Ciudades de piedra en el noroeste



Descargar 97.72 Kb.
Página1/2
Fecha de conversión26.12.2017
Tamaño97.72 Kb.
  1   2

Desde adentro Comunidades originarias de la Argentina

CIUDADES DE PIEDRA EN EL NOROESTE

Al momento de la llegada de los conquistadores españoles, el noroes-

te argentino se encontraba bajo el dominio incaico. Este imperio dejó

su marca en todo el noroeste argentino, desde caminos y edificacio-

nes hasta sistemas de regadío y terraplenes de cultivo. Nuestro noroes-

te correspondía a la región del Koyasuyu, de allí la denominación de

“koyas” a los habitantes de estas tierras.

El europeo se encontró con ciudades. ¡Si, si! Grandes ciudades que

albergaban a miles de personas, que se dedicaban a oficios varios,

como la producción de cerámicas, la metalurgia, la textilería, la cons-

trucción, en fin, todas esas actividades que una ciudad necesita para

mantenerse viva. Desarrollos que implicaron una organización social,

una forma de ver el mundo y de relacionarse entre si y con otros

centros urbanos, y que implicaron la admiración de muchos de los

capitanes españoles.

Aquellos primeros “turistas” se encontraron con amplios campos de

cultivo sobre las laderas de las sierras, con quebradas forradas de te-

rraplenes de cultivo y con mercados basados en milenarias redes de

intercambio que comunicaban pueblos de lugares tan dispares como

la puna y la selva. Este fue el panorama que impresionó a los primeros

españoles que pisaron el noroeste, y a través de sus cartas y diarios

nos cuentan de lo que sus ojos fueron testigos.

Pocos años después de que Pizarro en Cusco, Perú, asesinara a Ata-

hualpa, Diego de Almagro, otro conquistador español, entró por pri-

mara vez al actual territorio argentino. Siguiendo el recorrido de la

conquista, Diego de Almagro abandona Perú, recorriendo América de

norte a sur, entrando en contacto con el actual noroeste argentino. Los

famosos, valles calchaquíes, que en aquel momento no estaban atra-

vesados por la ruta 9, fueron la vía por la que Almagro y sus hombres

a caballo, acompañados por mulas y aborígenes que trasportaban su

carga, recorrieron por vez primera estos parajes.

Diaguitas, omaguacas y atacamas

Diego de Almagro, Diego de Rojas y sus lugartenientes, Francisco Vi-

llagra y Francisco de Aguirre, que llegaron a partir del siglo XVI, se

encontraron con tres grandes grupos: diaguitas, omaguacas y ataca-

mas. Cada uno de estos grupos incluía una gran variedad de pueblos

que en general estaban adaptados a ambientes bastante particulares.

Estos grandes grupos compartían muchas características: como el idiomacacán y quechua, hablados en todo el noroeste. Eran agricultores sedentarios, principalmente de maíz, ají, zapallo y porotos. Gracias al trabajo comunitario de la aldea, fue posible la construcción

y el mantenimiento de importantes sistemas de riego artificial. Fueron criadores de llamas, destinadas al transporte de cargas y la producción de lana también por su carne, lana, leche, hueso y cuero.

La caza fue practicada en menor me-

dida. La recolección fue una actividad

de gran importancia, especialmente

de algarrobo y chañar, que almace-

naban en grandes cantidades. Tenían

una importante alfarería, textiles y me-

talurgia (habiendo trabajado con gran

ductilidad el cobre, la plata y el oro). El principal producto fue el

maíz, con 120 variedades en toda la quebrada, seguido por la papa y

la quínoa.

Tenían fuertes jefaturas, probablemente hereditarias, que llegaban a

desplegar su autoridad sobre varias comunidades. En el caso de los

diaguitas, cada una de ellas estaba regida por un cacique polígamo,

práctica que difería a la de omaguacas y atacamas, ya que la familia

monogámica era el núcleo vital de la comunidad. Los poblados esta-

ban constituidos por familias extensas, es decir que el núcleo familiar,

además de padres e hijos, abarcaba abuelos, tíos, cuñados, etc. Este

tipo de organización pudo haber respondido a necesidades políticas

y económicas: construcción de sitios defensivos, obras de irrigación,

trabajo en los andenes, etc. obras que requerían grandes cantidades

de personas trabajando.

