Criticamente subversiva



Descargar 91.2 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión29.01.2017
Tamaño91.2 Kb.
  1   2   3
CRITICAMENTE SUBVERSIVA

Judith Butler


(Texto transcrito de Mérida Jiménez, Rafael (ed.), Sexualidades Transgresoras. Una antología de estudios queer, Editorial Icaria, Barcelona, 2002, pp. 55-79. Publicado originalmente como “Critical queer”, en CLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies, 1 (1993).


El discurso no es la vida; su tiempo no es vuestro.

Michel Foucault

“La política y el estudio del discurso”

Las recientes reflexiones críticas de Eve Sedgwick sobre la performatividad1 queer nos invitan a considerar no sólo la manera en que una determinada teoría de los actos linguísticos puede aplicarse a las prácticas queer, sino también cómo es posible que tales prácticas persistan como un momento definitorio de la performatividad2. El lugar central que ocupa la ceremonia nupcial en los ejemplos sobre la performatividad de J.L. Austin sugiere que la heterosexualización del vínculo social es el paradigma de aquellos actos linguísticos que llevan a cabo o realizan aquello que enuncian3. “Yo os declaro …” hace efectiva la relación que designa. ¿Pero dónde y cuándo lo performativo adquiere ese poder? ¿Y qué le ocurre a esa performatividad cuando su propósito es precisamente el de anular el presunto poder de la ceremonia heterosexual?

Los actos performativos son modalidades de discurso autoritario: la mayoría de ellos, por ejemplo, son afirmaciones que, al enunciarse, también encarnan una acción y ejercen un poder vinculante4. Al estar involucrados en una red de autorizaciones y castigos, los actos performativos suelen incluir sentencias legales, bautismos, inauguraciones, declaraciones de propiedad y afirmaciones que no sólo llevan a cabo una acción, sino que también otorgan un poder vinculante. El poder que tiene el discurso para realizar aquello que nombra está relacionado con la performatividad y, en consecuencia, la convierte en un ámbito en donde el poder actúa como discurso.

Cabe recalcar que no existe un poder entendido como sujeto que actúe, sino solamente un actuar reiterado que es poder en tanto que es persistente e inestable. No se trata tanto de un “acto” singular y deliberado como de la unión del poder y del discurso que repite o imita sus gestos discursivos. Así pues, el juez que autoriza y legitima la situación que enuncia (lo llamaremos “él” para así representar un modelo de autoridad masculinista) cita invariablemente la ley que él mismo aplica. El poder de esa cita otorga a la expresión performativa un poder vinculante y consentido. Si bien puede parecer que el poder vinculante de las palabras del juez proviene de la fuerza de voluntad de éste o de una autoridad superior a la suya, ocurre todo lo contrario. Es mediante la cita de la norma que se produce la representación de la “voluntad” del juez y que se establece la “prioridad” de la autoridad textual5. En efecto, es mediante la invocación de la convención por parte del juez que el acto lingüístico obtiene un poder vinculante. Tal poder no se halla ni en el sujeto-juez ni en su voluntad, sino en el legado de citas mediante las cuales un “acto” contemporáneo emerge en el contexto de una cadena de convenciones vinculantes.

