Cuentos completos 1 aquí yace el wub



Descargar 1.98 Mb.
Página12/23
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.98 Mb.
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   23

Sherikov se mostró evasivo y extendió sus grandes manos.

—¿Quién sabe? Hay que montarla con un equipo infinitamente minucioso: aparatos microscópicos, cables invisibles a simple vista.

—¿Podría fijar una fecha aproximada?

Sherikov sacó del interior de su chaqueta un sobre de papel manila.

—He reseñado los datos para las máquinas SRB, añadiendo una fecha de terminación. Introdúzcalos. Consigné un período máximo de diez días. Que las máquinas trabajen a partir de ello.

Reinhart aceptó el sobre con cautela.

—¿Está seguro de la fecha? No estoy convencido de que pueda confiar en usted, Sherikov.

La expresión del científico se ensombreció.

—Tendrá que arriesgarse, Comisionado. No confío en usted más de lo que usted confía en mí. No ignoro que le encantaría encontrar una excusa para echarme de aquí y colocar a uno de sus títeres.

Reinhart examinó al polaco pensativamente. Sherikov era duro de pelar. Proyectos era responsable ante Seguridad, no ante el Consejo. Sherikov estaba perdiendo credibilidad, pero todavía representaba un peligro potencial. Tozudo, individualista, empeñado en no subordinar su bienestar al bien común.

—De acuerdo. —Reinhart introdujo el sobre en su chaqueta—. Lo haré, pero será mejor que tenga razón. No permitiremos más errores. Caerán muchas cabezas en los próximos días.

—Si las cifras cambian a nuestro favor, ¿dará la orden de movilización?

—Sí —afirmó Reinhart—. Daré la orden en el momento en que las cifras cambien.


De pie frente a las máquinas. Reinhart aguardaba los resultados. Eran las dos de la tarde. Hacía calor. En el exterior del edificio, la vida cotidiana del planeta se desarrollaba como de costumbre.

¿Como de costumbre? No exactamente. Había una sensación en el ambiente, una creciente excitación. La Tierra había esperado mucho tiempo. El ataque a Próxima Centauro iba a llegar... y cuanto antes mejor. El antiguo imperio centauriano ahogaba a la Tierra, confinaba a la raza humana en los límites de su sistema, como una vasta y sofocante red desplegada en el cielo; impedía a la Tierra alcanzar los relucientes diamantes que se veían en la lejanía... La situación era insostenible.

Las máquinas SRB zumbaron y la combinación visible desapareció. Reinhart se puso tenso, el cuerpo rígido. Esperó.

La nueva proporción se hizo visible.

Reinhart jadeó. 7 a 6. ¡A favor de la Tierra!

No habían pasado ni cinco minutos cuando ya la alerta roja que anunciaba la movilización de emergencia se había encendido en todas las dependencias del gobierno. El Consejo y la presidenta Duffe habían sido convocados a una reunión inmediata. Todo sucedía muy rápido.

Sin embargo, no había dudas, 7 a 6, favorable a la Tierra. Reinhart se apresuró a poner sus papeles en orden para la reunión del Consejo.

El mensaje confidencial atravesó el laboratorio central hasta llegar a las manos del oficial en jefe.

—¡Mire esto! —Fredman depositó el mensaje sobre el escritorio de su superior—. ¡Léalo!

Harper lo recogió y lo leyó con rapidez.

—Parece que va en serio. No creí que viviríamos para verlo.

Fredman salió del despacho, corrió por el pasillo y entró en la sala de la burbuja temporal.

—¿Dónde está la burbuja? —preguntó, mirando alrededor.

—Ha retrocedido doscientos años en el pasado —respondió uno de los técnicos—. Estamos obteniendo interesantes datos sobre la guerra de mil novecientos catorce. De acuerdo con el material, la burbuja ya ha...

—Olvídelo. Se acabó el trabajo rutinario. Haga volver la burbuja al presente. A partir de este momento, todo el equipo queda a disposición del mando militar.

—Pero... la burbuja se regula automáticamente.

—Hágala volver manualmente.

—Es arriesgado —advirtió el técnico—. Si la emergencia lo requiere, supongo que podríamos cortar el automático.

—La emergencia lo requiere todo —señaló Fredman con énfasis.

—Pero las cifras podrían cambiar —dijo, inquieta, Margaret Duffe, presidenta del Consejo—. Pueden invertirse en cualquier momento.

—¡Es nuestra oportunidad! —estalló Reinhart—. ¿Qué demonios le ocurre? Hemos esperado años.

Un murmullo excitado se elevó del Consejo. Margaret Duffe, mostrando preocupación en sus ojos azules, vaciló.

—Reconozco que tenemos la oportunidad, al menos estadísticamente, pero las nuevas cifras acaban de aparecer. ¿Cómo sabemos que se van a mantener? Se apoyan sobre la base de una única arma.

—Se equivoca. No acaba de comprender la situación. —Reinhart se controló con un gran esfuerzo—. El arma de Sherikov invirtió la proporción en nuestro favor, pero las cifras nos han ido favoreciendo durante meses. Sólo era cuestión de tiempo. Era inevitable, antes o después. No se trata tan sólo de Sherikov; es un factor más. Cuentan los nueve planetas del sistema solar..., no un hombre solo.

Uno de los consejeros se levantó.

—La presidenta ha de tener en cuenta que todo el planeta arde en deseos de terminar la espera. Todas nuestras actividades en los últimos ochenta años se han dirigido a...

Reinhart se acercó a la esbelta presidenta del Consejo.

—Si no autoriza la guerra, la gente se sublevará. La reacción pública será violenta, muy violenta. Y usted lo sabe.

Margaret Duffe le dedicó una fría mirada.

—Usted desencadenó la alerta para forzarme. Sabía muy bien lo que hacía. Sabía que, una vez dada la orden, los acontecimientos se precipitarían.

Un clamor unánime estremeció las filas del Consejo.

—¡Hemos de aprobar la guerra...! ¡Fue nuestro compromiso...! ¡Es demasiado tarde para retroceder!

Los gritos y las voces airadas aumentaron de volumen.

—Soy tan favorable a la guerra como cualquier otro —declaró Margaret Duffe—. Sólo estoy exigiendo moderación. Una guerra entre sistemas es algo muy grave. Vamos a la guerra porque una máquina dice que tenemos una probabilidad estadística de ganarla.

—Es absurdo declarar una guerra si no la podemos ganar —dijo Reinhart—. Las máquinas SRB nos informan de las posibilidades.

—Nos dicen que tenemos la oportunidad de ganar, pero no nos garantizan nada.

—¿Qué más podemos pedir, aparte de una buena ocasión de ganar?

Margaret Duffe apretó los dientes.

—De acuerdo, ya les oigo. No interferiré en la aprobación del Consejo. Procederemos a la votación. —Sus fríos e inteligentes ojos se posaron sobre Reinhart—. Especialmente porque la alerta de emergencia ha llegado a todos los ministerios del gobierno.

—Bien. —Reinhart se alejó, aliviado—. Está decidido. Iniciaremos la movilización total.

Se tomaron las medidas cuanto antes. Las siguientes cuarenta y ocho horas bulleron de actividad.

Reinhart asistió a una reunión militar informativa, presidida por el comandante de la flota Carleton, en los salones del Consejo.

—Observen nuestra estrategia. —Carleton trazó un diagrama en la pizarra—. Sherikov ha declarado que la bomba MRL (Más Rápida que la Luz) tardará unos ocho días en estar preparada. La flota apostada en las cercanías del sistema de Centauro aprovechará este tiempo para tomar posiciones. Mientras la bomba se dispara, la flota iniciará operaciones contra las naves centaurianas que queden. Muchos no sobrevivirán a la explosión, por supuesto, pero con Armun destruido no costará demasiado liquidarlos.

Reinhart sustituyó al comandante Carleton.

—Informaré sobre la situación económica. Todas las fábricas de la Tierra se dedican a la producción de armas. Eliminado Armun, provocaremos insurrecciones masivas en las colonias centaurianas. Cuesta mucho mantener un imperio de dos sistemas, incluso con naves que se aproximan a la velocidad de la luz. Surgirían cabecillas locales por todas partes. Queremos disponer de armas para ellos, y naves que los localicen ahora, cuando aún nos queda tiempo. Más tarde diseñaremos una política unitaria a la que se puedan acoger todas las colonias. Nuestro interés es más económico que político. No nos importa la clase de gobierno que tengan mientras nos proporcionen los productos que necesitamos, al igual que lo hacen nuestros ocho planetas.

Carleton siguió con su informe.

—Una vez dispersada la flota centauriana se iniciará el instante crucial de la guerra: el desembarco de hombres y material desde las naves estacionadas en puntos clave del sistema de Centauro. En esta fase...

Reinhart se marchó. Parecía imposible que sólo hubieran pasado dos días desde que se dio la orden de movilización. Todo el sistema estaba vivo, y funcionaba con febril actividad. Se habían resuelto muchísimos problemas..., pero todavía quedaban bastantes.

Entró en el ascensor y subió a la sala de las SRB, para ver si se había producido algún cambio en los datos de las máquinas. Comprobó que eran los mismos. Hasta ahora todo iba bien. ¿Conocían los centaurianos la existencia de Ícaro? Sin duda, pero no podían hacer nada. Al menos, en el plazo de ocho días.

Kaplan se acercó a Reinhart para enseñarle los últimos datos. El jefe del laboratorio escudriñó los papeles.

—Hay un informe muy divertido. Tal vez le interese.

Tendió el mensaje a Reinhart.

Provenía de Investigaciones Históricas:
9 de mayo de 2136.

Les comunicamos que al retornar la burbuja temporal al presente, utilizamos por primera vez el mando manual. Hubo ciertos problemas, y una cantidad de material del pasado fue transportada a nuestros días. Este material incluía un individuo de comienzos del siglo veinte que escapó del laboratorio inmediatamente. Aún no ha sido puesto bajo custodia. Investigaciones Históricas lamenta este incidente, atribuible a la emergencia.

E. FREDMAN
Reinhart devolvió el informe a Kaplan.

—Interesante. Un hombre del pasado... que cae en medio de la mayor guerra jamás vista.

—Ocurren cosas extrañas. Me pregunto qué pensarán las máquinas.

—No me lo imagino. Quizá nada.

Reinhart salió de la sala y se dirigió a su despacho.

En cuanto estuvo en él llamó a Sherikov por el videófono, utilizando la línea confidencial.

Aparecieron las marcadas facciones del polaco.

—Buenos días, Comisionado. ¿Cómo van los preparativos para la guerra?

—Bien. ¿Cómo va el montaje de la torreta?

Un ligero aire de preocupación ensombreció el rostro de Sherikov.

—De hecho, Comisionado...

—¿Qué sucede? —preguntó Reinhart con brusquedad.

—Ya sabe cómo son las cosas —divagó Sherikov—. Sustituí mi equipo por operarios robot. Son mucho más diestros, pero no pueden tomar decisiones. El asunto exige algo más que pericia. Exige... —buscó la palabra— ...un artista.

Reinhart montó en cólera.

—Escuche, Sherikov. Tiene ocho días para completar la bomba. Los datos introducidos en las máquinas SRB contenían esta información. La proporción siete a seis se basa en esta estimación. Si no logra...

—No se excite, Comisionado. —Sherikov se agitó, molesto—. La completaremos.

—Así lo espero. Llámeme tan pronto como haya terminado.

Reinhart cortó la conexión. Si Sherikov le fallaba, acabaría con él. Toda la guerra dependía de la bomba MRL.

La pantalla se iluminó de nuevo. Se formó el rostro de Kaplan, lívido y descompuesto.

—Comisionado, le ruego que acuda a la sala de las SRB. Ha sucedido algo.

—¿Qué?

—Ya se lo enseñaré.



Reinhart, alarmado, salió corriendo de su despacho. Encontró a Kaplan parado frente a las máquinas.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Reinhart.

Echó una ojeada a la pantalla de datos. No habían sufrido alteración.

Kaplan le tendió un informe.

—Lo introduje hace un momento en las máquinas. En cuanto vi los resultados, lo quité. Es el párrafo que le mostré, el que nos enviaron de Investigaciones Históricas, sobre el hombre del pasado.

—¿Qué ocurrió cuando lo introdujo?

Kaplan se alteró, inquieto.

—Se lo enseñaré. Lo haré otra vez. Exactamente como antes. —Depositó la tarjeta magnética en la cinta transportadora—. Observe los dígitos.

Reinhart miró, tenso y rígido. Nada sucedió de momento. Continuaba parpadeando la relación 7-6. Después... las cifras desaparecieron. Las máquinas hicieron una pausa. En seguida se iluminaron cifras nuevas. 4-24 a favor de Centauro. Reinhart jadeó, horrorizado. Las cifras se borraron, y surgieron otras: 16-38 a favor de Centauro. Luego, 48-86. 79-15 a favor de la Tierra. Después, nada. Las máquinas zumbaban, pero no ocurrió nada.

Nada en absoluto. Ninguna cifra. Un espacio en blanco.

—¿Qué significa esto? —musitó Reinhart, aturdido.

—Es fantástico. No pensábamos que esto podría...

—¿Qué ha pasado?

—Las máquinas son incapaces de integrar los datos. No se obtiene lectura alguna. No pueden utilizarlos para el cálculo de probabilidades, y se borran todas las demás cifras.

—¿Por qué?

—Es..., es una variable. —Kaplan temblaba, pálido, tenía los labios lívidos—. Algo de lo que no se puede deducir nada. El hombre del pasado. Las máquinas no lo integran. ¡El hombre variable!


II
Thomas Cole estaba afilando un cuchillo con la amoladera cuando se desencadenó el tornado.

El cuchillo pertenecía a la señora que vivía en la gran casa verde. Cada vez que Cole pasaba por allí con su carreta Fixit, la señora le daba algo para afilar. En cierta ocasión le invitó a una taza de café, café oscuro y caliente de una vieja cafetera. Le gustó el detalle; disfrutaba del buen café.

El día estaba encapotado y lluvioso. Los negocios no iban bien. Un automóvil había asustado a sus dos caballos. Cuando hacia mal tiempo, muy poca gente salía a la calle, de modo que deba bajar de la carreta y llamar a los timbres.

Con todo, el hombre de la casa amarilla le había dado un dólar por reparar su nevera eléctrica. Nadie lo había conseguido, ni siquiera el empleado de la fábrica. El dólar cundiría mucho. Un dólar era casi una fortuna.

Supo que era un tornado antes de que se abatiera sobre él. Todo estaba silencioso. Se hallaba inclinado sobre su piedra de afilar, con las riendas entre las rodillas, absorto en su trabajo.

Se había esmerado con el cuchillo; ya estaba terminado. Escupió sobre la hoja, lo alzó para ver si... y el tornado llegó.

En un segundo le rodeó por completo, una espesura grisácea. La carreta, los coches y él parecían encontrarse en un punto tranquilo, situado en el centro del tornado. Se movían con gran silencio entre la niebla gris.

Y mientras se preguntaba qué hacer, y cómo devolvería el cuchillo a la anciana, se produjo un choque repentino y el tornado le arrojó al suelo. Los caballos relincharon de terror, tratando de mantener el equilibrio. Cole se levantó en seguida.

¿Dónde estaba?

La espesura grisácea había desaparecido. Por todos lados se erguían paredes blancas. Una luz intensa, similar a la del sol, iluminaba la escena. La yunta inclinaba la carreta con su peso; equipo y herramientas cayeron al suelo. Cole enderezó la carreta y saltó al pescante.

Y por primera vez vio a la gente.

Hombres uniformados de rostros blancos y estupefactos. ¡Y una sensación de peligro!

Cole dirigió los caballos hacia la puerta. Atronaron el suelo con sus cascos, acero contra acero, mientras atravesaban la puerta y dispersaban a los perplejos hombres en todas direcciones. Desembocaron en un amplio vestíbulo de un edificio parecido a un hospital.

Más hombres, surgidos de todos lados, convergieron en el vestíbulo. Gritaban y movían los brazos, excitados, como hormigas blancas. Un rayo violeta oscuro pasó cerca de su cabeza; chamuscó una esquina de la carreta, y brotó humo de la madera.

Cole sintió miedo. Azuzó a los aterrorizados caballos. Se estrellaron violentamente contra una gran puerta. La puerta cedió... Estaban en el exterior y el sol se extendía sobre ellos. La carreta se ladeó durante un segundo estremecedor, a punto de volcar. Después, los caballos galoparon a mayor velocidad y atravesaron un espacio abierto, en dirección a una lejana mancha verde. Cole sujetaba con firmeza las riendas.

A su espalda, los hombrecillos de cara pálida habían salido y permanecían agrupados de pie, gesticulando frenéticamente. Oyó sus débiles chillidos.

Pero se había escapado. Estaba a salvo. Frenó los caballos y respiró con tranquilidad.

Los bosques eran artificiales. Algún tipo de parque, exuberante, descuidado. Una densa jungla de plantas retorcidas. Todo crecía en desorden.

El parque estaba vacío. No había nadie. Por la posición del sol calculó que amanecía o atardecía. El perfume de las flores y de la hierba, la humedad de las hojas, indicaban la mañana. Caía la tarde cuando el tornado le arrebató. Y el cielo estaba encapotado y lluvioso.

Cole reflexionó. Resultaba claro que se había desplazado un buen trecho. El hospital, los hombres de caras blancas, la extraña iluminación, el acento de las palabras que había captado..., todo hacía suponer que ya no se encontraba en Nebraska, quizá ni siquiera en Estados Unidos.

Había perdido algunas herramientas durante la huida. Cole reunió lo que quedaba, dividió en grupos las herramientas y las acarició con ternura. Había perdido algunos escoplos y formones, así como la mayoría de las piezas más pequeñas. Cogió lo que se había salvado y lo volvió a colocar en la caja con todo cuidado. Recuperó una sierra de punta, le quitó el polvo con un trapo aceitado y la guardó en la caja.

El sol trepaba lentamente en el cielo. Cole levantó la vista y se protegió los ojos con su mano encallecida. Era un hombre muy alto, ancho de hombros. Iba sin afeitar y su ropa estaba sucia y raída, pero sus ojos eran claros, de color azul pálido, y sus manos esbeltas.

No podía quedarse en el parque. Le habían visto adentrarse en esa zona y le estarían buscando.

Algo cruzó velozmente el cielo a increíble altura. Un diminuto punto negro que se desplazaba con inverosímil celeridad. Un segundo punto le siguió. Los dos desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. No hacían el menor ruido.

Cole frunció el ceño, preocupado. Los puntos le inquietaban. Tendría que volver a ponerse en marcha..., y buscar comida. Su estómago ya empezaba a gruñir y a quejarse.

Trabajo. Podía hacer muchas cosas: cuidar jardines, afilar, moler, reparar máquinas y relojes, arreglar toda clase de objetos domésticos, incluso pintar, y otros trabajos esporádicos, como carpintería.

Podía hacer cualquier cosa, lo que le pidieran, a cambio de comida y unas pocas monedas.

Thomas Cole arreó los caballos y siguió adelante. Iba encorvado en el pescante, con la vista atenta, mientras la carreta Fixit rodaba sobre la hierba enmarañada, atravesando la jungla de árboles y flores.

Reinhart puso el crucero a toda velocidad, seguido por un segundo vehículo, una escolta militar. La tierra se deslizaba bajo él, una mancha verde y gris.

Contempló los restos dispersos de Nueva York, un retorcido y confuso montón de ruinas invadido por hierbas y maleza. Las grandes guerras atómicas del siglo veinte habían convertido virtualmente toda la zona costera en una interminable extensión de escoria.

Escoria y maleza. Y, de súbito, el caos que había sido Central Park.

Divisó Investigaciones Históricas. Reinhart aterrizó en la pequeña pista detrás de los edificios principales.

Harper, el oficial en jefe del departamento, se reunió con Reinhart en cuanto aterrizó.

—Francamente, no entendemos por qué le concede tanta importancia a este asunto —declaró Harper, intranquilo.


Reinhart le dirigió una fría mirada.

—Yo juzgaré lo que es importante o no. ¿Fue usted quien dio la orden de recuperar la burbuja manualmente?

—Lo hizo Fredman, de acuerdo con las instrucciones que usted le dio para facilitar...

Reinhart se encaminó a la entrada del edificio de investigaciones.

—¿Dónde está Fredman?

—Dentro.


—Quiero verle. Vamos.

Fredman salió a su encuentro. Saludó a Reinhart con calma, sin demostrar la menor emoción.

—Lamento haberle causado problemas, Comisionado. Intentamos adaptar la estación a la situación bélica. Trajimos de regreso la burbuja tan pronto como pudimos. La policía no tardará en detener a ese hombre.

—Quiero conocer todos los detalles de lo ocurrido.

—No hay mucho que contar. —Fredman se agitó, inquieto—. Di la orden de cancelar el sistema automático, y recuperamos la burbuja manualmente. Cuando enviamos la señal, la burbuja se hallaba en la primavera de mil novecientos trece. Al abandonar el pasado bruscamente, se llevó consigo una extensión de tierra en la que estaban parados el hombre y su carreta. El hombre, por supuesto, fue traído al presente dentro de la burbuja.

—¿Ninguno de sus instrumentos detectó que la burbuja llevaba un peso suplementario?

—Estábamos demasiado excitados para atender a las lecturas. La burbuja se materializó en la sala de observaciones media hora después de activar el control manual. La descargamos de energía antes de saber lo que había dentro. Intentamos detenerle, pero salió con la carreta al vestíbulo, arrollándonos a todos. Los caballos estaban aterrorizados.

—¿Cómo era la carreta?

—Tenía una especie de rótulo pintado con letras negras en ambos lados. Nadie tuvo tiempo de leerlo.

—Siga. ¿Qué ocurrió después?

—Alguien le disparó un rayo Slem, pero falló. Los caballos le sacaron del edificio. Cuando llegamos a la salida estaba a mitad de camino del parque.

—Si aún está en el parque, no tardaremos en cogerle —reflexionó Reinhart—, pero debemos ser precavidos.

Sin más palabras dio media vuelta y se encaminó hacia su nave. Harper correteó detrás de él.

Reinhart se paró junto a la nave. Hizo señas a unos guardias gubernamentales de que se acercaran.

—Pongan bajo arresto al personal ejecutivo de este departamento. Serán juzgados por alta traición. —Sonrió con ironía al rostro mortalmente pálido de Harper—. Estamos en guerra. Tendrán suerte si salen con vida.

Reinhart montó en su aparato y se elevó en el cielo. La escolta militar le siguió. Reinhart sobrevoló el mar de escoria gris, la extensa zona devastada. Pasó sobre un cuadrado verde en medio del océano gris. Lo estuvo mirando hasta que desapareció.

Central Park. Vio vehículos policiales y transportes de tropas que volaban hacia el cuadrado verde. Cañones pesados y vehículos de superficie avanzaban en columnas hacia el parque desde todas direcciones.

Pronto capturarían al hombre. Pero, entretanto, las máquinas SRB no funcionaban. Y de la información suministrada por las SRB dependía la guerra.

La carreta llegó al extremo del parque a mediodía. Cole descansó un momento y permitió a los caballos pacer en la espesa hierba. La silenciosa extensión de escoria le intrigaba. ¿Qué habría sucedido? Nada se movía. Ni edificios, ni señales de vida. Hierba y maleza brotaban ocasionalmente en algunos puntos de la superficie plana, pero, aun así, el espectáculo le hacía estremecer.

Cole condujo la carreta hasta la escoria y examinó el cielo. Fuera del parque no tenía dónde esconderse. La escoria era llana, uniforme, como el océano. Si le localizaban...

Un enjambre de diminutos puntos negros cruzó el cielo, acercándose rápidamente. Al cabo de un instante se desviaron a la derecha y desaparecieron. Más aviones, aviones metálicos sin alas. Los vio alejarse.

Media hora después divisó alguna cosa más adelante. Cole disminuyó la marcha de la carreta y forzó la vista. La escoria llegaba a su fin.

Había alcanzado su límite. A continuación empezaba un terreno oscuro en el que crecían hierbas y matojos. En el horizonte se dibujaba una fila de edificios, casas, o cobertizos.

Casas, probablemente, pero muy diferentes de las que conocía.

Las casas eran iguales unas a otras. Varios centenares, como pequeñas cáscaras verdes. Todas tenían un jardín con césped, un sendero, un porche delantero y algunas hileras de arbustos rodeándolas. Todas eran iguales, y diminutas.




Compartir con tus amigos:
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal