Cuentos completos 1 aquí yace el wub



Descargar 1.98 Mb.
Página13/23
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.98 Mb.
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   23

Sí, pequeñas cáscaras verdes. Condujo con cautela la carreta hacia las casas.

No parecía haber nadie en las cercanías. Penetró en una calle abierta entre dos filas de casas. Los cascos de los caballos resonaban en el silencio. Estaba en algún tipo de ciudad, pero no se veían niños ni perros. Todo estaba limpio y silencioso, como una maqueta o una exposición. Su inquietud creció.

Un joven que caminaba por la acera le miró, asombrado. Iba extrañamente vestido, con una capa parecida a una toga que le llegaba hasta las rodillas como único atavío. Y sandalias. O algo similar a sandalias. Tanto la capa como las sandalias eran de un singular material semiluminoso. Centelleaba a la luz del sol. Más que tela, metal.

Una mujer regaba las flores en el extremo del jardín. Se enderezó cuando los caballos se aproximaron. Sus ojos se dilataron de asombro..., y luego de pánico. Su boca dibujó una silenciosa O y la regadera se deslizó de sus dedos y cayó sobre la hierba.

Cole se sonrojó y volvió la cabeza al instante. ¡La mujer apenas iba vestida! Chasqueó las riendas y obligó a los caballos a correr.

La mujer se le quedó mirando. Cole echó un vistazo breve y apresurado hacia atrás... y azuzó al tiro de caballos con un grito ronco, las orejas coloradas. No se había equivocado. La mujer sólo llevaba un par de pantalones cortos transparentes, nada más. Una íntima pieza del mismo material semiluminoso que brillaba y centelleaba. El resto de su menudo cuerpo estaba totalmente desnudo.

Aflojó el paso de la carreta. Era bonita. Cabello y ojos castaños, gruesos labios rojos. Una hermosa silueta. Cintura breve, piernas suaves, flexibles y delicadas, pechos abundantes... Rechazó el pensamiento con furia. Tenía que encontrar un trabajo. Los negocios...

Cole detuvo la carreta Fixit y saltó á la acera. Eligió una casa al azar y avanzó con precauciones. La casa era atractiva, poseía una cierta belleza, pero parecía frágil, al igual que las otras.

Subió al porche. No había timbre. Lo buscó, tanteando con la mano sobre la superficie de la puerta. Al instante oyó un «clic, un golpecito seco a la altura de sus ojos. Levantó la vista, sobresaltado. Una lente desaparecía tras la sección de puerta que se cerraba. Le habían fotografiado.

Mientras reflexionaba sobre lo sucedido, la puerta se abrió de súbito. Un hombre se recortó en el umbral, un hombre de gran envergadura con uniforme de color canela que bloqueaba el acceso ominosamente.

—¿Qué quiere? —preguntó el hombre.

—Busco trabajo —murmuró Cole—. Cualquier tipo de trabajo. Puedo hacer de todo. arreglar lo que sea, reparar objetos rotos... Lo que sea.

—Diríjase al Departamento de Empleo de la Junta de Control de Actividades Federales —dijo el hombre con tono seguro—. Ya sabe que toda la terapia ocupacional se canaliza a través de ellos. —Observó a Cole con curiosidad—. ¿Por qué se ha puesto esos vestidos tan antiguos?

—¿Antiguos? Caramba, yo...

El hombre desvió la mirada y se fijó en la carreta Fixit y en los dos adormecidos caballos.

—¿Qué es eso? ¿Qué clase de animales son? ¿Caballos? —El hombre se frotó la barbilla y examinó a Cole con atención—. Qué extraño.

—¿Extraño? —murmuró Cole—. ¿Por qué?

—Hace cien años que no hay caballos. Murieron todos en el curso la Quinta Guerra Atómica. Por eso es extraño.

Cole se puso en guardia. Advertía algo en los ojos del hombre, cierta dureza, una mirada perspicaz. Cole retrocedió hacia el sendero. Tenía que ser precavido. Algo iba mal.

—Ya volveré —musitó.

—Hace cien años que no hay caballos —repitió el hombre, y se acercó a Cole—. ¿Quién es usted? ¿Por qué viste así? ¿Dónde consiguió ese vehículo y los dos caballos?

—Ya volveré —repitió Cole, alejándose.

El hombre extrajo algo de su cinturón, un delgado tubo de metal. Se lo tendió a Cole.

Era un documento enrollado, una fina hoja de metal en forma de tubo. Palabras, un tipo desconocido de caligrafía. No pudo descifrarla. La foto del hombre, filas de números, cálculos...
—Me llamo Winslow, y soy el director de la Oficina Federal para la Conservación de Materias Primas —dijo el hombre—. Hable rápido, o dentro de cinco minutos llegará un coche de Seguridad.

Cole se movió... rápido. Recorrió a grandes zancadas el sendero, en dirección a la calle.

Algo le golpeó con fuerza. Un muro de fuerza se estrelló contra su rostro. Quedó tendido en el suelo, aturdido y desconcertado. El cuerpo le dolía y sufría convulsiones, que fueron disminuyendo poco a poco.

Se puso en pie temblorosamente. La cabeza le daba vueltas. Se sentía débil, destrozado, al borde del colapso. El hombre se aproximaba. Cole montó en la carreta, jadeando y con ganas de vomitar. Los caballos se lanzaron adelante. Cole salió despedido contra el pescante, mareado por los movimientos del vehículo.

Se apoderó de las riendas y consiguió enderezarse. La carreta aumentó de velocidad y dobló una esquina. Las casas quedaban atrás.

Cole azuzó con sus escasas fuerzas al tiro de caballos, respirando entrecortadamente. Las casas y las calles se convertían en manchas borrosas a medida que la carreta corría más y más de prisa.

De pronto se terminaron la ciudad y las casitas aseadas. Se hallaba en una especie de autopista, bordeada por grandes edificios y fábricas. Figuras, hombres que le contemplaban boquiabiertos.

Al cabo de un rato, las fábricas se desvanecieron. Cole aflojó las riendas. ¿Qué había dicho el hombre? La Quinta Guerra Atómica. Los caballos extinguidos. Carecía de sentido. Y tenían cosas de las que no sabía nada. Campos de fuerza. Aviones sin alas..., silenciosos.

Cole rebuscó en sus bolsillos. Encontró el tubo de identificación que el hombre le había entregado. Se lo había llevado sin darse cuenta. Desenrolló el tubo y lo examinó. La escritura le resultaba extraña.

Pasó mucho rato estudiando el tubo. Luego, advirtió algo en la esquina superior derecha.

Una fecha: 6 de octubre de 2128.

La visión de Cole se hizo borrosa. Todo giró a su alrededor. Octubre, 2128. ¿Sería posible?

El documento estaba allí, en su mano. Una fina hoja de papel metálico. Como una chapa. No había duda: estaba escrito en la esquina de la hoja.

Cole enrolló el tubo despacio, abrumado por la certeza. Doscientos años. Parecía imposible. Pese a todo, las cosas empezaban a encajar. Estaba en el futuro, a doscientos años de su época.

Sumido en estos pensamientos, no advirtió el veloz vehículo negro de Seguridad que descendía rápidamente hacia la carreta.
El videófono de Reinhart zumbó. Lo conectó en seguida.

—¿Sí?


—Informe de Seguridad.

—Pásemelo.

Reinhart esperó con impaciencia a que la pantalla volviera a iluminarse.

—Soy Dixon, del Comando Regional Occidental. —El oficial carraspeó y ordenó sus papeles—. El hombre del pasado ha sido localizado alejándose de la zona de Nueva York.

—¿En qué parte de la red?

—Fuera. Evadió el dispositivo montado alrededor de Central Park al entrar en una de las pequeñas ciudades que limitan con la zona de escoria.

—¿Evadió?

—Supusimos que evitaría las ciudades. La red no consiguió abarcar todas las ciudades, por supuesto.

Reinhart apretó las mandíbulas.

—Siga.


—Penetró en la ciudad de Petersville pocos minutos antes de que la red se cerrara alrededor del parque. Lo rastreamos, pero no encontramos nada, por supuesto. Ya se había ido. Una hora después recibimos un informe de un residente de Petersville, un oficial del Departamento de Conservación de Materias Primas. El hombre del pasado había llamado a su puerta en busca de trabajo. Winslow, el oficial, le entretuvo con la intención de capturarle, pero se escapó en la carreta. Winslow llamó a Seguridad inmediatamente, pero ya era demasiado tarde.

—Téngame al corriente de lo que pase. Hemos de atraparle... cuanto antes.

Reinhart desconectó el aparato.

Se sentó en la butaca a esperar.


Cole vio la sombra del vehículo de Seguridad y reaccionó sin demora. Un segundo después la sombra pasó sobre él. Cole saltó de la carreta; corriendo y tropezando. Rodó por el suelo, alejándose lo más posible de la carreta.

