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STEVEN OWEN GODERSKY INTRODUCCIÓN



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STEVEN OWEN GODERSKY

INTRODUCCIÓN



En un principio rechacé la invitación a escribir esta Introducción. No tenía nada que ver con mi opinión hacia la obra de Phil Dick. Sentía que ya había dicho todo con respecto al tema. Entonces me indicaron que lo había hecho en lugares muy diferentes. Aun en el caso de no añadir nada nuevo, volver a repetir similares argumentos aquí ayudaría a los lectores que no los hubieran conocido antes.

Así que le di vueltas al asunto. Repasé también algunas de las cosas que había escrito anteriormente. Me pregunté qué valdría la pena repetir o añadir. Había coincidido con Dick en muy pocas ocasiones, en California y en Francia; fue pura casualidad que colaboráramos en un libro. Durante esta colaboración intercambiamos cartas y hablamos varias veces por teléfono. Me cayó bien y me impresionó mucho su trabajo. Dejaba deslizar a menudo su sentido del humor en nuestras conversaciones telefónicas. Recuerdo que una vez se refirió a unos derechos de autor que había recibido. Dijo: «He obtenido tantos cientos en Francia, tantos cientos en Alemania, tantos cientos en España... ¡Caray! ¡Esto ya parece el listado de arias de Don Giovanni...!». Su agudeza verbal era más punzante que las ironías cósmicas manejadas en su narrativa.

Ya he hablado antes de su sentido del humor. También he hecho hincapié en sus constantes juegos con la realidad convencional. Incluso me he permitido la libertad de generalizar acerca de sus personajes. Pero ¿para qué parafrasear cuando al cabo de estos años he encontrado una razón legítima para citar uno de mis textos?
«Estos personajes son a menudo hombres y mujeres víctimas, prisioneros, manipulados. Es dudoso que su mundo haya perdido una pizca de maldad cuando lo abandonen, pero la respuesta es impredecible: ellos no ceden en su esfuerzo. Se hallan, por lo general, dispuestos a batear en la última mitad de la novena entrada con el partido empatado, a punto de ser suspendido por la lluvia, con dos hombres expulsados, a falta de dos lanzamientos de pelota y tres carreras. Pero ¿qué significa la lluvia? ¿Y el estadio?

»Los mundos en los que se mueven los personajes de Phil Dick están sujetos a cancelaciones o revisiones imprevistas. La realidad es tan dudosa como las promesas de un político. El resultado no varía, independientemente de que el responsable del trastorno de las situaciones sea una droga, un repliegue temporal, una máquina o un ser extraterrestre: la Realidad, con mayúscula, deviene tan relativa como la sequedad de nuestros respectivos martinis. A pesar de todo, la lucha continúa, el combate prosigue. ¿Contra qué? En último extremo contra los Poderes, las Autoridades, las Jerarquías y las Tiranías que, casi siempre, se hospedan en los cuerpos de hombres y mujeres que son víctimas, prisioneros, seres manipulados.

»Todo esto suena a frivolidad tétricamente seria. Se equivocan. Supriman "tétricamente", añadan una coma y lo siguiente: pero una de las características de la maestría de Phil Dick reside en el tono de su estilo. Posee un sentido del humor para el que no encuentro adjetivos adecuados. Irónico, grotesco, bufonesco, satírico. Ninguno da en el clavo, aunque todos pueden encontrarse sin necesidad de buscar demasiado. Sus personajes resbalan ridículamente en los momentos más dramáticos; una patética ironía invade las escenas más cómicas. No cabe duda de que se trata de una cualidad singular y estimable para dirigir un espectáculo de tales características.»
Lo dije en Philip K. Dick: pastor eléctrico, y todavía lo asumo.

Me complace ver que Phil está consiguiendo por fin la atención que merecía, tanto a nivel de la crítica como del público. Lo único que lamento es que haya llegado tan tarde. Solía quejarse a menudo, pasada ya la edad de esforzarse por alcanzar una meta pero aún luchando por conseguirla. Me sentí aliviado cuando al fin, un año antes de morir, logró la seguridad económica y una cierta riqueza. La última vez que le vi parecía muy feliz y sereno. Fue cuando estaban filmando Blade Runner; cenamos y pasamos una larga velada hablando, bromeando y recordando anécdotas del pasado.

Se ha escrito mucho sobre el misticismo de su última etapa. No puedo opinar con conocimiento de causa de lo que creía, en parte porque parecía cambiar incesantemente y en parte porque a veces era difícil saber cuándo bromeaba y cuándo hablaba en serio. Sin embargo, tras unas cuantas conversaciones deduzco que jugaba con la teología de la misma forma que otras personas se interesan en los problemas del ajedrez, que le gustaba formular la clásica pregunta del escritor de ciencia ficción («¿qué pasaría si...?») en todo aquello que se refiriera a nociones de filosofía y religión. Se trataba, sin duda, de un aspecto más de su trabajo, y me he preguntado muchas veces cuáles hubieran sido sus creencias de haber vivido diez años más, algo imposible de adivinar o de intuir ahora.

Recuerdo que, al igual que James Blish, estaba fascinado por el problema del mal y su yuxtaposición con el eventual placer de vivir. Estoy seguro de que no tendría el menor inconveniente en que les reproduzca un fragmento de la última carta que me escribió, fechada el 10 de abril de 1981:
«Me pidieron que examinara dos publicaciones en el espacio de un cuarto de hora: primero, una copia de Wind in the willows, que nunca había leído... En cuanto lo hube examinado alguien me enseñó una fotografía a doble página del intento de asesinato del presidente, aparecida en el último Time. A un lado el herido, luego el hombre del servicio secreto con una metralleta Uzi en la mano, y más allá un montón de individuos que sujetaban al asesino. Mi cerebro trataba de relacionar Wind in the willows con la fotografía. Le fue imposible. Nunca lo conseguirá. Me llevé el libro de Grahame a casa y me senté a leerlo mientras intentaban que la Columbia lo cediera, en vano, como ya sabes. Cuando me levanté por la mañana no podía pensar en nada, ni en cosas raras, como suele suceder al salir del sueño: la mente en blanco. Como si los computadores de mi cerebro se negaran a dirigirse la palabra. Cuesta creer que la escena del intento de asesinato y Wind in the willows formen parte del mismo universo. Seguro que uno de ellos no es real. El señor Toad bajando por la corriente en un pequeño bote de remos y el hombre de la Uzi... Es inútil tratar de otorgarle un sentido al universo, pero creo que debemos esforzarnos a pesar de todo.»
Cuando la recibí sentí que esa tensión, ese desconcierto moral no eran más que una versión atemperada de una emoción que recorría la mayor parte de su obra. Es una cuestión que nunca resolvió; parecía demasiado sofisticado para confiar en cualquier verdad aparente. A lo largo de los años hizo muchas afirmaciones en muchos lugares diferentes, pero la que más quedó grabada en mi memoria, la que más se ajusta al hombre con el que yo solía conversar es la que cité en mi prólogo al primer volumen de entrevistas publicado por Greg Rickman, Philip K. Dick: In his own words (1984). Constaba en una carta que Phil había escrito en 1970 a SF Commentary:
«Sólo sé una cosa sobre mis novelas. En todas ellas, una y otra vez, este hombre insignificante se autoafirma por medio de su atolondrada y fatigosa lucha. En las ruinas de las ciudades de la Tierra levanta con grandes dificultades una pequeña fábrica que produce cigarros puros o artefactos de imitación con la leyenda "Bienvenidos a Miami, el centro del placer del mundo". En A. Lincoln. Simulacros regenta un pequeño negocio de órganos electrónicos vulgares y, más tarde, robots de apariencia humana más irritantes que amenazadores. Todo a pequeña escala. El colapso es enorme; la animosa figurita que se dibuja contra el paisaje en ruinas, al igual que Tagomi, Runciter o Molinari, tiene el tamaño de un mosquito, apenas puede hacer nada..., pero posee una cierta grandeza. No sé por qué. Simplemente creo en él y le amo. Prevalecerá. No hay nada más. Al menos, nada que sea más importante. Nada que nos sea más importante. Pues mientras esté ahí, como una minúscula figura paterna, todo irá bien.

»Algunos revisionistas han observado "amargura" en mis escritos. Me sorprende, por cuanto la confianza nunca me abandona. Tal vez les moleste el hecho de que confío en algo tan ínfimo. Quieren algo más grande. Voy a revelarles un secreto: no hay nada más grande. Nada más, si me permiten la expresión. De hecho, ¿a cuánto más debemos aspirar? ¿No es suficiente el señor Tagomi? Para mí, sí. Estoy satisfecho».
Supongo que lo he recordado dos veces porque me gusta pensar en este pequeño elemento de confianza e idealismo de los escritos de Phil. Puede que esté imponiendo una interpretación al hacer esto. Era una personalidad muy compleja, y tengo la sensación de que impresionó deforma muy diferente a muchas y variadas personas. Teniendo esto en cuenta, el mejor tributo que puedo rendir al hombre que aprecié y conocí (casi siempre a larga distancia) se reduce a un simple bosquejo, si bien es lo mejor que puedo ofrecer. Y como la mayoría de estas líneas son autoplagio, no siento el menor escrúpulo en concluir con algo ya escrito previamente:
«La respuesta subjetiva..., una vez leído un libro de Philip Dick y colocado en la estantería, es que, más allá de la reflexión, el argumento no se queda prendido en la memoria; lo que permanece recuerda los efectos posteriores de un poema rico en metáforas.

»Esto es lo que valoro, en parte porque desafía a toda clasificación, y en parte porque lo que queda de un relato de Phil Dick cuando se han olvidado los detalles es algo que recuerdo en momentos esporádicos y me produce una sensación o me provoca un pensamiento; algo cuyo conocimiento me ha enriquecido.»
Me complace saber que está siendo reconocido y recordado con admiración en muchos lugares. Creo que no dejará de suceder. Ojalá hubiera conocido el éxito mucho antes.




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