Carlos Valenti y la colección del Dr. Manuel Morales



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Rebelde a todo lo académico, el carboncillo, el lápiz o el pincel corren sin freno ni reparo, no se detiene en el detalle, ni se preocupa en borrar un solo trazo. A líneas sobrepone líneas, a colores sobrepone colores. Y es precisamente esa aglomeración de colores y de líneas, brotados al parecer, sin orden ni concierto el elevado concepto de su obra dinámica, agresiva, impresionable y realista por excelencia”.

Agustín Iriarte, 1928.

Carlos Valenti y la colección del Dr. Manuel Morales. Por Guillermo Monsanto
Introducción.
Si se toma en cuenta que Carlos Mauricio Valenti nació en Francia y falleció allí mismo entre 1888 y 1912, lo primero que sobresale es que fue un autor precoz que brilló con luz propia, muy tempranamente y durante un lapso verdaderamente corto. No se han cumplido aún cien años de su desaparición física y lo que se conoce de su producción son unas setenta piezas entre bocetos y pinturas al óleo. De ellas, más de cincuenta, se focalizan en una sola pinacoteca muy respetada: la Colección del Doctor Manuel Morales (hoy en manos de otro particular que ha sabido hacer eco a la dimensión del tesoro que tiene entre manos). Gracias a esta colección, el empeño de sus amigos e historiadores, Carlos Valenti, su legado y aportes han sido apreciados y revalorados, cada cierto período, durante el siglo XX y lo que va del XXI.
La admiración que su trabajo ha despertado en sus contemporáneos y creadores de otras generaciones, es algo que también lo convierte en sujeto especial para la historia. Es por ello que todas las perspectivas a documentar parecieran haber sido cubiertas desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, cuando la obra está junta, siempre hay algo nuevo que relacionar y que aportar. De lo anotado parte la atención que el Corredor de los Museos de Casa Santo Domingo y sus directivos han manifestado en ésta y las otras muestras programadas para el 2009. Interés que se aúna al sentimiento de conservación y proyección de valores sobresalientes de la cultura nacional.
Tres documentos dan noticia directa de las relaciones de Carlos Valenti con una importante sociedad creativa y por ende, la posición que ocupó en ella. El primero fue con motivo de su exposición póstuma en la Academia de Bellas Artes de Guatemala en 1928. El otro la “Aproximación a una biografía” escrita por Walda Valenti publicado en 1983. Finalmente, “Carlos Valenti” obra y vida, presentado por ADESCA en julio de 2000. Los tres folletos, abundan en comentarios que no solo validan las capacidades artísticas del autor, si no que resaltan una personalidad especial a la cual sus amigos rindieron tributo tanto en vida como en muerte.
¿Habrá sido Carlos Valenti el punto de encuentro con una generación de características brillantes? Es difícil afirmarlo. Sin embargo habrá que ver en la esencia de los documentos en que lo mencionan sus contemporáneos, una solidaridad especial que no se dio, de la misma manera, entre los demás. Todos –escritores, pintores, músicos y poetas-respondieron al compromiso de su amistad con Valenti manteniendo vivo el hálito del autor a través de su obra y el recuerdo del amigo perdido en una exaltación permanente ¿Fue Valenti un soñador atrapado en un círculo de soñadores? Lo más seguro es que sí. Ese atributo es el que captó el escritor Eduardo Halfon en su novela “Esto no es una Pipa” de la casa Alfaguara.
Carlos Valenti y su círculo inmediato (un poco de historia).
Un punto de encuentro con sus tendencias creativas lo proporciona su relación de alumno con el escultor Santiago González, hacia 1904. Valenti recibía clases de dibujo y pintura en las salas del desaparecido convento de San Francisco a la par de varios educandos que, más adelante, se convertirían en la primera generación artística del siglo XX. González, a su vez, trabajaba para la casa contratista de Antonio Doninelli y entre sus trabajos más significativos se encontraban la realización de tímpano neoclásico del Monumento a Minerva y las decoraciones estilo Art Noveau de la balaustrada del Mapa en Relieve. Además de poseer la fama de haber sido ayudante de Rodín, tenía prestigio como buen dibujante. Sus discípulos registraron, todos, ese mismo nivel.
Como parte de la formación, los artistas iban a pintar a espacios abiertos como el “Potrero de Corona” o el “Cerrito del Carmen”, entre otros. Hay suficientes evidencias entre las obras de Hernán Martínez-Sobral, Rafael Rodríguez Padilla, Carlos Valenti y Agustín Iriarte, que permiten traslapar similitudes, diferencias e inclusive aportes de cada uno a la pintura de paisaje. Para aquellas fechas Valenti contaba con alrededor de quince años de vida. Uno de sus amigos cercanos, Agustín Iriarte, veintiocho. Por esa diferencia de edades y por ya ser en aquel momento Iriarte un artista con reputación de tal, habrá que ver en éste a una influencia decisiva tanto para Valenti como para sus condiscípulos.
Era aquella generación a la que pertenecía Valenti sensible y bien dispuesta al arte. Curioso, porque el ambiente guatemalteco no era el mejor para desarrollarse en ese campo profesional. Si bien todavía había encargos por parte del gobierno y de algunos particulares, el interés que el oficialismo precedente había logrado insuflar, decayó notoriamente con las políticas conservadoras del presidente Manuel Estrada Cabrera.
La obra de aquellos años reflejaba, entonces, diversidad de intereses relacionados con la tradición artística y en contados casos como el de Carlos Valenti o el de José Cayetano Morales, Moncrayón (mucho mayor que él), ligeras variantes respecto al trazo y la utilización del color. El paisaje, que venía practicándose desde el siglo XIX, se independizó temáticamente de las ruinas arqueológicas y el registro de ciudades como Antigua Guatemala, para dar lugar a los espacios abiertos que circundaban la ciudad capital, Amatitlán, San Lucas Sacatepéquez e incluso, otras localidades aledañas. Hay que recordarse que en aquellas fechas los artistas se movían en carruajes, cuando la topografía lo permitía, o a lomo de rocines si el paraje era muy quebrado.
Carlos Valenti miraba tempranamente, en comparación con sus condiscípulos, un paisaje compuesto por brochazos, generosamente empastados y largos que se apartaban de otros estilos académicos. Impresionista, al principio, la luz jugó papel preponderante en la exaltación de sujetos a partir no de sus detalles si no del volumen contrastado de sus formas. En el conjunto lo que destacaba era un bucolismo singular y personal. En este caso el diálogo surgía de la manera de proponer su visión al espectador. Curiosamente, contrario a lo anotado y como lo demuestra el dibujo -“Paisaje de Árboles” (H-3) - la esencia de aquellas tablas de modestas dimensiones partía de la línea como punto de referencia.
Del panorama aquellos artistas extraían detalles de las yuntas que pastaban en las inmediaciones del río “De Las Vacas”, la “Puerta Del Norte” o a la vera del “Cerro del Carmen”. Es precisamente de estos detalles en donde más abundan las coincidencias temáticas entre Valenti, Martínez-Sobral e Iriarte. Algunos lápices, inclusive, muestran al mismo semoviente bosquejado desde diversidad de ángulos (no fue posible reunirlos en esta publicación pero sí es factible encontrar los de Valenti en el Museo Nacional de Arte Moderno y los de los otros dos artistas en el catálogo publicado por la Fundación Paiz, en mayo de 2005, con motivo de su exposición retrospectiva). Todas estas obras, si se ha de pensar que se realizaron en conjunto, fueron creadas antes de 1906.
No todo está fechado y es difícil decir a qué momento pertenecen obras que lucen como muy individuales. Aún sin poseer calza, sorprenden porque lucen como creación específica que se aleja de los resultados, también personalistas, de sus otros condiscípulos. Aunque siguió realizando paisaje, hay varios ejemplos de antes de 1912, con temas más oscuros y misteriosos. – “El Beso” (B-9) e “Idilio Campestre” (B-13) -, dan buena idea de aquellas propuestas. También hay otros productos sobre papel muy singulares y que denotan una búsqueda interna hacia la síntesis, cuando no transformación de las formas.
Pero había, además, otros puntos de encuentro con el resto de su generación. Probablemente por el tipo de trabajo que tenían González (y el propio Iriarte quien trabajaba en diseño gráfico), los artistas a su alrededor se interesaron en la confección de alegorías. Aunque hay documentos de historia del arte que indican que el Art Noveau (el “nuevo arte”) no entró a Guatemala hasta después de los Terremotos de Navidad (1917-18), existen publicaciones y fotografías muy tempranas que utilizaban sus elementos para crear distintos tipos de alegorías. Los Álbumes de Minerva entre ellos o las fotografías de Alberto Valdeavellano, son excelentes ejemplos.
– “Vanidad” (D-04), “Abundancia” (E-10), “sin título I” (H-01) -, entre otros, pertenecen a este orden de ideas ¿Eran ejercicios o iban a ser utilizados para ilustrar algún trabajo específico? De momento no se puede aclarar esta idea, pero también existen algunos ejemplos contemporáneos de estas propuestas en los cuadernos de dibujo de Agustín Iriarte. Posiblemente eran contemplados como parte de algún curso de libre creatividad, composición de decorados… En todo caso esto lleva a otro importante y vital escenario: El teatro Colón.
Este imponente edificio –finalizado en 1859- fue, durante años, el único centro oficial dedicado a cultura artística. Si bien ese panorama se amplió a las artes visuales con las actividades del “Palacio de Mármol” (construido por la administración de Reyna Barrios), los teatros estilo neoclásico, o las actividades de Minerva (de Estrada Cabrera), siempre fue ese edificio el que atrajo a los sectores allegados a las artes escénicas de la sociedad Guatemalteca y el encanto de toda la farándula que desfilo por sus camerinos. En este caso también hay registros de Valenti, Iriarte y Moncrayón que guardan ciertas coincidencias en cuanto a temas relacionados con las actividades que allí se desarrollaron. En el caso de Carlos Valenti – “Director de Orquesta” (E-06) o “El Brindis” (D-02) - bien podrían corresponder a esos espacios culturales paralelos en el que se movían los artistas.
El artista Luis Robles desarrolló en 2001 un trabajo de tesis para su licenciatura en historia del arte analizando la obra de Rafael Rodríguez Padilla y localizó, de 1908, una tinta que puede entenderse en la misma línea sintética. En su investigación también anota que Rodríguez exploró la caricatura (al igual que Valenti, Iriarte y por supuesto, Moncrayón). No hay, al momento de esta investigación, una “Revista Electra” a la mano. Podría ser que las obras alegóricas de los otros artistas aparecieran junto a las de Moncrayón en esa publicación. También hay que tomar en cuenta que el hermano de Valenti, Emilio, regentó un taller de Fotograbado que necesitaba este tipo de encargos.
Tampoco se sabe a ciencia cierta en qué momento entabla relación con Jaime Sabartés. El catalán arribó a Guatemala en 1904 cuando contaba con veintitrés años. Luego viajó a Nueva York y a su regreso al país, hacia 1908, es que conoce a Carlos Valenti y seguramente también a Carlos Mérida con quienes desarrolla una amistad y ¿cierta tutoría? Si bien, se le considera como una influencia en Mérida, principalmente, es probable que por el tipo de obra académica que ambos ejercían en aquellos momentos, fuera Valenti quien captara su atención crítica por la evolución de lo que éste ya realizaba.
La asociación de Sabartés con estos jóvenes artistas, sin demeritar los alcances del autor, fue manipulada en beneficio de otros creadores que se relacionaron con él durante las dos siguientes décadas, por la importancia que Sabartés desarrolló -mucho más adelante- como secretario personal de Pablo Picasso. Es otro tema que hay que investigar fuera del ámbito que lo asentó como verdad absoluta.
Si se ha de pensar en que Jaime Sabartés ejerció alguna influencia en el biografiado, habrá que forzar que fuera en lo relativo a ciertas composiciones muy específicas: entre ellas – “El Beso” (B-09), “Idilio Campestre (B-13)”, “Idilio” (E-8) y el propio “Retrato de Jaime Sabartés” (B-14) - . Pese a ello no hay obras de otros contemporáneos que se asemejen a lo propuesto por Valenti, ni siquiera en la obra de Carlos Mérida que era completamente académica por aquellas fechas. De hecho, Sabartés apadrinaría la primera muestra de Mérida en 1910 la cual estaba compuesta por copias de escenas bíblicas, bodegones y paisajes. Lo que marca una gran diferencia con las vistas de 1911 que hay en la colección de Morales. Por lo mismo, habrá que poner en razonable duda dicha premisa.

El viaje a París en 1912 fue fugaz. En el camino se quedó Hernán Martínez-Sobral porque la familia se arrepintió a último momento de enviarlo a aquel país. Al final éste terminó formándose en México como médico y artista. Carlos Mérida y Valenti llegaron con una carta de Sabartés al estudio de Pablo Picasso. Ese mismo año, el 29 de octubre, se suicidó. Las circunstancias aún levantan suspicacias. En Guatemala, los medios reportaron su fallecimiento como producto de una enfermedad “rápida y violenta”.

En la semblanza que Agustín Iriarte realizara en 1928, para el catálogo de su retrospectiva, el artista crea un perfil de Valenti que permite recrear en parte no sólo el espíritu del fallecido, sino algunas de sus motivaciones creativas. En ella Iriarte reafirma el pensamiento de que Valenti comenzó como su pupilo y no como su compañero de clases en el taller de Santiago González. De hecho permite visualizar a un joven músico que, con el beneficio de la compañía del artista, se transformó en pintor. Otro punto que lo hermana con Carlos Mérida quien también tenía posibilidades con el piano. En el Museo Nacional de Arte Moderno hay un carboncillo de Mérida al piano y en la colección del Dr. Morales otro de Mérida trabajando en su estudio de pintura, entre distintos ejemplos atribuidos a él en otras colecciones.

“Notaba”, cuenta Agustín Iriarte, “cierta tristeza y desencanto, no comprendiendo como un adolescente no tuviera esas ilusiones y alegrías propias de su edad. Cuando sonreía era únicamente con ironía y cuando hablaba era breve y conciso en sus pensamientos. Era un observador”. También da noticia, en esa reseña, de la constante comunicación epistolar que mantuvieron mientras Iriarte permaneció en la Academia de Bellas Artes en Italia (1908-1914). “Preguntábame a menudo”, continúa, “de los países y museos que visitaba, de los maestros que más me atraían y de las obras o estudios que me ocupaban, haciéndome indicaciones sobre ésta o aquella escuela. Quiero estar contigo, me decía ya en París, yo también sueño en Italia... En todas sus cartas, que aún conservo, como en su persona había observado, se traslucía ese fatalismo y decepción… París, la gran Ciudad Luz de que antes me hablara lleno de entusiasmo, parecía no llenar sus aspiraciones. Parecíame un atormentado”.

En otra carta, ésta escrita por Carlos Valenti el 20 de junio de 1912, daba a entender que su estancia en Francia había sido sin el consentimiento de su padre quien, en aquel año, vivía en Italia. En ella le pide que no le cuente en dónde está ya que él lo hará más adelante, cuando ya estuviera instalado y estudiando. En el caso que se hubiera fugado ¿sería por eso que la familia de Hernán Martínez-Sobral impidió al último momento que éste abordara el barco en el que viajarían Valenti y Mérida? No dejan de ser más que especulaciones.

En París se inscribieron en la Academia Vitti, bajo la tutela del fauvista holandés Kees Van Dongen y del español Hermenegildo Anglada Camarasa, en el 48 Boulevard Montparnasse. Su residencia la tenían en el 32 Rue des Fossés-Saint-Bernard. Lugar en donde se pegaría dos tiros al corazón que le cegaron la vida (dos con revólver – lo que agrega un misterio más a su muerte ya que necesitaba cargar el arma para darse el segundo tiro). Por lo breve del lapso y por lo poco fechado que de él hay en Guatemala, es sólo con los trabajos más obvios que se puede asumir lo que allá estaba haciendo. –“Puente Sobre el Sena” (B-01), es un trabajo urbano con dimensiones modestas que reflejan la visión Impresionista, no académica, por la que transitaba en aquellos momentos. La ausencia de presencia humana, la selección pictórica de los ocres y fríos, matizan un espíritu melancólico dentro del conjunto. Pintura que contrasta con los coloridos de otros óleos contenidos en el legado Morales.

Probablemente, por la naturaleza compositiva de la obra y por tratarse de desnudos masculinos, sean de ese momento –“San Jerónimo II” (H-12) y “Varón al Desnudo” (H-13). En todo caso, ambas se oponen a los delicados trazos de –“Monseñor” (H-18) y “Doncella” (H-19).

La colección del doctor Morales es hoy una fuente de información muy valiosa que permite acercarse a la obra de este extraordinario artista. Como valor agregado hay que sumar la capacidad voraz con que su biógrafo, Luis Villacorta, se ha volcado en la búsqueda de datos e información que fortalezcan el conocimiento de su autor y la época en la que vivió. Es este último elemento humano, el que ha despertado voluntades y revitalizado la producción de un autor que en su momento fue honrado e inmortalizado por sus camaradas. Amigos que, dicho sea de paso, forjaron un camino para las distintas disciplinas del arte visual y escrito del siglo XX.

La pinacoteca que hoy se presenta de nuevo al público, el espacio que la recibe (Casa Santo Domingo), traen a colación la función que las colecciones particulares y la iniciativa privada poseen en la sociedad guatemalteca. Esfuerzo que, además de llenar los vacíos que mantiene la apática visión oficial, consolida los puntos fuertes de la historia del arte nacional dejando documentos que puedan discutirse y corregirse, de ser necesario, por generaciones futuras. A la colección principal se unen otros dos bosquejos que también pertenecieron al doctor Morales. Muestra que también permite, para fortuna o lamentablemente, el poner en duda obras que en otras compilaciones lucen como apócrifas.

Carlos Valenti es sin duda, junto a unos pocos seleccionados, uno de los artistas más destacados de los albores del arte nacional del siglo XX.

Bibliografía.

Asociación del Amigos del País (2004). Diccionario Histórico Biográfico de Guatemala. Imprelibros S.A. Colombia.

Monsanto, Guillermo (2005). Exposición Homenaje Agustín Iriarte – Hernán Martínez Sobral. Ediciones Don Quijote, S.A.

Robles Mejía, Luis Enrique (2001). Rafael Rodríguez Padilla y el Desarrollo de la Plástica Guatemalteca. Trabajo de tesis, USAC. Guatemala.

Toussaint, Mónica (1988). Textos de la Historia de Centroamérica y el Caríbe, Guatemala. México.

Valenti, Walda (1983). Carlos Valenti, Aproximación a una biografía. Serviprensa Centroamericana.

Varios Autores (2000). Carlos Valenti, Obra y Vida. Ediciones Don Quijote

Bibliografía complementaria:



Varios documentos –entre cartas, gacetas periodísticas y otros- proporcionados por el biógrafo del artista: Luis Villacorta.





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