Hubo un destello cegador y un rayo de luz blanca. Un viento caliente se precipitó sobre Cole. Le levantó y sacudió como a una hoja. Cerró los ojos y relajó el cuerpo. Rebotó contra el suelo varias veces. Grava y piedras le arañaron la cara, las rodillas y las palmas de las manos.

Cole chilló, presa del pánico. Sentía arder su cuerpo. Se estaba consumiendo, quemado por el cegador globo blanco de fuego. El globo se expandió, aumentó de tamaño, hinchándose como un sol monstruoso, inflado y deformado. Había llegado el fin. No quedaba la menor esperanza. Apretó los dientes...

El globo se desvaneció gradualmente. Chisporroteó, titiló y quedó reducido a cenizas. Un olor ácido impregnaba el aire. Sus ropas ardían y humeaban. Bajo él sentía la tierra caliente, seca, agostada por la descarga. Pero estaba vivo. Al menos, por un rato.

Cole abrió los ojos poco a poco. La carreta habla desaparecido, y en el lugar donde estaba se veía un gran agujero, un hueco irregular en el centro de la autopista. Una fea nube, negra y ominosa, flotaba sobre el hoyo. En lo alto, el avión sin alas volaba en círculos, rastreando posibles señales de vida.

Cole continuó extendido; luchando por recobrar la respiración. Pasó el tiempo. El sol se desplazaba en el cielo con agonizante lentitud. Debían de ser las cuatro de la tarde, según el cálculo mental de Cole. Dentro de tres horas se haría de noche. Entonces, si aún estaba vivo...

¿Habría visto el avión cómo saltaba de la carreta?

Yació sin moverse. El sol de la tarde caía sobre su cuerpo inmóvil. Se sentía enfermo, mareado y febril. Tenía la boca seca.

Algunas hormigas se deslizaron sobre su mano. La inmensa nube negra empezaba a disiparse y se convertía en un glóbulo informe.

La carreta había desaparecido. El pensamiento le atormentaba y latía en su cerebro, mezclándose con los trabajosos latidos de su pulso.

Había desaparecido. Destruida. Sólo quedaban cenizas. La revelación le aturdía.

El avión abandonó la búsqueda y se perdió en el horizonte. El cielo estaba despejado de obstáculos.

Cole consiguió a duras penas ponerse en pie. Se limpió la cara con manos temblorosas. Le dolía todo el cuerpo. Escupió un par de veces para aclarar su garganta. Era probable que el avión enviara un mensaje. Vendría gente a buscarle. ¿Adónde iría?

Una cadena de colinas, una distante masa verde, se alzaba a su derecha. Tal vez podría llegar hasta ellas. Se puso en camino. Tenía que comportarse con cautela. Le buscaban... y llevaban armas. Armas increíbles.

Sería afortunado de seguir con vida cuando el sol se pusiera. Su yunta, la carreta Fixit y todas sus herramientas habían desaparecido. Cole investigó en sus bolsillos. Extrajo algunos pequeños destornilladores, un par de pinzas, un poco de cable, un poco de soldadura, la piedra de afilar y, por fin, el cuchillo de la anciana.

Le quedaba muy poco instrumental. Lo había perdido casi todo, pero sería más difícil localizarle sin la carreta. Les sería más difícil localizarle si se desplazaba a pie.

Cole apresuró el paso. Atravesó los campos en dirección a la lejana cadena de montañas.

Reinhart recibió la llamada casi de inmediato. El rostro de Dixon se formó en la pantalla del videófono.

—Tengo un nuevo informe, Comisionado. Buenas noticias. El hombre del pasado fue visto saliendo de Petersville, en la autopista trece, a unos quince kilómetros. Nuestra nave lo bombardeó sin demora.

—¿Acabaron..., acabaron con él?

—El piloto no advirtió signos de vida después del disparo.

El pulso de Reinhart casi se detuvo. Se hundió en la butaca.

—Por tanto, ¡está muerto!

—Aún no podemos asegurarlo hasta que examinemos los restos. Un vehículo de superficie se dirige hacia el lugar de los hechos. Completaremos el informe en breve plazo. Le pondremos al corriente en cuanto lo tengamos.

Reinhart extendió la mano y apagó la pantalla. ¿Habían matado al hombre del pasado? ¿O había escapado de nuevo? ¿Lo cogerían alguna vez? ¿Había alguna posibilidad de capturarlo? Y, entretanto, las máquinas SRB seguían silenciosas, inactivas.

Reinhart se hundió en la butaca, dispuesto a esperar el inminente informe del vehículo de superficie.


Caía la tarde.

—¡Vamos! —gritó Steve, corriendo como un poseso detrás de su hermano—. ¡Vuelve!

—Cógeme.

Earl bajó corriendo la ladera de la colina, dejó atrás un almacén militar, saltó una valla de neotex y aterrizó en el patio trasero de la señora Norris.

Steven, casi sin aliento, chillando y jadeando, persiguió a su hermano.

—¡Vuelve! ¡Devuélveme eso!

—¿Qué te ha cogido? —preguntó Sally Tate, cortando el paso a Steven por sorpresa.

Steven se paró y trató de recuperar el aliento.

—Me ha robado mi videotransmisor intersistémico. —Su carita se contrajo en una mueca de rabia y tristeza—. ¡Será mejor que me lo devuelva!

Earl se acercó, dando un rodeo por la derecha. La cálida oscuridad del anochecer le hacía casi invisible.

—Aquí estoy —anunció—. ¿Qué piensas hacer?

Steven le miró con hostilidad. Sus ojos se fijaron en la caja cuadrada que Earl sostenía en las manos.

—¡Devuélvemela, o se lo diré a papá!

—Oblígame —rió Earl.

—Papá te obligará.

—Será mejor que me la des —dijo Sally.

—Cógeme.

Earl emprendió la huida. Steven apartó de un empujón a Sally y se precipitó sobre su hermano. Chocó contra él y lo dejó tendido en el suelo. La caja salió despedida de las manos de Earl, rebotó sobre el pavimento y se rompió junto a un poste indicador luminoso.

Earl y Steven se incorporaron lentamente. Miraron con tristeza la caja rota.

—¿Lo ves? —chilló Steven con lágrimas en los ojos—. ¿Ves lo que has hecho?

—Tú lo hiciste. Me empujaste.

—¡Tú lo hiciste!

Steven se agachó y recogió la caja. Se aproximó al poste luminoso y se sentó pata examinarla.

Earl avanzó unos pasos.

—Si no me hubieras empujado, no se habría roto.

Se hacía de noche con mucha rapidez. La cadena de colinas que se alzaban sobre la ciudad estaban envueltas casi por completo en la oscuridad. Se habían encendido algunas luces. La noche era cálida. Las puertas de un vehículo de superficie se cerraron con estrépito a lo lejos. Transportes aéreos llenos de obreros que volvían de trabajar en las grandes fábricas subterráneas zumbaban en el cielo.

Thomas Cole caminó con parsimonia hacia los tres niños que conversaban junto al poste luminoso. Andaba con dificultad a causa de la fatiga y el dolor. A pesar de que ya era de noche, todavía no se consideraba a salvo.

Estaba agotado y hambriento. Había caminado mucho. Y necesitaba comer algo... pronto.

Cole se detuvo a escasa distancia de los niños. Los tres estaban absortos y atentos por la caja que Steven tenía sobre las rodillas. Se callaron de repente. Earl alzó los ojos lentamente.

La enorme silueta de Thomas Cole parecía más amenazadora recortada contra la luz mortecina. Sus largos brazos pendían flojamente a lo largo de su cuerpo. Las sombras ocultaban su rostro. Su cuerpo era una masa informe, indistinta. Una gran estatua amorfa, erguida en silencio a pocos pasos, inmóvil en la semioscuridad.

—¿Quién eres? —preguntó Earl con voz insegura.

—¿Qué quiere? —inquirió Sally. Los niños se apartaron, nerviosos—. Lárguese.

Cole se aproximó. Se inclino un poco. El resplandor del poste luminoso hizo visibles sus rasgos: nariz larga y ganchuda, pálidos ojos azules...

Steven se puso en pie de un salto sin soltar el videotransmisor.

—¡Fuera de aquí!

—Esperad. —Cole les dirigió una sonrisa tímida. Su voz era seca y áspera—. ¿Qué tenéis ahí? —Señaló con sus largos y esbeltos dedos—. ¿Qué es esa caja?

Los niños enmudecieron. Steven habló por fin.

—Es mi videotransmisor intersistémico.

—Pero no funciona —añadió Sally.

—Earl lo rompió. —Steven miró de reojo a su hermano—. Earl lo tiró y lo rompió.

Cole sonrió. Se acomodó en el borde de la curva y suspiró, aliviado. Había andado demasiado. Le dolía todo el cuerpo. Estaba cansado y hambriento. Estuvo sentado durante un buen rato, demasiado exhausto para hablar. Se secó el sudor del cuello y de la cara.

—¿Quién eres? —preguntó Sally—. ¿Por qué llevas ese traje tan raro? ¿De dónde vienes?

—¿De dónde? —Cole miró a los niños de uno en uno—. De muy lejos. Muy lejos.

Meneó la cabeza de un lado a otro, intentando despejarse.

—¿Cuál es tu terapia? —preguntó Earl.

—¿Mi terapia?

—¿Qué haces? ¿Dónde trabajas?

Cole respiró hondamente y dejó escapar el aire poco a poco.

—Arreglo cosas, toda clase de cosas. Lo que sea.

—Nadie arregla cosas —se burló Earl—. Si se rompen, las tiras.

Cole no le escuchó. Una súbita necesidad le obligó a ponerse de pie.

—¿Sabéis dónde puedo encontrar trabajo? Lo arreglo todo: relojes, máquinas de escribir, neveras, ollas y cacerolas. Goteras en el techo. Todo.

Steven le tendió su videotransmisor intersistémico.

—Arregla esto.

Hubo un silencio. Los ojos de Cole se posaron despacio sobre la caja.

—¿Eso?


—Mi transmisor. Earl lo rompió.

Cole cogió la caja. Le dio vueltas y la expuso a la luz. Frunció el ceño y se concentró. Sus largos y ágiles dedos exploraron la superficie.

—¡Te la va a robar! —exclamó Earl.

—No. —Cole meneó la cabeza—. Soy de fiar.

Sus dedos sensibles encontraron los tornillos que mantenían la caja sujeta. Los desenroscó con pericia. La caja se abrió y reveló su complicado interior.

—La ha abierto —susurró Sally.

—¡Dámela! —pidió Steven, algo asustado—. Quiero que me la devuelvas.

Los tres niños observaron a Cole con aprensión. Cole rebuscó en su bolsillos. Sacó sus diminutos destornilladores y las pinzas. Los dispuso frente a él. No hizo el menor gesto de devolver la caja.

—Quiero que me la devuelvas —rogó Steven.

Cole levantó la vista. Sus pálidos ojos azules contemplaron a los tres niños que estaban de pie en la oscuridad.

—Te la voy a arreglar. ¿No me lo pediste?

—Quiero que me la devuelvas. —Steven se apoyaba en un pie y luego en el otro, indeciso y dudoso—. ¿De verdad que la puedes arreglar? ¿Funcionará otra vez?

—Sí.

—De acuerdo. Arréglala.



Una débil sonrisa iluminó el rostro fatigado de Cole.

—Espera un momento. Si te la arreglo, ¿me traerás algo de comer? No lo voy a hacer gratis.

—¿Algo de comer?

—Comida. Necesito comida caliente. Incluso un poco de café.

—Sí —asintió Steven—, te la traeré.

—Estupendo, eso es estupendo. —Cole devolvió su atención a la caja que tenía entre las rodillas—. En ese caso, te la arreglaré, y te la arreglaré bien.

Sus dedos volaron, palpando, explorando, examinando, comprobando cables y relés. Investigaron el videotransmisor intersistémico. Descubrieron cómo funcionaba.

Steven se precipitó en el interior de la casa a través de la puerta de emergencia. Avanzó de puntillas hacia la cocina, tomando toda clase de precauciones. Pulsó los botones de la cocina al azar; el corazón le latía desacompasadamente. El horno empezó a zumbar. Los indicadores se desplazaron hasta señalar el fin de la operación.

El horno se abrió y apareció una bandeja de pescado humeante. El mecanismo se desconectó. Steven se apoderó del contenido de la bandeja y lo transportó en brazos por el pasillo hasta la puerta de emergencia, y de ahí al patio, que estaba a oscuras.

Consiguió llegar al poste luminoso sin dejar caer nada.

Thomas Cole se enderezó cuando divisó a Steven.

—Aquí está —anunció Steven al llegar a la curva. Depositó su carga sobre el suelo—. Aquí está la comida. ¿Has terminado?

Cole le tendió el videotransmisor intersistémico.

—Está listo. Menudo destrozo.

Earl y Sally le miraron con los ojos abiertos de par en par.

—¿Funciona? —preguntó Sally.

—Por supuesto que no —manifestó Earl—. ¿Cómo podría funcionar? Es incapaz de...

—¡Conéctalo! —Sally le dio un codazo a Steven—. A ver si funciona.

Steven llevó la caja bajo la luz para examinar los mandos. Apretó el botón principal. La luz indicadora se iluminó.

—Se enciende —dijo.

—Di algo.

—¡Hola! ¡Hola! Llamando el operador seis, zeta, siete, cinco. ¿Me oyen? Aquí el operador seis, zeta, siete, cinco. ¿Me oyen?

Thomas Cole se sentó a comer, en la oscuridad, lejos del resplandor del poste luminoso. Comió en silencio, con auténtico placer. Buena comida, bien cocinada y sazonada. Bebió un envase de zumo de naranja, y luego una bebida dulce que no reconoció. No sabía qué clase de comida era, pero le daba igual. Había caminado mucho y todavía le quedaba un largo trecho por delante, antes de que amaneciera. Tenía que adentrarse en las colinas antes de que saliera el sol. El instinto le decía que estaría a salvo entre los árboles y la enmarañada vegetación..., al menos relativamente a salvo..

Comió con voracidad y sin parar. No levantó la vista hasta que terminó. Después se puso en pie y se secó la boca con el dorso de la mano.

Los tres niños habían formado un círculo y manipulaban el videotransmisor intersistémico. Estuvo contemplándoles un rato. Ninguno apartaba la atención de la cajita. Estaban absortos en lo que hacían.

—¿Y bien? —preguntó Cole por fin—. ¿Funciona bien?

Steven le miró al cabo de un momento, con una extraña expresión en el rostro. Asintió lentamente.

—Sí. Sí, funciona. Funciona muy bien.

—Estupendo —gruñó Cole. Se desplazó fuera del alcance de la luz—. Así me gusta.

Los niños siguieron con la mirada la figura de Thomas Cole hasta que hubo desaparecido por completo. Después se miraron entre sí, y luego la caja que Steven tenía entre las manos. La miraron con una mezcla de respeto y temor creciente.. Steven echó a caminar hacia su casa.

—He de enseñársela a mi papá —murmuró, extasiado—. Ha de saberlo. ¡Alguien tiene que saberlo!
III
Eric Reinhart examinó el videotransmisor cuidadosamente, dándole vueltas una y otra vez.

—Así que escapó de la explosión —admitió Dixon a regañadientes—. Debió de saltar de la carreta justo antes de que le alcanzara.

—Escapó —asintió Reinhart—. Es la segunda vez que se le escapa. —Apartó a un lado el videotransmisor y se inclinó bruscamente hacia el hombre que esperaba de pie con inquietud al otro lado de su escritorio—. Dígame otra vez su nombre.

—Elliot. Richard Elliot.

—¿El nombre de su hijo?

—Steven.


—¿Sucedió anoche?

—Alrededor de las ocho.

—Siga.

—Steven llegó a casa. Actuaba de una manera extraña. Llevaba consigo su videotransmisor intersistémico. —Señaló con el dedo la caja que reposaba sobre el escritorio de Reinhart—. Eso. Estaba nervioso, excitado. Le pregunté si algo iba mal. Estuvo un rato callado. Parecía muy trastornado. —Elliot inspiró una larga bocanada de aire—. Entonces me enseñó el videotransmisor. Me di cuenta en seguida de que era diferente. Como sabe, soy ingeniero electrónico. Lo había abierto una vez para colocar pilas nuevas. Conocía bastante bien sus entresijos. —Elliot vaciló—. Comisionado, lo habían cambiado. Alambres removidos, los relés conectados de manera diferente, faltaban piezas, otras nuevas improvisadas en lugar de las viejas... Por fin descubrí lo que me hizo llamar a Seguridad. El videotransmisor... funcionaba de veras.



—¿Funcionaba?

—Verá, no era más que un juguete. Su alcance se limitaba a unas pocas manzanas, para que los niños pudieran llamarse desde sus casas; una especie de videófono portátil. Comisionado, probé el videotransmisor, apreté el botón de llamada y hablé en el micrófono. Yo... me comuniqué con una nave, una nave de guerra situada más allá de Próxima Centauro... a unos ocho años luz de aquí. La distancia máxima a la que operan nuestros videotransmisores. Entonces llamé a Seguridad, sin pensarlo dos veces.




Compartir con tus amigos:
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   23


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal