Clase a del



Descargar 0.87 Mb.
Página1/10
Fecha de conversión15.08.2018
Tamaño0.87 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10




Ninguna parte de esta publicación incluido el diseño de la cubierta puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopias sin permiso previo del editor.

Material didáctico complementario de la educación chilena para la enseñanza de castellano en nivel medio por decreto n°85 clase A del 30 de jimio de 1985.

Primera edición. 1980

Segunda edición .1981

Tercera edición .1981

Cuarta edición .1982

Quinta edición .1983

Sexta edición .1984

Séptima edición .1986

octava edición .1987

novena edición .1987

décima edición .1989

undécima y duodécima edición. 1990

decimotercera edición. 1991

decimocuarta edición. 1993

decimoquinta edición. 1993

decimosexta edición. 1995

decimoséptima edición. 1997

JOSE LUIS ROSASCO EDITORIAL ANDRES BELLO

Av. Ricardo Lyon 946. Santiago de Clule

Inscripción N° 52230

DONDE ESTAS, CONSTANZA...




JOSE LUIS ROSASCO
Premio de Novela Andrés Bello 1980

"La persona más próxima a raí eres tú, a la que sin embargo no veo hace tanto tiempo más que en sueños." E. Cardenal



LLEGAN A LA CASA DE ENFRENTE

Para Santiago el sol nace en la Cordillera de los Andes; su luminosidad invade los ámbitos mucho antes de dejarse ver sobre las montañas. Desde la casa de Alex Corsiglia era posible, en esos años, contemplar la aparición del sol; es que Nuñoa podía considerarse una comuna aledaña donde los edificios tardarían un par de décadas en empezar a bloquear los amplios espacios. Y los Corsiglia vivían en uno de los sectores más nuevos; en las manzanas de los alrededores se construía distanciadamente una casa aquí, otra mucho más allá, los sitios eriazos abarcaban la mayor parte de las áreas y, hacia el nororiente, la Avenida Pedro de Valdivia 110 era más que una arteria arbolada desde la cual nacían calles apenas trazadas, a la espera de urbanización.

Nuñoa era entonces el Barrio Alto y 110 pocos de sus habitantes se sentían sobradamente orgullosos de residir allí; de manera que la forma en que los Glicker llegaron al vecindario tenía que escandalizar a muchos. No se concebía que una familia decente se mudara en un carretón como aquél. Si bien es cierto que se veía pasar carretelas de feriantes aun en el mismo centro de la ciudad, a nadie que 110 fuera un despistado provinciano, o un extravagante, o un loco, se le ocurriría mudarse a Ñuñoa en algo que 110 fuese un camión como Dios manda. Además, la cosa fue estruendosa. La carretela en que llegaron los Glicker 111 siquiera disponía de ruedas de goma; las que tenía eran de madera, encintadas con aros metálicos que parecían triturar el pavimento. Y el hecho inverosímil de que los Glicker, la familia entera, vinieran arriba del carretón ya era más que suficiente para suscitar el estupor del más impertérrito de los ñuñoínos.


  • ¡ Miren, miren! —exclamó la pequeña Alicia Corsiglia; encaramada en el sofá se había asomado al ventanal del salón al escuchar el estrépito que llegaba del exterior: —. j Miren! Ahí vienen los arrendatarios de la casa de doña Elvira.

  • Echaremos mucho de menos a la Elvirita —dijo la abuela.

—Usted la echará de menos —puntualizó Alicia—; lo que es yo, prefiero cualquier cosa, por ejemplo a estos vecinos nuevos que ahora llegan, ve, vea, vea — la abuela se acercó y lo que divisó le hizo fruncir el ceño, agudizando los surcos que le tramaban, profundos, la frente—. ¡Es una familia con niños! —continuó Alicia— ¡Gente chica, gente chica! ¡Qué bueno, qué bueno, al fin gente chica! Mira, mira, ven a verlos, Alex.

Alex interrumpió su postre; los sábados y domingos había desayuno con postre, era el anzuelo con que la abuela sacaba a Alicia de la cama antes de las diez de la mañana. También Luis, el mayor, se puso de pie allegándose al ventanal.

—¿Será posible? —se interrogó a sí misma la abuela.


Lo era. Se caló los lentes y estudió a los nuevos vecinos que venían en ese abominable carretón de chacarero: un hombre gordo, grandote y muy moreno — "nortino o roteque el tipo", se dijo la abuela—, repantigado en el pescante como en un Cadillac junto al fletero, quien riendas en mano se echaba para atrás con todo el peso de su esmirriado cuerpo —"parecen Laurel y Hardy", estimó Alicia— para frenar a un par de caballos tan famélicos como el amo; una señora rubia entrada en carnes, buenamozona, apaciblemente recostada sobre una cama hecha; un chicuelo colorín, de la edad de Alicia o algo menor, brincando sobre un cerro de almohadas, chalones, tapas y colchones, y, afirmándose del mástil de una antigua lámpara de pie, una curvilínea muchacha de unos quince años, de pantalones y, a horcajadas en un bulto grande. Luis tenía fija la mirada en esa adolescente; 110 obstante la distancia se apreciaba la sinuosidad de sus curvas y el brillo de su larga cabellera pajiza. —Qué ti-pita la muchacha —opinó la abuela en voz alta. Luis le hizo un guiño a Alex a la vez que alzaba una ceja en señal de admiración. Alex asintió, pero ya su vista era atraída por otra adolescente. En un rincón, entre una hiciera y un ropero, sentada sobre una mesita con cajón o un velador o algo así, venía una chica con un vestido largo de muselina verde, y un abanico que aleteaba cadenciosamente en su mano y detrás del cual se pronunciaba entre aleteo y aleteo, y enmarcada por rizos negros, negrísimos, la carita más blanca y más linda que Alex había visto en su vida. Y como su vida apenas se empinaba sobre los doce, su juicio 110 podía ser más definitivo y categórico. Esa chica era Constanza Glicker.

—Procede que les demos una manito para bajar las cosas —dijo Luis, y resultó evidente que la rigurosa compostura de la palabra "procede" inhibió a la abuela en sus presumibles objeciones; 110 le quedó otra alternativa más que decir que sí, que eso era de caballeros.

—Pero txi te quedas aquí —la víctima retenida. Alicia, insinuó un puchero que 110 llegó a mayores. Ya habría tiempo de sobra para verse con los vecinos, reflexionó con una serenidad un tanto infrecuente en ella.

Alex siguió los pasos de Luis. Atravesaron el patio delantero de la casa y luego, diagonalmente, la vereda y la calle, con una falta de premura intuitivamente falsa y, acaso también, desacelerados por un nerviosismo impreciso pero creciente. Cuando llegaron junto al carretón el enorme señor Glicker acondicionaba a modo de rampla unos tablones de andamio para empezar el desembarque con un piano de media cola; era un misterio cómo habría de llevarse ese piano desde la vereda al interior de la casa, en la eventualidad de que aterrizara sin desarmarse.



  • i Hola! —dijo el colorín Glicker, dejando de brincar.

—Qué tal, muchachos —dijo el señor Glicker con un vozarrón poderoso.

—A ver, niñas, tú. Rucia, tú, Constanza, vamos, vayan pasando algunos bultos y cosiacas a este par de buenos vecinos. ¡ Todo a la vereda antes de ir entrando! ¡ Primero todo en la vereda para despachar rápido al fletero! Ya, pues, apurándose, 110 es la primera vez que nos mudamos ¿eh?

—Y seguramente tampoco será la última —opinó la mayor, que obedecía al sobrenombre de Rucia, mientras sonreía a los muchachos desde sus ojazos azules y se disponía a pasarles un bulto mediano.


  • ¡ Quiero hacer pipí! —exclamó el Colorín.

—Aguarda que te llevo al baño —dijo la señora Glicker. Tenía una voz aguda, bien calibrada, 110 irritante, que contrastaba con su cuerpo de estructura ósea ancha y de voliimenes abundantes.

—Que se arrime aquí mismo al tronco de cualquier árbol —indicó el señor Glicker, cuyo vozarrón 110 parecía conocer registros mesurados.

—Irá conmigo adentro —determinó la señora Glicker, y agregó—: Hay otras cosas que hacer adentro, abrir ventanas, tantear, probar las llaves del baño y de la cocina, comprobar si funcionan todos los servicios, el gas, la luz, puede ser que algo esté cortado, recuerda que nos demoramos más de un mes en resolver con la propietaria. . .

—Ya, ya —interrumpió el hombronazo—, ¡vayan, vayan! Menos palabras y más acción, a ver tú, Constanza, saca ese velador que me obstruye el paso, así. ah, gracias, muchas gracias, jovencito, éstos sí que son vecinos encachados.

De un salto Alex se había subido al carretón apoyándose en la barandilla, y ya se encontraba junto a Constanza, quien lo miró entonces con un dejo de gratitud condescendiente, como una dama antigua que se ve de siíbito socorrida por su galán de capa y espada, liberada de una situación altamente peligrosa. La situación ahí no ofrecía riesgo alguno, salvo el de tener que levantar algunos pesos excesivos pero nunca inevitables, ¡ sin embargo, en el talante de esa jovencita, en su vestido vaporoso, en el manierismo con que agitaba el abanico, en ese sombrerito con sombrilla que le coronaba la nuca, en la blancura de su tez realzada por sus impecables rizos negros, en esos ojos suyos, ¿de qué color eran exactamente?, Sí, en todo eso residía un hálito exclusivo, una delicadeza, una fragilidad que para nada se avenían con el rudo traslado de bártulos desde una carretela como aquélla. Alex, todavía arriba del carretón, observó a cada uno de los integrantes de esa familia, y pensó, en solo unos segundos, pensó que ahí, aquí, había unas diferencias, unas contradicciones de veras sorprendentes. No es que estuviese perplejo, pero una cosa y otra y otra se sumaban a la impresión, o acaso no era aiín en Alex más que una intuición, de que en esta gente se destacaba por doquier un no amarrar nada con nada, un no calzar esto con aquello: este caballero que los urgía y apremiaba, altisonante y vulgar, 110 era, claro estaba que no era un caballero; esta señora hermosa, gruesa y con voz de niñita; la Rucia demasiado maquillada; el Colorín que casi, casi deja la poza en la misma calle, y esta niña Constanza, tan extraña y tan bonita, y Alex 110 coordinó más allá sus pensamientos porque, mientras cargaba el velador, advirtió que los ojos de Constanza, que le habían parecido al principio de un verde tenue, se tornaban ahora, repentinamente, en un definido azul oscuro. Entonces Alex recordó unos versos de un poema que siempre le había parecido rarísimo:

"Fundaría un país a la oiilla de tus ojos cambiantes como el



mar..."

HAY UN GLICKER QUE NO ES GLICKER

En la tarde de ese mismo día Alicia cruzó a la casa de enfrente; 110 pudo seguir esperando, la curiosidad le nutría un desasosiego inaguantable. Alicia estaba acostumbrada a entrar en esa casa; doña Elvira era amiga de su abuela y, relativamente, de su madre, de manera que 110 sentía que ese territorio le fuese del todo extraño o ajeno. Dándole un pequeño empujón a la reja de calle avanzó por la senda de grava hacia el interior; este antejardín era el más" grande del vecindario y parecía serlo aun más por la abundancia de arbustos frondosos que obstaculizaban la visión de la casa, inclusive durante los otoños e inviernos porque en su mayoría eran de follaje perenne. Alicia comprobó que la puerta de entrada estaba entreabierta. Se asomó al salón. No había nadie allí. Vaciló unos instantes y luego de sortear muebles y bultos continuó hacia el comedor. Detrás de éste había un amplio ámbito, una especie de galería con ventanales todo a lo largo que se abrían al patio trasero; ahí se encontraban los Glicker improvisando una merienda de alimentos fríos, menos el Colorín, pero Alicia 110 tardó en 'verlo: el niño jugaba en Un cerro de arena, al fondo, contra la medianera. Alicia conocía muy bien ese cerro; también era un lugar donde ella solía 'entretenerse. Esas arenas habían quedado allí esperando los sacos de cemento que nunca llegaron para terminar de estucar la casa; constituían un testimonio de la apretada situación financiera de doña Elvira. En realidad, con excepción del salón y del comedor, el resto de las piezas, el escritorio, la cocina y los baños, y en los altos todas las habitaciones, se hallaban en estado de obra gruesa. No obstante, los albañiles habían emboquillado bien los ladrillos y emparejado con pericia la mezcla entre uno y otro, de modo que la cosa 110 se veía mal y hasta le proporcionaba al ambiente cierto aire de rusticidad, si se tenia la condescendencia de apreciarlo así. Doña Elvira no lo había considerado así; su decisión de arrendar la casa se originaba justamente en su deseo de reunir el dinero necesario para terminarlo todo como debe ser. Además, era verdad que las paredes parecían despedir una humedad malsana, en particular en el segundo piso, en los dormitorios, y, bueno, en las zonas de agua las cañerías estaban a la vista, como asimismo las cajas eléctricas, y en los altos, esto era lo que más la deprimía, 110 se alcanzaron a colocar los cielos y entonces las vigas, las costaneras y las tejas quedaron al descubierto. No hubo, pues, mejor solución que arrendar por un tiempo, ya que 110 hay plazo que no se cumpla. No había sido fácil resolverse. Tampoco sería fácil encontrar arrendatarios que de buenas a primeras aceptasen instalarse en una construcción a medio terminar. Pero a través de la amiga de una amiga la señora Elvira dio con la familia Glicker, que 110 ponía objeciones al asunto. Una familia con apellido alemán, ni caída del cielo; una mujer vieja y sola tiene que cuidarse de que 110 le pasen gato por liebre, y todo el mundo sabe que los alemanes son tan correctos. Doña Elvira recordaba las incontables veces que en los avisos de El Mercurio se requerían familias alemanas para esto y lo otro; no cabían dudas de que eran una garantía de seriedad. ¡ Qué suerte la suya! La amiga de su amiga 110 había sabido decir si los Glicker venían llegando del Sur, pero esto era muy

probable; no son pocas las familias alemanas que resuelven trasladarse a Santiago cuando sus hijos llegan a la edad escolar. La verdad pareció ser que la amiga de su amiga no sabía gran cosa sobre los Glicker, pero siempre quedaba en pie el hecho de que con alemanes se corre el mínimo de nesgo. Doña Elvira se llevó una sorpresa cuando vio al señor Glicker; había oído decir que también se dan alemanes morenotes en una zona llamada Bavaria o Baviera; sin embargo, descartados ya el color de la piel, el cabello y los ojos, el señor Glicker era de frentón más chileno que el mote con huesillos y la única, sí, la única aproximación suya a lo germánico provino del fuerte olor a cerveza que emanaba de su enorme cuerpo. En fin, mejor 110 pensar demasiado porque ella, la señora, sí que era alemana, y cualquiera sabe que en el fondo siempre son las mujeres las que cuentan, las que valen, las que sacan adelante las cosas. La señora Glicker le dijo que era de Valdivia. Perfecto. Una ciudad más alemana, dónde. Luego doña Elvira supo que la señora Glicker tocaba el piano. Excelente. Se trataba ciertamente de una dama fina, con voz de pajarito y maneras armoniosas. La prole de sus arrendatarios también suscitó 110 poco asombro en doña Elvira, mas no correspondía prejuzgar.

  • ¡ Hola, hola! —exclamó Constanza, ante la aparición de Alicia—'. Adelante, adelante, ¿cómo te llamas?

—Yo vivo al frente —dij o Alicia.

—¿Pero cómo te llamas, linda? —preguntó ahora la señora Glicker, indicándole con una mano que se acercara.

—Calza con el Colorín —interrumpió la Rucia, y llamó—: ¡Coloriiín!

El pequeño se hizo presente de sopetón y frenó en seco al verse frente a Alicia, había que andarse con cuidado con las niñitas, como no sirven parar ningún juego macanudo, si uno les da confianza pronto le meten la lata del juego de las visitas con muñecas y todo, sí, hay que ser muy pacienzudo o mariquita para llevarse bien con las niñitas.

—Acércate, hombre —dijo la Rucia, mirando entre el humo de su cigarrillo a su hermanito, que se había puesto tan reflexivo en su silencio, parado ahí con el ceño

adusto y sin dar indicios de salir de su curioso trance.

Alicia reparaba para sus adentros en lo extraño que era que una muchacha de esa edad se atreviera a fumar delante de sus padres, y, más todavía, que éstos se lo permitieran como si tal cosa. Por su parte, el Colorín iba a darse la media vuelta para regresar al cerro de arena sin más trámite cuando una idea cruzó por su mente: esa niñita era del barrio, podía serle útil en un secreto propósito que lo inquietaba desde su llegada. Se aproximó a ella y forzando una sonrisa la saludó.

—Hola.


—Hola —respondió Alicia.

—Sí —dijo Alicia—, me gusta mucho jugar en ese ceno.

—Ah, venias acá antes que nosotros llegáramos, ¿no es así? Pues ahora tienes que seguir viniendo y con mayor razón, porque tendrás aquí un amiguito —dijo la señora Glicker.

Pero el amiguito tenía otra idea para esa instancia, otro proyecto, porque poniéndose en movimiento siíbitamente cruzó la galería y, deteniéndose bajo el umbral de la puerta del comedor, llamó a la niña:

—Ven, vamos afuera, ven.

Un matiz muy perentorio en esa vocecita hizo que Alicia lo siguiera sin vacilación. El niño continuó sin mirar atrás, sm comprobar si la niña le había obedecido. Alicia alcanzó a echar una última mirada al grupo familiar y a hacer un gesto de despedida. Afuera, junto a la reja, la esperaba el Colorín.

—Oye —dijo el niño, y se quedó por unos momentos muy pensativo

observando a Alicia; le parecía muy satisfactorio ese corte garcon, corte casi de

hombre, sí, era posible que esta chica no fuera tan tontorrona como todas las de su

edad.

—¿Sí? —inquirió Alicia.



  • Dime, ¿están haciendo casas por aquí? ¿Hay construcciones sin terminar en las manzanas por aquí cerca?

—Sí —respondió Alicia.

  • Dime dónde, pues, qué esperas.

  • Bueno, más allá de la Plaza Sucre, en las dos calles sin salida que dan a la plaza están construyendo.

  • Llévame para allá.

—No sé si puedo, tendría que pedir permiso.

—Para qué si no está tan lejos —argumentó el Colorín, sin disimular un indicio de exasperación, pero enseguida se arrepintió: la niña podía asustarse—. Mira, se trata de un secreto, de un secreto entre tú y yo.



  • ¿ Secreto de qué? —quiso saber Alicia.

—Secreto de coleccionar. ¿Tú 110 coleccionas nada? La niña reflexionó durante unos segundos.

Bueno, si, tengo muchas muñecas.

—Qué tontería —dijo el Colorín—. Las muñecas no se pueden ni comparar con las finuras.

—¿ Finuras?

—Finuras —asintió e] niño— es lo que encontraremos en las construcciones. Te van a gustar, y si no, es porque eres tonta, pero tú 110 eres tonta ¿no?

—No soy tonta —dijo Alicia—. ¿Pero qué son las finuras?

—Ya verás, las traeremos y las esconderemos en el cerro de arena, ya, vamos.

Alicia caminó junto al Colorín rumbo a la Plaza Sucre. La temperatura, otoñal, descendía notoriamente en las tardes. Alicia hubiese deseado pasar por su casa en busca de un chaleco, pero desechó la idea: ofrecía dos peligros muy grandes, la abuela podría retenerla o el Colorín podría optar por continuar solo y entonces no llegaría a conocer lo que eran aquellas finuras. Por la vereda de enfrente venía un organillero inclinado hacia adelante como a punto de irse de bruces a tierra con su caja de música rejorobándole las espaldas.

—Qué lástima —dijo el Colorín señalando al organillero—. Constanza siempre hace entrar a los organilleros para que le toquen canciones, y siempre me compra una pelotita con elástico o una veleta y ella se ve la suerte; se la ve el loro, los organilleros andan con un loro, tú sabes.

—Sí, y algunos con un monito tití; pero, dime, ¿tu hermana hace entrar a los organilleros adentro de la casa?

—Sí, pues, tonta, ¿a dónde sino?


  • ¡Huv!, mi abuela pondría el grito en el cielo.

  • j Pondría el grito en el cielo, pondría el grito en el cielo! —la remedó el Colorín—. Hablas como una vieja, esa es una frase de vieja.

—Parece que tú 110 tuvieras abuelita.

—Tengo ima en Valdivia, la mamá de mi mamá, pero no nos quiere porque odia a mi papá, por eso 110 nos quiere, siempre que nos ve nos dice: "Sandoval es un roto, Sandoval es 1111 roto".

—¿Quién es ese Sandoval? —preguntó Alicia, que ya 110 entendía el curso de la conversación.

—Es 1111 papa, Sandoval es el apellido de mi papá.

—¿Cómo? —dijo Alicia—. Si ustedes son Glicker, doña Elvna lo dijo.

—Mi mamá es Glicker, pero 1111 papá es Sandoval.

—Entonces tú eres, primero, Sandoval, no seas tonto, ves, yo soy Corsiglia, porque ése es el apellido de 1111 papá.

—Ah, eso es porque tu papá se casó con tu mamá.

—¿Y los tuyos 110?


  • No. ¿Para qué? ¿Para que nos llamemos Sandoval? Yo prefiero Mamarme Glicker, Glicker es más bonito, ¿110 lo encuentras?

Alicia asintió.

—Además —agregó el Colorín— Glicker en alemán, pero con "u" con puntitos en vez de "i", quiere decir felicidad, mi abuela me lo dijo; en cambio Sandoval 110 quiere decir 111 huevo.



—Mira —indicó Alicia, aliviada de salir del tema—, aquí hay una casa en construcción.

  • Bien, está bien, ahora veremos si encontramos finuras.

EN EL RIALTO

En Nuñoa había un cine ubicado en la Avenida Pedro de Valdivia casi esquina con Irarrázaval. El Rialto. El Rialto era diariamente concurrido por los jóvenes del sector, gran parte de los cuales sustituían la asistencia a clases asumiendo la relativamente riesgosa calidad de espectadores durante el horario escolar. La eventualidad del riesgo provenía de los estados ya más ya menos persecutorios de los inspectores de los colegios de la zona, los que solían aparecerse como siíbitos cazadores durante los intermedios. El Rialto era rotativo, exhibía tres películas por día y las renovaba todos los días, de manera que en una semana corrida se pasaban veintiuna películas, derivándose de este exceso el que entre los individuos de mayor cultura cinematográfica del mundo se cuente un apreciable número de ñuñoínos. Y, en realidad, se exhibían todavía más películas semanalmente, porque los viernes llamados "populares" se pasaban cinco películas en vez de tres. Había cosas curiosísimas en el Rialto. Más allá de su frontis, presidido por un par de columnas que competían en declive con la Torre de Pisa, y cuyo estilo era vagaroso, venía un reducido foyer flanqueado por una minúscula dulcería, a la derecha, y por los baños, a la izquierda. El concesionario de la dulcería era un viejo permanentemente a medio filo, que hedía. Se necesitaba tener un don estómago para recibir de sus grasientas manos los camotes aplastados o los pegajosos alfajores, rímeos dos productos que constituían la entera variedad de la dulcería, y que el hombre entregaba en cucuruchos de papel de diario. El baño de varones estaba separado del de las damas por un de cartón piedra muy rico en orificios fugazmente tapados con chicles o pelotitas de papel. De estos baños salían emanaciones pestilenciales a las que, en la sala, se sumaba el humo de los cigarrillos; existía una prohibición terminante respecto de fumar en la sala, pero la muchachada era a su vez rigurosamente rebelde en esta materia. Por fortuna, unas corrientes de aire que se filtraban por resquicios y fisuras impredecibles aireaban al Rialto en la justa medida como para que los espectadores sobrevivieran el transcurso de las películas sin sufrir ataques de sofocación. Además, 110 dejaba de tener su atractivo matiz onírico el contemplar la oscura sala salpicada de luciérnagas El Rialto tenía una platea baja y una alta, esta última configuraba una verdadera "u" suspendida y le otorgaba al dintorno del cine un sesgo señorial por su similitud con 1111 palco extendido. Parecía que el Rialto había sido en sus orígenes proyectado para la presentación de números vivos, y que en ese entonces las butacas se encontraban dispuestas en media luna; de otra manera no era posible explicarse la existencia de una media docena de columnas que ahora se alzaban medio a medio en las naves laterales, interrumpiendo la visión de los espectadores a quienes les tocaba tenerlas inmediatamente por delante, los que, claro está, sólo tributando una feroz torticolis lograban ver algo del telón. Resulta muy difícil de entender que los acomodadores del Rialto, a pesar de ser 1111 par de sujetos muy atrabiliarios, guiasen a algunos espectadores hasta esas butacas casi ciegas. Pero, en fin, este mal 110 era el mayor. La cosa brava acontecía durante los viernes populares, oportunidades en que se dejaba caer una gama de vándalos presumiblemente venidos de otros sectores de la ciudad. Esos rufianescos malandrines intercalaban, voz en cuello, toda clase de pullas soeces. Incitaban, por ejemplo, a Gary Cooper para que
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal