución divina, en cuanto se remonta al ministerio de los Apóstoles que, como pastores de las primeras comunidades, cuidaron de establecer sucesores, los Obispos, los cuales, como miembros del Colegio episcopal, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores los presbíteros y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey, de la que son pastores (LG 20c) en comunión con la cabeza y los otros miembros del Colegio.

Así, la unidad de la Iglesia se manifiesta no sólo en la unidad del Pueblo de Dios que reúne a todos los bautizados bajo la guía del Papa y del Colegio de los Obispos, sino también en la comunión de una multiplicidad de Iglesias particulares formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y de las cuales consiste la Iglesia católica, una y única (LG 23). La Iglesia se estructura también como un cuerpo de Iglesias particulares  corpus Ecclesiarum  en la comunión de la Iglesia universal.

La relación entre Iglesia particular e Iglesia universal no es simplemente la que existe entre la parte y el todo, porque la Iglesia de Cristo está verdaderamente presente y actúa en cada Iglesia particular, la cual, a su vez, es tal en virtud de la presencia operante en ella de la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica (CD 11) a imagen de la cual está formada. Por esto la presencia del ministerio petrino en cada Iglesia particular es inmanente, no meramente exterior.

Erigir, suprimir o modificar las Iglesias particulares corresponde únicamente al Romano Pontífice o al Colegio episcopal (c. 373). La comunidad que forma una Iglesia particular debe ser definida y distinta de las demás. Esto se logra, por lo general, determinando los límites territoriales de cada una, de modo que comprenda a todos los fieles que habitan allí.

Pero la distinción entre Iglesias particulares se puede hacer también según criterios personales, como el rito7, la nacionalidad o la lengua de los fieles, de modo que en un mismo territorio existen varias Iglesias particulares. Las estructuras personales suelen tener estatutos propios, en los que se establecen los criterios de distinción y coordinación de competencias con las comunidades locales.


a) La diócesis


El concepto teológico de Iglesia particular equivale y se realiza de modo pleno en el concepto canónico de diócesis (c. 368), definida por el Concilio como una porción del Pueblo de Dios, encomendada al Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, Una, Santa, Católica y Apostólica (CD 11, c. 369).

Varios son los elementos que se suelen distinguir en la Iglesia particular: a) un pastor, por lo general un Obispo; b) el pueblo, esto es, una porción del Pueblo de Dios; c) un presbiterio. Estos elementos están en relación entre sí de modo tal que forman una comunidad a imagen de la Iglesia universal: el Obispo que, como pastor, con la colaboración del presbiterio, reúne y preside en nombre de Cristo la porción del pueblo de Dios a él encomendada. Al mismo tiempo estos tres componentes deben estar integrados en la comunión de fe, de sacramentos y de disciplina de la Iglesia universal. Ya hemos visto que el Romano Pontífice es pastor de todos los fieles y comunidades.


b) Otras circunscripciones eclesiásticas similares a las diócesis


A más de las diócesis hay otras porciones del pueblo de Dios o comunidades cristianas organizadas como Iglesias particulares; por esto, en el c. 368 se dice que, si no consta de otro modo, se asimilan a las diócesis la prelatura territorial y la abadía territorial, el vicariato apostólico y la prefectura apostólica así como la administración apostólica erigida de manera estable.

Estas comunidades se describen brevemente en los cc. 370 y 371; en todas éllas se encuentran los elementos y las relaciones típicos de la Iglesia particular, aunque a veces de modo parcial. En el caso de la prelatura territorial y de la abadía territorial, porque no siempre tienen a la cabeza un Obispo, sino un presbítero (Prelado o Abad) que la rige como su pastor propio, del mismo modo que un Obispo diocesano; en el caso de los vicariatos, de las prefecturas y de las administraciones apostólicas porque su pastor gobierna en nombre del Sumo Pontífice, no como pastor propio.

Aparte de que puede haber diócesis personales, existen también estructuras de naturaleza personal semejantes a las diócesis llamadas a desarrollar una pastoral específica que se suma o suple a la pastoral diocesana, como las prelaturas personales y los ordinariatos rituales o militares8.