Donde existe un “yo” que enuncia o habla produciendo así un efecto en el discurso, existe de antemano un discurso que precede y posibilita ese “yo”. Este discurso constituye en el lenguaje la trayectoria obligada de la voluntad del “yo”. Por lo tanto no hay un “yo” tras el discurso; no hay un yo que exprese una elección o ejerza su voluntad mediante el discurso. Al contrario, ese “yo” solamente empieza a existir a partir del momento en que se le llama, se le nombra y se le interpela (para usar el término de Althusser), y esta construcción discursiva tiene lugar con anterioridad al “yo”; es la invocación transitiva del “yo”. De hecho, yo puedo decir “yo” tan sólo cuando alguien se ha referido a mí, activando así mi lugar en el discurso. Paradójicamente, la condición discursiva de reconocimiento social precede y condiciona la formación del sujeto: no se confiere reconocimiento al sujeto, sino que ese reconocimietno construye el sujeto. Asimismo, la imposibilidad de reconocer plenamente, es decir, de habitar en su totalidad el nombre que inaugura y activa la propia identidad social implica la inestabilidad y la insuficiencia de la formación del sujeto. El “yo” es, por tanto, una cita del lugar del “yo” en el discurso. Este lugar es anterior y anónimo con respecto a la vida que alienta: posibilita la revisión de un nombre que me precede y que me sobrepasa, pero sin el cual no puedo hablar.
Una molestia invertida
El término queer surge como una interpelación que plantea la cuestión de la fuerza y de la oposición, de la estabilidad y la variabilidad en el seno de la performatividad. Este término ha operado como una práctica lingüística cuyo propósito ha sido el de la degradación del sujeto al que se refiere o, más bien, la constitución de ese sujeto mediante ese apelativo degradante. Queer adquiere todo su poder precisamente a través de la invocación reiterada que lo relaciona con acusaciones, patologías e insultos. Se trata de una invocación a través de la cual se ha ido estableciendo un vínculo entre comunidades homofóbicas. Esta interpelación se hace eco de otras interpelaciones pasadas y una a todos los hablantes como si éstos hablaran al unísono a través del tiempo. Se trata de un coro imaginario que increpa “¡marica!”.¿Hasta qué punto, entonces, ha intervenido el performativo queer, codo con codo con el “yo os declaro”, como una deformación de lo performativo de la ceremonia nupcial? Si la expresión performativa actúa como ratificación que efectúa la heterosexualización del enlace social, quizás también entra en juego precisamente como el tabú degradante que “convierte en raros” a todos aquellos que se resisten o que se oponen al orden social, así como también a aquellos que lo ocupan sin el consenso social hegemónico.

A propósito de lo anterior, recordemos que las reiteraciones no son simplemente réplicas. Y el “acto” mediante el cual un nombre autoriza o desautoriza un conjunto de relaciones sociales es, necesariamente, una repetición. Por el momento, citaré a Derrida:


Un enunciado performativo ¿podría ser un éxito si su formulación no repitiera un enunciado “codificado” o iterable, en otras palabras, si la fórmula que enuncio para abrir una sesión, botar un barco o proclamar un matrimonio no fuera identificable como conforme a un modelo iterable, si por lo tanto no fuera identificable de alguna manera como “cita”? En esta tipología, la categoría de intención no desaparecerá, tendrá su lugar, pero desde ese lugar no podrá ya gobernar toda la escena y todo el sistema de enunciación” (pag. 18)
Si un enunciado performativo tiene éxito eventualmente (y me refiero al “éxito” como algo única y exclusivamente eventual), no se debe al hecho de que una intención gobierne con éxito la acción del discurso, sino a que esa acción es el eco de una acción anterior y acumula el poder de la autoridad a través de la repetición o cita de un conjunto de prácticas autoritarias precedentes. Esto significa, por consiguiente, que un enunciado performativo “funciona” hasta el punto de que encubre y recurre a las convenciones constitutivas que lo activan. En este sentido, no hay término o afirmación que pueda intervenir de manera performativa sin la historicidad del poder, una historicidad que se acumula y que se oculta.

Esta teoría de la performatividad implica que el discurso tiene una historia6 que no solamente precede sino que condiciona sus usos contemporáneos, y que esta historia, por su parte, descentraliza la idea presentista del sujeto como origen y como propietario de aquello que dice7. Desde esta perspectiva, los términos que no obstante reivindicamos, y a través de los cuales insistimos en politizar la identidad y el deseo, a menudo requieren una inversión respecto a esta historicidad constitutiva. En consecuencia, todos aquellos que hemos puesto en duda las premisas presentistas de las categorías contemporáneas de la identidad somos acusados de despolitizar la teoría. Y, sin embargo, si la crítica genealógica del sujeto consiste en cuestionar las relaciones de poder excluyentes y constitutivas mediante las cuales se forman los fundamentos de los discursos contemporáneos, resulta que la crítica del sujeto queer es fundamental para la democratización constante de las políticas queer. Si bien es cierto que necesitamos términos identitarios, y debemos defender el “salir del armario”, estas nociones deben someterse a una crítica de las operaciones excluyentes de su propia producción: ¿quiénes han tenido la oportunidad histórica de “salir” y se lo han podido permitir?, ¿a quién representa y a quién excluye el término y con qué acepción?, ¿acaso tiene la reivindicación universal del término “salir del armario” una connotación de clase que no está explícita?, ¿para quién presenta el término un conflicto insoluble entre afiliación racial, étnica o religiosa y política sexual?, ¿cuáles son los usos determinados del término que autorizan ciertas políticas y que suprimen o dejan a otras en un segundo plano? ¿cuáles son esas políticas? En este sentido, la crítica genealógica del sujeto queer será fundamental para la política queer en la medida en que constituye una dimensión autocrítica dentro del activismo, un llamamiento constante a que tengamos en cuenta el poder excluyente de una de las premisas contemporáneas más preciadas del activismo.

Si bien es necesario hacer reivindicaciones políticas recurriendo a las categorías de identidad y exigir el poder de nombrarse a uno mismo y de determinar las condiciones bajo las cuales se usa nuestro nombre, es también imposible mantener ese tipo de dominio sobre la trayectoria de esas categorías dentro del discurso. No pretendo poner en entredicho el uso de las categorías de identidad, pero cabe recordar el riesgo que comportan estas prácticas. La expectativa de autodeterminación que suscita la autodeterminación diverge paradójicamente de la historicidad del término, puesto que la historia de los usos del mismo nunca se ha podido controlar. Sin embargo, esta historia delimita el uso de lo que ahora es símbolo de autonomía. Los futuros intentos de utilización del término en contra de sus usos actuales sobrepasarán el control de aquellos que quieren determinar el curso de los términos en el presente.

Si la palabra queer debe ser un lugar de contienda colectiva, un punto de partida para una serie de reflexiones históricas e imágenes futuras, deberá permanecer ese término que, en la actualidad, nadie posee del todo, y que debe ser constantemente resistematizado, distorsionado, desviado de usos anteriores y dirigido hacia apremiantes objetivos políticos en expansión. Quizás también deberá ser abandonado en favor de términos que lleven a cabo la acción política de manera más efectiva. Ese abandono sea tal vez necesario para poder acomodar, sin domesticarlas, las críticas democratizantes que han reconfigurado y reconfigurarán los contornos del movimiento de una forma que todavía no podemos prever con exactitud.

Puede ocurrir que la presunción de autonomía que se halla en la idea de autodeterminación sea el paradigma de la presunción presentista. Me refiero al convencimiento de que hay alguien que llega al mundo, al discurso, sin una historia y que ese alguien se constituye a sí mismo dentro de la magia del nombre y a través de esta magia. Se trata de la confianza en que el lenguaje expresa una “voluntad” y una “elección” en lugar de una compleja y constitutiva historia del discurso y del poder, la cual conforma los recursos invariablemente ambiguos a través de los cuales se forja y se reelabora una capacidad de actuar que es queer y nos hace queer. Por lo tanto, replantear la intervención queer en esta cadena de historicidad significa entonces reconocer un conjunto de coerciones sobre el pasado y sobre el futuro que inmediatamente delimitan tanto la capacidad de actuación como aquellas condiciones que más la posibilitan.

A pesar de ser un término amplio, queer se utiliza de tal forma que fortalece una serie de divisiones que se solapan. En algunos contextos, se refiere a una generación de jóvenes que se resiste a las políticas más institucionalizadas y reformistas que designan los términos “lesbiana” y “gay”; en otros ámbitos, a veces los mismos, ha designado un movimiento compuesto predominantemente por blancos que no ha abordado del todo la manera en que queer entra –o no entra- en juego dentro de las comunidades no blancas. Mientras que en algunas instancias el vocablo ha movilizado el activismo lesbiano (Smyth), en otras representa una falsa unidad entre hombres y mujeres. De hecho, podría ocurrir que la crítica del término haga resurgir movilizaciones tanto feministas como antirracistas en el seno de las políticas gays y lesbianas, o que abra nuevas posibilidades de coaliciones que no dan por sentado que estos grupos sean radicalmente diferentes unos de otros. El término se modificará, se descartará o se considerará obsoleto hasta que ceda a las instancias que se resisten al mismo, precisamente a causa de las exclusiones que lo activan.

Así como no nos sentimos responsables de aquellas palabras que tienen una carga socialmente ofensiva, no podemos tampoco crear de la nada los términos políticos que representen nuestra “libertad”. Y, sin embargo, no deja de ser necesario elaborarlos y volverlos a elaborar en el seno del discurso político.

En este sentido, sigue siendo necesario desde el punto de vista político reivindicar palabras como “mujeres”, “marica”, “gay” y “lesbiana”, precisamente en virtud de cómo éstas, por así decirlo, nos definen antes de que tengamos plena conciencia de ello. La reivindicación de estos términos a la inversa será necesaria para refutar usos homofóbicos de los mismos en los ámbitos de la ley, las políticas sociales, la calle y la vida “privada”. Pero la necesidad de activar “el error necesario” de la identidad (según la terminología de Spivak) siempre entrará en conflicto con la crítica democrática del vocablo que interviene en contra de sus usos en regímenes discursivos racistas y misóginos. Si las políticas queer son independientes de estas otras modalidades de poder, perderán toda su fuerza democratizante. La deconstrucción política de lo “invertido” no debería paralizar el uso de estos términos. Sería ideal que extendiera sus límites para así ayudarnos a considerar a qué precio y con qué objetivo se utilizan, y mediante qué relaciones de poder se han forjado esas categorías.

Una reciente teoría sobre la raza ha subrayado que “raza” se ha usado al servicio del “racismo” y ha propuesto una investigación con una base política sobre el proceso de racialización, la formación de la raza (Omi y Winant 1986; Appiah 1986; Guillaumin 1988; Lloyd 1991). Dicha investigación no suprime o prohibe el término, aunque sí insiste en que indagar en la formación del concepto va estrictamente ligado al problema contemporáneo de entender qué es lo que esta palabra puede desencadenar. Esta reflexión sirve también para los estudios queer, de manera que “queering” puede indicar una investigación sobre: a) la formación de las homosexualidades (una investigación histórica que no puede dar por supuesta la estabilidad del término, a pesar de las presiones políticas que existen en ese sentido) y b) el poder deformativo y distorsionador que la expresión posee en la actualidad. En el centro de esta historia se hallará la formación diferencial de la homosexualidad más allá de las esferas raciales, incluyendo las formas en que las relaciones raciales y reproductivas se articulan mutuamente.

Si afirmamos que la identidad es un error necesario, entonces también podemos decir que queer es sin duda necesario, pero esa afirmación describirá solamente una parte de la “política”. Es igualmente necesario, y quizás también igualmente posible, afirmar la contingencia del término: dejar que lo conquisten aquellos que son excluidos por el mismo, pero que con toda legitimidad esperan poder ser representados por él; dejar que adquiera significados que ahora mismo no puede vaticinar una joven generación cuyo vocabulario político puede tener implicaciones muy diferentes. En efecto, la palabra queer en sí misma ha sido precisamente una representación discursiva del activismo de las lesbianas y los gays más jóvenes y, en otros contextos, de algunas intervenciones de las lesbianas, e incluso en otros ámbitos, de las reivindicaciones de aquellas personas bisexuales y heterosexuales para quienes el vocablo representa una afiliación con las políticas antihomofóbicas. El hecho de que queer pueda convertirse en un emplazamiento discursivo cuyos usos no están totalmente predeterminados debería ser una de las características a salvaguardar no sólo para poder continuar democratizando las políticas queer, sino también para exponer, afirmar y reelaborar la historicidad específica del término.


La performatividad del género y el drag8
¿De qué manera, si es que existe alguna, se relaciona la noción de resignificación discursiva con la noción de parodia o imitación del género sexual? Si el género no es más que un efecto mimético, ¿es éste una elección o un artificio que podemos intercambiar? Si no es un efecto mimético, ¿cómo es posible que la lectura de Gender Trouble diera pie a que se interpretara como tal? Este malentendido se debe por lo menos a dos motivos. Yo ocasioné el primero al citar el drag como ejemplo de la performatividad (lo cual algunos leyeron como modelo, es decir, como el ejemplo por excelencia de la performatividad). El otro motivo tiene que ver con las necesidades políticas de un movimiento queer en creciente desarrollo dentro del cual la difusión de la mediación teatral ha cobrado una importancia fundamental9.

El malentendido sobre la performatividad del género es el siguiente: que el género es una elección, un rol, o una construcción que uno se enfunda al igual que se viste cada mañana. Se asume, por lo tanto, que hay un “alguien” que precede a este género, alguien que va al guardarropa del género y deliberadamente decide de qué género va a ser ese día. Esta es una explicación voluntarista del género sexual que presupone un sujeto intacto previo a la asunción del género. El significado de la performatividad del género que yo quería transmitir es bastante diferente.

El género es performativo puesto que es el efecto de un régimen que regula las diferencias de género. En dicho régimen los géneros se dividen y se jerarquizan de forma coercitiva. Las reglas sociales, tabúes, prohibiciones y amenazas punitivas actúan a través de la repetición ritualizada de las normas. Esta repetición constituye el escenario temporal de la construcción y la desestabilización del género. No hay sujeto que preceda y realice esta repetición de las normas. Dado que ésta crea un efecto de uniformidad genérica, un efecto estable de masculinidad o feminidad, también produce y desmantela la noción del sujeto, pues dicho sujeto solamente puede entenderse mediante la matriz del género. De hecho, podemos construir la repetición como aquello que desmantela la presunción del dominio voluntarista que designa al sujeto en el lenguaje10.

No hay sujeto que sea “libre” de eludir estas normas o de examinarlas a distancia. Al contrario, estas normas constituyen al sujeto de manera retroactiva, mediante su repetición; el sujeto es precisamente el efecto de esa repetición. Lo que podríamos llamar “capacidad de actuación”, “libertad” o “posibilidad” es siempre una prerrogativa política producida por las brechas que se abren en esas normas reguladoras, en el proceso de interpelación de esas normas y en el de su autorrepetición. La libertad, la posibilidad y la capacidad de actuación no son de índole abstracta y no preceden a lo social, sino que siempre se establecen dentro de una matriz de relaciones de poder.

La performatividad del género sexual no consiste en elegir de qué género seremos hoy. Performatividad es reiterar o repetir las normas mediante las cuales nos constituimos: no se trata de una fabricación radical de un sujeto sexuado genéricamente. Es una repetición obligatoria de normas anteriores que constituyen al sujeto, normas que no se pueden descartar por voluntad propia. Son normas que configuran, animan y delimitan al sujeto de género y que son también los recursos a partir de los cuales se forja la resistencia, la subversión y el desplazamiento. El procedimiento mediante el cual se actualizan las reglas y se atribuye a un cuerpo un género u otro es un procedimiento obligatorio, una producción forzada, pero no es por ello completamente determinante. En tanto que el género es una atribución, se trata de una atribución que no se lleva a cabo plenamente de acuerdo con las expectativas, cuyo destinatario nunca habita del todo ese ideal al que está obligado a aproximarse.

Esta incapacidad de acercarse a la norma, no obstante, no es lo mismo que la subversión de la norma. No hay ninguna promesa de que la reiteración de las normas constitutivas vaya a propiciar la subversión; no hay garantía de que la exposición del carácter naturalizado de la heterosexualidad propiciará la subversión. La heterosexualidad puede aumentar su hegemonía mediante su desnaturalización, y así ocurre cuando vemos parodias desnaturalizadoras que vuelven a idealizar las normas heterosexuales sin cuestionarlas. Pero, en ocasiones, el mismo término que nos podría aniquilar se convierte en un espacio de resistencia, en la posibilidad de una significación social y política efectiva: creo que hemos presenciado este proceso muy claramente en la sorprendente modificación experimentada por el significado de la palabra queer. A mi entender, esta alteración representa la ejecución de una prohibición y de un proceso destructivo en contra del término mismo que genera un orden de valores alternativos y una afirmación política, que ocurre precisamente desde y a través de la misma expresión cuyos usos anteriores tenía como objetivo final la erradicación de dicha afirmación.

Puede parecer, sin embargo, que existe una diferencia entre la encarnación o actuación de las normas de género sexual y el uso performativo del lenguaje. ¿Se trata de dos sentidos distintos de la “performatividad”, o de dos modalidades de citabilidad que convergen y en las cuales el carácter obligatorio de ciertos imperativos sociales pasa a estar sujeto a una desestabilización más prometedora? Las normas de género operan exigiendo la encarnación de ciertos ideales de feminidad y masculinidad, que van casi siempre ligados a la idealización de la unión heterosexual. En este sentido, el enunciado performativo iniciador “¡Es niña!” anticipa la sanción: “Yo os declaro marido y mujer”. De aquí, también, el placer característico de la tira de cómic en la cual se interpela por primera vez al bebé de la siguiente manera: “¡Es lesbiana!”. Lejos de ser una broma esencialista, la apropiación queer de la expresión performativa imita y expone tanto el poder vinculante de la ley heterosexualizadora como su expropiación.

Puesto que dar nombre a la “niña” es transitivo e inicia el proceso por el cual se impone una cierta “feminización”, el término, o mejor dicho, su poder simbólico gobierna la formación de una feminidad que toma forma en el cuerpo y que nunca se aproxima del todo a la norma. Se trata siempre de una “niña” que, en cualquier caso, está obligada a “citar” la norma para así convertirse en un sujeto normativo y aceptable. La feminidad no es, en consecuencia, el producto de una elección, sino la cita forzosa de una norma cuya compleja historicidad es inseparable de las relaciones de disciplina, regulación y castigo. En efecto, no hay nadie que escoja una norma de género. Al contrario, esta cita de las reglas genéricas es necesaria para que tengamos derecho a ser “alguien”, para que lleguemos a ser un posible “alguien”: en esta cita la formación del sujeto depende de la operación previa de legitimación de las normas de género.

El concepto de performatividad de género debe ser reconsiderado como una norma que exige una determinada “cita” para que pueda producir un sujeto aceptable. Y es precisamente en relación con esta citabilidad obligada que explicaremos la teatralidad del género. La teatralidad no debe identificarse necesariamente con la exhibición o la autocreación. Dentro de la política queer y en el seno de lo que entendemos por queer, podemos detectar, de hecho, una práctica resignificadora que se apropia del poder desautorizador de la palabra queer para refutar los términos de la legitimidad sexual. Paradójicamente, aunque también de manera esperanzadora, el sujeto que se ha “vuelto queer” en el discurso público mediante diversos apelativos homofóbicos, toma o cita ese mismo término como base de su oposición. Esta modalidad de cita parecerá teatral debido a que imita e hiperboliza la convención discursiva que también invierte. El gesto hiperbólico es fundamental a la hora de exponer la “ley” homofóbica que ya no puede controlar los términos de sus propias estrategias de abyección.

Soy del parecer que es imposible contraponer lo teatral a lo político en las políticas queer actuales: la performance hiperbólica de la muerte en las prácticas del die-in11, el outness12 teatral con el cual el activismo homosexual ha infringido la rígida distinción entre el espacio público y el espacio privado han hecho proliferar escenarios de politización y concienciación sobre el sida en el ámbito público. Podemos citar, por ejemplo, muchos casos en los que la creciente politización de la teatralidad interpreta un papel fundamental para los queer (más importante, diría yo, que la insistencia en las dos esferas como polos opuestos dentro del ámbito queer). Entre estos ejemplos se incluyen la tradición del travestismo, de los bailes drag, del callejeo, de los espectáculos butch-femme, y del deslizamiento entre la “marcha” (Nueva York) y el desfile (San Francisco)13. También podemos incluir los die-ins de ACT UP, los kissins de “Queer Nation”,14 y las representaciones drag en beneficio de la lucha anti-sida (entre ellos incluiría tanto el de Lypsinka como el de Liza Minelli en el que, finalmente, interpreta a Judy Garland)15; la convergencia del trabajo y el activismo teatral16; la representación de una sexualidad lesbiana excesiva y de una iconografía que se opone de manera efectiva a la desexualización de las lesbianas, y las interrupciones tácticas de actos públicos por parte de los gays y las lesbianas con el fin de lograr la atención pública y denunciar la falta de financiación gubernamental destinada a la investigación sobre el sida y su expansión.

La creciente teatralización de la ira política como respuesta a la indiferencia de los responsables políticos respecto al tema del sida se convierte en una alegoría mediante la recontextualización de lo queer desde el lugar que ocupa dentro de una estrategia homofóbica de abyección y de aniquilación. Esta teatralización insiste en disociar públicamente ese apelativo de cualquier connotación de vergüenza. Esta vergüenza no es sólo la consecuencia del estigma del sida, sino también del estigma de todo lo que es queer. Lo queer se entiende a través de causalidades homofóbicas como el “motivo” y la “manifestación” de la enfermedad, y la ira teatral o histriónica es parte de la resistencia pública a dicho apelativo ignominioso. Surgida a raíz de las injurias homofóbicas, la teatralización de la ira reitera esas ofensas precisamente a través de un acting out17 que no se limita a repetirlas o a recitarlas, sino que escenifica de manera hiperbólica la muerte y el comportamiento ofensivo para así oponer una resistencia epistémica al sida y a las imágenes de sufrimiento; o escenifica de manera hiperbólica el beso para así romper con la ceguera epistémica ante una homosexualidad cada vez más explícita y pública.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal