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LA VIDA EFÍMERA Y FELIZ DEL ZAPATO MARRÓN



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LA VIDA EFÍMERA Y FELIZ DEL ZAPATO MARRÓN

—Quiero enseñarle algo —dijo el doctor Labyrinth. Del bolsillo de su chaqueta extrajo gravemente una caja de cerillas, que sujetó con firmeza sin apartar la vista de ella—. Va a contemplar algo trascendental para la ciencia moderna. El mundo temblará de arriba abajo.

—Déjeme ver —dije.

Era tarde, pasadas las doce de la noche. La lluvia caía sobre las calles desiertas. Observé al doctor Labyrinth mientras abría la caja con el pulgar. Me acerqué a ver.

La caja estaba vacía, a excepción de un botón de latón, una brizna de hierba seca y lo que parecía una migaja de pan.

—Hace mucho tiempo que se inventaron los botones —dije—. No veo nada especial.

Alargué la mano para coger el botón, pero Labyrinth puso la caja fuera de mi alcance con expresión de furia.

—Esto no es un botón —dijo, y luego prosiguió —: ¡Siga, siga! —acarició el botón con un dedo—. ¡Siga!

—Labyrinth, permita que me explique. Viene usted a mi casa en plena noche, me enseña un botón dentro de una caja de cerillas y...

Labyrinth se hundió en el sofá como si hubiera sufrido una gran decepción. Cerró la caja y la devolvió con resignación al interior de su bolsillo.

—Es inútil intentarlo —suspiró—. He fracasado. El botón no funciona. No queda ninguna esperanza.

—¿Qué tiene de raro? ¿Esperaba otra cosa?

—Tráigame algo —Labyrinth paseó una mirada desconsolada por la habitación—. Tráigame... tráigame vino.

—Muy bien, doctor, pero ya conoce los efectos del vino. —Fui a la cocina y llené dos vasos con jerez. Volví y le ofrecí uno. Estuvimos bebiendo un rato—. Explíqueme algo más.

El doctor posó el vaso sobre la mesa y asintió. Cruzó las piernas y sacó la pipa. Después de encenderla abrió de nuevo la caja para examinar su contenido. Suspiró y la cerró.

—No tiene objeto —dijo—. El Animador nunca funcionará, porque el Principio falla por su base. Me refiero al Principio de la Irritación Suficiente, por supuesto.

—¿Y qué es eso?

—le diré cómo lo descubrí. Un día estaba sentado en la playa sobre una roca. Había sol y el calor era sofocante. Sudaba a mares y me sentía muy incómodo. De pronto, un guijarro saltó y se alejó reptando. El calor del sol le había puesto de mal humor.

—¿De veras? ¿Un guijarro?

—En ese instante comprendí el Principio de Irritación Suficiente: era el origen de la vida. Hace eones, en un pasado remotísimo, algo irritó de tal manera a un fragmento de materia inanimada que, impulsado por la indignación, ésta empezó a moverse. Asumí que la gran tarea de mi vida sería descubrir el perfecto irritante, capaz de hacer cobrar vida a la materia inanimada, para incorporarlo a una máquina manejable. La máquina, que se encuentra en el asiento posterior de mi coche, recibe el nombre de Animador. Pero no funciona.

Estuvimos callados durante unos minutos. Mi ojos empezaban a cerrarse.

—Oiga, doctor, creo que ya es hora de...

—Tienes razón —dijo el doctor Labyrinth, poniéndose en pie—, ya es hora de que me marche, y eso es lo que voy a hacer.

Se encaminó hacia la puerta, donde le alcancé.

—No abandone la esperanza —le aconsejé—. Quizá funcione otro día... la máquina.

—¿La máquina? —frunció el ceño—. Ah, el Animador. Bueno, se la vendo por cinco dólares.

Di un respingo. Lo vi tan afligido que no me atrevía reír.

—¿Por cuánto?

—se la traeré. Espere aquí —salió, bajó los escalones y llenó a la acera. Oí cómo abría la puerta del coche. y luego una serie de murmullos y gruñidos.

—Espere —dije, siguiendo sus pasos.

Luchaba con denuedo para sacar una voluminosa caja cuadrada del coche. La sostuve por un lado y la arrastramos hacia mi casa; la depositamos sobre la mesa del comedor.

—Así que esto es el Animador —dije—. Parece una parrilla para asar.

—Lo es, o lo era. El Animador arroja un chorro de calor a modo de irritante. De todas formas, he terminado con él.

—Muy bien —saqué el billetero—. Si quiere venderla, seré yo quien la compre.

Le di el dinero y se lo guardó. Me enseñó por dónde introducir la materia inanimada. cómo ajustar los cuadrantes y los medidores, y después, sin más palabras, se puso el sombrero y se marchó.

Me quedé solo con mi nuevo Animador. Mientras lo contemplaba, mi mujer bajó en bata de la alcoba.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. Mira, tienes los zapatos empapados. ¿Has salido a la calle?

—Algo así. Mira esto. Me ha costado cinco dólares. Sirve para reanimar cosas.

Joan no apartaba la vista de mis zapatos.

—Es la una de la mañana. Pon los zapatos en ese horno y ven a la cama.

—Pero ¿no te das cuenta...?

—Pon los zapatos en el horno —Joan se dirigió escalera arriba—. ¿No me has oído?

—Sí, querida —dije.


Volvió cuando estaba desayunando, sentado de mal humor ante el plato de huevos fritos con bacon, ya frío. El timbre empezó a sonar incesantemente.

—¿Quién será? —preguntó Joan.

Se levantó y fue a abrir la puerta.

—¡Animador! —exclamé.

Tenía la cara pálida y grandes ojeras.

—Aquí están sus cinco dólares —dijo—. Devuélvame mi Animador.

—De acuerdo, doctor —asentí, estupefacto—. Entre y se lo daré.

Mientras iba a por el Animador, el doctor se quedó de pie, dando muestras de nerviosismo. Cogí el Animador, que todavía estaba caliente, y se lo llevé.

—Póngalo ahí —ordenó—. Quiero asegurarme de que no lo ha dañado.

Lo deposité sobre la mesa y el doctor lo examinó con cariño y meticulosidad. Abrió la puertecilla y miró en el interior.

—Hay un zapato ahí dentro —indicó.

—Pues deberían haber dos —dije, recordando los acontecimientos de la noche—. Dios mío, puse ambos zapatos.

—¿Los dos? Ahora sólo hay uno.

Joan salió de la cocina.

—Hola, doctor. ¿Qué le trae tan pronto por aquí?

Labyrinth y yo intercambiamos una mirada.

—¿Sólo uno? —repetí.

Me agaché para comprobarlo. En efecto, había un único zapato manchado de barro, seco después de pasar la noche en el Animador de Labyrinth. Un zapato... sólo que yo había puesto los dos. ¿Dónde estaría el otro?

Me volví, pero la expresión de Joan me hizo olvidar lo que iba a decir. Miraba al suelo con la boca abierta y los ojos dilatados de horror.

Algo pequeño, de color marrón, se desplazaba hacia el sofá. Se deslizó bajo él y desapareció. Lo había visto prácticamente de refilón, apenas un segundo, pero sabía lo que era.

—Dios mío —murmuró Labyrinth—. Tome los cinco dólares —puso el billete en mi mano—. ¡Ahora sí quiero que me lo devuelva!

—Tranquilo —dije— écheme una mano. Hemos de coger esa maldita cosa antes de que salga a la calle.

Labyrinth se precipitó a cerrar la puerta de la sala de estar.

—Está debajo del sofá —se agachó y escudriñó la zona—. Creo que ya lo veo. ¿Tiene un palo o algo por el estilo?

—Yo me voy —dijo Joan—. No quiero tener nacía que ver con esto.

—No te puedes ir —la advertí. Saqué una guía de la cortina de la ventana—. Usaremos esto. Lo obligaremos a salir, pero tiene que ayudarme a cogerlo —le dije a Labyrinth—. Si no actuamos con rapidez, nunca lo volveremos a ver.

Azuzé al zapato con la punta de la guía. El zapato retrocedió hacia la pared, como un animal salvaje acosado, encogido y silencioso. Me produjo escalofríos.

—¿Qué haremos? —murmuré—. ¿Cómo demonios lo atraparemos?

—Podríamos encerrarlo en un cajón del escritorio —apuntó Joan—. Sacaré los papeles.

—¡Allá va!

Labyrinth se levantó de un brinco. El zapato había salido de debajo del sofá y correteaba hacia la butaca. Antes de que pudiera agazaparse, Labyrinth agarró uno de los cordones. El zapato tiró y se debatió para liberarse de la presa, pero el doctor no cedió ni un milímetro.

Llevamos el zapato al escritorio y cerramos el cajón. Exhalamos un suspiro de alivio.

—Ya está —dijo Labyrinth con una sonrisa estúpida—. ¿No se dan cuenta de lo que esto significa? ¡Lo conseguimos, lo conseguimos de veras! El Animador funciona. Me pregunto por qué no funcionó con el botón.

—El botón era de latón —dije—, y el zapato de piel de animal encolada. Elementos naturales. Y estaba mojado.

—En ese escritorio —señaló Labyrinth —se halla algo trascendental para la ciencia moderna.

—El mundo temblará de arriba abajo —terminé—, lo sé. Bien, es todo suyo —cogí la mano de Joan—. Puede llevarse el zapato también, junto con su Animador.

—Perfecto —aceptó Labyrinth—. Vigílenlo y no lo dejen escapar —fue hacia la puerta—. Voy a buscar la gente adecuada, hombres que...

—¿No se lo lleva? —preguntó Joan, nerviosa.

—Deben vigilarlo —repitió Labyrinth desde la puerta—. Es una prueba, la prueba de que el Animador funciona: el Principio de la Irritación Suficiente —bajó corriendo los escalones.

—Bueno, y ahora ¿qué? —preguntó Joan—. ¿Vamos a quedarnos aquí a vigilarlo?

—He de ir a trabajar —consulté mi reloj.

—Bueno, pues yo no voy a vigilarlo. Si te vas, me iré contigo. No me quedaré.

—Está a buen recaudo; no pasará nada aunque nos vayamos un rato.

—Visitaré a mi familia. Nos encontraremos en el centro esta noche y volveremos juntos.

—¿Tanto miedo te da?

—No me gusta. Hay algo siniestro en todo esto.

—Sólo es un zapato viejo.

—No me hagas reír; nunca hubo un zapato como éste.


Nos encontramos después de salir del trabajo, tal como habíamos quedado, y fuimos a cenar. Volvimos a casa en coche y lo aparqué en nuestro camino particular. Subimos por el sendero sin ninguna prisa.

—¿De veras quieres entrar? —preguntó Joan en el porche—. ¿No preferirías ir al cine?

—Hemos de entrar. Estoy ansioso por saber qué ha pasado. Me pregunto en qué se habrá convertido —metí la llave en la cerradura y abrí la puerta de un empujón.

Algo pasó corriendo por mi lado y desapareció entre los arbustos.

—¿Qué era eso? —susurró Joan despavorida.

—Adivínalo. —Me planté en dos zancadas frente al escritorio. El cajón, por supuesto, estaba abierto. El zapato lo había forzado desde dentro—. Bueno, ya no hay remedio. ¿Qué le diremos al doctor?

—Quizá lo puedas coger otra vez. —Joan cerró la puerta—. o animar otro. Prueba con el otro zapato, el que se ha perdido.

—No daría resultado. La creación es caprichosa. Algunas cosas no responden. Claro que tal vez...

Sonó el teléfono. Nos miramos. Había algo misterioso en el sonido.

—Es él —dije antes de alzar el auricular.

—Soy Labyrinth —tronó la voz familiar—. Iré mañana temprano. Traeré más gente. Conseguiremos fotógrafos y un buen artículo en la prensa. Jenkins, del laboratorio...

—Escuche, doctor... —empecé.

—Hablaremos más tarde, tengo mil cosas que hacer. Nos veremos mañana por la mañana —colgó.

—¿Era el doctor? —preguntó Joan.

Contemplé el vacío cajón del escritorio.

—Lo era. Era él, sí —fui hacia el ropero y me quité la chaqueta.

De repente me asaltó una extraña sensación. Me giré en redondo. Algo me espiaba, pero ¿qué? No vi nada. Sin embargo, me ponía la piel de gallina.

—¿Qué diablos...? —me encogí de hombros y colgué la chaqueta.

Cuando volvía a la sala de estar, por el rabillo del ojo me pareció ver algo que se movía.

—Maldita sea... —murmuré.

—¿Qué pasa?

—Nada, nada en absoluto —miré a mi alrededor sin distinguir nada en especial.

La librería, las alfombras, los cuadros de las paredes, todo seguía en su sitio. Pero algo se había movido.

Entré en la sala. El Animador estaba sobre la mesa. Al pasar junto a él, percibí un débil flujo de calor. El Animador aún funcionaba. ¡La puertecilla estaba abierta! Bajé el conmutador de un manotazo y la luz indicadora se apagó. ¿Lo habíamos dejado en funcionamiento todo el día? Traté de recordar, pero no pude asegurarlo.

—Hemos de encontrar el zapato antes de que anochezca —dije.

Buscamos, sin resultado alguno. Los dos exploramos cada pulgada del patio, examinamos cada arbusto, registramos el seto, pero la suerte no nos sonrió.

Cuando oscureció, encendimos la luz del porche y continuamos nuestra labor investigadora. Por fin abandonamos. Me senté en los escalones del porche.

—No tiene sentido. Hay miles de sitios donde puede esconderse. Mientras miramos en uno, puede escurrirse a otro. Estamos vencidos de antemano, y hemos de enfrentarnos a la realidad.

—Quizá sea mejor así —suspiró Joan.

—Esta noche dejaremos abierta la puerta principal. Es posible que regrese.

La dejamos abierta, pero a la mañana siguiente la casa seguía vacía y silenciosa. En seguida comprendí que el zapato no había vuelto. Paseé sin rumbo, buscando algún indicio. Descubrí cáscaras de huevo rotas en el cubo de la basura que había en la cocina. El zapato había entrado por la noche, pero se había marchado después de aprovisionarse.

Cerré la puerta principal. Joan y yo nos miramos en silencio.

—El doctor llegará de un momento a otro —dije—. Será mejor que llame al despacho para avisar de que iré más tarde de lo habitual.

Joan tocó el Animador.

—Así que esto es el causante. Me pregunto si lo volverá a repetir.

Salimos afuera y vigilamos durante un rato. Nada agitó los arbustos.

—Qué le vamos a hacer. Ahí viene un coche.

Un Plymouth oscuro se detuvo frente a nuestra puerta. Dos hombres de edad avanzada bajaron y subieron por el sendero, mirándonos con curiosidad.

—¿Dónde está Rupert? —preguntó uno.

—¿Quién? ¿Se refiere al doctor Labyrinth? Creo que llegará de un momento a otro.

—¿Está ahí dentro el invento? Soy Portee, de la universidad. ¿Puedo echar una ojeada?

—será mejor que espere —dije, inseguro—. El doctor no tardará.

Otros dos coches aparcaron detrás del primero. Bajaron más ancianos que subieron por el sendero sin dejar de charlar y murmurar.

—¿Dónde está el Animador? —preguntó uno, un tipo extravagante con patillas muy pobladas—. Joven, haga el favor de enseñárnoslo.

—Está dentro. Si quiere ver el Animador, entre.

Todos se precipitaron al interior. Joan y yo les seguimos. Se detuvieron ante la mesa, examinaron la caja cuadrada y hablaron con gran excitación.

—¡Justo lo que sospechaba! —exclamó Porter—. El Principio de la Irritación Suficiente pasará a la historia...

—Tonterías —le contradijo otro—. Es absurdo. Quiero ver ese sombrero, zapato, o lo que sea.

—Ya lo verá —dijo Porter—. Rupert sabe lo que hace, no lo olvide.

Se enfrascaron en una agria controversia, salpicada de citas, fechas y autoridades. Llegaron más coches, algunos cargados de periodistas.

—Oh, Dios mío —gemí—. Acabarán con él.

—Bueno, bastará con que les cuente lo sucedido —dijo Joan—. Lo de la fuga.

—Lo haremos nosotros, no él. Lo diremos públicamente.

—No quiero mezclarme en esto. Nunca me gustó ese par. ¿No te acuerdas de que te aconsejé los de color rojo oscuro?

Preferí no escucharla. Un montón de ancianos se había congregado en el patio. Hablaban y discutían. De repente distinguí el diminuto Ford azul de Labyrinth, y el corazón me dio un vuelco. Había venido, estaba aquí, y dentro de un momento deberíamos decirle la verdad.

—No me atrevo a explicárselo —le dije a Joan—. Vamos adentro.

Al ver al doctor Labyrinth, todos los científicos se abalanzaron sobre él y le rodearon. Joan y yo nos miramos. La casa estaba desierta, a excepción de nosotros dos. Cerré la puerta principal. El ruido de la conversación se colaba a través de las ventanas; Labyrinth desarrollaba el Principio de la Irritación Suficiente. En cualquier momento entraría en la casa y pediría el zapato.

—Bueno, fue culpa suya por marcharse —dijo Joan, y se puso a hojear una revista.

El doctor Labyrinth me hizo señas desde el jardín. Una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. Le devolví el saludo desmayadamente. Luego me senté al lado de Joan.

Pasó el tiempo. Bajé la vista al suelo. ¿Qué podía hacer? Sólo esperar, esperar a que el doctor Labyrinth entrara en casa con aires de triunfador, rodeado de científicos, sabios, periodistas, historiadores, y solicitara la prueba de su teoría, el zapato. Toda la vida de Labyrinth descansaba en mi viejo zapato, la prueba de su Principio, del Animador, de todo. ¡Y el maldito zapato se había largado!

—Ya falta menos —dije.

Esperamos en silencio. Al poco noté algo peculiar. El rumor de voces se había desvanecido. Escuché, pero no oí nada.

—¿Por qué no entrarán? —pregunté en voz alta.

El silencio continuó. ¿Qué pasaba? Me levanté y fui a la puerta. La abrí y me asomé.

—¿Qué ocurre? —preguntó Joan—. ¿Me lo puedes explicar?

—No, no entiendo nada. —Todos estaban de pie, en silencio, mirando algo en el suelo. Me quedé asombrado. No tenía sentido—. ¿Qué pasa?

—Vamos a ver —se decidió Joan.

Ambos bajamos los escalones lentamente. Nos abrimos paso entre el grupo reunido y avanzamos.

—Santo Dios —murmuré—. Santo Dios.

Una extraña y breve procesión cruzaba la hierba del jardín. Dos zapatos: mi viejo zapato marrón y, justo delante de él, otro zapato, una zapatilla blanca y diminuta de tacón alto. La examiné con detenimiento. Me resultaba muy familiar.

—¡Es mía! —gritó Joan. Todos volvieron la vista hacia ella—. ¡Es mía! Mis zapatos de excursión...

—Ya no —dijo Labyrinth. Estaba pálido de emoción—. Se halla fuera de nuestro alcance para siempre.

—Sorprendente —comentó uno de los sabios—. Mírenlas. Observen a la hembra. Observen lo que hace.

El zapatito blanco se mantenía prudentemente apartado de mi viejo zapato marrón, a unos centímetros de distancia, y le guiaba casi con timidez. Cuando mi zapato se aproximaba más de la cuenta, se alejaba describiendo un semicírculo. Los dos zapatos se detuvieron un momento y se miraron. Entonces, sin previo aviso, mi zapato empezó a saltar, primero sobre el talón y después sobre la punta. Bailó alrededor de la zapatilla con gran dignidad y solemnidad hasta volver al punto de partida.

El zapatito blanco saltó una sola vez y se apartó poco a poco, vacilante, y permitió que mi zapato marrón casi la alcanzara, para mantener de nuevo las distancias.

—Esto implica un desarrollado sentido de las normas —dijo un anciano caballero—, tal vez, incluso, un inconsciente racial. Los zapatos observan un rígido modelo de ritual, probablemente en desuso desde hace siglos...

—Labyrinth, ¿qué significa esto? —preguntó Porter—. Explíquenoslo.

—De modo que esto es lo que sucedió —murmuré—. Mientras estábamos fuera, el zapato salió de su prisión y usó el Animador en la zapatilla. Ya sabía yo que algo me observaba anoche. La zapatilla aún no había salido de casa.

—Por eso el Animador estaba conectado —dijo Joan—. No se me ocurrió.

Los dos zapatos habían llegado casi al seto. La zapatilla esquivaba apenas los cordones del zapato marrón. Labyrinth se dirigió hacia ellos.

—Como pueden ver, caballeros, no exageré. Éste es un gran momento para la ciencia, la creación de una nueva raza. Quizá cuando la humanidad y la sociedad se autodestruyan, esta nueva forma de vida...

Se agachó para coger los zapatos, pero en ese instante la zapatilla desapareció en el seto y se refugió en la oscuridad del follaje. El zapato marrón la siguió de un brinco. Hubo un susurro de hojas y después silencio.

—Me voy adentro —dijo Joan.

—Caballeros —declaró el sonrojado Labyrinth—, esto es increíble.

Estamos siendo testigos de uno de los más profundos y trascendentales acontecimientos de la ciencia.

—Bueno..., casi testigos —dije yo.


EL CONSTRUCTOR

—¡E.J. Elwood! —dijo Liz con tono inquieto—. No escuchas nada de lo que decimos y, además, tampoco comes. ¿Qué diablos te sucede? A veces no puedo entenderte.

La respuesta tardó en llegar. Ernest Elwood continuó con la vista fija en la semioscuridad que se alzaba tras la ventana, como si oyera algo que ellos no oían. Por fin suspiró, se levantó de la silla, como si fuera a decir algo, pero derribó con el codo su taza de café; se giró para sostenerla y luego secó el café que se había derramado por un lado.

—Lo siento —murmuró—. ¿Qué decíais?

—Come, querido —dijo su esposa. Miró a los niños para comprobar si también habían dejado de comer—. Sabes que me cuesta mucho preparar tus comidas.

Bob, el mayor, cortaba en pedacitos el hígado y el bacon, pero, por descontado, el pequeño Toddy había apartado los cubiertos al mismo tiempo que E.J. y contemplaba su plato en silencio.

—¿Lo ves? —dijo Liz—. No les das buen ejemplo a los niños. Comed, se va a enfriar. No os gusta el hígado frío, ¿verdad? No hay nada más desagradable que el hígado y la grasa del bacon fríos. La grasa fría cuesta más de digerir que cualquier otra cosa, especialmente la grasa de cordero. Querido, come, por favor.

Elwood asintió. Asió el tenedor y se llevó guisantes y patatas a la boca. El pequeño Toddy le imitó, grave y serio, como una réplica en miniatura de su padre.

—Oye —dijo Bob—, hoy hubo un ejercicio de bombardeo atómico en la escuela. Nos tiramos bajo los pupitres.

—¿Es eso cierto? —preguntó Liz.

—Pero el señor Pearson, nuestro profesor de ciencias, dice que si arrojaran una bomba aquí toda la ciudad sería destruida, así que no entiendo de qué sirve refugiarse bajo el pupitre. Creo que deberían darse cuenta de lo que han conseguido con tantos avances científicos. Hay bombas que pueden arrasar kilómetros y kilómetros de extensión, sin dejar piedra sobre piedra.

—Cuántas cosas sabes —se asombró Toddy.

—Oh, cállate.

—Niños —dijo Liz.

—Es verdad —insistió Bob—. Conozco un tipo del Cuerpo de reserva de los Marines, y dice que tienen una nueva arma capaz de destruir las cosechas de cereales y envenenar los suministros de agua. Son una especie de cristales.

—¡Santo cielo! —exclamó Liz.

—No había cosas como éstas en la última guerra. El desarrollo de la energía atómica coincidió casi con el final, y no tuvieron oportunidad de emplearla a gran escala. —Bob se volvió hacia su padre—. ¿A que sí, papá? Apuesto a que cuando estuviste en el ejército no teníais ningún arma verdaderamente atómica...

Elwood dejó caer su tenedor. Empujó la silla hacia atrás y se levantó. Liz le miró asombrada, con la taza en alto. Bob se quedó boquiabierto, interrumpido en mitad de la frase. Toddy no dijo nada.

—Querido, ¿qué ocurre?

—Nos veremos más tarde.

Le vieron salir del comedor, todavía perplejos. Oyeron que entraba en la cocina, abría la puerta trasera y la cerraba con estrépito detrás de él.

—Ha salido al patio de atrás —dijo Bob—. Mamá, ¿era así antes? ¿Por qué se comporta de una forma tan extraña? Es la psicosis de guerra que padeció en las Filipinas, ¿verdad? En la primera guerra mundial le llamaban shock, pero ahora saben que es una forma de psicosis de guerra. ¿Es algo por el estilo?

—Comed —dijo Liz con las mejillas encendidas de rabia. Agitó la cabeza—. Este hombre... No consigo imaginar...

Los niños comieron.

El jardín estaba en penumbra. El sol se había puesto y el aire era frío, poblado de miríadas de insectos nocturnos. Joe Hunt trabajaba en el jardín de al lado, recogiendo hojas caídas bajo su cerezo. Saludó con un gesto a Elwood.


Elwood descendió con paso lento hacia el garaje. Se detuvo, las manos hundidas en los bolsillos. Algo inmenso y blancuzco se erguía junto al garaje, una enorme sombra pálida recortada contra la oscuridad del anochecer. Una cierta calidez creció en su interior mientras miraba, una calidez extraña, una especie de orgullo, una mezcla de placer y... excitación. Siempre le exaltaba contemplar el barco. Incluso cuando empezó a construirlo había sentido los latidos acelerados de su corazón, el temblor de las manos, el sudor que cubría su rostro.

Su barco. Sonrió y se acercó más. Palmeó el sólido casco. Qué hermoso barco, cómo cobraba forma. Casi terminado. Había empleado mucho tiempo y esfuerzos en la tarea: tardes libres, domingos, y, a veces, horas robadas al sueño durante la madrugada, antes de ir a trabajar.

Le apetecía más por la mañana, cuando el sol brillaba tenuemente; el aire era fresco y perfumado y todo estaba húmedo y centelleante. Eran sus momentos favoritos, sin nadie que le molestara o le hiciera preguntas. Palmeó el casco de nuevo. Sí, una gran cantidad de trabajo y material. Madera y clavos; aserrar, martillar y combar. Claro que Toddy le había ayudado. No habría podido hacerlo solo. Si Toddy no hubiera trazado los planos y...

—Hola —dijo Joe Hunt.

Elwood se volvió. Joe le miraba, apoyado en la valla.

—Lo siento —se disculpó Elwood—. ¿Qué decía?

—Tu mente estaba a muchos millones de kilómetros de distancia —dijo Joe. Exhaló una bocanada de humo del puro que fumaba—. Bonita noche.

—Sí.


—Tienes un barco precioso, Elwood.

—Gracias —murmuró Elwood. Retrocedió hacia la casa—. Buenas noches, Joe.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en ese barco? —Hunt reflexionó un momento—. Algo así como un año, ¿no? Unos doce meses. Seguro que te ha costado mucho tiempo y trabajo. Creo que cada vez que te veo estás acarreando madera, aserrando y martillando.

Elwood asintió y caminó hacia la puerta trasera.

—Hasta tus hijos trabajan. Al menos, el mocoso. Sí, un barco excelente. —Hunt hizo una pausa—. A juzgar por el tamaño, vas a emprender una larga travesía. ¿Adónde me dijiste que irías? Lo olvidé.

Hubo un silencio.

—No te oigo, Elwood. Habla en voz alta. Con un barco tan grande, debes...

—Olvídalo.

—¿Qué te pasa, Elwood? —rió Hunt—. Sólo bromeaba un poco, te estaba tomando el pelo. Pero ahora, en serio, ¿adónde irás con eso? ¿Lo remolcarás hasta la playa y lo botarás? Conozco a un tipo que tiene un pequeño velero; lo monta sobre un remolque y lo empalma al coche. Suele ir una vez a la semana al embarcadero, pero tú no puedes meter eso en un remolque. Me contaron que un tipo construyó un barco en su sótano. ¿Sabes lo que descubrió cuando hubo terminado? Que el barco era demasiado grande para pasar por la puerta...

Liz Elwood fue a la puerta trasera, encendió la luz de la cocina y salió al patio, cruzada de brazos.

—Buenas noches, señora Elwood —dijo Hunt, llevándose la mano al sombrero—. Hermosa noche.

—Buenas noches. —Liz se volvió hacia E.J.—. Por el amor de Dios, ¿entras o no? —habló en voz baja y firme.

—Desde luego. —Elwood se aproximó a la puerta—. Ya voy. Buenas noches, Joe.

—Buenas noches —contestó Hunt. Miró como el matrimonio entraba. La puerta se cerró y la luz se apagó. Hunt meneó la cabeza—. Un tipo raro, cada vez más raro, como si viviera en otro mundo. ¡Él y su barco!

Volvió a su casa.
—Ella sólo tenía dieciocho años —dijo Jack Fredericks—. pero va se las sabía todas.

—Las chicas del sur son así —comentó Charlie—. Son como frutas, frutas jugosas, maduras, un poco húmedas.

—Recuerdo un pasaje de Hemingway parecido —dijo Ann Pike—. pero no sé en qué libro. Compara una...

—¿Y la manera en que hablan? —dijo Charlie—. Es insoportable.

—¿Qué tiene de mal su forma de hablar? —preguntó Jack—. Es diferente, pero te acostumbras.

—¿Porqué no pueden hablar bien?

—¿Qué quieres decir?

—Hablan como... como la gente de color.

—Porque provienen de la misma zona —explicó Ann.

—¿Estás diciendo que esa chica era negra? —preguntó Jack.

—No, claro que no. Acaba tu pastel. —Charlie consultó su reloj—. Casi es la una. Hemos de regresar ala oficina.

—Aún no he terminado de comer —dijo Jack—. ¡Esperad!

—Hay mucha gente de color que se ha trasladado a nuestra zona —dijo Ann—. Una agencia inmobiliaria que está apenas a una manzana de mi casa tiene un letrero que dice: «Bienvenidas todas las razas». Casi me caigo cuando lo vi.

—¿Qué hiciste?

—Nada. ¿Qué podía hacer?

—¿Sabes que si trabajas para el gobierno puedes tener a un chino o a un negro en la mesa de al lado? —preguntó Jack—. Y no hay nada que hacer.

—Excepto largarte.

—Viola tu derecho a trabajar —aseguró Charlie—. ¿Cómo se puede trabajar así? Contestadme.

—Hay demasiados rojos en el gobierno —dijo Jack—. Todo esto ha pasado porque empezaron a contratar gente sin fijarse en la raza, cuando Harry Hopkins estaba en la WPA.

—¿Sabes dónde nació Harry Hopkins? —preguntó Ann—. Nació en Rusia.

—Ése era Sidney Hillman —aclaró Jack.

—Da igual —dijo Charlie—. Habría que echarlos a todos.

Ann miró con curiosidad a Ernest Elwood. Estaba sentado tranquilamente, leyendo el periódico, y no decía nada. La cafetería bullía de ruidos y de movimiento. Todo el mundo comía y charlaba.

—¿Estás bien, E.J.? —preguntó Ann.

—Sí.

—Está leyendo lo de los White Sox —dijo Charlie—, de ahí su concentración. Escuchad, la otra noche llevé a mis chicos al partido y...



—Vamos —dijo Jack, levantándose, hemos de irnos.

Todos se pusieron de pie. Elwood dobló su periódico en silencio y lo guardó en el bolsillo.

—Oye, estás muy callado —le dijo Charlie mientras salían al pasillo. Elwood alzó la vista.

—Lo siento.

—Quería preguntarte algo. ¿Te apetece venir el sábado por la noche a echar una partidita? Hace un montón de tiempo que no juegas con nosotros.

—No le invites —dijo Jack, que estaba pagando en la caja—. Sólo le gustan juegos raros: los dados, el béisbol, escupir en la mier...

—Me gusta el póquer —dijo Charlie—. Vamos, Elwood, cuantos más seremos más reiremos. Un par de cervezas, conversación, alejarse un poco de la mujer...

—Uno de estos días organizaremos una fiestecita sólo para hombres. —Jack se guardó el cambio y guiñó un ojo a Elwood—. ¿Sabes a lo que me refiero? Conseguimos algunas chicas, vamos a un espectáculo... —dibujó unas formas sinuosas en el aire.

—Quizá. Me lo pensaré.

Elwood se alejó, pagó la comida y salió a la calle, iluminada por el sol. Los otros seguían adentro, esperando a Ann. Había ido al lavabo.

Elwood se giró de pronto y se alejó de la cafetería con pasos rápidos. Dobló la esquina y desembocó en Cedar Street, frente a una tienda de televisores. Vendedores y empleados que salían de comer pasaban riendo y hablando: fragmentos de conversación se derramaban sobre él como las olas del mar. Se quedó de pie en la entrada de la tienda, con las manos en los bolsillos, como si se refugiara de la lluvia.

¿Qué le ocurría? Quizá debería ir al médico. Todo le molestaba, la gente, los sonidos. Ruido y movimiento por todas partes. No dormía lo suficiente, tal vez por culpa de la dieta. Y trabajaba mucho en el patio. Cuando se acostaba estaba agotado. Elwood se frotó la frente. Gente, ruido, conversaciones, innumerables formas que se movían por las calles y las tiendas.

Un enorme aparato de televisión parpadeó y emitió un programa sin sonido en el escaparate de la tienda; las imágenes brincaban alegremente. Elwood lo contempló sin interés. Una mujer con mallas hacía acrobacias; primero abrió varias veces las piernas en línea recta, luego hizo la rueda y después ejecutó saltos peligrosos. Caminó sobre las manos, con las piernas balanceándose sobre su cabeza, y sonrió al público. Luego desapareció y, en su lugar, entró un hombre vestido con elegancia que paseaba un perro.

Elwood consultó su reloj. Faltaban cinco minutos para la una. Tenía cinco minutos para llegar a la oficina. Bajó a la acera y se asomó a la esquina. Ann, Charlie y Jack no estaban a la vista. Se habían ido. Elwood caminó con parsimonia frente a los escaparates, con las manos en los bolsillos. Se detuvo frente a una tienda de artículos baratos y contempló a las mujeres que se empujaban y agolpaban sobre los mostradores de quincalla, tocando, cogiendo y examinando las cosas. Se fijó en el escaparate de una farmacia que anunciaba un remedio contra la micosis, una especie de polvos que recubrían dos dedos gordos del pie hinchados y llagados. Cruzó la calle.

Se detuvo en la otra acera para contemplar ropas de mujer, faldas, blusas y jerséis de lana. Una fotografía mostraba a una chica vestida con elegancia quitándose la blusa para enseñar al mundo su atractivo sostén. Elwood pasó de largo. El siguiente escaparate contenía maletas, baúles y artículos de viaje.

Maletas. Se paró y frunció el ceño. Un vago pensamiento cruzó por su mente, demasiado vago para percibirlo en su totalidad. Sintió una repentina y profunda necesidad interna. Consultó su reloj. La una y diez. Llegaba tarde. Apresuró el paso hacia la esquina y esperó con impaciencia a que cambiara el semáforo. Un montón de hombres y mujeres se apretujaron contra él y bajaron a la calzada para coger el autobús. Elwood clavó la vista en el autobús. Frenó y se abrieron las puertas. La gente se precipitó en su interior. Elwood, sin pensarlo más, se unió a la cola y subió. Las puertas se cerraron y buscó monedas para pagar el billete.

Un momento después, se sentó junto a una inmensa mujer entrada en años que sostenía un niño en el regazo. Elwood entrelazó las manos, miró al frente y esperó, mientras el autobús se dirigía al distrito residencial.

Cuando llegó a casa no había nadie. La casa estaba oscura y fría. Fue a la alcoba y sacó sus ropas viejas del armario. Iba a salir al patio cuando Liz apareció en el sendero particular cargada de paquetes.

—E.J. —dijo—, ¿qué sucede? ¿Por qué estás en casa?

—No lo sé. Me he tomado el día libre. Todo va bien.

Liz colocó los paquetes sobre la valla.

—Por el amor de Dios, me asustas —le miró fijamente—. Te has tomado el día libre.

—Sí.

—¿Cuántos llevas este año? ¿Cuántos en total?



—No lo sé.

—¿Que no lo sabes? ¿Cuántos te quedan?

—¿Para qué?

Liz le miró. Luego cogió los paquetes y entró en la casa. Elwood frunció el ceño. ¿Qué pasaba? Fue al garaje y empezó a sacar madera y herramientas al jardín, y las amontonó junto al barco.

Contempló aquel armazón cuadrado, grande y cuadrado como una enorme y sólida caja de embalar. Lo había construido con innumerables tablones. Tenía una cabina cubierta con una gran ventana y el techo embreado. ¡Un auténtico barco!

Comenzó a trabajar. Liz no tardó en salir de la casa. Atravesó el patio en silencio, de modo que no advirtió su presencia hasta que fue a buscar clavos largos.

—¿Y bien? —preguntó Liz.

—¿Cómo? —Elwood se detuvo.

Liz se cruzó de brazos.

—¿Qué pasa? —se impacientó Elwood—. ¿Por qué me miras así?

—¿De veras te tomaste un día libre? No te creo. Volviste a casa sólo para trabajar en... en eso.

Elwood dio media vuelta.

—Espera —ella le siguió—. No me rehuyas. Quédate ahí.

—Tranquila, no me grites.

—No te grito. Quiero hablar contigo, quiero preguntarte algo. ¿Puedo? ¿No te molesta hablar conmigo?

Elwood asintió con la cabeza.

—¿Por qué?. —dijo Liz en voz baja, pero con energía—. ¿Por qué? ¿Me lo vas a decir? ¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—Eso. Esa..., esa cosa. ¿Para qué sirve? ¿Por qué estás en el patio en pleno día? Esto dura desde hace un año. Anoche, en la mesa, te levantaste sin decir palabra y te fuiste. ¿Por qué? ¿Por qué te comportas así?

—Casi está terminado —murmuró Elwood—. Unos cuantos retoques y...

—¿Y luego qué? —Liz se plantó frente él, cortándole el paso—. ¿Y luego qué? ¿Qué vas a hacer con ese trasto? ¿Venderlo? ¿Botarlo? Todos los vecinos se reirán de ti. Toda la manzana sabe... —su voz se quebró de súbito—... sabe lo que estás haciendo: Los niños se burlan de Bob y de Toddy. Dicen que su padre está..., está...

—¿Está loco?

—Por favor, E.J., dime por qué lo haces, por favor. Quizá comprenda. Nunca me lo has dicho. Tal vez serviría de algo. ¿No pues hacerlo?

—No puedo —dijo Elwood.

—¿No puedes? ¿Por qué?

—Porque no lo sé. No sé para qué sirve. Quizá no sirva para nada.

—¿Trabajas sin ningún motivo?

—No lo sé. Me gusta lo que hago. Es como esculpir madera —agitó las manos con impaciencia—. Siempre he tenido una especie de taller. Cuando era un niño construía modelos de aviones a escala. Tengo herramientas, siempre he tenido herramientas.

—Pero ¿por qué vienes a casa en horas de trabajo?

—Me pongo nervioso.

—¿Por qué?

—Yo... oigo hablar a la gente y me molesta. Quiero alejarme de ellos. Me molestan sus modales, su forma de actuar. Tal vez sufra claustrofobia.

—¿Quieres que te consiga una cita con el doctor Evans?

—No, no, me encuentro bien. Por favor, Liz, si no te apartas no podré ponerme a trabajar. Tengo ganas de terminar.

—Y ni siquiera sabes por qué lo haces —Liz meneó la cabeza—. Has trabajado todo este tiempo sin saber por qué, como un animal que sale por la noche a cazar, como un gato que merodea entre los setos. Dejas tu trabajo y a nosotros para...

—Apártate.

—Escúchame: tira el martillo y entra en casa. Te pones el traje y te vas a la oficina, ¿me oyes? Si no lo haces, no permitiré que entres en casa nunca más. Rompe la puerta con el martillo, si quieres, pero la cerraré con llave de ahora en adelante si no te olvidas del barco y vuelves a trabajar.

Hubo un silencio.

—Apártate de mi camino —dijo Elwood—. He de terminar.

—¿Vas a seguir? —E.J. la apartó—. ¿Pretendes continuar como si no hubiera sucedido nada? Algo anda mal, algo anda mal en tu cabeza. Estás...

—Basta —dijo Elwood, mirando detrás de su mujer.

Liz se volvió.

Toddy les observaba en silencio desde el sendero, con la bolsa del almuerzo bajo el brazo. Mostraba una expresión grave y solemne. No les dijo nada.

—¡Tod! —exclamó Liz—. ¿Tan tarde es?

Toddy atravesó el patio en dirección a su padre.

—Hola, chico —le saludó Elwood—. ¿Cómo fue la escuela?

—Bien.

—Me voy a casa —dijo Liz—. Hablaba en serio, E.J.; no olvides lo que dije.



Subió el sendero y cerró la puerta de golpe.

Elwood suspiró. Se sentó en la escalerilla apoyada a un costado del barco y dejó el martillo en el suelo. Encendió un cigarrillo y fumó en silencio. Toddy aguardó sin hablar.

—¿Qué tal, jovencito? —dijo por fin Elwood—. ¿Qué me cuentas?

—¿Qué quieres que hagamos, papá?

—¿Hacer? —sonrió Elwood—. Bueno, no falta mucho, algunos detalles sueltos. Pronto acabaremos. Examina el puente; creo que nos quedan algunas tablas por clavar —se frotó el mentón—. Casi terminado. Hemos trabajado durante mucho tiempo. Puedes empezar a pintar, si quieres. Quiero que pintes la cabina; de rojo, creo. ¿Cómo quedaría en rojo?

—Verde.


—¿Verde? Muy bien. Hay algo de pintura verde en el garaje. ¿Quieres prepararla?

—Claro.


Toddy corrió hacia el garaje.

Elwood le siguió con la mirada.

—Toddy...

—¿Sí?


—Toddy, espera. —Elwood avanzó lentamente hacia él—. Quiero preguntarte algo.

—¿Que es papá?

—A ti no te importa ayudarme. ¿verdad? ¿No te imparta trabajar en el barco?

Toddy miró con gravedad a su padre. No dijo nada. Ambas se miraron durante largo rato.

—¡Muy Bien! —exclamó Elwood—. Ya puedes empezar a pintar.

Bob llegó par el sendero en compañía de dos chicos de la escuela secundaria.

—Hola, papá —saludo— ¿Como va todo?

—Bien.


—Mirad —dijo Bob señalando al barco— ¿Veis eso?¿Sabéis lo que es?

—¿Qué es? —preguntó uno.

—Es un submarino atómico. —Bob abrió la puerta de la cocina. Sonrió, y los dos chicos le imitaron—. Va lleno de uranio 235. Papá va a ir a Rusia con él. Cuando haya acabado, no quedará nada de Moscú.

Los chicos entraron en la casa y cerraron la puerta a sus espaldas.

Elwood contempló el barca. La señora Hunt, que hacía la colada en el patio vecino. hizo una pausa para mirar a Elwood y su obra.

—¿Funciona realmente con energía atómica, señor Elwood? —preguntó.

—No.

—Entonces. ¿con qué funciona? No vea velas. ¿Qué clase de motor lleva? ¿Vapor?



Elwood se mordió el labio. Era extraño que nunca hubiera pensado en ese detalle. No tenía motor de ninguna clase. No tenía velas, ni caldera.

No le había puesto motor, ni turbinas, ni carburante. Nada. Era un casco de madera, una caja inmensa: nada más. Nunca había pensado en cómo lo haría funcionar, nunca en toda el tiempo que él y Toddy estuvieron trabajando.

Una oleada de desesperación cayó sobre él. No había motor, nada. No era un barco, sino una enorme casa de madera, clavos y alquitrán. Nunca se iría, nunca podría abandonar el patio. Liz tenía razón: era como un animal que penetra en el patio de noche para cazar y matar en la oscuridad, para luchar ciegamente, sin objetivo ni comprensión, igual de instintivo, igual de patético.

¿Para qué lo había construido? No lo sabía. ¿Adónde iba a ir? Tampoco lo sabía. ¿Cómo funcionaría? ¿Cómo lo sacaría del patio? ¿Para qué servía trabajar sin objetivo, en la oscuridad, como una alimaña nocturna?

Toddy le había ayudado desde el principio. ¿Por qué lo había hecho? ¿Lo sabía? ¿Sabía el niño para qué servía el barco, para qué lo construían? Toddy nunca lo había preguntado porque confiaba en su padre.

Pero él lo ignoraba. Él, su padre, tampoco lo sabía, y no tardaría en estar terminado, preparado, a punto. ¿Y luego qué? Toddy tiraría pronto la brocha, vaciaría el último bote de pintura, apartaría los clavos y los trozos de madera sobrantes, colgaría el martillo y la sierra en el garaje otra vez. Y entonces preguntaría, plantearía la pregunta que nunca había hecho y que debía, finalmente, llegar.

Y no podría responderle.

Elwood se irguió y contempló la gran mole que había construido, esforzándose en comprender. ¿Por qué había trabajado? ¿Cuál era el objetivo? ¿Cuándo lo sabría? De hecho, ¿lo averiguaría algún día? Permaneció allí durante un tiempo incalculable, con la mirada perdida en el infinito.

Sólo lo comprendió cuando las enormes gotas negras de lluvia empezaron a caer a su alrededor.

EL FACTOR LETAL

Penetraron en la gran cámara. Al fondo, los técnicos se agolpaban alrededor de un inmenso tablero iluminado y estudiaban complejas configuraciones de luces que cambiaban rápidamente, formando combinaciones en apariencia interminables. Los computadores, manejados por seres humanos y robots, zumbaban sobre largas mesas. Diagramas murales cubrían cada centímetro de espacio vertical. Hasten miró a su alrededor, asombrado.

—Acércate y te enseñaré algo bueno —rió Wood—. ¿Reconoces esto? —indicó con el dedo una voluminosa máquina atendida por silenciosos hombres y mujeres vestidos con batas blancas.

—Desde luego. Es algo parecido a nuestro propio Sumergible, pero veinte veces más grande. ¿Qué recuperáis? ¿Y a qué época lo enviáis? —señaló el Sumergible, se agachó y aplicó el ojo a la mirilla, pero estaba cerrada; el Sumergible había entrado en funcionamiento—. Si hubiéramos tenido la menor idea de su existencia, Investigaciones Históricas habría...

—Ahora ya lo sabes —Wood se inclinó junto a él—. Escucha, Hasten, eres el primer hombre ajeno al ministerio que entra en esta sala. ¿Viste los guardias? Nadie puede entrar sin autorización; los guardias tienen orden de matar a cualquiera que trate de acceder ilegalmente.

—¿Para ocultar esto? ¿Una máquina? ¿Mataríais a...?

Se irguieron. Wood apretó las mandíbulas.

—Vuestro Sumergible bucea en la antigüedad: Roma, Grecia, polvo, legajos... —Wood palmeó el enorme Sumergible—. Éste es diferente. Lo protegemos con nuestras vidas, y es más importante que la vida de cualquiera. ¿Sabes por qué?

Hasten desvió la vista hacia el aparato.

—Este Sumergible no es para viajar hacia la antigüedad, sino... hacia el futuro. —Wood miró de frente a Hasten—. ¿Entiendes? El futuro.

—¿Estáis rastreando el futuro? ¡No podéis! Lo prohíbe la ley, lo sabéis de sobra. Si el Consejo Ejecutivo se enterara, reduciría este edificio a escombros. Conocéis los peligros. Berkowsky lo demostró en su tesis.

»No puedo entender que utilicéis un Sumergible orientado hacia el futuro. Cuando se extrae material del futuro se introducen automáticamente nuevos factores en el presente; el futuro queda alterado. Se inician una serie de trastornos interminables. Cuanto más te sumerges, más factores nuevos se crean, y acumulas condiciones inestables para los siglos venideros. Por eso se votó la ley.

—Lo sé —asintió Wood.

—¡Y continuáis insistiendo! —Hasten movió la mano en dirección a la máquina y a los técnicos—. ¡Basta, por el amor de Dios! ¡Basta de introducir elementos letales que no se pueden eliminar! ¿Por qué os empeñáis...?

—Vale. Harten, no nos leas la cartilla —le cortó Wood—. Es demasiado tarde: ya ha sucedido. Un factor letal se introdujo en nuestros primeros experimentos. Pensamos que sabíamos lo que hacíamos..., por eso te trajimos aquí. Siéntate. Te lo contaré todo.


Se sentaron uno enfrente del otro, separados por el escritorio. Wood entrelazó las manos.

—Iré al grano. Se te considera un experto, experto en Investigaciones Históricas. Eres el ser viviente que sabe más sobre los Sumergibles Temporales: por eso te hemos enseñado nuestra obra, nuestra obra ilegal.

—¿Y ya tenéis problemas?

—Muchos problemas, y cada nuevo intento de resolverlos los empeora. Hagamos lo que hagamos, la historia nos contemplará como la organización más nefasta.

—Empieza desde el principio, por favor —pidió Harten.

—El Sumergible fue autorizado por el Consejo de Ciencias Políticas; querían saber los resultados de algunas de sus decisiones. Al principio nos opusimos, siguiendo la teoría de Berkowsky, pero la idea era fascinante, como ya te debes imaginar. Aceptamos y construimos el Sumergible... en secreto, por supuesto.

»Hicimos el primer rastreo hace un año. Utilizamos un subterfugio para protegernos del factor Berkowsky: no cogimos nada. Este Sumergible no se halla equipado para extraer objetos; se limita a hacer fotografías desde gran altura. Recuperamos la película, ampliamos las instantáneas y tratamos de conjeturar las condiciones.

»Al principio, los resultados fueron alentadores. Ausencia de guerras, ciudades en expansión y de aspecto agradable. Las ampliaciones de escenas callejeras mostraban mucha gente, en apariencia felices. Caminaban con parsimonia.

»Después avanzamos cincuenta años. Mucho mejor: las ciudades habían disminuido de tamaño, la gente no dependía tanto de las máquinas. Hierba, parques. Las mismas condiciones generales: paz, felicidad, mucho tiempo libre. Menos frenesí, menos prisa.

»Continuamos adelante en el tiempo. Por supuesto que un método de investigación tan indirecto no podía proporcionarnos la menor certeza de nada, pero todo parecía ir bien. Transmitimos nuestros informes al Consejo, y decidieron seguir con sus planes. Y entonces sucedió.

—¿Qué, exactamente? —preguntó Harten, inclinándose sobre la mesa.

—Decidimos volver a visitar un período que ya habíamos fotografiado antes, unos cien años atrás. Enviamos el Sumergible y regresó con un rollo entero. Lo revelamos y contemplamos las imágenes.

Wood hizo una pausa.

—Y ya no era lo mismo. Era diferente. Todo había cambiado. Guerra... Guerra y destrucción por todas partes —Wood se encogió de hombros—. Nos quedamos atónitos; enviamos de regreso el Sumergible cuanto antes para confirmarlo.

—¿Y qué encontrasteis esta vez?

Wood cerró los puños.

—¡Un cambio todavía peor! Ruinas, ruinas sin fin, gente que se dedicaba al pillaje. Ruina y muerte por todas partes. Escoria. El final de la guerra, la fase terminal.

—Increíble... —musitó Harten.

—¡Pero eso no fue lo peor! Comunicamos las noticias al Consejo. Mandó cesar toda actividad y se embarcó en una conferencia de dos semanas; canceló todas las órdenes y anuló los planes basados en nuestros informes. Eso sucedió un mes antes de que el Consejo volviera a entrar en contacto con nosotros. Los miembros querían que probáramos una vez más, que enviáramos el Sumergible al mismo período. Nos negamos, pero insistieron. No podía ser peor, fue su argumento.

»Así que obedecimos. El Sumergible regresó y revelamos la película. Harten, hay cosas peores que la guerra. No creerías lo que vimos. No había rastro de vida humana.

—¿Todo había sido destruido?

—¡No! Ninguna destrucción. Grandes y orgullosas ciudades, carreteras, edificios, lagos, campos..., pero ni rastro de vida. Las ciudades vacías, funcionando mecánicamente, cada máquina, cada cable en su sitio. Pero ni un ser viviente.

—¿Qué pasó?

—Enviamos el Sumergible hacia el futuro, de medio siglo en medio siglo. Nada, nada en ninguna de las ocasiones. Ciudades, carreteras, edificios, pero ausencia de vida. Todo el mundo muerto. Plaga, radiación o lo que sea, algo les mató. ¿De dónde provino? No lo sabemos. Nuestras primeras investigaciones no lo detectaron.

»Pero, de alguna manera, nosotros introducimos el factor letal. Nosotros lo provocamos con nuestro aparato; no estaba cuando empezamos; nosotros fuimos los causantes. Harten —Wood le miró desde la máscara imperturbable de su rostro—. Nosotros lo originamos, y ahora hemos de averiguar qué es y desembarazarnos de él.

—¿Cómo lo vais a hacer?

—Hemos construido un Coche Temporal capaz de transportar un observador humano al futuro. Enviaremos a un hombre para ver qué ocurre. Las fotografías son insuficientes; ¡hemos de saber más! ¿Cuándo apareció por primera vez? ¿Cuáles fueron los primeros síntomas? Una vez poseamos estos datos, quizá podamos eliminar el factor, seguir su pista y erradicarlo. Alguien tendrá que ir al futuro y descubrir nuestro error. Es la única manera.

Wood se levantó y Hasten le imitó.