Una puerta al mundo de los dioses

Como la mayoría de las culturas andinas, rendían culto al sol, el trueno

y el relámpago, fenómenos directamente ligados a su modo de subsis-

tencia: la agricultura. La lluvia era decisiva para estas sociedades y a

ella dedicaban sacrificios en lugares especialmente construidos para

ello, y que estaban a cargo de los chamanes: los zupca.

Participaban del culto a la Pachamama o “madre tierra”, al igual

que en Perú y Bolivia. Aún hoy en día se le ruega por la fertilidad

de los campos, el buen viaje del peregrino, el buen parto de las

mujeres y la felicidad en todas las empresas.

El culto a los muertos era muy elaborado, hecho que se des-

prende de los importantes ajuares encontrados en tumbas.

Fue común también el entierro de niños en urnas. El ha-

llazgo de deformaciones craneanas puede señalar la exis-

tencia de un culto a los cráneos, asociada a la existencia

de los cráneos-trofeos. La deformación craneal ritual en-

tre los omaguacas era una costumbre importante.

Un importante hallazgo fue el de tabletas para el consu-

mo de alucinógenos, decoradas con figuras humanas.

Además de ayudar al hombre a la adaptación a este

territorio difícil, el consumo de cebil, vinculado con

rituales de origen religioso, fue un alucinógeno de uso

muy difundido en nuestro continente desde el Caribe

hasta el noroeste en donde además de estos pueblos la

tenían incorporadas otros pueblos como los lules y los

comechigones, los guaraníes y los wichi. Se lo empleaba

antes de las guerras para aumentar la capacidad combati-

va. Siempre encuadrados dentro de lo sagrado.

En algunos poblados se han encontrado lo que posiblemente han sido

“templos”, debido a sus dimensiones considerablemente mayores. Al

respecto, son interesantes los hallazgos del Pucará de Rinconada, en

donde se encontraron menhires de dos metros de altura y pequeñas

figuras con forma humana de piedra, por algunos investigadores con-

siderados “amuletos”.

El comercio y las relaciones entre grupos

El comercio en esta región alcanzó una gran importancia. La Quebra-

da de Huamahuaca fue una formidable vía de comunicación y en-

cuentro entre diferentes pueblos. La coca, sumamente valorada (entre

otras cosas, por acompañar a los muertos en su viaje final) era traída

desde Bolivia, valvas de molusco llegaban desde las costas del Pacífico,

así también como artesanías diaguitas de distintas procedencias. Una

larga tradición de intercambio entre los diferentes ecosistemas determi-

nados por la cordillera de los Andes, desde la costa occidental, la altura

de la montaña, la puna o meseta de altura y las yungas o selvas.

Ponchos, mantas y cinturones eran confeccionados en lana de llama

o vicuña, que teñían con diversos colores y decoraban con motivos

geométricos. Morteros, silos de piedra, palas de madera, son algunas

de las herramientas de las tareas agrícolas. Brazaletes, anillos, pec-

torales, pendientes, collares y discos hechos en metal o malaquita y

lapislázuli también fueron encontrados. Todos elementos que no esca-

paban al comercio y las redes de intercambio.

Para 1536 los conquistadores reconocen tales redes de intercambio que

a su vez implicaban todo un conjunto de alianzas políticas. La religión y

la guerra fueron también dos excelentes motivos para trazar tales redes de

intercambio. A la fecha de la conquista, la cultura diaguita presentaba una

unidad que era consecuencia de un largo proceso de desarrollo cultural,

con influencia de varias regiones del continente y extensas redes de co-

mercio con omaguacas y atacamas, y otras partes del continente.

El rol de la guerra

La cultura andina fue guerrera, hecho demostrado incluso a la llega-

da de los conquistadores, cuando opusieron una feroz resistencia,

de la cual participó la comunidad entera. Existen como testimonio

gran cantidad de relatos de enfrentamientos con estos poblados. Los

Pucarás, recintos fortificados de uso decididamente militar, son mu-

dos testimonios de la resistencia ante la envestida española. Tras sus

muros de pirca, con arcos y flechas, mazos de piedra y boleadoras,

defendieron sus territorios. Un ejemplote esto es el caso de la funda-

ción de la capital de la provincia de Jujuy. Dada su estratégica ubi-

cación, las poblaciones de omaguacas, que estaban en la quebrada,

sufrieron tempranamente la llegada de los españoles, aunque fueron

de los últimos en rendirse, impidiendo dos veces la fundación de

lo que sería la primera ciudad de españoles en territorio jujeño. El

famoso cacique Viltipoco guió la lucha de sus compañeros. Final-

mente, en 1593 se concreta la fundación de San Salvador de Jujuy,

tras caer Viltipoco en batalla.

Además la guerra fue una actividad que puso en contacto a diferentes

comunidades, generando relaciones y similitudes entre grupos aleja-

dos geográficamente.



Cazadores DE Jabalíes

Dentro de este grupo ubicamos a dos pueblos que si bien estuvieron

bastante ligados a los del noroeste, estos no sintieron tanto el im-

pacto del imperio incaico. Estos grupos se dispersaron por la región

chaco santiagueño, ocupando los faldeos de las sierras y los márge-

nes de los ríos.

Lule-Vilelas

Si bien tuvieron su hábitat original en la zona del Chaco, importantes

parcialidades ocupaban amplias regiones del noroeste a la llegada de

los españoles. Se trata de grupos cazadores recolectores nómades. A

la época de la conquista, sin dudas, el sector de esta cultura que esta-

ba en expansión hacia la montaña incorporó la agricultura a su modo

de subsistencia. Aún son desconocidas las causas de su migración

hacia la montaña.

Al ocupar una zona de clara transición, desplegaron una forma de

vida diferente según las parcialidades, en un abanico amplio que in-

cluía tanto la caza y la recolección como la agricultura, la vida nóma-

de y la sedentaria.

Se sabe que eran guerreros feroces, que tras fumar cebil, iban a la gue-

rra imitando el pelaje del jaguar con sus pinturas, hecho que relatan

algunas crónicas. Realizaban rogativas para pedir lluvias y usaban el

cebil para hacer predicciones sobre el porvenir de la comunidad.

Tuvieron estrechas relaciones con los grupos de las llanuras, la mon-

taña y el lejano oeste, con los tonocotés.

Tonocotés

Se asentaron en una región llana, al pie de la montaña, atravesada por

los ríos Salado y Dulce, en la parte centro occidental de Santiago del

Estero. Zona encajonada entre el Chaco occidental, las montañas, las

sierras centrales de Córdoba y San Luis por el sur. Su origen es muy

discutido, tomándose el asentamiento a la orilla de los ríos como in-

dicador de su supuesto origen amazónico.

Al momento de la llegada de los españoles esta cultura estaba siendo

presionada por los lules, en proceso de migración. Este hecho generó

confusión en los cronistas de la época, que tomaron a ambas culturas

como una sola a la que llamaron xuri (avestruz).

Acerca de la pesca nos relata el padre Lizárraga en su Descripción Colo-

nial: “… ceñidos de una soga a la cintura, están gran rato debajo del agua

y salen arriba con seis, ocho o más pescados colgados de la cintura”.

Fueron agricultores de maíz, zapallo y porotos. Cultivaban en terre-

nos cercanos a los ríos para aprovechar el fértil limo que dejaban los

Desde adentro

Las comunidades originarias de la Argentina

desbordes de las aguas al retirarse después de la crecida anual, de los

mismos. En menor medida se dedicaron a la caza, la pesca y la reco-

lección de algarroba, con la cual, hacían el patay (una especie de pan)

y bebidas alcohólicas. Rogaban por sus cultivos a un dios supremo,

llamado Cacanchic.

El hilado, el tejido y la alfarería eran sus principales industrias. Fabri-

caban prendas con plumas de ñandú que eran usadas por los varones,

¡pero no eran vedettes! Las mujeres vestían prendas confeccionadas

con fibras de caraguatá. También usaban la lana y el cuero de las lla-

mas. Los españoles prontamente advirtieron sus virtudes, lo cual llevó

a que fueran encomendados no sólo en la región santiagueña sino

también en otras circundantes.

Era característica de esta cultura la construcción de las viviendas sobre

elevaciones, en su mayor parte artificiales. El conjunto de las vivien-

das era rodeado por una empalizada que cumplía fines defensivos,

posiblemente en respuesta a las incursiones de los lules.



EL PARAíSO DE LOS CAzADORES

En este caso nos encontramos con grupos que habitaron un ambiente

bastante distinto: la selva y sus ríos. A pesar de que hay relatos de

contactos con grupos del noroeste, los grupos que comentaremos a

continuación tienen raíces distintas. Este hecho sumado al ambiente

en el que vivieron, marcaron fuertes diferencias y trayectorias distintas

al de sus hermanos del noroeste.

Guaikurúes

Esta es la denominación general con la que se designó a tobas, moco-

víes y abipones, por hablar lenguas similares y emparentadas. A pesar

de que se los puede ubicar geográficamente a cada grupo, las estre-

chas relaciones entre ellos, los lleva a compartir una gran cantidad de

elementos culturales, lo que llevó a muchos cronistas a tratarlos como

un solo grupo.

Las cosas por su nombre

Los tobas se llaman a sí mismos Qom, que significa “hombre”. “Toba”,

que quiere decir “frentones”, es el nombre que le dieron sus vecinos

guaraníes a causa del corte de pelo que usaban los varones, el cual

dejaba a la vista una porción grande de la cabeza.

Ocuparon vastas zonas del Chaco, prácticamente todo el central y el

austral, en el territorio delimitado al norte por el río Pilcomayo, al sur

por el Salado, al este por el eje Paraná- Paraguay y por el meridiano

de 62° al oeste, aproximadamente. En la actual provincia de Formosa

(Chaco central), los tobas junto a los pilagá; abipón y mocoví ocupa-

ron la zona del Chaco austral, aunque con la posterior incorporación

del caballo, esos límites originales se desbordaron.

Eran nómades, las familias se movían siempre dentro de los territorios

de caza. La llanura chaqueña fue un lugar propicio para los cazado-

res, quienes encontraron en ella venados, pecaríes, tapires y ñandúes.

Frutos de algarroba, chañar, mistol, molle y raíces silvestres eran reco-

lectados por las mujeres. La miel era un producto predilecto. La pesca

era otra actividad fundamental de la subsistencia; ésta se lleva a cabo

en las épocas de crecida de los ríos mediante arcos y flechas, y redes

“tijera”. El pescado era ahumado para su conservación. En los cam-

pamentos abundaban los perros, buenos compañeros de caza. Estos

grupos, especialmente los mocovíes, consumieron langostas. Según

las crónicas del jesuita Guillermo Furlong, luego de atraparlas, las

ensartaban en largas varillas que ponían sobre el fuego. Las langostas

más pequeñas eran volcadas en una olla de agua hirviendo.

Tallaban en madera platos, cucharas, arcos y flechas, lanzas y masas.

Trabajaban el cuero y tejían con diferentes tipos de lanas, pero la tex-

tilería característica –como entre otros pueblos de la región– era con

hilos hechos con fibra de chaguar o caraguatá, una planta silvestre y

espinosa que era recolectada por las mujeres en el monte.

Se organizaban en bandas compuestas por familias extensas, dirigidas

por un cacique, cuyo rango era heredable, es decir pasaba de padres a

hijos. Su autoridad se veía limitada por un consejo de ancianos. Cada

banda tenía sus propios territorios de caza. La familia era monogámica,

excepto para los jefes, a quienes les estaba permitida la poligamia.

Kañagadi, dador del fuego

En las historias que sabían contar los viejos, Kañagadi, el carancho,

siempre era un héroe. Antes no era un pájaro grande nomás, sino

alguien que hacía cosas de persona. Siempre dispuesto a ayudar, en-

traba en sueños y encontraba soluciones. Como el día que para ahu-

yentar un viborón gigante le mostró a su pueblo el don del fuego, un

regalo que solo alguien tan especial como él podía dar.

Creían en un dios supremo creador del mundo y una compleja mi-

tología de animales y héroes culturales. Se creía en la existencia de

“dueños de los animales”, quienes castigaban a las personas o grupos

que cazaban en demasía. Esta noción se vinculaba a la regulación

del espacio, la caza y la pesca. Según la tradición toba, la tierra era

controlada por Nowet, un poderoso dios capaz de aparecer tanto con

aspecto humano como de planta o animal.