Las prelaturas personales (PO 10; cc 294 297) pueden servir a diversos fines, definidos en sus estatutos: una mejor distribución del clero, especiales obras pastorales o misioneras, etc.; pueden ser de ámbito regional, nacional o internacional y se rigen por los estatutos establecidos por la Santa Sede9. La prelatura está constituida por un Prelado, que la gobierna como Ordinario propio, por clérigos seculares incardinados en ella que constituyen su presbiterio, y (según los casos) también por laicos, que pueden vincularse a la prelatura a fin de cooperar en su trabajo apostólico según el modo establecido por los estatutos10. También deben estar definidas en los estatutos las relaciones de la prelatura personal con las autoridades de los lugares donde ejerce su misión, y para establecerse en una diócesis debe antes contar con el consentimiento del Obispo.

Los ordinariatos rituales se constituyen con el fin de proveer a la atención pastoral de los fieles de rito oriental que viven en territorios de rito latino.

Los ordinariatos militares tienen como finalidad atender a la pastoral en las fuerzas armadas (o de otros cuerpos de seguridad) de una nación. Están gobernados por el Ordinario militar (que por lo general es consagrado Obispo) y forman parte de él los capellanes militares y los fieles que por cualquier razón forman parte del ejército o habitan en recintos militares. Se rigen en general por la Constitución Apostólica Spirituali militum cura11, aunque cada ordinariato tiene además sus propios estatutos, por lo general establecidos mediante un acuerdo entre la Iglesia y el Estado12.

De cuanto hemos visto se puede concluir: a) que existen diversos tipos de circunscripciones eclesiásticas que son o se asimilan a las Iglesias particulares; b) que el paradigma de todas ellas es la diócesis, de modo que cuanto está prescrito para ella, se debe aplicar, con los ajustes necesarios, a las demás circunscripciones.

Todas tienen en común ser circunscripciones eclesiásticas de las llamadas mayores, es decir: autónomas las unas de las otras y dependientes directamente de la Santa Sede, a la que compete erigirlas. A su vez toda Iglesia particular debe estar dividida en parroquias y otras circunscripciones menores (c. 374).


c) Entes y organismos supradiocesanos


Lo que acabamos de decir no significa que las diversas diócesis de un mismo territorio (o sus Obispos) no mantengan relaciones entre ellos, a fin de coordinar la pastoral y prestarse recíprocamente colaboración. Existen al efecto estructuras y organismos supradiocesanos, pero en la Iglesia latina (a diferencia de las Iglesias orientales) estos no crean o suponen una relación de dependencia jerárquica entre las diócesis, ni constituyen una Iglesia particular por encima de las iglesias particulares.

La provincia eclesiástica


Es una circunscripción que reúne varias diócesis vecinas a fin de promover una acción pastoral común. Como regla general no debe haber diócesis que no pertenezcan a una provincia. Son constituidas por la suprema autoridad de la Iglesia (c. 431) y tienen personalidad jurídica por el solo hecho de ser constituidas (c. 432 § 2).

Órganos de gobierno de la provincia son el concilio provincial y el Metropolitano (c 432 § 1). También la junta de Obispos de la provincia tiene algunas competencias (cc. 952 § 1 y 1264).

En cada provincia hay una archidiócesis cuyo Arzobispo que es el Metropolitano de la provincia (c. 435); las otras diócesis se llaman sufragáneas. Salvo en la suya, el Metropolitano no tiene en las otras diócesis de la provincia funciones de gobierno directo, su misión es vigilar e informar al Romano Pontífice de eventuales abusos que se introduzcan; e interviene en el nombramiento del administrador diocesano cuando quede vacante una diócesis. La Santa Sede puede en ciertos casos conferirle otras funciones más amplias (c. 436).

La región eclesiástica


Si las circunstancias lo aconsejan, puede haber también regiones eclesiásticas, que agrupan varias provincias vecinas, constituidas por la Sede Apostólica a propuesta de la Conferencia episcopal. La región no tiene personalidad jurídica por derecho común: puede adquirirla por concesión singular de la Santa Sede (c. 433).

La asamblea regional de los Obispos favorece la pastoral común, pero no tiene más competencia jurídica que la que le haya sido concedida de modo especial por la Santa Sede (c. 434)13.


Los concilios particulares


Son aquellos que reúnen a los Obispos de un determinado territorio. Si el territorio es el de una Conferencia episcopal (que normalmente comprende toda una nación), el concilio se llama plenario (c. 439), si de una provincia, provincial (c. 440).

El concilio plenario es organizado por la Conferencia episcopal previa aprobación de la Sede Apostólica (c. 441); el provincial es organizado y presidido por el Metropolitano (c. 442).

En cada concilio tienen derecho a participar, con voto deliberativo, todos los Obispos (diocesanos, coadjutores, auxiliares) que tienen un encargo en el territorio (c. 443 § 1). Otros Obispos que residan en el lugar pueden ser invitados a participar y en este caso también ellos tienen voto deliberativo (c. 443 § 2).

