Comentarios sobre Chocolate caliente para el Alma



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Jack Canfield

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Empieza por ti

Las siguientes palabras fueron escritas en la tumba de un obispo anglicano (1100 D.C.) en las criptas de la Abadía de Westminster:


Cuando era joven y libre y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaría, entonces, acorté un poco mis objetivos y decidí cambiar sólo mi país.
Pero también él parecía inamovible.
Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados, pero, por desgracia, no me quedaba ninguno.
Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: Si me hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi familia.
A partir de su inspiración y estímulo, podría haber hecho un bien a mi país y, quién sabe, tal vez incluso habría cambiado el mundo.
Anónimo

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¡Nada más que la verdad!



David Casstevens del Dallas Morning News cuenta una historia sobre Frank Szymanski, un jugador central del equipo de Notre Dame en los años cuarenta, que había sido llamado como testigo para un juicio civil en South Bend.

-¿Está usted en el equipo de fútbol norteamericano de Notre Dame este año? –preguntó el juez.

-Sí, Su Señoría.

-¿En qué posición?

-Centro, Su Señoría.

-¿Cuán bueno es como centro?

Szymanski se agitó en su asiento, pero dijo con firmeza:

-Señor, soy el mejor jugador de centro que ha tenido Notre Dame.

El entrenador Frank Leahy, que estaba en la sala, se sorprendió. Szymanski siempre había sido modesto y retraído. De modo que una vez terminada la audiencia, llevó aparte a Szymanski y le preguntó por qué había hecho esa afirmación. Szymanski se ruborizó.

-Odié hacerlo, entrenador –dijo-. Pero, después de todo, ¡estaba bajo juramento!



Dallas Morning News

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Cubrir todas las bases

Oyeron a un chiquito que hablaba solo mientras caminaba en su patio, con la gorra de béisbol puesta y cargando con la pelota y el bate. “Soy el mejor jugador de béisbol del mundo”, dijo con orgullo. Después arrojó la bola al aire, trató de golpearla y falló. Sin darse por vencido, recogió la pelota, la arrojó al aire y se dijo: “¡Soy el mejor jugador que ha habido hasta ahora!”. Volvió a balancear la pelota y nuevamente falló. Hizo un alto por un momento para examinar con atención el bate y la pelota. Luego, una vez más arrojó la bola al aire y dijo: “Soy el mejor jugador de béisbol que ha habido hasta ahora”. Balanceó el bate con fuerza y nuevamente erró la pelota.

“¡Uauh!”, exclamó. “¡Qué lanzador!”

Fuente desconocida




Un niño pequeño estaba haciendo un dibujo y el maestro le dijo:

Este dibujo es muy interesante. Háblame de él.”

Es una imagen de Dios.”

Pero nadie sabe cómo es Dios.”

Lo sabrán cuando lo termine.”

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Mi declaración de autoestima



Lo que soy bastaría si lo fuera abiertamente.

Carl Rogers

Esto fue escrito en respuesta a la pregunta de una chica de quince años: “¿Cómo puedo prepararme para una vida plena?”

Yo soy yo.

En todo el mundo, no hay nadie exactamente igual a mí. Hay personas que tienen algo parecido a mí pero nadie es igual. Por lo tanto, todo lo que sale de mí es auténticamente mío porque yo sola lo elijo.

Soy dueña de todo lo mío; mi cuerpo, incluido todo lo que hace; mi mente, incluidos mis pensamientos e ideas; mis ojos, incluidas las imágenes de todo lo que perciben; mis sentimientos, sean cuales fueren, rabia, alegría, frustración, amor, decepción, excitación; mi boca y todas las palabras que salen de ella, corteses, dulces o duras, correctas o incorrectas; mi voz, fuerte o suave; y todas mis acciones, se dirijan a otros o a mí misma.

Soy dueña de mis fantasías, de mis sueños, mis esperanzas, mis miedos.

Soy dueña de todos mis éxitos y triunfos, de todos mis errores y fracasos.

Como soy dueña de toda mi persona, puedo conocerme íntimamente. Al hacerlo, puedo amarme y querer todas mis partes. Entonces, puedo hacer que todo en mí trabaje para mi bien.

Sé que hay aspectos míos que me confunden, y otros aspectos que no conozco. Pero si soy cariñosa y buena conmigo, puedo buscar con valentía y esperanza soluciones a los enigmas y formas de saber más sobre mí.

Independientemente de cómo luzca y parezca, diga y haga lo que sea, y piense y sienta lo que sea en determinado momento, siempre soy yo. Esto es auténtico y representa dónde estoy en ese momento del tiempo.

Cuando miro atrás y analizo cómo llegué a lucir y parecer, qué dije e hice y cómo pensé y sentí, algunas partes pueden resultar inadecuadas. Puedo descartar lo inadecuado, conservar lo que resultó adecuado e inventar algo nuevo en lugar de lo que descarté.

Puedo ver, oír, sentir, pensar, decir y hacer. Tengo las herramientas para sobrevivir, para estar cerca de los otros, para ser productiva, para poner orden y armonía en el mundo, en la gente y en las cosas que están fuera de mí.

Soy dueña de mi misma y por lo tanto puedo manejarme.

Soy yo y estoy bien.

Virginia Satir

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La mendiga

Dormía en la Oficina de Correos. Yo la olfateaba antes de dar el rodeo delante de la entrada donde ella dormía, parada, junto a los teléfonos públicos. Olía la orina que se filtraba a través de las capas de su ropa sucia y la putrefacción de su boca casi desdentada. Si no dormía, farfullaba incoherencias.

Ahora, cierran la oficina de correos a las seis para dejar afuera a los sin techo, de modo que se acurruca en la vereda y habla sola, abriendo la boca como si la tuviera desencajada y la suave brisa disminuye sus olores.

Un día de Acción de Gracias había sobrado mucha comida, la envolví, me disculpé con los demás y fui hasta la Calle Quinta, donde se encuentra la Oficina de Correos.

Era una noche helada. Las hojas se arremolinaban en las calles, en las que no había casi nadie afuera, excepto los más infortunados que buscaban alguna casa o refugio cálido. Pero sabía que la encontraría.

Estaba vestida como siempre, aun en verano: con las capas calientes de lana que ocultaban su cuerpo viejo y vencido. Sus manos sostenían con fuerza el valioso carrito de compras. Estaba apoyada contra un cerco de alambre del campo de juego que está junto al Correo. “¿Por qué no elegirá algún lugar más protegido del viento?” pensé, y supuse que estaba tan loca que carecía de la lógica de acurrucarse en un portal.

Acerqué mi auto brillante al cordón, bajé la ventanilla y dije, “Madre, quiere...” y me quedé helado con la palabra... “Madre”. Pero ella lo era... lo es... de una manera que no llego a captar.

Dije otra vez: “Madre, le traje comida. ¿Quiere un poco de pavo relleno y pastel de manzana?”

Al oír esto, la anciana me miró y dijo con toda claridad, pese a los dos dientes flojos que se movían mientras hablaba: “Oh, muchas gracias, pero ahora estoy satisfecha. ¿Por qué no se lo lleva a alguien que lo necesite?”. Sus palabras eran claras, sus modales graciosos. Entonces, me despidió: su cabeza volvió a hundirse entre los harapos.

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