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José Segovia. Textos y comentarios a El nombre de la rosa de Umberto Eco, Lumen, Barcelona, 4ª edición, 1983



Comentarios al prólogo.


Pág.

Texto

Comentario

17

Videmus nunc per speculum et in aenigmate

Ahora vemos como a través de un espejo y en enigma.

17

Verbatim

Verbalmente, literalmente

17

Signos de signos

El signo tiene al menos dos sentidos: en primer lugar, ser una representación simbólica (convencional, no natural) de una cosa. En segundo lugar, un signo puede no referirse a una cosa, sino a otro signo, es decir puede ser un signo de otro signo, en cuyo caso es un elemento del metalenguaje de ese signo.

En el lenguaje hay varios niveles, cada uno de los cuales es un metalenguaje del nivel anterior al que pertenece el lenguaje del que se habla.



18-19-20




Contexto histórico de los acontecimientos que se narran en el texto: la lucha de los dos poderes, civil y religioso (las dos espadas), el cisma de la iglesia, la corriente franciscana de la pobreza…

19

Dos años más tarde (1316) era elegido en Aviñón el nuevo papa, Jacques de Cahors, de setenta y dos años, con el nombre de Juan XXII, y quiera el cielo que nunca otro pontífice adopte un nombre ahora. tan aborrecido por los hombres de bien. Francés y devoto del rey de Francia (los hombres de esa tierra corrupta siempre tienden a favorecer los intereses de sus compatriotas, y son incapaces de reconocer que su patria espiritual es el mundo entero), había apoyado a Felipe el Hermoso contra los caballeros templarios, a los que éste había acusado (injustamente, creo) de delitos ignominiosos, para poder apoderarse de sus bienes, con la complicidad de aquel clérigo renegado.

Hasta 1958 ningún pontífice habría de volver a llevar el nombre de Juan, Juan XXIII, probablemente el Papa más digno que haya tenido la Iglesia católica.

Favorecer los intereses de sus compatriotas. Eco no se priva de criticar este defecto, el chauvinismo, tópico que afecta a cada país en forma de “su defecto favorito”

19

En 1322… se había reunido el capítulo de los frailes franciscanos, y su general, Michele da Cesena, a instancias de los «espirituales» (sobre los que ya volveré a hablar), había proclamado como verdad de la fe la pobreza de Cristo, quien, si algo había poseído con sus apóstoles, sólo lo había tenido como usus facti. Justa resolución, destinada a preservar la virtud y la pureza de la orden, pero que disgustó bastante al papa, porque quizá le pareció que encerraba un principio capaz de poner en peligro las pretensiones que, como jefe de la iglesia, tenía de negar al imperio el derecho a elegir los obispos, a cambio del derecho del santo solio a coronar al emperador. Movido por éstas o por otras razones, Juan condenó en 1323 las proposiciones de los franciscanos mediante la decretal Cum inter nonnullos.

Comienzo del conflicto del Papa con los franciscanos en torno a su pobreza, tal como se revela en el texto.

[uso de hecho].



20-21

Por sugerencia de Marsilio, que me había tomado cariño, decidieron que acompañase a fray Guillermo de Baskerville, sabio franciscano que estaba a punto de iniciar una misión en el desempeño de la cual tocaría muchas ciudades famosas y abadías antiquísimas. Así fue como me convertí al mismo tiempo en su amanuense y discípulo; y no tuve que arrepentirme, porque con él fui testigo de acontecimientos dignos de ser registrados, como ahora lo estoy haciendo, para memoria de los que vengan después.

Entonces no sabía qué buscaba fray Guillermo y, a decir verdad, aún ahora lo ignoro y supongo que ni siquiera él lo sabía, movido como estaba sólo por el deseo de la verdad, y por la sospecha -que siempre percibí en él de que la verdad no era la que creía descubrir en el momento presente. Es probable que en aquellos años las preocupaciones del siglo lo distrajeran de sus estudios predilectos. A lo largo de todo el viaje nada supe de la misión que le habían encomendado; al menos, Guillermo no me habló de ella. Fueron más bien ciertos retazos de las conversaciones que mantuvo con los abades de los monasterios en que nos íbamos deteniendo los que me permitieron conjeturar la índole de su tarea. Sin embargo, como diré más adelante, sólo comprendí de qué se trataba exactamente cuando llegamos a la meta de nuestro viaje.



Marsilio debe ser Marsilio de Padua, coetáneo de Guillermo de Ockham y no Marsilio Ficino, filósofo renacentista que vivió un siglo después.

El nombre de “Guillermo de Baskerville” es una genial condensación de los nombres de Guillermo de Ockham y de El perro de los Baskerville, la novela de Conan Doyle.

El primer motivo aparente del viaje es ayudar en la investigación de la muerte de un monje. Después, Adso descubrirá otros motivos


21-25

Los hombres de antes eran grandes y hermosos (ahora son niños y enanos), pero ésta es sólo una de las muchas pruebas del estado lamentable en que se encuentra este mundo caduco. La juventud ya no quiere aprender nada, la ciencia está en decadencia, el mundo marcha patas arriba, los ciegos guían a otros ciegos y los despeñan en los abismos, los pájaros se arrojan antes de haber echado a volar, el asno toca la lira, los bueyes bailan, María ya no ama la vida contemplativa y Marta ya no ama la vida activa, Lea es estéril, Raquel está llena de lascivia, Catón frecuenta los lupanares, Lucrecio se convierte en mujer. Todo está descarriado. Demos gracias a Dios de que en aquella época mi maestro supiera infundirme el deseo de aprender y el sentido de la recta vía, que no se pierde por tortuoso que sea el sendero….
Hibernia y Northumbria…

… Un día lo encontré paseando por el jardín sin ningún propósito aparente, como si no debiese dar cuenta a Dios de sus obras. En la orden me habían enseñado a hacer un uso muy distinto de mi tiempo, y se lo dije. Respondió que la belleza de cosmos no procede sólo de la unidad en la variedad, sino también de la variedad en la unidad. La respuesta me pareció inspirada en un empirismo grosero, pero luego supe que, cuando definen las cosas, los hombres de su tierra no parecen reservar un papel demasiado grande a la fuerza iluminadora de la razón…

… Parecía que sólo podía pensar con las manos, cosa que entonces me parecía más propia de un mecánico (pues me habían enseñado que el mecánico es moechus, y comete adulterio en detrimento de la vida intelectual con la que debiera estar unido en castísimas nupcias).

… he de decir que este hombre singular llevaba en su saco de viaje unos instrumentos que hasta entonces yo nunca había visto y que él definía como sus máquinas maravillosas. Las máquinas, decía, son producto del arte, que imita a la naturaleza, capaces de reproducir, no ya las meras formas de esta última, sino su modo mismo de actuar. Así me explicó los prodigios del reloj, del astrolabio y del imán. Sin embargo, al comienzo temí que se tratase de brujerías, y fingí dormir en ciertas noches serenas mientras él (valiéndose de un extraño triángulo) se dedicaba a observar las estrellas. Los franciscanos que yo había conocido en Italia y en mi tierra eran hombres simples, a menudo ¡letrados, y la sabiduría de Guillermo me sorprendió. Pero él me explicó sonriendo que los franciscanos de sus islas eran de otro cuño: «Roger Bacon, a quien venero como maestro, nos ha enseñado que algún día el plan divino pasará por la ciencia de las máquinas, que es magia natural y santa.


Y un día por la fuerza de la naturaleza se podrán fabricar instrumentos de navegación mediante los cuales los barcos navegarán unico homine regente, y mucho más aprisa que los impulsados por velas o remos; y habrá carros "ut sine animali moveantur cum impetu inaestimabili, et instrumenta volandi et homo sedens in medio instrumenti revolvens aliquod ingenium per quod alae artificialiter compositae aerem verberent, ad modum avis volantis'. E instrumentos pequeñísimos capaces de levantar pesos inmensos, y vehículos para viajar al fondo del mar.»…

… También pueden construirse puentes capaces de atravesar ríos sin apoyarse en columnas ni en ningún otro basamento, y otras máquinas increíbles. No debes inquietarte porque aún no existan, pues eso no significa que no existirán. Y yo te digo que Dios quiere que existan, y existen ya sin duda en su mente, aunque mi amigo de Occam niegue que las ideas existan de ese modo, y no porque podamos decidir acerca de la naturaleza divina, sino, precisamente, porque no podemos fijarle límite alguno.» Esta no fue la única proposición contradictoria que escuché de sus labios: sin embargo, todavía hoy, ya viejo y más sabio que entonces, no acabo de entender cómo podía tener tanta confianza en su amigo de Occam y jurar al mismo tiempo por las palabras de Bacon, como hizo en muchas ocasiones. Pero también es verdad que aquellos eran tiempos oscuros en los que un hombre sabio debía pensar cosas que se contradecían entre sí.


El texto completo es un relato genial de la figura de Guillermo de Baskerville que hace justicia, mutatis mutandis, a la figura señera de Guillermo de Ockham, crítico de la subalternación de la filosofía a la teología – tesis central de la ideología medieval - con su teoría de las dos verdades, filosófica y teológica, que anticipa la crítica a todo el edificio medieval a partir de la filosofía burguesa (Descartes, Spinoza, Leibniz, Locke, Hume…)

Hibernia es Irlanda y Northumbria abarcaba el espacio entre las tierras altas escocesas y Gales. Es decir, Eco sitúa al protagonista en la zona media de los territorios de Irlanda, Escocia y Gales, sin embargo, Guillermo de Ockham había nacido, como su nombre indica, en Ockham, Surrey, al suroeste de Londres.

“Empirismo grosero” hace alusión a la doctrina filosófica que en el problema del conocimiento atribuye importancia exclusivamente a la experiencia en detrimento de la razón.

El fenómeno inexplicado e inexplicable es por qué el empirismo es una doctrina casi exclusivamente británica, al menos en sus comienzos y en las figuras señeras que ha proporcionado a la filosofía, Locke, Hume y Berkeley a la cabeza.


Moechus es adúltero. Tal alegoría representa el engaño a la razón utilizando las manos para un trabajo degradado como el trabajo manual, desde la división griega de las dos tareas humanas, teoría – contemplación – y práctica – acción, transformación, relegada esta última al trabajo de los esclavos.

Como dato anecdótico debo citar que en 1803 una Real Cédula del monarca español decidía que el trabajo manual “no era una deshonra legal”.
Se describen aquí, en el siglo XIV, los prolegómenos de la revolución científica del siglo XVII

Roger Bacon (s. XIII) uno de los precursores directos de Guillermo de Ockham, pasa por ser uno de los descubridores de la pólvora. No debe ser confundido con Francis Bacon (s. XVII), uno de los pilares del método científico, definidor de la experimentación como uno de sus principales elementos.


gobernado por un solo hombre…

y habrá carros "que sin animales se moverán con un ímpetu inestimable, e instrumentos para volar con un hombre sentado en medio de los instrumentos, revolviendo algún ingenio a través del cual unas alas construidas artificialmente atravesarán el aire al modo de las aves voladoras”.

Occam (sic): Eco se permite la licencia literaria de desdoblar a su protagonista en dos Guillermos: Ockham y Baskerville, cuando en su mente son el mismo personaje.





Texto de la novela
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Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.29

burche

1/79




Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.32



El mundo habla a través de sus huellas

2/79




Mi querido Adso -dijo el maestro-, durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro. Alain de Lille decía que

omnis mundi creatura

quasi liber et pictura

nobis est in speculum

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.33



La belleza de un caballo

3/79




-Sí -dije- , pero la cabeza pequeña, las orejas finas, los ojos grandes...

-No sé si los tiene, pero, sin duda, los monjes están persuadidos de que sí. Decía Isidoro de Sevilla que la belleza de un caballo exige «ut sit exiguum caput et siccum prope pelle ossibus adhaerente, aures breves et argutae, oculi magni, nares patulae, erecta cervix, coma densa et cauda, ungularum soliditate fixa rotunditas«. Si el caballo cuyo paso he adivinado no hubiese sido realmente el mejor de la cuadra, no podrías explicar por qué no sólo han corrido los mozos tras él, sino también el propio cillerero. Y un monje que considera excelente a un caballo sólo puede verlo, al margen de las formas naturales, tal como se lo han descrito las auctoritates, sobre todo si -y aquí me dirigió una sonrisa maliciosa-, se trata de un docto benedictino...

-Bueno -dije , pero, ¿por qué Brunello?

-¡Que el Espíritu Santo ponga un poco más de sal en tu cabezota, hijo mío! -exclamó el maestro-. ¿Qué otro nombre le habrías puesto si hasta el gran Buridán, que está a punto de ser rector en París, no encontró nombre más natural para referirse a un caballo hermoso?

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.37-39

Magistral resumen de la filosofía nominalista de Guillermo de Ockham que defiende su sosias Guillermo de Baskerville

4/79




Aquel día no pude contenerme y volví a preguntarle sobre la historia del caballo.

-Sin embargo -dije-, cuando leísteis las huellas en la nieve y en las ramas aún no conocíais a Brunello. En cierto modo esas huellas nos hablaban de todos los caballos, o al menos de todos los caballos de aquella especie. ¿No deberíamos decir, entonces, que el libro de la naturaleza nos habla sólo por esencias, como enseñan muchos teólogos insignes?

-No exactamente, querido Adso -respondió el maestro-. Sin duda, aquel tipo de impronta me hablaba, si quieres, del caballo como verbum mentis, y me hubiese hablado de él en cualquier sitio donde la encontrara. Pero la impronta en aquel lugar y en aquel momento del día me decía que al menos uno de todos los caballos posibles había pasado por allí. De modo que me encontraba a mitad de camino entre la aprehensión del concepto de caballo y el conocimiento de un caballo individual. Y, de todas maneras, lo que conocía del caballo universal procedía de la huella, que era singular. Podría decir que en aquel momento estaba preso entre la singularidad de la huella y mi ignorancia, que adoptaba la forma bastante diáfana de una idea universal. Si ves algo de lejos, sin comprender de qué se trata, te contentarás con definirlo como un cuerpo extenso. Cuando estés un poco más cerca, lo definirás como un animal, aunque todavía no sepas si se trata de un caballo o de un asno. Si te sigues acercando, podrás decir que es un caballo, aunque aún no sepas si se trata de Brunello o de Favello. Por último, sólo cuando estés a la distancia adecuada verás que es Brunello (o bien, ese caballo y no otro, cualquiera que sea el nombre que quieras darle). Este ser  el conocimiento pleno, la intuición de lo singular. Así, hace una hora, yo estaba dispuesto a pensar en todos los caballos, pero no por la vastedad de mi intelecto, sino por la estrechez de mi intuición. Y el hambre de mi intelecto sólo pudo saciarse cuando vi al caballo individual que los monjes llevaban por el freno. Sólo entonces supe realmente que mi razonamiento previo me había llevado cerca de la verdad. De modo que las ideas, que antes había utilizado para imaginar un caballo que aún no había visto, eran puros signos, como eran signos de la idea de caballo las huellas sobre la nieve: cuando no poseemos las cosas, usamos signos y signos de signos.

Ya otras veces le había escuchado hablar con mucho escepticismo de las ideas universales y con gran respeto de las cosas individuales, e incluso, más tarde, llegué a pensar que aquella inclinación podía deberse tanto al hecho de que era británico como al de que era franciscano. Pero aquel día no me sentía con fuerzas para afrontar disputas teológicas. De modo que me acurruqué en el espacio que me habían concedido, me envolví en una manta y caí en un sueño profundo.

Cualquiera que entrase hubiera podido confundirme con un bulto. Sin duda, así lo hizo el Abad cuando, hacia la hora tercia, vino a visitar a Guillermo. De esa forma pude escuchar sin ser observado su primera conversación. Y sin malicia, porque presentarme de golpe al visitante hubiese sido más descortés que ocultarme, como hice, con humildad.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág. 40

Las palabras ocultan el pensamiento

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-Comprendo -dijo Guillermo. Yo ya había tenido ocasión de observar que, cuando se expresaba con tanta solicitud y cortesía, muchas veces estaba ocultando, en forma honesta, su desacuerdo o su perplejidad.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.41

Reticencias de Guillermo de Baskerville a recurrir al diablo para justificar un delito

6/79

Pretende mantenerse siempre en el ámbito de lo empírico, de lo contrastable.

EI Abad tuvo un momento de duda:

-¿Por qué -preguntó- insistís en hablar de actos delictivos sin pronunciaros sobre su causa diabólica?

-Porque razonar sobre las causas y los efectos es algo bastante difícil, y creo que sólo Dios puede hacer juicios de ese tipo. A nosotros nos cuesta ya tanto establecer una relación entre un efecto tan evidente como un árbol quemado y el rayo que lo ha incendiado, que remontar unas cadenas a veces larguísimas de causas y efectos me parece, tan insensato como tratar de construir una torre que llegue hasta el cielo.

-El doctor de Aquino -sugirió el Abad- no ha temido demostrar mediante la fuerza de su sola razón la existencia del Altísimo, remontándose de causa en causa hasta la causa primera, no causada.

-¿Quién soy yo -dijo Guillermo con humildad- para oponerme al doctor de Aquino? Además su prueba de la existencia de Dios cuenta con el apoyo de muchos otros testimonios que refuerzan la validez de sus vías. Dios habla en el interior de nuestra alma, como ya sabía Agustín, y vos, Abbone, habríais cantado alabanzas al Señor y a su presencia evidente aunque Tomás no hubiera. . . -se detuvo, y añadió-: Supongo.

-¡Oh, sin duda! -se apresuró a confirmar el Abad, y de este modo tan elegante cortó mi maestro una discusión escolástica que, evidentemente, no le agradaba demasiado.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.42

La necesidad mágica de encontrar un chivo propiciatorio

7/79




-Sin embargo, en un proceso celebrado en Kilkenny hace tres años, donde algunas personas fueron acusadas de cometer delitos infames, vos no negasteis la intervención diabólica, una vez descubiertos los culpables.

-Pero tampoco lo afirmé en forma clara. De todos modos, es cierto que no lo negué. ¿Quién soy yo para emitir juicios sobre las maquinaciones del maligno? Sobre todo -añadió, y parecía interesado en dejar claro ese punto- cuando los que habían iniciado el proceso, el obispo, los magistrados de la ciudad, el pueblo todo, y quizás incluso los acusados, deseaban realmente descubrir la presencia del demonio. Tal vez la única prueba verdadera de la presencia del diablo fuese la intensidad con que en aquel momento deseaban todos descubrir su presencia. . .


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.46

Traducción

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-Eris sacerdos in aeternum.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.46



Traducción

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-¿Me encomendaréis coram monachis esta misión?
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.46-47

La prohibición de que Guillermo de Baskerville entre en la biblioteca

10/79




Sin embargo, empezaré hoy, antes de que los monjes sepan que me habéis confiado esta investigación. Además, una de las razones de peso que yo tenía para venir aquí era el gran deseo de conocer vuestra Biblioteca, famosa en todas las abadías de la cristiandad.

El Abad casi dio un respingo y su rostro se puso repentinamente tenso.

-He dicho que podréis moveros por toda la abadía. Aunque, sin duda, no por el último piso del Edificio, la biblioteca.

-¿Por qué?

-Debería habéroslo explicado antes. Creí que ya lo sabíais. Vos sabéis que nuestra biblioteca no es igual a las otras...

-Sé que posee más libros que cualquier otra biblioteca cristiana. Sé que, comparados con los vuestros, los armaria de Bobbio o de Pomposa, de Cluny o de Fleury parecen la habitación de un niño que estuviera iniciándose en el manejo del ábaco. Sé que los seis mil códices de los que se enorgullecía Novalesa hace más de cien años son pocos comparados con los vuestros, y que, quizá, muchos de ellos se encuentran ahora aquí. Sé que vuestra abadía es la única luz que la cristiandad puede oponer a las treinta y seis bibliotecas de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami, y que el número de vuestras biblias iguala a los dos mil cuatrocientos coranes de que se enorgullece El Cairo, y que la realidad de vuestros armaria es una luminosa evidencia contra la arrogante leyenda de los infieles que hace años afirmaban (ellos, que tanta intimidad tienen con el príncipe de la mentira) que la biblioteca de Trípoli contenía seis millones de volúmenes y albergaba ochenta mil comentadores y doscientos escribientes.

-Así es, alabado sea el cielo.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.48

En la biblioteca está la sabiduría, pero también la herejía

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La doble función de todo mensaje

-Monasterium sine libris -citó inspirado el Abad- est sicut civitas sine opibus, castrum sine numeris, coquina sine suppellectilí, mensa sine cibis, hortus sine herbis, pratum sine floribus, arbor sine foliis. . . Y nuestra orden, que creció obedeciendo al doble mandato del trabajo y la oración, fue luz para todo el mundo conocido, reserva de saber, salvación de una antigua doctrina expuesta al riesgo de desaparecer en incendios, saqueos y terremotos, fragua de nuevos escritos y fomento de los antiguos. . Oh, bien sabéis que vivimos tiempos muy oscuros, y vergüenza me da deciros que hace no muchos años el concilio de Vienne tuvo que recordar que todo monje está obligado a ordenarse. ... Cuántas de nuestras abadías, que hace doscientos años eran centros resplandecientes de grandeza v santidad, son ahora refugio de holgazanes.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.49-50

La prohibición de visitar la biblioteca

12/79

La doble y paradójica función de la biblioteca: divulgar y, a la vez, ocultar, como el lenguaje

-Así sea -dijo Guillermo con tono devoto-. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la prohibición de visitar la biblioteca?

-Mirad, fray Guillermo -dijo el Abad-, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros- y señaló hacia la mole del Edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial- hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.50-51

Solo dos personas pueden entrar en la biblioteca

13/79

el mito del laberinto

-De modo que, salvo dos personas, nadie entra en el último piso del Edificio. . .

El Abad sonrió:

-Nadie debe hacerlo. Nadie puede hacerlo. Y, aunque alguien quisiera hacerlo, no lo conseguiría. La biblioteca se defiende sola, insondable como la verdad que en ella habita, engañosa como la mentira que custodia. Laberinto espiritual, y también laberinto terrenal. Si lograseis entrar, podríais no hallar la salida. Aclarado esto, desearía que respetaseis las reglas de la abadía.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.60-61-62



El personaje de Salvatore y la lengua que utiliza

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Alusión a la pérdida de la lengua universal, tema al que dedica amplio espacio en Baudolino

El hombre sonrió (o al menos eso creí) y, levantando el dedo como en una admonición, dijo:

- Penitenciagite! Vide cuando draco venturus est a rodegarla el alma tuya! La mortz est super nos! Ruega que vinga lo papa santo a liberar nos a malo de tutte las peccata! Ah, ah, vos pladse ista nigromancia de Domini Nostri Iesu Christi! Et mesmo jois m'es dols y placer m'es dolors... Cave il diablo! Semper m'aguaita en algún canto para adentarme las tobillas. Pero Salvatore non est insipiens! Bonum monasterium, et qui si magna et si ruega dominum nostum. Et il resto valet un figo secco. Et amen. No?



En el curso de mi narración tendré que referirme, y mucho, a esta criatura, y transcribir sus palabras. Confieso la gran dificultad que encuentro para hacerlo, porque ni puedo explicar ahora ni fui capaz de comprender entonces el tipo de lengua que utilizaba. No era latín, lengua que empleaban para comunicarse los hombres cultos de la abadía, pero tampoco era la lengua vulgar de aquellas tierras, ni ninguna otra que jamás escucharan mis oídos. El fragmento anterior, donde recojo (tal como las recuerdo) las primeras palabras que le oí decir, dan, creo, una pálida idea de su modo de hablar. Cuando más tarde me enteré de su azarosa vida y de los diferentes sitios en que había vivido, sin echar raíces en ninguno, comprendí que Salvatore hablaba todas las lenguas, y ninguna. O sea que se había inventado una lengua propia utilizando jirones de las lenguas con las que había estado en contacto... Y en cierta ocasión pensé que la suya no era la lengua adámica que había hablado la humanidad feliz, unida por una sola lengua, desde los orígenes del mundo hasta la Torre de Babel, ni tampoco la lengua babélica del primer día, cuando acababa de producirse la funesta división, sino precisamente la lengua de la confusión primitiva. Por lo demás, tampoco puedo decir que el habla de Salvatore fuese una lengua, porque toda lengua humana tiene reglas y cada término significa ad placitum una cosa, según una ley que no varía, porque el hombre no puede llamar al perro una vez perro y otra gato, ni pronunciar sonidos a los que el acuerdo de las gentes no haya atribuido un sentido definido, como sucedería si alguien pronunciase la palabra Kblitiriz. Sin embargo, bien que mal, tanto yo como los otros comprendíamos lo que Salvatore quería decir. Signo de que no hablaba una lengua sino todas, y ninguna correctamente, escogiendo las palabras unas veces aquí y otras allí. Advertí también, después, que podía nombrar una cosa a veces en latín y a veces en provenzal, y comprendí que no inventaba sus oraciones sino que utilizaba los disiecta membra de otras oraciones que algún día había oído, según las situaciones y las cosas que quería expresar, como si sólo pudiese hablar de determinada comida valiéndose de las palabras que habían usado las personas con las que había comido eso, o expresar su alegría sólo con frases que había escuchado decir a personas alegres, estando él mismo en un momento de alegría. Era como si su habla correspondiese a su cara, compuesta con fragmentos de caras ajenas, o ciertos relicarios muy preciosos que observé en algunos sitios (si licet magnis componere parva, o las cosas diabólicas con las divinas), fabricados con los restos de otros objetos sagrados. Cuando lo vi por vez primera, Salvatore no me pareció diferente, tanto por su rostro como por su modo de hablar, de los seres mestizos, llenos de pelos y uñas, que acababa de contemplar en la portada. Más tarde comprendí que el hombre no carecía quizá  de buen corazón ni de ingenio. Y más tarde aun... Pero vayamos por orden. Entre otras cosas, porque, cuando terminó de hablar, mi maestro se apresuró a interrogarlo con gran curiosidad.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.63



Encuentro con Ubertino da Casale, franciscano ambiguo, maestro de Guillermo, uno de los creadores del movimiento de los espirituales y los fraticelli.

15/79




Había oído hablar yo de él, y mucho, antes incluso de ir a Italia, y todavía más cuando frecuenté a los franciscanos de la corte imperial. Alguien me había dicho, además, que el mayor poeta de la época, Dante Alighieri, de Florencia, muerto hacía pocos años, había compuesto un poema (que yo no pude leer porque estaba escrito en la lengua vulgar de Toscana) con elementos tomados del cielo y de la tierra, y que muchos de sus versos no eran más que paráfrasis de ciertos fragmentos del Arbor vitae crucifixae de Ubertino.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.64



La raíz del conflicto de la pobreza en la iglesia

16/79




En la península, donde el poder del clero era más evidente que en cualquier otro lugar, y donde el clero ostentaba más poder y más riqueza que en cualquier otro país, habían surgido, durante no menos de dos siglos, movimientos de hombres que abogaban por una vida más pobre, polemizando con los curas corruptos, de quienes se negaban incluso a aceptar los sacramentos, y formando comunidades autónomas, mal vistas tanto por los señores, como por el imperio y por los magistrados de las ciudades.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.65

Durísima crítica a los inquisidores como creadores de las propias herejías

18/79




Porque lo que vi más tarde en la abadía (como diré en su momento) me ha llevado a pensar que a menudo son los propios inquisidores los que crean a los herejes. Y no sólo en el sentido de que los imaginan donde no existen, sino también porque reprimen con tal vehemencia la corrupción herética que al hacerlo impulsan a muchos a mezclarse en ella, por odio hacia quienes la fustigan. En verdad, un círculo imaginado por el demonio, ¡que Dios nos proteja!
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.68

El fundamento de la doctrina de los fraticelli

19/79




Sin embargo, había comprendido que para destruir la mala hierba de los fraticelli, que socavaban la autoridad de la iglesia, era necesario condenar las proposiciones en que se basaba su fe. Ellos sostenían que Cristo y los apóstoles no habían tenido propiedad alguna ni individual ni común, y el papa condenó esta idea como herética. Lo que no deja de ser asombroso, porque, ¿cómo puede un papa considerar perversa la idea de que Cristo fue pobre? Pero un año antes se había reunido en Perusa el capítulo general de los franciscanos, y había sostenido, precisamente, dicha idea; por tanto, al condenar a los primeros el papa condenaba también este último. Como ya he dicho, aquella decisión del capítulo le ocasionaba gran perjuicio en su lucha contra el emperador. Así fue como a partir de entonces muchos fraticelli, que nada sabían del imperio ni de Perusa, murieron quemados.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.72



Diálogo de Guillermo y Ubertino sobre Ockham

20/79




-He oído decir que ahora está en muy buenas relaciones con un amigo mío que se encuentra en la curia, Guillermo de Occam.

-Lo conocí poco. No me gusta. Un hombre sin fervor, todo cabeza, nada corazón.

-Pero es una hermosa cabeza.

-Quizá; seguro que lo llevará  al infierno.

-Entonces lo encontraré allí abajo y podremos discutir sobre lógica.

-Calla, Guillermo -dijo Ubertino, sonriendo con expresión muy afectuosa-, eres mejor que tus filósofos. Si tú hubieses querido. . .


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.74

Diálogo de Guillermo y Ubertino sobre el amor físico

21/79




-Eran frailes menores con la mente encendida por las mismas visiones de Chiara, y muchas veces hay un paso muy breve entre la visión extática y el desenfreno del pecado -dijo Guillermo.

Ubertino le oprimió las manos y sus ojos volvieron a velarse de lágrimas:

-No digas eso, Guillermo. ¿Cómo puedes confundir el momento del amor extático, que te quema las vísceras con el perfume del incienso, y el desarreglo de los sentidos que sabe a azufre? Bentivenga incitaba a tocar los cuerpos desnudos, decía que sólo así podíamos liberarnos del imperio de los sentidos, homo nudus cum nuda iacebat. . .

-Et non commiscebantur ad invicem. . .

-¡Mentiras! ¡Buscaban el placer! ¡Cuando el estímulo carnal se hacía sentir, no consideraban pecado que para aplacarlo el hombre y la mujer yaciesen juntos, y que se tocaran y besasen en todas partes, y que uno juntara su vientre desnudo al vientre desnudo de la otra.

Confieso que el modo en que Ubertino estigmatizaba el vicio ajeno no me inducía precisamente a pensamientos virtuosos. Mi maestro debió de advertir mi turbación, porque interrumpió al santo varón.

-Eres un espíritu ardoroso, Ubertino, tanto en el amor de Dios como en el odio contra el mal. Lo que yo quería decir es que hay poca diferencia entre el ardor de los Serafines y el ardor de Lucifer, porque ambos nacen de un encendimiento extremo de la voluntad.

-¡Oh, hay diferencia, y yo la conozco! -dijo inspirado Ubertino-. Lo que quieres decir es que hay un paso muy breve entre querer el mal y querer el bien, porque en ambos casos se trata de dirigir la misma voluntad. Eso es cierto. Pero la diferencia está en el objeto, y el objeto puede reconocerse con total claridad. De una parte, Dios; de la otra, el diablo.

-Me temo, Ubertino, que ya no sé distinguir. ¿No fue acaso tu Angela da Foligno la que contó que un día, en rapto espiritual, visitó el sepulcro de Cristo? ¿No contó que primero le besó el pecho y lo vio tendido con los ojos cerrados, y después le besó la boca y sintió un inefable aroma de suavidad que se exhalaba a través de aquellos labios, y luego, tras una breve pausa, posó su mejilla contra la mejilla de Cristo, y Cristo acercó su mano a la mejilla de ella y la apretó contra él; ¿y así, dijo ella, su deleite fue entonces elevadísimo?

-¿Qué tiene que ver esto con el desenfreno de los sentidos? -preguntó Ubertino-. Fue una experiencia mística, y el cuerpo era el de Nuestro Señor.

-Quizá  me haya acostumbrado demasiado a Oxford, donde hasta la experiencia mística era distinta.

-Toda en la cabeza -dijo sonriendo Ubertino.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág. 82-83

El fin de la discusión entre Guillermo y Ubertino: el papel del conocimiento y la ignorancia

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-Por cierto -dijo todavía Guillermo, ya en mitad de la nave- ¿quién es ese monje que parece un animal y habla la lengua de Babel?

-¿Salvatore? -preguntó Ubertino volviéndose hacia nosotros, pues ya estaba de nuevo arrodillado-. Creo que fui yo quien lo donó a esta abadía. . . Junto con el cillerero. Cuando dejé el sayo franciscano, regresé por algún tiempo a mi viejo convento de Casale, y allí encontré a otros frailes angustiados. porque la comunidad los acusaba de ser espirituales de mi secta... Así se expresaban. Traté de ayudarles y conseguí que los autorizaran a seguir mi ejemplo. Al Ilegar aquí, el año pasado, encontré a dos de ellos, Salvatore y Remigio. Salvatore... En verdad parece una bestia. Pero es servicial.

Guillermo vaciló un instante:

-Le oí decir penitenciagite.

Ubertino calló. Agitó una mano como para apartar un pensamiento molesto.

-No, no creo. Ya sabes cómo son estos hermanos laicos. Gentes del campo que quizás han escuchado a un predicador ambulante y no saben lo que dicen. No es eso lo que le reprocharía a Salvatore. Es una bestia glotona y lujuriosa. Pero nada, nada contrario a la ortodoxia. No, el mal de la abadía es otro, búscalo en quienes saben demasiado, no en quienes nada saben. No construyas un castillo de sospechas basándote en una palabra.

-Nunca lo haré -respondió Guillermo-. Dejé de ser inquisidor precisamente para no tener que hacerlo. Sin embargo, también me gusta escuchar las palabras, y reflexionar después sobre ellas.

-Piensas demasiado. Muchacho -dijo volviéndose hacia mí-, no tomes demasiados malos ejemplos de tu maestro. En lo único en que hay que pensar, ahora al final de mi vida lo comprendo, es en la muerte. Mors est quies viatoris, finis est omnis laboris. Ahora dejadme con mis oraciones.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág. 92



La belleza depende de tres cosas: la integridad, la proporción y la luz

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La claridad y la luz del scriptorium como contraposición a la “lux obscura” que se trasluce en la anterior conversación entre Guillermo y Ubertino.

Una de las guías subterráneas de la novela es el contrapunto continuo entre lo claro y lo oscuro, lo exquisito de los manjares de la mesa del Abad y la suciedad y miseria de los despojos de la cocina que son los que dan al pueblo

La claridad del scriptorium y la censura terrorífica que encierra, el canto de amor que son las horas canónicas y la censura diabólica del acceso a la cultura (a los libros que Jorge de Burgos censura)

Esa abundancia de ventanas permitía que una luz continua y pareja alegrara la gran sala, incluso en una tarde de invierno como aquella. Las vidrieras no eran coloreadas como las de las iglesias, y las tiras de plomo sujetaban recuadros de vidrio incoloro para que la luz pudiese penetrar lo más pura posible, no modulada por el arte humano, y desempeñara así su función específica, que era la de iluminar el trabajo de lectura y escritura. En otras ocasiones y en otros sitios vi muchos scriptoria, pero ninguno conocí que, en las coladas de luz física que alumbraban profusamente el recinto, ilustrase con tanto esplendor el principio espiritual que la luz encarna, la claritas, fuente de toda belleza y saber, atributo inseparable de la justa proporción que se observaba en aquella sala. Porque de tres cosas depende la belleza: en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo que es  incompleto; luego, de la justa proporción, o sea de la consonancia; por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las cosas de colores nítidos. Y como la contemplación de la belleza entraña la paz, y para nuestro apetito lo mismo es sosegarse en la paz, en el bien o en la belleza, me sentí invadido por una sensación muy placentera y pensé en lo agradable que debería ser trabajar en aquel sitio.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág. 95

Las lentes de Guillermo

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El culto a la ciencia, a Roger Bacon, etc.

Guillermo introdujo las manos en la bolsa que había en su sayo a la altura del pecho y extrajo un objeto que ya durante el viaje le había visto coger y ponerse en el rostro. Era una horquilla, construida de tal modo que pudiera montarse en la nariz de un hombre (sobre todo en la suya, tan prominente y aguileña) como el jinete en el lomo de su caballo o como el pájaro en su repisa. Y, por ambos lados, la horquilla continuaba en dos anillas ovaladas de metal que, situadas delante de cada ojo, llevaban engastadas dos almendras de vidrio, gruesas como fondos de vaso. Con aquello delante de sus ojos, Guillermo solía leer, y decía que le permitía ver mejor que con los instrumentos que le había dado la naturaleza, o, en todo caso, mejor de lo que su avanzada edad, sobre todo al mermar la luz del día, era capaz de concederle. No los utilizaba para ver de lejos, pues su vista aún era muy buena, sino para ver de cerca. Con eso podía leer manuscritos redactados en letras pequeñísimas, que incluso a mí me costaba mucho descifrar. Me había explicado que, cuando el hombre supera la mitad de la vida, aunque hasta entonces haya tenido una vista excelente, su ojo se endurece y pierde la capacidad de adaptar la pupila; de modo que muchos sabios, después de haber cumplido las cincuenta primaveras, morían, por decirlo así, para la lectura y la escritura. Tremenda desgracia para unos hombres que habrían podido dar lo mejor de su inteligencia durante muchos años todavía. Por eso había que dar gracias al Señor de que alguien hubiese descubierto y fabricado aquel instrumento. Y al decírmelo pretendía ilustrar las ideas de su Roger Bacon, quien afirmaba que una de las metas de la ciencia era la de prolongar la vida humana.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.96



Malaquías, ayudante del bibliotecario, expone los criterios de clasificación de los libros

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Espléndidas obras. Pero, ¿en qué orden están registradas? -citó de un texto que yo no conocía pero que, sin duda, Malaquías tenía muy presente-. Habeat Librarius et registrum omnium librorum ordinatum secundum facultates et auctores, reponeatque eos separatum et ordinate cum signaturis per scripturam applicatis. ¿Cómo hacéis para saber dónde está cada libro?

Malaquías le mostró las anotaciones que había junto a cada título. Leí: iii, IV gradus, V in prima graecorum; ii, V gradus, VII in tertia anglorum, etc. Comprendí que el primer número indicaba la posición del libro en el anaquel o gradus, que a su vez estaba indicado por el segundo número, mientras que el tercero indicaba el armario, y también comprendí que las otras expresiones designaban una habitación o un pasillo de la biblioteca, y me atreví a pedir más detalles sobre esas últimas distinciones. Malaquías me miró severamente:

-Quizá  no sepáis, o hayáis olvidado, que sólo el bibliotecario tiene acceso a la biblioteca. Por tanto, es justo y suficiente que sólo el bibliotecario sepa descifrar estas cosas.

-Pero, ¿en qué orden están registrados los libros en esta lista? -preguntó Guillermo-. No por temas, me parece.

No se refirió al orden correspondiente a la sucesión de las letras en el alfabeto porque es un recurso que sólo he visto utilizar en estos últimos años, y que en aquella época era muy raro.

-Los orígenes de la biblioteca se pierden en la oscuridad del pasado más remoto -dijo Malaquías-, y los libros están registrados según el orden de las adquisiciones, de las donaciones, de su entrada en este recinto.

-Difíciles de encontrar --observó Guillermo.

-Basta con que el bibliotecario los conozca de memoria y sepa en qué época llegó cada libro. En cuanto a los otros monjes, pueden confiar en la memoria de aquél.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.100-101

Aparece Jorge de Burgos, el ciego bibliotecario, otra de las genialidades de Eco, un ”ciego vidente”, que diría Sabina, sosias DE JORGE (LUIS) DE BURGOS (BORGES)

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siniestro y macabro personaje que odia la risa.

Toda la obra (en lo relativo a la biblioteca) gira en torno al libro II de la Poética de Aristóteles, el Tratado sobre la risa, supuestamente existente.



Una pálida sonrisa iluminó sus labios. Entonces, los otros monjes, que habían seguido la conversación en actitud más bien tímida, se echaron a reír libremente, como si hubiesen estado esperando la autorización del bibliotecario. Este volvió a ponerse sombrío, mientras los otros seguían riendo, alabando la habilidad del pobre Adelmo y mostrándose unos a otros las figuras más inverosímiles. Y fue entonces, mientras todos seguían riendo, cuando escuchamos a nuestras espaldas una voz, solemne y grave

-Verba vana aut risui apta non loqui.

Nos volvimos. El que acababa de hablar era un monje encorvado por el peso de los años, blanco como la nieve; no me refiero sólo al pelo sino también al rostro, y a las pupilas. Comprendí que era ciego. Aunque el cuerpo se encogía ya por el peso de la edad, la voz seguía siendo majestuosa, y los brazos y manos poderosos. Clavaba los ojos en nosotros como si nos estuviese viendo, y siempre, también en los días que siguieron, lo vi moverse y hablar como si aún poseyese el don de la vista. Pero el tono de la voz, en cambio, era el de alguien que sólo estuviese dotado del don de la profecía.

-El hombre que estáis viendo, venerable por su edad y por su saber -dijo Malaquías a Guillermo señalando al recién llegado-, es Jorge de Burgos. Salvo Alinardo da Grottaferrata, es la persona de más edad que vive en el monasterio, y son muchísimos los monjes que le confían la carga de sus pecados en el secreto de la confesión –se volvió hacia el anciano y dijo-. El que está ante vos es fray Guillermo de Baskerville, nuestro huésped.

-Espero que mis palabras no os hayan irritado –dijo el viejo en tono brusco-. He oído a unas personas que reían de cosas risibles y les he recordado uno de los principios de nuestra regla. Y, como dice el salmista, si el monje debe abstenerse de Ios buenos discursos por el voto de silencio, con mayor razón debe sustraerse a los malos discursos.

Y así como existen malos discursos existen malas imágenes. Y son las que mienten acerca de la forma de la creación y muestran el mundo al revés de lo que debe ser, de lo que siempre ha sido y, de lo que seguirá siendo por los siglos de los siglos hasta el fin de los tiempos. Pero vos venís de otra orden, donde me dicen que se ve con indulgencia incluso el alborozo más inoportuno.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.109

Discusión de Guillermo con el maestro vidriero del convento. La discusión se extrapola al lugar de la ciencia en la sociedad y su relación con la religión

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Así fue como conocimos a Nicola da Morimondo, el maestro vidriero de la abadía. Nos explicó que en la parte de atrás de la herrería también se soplaba el vidrio, mientras que en la parte de delante, donde estaban los herreros, se unían los vidrios con tiras de plomo para hacer vidrieras. Pero, añadió, la gran obra de vidriería, que adornaba la iglesia y el Edificio, ya se había realizado hacía más de dos siglos. Ahora sólo se hacían trabajos menores, o reparaciones exigidas por el paso de los años.

-Y a duras penas -añadió-, porque ya no se consiguen los colores de antes, sobre todo el azul, que aún podéis admirar en el coro, cuya transparencia es tan perfecta que cuando el sol está alto derrama en la nave una luz paradisíaca. Los vidrios de la parte occidental de la nave, renovados hace poco, no tienen aquella calidad, y eso se ve en los días de verano. Es inútil, ya no tenemos la sabiduría de los antiguos, ¡se acabó la época de los gigantes!

-Somos enanos -admitió Guillermo-, pero enanos subidos sobre los hombros de aquellos gigantes, y, aunque pequeños, a veces logramos ver más allá de su horizonte.

-¡Dime en qué los superamos! -exclamó Nicola-. Cuando bajes a la cripta de la iglesia, donde se guarda el tesoro de la abadía, verás relicarios de tan exquisita factura que el adefesio que miserablemente estoy construyendo -y señaló su obra encima de la mesa- ¡te parecerá una burda imitación!

-No está escrito que los maestros vidrieros deban seguir haciendo ventanas y los orfebres relicarios, si los maestros del pasado han sabido producirlos tan bellos y destinados a durar muchos siglos. Si no, la tierra se llenaría de relicarios, en una época tan poco prolífica en santos de donde obtener reliquias -dijo bromeando Guillermo-. Y no se seguirá  eternamente soldando vidrios para las ventanas. Pero he visto en varios países cosas nuevas que se hacen con vidrio, y me han sugerido la idea de un mundo futuro en que el vidrio no sólo está al servicio de los oficios divinos; sino que se use también para auxiliar las debilidades del hombre. Quiero que veas una obra de nuestra época, de la que me honro en poseer un utilísimo ejemplar.

Metió las manos en el sayo y extrajo sus lentes, que dejaron sorprendido a nuestro interlocutor.

Nicola cogió la horquilla que Guillermo le ofrecía. La observó con gran interés, y exclamó:

-¡Oculi de vitro cum capsula! ¡Me habló de ellas cierto fray Giordano que conocí en Pisa! Decía que su invención aún no databa de dos décadas. Pero ya han transcurrido otras dos desde aquella conversación.

-Creo que se inventaron mucho antes -dijo Guillermo-, pero son difíciles de fabricar, y para ello se requieren maestros vidrieros muy expertos. Exigen mucho tiempo y mucho trabajo. Hace diez años un par de estos Viteri ab oculis ad legendum se vendieron en Bolonia por seis sueldos. Hace más de una década el gran maestro Salvirio degli Armatí me regaló un par, y durante todos estos años los he conservado celosamente como si fuesen, como ya lo son, parte de mi propio cuerpo.

-Espero que uno de estos días me los dejéis examinar. No me disgustaría fabricar otros similares -dijo emocionado Nicola.

-Por supuesto -consintió Guillermo-, pero ten en cuenta que el espesor del vidrio debe cambiar según el ojo al que ha de adaptarse, y es necesario probar con muchas de estas lentes hasta escoger la que tenga el espesor adecuado al ojo del paciente.

-¡Qué maravilla! -seguía diciendo Nicola-. Sin embargo, muchos hablarían de brujería y de manipulación diabólica. . .

-Sin duda, puedes hablar de magia en estos casos -admitió Guillermo-. Pero hay dos clases de magia. Hay una magia que es obra del diablo y que se propone destruir al hombre mediante artificios que no es lícito mencionar. Pero hay otra magia que es obra divina, ciencia de Dios que se manifiesta a través de la ciencia del hombre, y que sirve para transformar la naturaleza, y uno de cuyos fines es el de prolongar la misma vida del hombre.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.112

Guillermo anticipa la posibilidad de la mala utilización de la ciencia a propósito del descubrimiento de la pólvora

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En la actualidad se fabrican máquinas prodigiosas, de las que algún día te hablaré, mediante las cuales se puede dirigir verdaderamente el curso de la naturaleza. Pero, ¡ay! si cayesen en manos de hombres que las usaran para extender su poder terrenal y saciar su ansia de posesión. Me han dicho que en Catay un sabio ha mezclado un polvo que, en contacto con el fuego, puede producir un gran estruendo y una gran llama, destruyendo todo lo que está  alrededor, a muchas brazas de distancia. Artificio prodigioso si fuese utilizado para desviar el curso de los ríos o para deshacer la roca cuando hay que roturar nuevas tierras. Pero, ¿y si alguien lo usase para hacer daño a sus enemigos?
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.116

Analizando con Adso el suicidio de Adelmo, Guillermo introduce por primera vez el principio nominalista de la “navaja de Ockham”: no hay que multiplicar los entes sin necesidad.

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-¿Crimen? Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que Adelmo se suicidó.

-¿Por qué lo haría?

-¿Recuerdas esta mañana cuando reparé en el estercolero? Al subir por la vuelta del camino que pasa bajo el torreón oriental había observado signos de un derrumbamiento: o sea que una parte del terreno, más o menos en el sitio donde se acumula el estiércol, estaba derrumbada hasta el pie de dicho torreón. Por eso esta tarde, cuando miramos desde arriba, vimos el estiércol poco cubierto de nieve, o apenas cubierto por la última de ayer, y no por la de los días anteriores. En cuanto al cadáver de Adelmo, el Abad nos ha dicho que estaba destrozado por las rocas, y al pie del torreón oriental los pinos empiezan justo donde acaba la construcción. En cambio, Sí hay rocas en el sitio donde acaba la muralla: forman una especie de escalón desde el que cae el estiércol.

-¿Entonces?

-Entonces piensa si acaso no sería más... ¿cómo decirlo?... menos oneroso para nuestra mente pensar que Adelmo, por razones que aún debemos averiguar, se arrojó sponte sua por el parapeto de la muralla, rebotó en las rocas y ya muerto o herido, se precipitó hacia el montón de estiércol. Después, el huracán de aquella noche provocó un derrumbamiento que arrastró el estiércol, parte del terreno y también el cuerpo del pobrecillo hasta el pie del torreón oriental.

-¿Por qué decís que ésta es una solución menos onerosa para nuestra mente?

-Querido Adso, no conviene multiplicar las explicaciones y las causas mientras no haya estricta necesidad de hacerlo. Si Adelmo cayó desde el torreón oriental es preciso que haya penetrado en la biblioteca, que alguien lo haya golpeado primero para que no opusiese resistencia, que éste haya encontrado la manera de subir con su cuerpo a cuestas hasta la ventana, que la haya abierto y haya arrojado por ella al infeliz. Con mi hipótesis, en cambio, nos basta Adelmo, su voluntad y un derrumbamiento del terreno. Todo se explica utilizando menor número de causas.

-Pero, ¿por qué se habría matado?

-Pero, ¿por qué lo habrían matado? En cualquiera de los dos casos, hay que buscar las razones. Y no me cabe la menor duda de que existen. En el Edificio se respira un aire de reticencia, todos nos ocultan algo. Por de pronto ya hemos recogido algunas insinuaciones, en realidad bastante vagas, acerca de cierta relación extraña que existía entre Adelmo y Berengario. O sea que hemos de vigilar al ayudante del bibliotecario.
Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.128

Traducción

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Domine labia mea aperies et os meum annuntiabit laudem tuam.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.129






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Deus qui est sanctorum splendor mirabilis
Iam lucis orto sidere

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.140



Acertijo de Sinfosio publicado en los Aenigmata, siglo X

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El acertijo se repite insistentemente en todas las bibliografías sobre el asunto, pero no he leído ni una sola interpretación del significado que puede tener.

Quizás se pueda referir a la boca (casa) y a la lengua (huésped) que tiene forma de pez



Est domus in terris clara quae voce resultat;
Ipsa domus resonat, tacitus sed non sonat hospes;
Ambo tamen currunt hospes simul et domus una.

Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.141



Los misterios de la biblioteca

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Finis Africae

-O sea que sabes que las dos personas que han muerto recientemente en circunstancias misteriosas le habían preguntado algo a Berengario -dijo Guillermo.

Bencio respondió incómodo:

-¡No he dicho eso! He dicho qué sucedió aquel día, y porque vos me lo habíais preguntado. . . -Reflexionó un instante y luego añadió deprisa-: Pero si queréis conocer mi opinión, Berengario les habló de algo que hay en la biblioteca. Allí es donde deberíais buscar.

-¿Por qué piensas en la biblioteca? ¿Qué quiso decir Berengario cuando habló de buscar entre los africanos? ¿No quería decir que había que leer mejor a los poetas africanos?

-Quizá , eso pareció decir, pero entonces ¿por qué se pondría tan furioso Malaquías? En el fondo, es él quien decide si debe permitir o no la lectura de un libro de poetas africanos. Pero yo sé algo: al hojear el catálogo de los libros, se encuentra, entre las indicaciones que sólo conoce el bibliotecario, una, muy frecuente, que dice <<África>>, y he encontrado incluso una que decía <>. En cierta ocasión, pedí un libro que llevaba ese signo, no recuerdo cuál, el título había despertado mi curiosidad. Y Malaquías me dijo que los libros que llevaban ese signo se habían perdido. Eso es lo que sé. Por esto os digo: bien, vigilad a Berengario, y vigiladlo cuando sale de la biblioteca. Nunca se sabe.

-Nunca se sabe -concluyó Guillermo despidiéndolo.


Eco, Umberto, El nombre de la rosa, Lumen, 4ª ed., Barcelona, 1983, pág.142

Las dotes de antiguo inquisidor de Guillermo

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