Con voto solamente consultivo deben ser llamados los Vicarios diocesanos, algunos Superiores de institutos de vida consagrada y de sociedades de vida apostólica, los rectores y decanos de universidades, etc. (c. 443 § 3). Pueden también ser llamados, con voto consultivo, otros presbíteros y fieles (c. 443 § 4). Asimismo pueden ser convocadas otras personas en calidad de invitados (c. 443 § 6).

Quien es llamado a participar en un concilio debe hacerlo a menos que tenga legítimo impedimento, del cual debe informar al presidente. En este caso, los ausentes pueden hacerse representar por un procurador, quien tendrá solamente voto consultivo (c. 444).

El concilio particular tiene potestad general de gobierno en su territorio: puede por tanto legislar sobre todas las materias que miran a la vida de la Iglesia (doctrina, disciplina, liturgia, catequesis, etc.), dentro de los límites del derecho universal.

Los decretos de un concilio particular no deben ser promulgados hasta que hayan sido revisados por la Santa Sede, luego de lo cual corresponde al concilio promulgarlos (c. 446).

Las Conferencias episcopales


A diferencia de los concilios, que son asambleas esporádicas, la Conferencia episcopal es un organismo permanente que reúne a los Obispos de una entera nación o territorio, a fin de ejercer conjunta y coordinadamente algunas tareas pastorales (cc. 447 y 448). Nacidas el siglo pasado, las Conferencias han recibido un gran impulso en el Concilio Vaticano II, el cual ha establecido que se constituyan donde todavía no existían y que puedan tomar, en ciertas condiciones, decisiones vinculantes (CD 36 38). Actualmente constituyen el organismo por el que trascurre la colaboración colegial del episcopado de una nación y juega un importante papel de representación también ante las autoridades civiles14.

Corresponde únicamente a la Sede Apostólica erigir, modificar o suprimir las Conferencias episcopales, las cuales, una vez constituidas tienen por derecho personalidad jurídica canónica (c. 449). Cada Conferencia elabora sus estatutos que deben ser revisados por la Sede Apostólica (c. 451).

Son miembros de derecho de la Conferencia episcopal todos los Obispos que ejercen un encargo en el territorio y los que en derecho son equiparados al Obispo diocesano. No son miembros de derecho el Legado pontificio, ni los Obispos residentes en el territorio que no tengan encargo en él (aunque pueden serlo si así lo determinan los estatutos; c. 450).

Por lo que hace al voto, sólo los Obispos diocesanos, aquellos que se les equiparan según derecho y los Obispos coadjutores tienen siempre voto deliberativo y el Presidente debe ser uno de éstos; los demás Obispos (auxiliares y titulares) tendrán voto deliberativo o consultivo según se haya establecido en los estatutos. Por esta razón, en la elaboración o modificación de los estatutos se expresan con voto deliberativo solamente aquellos que lo tienen por ley (c. 454).

A diferencia de los concilios, la competencia jurídica de las Conferencias no es general; pueden dar normas o actos administrativos solamente en aquellas materias expresamente señaladas por el derecho universal o establecidas en un mandato de la Santa Sede (c. 455 § 1). Las decisiones de la Conferencia sobre otras materias no vinculan a los Obispos miembros a menos que hayan sido tomadas por unanimidad (c. 455 § 4)15.

Para que una decisión normativa de la Conferencia episcopal sea vinculante, deben votar a favor al menos dos tercios de los miembros que gozan de voto deliberativo, y obtener el nihil obstat (llamado recognitio) de la Santa Sede, luego de lo cual será promulgada (c. 455 § 2). Este límite a la potestad de la Conferencia episcopal responde, entre otras razones, a la necesidad de tutelar la legítima autonomía de cada Obispo en su diócesis, y evitar así que la Conferencia pueda sustituir el papel del Obispo diocesano el cual responde de su encargo solamente ante el Romano Pontífice. La Conferencia episcopal no constituye una instancia intermedia entre las Iglesias particulares y la Sede Romana.

Como organismo permanente, la Conferencia episcopal tiene una organización interna (Presidencia, Secretaría, Consejo o Comisión permanente, Comisiones varias); pero solamente la asamblea plenaria puede tomar las decisiones importantes.

Existen también organismos que sirven para favorecer las relaciones entre las Conferencias episcopales de una misma área geográfica (para América latina, para Europa, etc.); estos organismos tienen una organización jurídica diversa según los casos (c. 459).



