Cuentos completos 1 aquí yace el wub



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SACRIFICIO

El hombre salió al porche delantero y contempló el día. Claro y fresco... El rocío cubría la hierba. Se abrochó la chaqueta y hundió las manos en los bolsillos.

Mientras bajaba la escalera, las dos orugas que esperaban junto al buzón cuchichearon entre sí.

—Ahí va —dijo la primera—. Envía tu informe.

Cuando la otra empezó a girar sus antenas, el hombre se detuvo y dio media vuelta.

—Os oí —dijo.

Golpeó con el pie la pared, y las dos orugas cayeron sobre el pavimento. Las aplastó.

Después bajó corriendo por el sendero hasta la acera. Miró con recelo a su alrededor. Un pájaro daba saltitos en el cerezo, picoteando las cerezas. El hombre lo examinó. ¿Algún problema? El pájaro levantó el vuelo. No, ningún problema con los pájaros.

Siguió adelante. En la esquina tropezó con una telaraña que se extendía desde los matorrales al poste telefónico. Su corazón latió con violencia. Manoteó frenéticamente para abrirse paso. Luego miró por encima del hombro y comprobó que la araña se acercaba desde el matorral para inspeccionar los desperfectos de su obra.

Las arañas constituían un enigma. Necesitaba más hechos... Aún no se había producido ningún contacto.

Se detuvo en la parada del autobús. Golpeó el suelo con los pies para hacerles entrar en calor.

El autobús llegó y él subió a la plataforma, contento de sentarse entre la gente cálida y silenciosa que miraba al frente con indiferencia. Una vaga oleada de seguridad le invadió.

Rió entre dientes y se relajó, por primera vez en muchos días.

El autobús prosiguió su camino.


Tirmus agitó sus antenas, excitada.

—Votad, si ése es vuestro deseo —ascendió por el montículo—, pero antes de empezar dejadme que os recuerde lo que dije ayer.

—Ya lo sabemos —dijo Lala con impaciencia—. Pongámonos en marcha. Ya hemos trazado los planes. ¿Qué nos detiene?

—Más a mi favor. —Tirmus paseó la mirada por los dioses allí reunidos—. Toda la Colina está preparada para atacar al gigante en cuestión. ¿Por qué? Sabemos, sin ningún género de dudas, que no puede comunicarse con sus congéneres. El tipo de vibración, el lenguaje que utiliza, todo hace imposible que logre popularizar la idea que tiene de nosotros, de nuestros...

—Tonterías. —Lala se irguió—. Los gigantes se comunican muy bien.

—¡No existe la menor noticia de que un gigante haya hecho pública ninguna información sobre nosotras!

El ejército se removió, inquieto.

—Adelante —dijo Tirmus—, pero es un esfuerzo vano. Es inofensivo..., está aislado. ¿Para qué perder el tiempo en...?

—¿Inofensivo? —Lala la miró fijamente—. ¿Es que no lo comprendes? ¡Sabe lo que está ocurriendo!

Tirmus bajó del montículo.

—Me repugna la violencia innecesaria. Deberíamos guardar nuestras fuerzas para el día que las necesitemos.

Se procedió a la votación. Como era de esperar, el ejército se manifestó a favor de atacar al gigante. Tirmus suspiró y trazó un mapa sobre la tierra.

—Éste es el lugar donde vive. Es lógico suponer que volverá cuando termine la jornada. La situación, según mi punto de vista...

Siguió desarrollando su plan sobre el suave terreno.

Uno de los dioses se inclinó hacia su compañero hasta que las antenas se tocaron.

—Este gigante no tiene la menor oportunidad de salvarse. Por una parte, me da pena. ¿Por qué se le ocurrió entremeterse?

—Un accidente —sonrió el otro—. Ya sabes la manía que tienen de meter las narices en todo.

—Lo siento por él, a pesar de todo.


Anochecía. La calle estaba oscura y desierta. El hombre avanzaba por la acera, con el periódico bajo el brazo. Caminaba con rapidez, echando furtivas miradas a su alrededor. Rodeó el gran árbol plantado en la esquina y cruzó ágilmente la calle hacia la acera opuesta. Al girar la esquina se enredó con la telaraña, tejida desde el matorral al poste telefónico. Manoteó de forma automática para librarse del repelente contacto. Entonces escuchó un débil murmullo, metálico y agudo.

—...¡espera!

El hombre se detuvo.

—...cuidado..., dentro..., espera...

Su mandíbula colgó flojamente. Los últimos hilos se rompieron en sus manos y prosiguió su camino. La araña se deslizó detrás de él por los restos de la tela, esperando. El hombre volvió la vista atrás.

—Estás chiflada —dijo—. No me voy a arriesgar a quedarme ahí bien atadito.

Llegó al sendero que conducía a su casa. Lo subió, evitando aproximarse a los matorrales. Sacó la llave y la metió en la cerradura.

Se inmovilizó. ¿Dentro? Mejor que fuera, en especial de noche. Un período malo, la noche. Demasiado movimiento bajo los matorrales. Malo. Abrió la puerta y entró. La alfombra, un pozo de negrura, se extendía ante él. Al otro lado vislumbró la forma de una lámpara.

Cuatro pasos hacia la lámpara. Alzó un pie. Se detuvo.

¿Qué había dicho la araña? ¿Esperar? Esperó, y escuchó. Silencio.

Sacó el mechero y lo encendió.

Una alfombra de hormigas cayó sobre su cabeza, como un diluvio. Ganó el porche de un salto. Las hormigas se arrastraron con toda la velocidad de que eran capaces sobre el suelo, a la débil luz que entraba por las ventanas.

El hombre rodeó la casa. Cuando la primera oleada de hormigas se derramó en el porche, ya estaba girando la llave del agua, con la manguera preparada.

El chorro de agua dispersó las hormigas. El hombre ajustó la lanza de la manguera, forzando la vista para discernir en la oscuridad. Avanzó y disparó el chorro de un lado a otro.

—Malditas seáis —dijo con los dientes apretados—. Así que espera adentro...

Estaba aterrorizado. Dentro... ¡nunca antes! Un sudor frío le cubría la cara. Dentro. Nunca habían entrado antes. Alguna mariposa, y moscas, por supuesto. Pero eran inofensivas, ruidosas...

¡Una alfombra de hormigas!

Las roció salvajemente hasta que rompieron filas y fueron a refugiarse en la hierba, en los matorrales, bajo la casa.

Se sentó en la acera, sin dejar de aferrar la manguera, temblando de pies a cabeza.

Lo habían planeado a la perfección. No se trataba de un ataque rabioso, frenético y espasmódico, sino de una acción de guerra planificada en todos sus detalles. Le habían esperado. Un paso más.

Gracias a Dios por la araña.

Cortó el agua y se puso en pie. No se oía el menor ruido; silencio absoluto. Los matorrales se agitaron. ¿Un escarabajo? Algo negro surgió; lo aplastó con el pie. Un mensajero, probablemente. Un corredor de primera. Entró cabizbajo en la casa, iluminándose con el mechero.

Estaba sentado ante su escritorio, con el pulverizador de acero y cobre a mano. Acarició la fría superficie con los dedos.

Las siete. La radio sonaba con el volumen muy bajo. Se inclinó hacia adelante y movió la lámpara del escritorio para que iluminara el suelo.

Encendió un cigarrillo. Cogió papel y pluma. Reflexionó unos minutos.

Lo habían planeado todo para eliminarle. La desesperación se abatió sobre él como un torrente. ¿Qué podía hacer? ¿A quién iba a pedir ayuda? ¿Quién le iba a creer? Apretó los puños y se irguió en la silla.

La araña se dejó caer sobre el escritorio.

—Lo siento. Confío en que no te haya asustado, como en el poema.

El hombre la contempló sin pestañear.

—¿Eres la misma? ¿Aquella de la esquina? ¿La que me avisó?

—No, ésa era otra. Una Hilandera. Yo, en concreto, soy una Masticadora. Observa mis mandíbulas. —Abrió y cerró la boca—. Me las como a puñados.

—Estupendo —sonrió el hombre.

—Desde luego. ¿Sabes cuántas de nosotras hay en, digamos, un acre de tierra? A ver si lo adivinas.

—Un millar.

—No. Dos millones y medio, de todas clases: Masticadoras, como yo, o Hilanderas, o Picadoras.

—¿Picadoras?

—Son las mejores. Por ejemplo, la que llamáis viuda negra. Muy valiosa. Pero...

—¿Qué?


—También tenemos nuestros problemas. Los dioses...

—¡Dioses!

—Hormigas, como decís vosotros. Los líderes. Están por encima de nosotras. Es una pena. Tienen un sabor detestable..., me enferma. Vamos a abandonarlas en favor de los pájaros.

El hombre se puso en pie.

—¿Los pájaros? ¿Son...?

—Bueno, hemos llegado a un acuerdo. Esto ya ha durado mucho tiempo. Te contaré la historia. Aún nos queda un poco de tiempo.

El corazón del hombre se contrajo.

—¿Algo de tiempo? ¿Qué quieres decir?

—Nada. Un problemilla sin importancia que se suscitará más tarde. Deja que te cuente los antecedentes. Creo que no los conoces.

—Adelante, te escucho.

Empezó a pasear por la habitación.

—Ellas gobernaban la Tierra muy bien, hace un millón de años. Los hombres vinieron de otro planeta. ¿De cuál? Lo ignoro. Aterrizaron y decidieron apoderarse de la Tierra. Hubo una guerra.

—Así que somos nosotros los invasores —musitó el hombre.

—Pues sí. La guerra condujo a la barbarie a ambos bandos. Vosotros olvidasteis vuestros conocimientos, y ellas degeneraron en un sistema de clases sociales muy rígido, hormigas, termitas...

—Entiendo.

—El último grupo de hombres que recordaba la historia nos adiestró. Fuimos educadas —la araña rió entre dientes a su manera—, educadas en algún lugar para este propósito. Las mantuvimos a raya. ¿Sabes cómo nos llaman? Las Devoradoras. Desagradable, ¿verdad? Dos arañas más descendieron hacia el escritorio. Las tres se agruparon para conferenciar.

—Es mucho más serio de lo que pensaba —dijo la Masticadora —No sabía absolutamente nada. La Picadora...

La viuda negra se aproximó al borde del escritorio.

—Gigante —gritó con voz aflautada—, me gustaría hablar contigo.

—Adelante —dijo el hombre.

—Vamos a tener algunos problemas. Se acerca un ejército de hormigas. Nos quedaremos contigo un rato.

—Entiendo. —El hombre se mojó los labios y se alisó el pelo con dedos temblorosos—. ¿Crees que... hay alguna oportunidad de...?

—¿Oportunidad? —La Picadora osciló pensativamente—. Bueno, hace mucho tiempo que nos dedicamos a esta tarea. Casi un millón de años. A pesar de los inconvenientes, pienso que les llevamos ventaja. Nuestros acuerdos con los pájaros y, por supuesto, con los sapos...

—Creo que podemos salvarte —interrumpió la Masticadora con optimismo—. De hecho, prevemos acontecimientos como éste.

Por debajo de las tablas del piso se oyó un sonido distante y rasposo, el ruido de una multitud de alas y garras diminutas que vibraban débilmente. Al oírlo, el hombre se puso a temblar.

—¿Estáis seguras? ¿Podréis hacerlo?

Se secó el sudor que se agolpaba sobre el labio superior y cogió el pulverizador.

El sonido aumentaba de potencia, dilatándose bajo el suelo, bajo sus pies. Los matorrales cercanos a la casa se agitaron y varias mariposas volaron hacia la ventana. El sonido crecía en intensidad por todas partes, un ascendente murmullo de cólera y determinación. El hombre miró de un lado a otro.

—¿Seguro que podéis hacerlo? —murmuró—. ¿Podéis salvarme?

—Oh —exclamó la Picadora, confundida—. No me refería a esto. Me refería a las especies, a la raza..., no a ti como individuo.

El hombre la miró boquiabierto y las tres Devoradoras se removieron, incómodas. Otras mariposas se estrellaron contra la ventana. El suelo bajo sus pies se combaba.

—Entiendo —dijo el hombre—. Lamento haber comprendido mal vuestras palabras.


EL HOMBRE VARIABLE

I
El Comisionado de Seguridad Reinhart subió rápidamente la escalera y entró en el edificio del Consejo. Los guardias se hicieron a un lado, y penetró en aquel lugar tan familiar. Las máquinas zumbaban. Reinhart, con el rostro extasiado y los ojos iluminados por la emoción, contempló el ordenador central SRB y estudió los últimos datos.

—Hemos avanzado bastante en el último cuarto de hora —observó Kaplan, el jefe del laboratorio. Sonrió con orgullo, como si el mérito fuera exclusivamente suyo—. No está mal, Comisionado.

—Les estamos alcanzando —replicó Reinhart—, pero con demasiada lentitud. Hemos de conseguirlo... y pronto.

Kaplan tenía ganas de hablar.

—Nosotros inventamos nuevas armas ofensivas, ellos mejoran sus defensas. ¡Y todo sigue igual! Un progreso continuo, pero ni nosotros ni Centauro podemos parar de crear nuevos inventos el tiempo necesario para estabilizar la producción.

—Esto acabará —declaró Reinhart con frialdad— cuando la Tierra fabrique un arma para la que Centauro no encuentre defensa.

—Hay una protección para cada arma. Una idea implica su contraria. Cae en desuso de inmediato. Nada dura lo bastante como para...

—Lo que cuenta es el desfase —interrumpió Reinhart, irritado. Clavó sus duros ojos grises en el jefe del laboratorio, y Kaplan se calló—. El desfase entre su tecnología y la nuestra. El desfase varía. —Hizo un gesto impaciente en dirección a los bancos de datos—. Usted lo sabe muy bien.

En aquel momento, las nueve y media de la mañana del siete de mayo de 2136, las máquinas indicaban una relación estadística de 21 a 17, favorable a Centauro. Las cifras, una vez analizados todos los datos, demostraban que Próxima Centauro rechazaría con éxito un nuevo ataque militar de la Tierra. La relación se basaba en el conjunto de datos recogidos por las máquinas SRB, recibidos constantemente desde todos los sectores de los sistemas de Sol y Centauro.

21-17 a favor de Centauro. Un mes antes, la ventaja del enemigo era de 24-18. Las cosas mejoraban, con lentitud pero sin tregua.

Centauro, más viejo y menos vigoroso que la Tierra, era incapaz de rivalizar con el avance tecnológico de la Tierra, que reducía distancias.

—Si declaráramos la guerra ahora —reflexionó en voz alta Reinhart—, perderíamos. No podemos arriesgarnos a un ataque abierto —una expresión de crueldad desfiguró sus atractivas facciones, hasta convertirlas en una máscara rígida—, pero las cifras nos son favorables. Nuestros inventos ofensivos van superando poco a poco a sus defensas.

—Ojalá se desate pronto la guerra —convino Kaplan—. Todos estamos con los nervios a flor de piel. Esta maldita espera...

Reinhart intuía que la guerra llegaría pronto. La atmósfera estaba cargada de tensión, el élan. Abandonó la sala de las computadoras y se apresuró por el pasillo hacia su bien vigilado despacho en el ala de Seguridad. Ya quedaba menos. Podía sentir el cálido aliento del destino, en su nuca..., una sensación agradable. Dibujó una sonrisa carente de humor en sus labios delgados, dejando al descubierto una fina hilera de dientes blancos que contrastaban con su piel bronceada. La idea le complacía, pues llevaba trabajando en ello mucho tiempo.

El primer contacto, cien años atrás, había desatado un conflicto instantáneo entre las posiciones avanzadas de Próxima Centauro y las naves de exploración de la Tierra. Ataques relámpago, súbitas erupciones de fuego y rayos desintegradores.

Luego se sucedieron los largos y tediosos años de inactividad, porque el contacto entre los enemigos exigía años de viaje, incluso desplazándose casi a la velocidad de la luz. Los dos sistemas estaban emparejados. Pantalla protectora contra pantalla protectora. Nave de guerra contra estación de energía. El imperio de Centauro rodeaba la Tierra como un anillo de acero irrompible, por más oxidado y corroído que estuviera. La Tierra necesitaba nuevas armas para romper el cerco.

Reinhart divisó a través de las ventanas de su despacho interminables calles y edificios. Los terrestres hormigueaban por todas partes. Manchitas brillantes que eran naves de transporte, pequeños huevos en los que viajaban hombres de negocios y oficinistas enormes trenes en los que se hacinaban masas de obreros rumbo a las fábricas y los campos de trabajo. Y todos esperando el estallido de la guerra. Esperando el día.

Reinhart conectó el canal confidencial del videófono.

—Póngame con Proyectos Militares —ordenó secamente.

Mientras la pantalla se iluminaba siguió sentado, tenso y erguido en la butaca. De repente, se materializó la voluminosa imagen de Peter Sherikov, director de la vasta red de laboratorios subterráneos enclavada bajo los Urales.

Las grandes facciones barbudas de Sherikov se endurecieron cuando reconoció a Reinhart. Enarcó sus negras y pobladas cejas hasta que formaron una línea continua.

—¿Qué quiere? Ya sabe que estoy muy ocupado. Tenemos mucho trabajo. No hace falta que vengan a molestarnos los... políticos.

—Pensaba ir a verle —contestó Reinhart con displicencia. —Se ajustó su inmaculada capa gris—. Quiero una completa descripción de su trabajo y de los avances conseguidos.

—Encontrará el informe rutinario, tramitado por los cauces habituales, en algún lugar de su despacho. Si se refiere a que desea saber exactamente lo que...

—Eso no me interesa. Quiero ver lo que están haciendo. Espero que esté preparado para describirme su trabajo con todo lujo de detalles. Estaré ahí dentro de media hora.

Reinhart cortó la comunicación. Las rotundas facciones de Sherikov oscilaron y se desvanecieron. Reinhart se relajó y dejó escapar su aliento. Le disgustaba trabajar con Sherikov. Nunca le había caído bien. El gran científico polaco era un individualista que se negaba a integrarse en la sociedad. Independiente, de ideas fijas. Consideraba al individuo como un fin en sí mismo, contrariamente a la Weltansicht, la condición orgánica aceptada.

Sin embargo, Sherikov era el investigador más destacado, a cargo del Departamento de Proyectos Militares. Y el futuro de la Tierra dependía de ese departamento. Vencer a Centauro o seguir esperando, atrapados en el sistema solar, cercados por un imperio hostil y depravado, sumido en la ruina y la decadencia, pero todavía fuerte.

Reinhart se levantó y salió del despacho. Atravesó el vestíbulo y abandonó el edificio del Consejo.

Unos minutos más tarde surcaba el cielo de la mañana en su crucero de alta velocidad, camino de los Urales, camino de los laboratorios de Proyectos Militares.

Sherikov le recibió en la entrada.

—Escuche, Reinhart, no piense que voy a aceptar sus órdenes. No voy a...

—Tranquilícese. —Ambos atravesaron los controles y entraron en los laboratorios auxiliares—. No se van a ejercer presiones sobre usted o su equipo. Es libre para continuar su trabajo como le parezca conveniente... de momento. Dejémoslo claro de una vez: mi propósito es integrar su trabajo en el conjunto de nuestras necesidades sociales. Mientras sea productivo...

Reinhart dejó de pasear arriba y abajo.

—Bonito, ¿verdad? —ironizó Sherikov.

—¿Qué demonios es?

—Lo llamamos Ícaro. ¿Recuerda el mito griego? La leyenda de Ícaro. Ícaro voló... Este Ícaro también volará, un día de éstos. —Sherikov se encogió de hombros—. Examínelo, si quiere. Supongo que es lo que vino a ver.

Reinhart avanzó unos pasos.

—¿Es el arma en la que han estado trabajando?

—¿Qué le parece?

En el centro de la sala se alzaba un cilindro achaparrado de metal, un gran cono gris oscuro. Un grupo de técnicos se dedicaba a empalmar cables. Reinhart vislumbró un sinfín de tubos y filamentos, un laberinto de cables, terminales y piezas que se entrecruzaban capa a capa.

—¿Qué es?

Reinhart se acomodó en un banco y apoyó la espalda contra la pared.

—Una idea de Jamison Hedge, el mismo que desarrolló nuestros videotransmisores instantáneos interestelares hace cuarenta años. Trataba de encontrar un método para viajar más rápido que la luz cuando murió, destruido junto con la mayor parte de su trabajo. Después, la investigación fue abandonada, como si no tuviera futuro.

—¿No se demostró que nada puede viajar más rápido que la luz?

—¡Los videotransmisores interestelares lo hacen! No, Hedge desarrolló un sistema de propulsión más rápido que la luz. Consiguió lanzar un objeto a cincuenta veces la velocidad de la luz, pero a medida que el objeto aumentaba de velocidad, su tamaño disminuía y su masa se incrementaba. Esto estaba en consonancia con los conceptos de la transformación masa-energía, tan familiares en el siglo veinte. Llegamos a la conclusión de que en tanto el objeto de Hedge ganara velocidad, continuaría perdiendo tamaño y aumentando de masa, hasta que su tamaño sería cero y su masa infinita. Nadie puede imaginar un objeto semejante.

—Siga.


—Le contaré lo que sucedió. El objeto de Hedge continuó perdiendo tamaño y ganando masa hasta que alcanzó el límite de velocidad teórico, la velocidad de la luz. En este punto, el objeto simplemente dejó de existir, a pesar de que siguió aumentando la velocidad. Al carecer de tamaño, dejó de ocupar un espacio. Desapareció. Pese a todo, el objeto no se había destruido. Continuó su camino, ganando impulso a cada momento, alejándose del sistema solar y cruzando la galaxia en una trayectoria de arco. El objeto de Hedge entró en otro plano de existencia, más allá de nuestra capacidad de comprensión. La siguiente fase del experimento de Hedge consistía en buscar una forma de decelerar el objeto por debajo de la velocidad de la luz, a fin de devolverlo a nuestro universo. Consiguió su propósito.

—¿Cuál fue el resultado?

—La muerte de Hedge y la destrucción de casi todo su equipo. Su objeto experimental, al volver a entrar en el universo espaciotemporal, invadió un espacio ya ocupado por materia. Poseedor de una masa increíble, casi infinita, el objeto de Hedge estalló y causó un cataclismo titánico. Quedó patente la imposibilidad de llevar a cabo un viaje espacial con semejante propulsión. Todo espacio contiene virtualmente alguna materia. La vuelta al espacio originaría la destrucción automática. Hedge descubrió la propulsión superior a la velocidad de la luz y la forma de contrarrestarla, pero nadie ha sido capaz de emplearlas en la práctica.

Reinhart se acercó al enorme cilindro metálico. Sherikov le siguió.

—No lo entiendo —comentó Reinhart—. Acaba de afirmar que el experimento no es útil para los viajes espaciales.

—Así es.


—Entonces, ¿para qué sirve esto? Si la nave estalla en cuanto regrese a nuestro universo...

—Esto no es una nave. —Sherikov sonrió levemente—. Ícaro es la primera aplicación práctica de los principios de Hedge. Ícaro es una bomba.

—Así que ésta es nuestra arma —dijo Reinhart—. Una bomba. Una bomba inmensa.

—Una bomba que se mueve a mayor velocidad que la luz. Una bomba que no existirá en nuestro universo. Los centaurianos no la podrán detectar o detener. ¿Cómo podrían? En cuanto sobrepase la velocidad de la luz cesará de existir... más allá de toda detección.

—Pero...

—Ícaro será disparada desde la superficie. Apuntará automáticamente a Próxima Centauro y aumentará de velocidad a cada momento. Cuando alcance su destino viajará a cien veces la velocidad de la luz. Ícaro será devuelta a nuestro universo en el mismo corazón de Centauro. La explosión destruirá la estrella y barrerá la mayoría de sus planetas..., incluyendo su cuartel general, el planeta Armun. Una vez lanzado, no hay forma de detener a Ícaro. No hay defensa posible. Nada puede neutralizarlo. Es un hecho que no admite objeción alguna.

—¿Cuándo estará dispuesto?

Los ojos de Sherikov llamearon.

—Pronto.

—¿Exactamente cuándo?

El polaco titubeó.

—De hecho, sólo hay una cosa que nos lo impide.

Sherikov condujo a Reinhart al otro lado del laboratorio. Apartó de un empujón a un guardia.

—¿Ve esto? —golpeó con la punta de los dedos una esfera del tamaño de un pomelo, abierta por un lado—. Es lo que nos detiene.

—¿Qué es?

—La torreta del control central. Este objeto hace que la velocidad de Ícaro descienda por debajo de la lumínica en el momento adecuado. Debe poseer una exactísima precisión. Ícaro permanecerá en la estrella alrededor de un microsegundo. Si la torreta no funciona a la perfección, Ícaro pasará al otro lado y estallará fuera del sistema de Centauro.

—¿Cuánto falta para completar esta torreta?




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