—Tú eres esa persona —dijo Wood—. Tú, la persona más competente en este campo, irás al futuro. El Coche Temporal aguarda ahí afuera, convenientemente custodiado.

Wood hizo una señal. Dos soldados avanzaron hacia el escritorio.

—¿Señor?

—Vengan con nosotros; asegúrense de que nadie nos siga —se giró hacia Hasten—. ¿Preparado?

—Espera un momento —vaciló Hasten—. Me gustaría obtener más información sobre vuestras actividades, examinar el Coche Temporal. No puedo...

Los dos soldados se acercaron más y miraron a Wood. Éste posó su mano sobre el hombro de Hasten.

—Lo siento, pero no tenemos tiempo que perder; ven conmigo.
La oscuridad se movía, caracoleaba y se contraía a su alrededor. Tomó asiento ante el tablero de control y se secó el sudor que cubría su rostro. Para bien o para mal, ya no podía echarse atrás. Wood lo había previsto todo: unas pocas instrucciones, los controles preparados y la puerta de acero que se cerraba a sus espaldas.

Hasten paseó la mirada en torno suyo. Hacía frío dentro de la esfera; el aire era fresco, cortante. Trató de concentrarse en los indicadores luminosos, pero el frío le incomodaba. Se acercó al armario y empujó la puerta. Una chaqueta forrada y un fusil desintegrador. Cogió el fusil y lo examinó durante unos instantes. También había herramientas, todo tipo de herramientas y accesorios. Acababa de devolver el fusil a su sitio cuando cesó el traqueteo. Estuvo flotando un horroroso segundo, flotando al azar, y luego la sensación se desvaneció.

La luz del sol penetró a través del ventanal e inundó el suelo. Cerró las luces artificiales y miró por la ventana. Wood había dispuesto los controles para que le trasladaran cien años en el futuro. Se asomó con un estremecimiento.

Un prado salpicado de flores y de hierba que se extendía hasta perderse de vista. Algunos animales pacían bajo la sombra de un árbol. Abrió la puerta y salió afuera. El calor del sol le confortó al instante. Comprobó que los animales eran vacas.

Permaneció mucho tiempo parado en el umbral, con los brazos en jarras. En el caso de que se tratara de una plaga, ¿habría sido causada por bacterias transportadas por el aire? Dio un paso adelante y afianzó el casco que rodeaba la cabeza. Sería mejor no quitárselo.

Volvió para recoger el fusil. Salió de la esfera y se aseguró de que la puerta permanecería cerrada durante su ausencia. Tomadas las precauciones necesarias, Hasten saltó sobre la hierba del prado. Se alejó de la esfera en dirección a una amplia colina que ocupaba una extensión aproximada de setecientos metros. Mientras caminaba examinó la muñequera sensora que le orientaría hacia el Coche Temporal si se extraviaba.

Llegó junto a las vacas, que se removieron inquietas y se apartaron. Percibió algo que le produjo un escalofrío: tenían las ubres pequeñas y arrugadas. Nadie las pastoreaba.

Cuando alcanzó la cumbre de la colina alzó los prismáticos y contempló una inacabable extensión de tierra, kilómetros y kilómetros de campos verdes que rodaban como olas hasta perderse de vista. ¿Nada más? Fue girando poco a poco para escudriñar el horizonte.

Se puso rígido y ajustó la mira. Muy lejos, a su izquierda, en el límite de su campo visual, se alzaban las vagas líneas perpendiculares de una ciudad. Guardó los prismáticos y aseguró los nudos de sus pesadas botas. Luego bajó por la otra ladera de la colina a grandes zancadas: el camino era muy largo.
Al cabo de media hora divisó unas mariposas. Danzaban y revoloteaban a la luz del sol, a pocos metros de distancia. Se paró a descansar y las observó. Eran de todos los colores, rojas y azules, moteadas de verde y amarillo. Las mariposas más grandes que había visto en su vida. Quizá pertenecían a un zoológico; quizá habían huido cuando el hombre desapareció de escena, aclimatándose a una vida más libre, más salvaje. Las mariposas remontaron el vuelo y se lanzaron hacia las distantes torres de la ciudad, sin reparar en Hasten. Desaparecieron al cabo de breves momentos.

Hasten reanudó su camino. Era difícil imaginarse el fin de la humanidad en tales circunstancias: mariposas, hierba, vacas paciendo a la sombra de un árbol. ¡Qué tranquilo y agradable se veía el mundo sin la raza humana!

Una última mariposa pasó rozándole la cara. Subió el brazo automáticamente para protegerse. La mariposa se estrelló contra el dorso de su mano. Hasten estalló en carcajadas...

El miedo le atenazó; cayó de rodillas, jadeando y sintiendo náuseas. Se acuclilló y hundió el rostro en la tierra. Le dolían los brazos, el terror le tenía paralizado; cerró los ojos para no marearse.

Cuando levantó la cabeza, la mariposa ya había partido en pos de las demás.

Yació un rato sobre la hierba. Luego se irguió poco a poco hasta ponerse en pie. Se desabrochó la manga de la camisa y examinó su muñeca. La carne estaba ennegrecida, tirante e hinchada. Levantó la vista hacia la ciudad. Ésa era la dirección que habían tomado las mariposas...

Volvió al Coche Temporal.

Llegó a la esfera poco después del ocaso. La puerta se abrió al contacto de su mano y Hasten entró. Se aplicó un emplasto en la mano y el brazo, y luego fue a sentarse en el banco, sumido en sus pensamientos. Miró su brazo herido. Una picadura accidental, por supuesto. La mariposa ni siquiera se había dado cuenta. Si toda la bandada...

Esperó a que anocheciera por completo y las tinieblas rodearan la esfera. Las abejas y las mariposas se ocultaban de noche, al menos en teoría. Bien, valía la pena arriesgarse. El brazo le dolía todavía y notaba un constante latido. El emplasto no había servido de mucho; se sentía aturdido. Su aliento olía a fiebre.

Antes de salir sacó todo el contenido del armario. Examinó el fusil desintegrador, pero acabó desechándolo. En seguida encontró lo que buscaba: una linterna y un soplete. Guardó el resto y se levantó. Ya estaba preparado..., aunque no estaba muy seguro de que ésa fuera la palabra correcta. Tan preparado como le era posible.

Salió a la oscuridad y encendió la linterna. Caminó con rapidez. La noche era oscura y desolada, sin más luz que la de unas pocas estrellas y la que llevaba consigo. Remontó la colina y bajó por la ladera opuesta. Atravesó un bosquecillo y desembocó en una llanura, siempre guiado por el resplandor de su linterna.
Al llegar a la ciudad estaba agotado. Había recorrido una larga distancia y respiraba con dificultad. Enormes y fantasmales siluetas se alzaban sobre su cabeza hasta hundirse en las tinieblas. No era una ciudad muy grande, al menos a primera vista, pero el diseño le resultaba extraño a Hasten, acostumbrado a perspectivas menos verticales y escuetas.

Atravesó la puerta de entrada. La hierba brotaba del pavimento de las calles. Hizo un alto para echar un vistazo. Hierba y maleza por todas partes y, en las esquinas, junto a los edificios, montoncitos de huesos y polvo. Siguió caminando con la linterna dirigida hacia los costados de los esbeltos edificios. El eco de sus pasos resonaba con un sonido hueco. No había otra luz que la suya.

Los edificios se espaciaban. Se encontró de repente en una gran plaza cuadrada rebosante de arbustos y enredaderas. Al otro lado distinguió un edificio de mayor envergadura que los demás. Cruzó la vacía y solitaria plaza, paseando la linterna de un extremo a otro. Aminoró el paso al reparar en un edificio situado a su derecha. Su corazón se aceleró. La luz de la linterna reveló una palabra expertamente grabada sobre el marco de la puerta: BIBLIOTECA.

Ni más ni menos lo que deseaba. Subió los peldaños que conducían al oscuro umbral. Los tablones de madera se doblaron bajo sus pies. Al llegar a la entrada se encontró frente a una pesada puerta de madera con tiradores metálicos. Al asirlos, la puerta cayó hacia él, se rompió en pedazos y se desparramó sobre la escalera. Un hedor a polvo y corrupción irritó su olfato.

Penetró en el interior y su casco hendió inmensas telarañas a medida que avanzaba por los silenciosos pasillos. Eligió una sala al azar y no descubrió más que montoncitos de polvo y fragmentos grisáceos de huesos. Estantes y mesas bajas estaban apoyados contra las paredes. Se acercó a los estantes y cogió unos cuantos libros. Se convirtieron en polvo entre sus dedos. ¿Sólo había pasado un siglo desde su propia época?
Hasten se sentó ante una de las mesas y abrió uno de los libros que se conservaban mejor. No reconoció el idioma, una lengua romance que le pareció artificial. Volvió una página tras otra. Decepcionado, reunió un puñado de libros y volvió a la puerta. De repente, su corazón se aceleró. Con las manos temblorosas se aproximó a la pared. Periódicos.

Pasó las frágiles y quebradizas hojas con todo cuidado y las sostuvo a la luz de la linterna. El mismo idioma, por supuesto. Titulares destacados en tinta negra: Se las compuso para enrollar los periódicos y sumarlos a su colección de libros, salió al pasillo y volvió sobre sus pasos.

Al bajar por la escalera le azotó el aire fresco. Contempló las casi imperceptibles siluetas que se alzaban a los lados de la plaza. Después la cruzó con toda clase de precauciones. Llegó hasta la puerta de la ciudad, salió a campo abierto y se encaminó hacia el Coche Temporal.

Anduvo durante mucho tiempo, sin descanso, con la cabeza gacha. El cansancio le obligó finalmente a detenerse para recuperar el aliento. Dejó su carga en tierra y examinó los alrededores. En el límite del horizonte apareció una franja gris. La aurora. La salida del sol.

Un viento frío se arremolinó en torno a él. Los árboles y las colinas empezaban a distinguirse a la incipiente luz grisácea, una silueta inflexible y rigurosa. Volvió la vista hacia la ciudad. Los abandonados edificios se erguían, sombríos y pálidos. Le fascinó la primera luz del día que hería las agujas y las torres. Los colores se difuminaron y la niebla se interpuso entre él y la ciudad. Se agachó y recogió su carga. Caminó con tanta rapidez como pudo, aterido de frío.

Una mancha blancuzca había surgido de la ciudad y flotaba en el cielo.


Después de mucho tiempo, Hasten miró hacia atrás. La mancha continuaba en su sitio..., pero había crecido. Y ya no era blanca; a la luz del día brillaba con muchos colores.

Aceleró el paso; descendió una colina y trepó a otra. Conectó su muñequera. Le comunicó en voz alta que no se hallaba lejos de la esfera. Movió el brazo y el sonido enmudeció. A la derecha. Se secó el sudor de las manos y prosiguió.

Unos minutos más tarde, divisó desde lo alto de un risco la esfera de metal resplandeciente posada sobre la hierba, recubierta por el rocío de la mañana: el Coche Temporal. Bajó la colina, resbalando y corriendo.

Acababa de abrir la puerta de un codazo cuando la primera nube de mariposas apareció sobre la cumbre de la colina, moviéndose en silencio hacia él.

Cerró la puerta, depositó su cargamento en el suelo y flexionó los músculos. Le dolía la cabeza y se sentía presa del pánico No tenía tiempo que perder: se abalanzó sobre la ventana y miró afuera. Las mariposas rodeaban la esfera, danzaban y revoloteaban, despedían chispas de color. Se posaron por todas partes, incluso sobre la ventana. Su visión fue interrumpida bruscamente por una masa de cuerpos centelleantes, suaves y pulposos, que batían las alas al unísono. Escuchó. Captó un sonido repetido y ensordecedor que surgía de todos lados. El interior de la esfera quedó sumido en la oscuridad cuando las mariposas cubrieron por completo la ventana. Encendió las luces artificiales.

Pasó el tiempo. Examinó los periódicos, sin decidirse a actuar. ¿Retroceder o continuar adelante? Quizá valdría la pena dar un salto de cincuenta años. Las mariposas eran peligrosas, pero tal vez no constituían el factor letal que buscaba. Se miró la mano. La zona muerta, negra y tirante, se expandía. Experimentó una punzada de preocupación; empeoraba, no mejoraba.

El ruido que producían las mariposas al rozar el metal le molestaba e inquietaba. Dejó los libros a un lado y paseó arriba y abajo. ¿Cómo podían unos vulgares insectos, aunque fueran tan grandes como ésos, destruir a la raza humana? Los seres humanos podrían acabar con ellos sin demasiadas dificultades: polvos, venenos, pulverizadores.

Una diminuta partícula de metal le cayó sobre el hombro. Se la quitó de un manotazo. Cayó una segunda partícula, seguida de menudos fragmentos. Dio un brinco, alzó la cabeza.

Se estaba formando un círculo sobre su cabeza. Otro círculo apareció a la derecha, y a continuación un tercero. Más círculos se formaban en las paredes y en el techo de la esfera. Se plantó de un salto ante el tablero de control y conectó los mandos. Trabajó febril, velozmente. Una lluvia de fragmentos metálicos inundó el suelo. Un corrosivo, alguna sustancia que exudaban los insectos. ¿Ácido? Alguna secreción natural. Se volvió cuando se desplomó un gran trozo de metal.

Las mariposas se introdujeron en la esfera como una exhalación. La pieza que había caído era un círculo cortado limpiamente. Ni siquiera tuvo tiempo de verlo; agarró el soplete y lo encendió. La llama succionó y gorgoteó. Apuntó en dirección a las mariposas y el aire se llenó de partículas ardientes que se derramaron a su alrededor; un hedor insoportable se adueñó de la esfera.

Cerró los últimos conmutadores. Las luces de posición parpadearon y el suelo tembló bajo sus pies. Tiró de la palanca principal. Un enjambre de mariposas pugnaba por introducirse en el aparato. Un segundo circulo de metal se estrelló en el suelo y dio paso a una nueva invasión. Hasten se encogió, retrocedió, levantó el soplete y roció de fuego a los incansables asaltantes.

Luego se hizo un silencio tan repentino y absoluto que hasta él parpadeó de sorpresa. Aquel roce insistente y continuado había cesado. Estaba solo, a no ser por una nube de cenizas y partículas que cubría el suelo y las paredes, los restos de las mariposas que habían irrumpido en la esfera. Hasten, tembloroso, se sentó en el banco; se hallaba a salvo y regresaba a su tiempo. Había descubierto el factor letal, sin duda alguna. Así lo demostraba el montón de cenizas y los círculos practicados en el casco de la esfera. ¿Una secreción corrosiva? Sonrió con amargura.

La última visión de la horda le había revelado lo que quería saber. Las primeras mariposas que se introdujeron en la esfera a través de los círculos portaban herramientas, diminutas herramientas cortantes. Se habían abierto paso con ellas; transportaban su propio equipo de trabajo.

Se sentó a esperar que el Coche Temporal completara su viaje.


Los guardias del ministerio le ayudaron a bajar del Coche. Pisó él suelo, vacilante, y se apoyó en ellos.

—Gracias —murmuró.

—¿Estás bien, Hasten? —se interesó Wood.

—Sí —asintió—, de no ser por la mano.

—Vayamos adentro.

Entraron en la cámara por una gran puerta.

—Siéntate —Wood agitó la mano con impaciencia y un soldado se apresuró a traer una silla—. Tráigale un poco de café.

Hasten bebió el café, y luego apartó la taza. Se reclinó en la silla.

—¿Nos lo vas a explicar? —preguntó Wood.

—Sí.


—Estupendo. —Wood tomó asiento delante de él. Conectó una grabadora, y una cámara empezó a filmar el rostro de Hasten mientras hablaba—. Adelante. ¿Qué averiguaste?

Cuando hubo terminado se hizo el silencio en la sala. Ni los guardias ni los técnicos hablaron.

Wood se levantó, temblando.

—Dios mío... Así que una forma de vida tóxica acabó con ellos. Ya me lo imaginaba, pero... ¿mariposas? Mariposas inteligentes que planean ataques, que crecen con rapidez y se adaptan sin dificultades.

—Es posible que los libros y los periódicos nos sirvan de algo.

—Pero ¿de dónde vinieron? ¿Una mutación que afectó a una forma de vida ya existente? Tal vez llegaron de otro planeta, tal vez fueron resultado del viaje por el espacio. Hemos de averiguarlo.

—Sólo atacaron a los seres humanos —indicó Hasten—. Se desinteresaron de las vacas. Sólo a la gente.

—Quizá podamos detenerlas. —Wood conectó el videófono—. Convocaré una reunión extraordinaria del Consejo. Les proporcionaré tus explicaciones y recomendaciones. Pondremos en marcha un programa, organizaremos equipos por todo el planeta. Aún tenemos una oportunidad. Gracias, Hasten, es posible que aún podamos detenerlas.

El operador apareció y Wood le entregó el número de clave del Consejo. Hasten, absorto, se levantó y paseó sin rumbo por la sala. El brazo le dolía mucho. Salió de la cámara y volvió hacia el Coche Temporal, que algunos soldados examinaban con curiosidad. Hasten les observó como atontado, con la mente en blanco.

—¿Qué es esto, señor? —preguntó uno.

—¿Eso? —Hasten dio unos pasos adelante—. Un Coche Temporal.

—No, me refiero a eso —el soldado señaló algo en el casco—. Esto, señor. No estaba ahí cuando el Coche partió.

El corazón de Hasten dejó de latir. Pasó entre ellos y alzó la vista. Al principio no distinguió nada especial. sólo la superficie de metal corroída. Luego, un escalofrío le recorrió de pies a cabeza.

Había algo en la superficie, algo pequeño, de color pardo, peludo. Se adelantó y lo tocó. Una bolsa, una bolsa parda, pequeña y dura. Estaba seca, seca y vacía. Dentro no había nada; estaba abierta por un extremo. Advirtió en seguida que todo el casco del Coche estaba lleno de estos saquitos, algunos todavía llenos, pero la mayoría vacíos.

Capullos.




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