Reflexiones pedagógicas

Lea la pregunta, encuentre la respuesta y transcríbala o “copie y pegue” su contenido.

(Las respuestas deberán enviarse, al finalizar el curso a juanmariagallardo@gmail.com . Quien quisiera obtener el certificado deberá comprometerse a responder PERSONALMENTE las reflexiones pedagógicas; no deberá enviar el trabajo hecho por otro).

Capítulo VI: El Pueblo de Dios, su estructura jerárquica

¿Qué es la organización eclesiástica? ¿Cuál es su finalidad?

Defina el oficio eclesiástico.

¿Qué es la provisión canónica?

Enumere los modos o procedimientos de designación del c. 147.

La Iglesia universal ¿es la confederación de las Iglesias particulares?

¿Quién es el Romano Pontífice? ¿Cómo es su potestad?

Transcriba LG 22b.

¿Quienes forman parte del Colegio Episcopal? ¿Quién es su cabeza?

¿Cómo ejercita, el Colegio Episcopal, su potestad -de modo solemne- sobre la Iglesia universal?

¿Por que los Concilios se suspenden al morir el Romano Pontífice?

¿Qué es el Sínodo de Obispos?

¿Qué es la Curia romana?

¿Quienes son los legados pontificios?

¿Cómo es la relación de la Iglesia particular con la Iglesia universal?

Transcriba la definición de diócesis.

¿Cuáles son los esenciales elementos de una Iglesia particular?

Enumere otras circunscripciones eclesiásticas similares a las diócesis.

Enumere algunas estructuras y organismos supradiocesanos.

¿Cuáles son los requisitos para que una decisión normativa de la Conferencia episcopal sea vinculante?



1 J. Hervada, Elementos de Derecho constitucional canónico, cit., cap. VI a VIII; A. Viana, Organización del gobierno en la Iglesia, 2ª ed. eunsa, Pamplona 1997.

2 Regulada en la Const. Ap. Universi Dominici gregis, cit.

3 Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión), 28 mayo 1992, nn. 7 9: AAS (1993) 838 850. El texto bilingüe (latino italiano) con algunos comentarios, en Congregazione per la Dottrina della Fede, Lettera Communionis notio”, LEV, Cittá del Vaticano 1994. Cfr. CCE 835.

4 Ibid.

5 Vid. Instrucción de la Congr. para la Doctrina de la Fe, Consideraciones sobre el primado, 31.X.1998: «Ecclesia» (1998) 1764 1767.

6 Entre otros documentos, ha recibido la aprobación específica del Romano Pontífice la ya citada Instr. de varios Dicasterios Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos….

7 Por ej., en el Líbano las Iglesias son personales en razón del rito.

8 Cf. J.I. Arrieta, Comentario al c. 372: AA.VV., Comentario exegético..., cit., vol. II, Pamplona 1996, p. 701 704.

9 G. Lo Castro, Las prelaturas personales. Perfiles jurídicos, eunsa, Pamplona 1991; A. de Fuenmayor, Escritos sobre prelaturas personales, 2ª ed., eunsa, Pamplona 1992.

10 Como sucede en el Opus Dei, erigido en prelatura personal con el fin de promover, entre personas de las más variadas condiciones, la santidad en la vida ordinaria (especialmente en el trabajo); los fieles laicos del Opus Dei se incorporan a la prelatura mediante un contrato. Cf. Const. Ap. Ut sit 28.XI.1982: AAS (1983) I, 423 425. Vid. A. de Fuenmayor, V. Gómez Iglesias, J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei, eunsa, Pamplona 1990; P. Rodríguez, F. Ocáriz, J.L. Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993.

11 Del 21 de abril de 1986: AAS 78 (1986) 481 486.

12 Para los estatutos de los ordinariatos castrenses vid. E. Baura, Legislazione sugli Ordinariati castrensi, Giuffrè, Milano 1992.

13 Es este el caso de Italia donde las Conferencias episcopales regionales ejercen ciertas competencias que les han sido atribuidas.

14 Vid. Juan Pablo II, M.P. Apostolos suos, Sobre la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias espiscopales, 21.V.1998: AAS (1998) 641 658

15 Se debe observar, sin embargo, que en ciertos países como Colombia, España, Italia, el Concordato con el Estado puede atribuir a la Conferencia ciertas competencias. Así suele suceder en materias relativas a la enseñanza de la religión católica en las escuelas estatales.



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