Cuentos completos 1 aquí yace el wub



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ROOG

—¡Roog! —dijo el perro.

Apoyó las patas en el borde de la cerca y miró en torno suyo.

El Roog irrumpió corriendo en el patio.

Despuntaba la mañana y el sol aún no había salido. El aire era gris y frío, y las paredes de la casa estaban cubiertas de una película de humedad. Sin dejar de mirar, el perro entreabrió las fauces y clavó las garras negras en la madera de la cerca.

El Roog se detuvo junto a la puerta abierta del patio. Era pequeño, delgado y blanco, y las patas apenas parecían sostenerlo. El Roog parpadeó, y el perro le enseñó los dientes.

—¡Roog! —repitió.

El eco repitió el sonido en la silenciosa penumbra matinal. Todo estaba callado y apacible. El perro se puso a cuatro patas y atravesó el patio en dirección a la escalera del porche. Se sentó en el primer peldaño y, miró al Roog. Éste le devolvió la mirada. Luego alargó el cuello hacia la ventana de la casa y la husmeó.

El perro cruzó el patio a la carrera. Golpeó la cerca y el portón tembló y crujió bajo la fuerza del impacto. El Roog se alejó a toda prisa por el sendero con un trotecillo ridículo. El perro se echó junto a los maderos de la cerca, con la respiración agitada y la lengua roja colgando fuera de la boca. Siguió contemplando al Roog mientras se alejaba.

El perro yació en silencio. Sus ojos negros brillaban. Amanecía. El cielo empezó a clarear. El aire de la mañana transportó los sonidos de la gente que despertaba. Las luces se encendieron detrás de los visillos. Una ventana se abrió al frío de la mañana.

El perro continuó inmóvil. Vigilaba el sendero.
La señora Cardossi vertió agua en la cafetera. Una nube de vapor la cegó por un instante. Dejó el pote en el borde de la cocina y entró en la alacena. Cuando salió, Alf estaba en la puerta poniéndose las gafas.

—¿Tienes el periódico? —preguntó.

—Está fuera.

Alf Cardossi atravesó la cocina. Corrió el pestillo de la puerta trasera y salió al porche. Contempló la mañana húmeda y gris. Boris estaba echado junto a la cerca, negro y peludo, con la lengua fuera.

—Mete la lengua dentro —dijo Alf. El perro levantó la vista al momento. Golpeó la tierra con la cola—. La lengua. Mete la lengua dentro.

El perro y el hombre intercambiaron una mirada. El perro gimoteó. Tenía los ojos brillantes y enfebrecidos.

—¡Roog! —dijo suavemente.

—¿Qué? —Alf miró a su alrededor—. ¿Viene alguien? ¿El chico de los periódicos?

El perro le miró con la boca abierta.

—Hace unos días que te veo alterado —dijo Alf—. Deberías tranquilizarte. Ya somos demasiado viejos para estas excitaciones.

Entró en la casa.

Salió el sol. La calle se llenó de luz y color. El cartero hacía su ruta habitual, cargado de cartas y revistas. Los niños correteaban, riendo y charlando.

A eso de las once, la señora Cardossi barrió el porche delantero. Hizo una pausa y aspiró una bocanada de aire.

—Hoy huele bien —comentó—. Hará buen tiempo.

Cuando el sol de mediodía comenzó a castigar la tierra, el perro negro se estiró bajo el porche. Su pecho se movía al compás de la respiración. Los pájaros jugueteaban en el cerezo, graznando y parloteando entre sí. Boris levantaba la cabeza de vez en cuando y los miraba. Al cabo de un rato se levantó y trotó hacia el árbol.

Entonces fue cuando reparó en los dos Roogs sentados en la cerca. Tenían los ojos clavados en él.

—Es grande —dijo el primer Roog—, más que la mayoría de los Guardianes.

El otro Roog asintió con un balanceo de la cabeza. Boris, muy quieto, los vigilaba, con el cuerpo rígido. Los Roogs permanecían en silencio mientras contemplaban al enorme perro con la golilla de pelo blanco hirsuto que adornaba su cuello.

—¿Cómo está la urna de las ofrendas? —preguntó el primer Roog—. ¿Está casi llena?

—Sí —confirmó el otro—. Casi a punto.

—¡Eh, tú! —gritó el primer Roog—. ¿Me oyes? Esta vez hemos decidido aceptar las ofrendas. Recuerda que debes dejarnos entrar. No queremos más tonterías.

—No lo olvides —añadió el otro—. No durará mucho.

Boris no dijo nada.

Los dos Roogs saltaron de la cerca y fueron hasta el sendero. Uno de ellos sacó un mapa y ambos lo consultaron.

—Esta zona no es la más adecuada para un primer ensayo —dijo el primer Roog—. Demasiados Guardianes... En cambio, la zona norte...

—Ellos ya han decidido —dijo su compañero—. Hay tantos factores...

—Por supuesto.

Echaron una mirada a Boris y se apartaron un poco más de la cerca, El perro no pudo escuchar el resto de la conversación.

Después los Roogs guardaron el mapa y se alejaron por el sendero.

Boris se acercó a la cerca y olfateó los maderos. Cuando descubrió el olor enfermizo y hediondo de los Roogs se le erizó el pelo de la espina dorsal.


Cuando Alf Cardossi llegó a casa por la noche, el perro montaba guardia junto al portón, escudriñando el sendero. Alf entró en el patio.

—¿Cómo estás? —preguntó, palmeando el costillar del perro—. ¿Continúas preocupado? Últimamente estás muy nervioso. No eras así antes.

Boris gimoteó y miró a su amo con insistencia.

—Eres un buen perro. Boris. Demasiado grande, sin embargo. Seguro que ya no te acuerdas de cuando eras un cachorrillo.

Boris se restregó contra la pierna del hombre.

—Eres un buen perro —volvió a repetir Alf—. Me gustaría saber qué te preocupa.

Entró en la casa. La señora Cardossi estaba preparando la mesa para cenar. Alf fue a la sala de estar y se quitó el sombrero y la chaqueta. Dejó la fiambrera sobre la mesa y volvió a la cocina.

—¿Qué sucede? —preguntó la señora Cardossi.

—El perro debería dejar de ladrar y hacer ruidos. Los vecinos volverán a quejarse a la policía.

—Ojalá no tengamos que regalárselo a tu hermano —dijo la señora Cardossi con los brazos cruzados—. A veces parece que se haya vuelto loco, en especial los viernes por la mañana, cuando vienen los basureros.

—Quizá se le pase pronto —repuso Alf. Encendió su pipa y fumó con solemnidad—. Antes no era así. Espero que recobre la tranquilidad.

—Ya veremos —dijo la señora Cardossi.

El sol salió, frío y ominoso. La niebla colgaba de los árboles y se situaba en las partes más bajas.

Era el viernes por la mañana.

El perro negro estaba tendido bajo el porche, con el oído alerta y los ojos bien abiertos. Tenía el pelaje endurecido por el rocío y al respirar desprendía nubes de vapor que se mezclaban con el escaso aire que corría. De repente, ladeó la cabeza y se enderezó de un salto.

Un débil pero penetrante sonido llegaba desde la distancia.

—¡Roog! —gritó Boris mirando alrededor.

Corrió hacia el portón, se alzó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en la cerca.

El sonido se repitió de nuevo, más fuerte, no tan lejano como antes. Era estridente y metálico, como si algo rodara o una gigantesca puerta se abriera.

—¡Roog! —gritó Boris.

Escudriñó ansiosamente las ventanas oscurecidas que había por encima de su cabeza. Nada se movió. Nada.

Y entonces vio que los Roogs avanzaban por la calle. Los Roogs y su camión avanzaban bamboleándose, traqueteando sobre las piedras con gran estrépito.

—¡Roog! —volvió a gritar Boris.

Sus ojos brillaban en las tinieblas. Luego se calmó. Se echó en el suelo y esperó, atento al menor sonido.

Los Roogs detuvieron el camión frente a la casa. Pudo oír cómo se abrían las puertas y bajaban a la calzada. Boris empezó a correr en círculos. Gimió y apuntó con el hocico hacia la casa.

El señor Cardossi se incorporó un poco en la tibia oscuridad del dormitorio y echó un vistazo al reloj.

—Maldito perro —murmuró—. Maldito perro.

Hundió el rostro en la almohada y cerró los ojos.

Los Roogs bajaban por el sendero. El primer Roog empujó la puerta hasta que cedió. Los Roogs entraron en el patio. El perro retrocedió.

—¡Roog! ¡Roog! —gritó.

El horrible y acre olor de los Roogs le hizo salir huyendo.

—La urna de las ofrendas —dijo el primer Roog—. Creo que está llena. —Sonrió al aterrorizado perro—. Muy amable de tu parte.

Los Roogs se acercaron al cubo de metal; uno de ellos quitó la tapa.

—¡Roog! ¡Roog! —gritaba Boris, acurrucado junto al primer escalón del porche.

Temblaba de miedo. Los Roogs levantaron el cubo y lo pusieron de costado. El contenido se desparramó sobre el suelo y los Roogs destrozaron las bolsas de papel. Eligieron las mondaduras de naranja, los trozos de pan tostado y las cáscaras de los huevos.

Uno de los Roogs se metió una cáscara de huevo en la boca y la destrozó con un crujido.

—¡Roog! —gritó Boris casi para sí, perdida toda esperanza.

Los Roogs casi habían terminado de recoger las ofrendas. Hicieron una pausa y miraron a Boris.

Entonces, lenta y silenciosamente, alzaron la vista hacia la casa y examinaron las paredes, el estuco y la ventana con el visillo de color pardo todavía corrido.

—¡ROOG! —chilló Boris, y avanzó hacia los intrusos con ágiles movimientos, enfurecido y asustado al mismo tiempo.

Los Roogs se apartaron de la ventana a regañadientes. Salieron por el portón y lo cerraron.

—Miradlo —dijo el último Roog con desprecio mientras levantaba el extremo de la manta hasta la altura del hombro.

Boris cargó contra la cerca, con las fauces abiertas y dispuestas a triturar. El Roog más grande agitó los brazos frenéticamente y Boris retrocedió. Se estiró al pie de la escalera del porche, con la boca aún abierta. Dejó escapar un terrible gemido de desdicha, un aullido que expresaba toda su tristeza y desesperación.

—Vámonos —dijo uno de los Roogs al que permanecía junto a la cerca.

Caminaron por el sendero.

—Bueno, excepto estos lugarejos custodiados por los Guardianes, la zona ha quedado despejada —dijo el Roog más grande—. Me alegraré cuando hayamos acabado con este Guardián en particular. Nos causa muchos problemas.

—No te impacientes —sonrió otro Roog—. Tenemos el camión repleto. Dejemos algo para la semana que viene.

Todos los Roogs rieron. Ascendieron el sendero transportando las ofrendas en la manta sucia que se hundía por el centro.


LA PEQUEÑA REBELIÓN

El hombre estaba sentado en la acera y mantenía la caja cerrada con ambas manos. La tapa de la caja se movía con impaciencia, luchando contra la presión de los dedos.

—De acuerdo —murmuró el hombre.

El sudor resbalaba por su rostro, un sudor denso y húmedo. Abrió la caja poco a poco, sin separar los dedos de la abertura. Un tamborileo metálico sonó desde el interior, una leve pero insistente vibración que aumentó de intensidad a medida que la luz del sol penetraba en la caja.

Apareció una cabecita redonda y brillante, y luego otra. Otras cabezas se abrieron paso con dificultad.

—Soy el primero —chilló una cabeza.

Se produjo una momentánea trifulca, y luego un apresurado acuerdo.

El hombre que estaba sentado en la acera levantó la figurita de metal con manos temblorosas. La depositó en el suelo y le dio cuerda con sus dedos torpes y abotargados. Se trataba de un soldado provisto de casco y fusil, pintado en tonos brillantes y en posición de firmes. Mientras el hombre giraba la llave, los brazos del soldadito se alzaban y bajaban. Se movía con energía.

Dos mujeres paseaban charlando por la acera. Observaron con curiosidad al hombre sentado, la caja y la brillante figura que tenía en las manos.

—Cincuenta centavos —murmuró el hombre—. Llévenle a sus hijos algo que...

—¡Espera! —se oyó una débil voz metálica—. ¡A ellas no!

El hombre interrumpió su perorata bruscamente. Las dos mujeres intercambiaron una mirada, y luego se fijaron con más atención en el hombre y en la figurita de metal. Pasaron de largo con gran rapidez.

El soldadito miró a un lado y otro de la calle, a los coches, los compradores. De repente, se agitó y susurró algo con voz áspera e impaciente.

El hombre se contuvo.

—El niño no —dijo secamente.

Trató de apoderarse de la figura, pero los dedos de metal se clavaron en su mano. Jadeó.

—¡Diles que se paren! —chilló la figura—. ¡Haz que se detengan!

La figura de metal se liberó de su presa y correteó por la acera, con las piernas todavía rígidas.

El chico y su padre aflojaron el paso hasta inmovilizarse y lo miraron con interés. El hombre sentado esbozó una débil sonrisa; vio como la figura se les acercaba contoneándose, con los brazos subiendo y bajando.

—Cómprele algo a su hijo. Un compañero de juegos excitante. Le hará compañía.

El padre sonrió al ver la figura que se acercaba a su zapato. El soldadito tropezó con él. Resolló y chasqueó. Sus movimientos cesaron.

—¡Dale cuerda! —gritó el niño.

El padre recogió la figura.

—¿Cuánto vale?

—Cincuenta centavos. —El vendedor se levantó con ciertas dificultades sin soltar la caja—. Le hará compañía. Se lo pasará muy bien.

—¿Estás seguro de que lo quieres, Bobby?

El padre le dio vueltas a la figura.

—¡Claro! ¡Dale cuerda! —Bobby cogió el soldadito—. ¡Dale cuerda!

—Te lo compraré —dijo su padre.

Buscó en su bolsillo y entregó al hombre un billete de un dólar.

El vendedor le devolvió el cambio con torpeza, desviando la mirada.


La situación era excelente.

La figurita yacía en silencio, pensativa. Todas las circunstancias habían conspirado para dar lugar a una solución óptima. El Chico podría haberse negado a parar, o el Adulto podría haber salido sin un céntimo. Muchas cosas podrían haberse torcido; este pensamiento le desagradaba. Pero todo había ido bien.

La figurita, estirada en la parte trasera del coche, tenía los ojos abiertos de par en par. Había interpretado correctamente ciertos signos: los Adultos poseían el control, luego los Adultos tenían dinero. Tenían poder, pero su poder dificultaba entrar en contacto con ellos. Su poder y su tamaño. Con los Niños era diferente. Eran pequeños, y resultaba fácil hablarles. Aceptaban todo cuanto oían, y hacían lo que se les ordenaba. Al menos, es lo que decían en la fábrica.

La figurita yacía perdida en pensamientos vagos y deliciosos.

El corazón del niño latía con rapidez. Subió corriendo escalera arriba y abrió la puerta de un empujón. Después de cerrarla con cuidado se sentó en la cama. Miró lo que apretaba entre sus manos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó—. ¿Cuál es tu nombre?

La figura de metal no respondió.

—Te presentaré. Has de conocer a todos. Te gustará estar aquí.

Bobby depositó la figura en la cama. Fue al armario y sacó una abultada caja de cartón llena de juguetes.

—Este es Bonzo —dijo. Levantó un pálido conejo de trapo—. Y Fred. —le dio la vuelta al cerdo de goma para que el soldado lo viera—. Y Teddo, por supuesto. Éste es Teddo.

Llevó a Teddo hasta la cama y lo acostó junto al soldado. Teddo quedó tendido en silencio, mirando el techo con sus ojos de cristal. Teddo era un oso pardo. Jirones de paja sobresalían de sus junturas.

—¿Cómo te vamos a llamar? —dijo Bobby—. Creo que deberíamos reunirnos y decidir. —Hizo una pausa y reflexionó—. Te daré cuerda y así veremos cómo funcionas.

Lo hizo con el máximo cuidado. Luego se agachó y puso la figura en el suelo.

—Adelante —dijo Bobby.

La figura de metal no se movió. Después empezó a remolinear y cliquetear. Recorrió el suelo a sacudidas. Cambió bruscamente de dirección y se lanzó hacia la puerta. Allí se paró. A continuación enfiló hacia unos bloques de construcción y los derribó en un confuso montón.

Bobby lo observaba con interés. La figurita se afanaba con los bloques y los apiló en forma de pirámide. Por fin, se subió encima e hizo girar la llave.

Bobby se rascó la cabeza, asombrado.

—¿Por qué hiciste eso?

La figura descendió y atravesó la habitación hasta llegar junto a Bobby, sin dejar de remolinear y cliquetear. Bobby y los animales de trapo le miraron sorprendidos y maravillados. La figura llegó a la cama y se detuvo.

—¡Súbeme! —gritó impacientemente con su voz fina y metálica—. ¡Rápido! ¡No te quedes ahí sentado!

Los ojos de Bobby se abrieron de par en par. Parpadeó varias veces. Los animales de trapo no dijeron nada.

—¡Vamos! —aulló el soldadito.

Bobby se inclinó. El soldado le agarró la mano con fuerza. Bobby lanzó un chillido.

—Tranquilízate —ordenó el soldado—. Súbeme a la cama. He de discutir algunos asuntos contigo, asuntos de gran importancia.

Bobby lo depositó en la cama y se sentó a su lado. La habitación estaba en silencio, excepto por el zumbido de la figura metálica.

—Una habitación bonita —dijo el soldado al cabo de un rato—. Una habitación muy bonita.

Bobby se apartó un poco.

—¿Qué ocurre? —inquirió con voz aguda el soldado.

Giró la cabeza y levantó los ojos.

—Nada.


—¿Qué pasa? —La figurita le miró fijamente—. No estarás asustado de mí, ¿verdad?

Bobby se agitó intranquilo.

—¿Asustado de mí? —rió el soldado—. No soy más que un hombrecito de metal; sólo mido quince centímetros. —No paraba de reír, hasta que cesó de golpe—. Escucha. Voy a vivir contigo durante un tiempo. No te haré ningún daño, créeme. Soy un amigo..., un buen amigo. —le miró con ansiedad—. Sin embargo, quiero que hagas algunas cosas por mí. No te importará, ¿verdad? Dime: ¿cuántos de ellos hay en tu familia?

Bobby titubeó.

—Vamos, ¿cuántos de ellos? Adultos.

—Tres... Papá, mamá y Foxie.

—¿Foxie? ¿Quién es?

—Mi abuela.

—Tres de ellos —asintió la figura—. Ya veo. Sólo tres. ¿Vienen otros de vez en cuando? ¿Otros Adultos visitan la casa?

Bobby afirmó con la cabeza.

—Tres. No son demasiados. No representan ningún problema. Según la fábrica... Bien. Escúchame: no quiero que les digas nada sobre mí. Soy tu amigo, tu amigo secreto. No les intereso para nada. Recuerda que no te haré daño. No debes temer nada. Voy a vivir aquí, contigo.

Miró al chico con desparpajo, alargando las últimas palabras.

—Voy a ser una especie de profesor particular. Te voy a enseñar algunas cosas. Como un tutor. ¿Qué te parece?

Silencio.

—Te gustará, ya lo verás. Podríamos empezar ahora mismo. Quizá desees saber la forma más apropiada de dirigirte a mí. ¿Quieres que te lo enseñe?

—¿Dirigirme a ti? —Bobby bajó la vista.

—Vas a llamarme... —La figura hizo una pausa y reflexionó. Se irguió con orgullo y dijo —: Vas a llamarme... Mi Señor.

Bobby se levantó de un salto y se cubrió el rostro con las manos.

—Mi Señor —siguió la figura implacablemente—. Mi Señor. No hace falta que empieces ahora. Estoy cansado. —La figura se relajó—. Estoy al borde del agotamiento. Dame cuerda dentro de una hora, por favor.

La figura empezó a ponerse rígida. Miró al chico.

—Dentro de una hora: ¿Me darás cuerda? Lo harás, ¿verdad?

Su voz se desvaneció en el silencio.

Bobby asintió con desgana.

—Está bien —murmuró—. Está bien.


Era martes. La ventana estaba abierta y la cálida luz del sol penetraba en la habitación. Bobby se había marchado a la escuela: la casa se encontraba vacía y silenciosa. Los animales de trapo descansaban en el armario.

Mi Señor estaba apoyado sobre la cómoda. Miraba por la ventana, satisfecho.

Se oyó un débil zumbido. Un objeto diminuto entró volando en la habitación. Dio varias vueltas y aterrizó sobre la tela blanca de la cómoda, al lado del soldado de metal. Era un pequeño avión de juguete.

—¿Cómo te va? —preguntó el avión—. ¿Todo bien de momento?

—Sí —respondió Mi Señor—. ¿Y los otros?

—No tan bien. Sólo algunos han conseguido hacerse con Niños.

El soldado jadeó de pánico.

—El grupo más numeroso cayó en manos de los Adultos. Muy poco satisfactorio, como ya sabes. Es muy difícil controlar a los Adultos. Se escapan, o aguardan a que pase la primavera...

—Lo sé —asintió Mi Señor tristemente.

—Las noticias continuarán siendo malas. Debemos estar preparados.

—Hay más. ¡Dímelo!

—Para ser sincero, la mitad han sido destruidos o pisoteados por los Adultos. Se dice que un perro destrozó a uno. No cabe duda de que nuestra única esperanza reside en los Niños. Hemos de lograrlo por ese lado.

El soldadito aprobó con un gesto. El mensajero tenía razón, por supuesto. Siempre habían pensado que un ataque directo contra la raza dirigente, los Adultos, fracasaría. Su tamaño, su fuerza y su enorme velocidad les protegerían. El vendedor de juguetes era un buen ejemplo. Había intentado escapar muchas veces; había intentado engañarles y liberarse. Parte del grupo había sido destinado a vigilarle incesantemente, y hubo aquel terrible día en que estuvo a punto de empaquetarlos, con la esperanza de...

—¿Le estás dando instrucciones al Niño? —preguntó el avión—. ¿Le estás preparando?

—Sí. He comprendido que me voy a quedar. Los Niños son así. Como toda raza sometida, se les ha enseñado a obedecer; es lo único que pueden hacer. Soy como otro profesor: invado su vida y le doy órdenes. Otra voz que le dice...

—¿Has iniciado la segunda fase?.

—¿Tan pronto? —Mi Señor estaba asombrado—. ¿Por qué? ¿Es necesario que proceda con tanta rapidez?

—La fábrica se muestra nerviosa. Ya te dije que casi todo el grupo ha sido destruido.

—Lo sé —musitó Mi Señor—. Lo esperábamos; lo planeamos con realismo, sabiendo de antemano las posibilidades. —se meció sobre la cómoda—. Era natural que muchos cayeran en manos de los Adultos. Están en todas partes, ocupan posiciones clave, puestos importantes. La psicología de la raza dirigente implica controlar cada fase de la vida social. Pero si todos los que se apoderan de Niños consiguen sobrevivir...

—Es lógico que no lo sepas, pero, aparte de ti, sólo quedan tres. Tan sólo tres.

—¿Tres?

Mi Señor le miró estupefacto.



—Incluso los que se apoderaron de Niños han sido destruidos. La situación es trágica. Por eso quieren que empieces la segunda fase.

Mi Señor apretó los puños; tenía el cuerpo rígido de terror. Sólo tres... Cuántas esperanzas habían depositado en el grupo, abandonado a su suerte; tan pequeños, tan dependientes del clima... y de que les dieran cuerda. ¡Si fueran un poco más grandes! Los Adultos eran tan enormes.

¿Qué había pasado con los Niños? ¿Por qué había fracasado su única y frágil oportunidad?

—¿Qué ocurrió?

—Nadie lo sabe. En la fábrica reina una gran contusión, y escasean los materiales. Algunas de las máquinas se han averiado y nadie sabe repararlas. —El avión se deslizó hacia el borde de la cómoda—. He de regresar. Vendré después para saber de tus progresos.

El avión despegó y salió por la ventana abierta. Mi Señor lo siguió con la mirada, aturdido.

¿Qué podía haber sucedido? Se sentían tan seguros de los Niños. Todo había sido planeado...

Meditó.
Por la tarde. El niño estaba sentado ante la mesa, hojeando distraídamente el libro de geografía. Se agitaba en la silla mientras pasaba las páginas. Acabó por cerrar el libro. Se levantó de la silla y fue al armario. Estaba buscando la caja de cartón cuando una voz le advirtió desde la cómoda.

—Más tarde. Jugarás más tarde. He de comentar algunas cosas contigo.

El chico volvió a la mesa, con el rostro fatigado y apático. Asintió con un gesto, rodeó la cabeza con las manos y la apoyó sobre la mesa.

—No tendrás sueño, ¿verdad? —preguntó Mi Señor.

—No.


—Escucha, pues. Mañana, cuando salgas de la escuela, quiero que te dirijas a una dirección. Es una tienda de juguetes. A lo mejor la conoces: Don’s Toyland.

—No tengo dinero.

—No importa. Ya está todo arreglado. Vas a Toyland y le dices al hombre: «Vengo a buscar el paquete». ¿Te acordarás? «Vengo a buscar el paquete.»

—¿Qué hay en el paquete?

—Herramientas y algunos juguetes para ti. Para hacerme compañía. —La figura de metal se frotó las manos. —Estupendos juguetes modernos, dos tanques y una ametralladora. Y algunas piezas para...

Se oyeron pasos en la escalera.

—No lo olvides —dijo nervioso Mi Señor—. ¿Lo harás? Esta fase del plan es extremadamente importante.

Se retorció las manos de angustia.

El chico terminó de cepillarse el pelo, se puso la gorra y cogió los libros de texto. La mañana era gris y lúgubre. La lluvia caía lenta y silenciosamente.

El niño dejó los libros en su sitio, fue al armario y miró en su interior. Sus dedos se cerraron sobre la pata de Teddo y lo sacó de un tirón.

El niño se sentó en la cama y apretó a Teddo contra su mejilla. Pasó mucho rato abrazado al osito, sin reparar en nada más.

De pronto, levantó la vista y miró la cómoda. Mi Señor yacía estirado y silencioso. Bobby volvió corriendo al armario y metió a Teddo en la caja. Cruzó la habitación en dirección a la puerta. Cuando la estaba abriendo, la figurita de metal se removió.

—Acuérdate de Don's Toyland.

La puerta se cerró. Mi Señor escuchó los pasos apresurados del Niño al bajar la escalera. Mi Señor estaba exultante. Todo se desarrollaba según lo previsto. Bobby no quería hacerlo, pero lo haría. Y una vez reunidas las herramientas, las piezas y las armas no habría posibilidad de fracasar.

Quizá se apoderarían de una segunda fábrica. O mejor aún: construirían Señores más grandes. Sí, ojalá fueran más grandes, sólo un poco más grandes. Eran tan pequeños, tan diminutos; sólo medían unos cuantos centímetros. ¿Fracasaría la rebelión por culpa de su fragilidad?

¡Pero con tanques y cañones! Sin embargo, de todos los paquetes guardados con tanto celo en la juguetería éste sería el único, el único en...

Algo se movió.

Mi Señor se giró rápidamente. Teddo salió del armario con paso desmañado.

—Bonzo —dijo—, Bonzo, acércate a la ventana. Creo que llegó por ahí, si no me equivoco.

El conejo de trapo se encaramó de un salto al alféizar de la ventana. Se acurrucó y oteó el exterior.

—Nada todavía.

—Bien. —Teddo se dirigió a la cómoda. Levantó la vista—. Señor, haga el favor de bajar. Ya lleva mucho tiempo ahí arriba.

Mi Señor le miró con asombro. Fred, el cerdito de goma, estaba saliendo del armario.

—subiré y lo atraparé —dijo—. No creo que baje por su propia voluntad. Tendremos que echarle una pata.

—¿Qué estáis haciendo? —gritó Mi Señor. El cerdito de goma se erguía sobre los cuartos traseros, las orejas aplastadas contra la cabeza—. ¿Qué sucede?

Fred saltó. Al mismo tiempo, Teddo empezó a trepar con rapidez, sujetándose a los tiradores de la cómoda. Se izó a la parte superior con movimientos expertos. Mi Señor retrocedió hacia la pared sin dejar de mirar al suelo, tan lejano.

—Así que esto es lo que les sucedió a los otros —murmuró—. Ya comprendo. Una Organización que nos espera. No quedan secretos.

Saltó.


Una vez recogidas las piezas y ocultadas debajo de la alfombra, Teddo dijo:

—Esta parte ha sido fácil. Esperemos que el resto no nos cueste más.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Fred.

—El paquete de los juguetes. Los tanques y los cañones.

—Oh, no será difícil. Recuerda cómo ayudamos a los vecinos cuando el primer Señor, el primero que encontramos...

—Luchó con valentía —rió Teddo—. Era más rudo que éste. Pero contamos con la ayuda de los osos panda.

—Lo haremos otra vez —afirmó Fred—. Estoy empezando a divertirme.

—Yo también —dijo Bonzo desde la ventana.






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