Era de suma importancia la figura del chamán. Quien enfermaba pe-

día su ayuda. Éste, mediante cantos especiales y acompañado por su

tambor, entraba en una especie de sueño durante el cual visitaba a los

dioses y negociaba la curación. La música era central en las ceremo-

nias, además de ser una diversión.

Las prácticas funerarias presentaban como peculiaridad el entierro

secundario de los huesos (luego de un tiempo, se desenterraban y

se volvían a enterrarse en otro sitio), que eran objeto de cuidadosos

rituales.

Tuvieron intensas relaciones con todos los grupos de la región, espe-

cialmente con aquellos pertenecientes a las familias mataco-matagua-

yo y tupí-guaraní.

Estas relaciones se daban principalmente a través de la guerra, acti-

vidad vital para los guaicurúes. Valoraban el coraje como una gran

virtud.


En el transcurso del siglo XVII, esta comunidad adoptó el caballo, de

origen europeo, lo cual produjo profundas transformaciones, princi-

palmente en los enfrentamientos y en el acortamiento de las distan-

cias, así como en el transporte de cargas.

Wichis

Estos habitantes de Chaco y Formosa. Por sus costumbres y su idio-



ma están emparentados con chorotes y chulupíes. A los wichís se los

suele llamar “matacos”, pero esta es una denominación incorrecta

y despreciativa, que refiere a un armadillo, en alusión a su supuesto

carácter ermitaño.

Las actividades principales eran la caza y la pesca, tareas a cargo de

los hombres. Como todo pescador que se precie de tal, los varones es-

peraban la época de los mejores peces, en este caso, otoño e invierno,

cuando llegaban los cardúmenes de sábalos. También aprovechaban

dorados, pacúes, surubíes y otros peces. Para conseguirlos usaban re-

des tijeras, anzuelos y más raramente arcos con flechas especiales.

Las mujeres recolectaban en el monte una gran cantidad de plantas

silvestres, así como frutos y semillas, como el chañar. Pero las estrellas

eran las vainas de algarrobo, que se comían directamente o se molían

para hacer una harina sumamente nutritiva y una bebida alcohólica.

También el chaguar o caraguatá era una planta de gran importancia,

pero por otro motivo: de sus hojas se obtenían fibras para tejer.

Aprovechaban la miel de 16 especies diferentes de avispas, lo cual

exige un gran conocimiento del hábito de estos insectos: algunos pa-

nales estaban bien escondidos de huecos de árboles y no era fácil dar

con ellos. Muchas veces los varones tenían que trepar bien alto para

alcanzarlos. También tenían pequeños cultivos de maíz, zapallo, cala-

bazas y porotos que se encontraban a cargo de la familia.

Para conservar los alimentos que no se llegaban a consumir se utili-

zaban distintos métodos, según el producto. Algunos, como las semi-

llas y frutos, se guardaban secos; las algarrobas hechas harina; y los

pescados más grandes, ahumados: se los abría por el lomo y se los

extendía sobre asadores de ramas, se los ahumaba sobre un fuego de

leña verde (despide más humo) y se los podía mantener durante dos

o tres días, a pesar de lo caluroso del clima. Esta manera de conservar

es tan eficaz y práctica que se sigue usando hoy en día.

Y toda la parentela… Parentela suena italiano, pero las hay en todo

el mundo. Cuando nos referimos a ella, estamos hablado de un gran

número de personas: madres, padres, abuelos, hermanos, tíos y sobri-

nos. La parentela era la base de la sociedad wichi y varias de ellas se

encontraban al mando de un caique común, que era el coordinador y

portavoz del grupo.

Sus creencias… Chilaj fue el creador del mundo. Lo acompañan seres

poderosos que protegen a las diferentes especies animales. Son los

“dueños de los animales”, encargados de castigar a aquellos que se

excedan en el uso de los recursos o desperdicien a las presas. Estos

seres pueden causar enfermedades, inclusive la muerte. Los chama-

nes, llamados haiawús, podían enfrentar los daños por ellos causados

a través de cantos especiales que les permitían entrar en sueños donde

podían comunicarse con los dueños de los animales. Fue y es muy

importante el uso de plantas medicinales.

LOS BUSCADORES DE LA TIERRA SIn MAL

Estos grupos compartían la situación de estar más emparentados con

grupos amazónicos que con grupos del actual territorio argentino. Ha-

bitaron territorios similares a los anteriores, como Chaco y Formosa.

Similar a los grupos de la selva chaco-formoseña, estos entablaron es-

trechas relaciones con los grandes ríos y con la abundante y frondosa

naturaleza que los rodeaba. El chamanismo, el consumo de alucinó-

genos y las migraciones religiosas a través de la selva son caracterís-

ticas comunes.

La tierra sin mal es el paraíso al cual se retiró el héroe civilizador lue-

go de haber creado el mundo y haber dado a los hombres los conoci-

mientos esenciales para su supervivencia. Después de ciertas pruebas,

allí llegan los muertos privilegiados, los chamanes y los guerreros.

Pero este paraíso también se abre a los vivos que hayan tenido el valor

y la constancia de observar las normas de vida de los antepasados.

No sólo es un lugar de felicidad, sino el único refugio cuando llegue

Desde adentro

Las comunidades originarias de la Argentina

el fin del mundo. La búsqueda se realizaba a través de una migración

masiva guiada por las visiones de un chamán.

Chiriguanos

Tradicionalmente se los conoce como los que ocuparon Chaco oc-

cidental, y las provincias de Salta y Jujuy. A través del tiempo fueron

movilizándose hacia el este, llegando hasta la provincia de Formosa.

Estos grandes procesos migratorios tienen sus orígenes en la búsqueda

de la tierra sin mal, especie de paraíso terrenal, donde no habría pe-

nurias ni dolor. Vecinos de los chanés, a quienes sometieron durante

un largo tiempo económicamente. Se relacionaron con otros pueblos

casi exclusivamente a través de la guerra.

“Chiriguano” significa “estiércol frío” en quichua y fue el nombre

nada amable que le dieron los incas a este pueblo, que luego tomaron

los españoles para nombrarlos. Sucede que los chiriguanos migraron

desde zonas del Caribe y esta parte del mundo parece ser que les re-

sultaba algo fría. Pero la falta de cortesía responde a otras cuestiones:

los incas nunca pudieron conquistar los territorios ocupados por este

aguerrido pueblo, constituyéndose como una barrera que limitó la

penetración del imperio. Su organización para la guerra, estructurada

a partir de diferentes jerarquías, fue altamente eficaz. Al momento de

la llegada de los españoles en el siglo XVI, los chiriguanos ocupaban

las cabeceras de los ríos Pilcomayo y Guapay, y se encontraban prin-

cipalmente en guerra con los aymara y quechuas.

Agricultores sedentarios de mandioca, maíz, zapallos y batata, a tra-

vés de agricultura de roza y quema. La agricultura estaba a cargo tanto

de varones, quienes talaban los árboles, como de mujeres, que sem-

braban, cuidaban los cultivos y cosechaban. En graneros construidos

sobre pilotes se guardaba todo lo cosechado. La caza y la pesca eran

actividades que complementaban la subsistencia.

Las viviendas eran de grande proporciones, albergando cada una de

ellas varias familias, llegando a estar ocupadas hasta por 100 personas.

Las aldeas se ubicaban generalmente a la orilla de los ríos. Cada aldea

estaba a cargo de un cacique local, llamado mburubicha. Éste tenía a

su cargo lugartenientes, chamanes benignos y capitanes de guerra. En

caso de que ésta se desatara, todos los caciques locales pasaban a de-

pender de un cacique regional (tubicha rubica: “el más grande entre

los grandes”) que era el líder de la aldea de mayor importancia.

La búsqueda de un equilibrio cósmico entre el bien el mal era el centro

de la cosmovisión. El mal en la tierra estaba representado por el zorro

y su antagónico era Tumpaeté vae, el ser supremo bondadoso. Los chi-

riguanos rendían culto a ambos, ya que respetan el equilibrio entre el

caos (la destrucción, el hambre, la maleza, la arbitrariedad) y el cosmos

(la luz, la abundancia, el maíz, la justica). El chamán era una figura cen-

tral, invocador de los buenos espíritus y curador por excelencia.

Chanés

Al igual que los chiriguanos, los chanés se desplazaron desde las islas



del mar Caribe por buena parte de Sudamérica. Ya en territorio argen-

tino, hacia el sur llegaron al Chaco centro-occidental, punto final de

su expansión.

Suponemos que tenían un patrón de vida semejante al de otros pue-

blos de la selva, pero no conocemos demasiado acerca de ellos, ya

que en el momento de la llegada de los españoles eran sojuzgados

por los chiriguanos, quienes los obligaban a cultivar sus sembradíos.

No hay muchas crónicas que los nombren como pueblo separado e

independiente de los chiriguanos.

Guaraníes

El núcleo de origen de las comunidades guaraníes fue el Amazonas in-

ferior. Hacia el sur, se expandieron hasta la región del litoral argentino,

bajando por los ríos Paraná y Paraguay y ocupando zonas aledañas.

Agricultores sedentarios. Especialmente cultivaron mandioca, maíz y

batata; en menor medida, zapallo, porotos, maní y yerba mate. Los

grupos del delta no deben haber cultivado mandioca, producto de la

selva por antonomasia, a causa del clima más frío. La técnica de cul-

tivo era la milpa o roza y quema. Todo lo que no era consumido en lo

inmediato, se almacenaba. Caza, pesca y recolección eran activida-

des secundarias; sin embargo, muchos cronistas relatan la importan-

cia que tenía la pesca para estos pueblos. De hecho, con plantas de

la zona preparaban distintos venenos de baja toxicidad para atrapar

peces: cortaban trozos de estas plantas y los colocaban en bolsas que

luego introducían en el agua. El veneno se diluía atontando a los pe-

ces, que se acercaban a la superficie y eran fácilmente atrapados.

Su cerámica fue característica, su decoración se hacía con la punta

de los dedos. También se pintaban. Fabricaban grandes vasijas que se

usaban como urnas para enterrar a los muertos.

Las casas, llamadas “malocas” (típicas del Amazonas), eran de gran

tamaño, alojando familias extensas. Varias de ellas daban vida a la

aldea. Otro rasgo característico de Amazonía presente en el litoral

argentino es la empalizada de protección de la aldea. La familia era

polígama, aunque quedaba librado a la elección de cada varón.

Al igual que sus hermanos chiriguanos, tenían varios caciques locales

que respondían a uno general. La obediencia a esta figura era abso-

luta y toda la comunidad estaba obligada a trabajar en sus tierras y a

construir su vivienda.

Al igual que los chiriguanos, creían en la existencia de la tierra sin

mal, búsqueda que da origen a los grandes desplazamientos por el

territorio sudamericano.

Los guaraníes llegaron a nuestro territorio poco tiempo antes del arri-

bo de los conquistadores, desplazando a las comunidades de Misio-

nes y Corrientes, los caingang.

Para viajar usaban canoas. Siguiendo el curso del río Paraná entraron

en contacto con los querandíes del delta del río de la Plata. Usando el

cauce de los ríos y con sus canoas, entraron en guerra con las comu-

nidades de la costa, tomando como prisioneros a sus enemigos y prac-

ticando la antropofagia ritual. Comer al enemigo significaba adquirir

su fuerza y valentía. Los prisioneros eran cuidados con esmero, para

que conservaran su fuerza y esbeltez hasta el momento de ser sacri-

ficados, hecho que podía ocurrir hasta un año después de haber sido

capturado. El día del sacrificio era una ocasión especial, con fuertes

implicancias rituales, de la que participaba toda la aldea.

En el siglo XVI existían varios asentamientos guaraníes, siendo el más

importante el del norte de la provincia de Corrientes y el litoral de

la provincia de Misiones. Otro asentamiento de envergadura era el

ubicado en las islas que forma el Paraná hacia su desembocadura.

Un sitio de menor importancia parece haber estado en las islas del

delta del Paraná. Los españoles utilizaron los grandes asentamientos

guaraníes como cabeceras de la colonización en esta región, siendo

el centro estratégico Asunción.

  1   2


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal