Cocineros y frailes



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Cocineros y frailes

Joaquín Arriola



Se lamentaba un experto en publicidad cordobés del escaso reflejo visual de la presencia española e Centroamérica. Quizá sea El Salvador el país iberoamericano donde la pérdida de sentido de la herencia hispana sea más aguda. El que un tercio de la población ocupada salvadoreña trabaje en las grandes ciudades de Estados Unidos y que las remesas familiares representen un monto equivalente a todos los salarios que se pagan en el país, parecen razones más que suficientes para que el american way of life, en su versión pobre, se imponga como patrón cultural dominante.
Hace unas semanas pasó por aquí el presidente español, Felipe González. Sin duda, su carisma político permitió que su imagen llenase las portadas y las pantallas mientras duró su estancia y aún algo más. Sin embargo, llama la atención lo poco española que resultó la visita: en ningún momento se sintió esa cercanía cultural que se vive cuando se trata de algún mandatario latinoamericano. Incluso cuando la visita es del vicepresidente de Estados Unidos o de otro personaje más oscuro, se advierte en el ambiente una vecindad, que no está marcada por la distancia, sino por el dinero. Cuando un representante de la cooperación española nos indicó la cifra que España transfiere a El Salvador por este concepto pudimos comprobar que es casi la misma cifra que la ayuda norteamericana... sólo que ésta se cuenta en dólares y aquélla en pesetas.
Pero aunque en el campo financiero no podamos competir con el amigo americano, no todo está perdido. Aparte del dinero, todo lo demás que ofrece el dueño del patio trasero es de segunda mano: los vehículos que circulan por San Salvador, los empleos que se ofrecen en Chicago o Los Ángeles, la religión de las sectas financiadas por las multinacionales: todo ello son imágenes de un sueño imposible para los centroamericanos y contribuye a fijar en sus conciencias que a ellos les corresponden los deshechos de la cultura y el consumo norteamericanos.
En esta era de lo audiovisual, la globalización y el monetarismo como patrones de vida, España aporta una imagen de mayor calidad que Estados Unidos, en aquello en que puede hacerlo. La vanguardia de lo español por estas tierras son un cocinero y un arzobispo. El programa de Karlos Arguiñano, que se transmite a diario por un canal local de televisión, es actualmente la contribución más importante para mantener viva la herencia cultural hispana en un contexto tan hostil. Sin olvidarnos de la Iglesia: jesuitas mártires y, ahora, un nuevo arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, navarro, y del Opus Dei. Su origen español queda doblemente aceptado por los medios de comunicación, cuando casi siempre pesa la tendencia a renegar de la herencia colonial en el tratamiento de todo lo español.
Gran aceptación tiene también las recetas culinarias de Arguiñano, éxito que se entiende sobre todo cuando se compara su programa con los horripilantes platos que se invita a cocinar en los canales gringos o nacionales. Gastronomía y religión; Arguiñano, Opus y Ellacuría: ¿No incita a la reflexión el que sea tan vasca la actualidad cultural española en Centroamérica?
Joaquín Arriola es profesor de la UPV/EHU,
residente temporalmente en El Salvador, y miembro de Bakeaz.


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