Ceremonia de imposición de la encomienda



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ceremonia de imposición

de la encomienda

de la orden de isabel la católica

A

fernando serrano migallón



sumario

Prefacio


Sentido y carácter de la Embajada de

España en México

(4)

Ceremonia de imposición de la



Orden de Isabel la Católica

Noticia


(8)

Palabras de la Excma. Sra. Doña

Cristina Barrios y Almanzor,

Embajadora de España en México

(10)

Palabras de Fernando Serrano Migallón



al recibir la Encomienda de

Isabel la Católica

(12)

La orden de Isabel la Católica . (13)



prefacio

sentido y carácter de la embajada de españa en méxico

El día 12 de febrero de 2007, recibí una comunicación de la Embajadora de España, doña Cristina Barrios, en la que me notificaba que su Gobierno me había otorgado la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica. De aceptarla, la entrega formal se realizaría tiempo después en la sede de la Embajada.

Aparte de la inmensa satisfacción que fue mi primera reacción; inmediatamente me asaltaron dudas sobre su otorgamiento: primero, por cuanto ese reconocimiento significaba para mí -aunque no podía encontrar otro motivo que, aun sin dedicarme particularmente a ello, mi pasión por la historia reciente de España-. Ésta ha tenido como efecto en mí una serie de conocimientos y datos que, dispersos, se han convertido en una cadena ordenada de emociones; datos, hechos, sonidos e imágenes que me llegaron gracias a la lectura, pero quizás de manera aún mayor, por conversaciones en las que no podía participar pero observaba atento y asombrado. Esas dudas venían acompañadas de recuerdos que se agolpaban, sin orden ni concierto, sin ton ni son, como imágenes no confrontadas contra los datos o la realidad, pero que me trasladan, de cuando en cuando, a un tiempo redivivo, de colores, presencias y anhelos.

Después de ese golpe a mi pensamiento llegó otro aun más fuerte, esta vez a la emoción. Se trataba de un sentimiento tan indescriptible como intenso, que se identificaba con un edificio, la Embajada de España, recinto donde se celebraría la ceremonia. Pensé entonces en aquella otra Embajada en la que también se imponían honores y reconocimientos; en la que no se otorgaba la que yo habría de recibir, sino «La Orden de la República». Presencié muchas de esas ceremonias, todas vibrantes y todas apasionadas, pero ni por un momento imaginé que yo pudiera portar alguna, ni aquella ni otra cualquiera.

Mi primer recuerdo de la Embajada de España es el de un hombre, tempranamente envejecido, que cruzaba el Paseo de la Reforma de la mano de un niño de pocos años, a la altura del Hotel Reforma, llegaba por la Calle de Milán a la parte trasera del edificio donde desde 1871 tenía España su representación diplomática, por la puerta del número 18 de la Calle de Roma y se transfiguraba con el peso de la historia que flotaba en los salones del inmueble.

Lo recuerdo ingresando al Despacho del Embajador, de la mano del niño que nunca olvidó las sensaciones que entonces experimentaba. Y recuerdo ese Despacho, ocupado por dos ilustres Encargados de Negocios, Don Manuel Echeverría Brañas y Don Manuel Martínez Ferduchy, que invariablemente se levantaban de sus asientos y dejaban a mi padre el sitio del Embajador, que con un gesto no exento de orgullo me indicaba una silla desde donde me instalaba como testigo mudo, oía el intercambio de opiniones sobre los asuntos cotidianos de la administración de la sede y presenciaba la vida de una España que se negaba a morir.

Mi padre ocupó, desde 1945 -año en que se reabrió la Embajada- hasta 1962 -en el que murió- diversos cargos que, siendo nominales por tratarse de la representación de un gobierno en el exilio y por la poca actividad real que tenía la misión, entrañaban la obligación de estar atento a lo que sucedía en ella y estar presente en sus espacios.

Años después, no hubo acto, ceremonia o acontecimiento que se realizara en ella en el que no estuviera presente. Así, asistí a la ceremonia de imposición de la Orden de la República a ilustres mexicanos, a las celebraciones de la Proclamación de la República cada 14 de abril y a muchos actos que fueron llenando ese edificio simbólico de recuerdos y a mí de sensaciones y memorias imborrables.

La Embajada era el centro de la vida política de esa utopía. Siempre viva, se ataviaba de lujo en las fechas memorables; en la conmemoración de la proclamación de la República española, ondeaba la bandera tricolor -rojo, gualda y morado-, la de Mariana Pineda, la misma que tuvo que esconderse en los sótanos y los baúles hasta que en su propia tierra dejara de ser un delito ondearla; los salones estaban decorados con grandes floreros de delicada artesanía mexicana plenos de flores de los mismos colores. Así, uno vivía dentro de ese lugar como si toda España cupiera en un barco diminuto, toda ella con su historia, con sus regiones, sus diferencias, sus dolores y sus esperanzas.

Mientras pensaba en dar respuesta a la carta de la Embajadora, de manera desordenada y tumultuosa llegaron a mí nombres y hechos que, para un niño y joven de la edad que entonces tenía, serían indelebles para siempre.

En cada ceremonia de la Orden de la República, el ceremonial recordaba la dignidad guardada, el honor atesorado y la historia viva. Pude recordar como si lo estuviera escuchando, el discurso, siempre luminoso de don Diego Martínez Barrio invitando a pensar en una lucha que a la mayoría sonaba como una batalla no sólo perdida, sino incluso simbólica, y para sus hijos y nietos semejaba una épica que, por sus dimensiones míticas, se convertía en una ilusión perdida.

La vida del exilio giraba en torno a su Embajada; era un lugar como los antiguos templos de las tribus: centro de reunión, de identidad y comunicación; lugar para celebrar la vida y honrar la muerte; ahí se conocía del nacimiento de los nuevos miembros de la España itinerante, y también, durante mucho tiempo, fueron velados los restos de los republicanos que fallecían lejos de España. Ahí fueron honrados, acaso no de manera suficiente pero sí a la altura de lo que su pueblo en México podía darle, los del General Miaja, el «Heroico defensor de Madrid». También lo fueron los de don Luis Cordero Bell. En esa ocasión recuerdo que acompañé a mi padre quien, como buen andaluz, supersticioso y con una relación de no aceptación y hasta de rechazo a la muerte, me dejó aguardando en la puerta de la calle en tanto daba el pésame y salía; al poco tiempo, llegó un señor que yo no había visto antes; desconocido para mí, recibía los saludos de todos los que entraban, me llamaba la atención que ese hombre no estuviera solo sino todo el tiempo rodeado por extraño séquito. Al salir mi padre, el desconocido le dijo:

-Buenos días, Serrano.

-Me ha reconocido don Indalecio.

-Sí, ustedes los de Unión Republicana producen un sonido inconfundible.

-Mire, en cambio yo, a ustedes los socialistas nunca logro reconocerlos.

Ese diálogo con quien luego supe era Indalecio Prieto, quien se negaba a pisar territorio español, aunque el de la Embajada lo fuera sólo simbólicamente, era característico del encuentro y el desencuentro de quienes traían consigo la República como una enseña, como un símbolo de valor, de honor y de memoria.

Atraídos por ese sentimiento y ese ejemplo, muchos mexicanos acudían a la Embajada. Memorable es el 14 de abril de 1957, cuando el General Lázaro Cárdenas -quien fue, y es, no sólo un Presidente ejemplar de México, sino un mito para los españoles, y que como todo mito- imponía con su sola presencia, y producía el sobrecogimiento de quienes pudimos estrechar su mano.

Muchos otros mexicanos merecieron mi admiración, por su persona y por su obra. Isidro Fabela, quien dijo en más de una ocasión: »al llegar a Ginebra defendí a la República española contra todo y contra todos»; a Adolfo López Mateos, Presidente y amigo de la República, que afirmaba: «de joven amé a la República española, de viejo tengo aún más fe en ella»; a Jaime Torres Bodet que declaraba abiertamente que la guerra de España había sido un golpe de Estado internacional; a Luis Padilla Ñervo, a Martín Luis Guzmán y a un sin fin de mexicanos más, Antonio y Manuel Martínez Báez, Raúl Carranca y Trujillo, Gilberto Bosques, Antonio Carrillo Flores y Alejandro Carrillo Marcos, quien decía que «si un español, Fray Vasco de Quiroga, protegió a los indios; un indio, Cárdenas, protegió a los españoles».

Ahí conocí a don Claudio Sánchez Albornoz, en su carácter de Presidente del Gobierno, a don Luis Jiménez de Asúa, como Presidente de la República en funciones. Ellos eran, sobre todo, republicanos; algunos se reconocían socialistas o miembros de los partidos gallegos, catalanes o vascos; faltaban solamente los comunistas y los anarquistas que, en unión con algunos los socialistas no asistían a los actos de la Embajada.

No obstante ser todos amigos de la familia y si bien la relación fue cercana y hogareña, las ocasiones de reunirse en la Embajada, que era la casa de todos, se tomaba con fruición, como asistir los miembros de una creencia juntos al templo.

Todos esos recuerdos, esa cauda de cosas y hechos que me explican y que enuncian una buena parte de lo que soy, hicieron que recibiera con orgullo la condecoración ofrecida en la Embajada de España. Por pensar en todos los españoles y mexicanos que no pudieron hacerlo porque las circunstancias históricas se lo impedían; por el recuerdo de aquella otra Embajada en la que mi padre vivió parte de su exilio; por el encuentro agradecido de México y España que se prolongó en mi generación y en la siguiente. Porque, en fin, habiendo todavía muchas cosas que resolver en la atormentada memoria española, hay un recuerdo que une a los dos países.

Fernando Serrano Migallón

Ciudad Universitaria (Invierno, 2007)

noticia


La noche del 14 de marzo de 2007, en la Residencia de la Embajada de España en México; cumpliendo instrucciones del Gobierno de España, a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, la Embajadora de España en México, doña Cristina Barrios y Almanzor, impuso la Orden de Isabel la Católica diversas condecoraciones y en distintos grados a:

María Luisa Elío

Julieta Campos

Ana Lilia Cepeda

Roxana Velásquez

Julio Mayo

Carlos Prieto

ceremonia de imposición de la

orden de isabel la católica

Óscar de Buen

Fernando Serrano Migallón

La ceremonia se realizó en los jardines de la Embajada e hicieron uso de la palabra la embajadora y los condecorados.

palabras de la excma. sra. doña

cristina barrios y almanzor,

embajadora de españa en méxico

En primer lugar permítanme que les de la bienvenida a esta residencia de la Embajada de España. Realmente es un placer tenerles hoy aquí reunidos para acompañarnos en un acto que considero enormemente emotivo y que para mí y mis colaboradores reviste un significado muy especial.

Se trata de algo tan elemental como necesario: reconocer la trayectoria de ocho personalidades que, de una u otra forma y desde diferentes perspectivas, han dedicado su vida profesional y personal al mundo de la cultura.

Nadie puede extrañarse si España reafirma una vez más, con esta reunión, su apuesta decidida por la cultura y su interés por afianzar los lazos que le unen con México. Un país donde la diversidad cultural, la profesionalidad de académicos y gestores culturales y el dinamismo de sus iniciativas por mejorar la calidad de nuestras vidas, constituyen uno de los elementos imprescindibles para comprender su pasado y vislumbrar su esperanzador futuro.

En este sentido, las ocho personalidades que hoy nos congregan constituyen cada una de ellas, desde su propio y personal ámbito de actuación, un claro ejemplo de cómo el mundo de la cultura contribuye como ningún otro al conocimiento, al diálogo y al acercamiento entre las naciones de ambos lados del océano.

Y es precisamente esta característica, la que ha llevado a SM el Rey, a propuesta del Consejo de Ministros, a otorgar estos merecidos reconocimientos a María Luisa Elío, a Julia Rita Campos, Ana Lilia Cepeda, Roxana Velásquez, Julio Mayo, Carlos Prieto, Óscar de Buen y Fernando Serrano Migallón.

Convendrán conmigo en que todos y cada uno de ellos son merecedores de estas distinciones.

* * * *


Fernando Serrano Migallón es el último de los hoy condecorados y, por supuesto, me ha dado muchísimo trabajo tener que resumir sus méritos y logros para poder concluir estas ya largas palabras.

Sólo para comenzar decirles que Fernando cursó las carreras de Derecho, con premio a la mejor tesis: Aportación de Isidro Fabela a la doctrina internacional de México, y de Economía, con mención honorífica, ambas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó estudios de posgrado en el Instituto Internacional de Administración Pública de París y en la Academia de Derecho Internacional de La Haya. Además, es Doctor en Historia por la UNAM, por supuesto con mención honorífica.

Es académico, investigador del Sistema Nacional de Investigadores, Director de la Facultad de Derecho y Coordinador del Consejo Académico del Área de las Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Miembro de la Junta de Gobierno de El Colegio de México... y para descansar de tantas responsabilidades: conferenciante, ensayista y escritor polifacético.

Entre sus publicaciones destacan: El particular frente a la administración, El grito de Independencia, Isidro Fabela y la diplomacia mexicana, La Propiedad Industrial en México, Toma de posesión: el rito del poder, Desarrollo electoral mexicano, Nueva Ley Federal del Derecho de Autor, El asilo político en México y Duras las tierras ajenas.

Corno ustedes podrán suponer, la de hoy no es la primera condecoración que recibe, la que se sumará a la Orden al Mérito de Francia, la Gran Cruz al Mérito Jurídico de la Asociación Mexicana Día del Abogado o el Reconocimiento de la Academia Mexicana de Ciencias, entre otras.

Pero además de todo esto, Fernando es un gran amigo de esta casa y un gran amigo de España.

Enhorabuena.

palabras de fernando serrano

mlgallón al recibir la encomienda

de isabel la católica

Doña Cristina Barrios y Almanzor

Excelentísima Embajadora de España en México,

Queridos miembros de la Embajada de España

Señoras y Señores

Debo cumplir con un agradable deber: agradecer al Estado español el honor que me confiere. Gracias porque hoy, como muchas veces a lo largo de toda mi vida, cosas buenas y entrañables me llegan de España: así, como para todos los habitantes de esta parte de América, la lengua en que me expreso y que me permite acercarme al mundo, y en mi caso particular, el recuerdo de momentos familiares e históricos que son parte de esa complejidad a la que llamamos persona.

Agradezco la generosidad de España que ha querido ver en mí a alguien digno de pertenecer a una corporación histórica que reúne a quienes han trabajado, durante más de dos siglos, por la convivencia, el entendimiento y el afecto entre los habitantes de los dos hemisferios. Por mi parte, además del misterioso mecanismo de las circunstancias, sólo puedo presentar como credenciales para este honor la constancia, el afecto y la buena voluntad para acercarme a la vida e historia de España.

España ha sido una presencia perenne en mi vida. Para mí, como para muchos mexicanos cuyas raíces se adentran en lo profundo de la historia española, decir España ha sido decir nostalgia, compromiso y también esperanza, y es en esos sentimientos en que encuentro, a la altura de España, a los diplomáticos mexicanos que, encabezados por el General Lázaro Cárdenas, en las horas más obscuras fueron puente y camino para nuestros pueblos.

Me conmueve recibir este honor en la Embajada de España en México. Desde la infancia consideré a la embajada como parte de mi casa y si bien es cierto que aquélla era otra embajada y España hoy es también otra, la convicción y el compromiso, son los mismos.

Agradezco la amistad y el afecto sinceros de doña María Cristina Barrios y Almanzor, excelentísima embajadora de España en México; no sólo porque sin ella, este momento no habría tenido lugar; sino porque su actitud, compromiso y apoyo a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México ha logrado que, en más de una ocasión, nos acerquemos en el conocimiento de nuestras instituciones y de nuestras culturas.

Gracias pues por este honor que considero apenas una palabra en la compleja historia de México y España, una historia en la que, como dijo Luis Cernuda: «juntas sobreviven victorias y derrotas que el recuerdo hizo amigas».

Muchas gracias.

la orden de isabel la católica

La Orden de Isabel la Católica fue instituida por el Rey Fernando VII (1784-1833), el 14de marzo de 1815, con la denominación de Real Orden Americana de Isabel la Católica, en memoria de la Reina a cuya política y auxilios se debió el descubrimiento de América, para premiar la lealtad acrisolada y los méritos contraídos en favor de la prosperidad de aquellos territorios.

Los primitivos Estatutos de la Orden fueron aprobados por Real Decreto el 14 de aquel mismo mes, creándose las categorías de Grandes Cruces y Caballeros de Primera y Segunda Clase, y en ellos se declaraba Fernando VII su Fundador y Jefe y Soberano de la Orden.

Aunque en su origen la Orden constaba de tres categorías, con fecha 7 de octubre de 1816, a sugerencia del Capítulo de la Orden, los Caballeros de primera clase pasaron a denominarse Comendadores y los de segunda clase Caballeros.

La Orden de Isabel la Católica tiene por objeto premiar aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación Española con el resto de la Comunidad Internacional. El Jefe del Estado es el Gran Maestre de la Orden de Isabel la Católica. Todas las condecoraciones de esta Orden serán conferidas en Su nombre y los títulos correspondientes irán autorizados con la estampilla de Su firma. El Ministro de Asuntos Exteriores es el Gran Canciller de la Orden de Isabel la Católica. A él corresponde elevar a la aprobación del Consejo de Ministros los proyectos de Reales Decretos de concesión de los grados de Collar y Gran Cruz y conceder en nombre de Su Majestad el Rey los grados inferiores. Todos los títulos de las condecoraciones de la Orden deberán llevar su firma.



Fuente: Ministerio Español de Relaciones Exteriores y Cooperación


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