Cuentos completos 1 aquí yace el wub



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LOS INFINITOS

—No me gusta —dijo el mayor Crispin Eller. Miró por la tronera y frunció el ceño—. Un asteroide rico en agua, de temperatura moderada, atmósfera similar a la de la Tierra, mezcla de oxígeno y nitrógeno...

—Y sin vida —concluyó Harrison Blake, el segundo de a bordo. Se inclinó a mirar junto a Eller—. Sin vida, pero con condiciones ideales. Aire, agua, buena temperatura. ¿Por qué?

Se miraron. La llana y estéril superficie del asteroide se extendía bajo el casco del crucero, el X-43y. La nave se hallaba muy lejos de su punto de origen, en mitad de la galaxia. La rivalidad con el triunvirato Marte-Júpiter-Venus había obligado a la Tierra a explorar y analizar cada pedazo de roca de la galaxia, con la idea de reclamar posteriormente concesiones mineras. El X-43y había plantado la bandera azul y blanca durante casi un año. Los tres miembros de la tripulación se habían hecho acreedores a un descanso, unas vacaciones en la Tierra, y la oportunidad de dilapidar la paga acumulada. Las minúsculas naves de prospección llevaban una existencia azarosa; se abrían camino en la accidentada periferia del sistema, manteniéndose al margen de enjambres de meteoros, nubes de bacterias que roían el metal de los cascos, piratas del espacio, imperios diminutos edificados sobre lejanos planetoides artificiales...

—¡Mira! —dijo Eller, golpeando con furia el vidrio de la tronera—. Condiciones perfectas para la vida. Sin embargo, no se ve nada, sólo piedras.

—Quizá sea un mero accidente —aventuró Blake, encogiéndose de hombros.

—Ya sabes que no existe un lugar en el que las bacterias no se multipliquen. Debe existir alguna razón que impida la fertilidad del asteroide. Tengo la impresión de que algo falla.

—¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer? —Blake sonrió sin ganas—. Tú eres el capitán. Según nuestras instrucciones, hemos de aterrizar y trazar un mapa de todos los asteroides que encontremos con un diámetro superior a la clase D. Éste es de clase C. ¿Procedemos así?

Eller vaciló.

—No me gusta. Desconocemos si ahí afuera existe algún peligro. Tal vez...

—¿Prefieres volver a la Tierra? —preguntó Blake—. Piensa que nadie se enteraría de que hemos despreciado este último pedazo de roca. Yo, al menos, no se lo diría, Eller.

—¡No es eso! Soy responsable de nuestra seguridad, y basta. Eres tú el que intenta hacernos regresar a la Tierra. —Eller miró por la tronera—. Si consiguiéramos averiguar algo...

—suelta a los hámsters y veamos qué ocurre. Al cabo de un rato sabremos a qué atenernos.

—Me arrepiento incluso de haber aterrizado.

Blake hizo una mueca de desdén.

—A medida que se acerca el momento de volver a casa adoptas más precauciones.

Eller contempló de mala gana la grisácea extensión rocosa y el movimiento pausado de las aguas. Agua y rocas, algunas nubes, buena temperatura. Un lugar ideal para vivir, pero carente de vida. La roca era pulida, absolutamente estéril, sin ningún tipo de vegetación. El espectroscopio no mostraba nada, ni siquiera seres acuáticos unicelulares, ni el típico liquen de color pardo que crecía en las rocas de casi toda la galaxia.

—Muy bien —se decidió Eller—. Abre una esclusa. Le diré a Silv que suelte a los hámsters.

Marcó el número del laboratorio en el intercomunicador, Silvia Simmons estaba trabajando en el interior de la nave, rodeada de retomas y aparatos de análisis.

—¿Silv? —dijo Eller.

Los rasgos de Silvia se formaron en la pantalla.

—¿Sí?

—Deja que los hámsters salgan un rato de la nave, alrededor de media hora. Con correa y collares, por supuesto. Me preocupa este asteroide. Quizá encontremos sustancias venenosas o fosos radiactivos. Cuando los hámsters regresen, somételes a un riguroso examen. No dejes nada al azar.



—De acuerdo, Cris —sonrió Silvia—. Ojalá pudiéramos salir a estirar las piernas.

—Dame los resultados de las pruebas lo más pronto posible. —Eller cortó la comunicación y se giró hacia Blake—. Imagino que estarás satisfecho. Los hámsters saldrán dentro de un momento.

—Estaré satisfecho cuando estemos de regreso en la Tierra. Un viaje contigo como capitán es más de lo que puedo soportar.

Eller meneó la cabeza.

—Me extraña que trece años en el Servicio no te hayan enseñado a controlarte mejor. Sospecho que nunca les perdonarás que no te concedieran los galones.

—Escucha, Eller, tengo diez años más que tú. Me alisté cuando eras un chiquillo. Para mí no eres más que un petimetre insignificante. La próxima vez...

—¡Cris!

Eller se volvió al instante. La pantalla estaba iluminada de nuevo. El rostro de Silvia aparecía contraído por el pánico.



—¿Qué ocurre?

—Cris, cuando fui a las jaulas encontré a los hámsters... catalépticos, estirados, absolutamente rígidos. Todos estaban inmóviles. Temo que algo...

—Blake, despeguemos —dijo Eller.

—¿Qué? —murmuró Blake, confuso—. ¿Vamos a...?

—¡Despega! ¡Rápido! —Eller se precipitó al tablero de control—. ¡Hay que salir de aquí!

Blake se le acercó.

—Algo... —empezó, pero se interrumpió de súbito, como si le faltara el aire.

Dejó caer la mandíbula y sus ojos se pusieron vidriosos. Se desplomó como un saco, lentamente, sobre el bruñido suelo metálico. Eller abrió los ojos de par en par, aturdido. Por fin, se recobró de la sorpresa y corrió hacia los controles. Al instante, una hoguera se encendió en el interior de su cabeza. Miles de chispas brotaron ante sus ojos y le cegaron. Se tambaleó y tanteó en busca de los controles. Cuando la oscuridad se cerraba sobre él, sus dedos aferraron el elevador automático.

Tiró con todas sus fuerzas. Después, la paralizante oscuridad le rodeó por completo. Ni siquiera notó la caída contra el suelo.

Los mandos automáticos consiguieron que la nave despegara. Pero nadie se movió en el interior.


Eller abrió los ojos. Un profundo y doloroso latido laceraba su cabeza. Se incorporó a duras penas, agarrándose a la barandilla. Harrison Blake estaba recobrando el sentido. Gemía y trataba de levantarse, el rostro amarillento, los ojos inyectados en sangre y los labios salpicados de espuma. Contempló a Cris Eller y se frotó la frente vigorosamente.

—Ánimo —le dijo Eller, ayudándole a ponerse en pie.

Blake se sentó en una butaca.

—Gracias. —Agitó la cabeza—. ¿Qué..., qué ha pasado?

—No lo sé. Voy al laboratorio para ver si Silv se encuentra bien.

—¿Quieres que te acompañe? —murmuró Blake.

—No, descansa. No fuerces el corazón, ¿entiendes? Muévete lo menos posible.

Blake asintió con un gesto. Eller atravesó con paso inseguro la sala de control en dirección al pasillo. Bajó en el ascensor. Un momento después entró en el laboratorio.

Silvia se había derrumbado sobre una de las mesas, rígida e inmóvil.

—¡Silv! —Eller la cogió por los hombros y la agitó. Su piel estaba fría y dura—. ¡Silv!

La joven se movió un poco.

—¡Despierta!

Eller sacó un tubo estimulante del botiquín. Rompió el tubo y lo agitó ante el rostro de Silvia, que gimió.

—¿Cris? —musitó Silvia—. ¿Eres tú? ¿Qué..., qué ha pasado? ¿Todo va bien? —Alzó la cabeza y parpadeó—. Estaba hablando contigo por el videófono. Me acerqué a la mesa, y de pronto...

—Todo va bien. —Eller frunció el ceño, sumido en sus pensamientos, con la cabeza apoyada en el hombro de la muchacha—. ¿Qué habrá pasado? ¿Alguna emanación radiactiva del asteroide? —consultó su reloj—. ¡Santo Dios!

—¿Qué ocurre? —Silvia se incorporó y se echó el pelo hacia atrás—. ¿Qué pasa, Cris?

—Hemos estado inconscientes dos días —pronunció poco a poco Cris, con la vista clavada en el reloj. Se llevó la mano a la barbilla—. Bueno, esto explica el crecimiento de mi barba.

—Bueno, pero todo va bien ahora, ¿verdad? —Silvia señaló a los hámsters—. Mira... Ya se mueven.

—Vamos —Eller la cogió de la mano—, subamos y hablemos los tres. Vamos a examinar todos los mandos de la nave. Quiero saber lo que ha sucedido.
Blake frunció el ceño.

—De acuerdo, me equivoqué. Nunca debimos aterrizar.

—Aparentemente, la radiación provino del centro del asteroide. —Eller trazó una línea sobre el gráfico—. Aquí tenemos una brusca ondulación que muere en seguida: una especie de onda rítmica que asciende desde el corazón del asteroide.

—Si no hubiéramos salido al espacio, nos habría golpeado una segunda ola —indicó Silvia.

—Los instrumentos registraron una ola posterior catorce horas después. Parece que el asteroide tiene un depósito mineral que late con regularidad, arrojando radiaciones a intervalos fijos. Observa la brevedad de la onda, muy similar a la de los rayos cósmicos.

—Pero lo bastante diferente como para penetrar nuestra pantalla.

—Exacto. Nos alcanza de pleno. —Eller se reclinó en su butaca—. Esto explica la ausencia de vida en el asteroide. Las bacterias serían barridas por la primera oleada. Nada podría sobrevivir.

—Cris —dijo Silvia.

—¿Sí?

—Cris, ¿crees que la radiación nos habrá afectado? ¿Estamos fuera de peligro? ¿O...?



—No estoy seguro. Mira. —le pasó un gráfico trazado en rojo—. Observa que, a pesar de que nuestros sistemas vasculares se han recobrado del todo, nuestras respuestas nerviosas aún no son las mismas. Se ha producido una alteración.

—¿De qué tipo?

—No lo sé. No soy neurólogo. Distingo diferencias en los gráficos de las pruebas efectuadas hace uno o dos meses, pero ignoro lo que significan.

—¿Piensas que es grave?

—El tiempo lo dirá. Nuestro organismo padeció una intensa oleada de una radiación desconocida durante diez horas. No puedo pronosticar las posibles lesiones permanentes, aunque me siento estupendamente en este momento. ¿Y vosotros?

—Bien —dijo Silvia. Contempló por la tronera el vacío tenebroso del espacio, los infinitos fragmentos de luz que tachonaban la inmensa negrura—. Bien, en cualquier caso vamos de regreso a la Tierra. Me alegra volver a casa. Tendremos que someternos a un examen riguroso.

—Por lo menos, nuestros corazones han aguantado sin sufrir el menor daño, ni coágulos de sangre ni destrucción celular. Fue lo primero en que pensé. En la mayoría de los casos, una dosis semejante de radiación suele producir...

—¿Cuánto tardaremos en llegar al sistema? —preguntó Blake.

—Una semana.

Blake se mordió los labios.

—Demasiado tiempo. Confío en que lograremos sobrevivir.

—Procuraremos evitar el exceso de ejercicio —advirtió Blake—. Nos lo tomaremos con calma de aquí en adelante; si algo nos ha afectado, lo descubrirán en la Tierra.

—Creo que nos hemos recobrado con bastante facilidad —dijo Silvia. Bostezó—. Dios, qué sueño tengo. —Empujó la silla hacia atrás y se puso lentamente en pie—. Me voy a la cama. ¿Alguna objeción?

—Adelante —dijo Eller—. Blake, ¿jugamos a cartas? Me gustaría relajarme. ¿Un blackjack?

—Estupendo, ¿por qué no? —Sacó una baraja del bolsillo de su chaqueta—. Nos ayudará a pasar el rato. Corta para ver quién empieza primero.

—Bien.


Eller cortó y sacó el siete de tréboles. Blake ganó con el as de corazones.

Jugaron sin mucho interés. Blake se mostraba malhumorado y poco comunicativo, molesto por el triunfo de Eller. Éste, por su parte, se sentía cansado e inquieto. Tenía la cabeza turbia, pese a los calmantes que había tomado. Se quitó el casco para frotarse la frente.

—Juega —murmuró Blake.

Los motores retemblaban bajo sus pies, acercándoles cada minuto más a la Tierra. Dentro de una semana entrarían en el sistema. Hacía un año que no veían el planeta. ¿Cuál sería su aspecto? ¿Seguiría igual? El gran globo verde, con sus vastos océanos y sus islas diminutas. Luego aterrizarían en el espaciopuerto de Nueva York. Después volarían a San Francisco. Sería fantástico. Las multitudes de frívolos e insensatos terrestres que hormigueaban por las calles sin la menor preocupación. Eller sonrió a Blake. La sonrisa se trocó en una mueca.

Blake tenía la cabeza caída y los ojos firmemente cerrados. Estaba a punto de dormirse.

—Despierta —dijo Eller—. ¿Qué te pasa?

Blake tuvo que hacer un esfuerzo para reincorporarse. Con un gruñido, distribuyó las cartas. Su cabeza descendió poco a poco.

—Lo siento —murmuró.

Recogió sus ganancias. Eller rebuscó más créditos en su bolsillo. Iba a decir algo cuando, al levantar la vista, comprobó que Blake estaba dormido por completo.

—¡Joder! —se levantó—. Qué raro.

La respiración de Blake era tranquila y acompasada. Roncaba un poco, tenía el cuerpo echado hacia adelante. Eller apagó la luz y fue hacia la puerta. ¿Qué le pasaba a Blake? Nunca se dormía jugando a cartas.

Eller se dirigió a su habitación por el pasillo. Estaba cansado, soñoliento. Entró en el cuarto de baño, se desabrochó el cuello de la camisa y se quitó la chaqueta. Abrió el grifo del agua caliente. Deseaba con todas sus fuerzas irse a la cama y olvidar lo sucedido, la repentina descarga de radiación, el penoso despertar, el miedo que les atenazaba. Se lavó la cara. Dios, qué dolor de cabeza. Se mojó los brazos casi sin pensar.

Se dio cuenta poco antes de terminar. Mantuvo la vista baja durante largo rato, con las manos mojadas, incapaz de hablar.

Ya no tenía uñas.

Se miró en el espejo. Su respiración se aceleró. Deslizó la mano sobre sus cabellos y estiró. Se desprendieron puñados de lacio pelo castaño. Cabello y uñas...

Se encogió de hombros y trató de calmarse. Cabello y uñas. Radiación. Claro: era consecuencia de la radiación; había matado sus cabellos y sus uñas. Examinó sus manos.

No había ni rastro de las uñas. Inspeccionó los dedos. Las yemas eran suaves y afiladas. Luchó contra el pánico creciente, y se apartó del espejo con movimientos torpes.

Un pensamiento le estremeció. ¿Era el único? ¿Y Silvia?

Volvió a colocarse la chaqueta. La falta de uñas hacía que sus dedos se deslizaran ágiles y rápidos. ¿Qué otra cosa podía ser? Debían estar preparados. Se miró en el espejo una vez más.

Y desfalleció.

Su cabeza..., ¿qué estaba ocurriendo? Se apretó las sienes con las manos. Su cabeza. Algo iba mal, muy mal. Abrió los ojos de par en par. Había perdido por completo el pelo, que cubría sus hombros y la chaqueta. Su calva, redonda y extrañamente sonrosada, brillaba bajo la luz. Pero había algo más.

Su cabeza había aumentado de tamaño. Se estaba convirtiendo en un esfera perfecta. En cambio, las orejas y la nariz se contraían. Las venas de la nariz se hacían cada vez más finas y transparentes ante sus ojos. Se hallaban en pleno cambio, en plena alteración. Y sucedía con rapidez.

Se llevó una mano temblorosa a la boca. Sus dientes se desprendían de las encías. Estiró. Arrancó varios con suma facilidad. ¿Qué estaba pasando? ¿Se moría? ¿Era el único? ¿Y los otros?

Eller salió corriendo de la habitación. Respiraba con dificultad. Su pecho parecía encogerse, como si las costillas rechazaran el aire. Los latidos de su corazón eran irregulares. Y le flaqueaban las piernas. Se detuvo y se sujetó al marco de la puerta. Se metió en el ascensor. De repente, se produjo un estremecedor aullido: era la voz agónica y aterrorizada de Blake.

—Ya tengo la respuesta —murmuró para sí Eller mientras bajaba en el ascensor—. ¡No soy el único!

Harrison Blake le dirigió una mirada llena de horror. Eller se vio forzado a sonreír. Ya no podía impresionarle la visión de Blake, calvo y fuera de control. Estaba de pie junto a una mesa, y miraba alternativamente a Eller y a su propio cuerpo. El uniforme era demasiado grande para su cuerpo menguante. Su cráneo se había ensanchado, y carecía de uñas.

—seremos afortunados si salimos de ésta —dijo Eller—. Las radiaciones espaciales pueden afectar de forma muy extraña a los cuerpos humanos. En qué buen día se nos ocurrió aterrizar en ese...

—Eller —susurró Blake—, ¿qué vamos a hacer? ¡No podremos seguir viviendo así!

—Lo sé.

Eller apretó los labios. Le resultaba difícil hablar casi sin dientes. Se sintió como un bebé. Sin dientes, sin pelo, un cuerpo cada vez más indefenso a medida que pasaban los minutos. ¿Cómo iba a terminar?



—No podemos regresar así —siguió Blake—, no podemos volver a la Tierra con este aspecto. ¡Por todos los santos, Eller! Somos monstruos, mutantes. Nos..., nos encerrarán en jaulas, como animales. La gente...

—Cierra el pico. Da gracias a que aún estemos vivos. Siéntate. —le alargó una silla—. Descansemos las piernas.

Ambos se sentaron. Blake respiró profunda y entrecortadamente. Se frotaba la frente sin cesar.

—No estoy preocupado por nosotros —dijo Eller al cabo de un rato—, sino por Silvia. Es la que sufrirá más de los tres. Estoy pensando si vale la pena volver. Si no lo hacemos, ella...

El videófono se iluminó, enfocando el laboratorio de paredes pintadas de blanco, las retomas y otros aparatos alineados ordenadamente.

—¿Cris?


Oyeron la voz de Silvia, tenue y alterada por el horror. Se mantenía fuera del encuadre.

—¿Sí? ¿Cómo te encuentras?

—¿Que cómo me encuentro? —En la voz de la chica se advertía un punto de histeria—. Cris, ¿también te ha afectado a ti? Tengo miedo de mirar. —Hubo una pausa—. Sí, ¿verdad? Te veo..., pero no quiero que tú lo hagas. No quiero que me veas nunca más. Es..., es horrible. ¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé. Blake no es partidario de volver a la Tierra en estas circunstancias.

—¡No! ¡No podemos volver! ¡Es imposible!

Se hizo el silencio.

—Lo decidiremos más tarde —dijo por fin Eller—. No es necesario hacerlo ahora. Estos cambios en nuestros organismos son debidos a la radiación, de modo que tal vez sean temporales. Hay que esperar. Quizá la cirugía los resuelva. En cualquier forma, será mejor no preocuparse en exceso.

—¿Que no nos preocupemos? No, claro que no me preocupo. ¿Cómo podría preocuparme algo tan insignificante? Cris, ¿es que no lo comprendes? Somos monstruos, no tenemos pelo, ni dientes, ni uñas. Nuestras cabezas...

—Sí que lo comprendo. De momento, quédate en el laboratorio. Blake y yo nos comunicaremos contigo por el videófono. No hace falta que te pongas frente a la pantalla.

Silvia contuvo el aliento.

—Como tú digas. Aún eres el capitán.

Eller se apartó de la pantalla.

—Bien, Blake, ¿te sientes con ánimos para hablar?

La figura refugiada en un ángulo de la pieza asintió con un gesto del inmenso cráneo pelado. El hasta hace poco gigantesco cuerpo de Blake se había encogido y hundido. Los brazos y el pecho parecían pertenecer a un anciano moribundo. Los dedos tableteaban sin cesar sobre la mesa. Eller le examinó atentamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Blake.

—Nada. Sólo te estaba mirando.

—Tú tampoco tienes un aspecto muy atractivo.

—Ya lo sé. —Eller se sentó frente a él. Su corazón latía con violencia, y respiraba con dificultad—. ¡Pobre Silv! Aún es peor para ella que para nosotros.

—Pobre Silv —dijo Blake—. Y pobres de nosotros. Ella tiene razón, Eller: somos monstruos. —Torció sus frágiles labios—. Cuando lleguemos a la Tierra nos destruirán, o nos encerrarán. Tal vez sea preferible una muerte rápida. Monstruos, engendros, hidrocefálicos sin pelo.

—Hidrocefálicos, no —afirmó Eller—. Tu cerebro no está dañado, algo muy de agradecer. Aún podemos pensar. Aún conservamos nuestras mentes.

—Bueno, ahora ya sabemos por qué no hay vida en el asteroide —ironizó Blake—. Como equipo de exploración hemos triunfado. Obtuvo la información: radiación, radiación letal que destruye los tejidos orgánicos. No nos engañemos: ya no somos hombres, ya no somos seres humanos. Somos...

—¿Qué?


—No lo sé. —Blake guardó silencio.

—Qué extraño.

Eller observó sus dedos. Los movió frente a los ojos. Largos, largos, y esbeltos. Recorrió con ellos la superficie de la mesa. La piel era sensible. Detectaba cada muesca, cada raya, cada marca.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Blake.

—Soy curioso.

Eller examinó sus ojos de más cerca. Su visión disminuía. Todo se hacía vago e indistinto. Frente a él, Blake tenía la vista baja. Los ojos de Blake empezaban a hundirse lentamente en el gran cráneo sin pelo. Eller comprendió al instante que estaban perdiendo la vista. Se volvían ciegos poco a poco. El pánico se apoderó de él.

—¡Blake, nos estamos volviendo ciegos! Nuestros ojos, visión y músculos se deterioran progresivamente.

—Me he dado cuenta —dijo Blake.

—Pero ¿por qué? ¡Estamos perdiendo los ojos! ¡Se hunden, se secan! ¿Por qué?

—Atrofiados —murmuró Blake.

—Quizá.

Blake sacó un diario de vuelo de la nave. Escribió algunas notas en el papel. «La visión disminuye rápidamente, pero los dedos son mucho más sensibles. Respuesta epidérmica inusual. ¿Compensación?»



—¿Qué piensas de esto? —preguntó—. Perdemos algunas funciones, pero ganamos otras.

—¿Nuestras manos? —Blake examinó sus manos—. La pérdida de las uñas posibilita utilizar los dedos de otra manera. —Frotó los dedos contra la tela del uniforme—. Palpo fibras individuales; antes era imposible.

—Por tanto, ¡la pérdida de las uñas fue intencionada!

—¿Y?


—Hasta ahora hemos asumido que todo esto no tenía sentido. Quemaduras accidentales, destrucción de células, alteraciones. Me pregunto...

Eller escribió de nuevo en el papel. «Dedos: nuevos órganos de la percepción. Mayor respuesta táctil. A cambio, disminución del alcance visual...»

—¡Cris! —La voz de Silvia irrumpió, aguda y asustada.

—¿Qué pasa?

—Pierdo la vista. Estoy ciega.

—Note preocupes, todo va bien.

—Estoy..., estoy asustada.

Eller se acercó al videófono.

—Silv, creo que estamos perdiendo algunos sentidos y ganando otros. Examina tus dedos. ¿Notas algo? Toca cualquier cosa.

Hubo una pausa interminable.

—Creo que experimento sensaciones diferentes a las de antes.

—se debe a que has perdido las uñas.

—Pero ¿qué significa?

Eller acarició su cráneo abultado, y exploró la suave piel pensativamente. De pronto, apretó los puños y jadeó.

—¡Silv! ¿Aún puedes manipular el aparato de rayos X? ¿Te sientes con fuerzas para atravesar el laboratorio?

—Sí, supongo que sí.

—Quiero una radiografía lo antes posible, ahora mismo. Avísame en cuanto la tengas.

—¿Una radiografía? ¿De qué?

—De tu propio cráneo. Quiero ver los cambios que se han producido. Creo que empiezo a entender. Me interesa especialmente el cerebro.

—¿Cuál es tu teoría?

—Te la diré cuando haya visto la radiografía. —Una débil sonrisa se dibujó en los finos labios de Eller—. Si tengo razón, significará que estábamos completamente equivocados.
Eller examinó durante largo rato la radiografía enfocada en la pantalla. Forzó su vista menguante para vislumbrar las líneas del cráneo. La placa temblaba en las manos de Silvia.

—¿Qué ves? —susurró ella.

—Tenía razón. Blake, échale una ojeada.

Blake se acercó, apoyándose en una de las sillas.

—¿A qué te refieres? No veo bien.

—El cerebro ha cambiado notablemente. Observa este ensanchamiento. —Eller señaló el lóbulo frontal—. Aquí, y aquí. Un crecimiento asombroso. Una enorme circunvolución. Fíjate en este bulto del lóbulo frontal, como una proyección. ¿Tienes idea de lo que es?

—Ni idea. ¿No es la zona relacionada con los procesos superiores del pensamiento?

—Las facultades más desarrolladas del conocimiento se localizan ahí, precisamente el lugar que ha experimentado el mayor crecimiento.

Eller se apartó de la pantalla.

—¿Qué has deducido? —preguntó Silvia.

—Os contaré mi teoría. Quizá me equivoque, pero encaja a la perfección. Fue lo primero que pensé cuando advertí que me habla quedado sin uñas.

—¿Cuál es tu teoría?

Eller se sentó a la mesa de control.

—Es mejor que te sientes, Blake. Nuestros corazones no están para bromas. Nuestros cuerpos disminuyen de masa, así que es posible...

—¡Tu teoría! ¿Cuál es? —Blake fue hacia él y le miró fijamente—. ¿Cual es?

—Hemos evolucionado. La radiación del asteroide aceleró el crecimiento celular, como un cáncer. Sin embargo, estos cambios tienen un propósito, una intencionalidad. Estamos cambiando con gran rapidez, a razón de varios siglos por segundo.

El asombro se pintó en los ojos de Blake.

—Es cierto —siguió Eller—. Estoy, seguro. Mayor cerebro, menos vista, pérdida del cabello y de los dientes. Más destreza y sentido del tacto. Nuestros cuerpos pierden, pero nuestras mentes ganan. Estamos desarrollando mayores poderes cognitivos, mayor capacidad conceptual. Nuestras mentes evolucionan hacia el futuro.

—¡Evolucionan! —Blake se sentó con cautela—. ¿Es posible?

—No me cabe la menor duda. Haremos más radiografías, por supuesto. Estoy ansioso por ver los cambios de los órganos internos, los riñones, el estómago. Imagino que hemos perdido porciones de...

—¡Evolucionan! Sin embargo, la evolución no es el resultado de presiones accidentales externas. Competitividad y lucha. Selección natural, fortuita, sin meta definida. Esto implica que todo organismo contiene en su seno el hilo de la evolución. Por tanto, la evolución es teleológica, con un objetivo no determinado por el azar.

Eller asintió con un gesto.

—Nuestra evolución parece ser el resultado de un crecimiento interno y procede de otra manera. Desde luego, no por azar. Sería interesante averiguar la fuerza motriz.

—Esto arroja una nueva luz sobre los acontecimientos —murmuró Blake—. O sea, que no somos monstruos, después de todo. No somos monstruos. Somos..., somos hombres del futuro.

Eller le miró y habló con una extraña entonación.

—Imaginaba que dirías esto —admitió—. Pero, a pesar de todo, en la Tierra nos seguirán considerando fenómenos.

—Pero estarán en un error. Sí, nada más vernos dirán que somos unos fenómenos de feria, aunque no lo seamos. Dentro de un millón de años, el resto de la humanidad nos habrá alcanzado. Nos estamos adelantando a nuestra época, Eller.

Eller observó la gran cabeza protuberante de Blake. Le costaba discernir sus rasgos. La bien iluminada sala de control se sumía en las tinieblas. La ceguera era prácticamente total. Apenas veía sombras vagas, y nada más.

—Hombres del futuro —dijo Blake—. Monstruos no, hombres del mañana. Sí, claro que esto arroja una nueva luz sobre lo sucedido. —Una risa nerviosa escapó de sus labios—. ¡Hace sólo unos minutos me sentía avergonzado de nuestro aspecto! Pero ahora...

—Pero ¿ahora qué?

—Ahora ya no estoy tan seguro.

—¿Qué quieres decir?

Blake no contestó. Se había puesto en pie, sujetándose a la mesa.

—¿Adónde vas? —preguntó Eller.

Blake atravesó con penosos esfuerzos la sala de control, camino de la puerta.

—Debo reflexionar. Existen nuevos y sorprendentes elementos que conviene considerar. Estoy de acuerdo contigo, Eller; tienes toda la razón. Hemos evolucionado. Nuestras facultades cognitivas han aumentado, a cambio de un considerable deterioro de las funciones corporales. Era de esperar. En conjunto, podemos decir que hemos salido ganando. —Blake se tocó la cabeza con prudencia—. Sí, pienso que a la larga salimos ganando. Recordaremos éste como un gran día, Eller. Un gran día de nuestras vidas. Estoy seguro de que tu teoría es correcta. A medida que el proceso avanza, percibo cambios en mis facultades conceptuales. La facultad de establecer relaciones complejas...

—¡Para! —dijo Eller—. ¿Adónde vas? Contéstame. Aún soy el capitán de esta nave.

—¿Adónde voy? A mi habitación. He de descansar. Este cuerpo es muy incómodo. Quizá tengamos que construir vehículos para desplazarnos, incluso órganos artificiales, como pulmones y corazones metálicos. No creo que los sistemas cardiovasculares resistan mucho tiempo más. Las expectativas de vida han disminuido sensiblemente. Nos veremos después, mayor Eller..., aunque tal vez ya no debería utilizar el verbo «ver». —Sonrió—. Nunca nos volveremos a ver —levantó las manos—, pero éstas reemplazarán a los ojos —se tocó la cabeza—, y ésta reemplazará a otras muchas cosas.

Desapareció, cerrando la puerta a sus espaldas. Eller le oyó caminar despacio, pero con determinación, por el pasillo, paso a paso.

Eller fue hacia el videófono.

—¡Silv! ¿Me oyes? ¿Escuchaste nuestra conversación?

—Sí.


—Entonces ya sabes lo que nos ha ocurrido.

—Sí, lo sé, Cris. Estoy casi ciega. No puedo ver nada.

Eller hizo una mueca al recordar los hermosos y brillantes ojos de Silvia.

—Lo siento, Silv. Ojalá no hubiera sucedido. Ojalá hubiéramos vuelto sin detenernos. No valía la pena.

—Blake piensa que sí.

—Lo sé. Escucha, Silv: quiero que vengas a la sala de control, si, puedes. Me preocupa Blake, y quiero que estés conmigo.

—¿Por que te preocupa?

—Algo le ronda por cabeza. No ha ido a su cuarto sólo para descansar. Ven conmigo y decidiremos lo que hacemos. Hace unos minutos era yo el que decía de volver a la tierra, pero creo que estoy cambiando de opinión.

—¿Por qué? ¿A causa de Blake? No pensarás que Blake quiera...

—Lo discutiremos cuando estés aquí. Guíate con las manos Blake lo hizo, de modo que tú también podrás. Me parece que no volveremos a la Tierra, pero quiero explicarte mis motivos.

—Procuraré tardar lo menos posible, pero ten paciencia. Y, Cris... no me mires. No quiero que veas mi aspecto.

—No te miraré —dijo Eller con tristeza—. Cuando llegues aquí, ya no podré ver muchas cosas.


Silvia se sentó en la mesa de control. Se había puesto uno de los trajes espaciales guardados en el laboratorio para ocultar el cuerpo tras el plástico y el metal. Eller esperó a que hubiera recuperado el aliento.

—Adelante —le animó Silvia.

—Lo primero que debemos hacer es recoger todas las armas de la nave. Cuando Blake vuelva, anunciaré que no regresaremos a la Tierra. Creo que montará en cólera, y que puede causar problemas. Si no me equivoco, desea seguir rumbo hacia la Tierra a toda costa, ahora que empieza a comprender las implicaciones de nuestra transformación.

—Y tú no quieres volver.

—No. —Eller meneó la cabeza—. No debemos volver. Existe un gran peligro. Y pienso que tú ya sabes cuál es.

—A Blake le fascinan las nuevas posibilidades. Vamos millones de años por delante de los demás hombres, y avanzamos a cada momento. Nuestros cerebros y nuestros poderes mentales superan con mucho a los de nuestra especie.

—Blake quiere volver a la Tierra, no como un hombre vulgar, sino como un hombre del futuro. Nuestra relación con los otros terrestres será similar a la de genios entre retrasados mentales. Si el proceso de cambio continúa, es posible que lleguemos a considerarles meros primates, animales en comparación con nosotros.

Ambos guardaron silencio.

—Sí, animales —aprobó Eller—. En tales circunstancias, lo más lógico sería ayudarles. Después de todo, les llevamos una ventaja de varios millones de años. Podríamos hacer grandes cosas si nos permitieran guiarles, dirigirles, planificar su futuro.

—Y si se resistieran, no tardaríamos en encontrar la manera de controlarles —dijo Silvia —todo por su propio bien, por supuesto. Tienes razón, Cris. Si volvemos a la Tierra, despreciaremos a sus habitantes. Querremos guiarles y enseñarles a vivir, tanto si están de acuerdo como si no. Sí, la tentación es muy fuerte.

Eller se levantó. Fue al depósito de armas y lo abrió. Con sumo cuidado, sacó los pesados fusiles Boris y los dejó encima de la mesa.

—Lo primero es destruirlos. Después nos las tendremos que arreglar para mantener a Blake alejado de la sala de control, aunque nos veamos obligados a bloquear la entrada. Cambiaré el curso de la nave. Nos dirigiremos lejos del sistema, hacia alguna zona remota. Es el único camino que nos queda.

Abrió los fusiles Boris y extrajo los controles de disparo. Los aplastó con el pie.

Se oyó un ruido. Ambos se volvieron, esforzándose por ver.

—¡Blake! —exclamó Eller—. Has de ser tú. No puedo verte, pero... Estás en lo cierto —anunció la voz de Blake—. No, Eller, todos estamos ciegos, o casi ciegos. ¡Así que has destruido los fusiles Boris! Temo que eso no nos impedirá volver a la Tierra.

—Vuelve a tu habitación —dijo Eller—. Soy el capitán, y te ordeno...

—¿Me ordenas? —rió Blake—. Estás casi ciego, Eller, pero creo que aún podrás ver... ¡esto!

Algo se elevó en el aire alrededor de Blake, una nube de azul pálido. Eller jadeó mientras retrocedía, envuelto en la nube. Tuvo la impresión de que su cuerpo se disolvía, se rompía en miles de fragmentos y era arrastrado como polvo...

Blake reintegró la nube al diminuto disco que sostenía en una mano.

—Si no te has olvidado —dijo con tranquilidad—, yo fui el primero en recibir el chorro radiactivo. Esto me proporciona una cierta ventaja sobre vosotros, al menos por un breve espacio de tiempo, aunque suficiente. En cualquier caso, los fusiles Boris habrían resultado obsoletos comparados con lo que sostengo en la mano. Recuerda que todo lo que hay en esta nave ha quedado anticuado un millón de años. Lo que tengo...

—¿De dónde has sacado ese disco?

—De ningún sitio. Lo construí en cuanto comprendí que tu intención sería desviarte de la Tierra. No fue difícil. No tardaréis en asumir nuestros nuevos poderes. Pero, de momento, aún no lo habéis conseguido.

Eller y Silvia luchaban por respirar. Eller se agarró a la barandilla del casco, exhausto; tenía el corazón fatigado. Contempló el disco de Blake.

—seguiremos la ruta prevista hacia la Tierra —siguió Blake—. Ninguno de vosotros podrá impedirlo. Veréis las cosas de manera diferente cuando lleguemos al espaciopuerto de Nueva York. En el momento en que os pongáis a mi altura, vuestro punto de vista coincidirá con el mío. Hemos de regresar, Eller. Es nuestro deber para con la humanidad.

—¿Nuestro deber?

Un tono de burla se insinuó en la voz de Blake.

—¡Claro que es nuestro deber! La humanidad nos necesita, nos necesita mucho. Podemos ayudar en tantas cosas a la Tierra... Como ves, leí en parte vuestros pensamientos, no todo, pero sí lo suficiente como para averiguar lo que planeabais. Descubriréis que, de ahora en adelante nos comunicaremos cada vez menos mediante la palabra; muy pronto empezaremos a...

—Si lees mi pensamiento, comprenderás por qué no podemos volver a la Tierra —dijo Eller.

—Sé lo que piensas, pero estás equivocado. Hemos de volver por su propio bien. —Blake rió en voz baja—. Les podemos ayudar mucho. En nuestras manos, su ciencia cambiará, y ellos también, porque les transformaremos. Haremos que la Tierra sea más fuerte, más poderosa. El Triunvirato quedará indefenso ante la nueva Tierra, la Tierra que nosotros construiremos. Los tres transformaremos la raza, haremos que se expanda a lo largo y ancho de la galaxia. La humanidad será un simple material que nosotros moldearemos. El azul y el blanco ondearán en todas partes. en todos los planetas de la galaxia, y no en miserables pedazos de roca. Haremos una Tierra fuerte, Eller, una Tierra que gobernará el universo.

—Así que eso es lo que planeas... —dijo Eller—. ¿Qué pasará si la Tierra no se muestra de acuerdo? ¿Qué haremos?

—Es posible que no lo comprenda —admitió Blake—. Al fin y al cabo. les llevamos una ventaja de varios millones de años. Como seres inferiores, muchas veces no comprenderán el objetivo de nuestras órdenes, pero, como ya sabes, las órdenes deben cumplirse aunque no se comprendan. Lo sabes por haber estado al mando de algunas naves. Por el propio bien de la Tierra, y por...

Eller saltó hacia adelante, pero su frágil e inseguro cuerpo le traicionó. Se desplomó antes de alcanzar a Blake, agitando los brazos ciega y frenéticamente. Blake maldijo, y retrocedió un paso.

—¡Imbécil! ¿Es que no...?

El disco se iluminó. La nube azul se estrelló en el rostro de Eller. Se tambaleó a un lado, con las manos en alto. Luego cayó de nuevo, golpeándose contra el suelo metálico. Silvia avanzó a cuatro patas hacia Blake, dificultada por el pesado traje espacial. Blake apuntó el disco en su dirección. Una segunda nube brotó. Silvia chilló. La nube la devoró.

—¡Blake!

Eller se arrastró sobre las rodillas. La figura oscilante que había sido Silvia se derrumbó. Eller sujetó a Blake por los brazos. Ambos lucharon con torpeza. Blake intentaba soltarse de la presa. De repente, las fuerzas de Eller le abandonaron. Cayó hacia atrás, y se golpeó la cabeza contra la plancha de metal. Silvia yacía muy cerca, silenciosa e inmóvil.

—Aléjate de mí —rugió Blake, moviendo el disco—. Puedo destruirte como a ella, ¿lo entiendes?

—Tú la mataste —gritó Eller.

—Fue culpa suya. ¿Ves lo que se gana por luchar?

—¡Mantente alejado de mí! Si te acercas, dispararé la nube. Será tu fin.

Eller no se movió. Contempló fijamente a la forma silenciosa.

—Está bien. —La voz de Blake parecía llegar desde una gran distancia—. Escúchame: seguiremos en dirección a la Tierra. Guiarás la nave mientras trabajo en el laboratorio. Leo tus pensamientos, de modo que no trates de cambiar el curso. ¡Y olvídala! Aún quedamos dos; nos bastamos para cumplir nuestra misión. Entraremos en el sistema dentro de escasos días. Tenemos mucho que hacer. —La voz de Blake era serena, terminante—. ¿Puedes levantarte?

Eller se reincorporó despacio, sujetándose a la barandilla del casco.

—Bien —dijo Blake —: Hemos de prepararlo todo con extremo cuidado. Tal vez los terrestres nos planteen algunas dificultades, en primera instancia. Hemos de preverlo. Creo que podré construir el equipo que necesitamos en el tiempo que queda. Más tarde, cuando hayas evolucionado hasta ponerte a mi altura, trabajaremos juntos para atender a nuestras necesidades.

—¿De verdad crees que volveré a colaborar contigo? —Eller desvió la mirada hacia la figura silenciosa e inmóvil extendida en el suelo—. ¿Crees que después de lo que ha ocurrido voy a...?

—Vamos, vamos, Eller —dijo Blake con impaciencia—, me sorprendes. Empieza a contemplar las cosas desde una nueva perspectiva. Hay tantos planteamientos nuevos a considerar...

—¡Así tratarás a la humanidad! ¡Con estos métodos la salvarás!

—Ya adoptarás una actitud más realista —dijo con calma Blake—. Verás que, como hombres del futuro...

—¿De veras crees que lo haré?

Los dos hombres se miraron fijamente.

Una sombra de duda pasó por el rostro de Blake.

—¡Debes hacerlo, Eller! Nuestro deber es considerar las cosas desde nuevos puntos de vista. Claro que lo harás. —Frunció el ceño y alzó un poco el disco—. ¿Acaso lo dudas?

Eller no contestó.

—Quizá me guardes algún rencor. Quizá este incidente te haya perturbado. Es posible... —movió el disco—. En este caso, tendré que autoconvencerme cuanto antes de que he de seguir solo. Si no quieres trabajar conmigo, tendré que hacerlo sin ti. —sus dedos se cerraron en torno al disco—. Si no colaboras conmigo, Eller, lo haré solo. Quizá sea lo mejor. En cualquier caso, este momento tenía que llegar antes o después. Lo mejor será...

Blake chilló.

Una enorme sombra transparente atravesó la pared, lenta, casi perezosamente, y entró en la sala de control. Detrás vino otra, y después otra, hasta sumar al menos cinco. Las sombras latían débilmente, y desprendían un vago fulgor interno. Todas eran idénticas, sin rasgos distintivos.

Eller las contempló, atónito. Blake había bajado el disco y seguía de pie, pálido y tenso, jadeando de estupor. Eller advirtió de pronto algo que le estremeció de pies a cabeza. No veía las figuras. Estaba casi por completo ciego. Las sentía de una nueva forma, mediante un nuevo método de percepción. Se esforzó por comprender. estrujándose la mente. Y por fin lo logró. Y supo por qué no poseían forma ni rasgos.

Eran energía pura.

Blake recobró poco a poco la serenidad.

—¿Qué...? —tartamudeó, blandiendo el disco—. ¿Quién...?

Un pensamiento cortó en seco las elucubraciones de Blake. El pensamiento rondaba la mente de Eller, un pensamiento frío, impersonal, aislado y remoto.

«La chica. Antes que nada.»

Dos formas oscilaron hacia la figura inmóvil de Silvia, tendida en silencio junto a Blake. Se detuvieron a escasa distancia de ella, latiendo y fulgurando. Después, parte del halo resplandeciente se desprendió, rodeó el cuerpo de la muchacha y lo bañó con una luz tenue.

«Con eso será suficiente —fue el segundo pensamiento, momentos después. El halo se contrajo—. Ahora, el que lleva un arma.»

Una forma se dirigió hacia Blake. Éste retrocedió hacia la puerta más próxima. Su cuerpo temblaba de horror.

—¿Qué eres? —preguntó, al tiempo que levantaba el disco—. ¿Quién eres? ¿De dónde viniste?

La forma siguió avanzando.

—¡Vete! —gritó Blake—. ¡Retrocede! Si no...

Abrió fuego. La nube azul penetró en la forma. Ésta tembló un instante, y absorbió la nube. Después prosiguió su camino. Blake, aturdido, corrió hacia el pasillo, tambaleándose y cayendo. La forma titubeó en el umbral de la puerta. Una segunda forma se le unió.

La primera forma lanzó una bola luminosa hacia Blake. Lo envolvió. La luz parpadeó y se apagó. No quedaba nada de Blake. Nada de nada.

—Muy desagradable, pero necesario. ¿Ya revive la joven?

—Sí.


—Bien.

—¿Quiénes sois? —preguntó Eller—. ¿Qué sois? ¿Silv se restablecerá? ¿Está viva?

—La chica se recobrará. —Las formas avanzaron hacia Eller y le rodearon—. Quizá habría sido mejor intervenir antes de que la hirieran, pero preferimos esperar hasta estar seguros de que el hombre armado se iba a hacer con el control.

—¿Sabíais lo que estaba pasando?

—Lo vimos todo.

—¿Quiénes sois? ¿De dónde..., de dónde venís?

—Estábamos aquí.

—¿Aquí?


—En la nave. Estábamos desde el principio. Fuimos los primeros en recibir la radiación; Blake se equivocaba. Nuestra transformación empezó antes que la suya. Y, además, nuestras perspectivas eran mucho más amplias. Vuestra raza no evolucionará demasiado; crecimiento de cráneo, caída del pelo, y poco más. La nuestra, en cambio, acaba de empezar.

—¿Vuestra raza? ¿La primera que recibió la radiación? —Eller paseó la mirada a su alrededor, con un atisbo de comprensión—. Entonces, sois...

—Sí, tienes razón. Somos los hámsters del laboratorio, los animalitos que trajisteis para vuestros experimentos. A pesar de todo, no os guardamos rencor, te lo aseguro. De hecho, tenemos muy poco interés en vuestra raza. Estamos en deuda con vosotros por habernos ayudado a encontrar nuestro destino en pocos minutos, en lugar de tardar otros cincuenta millones de años.

»Os lo agradecemos. Y creo que ya hemos pagado nuestra deuda. La chica se repondrá. Blake ha muerto. Se te permitirá continuar el camino hacia tu planeta.

—¿Volver ala Tierra? —balbuceó Eller—. Pero...

—Aún nos queda algo por hacer antes de irnos. Hemos discutido el asunto y llegado a un acuerdo por unanimidad. Con el tiempo, vuestra raza alcanzará el lugar que le corresponde. No vale la pena apresurar ese momento. Por el bien de vuestra raza, y por el bien de vosotros dos, haremos una última cosa antes de partir. Ya lo comprenderás.

Una bola de fuego surgió de la primera forma. Flotó sobre Eller, lo tocó e hizo lo propio con Silvia.

—No te quepa duda de que es lo mejor —transmitió la forma.

Ambos miraron en silencio por la tronera. La primera bola de luz se desprendió del costado de la nave y se zambulló en el vacío.

—¡Mira! —exclamó Silvia.

La bola de luz aumentó de velocidad. Una segunda bola atravesó el casco de la nave, en pos de la primera.

Después siguieron una tercera, una cuarta y, por fin, la quinta. Las bolas de fuego se perdieron, una por una, en la inmensidad del espacio.

Cuando desaparecieron, Silvia se volvió hacia Eller con los ojos brillantes.

—Ya está. ¿Adónde van?

—No hay manera de adivinarlo. Muy lejos, probablemente. Quizá a otra galaxia, algún lugar muy distante. —Eller acarició el pelo oscuro de Silvia y sonrió—. Tienes un pelo muy bonito. El pelo más bonito de todo el universo.

—Cualquier pelo nos parecerá bonito ahora —rió Silvia—. Incluso el tuyo, Cris.

Eller la contempló en silencio durante largo rato.

—Tenían razón —dijo por fin.

—¿En qué?

—Es mejor. —Eller asintió con la cabeza sin dejar de mirar a la chica que tenía al lado, su cabello y ojos oscuros, su talle esbelto y flexible—. Estoy de acuerdo... No hay la menor duda.


LA MAQUINA PRESERVADORA

Y pensó también que de estas importantes cosas bellas, la que más rápidamente se olvidaría sería la música.

Ciertamente que la música es lo más perecedero, frágil y delicado; y puede ser rápidamente destruida.

Labyrinth se preocupaba mucho. Amaba la música y no podía acostumbrarse a que un día no existieran Brahms ni Mozart, que no se pudiera disfrutar de la música de cámara, suave y refinada, que hace pensar en las pelucas, en los arcos frotados con resma, en las velas que se derretían en la semioscuridad.

El mundo sería seco y lamentable sin la música. Árido e inaguantable. De esta forma comenzó a concebir la idea de la Máquina Preservadora.

Una noche, sentado cómodamente en su butaca escuchando el suave sonido de su tocadiscos, se le presentó una extraña visión. Vio, con los ojos de la mente, la última copia de un trío de Schubert, estropeada y casi ilegible, abandonada en un lugar oscuro, probablemente un museo.

Un bombardero sobrevolaba. Las bombas caían, convirtiendo al edificio en ruinas, derrumbando las paredes, que se desmoronaban, dejando sólo escombros. En el desastre, la última copia desaparecía perdida entre las ruinas, para pudrirse y desaparecer.

Y luego, siempre en la imaginación de Doc Labyrinth, observó cómo la partitura surgía de entre las ruinas como lo haría un animal enterrado, con garras y dientes aguzados, con furiosa energía.

—¡Ah, si la música pudiera tener esa facultad, el instinto de supervivencia de ciertos insectos y otros animales! ¡Cómo cambiarían las cosas si la música se pudiera transformar en seres vivos, animales con garras y dientes! Entonces podría sobrevivir.

Si sólo se pudiera inventar una Máquina, una Máquina que procesara las partituras musicales, convirtiéndolas en cosas vivas.

Pero Doc Labyrinth no era mecánico. Logró unos pocos bosquejos aproximativos que envió a varios laboratorios de investigación. La mayoría estaban demasiado atareados con los contratos para el ejército, por supuesto. Pero al fin logró algo de lo que deseaba. Una pequeña universidad del Medio Oeste quedó encantada con sus planes e inmediatamente comenzaron a trabajar en la construcción de la Máquina.


Las semanas pasaron. Al fin Labyrinth recibió una postal de la universidad. La Máquina estaba saliendo bien. La habían probado haciendo procesar dos canciones populares. ¿Cuáles fueron los resultados? Surgieron dos pequeños animales, del tamaño de ratones, que corrieron por el laboratorio hasta que el gato se los comió. Pero la Máquina había trabajado a la perfección.

Se la enviaron poco después, cuidadosamente embalada en un armazón de madera, sujeta con alambres y con un seguro que cubría todos los riesgos.

Estaba muy nervioso cuando comenzó a trabajar, quitándole las tablillas. Muchas ideas debieron de haber pasado por su mente cuando ajustó los controles y se preparó para la primera transformación. Había seleccionado una partitura maravillosa para comenzar, la del Quinteto en sol menor, de Mozart.

Durante un rato estuvo hojeándola, absorto en sus pensamientos. Luego se dirigió a la Máquina y la echó dentro.

Pasó el tiempo. Labyrinth se mantuvo parado muy cerca, esperando nervioso y aprensivo, sin saber qué seria lo que hallaría al abrir el compartimiento. Estaba realizando una gran labor, según su idea, al preservar la música de los grandes compositores para la eternidad. ¿Cómo sería gratificado? ¿Qué hallaría? ¿Qué forma adoptaría esto antes de que todo hubiera pasado?

Muchas preguntas no tenían aún respuesta. Mientras meditaba, la luz roja de la Máquina centelleaba. El proceso había concluido, la transformación se había efectuado. Abrió la portezuela.

—¡Dios mío! —fue su exclamación— ¡Esto es verdaderamente extraño!

De la máquina salió un pájaro, no un animal. El pájaro mozart era pequeño, bello y esbelto, con el magnífico plumaje de un pavo real. Voló un poco alrededor del cuarto y se volvió hacia él, curiosamente amistoso. Temblando, Labyrinth se inclinó, extendiendo la mano. El pájaro mozart se acercó. Entonces, súbitamente, remontó el vuelo.

—Sorprendente —murmuró. Llamó dulcemente al pájaro, esperando pacientemente hasta que revoloteó hasta él. Labyrinth lo acarició durante un largo rato.

¿Cómo sería el resto? No podía adivinarlo. Cuidadosamente levantó al pájaro mozart y lo colocó en una caja.

Al día siguiente se sorprendió aún más al ver salir al escarabajo beethoven, serio y digno. Era el escarabajo que había visto trepar por la manta, concienzudo y reservado, ocupado en sus cosas.

Después vino el animal schubert. Era un animalito tontuelo y adolescente, que iba de uno a otro lado, manso y juguetón.

Labyrinth interrumpió su trabajo para dedicarse a pensar.

¿Cuáles eran los factores de la supervivencia? ¿Eran las plumas mejores que las garras y los dientes? Labyrinth estaba sumamente asombrado. Había esperado obtener un ejército de criaturas recias y peleadoras, equipadas con garras y duros carapachos, listas a morder y patear. ¿Las cosas le estaban saliendo bien? Y, sin embargo, ¿quién podía decir que era lo mejor para la supervivencia? Los dinosaurios habían sido poderosos, pero ninguno estaba vivo.

De todas formas, la Máquina se había construido. Era demasiado tarde para plantearse otros problemas.

Labyrinth prosiguió dándole a la Máquina la música de muchos compositores, uno tras otro, hasta que los bosques que se hallaban cerca de su casa se llenaron de criaturas que se arrastraban y balaban, gritando y haciendo todo tipo de ruidos.

Muchas rarezas fueron saliendo, criaturas todas que lo asombraron y llenaron de estupefacción. El insecto brahms tenía muchas patas que salían en todas direcciones; era un miriápodo grande y de forma aplanada. Bajo y achatado, estaba cubierto de una pelambre uniforme. Al insecto brahms le gustaba andar solo, y prontamente se alejó de su vista, preocupándose por eludir al animal Wagner, que había salido unos instantes antes.

Este era grande, y tenía muchos colores profundos. Parecía tener un humor de mil diablos, y Labyrinth se atemorizó un poco, tal como les sucedió a los insectos bach. Estos eran animalitos redondos, una gran cantidad de ellos, que se obtuvieron al procesar los cuarenta y ocho preludios y fugas. También estaba el pájaro stravinsky, compuesto por curiosos fragmentos, y muchos otros.

Los dejó sueltos, para que se acercaran a los bosques, y allí se fueron. saltando, brincando y rodando. Pero un extraño presentimiento de fracaso le atenazaba. Cada una de estas extrañas criaturas le maravillaba más y más. Parecía no tener ningún control sobre los resultados. Todo esto estaba fuera de su dominio, sujeto a alguna extraña e invisible ley que se había enseñoreado sutilmente de la situación, y esto le preocupaba sobremanera. Las criaturas mutaban a raíz de la acción de una extraña fuerza impersonal, fuerza que Labyrinth no podía ver ni comprender. Y que le daba mucho miedo.
Labyrinth dejó de hablar. Esperé un rato, pero no parecía tener deseos de continuar. Me volví a mirarlo. Me estaba contemplando en una forma extraña y melancólica.

—Realmente no sé mucho más. No he vuelto a ir allí desde hace mucho tiempo. Tengo miedo de ver lo que sucede en el bosque. Sé que está pasando algo, pero...

—¿Por qué no vamos juntos a ver qué pasa?

Sonrió aliviado.

—¿Realmente piensas así? Imaginé que tal vez lo sugerirías, puesto que todo me está comenzando a resultar demasiado duro de afrontar —echó a un lado la manta, sacudiéndose—. Vamos, entonces.

Bordeamos la casa, y seguimos un estrecho sendero que nos llevó hacia el bosque. Tenía un aspecto salvaje y caótico, con malezas demasiado crecidas y una vegetación que no había recibido cuidados en largo tiempo.

Labyrinth fue hacia adelante, apartando las ramas, saltando y retorciéndose para abrirse camino.

—¡Qué lugar! —comenté.

Seguimos andando durante un rato bastante largo. El bosque estaba oscuro y húmedo; ahora era casi la hora del crepúsculo y sobre nosotros caía una fina niebla que se desprendía de las hojas situadas sobre nuestras cabezas.

—Nadie viene aquí —El doctor se quedó súbitamente de pie, mirando a su alrededor. —Tal vez sea mejor que vayamos a buscar mi escopeta. No quiero que suceda nada irreparable.

—Pareces estar muy seguro de que las cosas han escapado a tu control —me llegué hasta donde estaba y nos quedamos parados hombro con hombro. —Tal vez las cosas no estén tan mal como piensas.

Labyrinth miró alrededor. Movió la hojarasca con su pie.

—Están cerca de nosotros, por todos lados. Observándonos. ¿No lo sientes?

Asentí, en forma casi casual.

—¿Qué es esto?

Levanté un extraño montículo, del cual se desprendían restos de hongos. Lo dejé caer y lo aparté con el pie. Quedó en el suelo, un montoncito informe y difícil de distinguir, casi enterrado en la tierra blanda.

—Pero, ¿qué es? —pregunté nuevamente. Labyrinth se quedó mirándolo, con una expresión tensa en el rostro.

Comenzó a golpearlo suavemente con el pie. Me sentí súbitamente incómodo.

—¿Qué es, por amor de Dios? —dije—. ¿Sabes tú?

Labyrinth volvió lentamente los ojos hacia mí.

—Es el animal schubert —murmuró—. O mejor dicho, lo fue. Ya no queda mucho de él.

El animalito, que una vez había saltado y brincado como un cachorrillo, tontuelo y juguetón, yacía en el suelo. Me incliné y aparté unas ramas y hojas que se adherían a él.

No cabía duda de que estaba muerto. La boca estaba abierta, y el cuerpo había sido totalmente desgarrado. Las hormigas y las sabandijas lo habían atacado sañudamente. Comenzaba a oler mal.

—Pero ¿qué pasó? —dijo Labyrinth. Movió tristemente la cabeza—. ¿Quién pudo hacerlo?

Durante un momento quedamos en silencio. Luego vimos moverse un arbusto y pudimos distinguir una forma. Debía de haber estado allí todo este tiempo, observándonos.

La criatura era inmensa, delgada y muy larga, con ojos intensos y brillantes. Me pareció bastante semejante al coyote, pero mucho más pesado. Su pelambre era manchada y espesa. El hocico se mantenía húmedo y anhelante mientras nos miraba en silencio, estudiándonos como si le sorprendiera enormemente que nos halláramos allí.

—El animal wagner —dijo Labyrinth—. Pero está muy cambiado. Casi no lo reconozco.

La criatura olfateó el aire. Súbitamente volvió hacia las sombras y un momento después se había ido.

Nos quedamos absortos durante un rato, sin decir nada.

Finalmente Labyrinth se estremeció.

—Así que esto es lo que sucedió —dijo—. Casi no puedo creerlo. Pero... ¿por qué, por qué?

—Adaptación —le dije—. Cuando echas de tu casa a un perro o a un gato doméstico, se vuelve salvaje.

—Sí —contestó. —Un perro vuelve a ser lobo. Para mantenerse vivo. La ley de la jungla. Debí haberlo supuesto. Sucede siempre.

Miró hacia abajo, hacia el lamentable cadáver en el suelo. Luego alrededor, hacia los silenciosos matorrales. Adaptación. O tal vez algo peor. Una idea se estaba formando en mi mente, pero nada dije.

—Me gustaría ver más. Echar una ojeada a los otros. Busquemos.

Estuvo de acuerdo. Comenzamos a investigar la posible existencia de animales a nuestros alrededor, apartando ramas y hojas.

Hallé y empuñé una rama, pero Labyrinth se puso de rodillas, palpando y observando el suelo desde bien cerca.

—Aun los niños se transforman en animales —le comenté—. ¿Recuerdas los casos de los niños lobos de la India? Nadie podía creer que alguna vez fueron normales.

Labyrinth asintió calladamente. Se sentía muy triste, y no era difícil darse cuenta de por qué.

Se había equivocado, su idea original había sido errada, y ahora se hallaba frente a las consecuencias de su error. La música podía transformarse en animales vivos, pero había olvidado la lección del Paraíso Terrenal.

Una vez que algo tomaba vida comenzaba a tener una existencia independiente, dejando de ser una propiedad de su creador y moldeándose y dirigiéndose tal como lo desea.

Dios, observando el desarrollo del hombre, debe de haber sentido la misma tristeza, y la misma humillación, tal como Labyrinth, ver que sus criaturas se modificaban y cambiaban para enfrentarse a las necesidades de sobrevivir.

El hecho de que sus animales musicales podrían defenderse ya no quería decir nada para él, puesto que la razón por la cual las había creado, impedir que las cosas bellas se brutalizaran, estaba sucediendo ahora en ellas mismas.

Labyrinth me miró, con ojos llenos de tristeza. Había asegurado su supervivencia, pero al hacerlo había destrozado el significado o los valores de tal acción. Traté de sonreírle para alentarlo, pero retiró la mirada.

—No te preocupes demasiado —le dije—. No fue un cambio demasiado grande el que experimentó el animal Wagner. Siempre fue un poco así, brusco y temperamental, ¿verdad? ¿No sentía cierta atracción por la violencia?

Me interrumpí bruscamente. Labyrinth había dado un salto, retirando apresuradamente su mano del suelo. Se apretó la muñeca, gimiendo de dolor.

—¿Qué te pasa? —me apresuré a preguntarle mientras me acercaba. Temblando, me mostró su mano pequeña—. Pero ¿qué te sucede?

Le tomé la mano. Por el dorso se extendían unas marcas rojas, como tajos, que se hinchaban bajo mis ojos. Había sido mordido o aguijoneado por un animal. Miré hacia abajo, pateando el césped.

Algo se movió. Vi correr hacia los arbustos a un animalito redondo y dorado, cubierto de espinas.

—Atrápalo —dijo mi amigo. ¡Pronto!

Lo perseguí, con mi pañuelo en ristre, tratando de eludir las espinas. La esfera rodaba frenética, procurando esquivar mi maniobra, pero finalmente lo atrapé con el pañuelo.

Labyrinth se quedó mirando la forma en que se retorcía atrapado. Me puse de pie.

—Casi no puedo creerlo. Va a ser mejor que regresemos a casa.

—¿Qué es? —le pregunté.

—Uno de los insectos bach. Pero está tan cambiado que casi no puedo reconocerlo...

Nos dirigimos otra vez hacia la casa, retomando nuestro camino por el sendero, a tientas en la oscuridad. Yo abría el paso, echando a un lado las ramas. Labyrinth me seguía, silencioso y triste, frotándose la mano dolorida.

Entramos al patio y subimos la escalera del fondo hacia el porche. Labyrinth abrió la puerta y pasamos a la cocina. Encendió la luz y se dirigió hacia el fregadero, para lavarse la mano.

Tomé una jarra vacía del aparador, y dejé caer dentro al insecto bach. La esfera dorada rodaba de uno a otro lado cuando le ajusté la tapa. Me senté a la mesa. Ninguno de los dos decía palabra alguna, mientras Labyrinth seguía en el fregadero, dejando correr agua sobre su mano herida...

Yo, mientras tanto, seguía mirando a la esfera dorada, en sus infructuosos intentos por escapar.

—Y bien —dije finalmente.

—No hay la menor duda —Labyrinth se acercó y se sentó a mi lado. —Ha sufrido una metamorfosis. Antes no tenía espinas ponzoñosas, ¿sabes? Menos mal que tuve cuidado cuando me decidí a desempeñar el papel de Noé.

—¿Qué quieres decir?

—Tuve buen cuidado de que fueran híbridos... No se podrán reproducir. No habrá una segunda generación. Cuando estos ejemplares mueran, todo se habrá acabado.

—Debo decirte que me alegro que hayas tenido eso en cuenta.

—Me pregunto —murmuró Labyrinth— cómo sonará ahora, tal cual está.

—¿Cómo dices?

—La esfera. El insecto bach. Esa es la verdadera prueba, ¿no es así? Puedo volverlo a meter en la Máquina. Así veremos. ¿Quieres averiguar qué sucederá?

—Lo que tú digas —le contesté—. Después de todo, es tu experimento. Pero no te ilusiones demasiado.

Levantó la jarra cuidadosamente y nos dirigimos escaleras abajo, en dirección al sótano. Divisé una inmensa columna de metal opaco, que se levantaba en una esquina, cerca del lavadero. Una extraña sensación me recorrió. Era la Máquina Preservadora.

—Así que ésta es —dije.

—Sí, ésta es —Labyrinth manipuló los controles y estuvo ocupado con ellos durante un largo rato. Luego, tomando la jarra, la dio la vuelta y, abriendo la tapa, dejó caer al insecto dentro de la Máquina. Labyrinth cerró la portezuela.

—Ahora veremos —dijo. Accionó los controles y la Máquina comenzó a andar. Labyrinth se cruzó de brazos, y nos dispusimos a esperar. Fuera se hizo de noche cerrada, sin una pizca de luz. Finalmente se encendió un indicador de color rojo que se hallaba en el tablero de la Máquina.

Mi amigo giró la llave hacia la posición de desconexión, y nos quedamos en silencio. Ninguno de los dos deseábamos abrir la Máquina.

—Bien —dije finalmente—. ¿Quién va a abrir y a mirar?

Labyrinth se estremeció. Metió la mano en una ranura y sus dedos extrajeron un papel con notas.

—Este es el resultado. Podemos ir arriba y tocarlo.

Nos dirigimos al cuarto de música. Labyrinth se sentó frente al piano de cola y yo le pasé la hoja. La abrió y la estudió durante un minuto, con una cara inexpresiva. Luego comenzó a tocar.

Escuché la música. Era espantosa. Nunca había oído nada igual. Era distorsionada y diabólica, sin ningún sentido o significado, excepto, tal vez, una rara familiaridad que jamás debió haber estado presente en algo así.

Sólo con gran esfuerzo era posible imaginar que alguna vez había sido una fuga de Bach, parte de una serie de composiciones magníficamente ordenadas y respetables.

—Esto es lo decisivo —dijo Labyrinth. Se puso de pie, tomo la hoja de música y la rompió en mil pedazos.

Cuando nos dirigíamos hacia el lugar donde había dejado mi automóvil, le dije:

—Tal vez la lucha por la supervivencia sea una fuerza mayor que cualquier ética humana. Hace que nuestras preciosas reglas morales y nuestros modales parezcan algo fuera de lugar.

Labyrinth estuvo de acuerdo.

—Tal vez nada pueda hacerse para salvar tales costumbres y tales reglas morales.

—Sólo el tiempo puede ser capaz de responder a esa pregunta —le contesté—. Tal vez este método falló, pero otros pueden tener éxito. Es posible que algo que no podernos predecir o prever en estos momentos pueda surgir algún día.

Le di las buenas noches y subí a mi automóvil. Estaba completamente oscuro; la noche había descendido sobre nosotros.

Encendí los faros y comencé a recorrer la carretera conduciendo en plena oscuridad. No había otros vehículos a la vista. Estaba solo y sentía mucho frío. En una curva disminuí la marcha, para cambiar de velocidad.

Algo se movió cerca de la base de un sicomoro enorme, en plena oscuridad. Traté de determinar qué era.

En la parte inferior de un árbol, un escarabajo muy grande estaba construyendo algo, poniendo un poco de barro cada vez, para dar forma a una extraña estructura. Me quedé observando al animal durante un largo rato, asombrado y curioso, hasta que finalmente notó mi presencia y dejó de trabajar. Se dio la vuelta rápidamente, entró en su pequeño edificio, haciendo sonar la puerta al cerrarla firmemente tras él.

Me alejé rápidamente.






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