Cuentos Españoles contemporáneos del Siglo XX indice la Primera Gripe de Adán



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Cuentos Españoles contemporáneos del Siglo XX

INDICE


La Primera Gripe de Adán



(Bernardo Atxaga)

Pienso en la primera enfermedad, es decir, en la enfermedad del primer hombre, Adán. No pienso en una enfermedad grave: para lo que quiero pensar, me basta con una gripe.

 

Yo no estuve allí, desde luego, pero tengo para mí que Adán no debió sentir mucho la pérdida del paraíso. Le ocurriría probablemente como a los que saltan de la cama a una habitación fría y no reparan en la baja temperatura hasta en el momento en que su cuerpo pierde el calor que había absorbido entre las sábanas: vería Adán el mismo cielo azul que había visto antes, y vería los mismos ríos limpios, y los mismos pájaros, y no tendría otra incomodidad que la provocada por algunas imágenes llegadas en sueños, imágenes de un ángel con una espada, o de una serpiente, o de un árbol lleno de manzanas a causa del cual, él no sabía muy bien por qué, habían tenido en el paraíso una gran discusión. ¿Durante cuánto tiempo viviría Adán inmerso en aquella inocencia? Ya he dicho que no estuve allí, y no lo sé. Lo que sí sé, porque me es fácil imaginarlo, es lo que sintió un día al despertar: dolor de garganta, tos persistente, cierta sensación de mareo y malestar en el estómago. Todo es relativo, y para alguien que había vivido en el paraíso el mal que sentía era un mal terrible, y Adán, presa del pánico y de un humor que luego, siglos después, alguien llamaría melancolía, se dirigió hacia la mujer que tenía a su lado y exclamó: “Eva, me estoy muriendo”. La exclamación, por decirlo así, resultó en aquel contexto revolucionaria: se utilizaba por primera vez el verbo morir, y por primera vez también, aquel hombre reparaba en la persona que le había acompañado tras la salida del paraíso. Efectivamente, allí estaba Eva. Allí estaba él, Adán, muriéndose.



 

Incontables fueron, o debieron ser, las mutaciones que se produjeron durante los días que Adán tuvo la gripe, pero en esta somera descripción sólo voy a dar cuenta de aquella que, por primera vez en su vida, y por primera vez en el mundo, permitió a Adán decir una frase ligeramente inútil, del estilo de “¡qué color tan bonito tienen esos melocotones!” ¿Qué había ocurrido? Pues que, asustado y débil, es decir enfermo, pudo descubrir al fin la belleza de las cosas.

 

Imagino ahora lo que ocurrió una semana después. Imagino que, repuesto de la gripe, abrazaría a su mujer y le diría: “¡Eva, nunca me he sentido mejor!” Expresión que en su caso, viniendo de donde venía, era muchísimo decir. Y supongo –para seguir con mis imaginaciones- que Adán mantuvo esa convicción hasta el día en que, por poner un ejemplo más que posible, descubrió al pequeño Caín con la frente ardiendo y todo el cuerpo lleno de manchitas rojas. Y supongo que volvió a pasarlo mal para luego volver pasarlo bien y que vivió hasta el día en que descubrió que la flaqueza que tenía era la flaqueza final. ¿Qué pensaría entonces Adán? Me da bastante pena no haber estado allí y no saberlo con seguridad, pero me aventuraría a afirmar que, a pesar de todo, a pesar de encontrarse ya sin salida, a pesar de las desgracias familiares, comprendió y aceptó que la vida era precisamente lo que había ocurrido después de haber salido del paraíso.



 
Acerca De La Muerte De Bieito

De Rafael Dieste


Fue cerca del camposanto cuando sentí removerse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd yo era uno). ¿Lo sentí o fue aprensión mía? Entonces no podría asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan suave!... Como la tenaz carcoma que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi magín enfervorizado aquel suave rebullir.

Pero es que yo, amigos míos, no estaba seguro, y por tanto -comprendedme, escuchadme-, por tanto no podía, no debía decir nada.

Imaginaos por un instante que yo hubiera dicho:

-Bieito está vivo.

Todas las cabezas de los viejos que portaban cirios se alzarían con un pasmado asombro. Todos los chiquillos que iban extendiendo la palma de la mano bajo el gotear de la cera, vendrían en remolino a mi alrededor. Se apiñarían las mujeres junto al ataúd. Resbalaría por todos los labios un murmullo sobrecogido, insólito:

-¡Bieito está vivo. Bieito está vivo!...

Callaría el lamento de la madre y de las hermanas, y en seguida también, descompasándose, la circunspecta marcha que plañía en los bronces de la charanga. Y yo sería el gran revelador, el salvador, eje de todos los asombros y de todas las gratitudes. Y el sol en mi rostro cobraría una importancia imprevista.

¡Ah! ¿Y si entonces, al ser abierto el ataúd, mi sospecha resultara falsa? Todo aquel magno asombro se volvería inconmensurable y macabro ridículo. Toda la anhelante gratitud de la madre y de las hermanas, se convertiría en despecho. El martillo clavando de nuevo la caja tendría un son siniestro y único en la tarde atónita. ¿Comprendéis? Por eso no dije nada.

Hubo un instante en que por el rostro de uno de los compañeros de fúnebre carga pasé la leve insinuación de un sobresalto, como si él también estuviese sintiendo el tenue rebullir. Pero no fue más que un lampo. En seguida se serenó. Y no dije nada.

Hubo un instante en que casi me decido. Me dirigí al de mi lado y, encubriendo la pregunta en una sonrisa de humor, deslicé:

-¿Y si Bieito fuese vivo»?

El otro rió pícaramente como quien dice: «Qué ocurrencias tenemos», y yo amplié adrede mi falsa sonrisa de broma.

También me encontré a punto de decirlo en el camposanto, cuando ya habíamos posado la caja y el cura rezongaba los réquienes.

«Cuando el cura acabe», pensé. Pero el cura terminó y la caja descendió al hoyo sin que yo pudiese decir nada.

Cuando el primer terrón de tierra, besado por un niño, golpeó dentro de la fosa contra las tablas del ataúd, me subieron hasta la garganta las palabras salvadoras... Estuvieron a punto de surgir. Pero entonces acudió nuevamente a mi imaginación la casi seguridad del horripilante ridículo, de la rabia de la familia defraudada. si Bieito se encontraba muerto y bien muerto. Además de decirlo tan tarde acrecentaba el absurdo desorbitadamente. ¿Cómo justificar no haberlo dicho antes? ¡Ya sé, ya sé, siempre se puede uno explicar! ¡Sí!, sí. sí, todo lo que queráis! Pues bien... ¿Y si hubiese muerto después, después de sentirlo yo remecerse, como quizá se pudiera adivinar por alguna señal? ¡Un crimen, sí, un crimen el haberme callado! Oíd ya el griterío de la gente...

-Pidió auxilio y no se lo dieron, desgraciado...

-Él sentía llorar, se quiso levantar, no pudo...

-Murió de espanto, le saltó el corazón al sentirse bajar a la sepultura.

-¡Ahí lo tenéis, con la cara torcida por el esfuerzo!

-¡Y ése que lo sabía, tan campante, ahí sonriendo como un payaso!

-¿Es tonto o qué?

Todo el día, amigos míos, anduve loco de remordimientos. Veía al pobre Bieito arañando las tablas en ese espanto absoluto, más allá de todo consuelo y de toda conformidad. de los enterrados en vida. Llegó a parecerme que todos leían en mis ojos adormilados y lejanos la obsesión del delito.

Y allá por la alta noche -no lo pude evitar- me fui camino del camposanto, con la solapa subida, al arrimo de los muros.

Llegué. El cerco por un lado era bajo: una piedras mal puestas sujetas por hiedras y zarzas. Lo salté y fui derecho al lugar... Me eché en el suelo, arrimé la oreja. y pronto lo que oí me heló la sangre. En el seno de la tierra unas uñas desesperadas arañaban las tablas. ¿Arañaban? No sé, no sé. Allí cerca había una azada... Iba ya hacia ella cuando quedé perplejo. Por el camino que pasa junto al camposanto se sentían pasos y rumor de habla. Venía gente. Entonces sí que sería absurda, loca, mi presencia allí, a aquellas horas y con una azada en la mano.

¿Iba a decir que lo había dejado enterrar sabiendo que estaba vivo?

Y huí con la solapa subida, pegándome a los muros.

La luna era llena y los perros ladraban a lo lejos.

Navidad Sin Ambiente


De Miguel Delibes
-Ella nunca ponía el Niño de esa manera -dijo Chelo al sentarse a la mesa.

-Es lo mismo; cámbialo. Ni me di cuenta.

Cati se pasó delicadamente las manos por las mejillas sofocadas.

-Sentaos -dijo.

Raúl y Tomás hablablan junto a la chimenea.

Dijo Chelo:

-Mujer, es lo mismo. El caso es que el Niño presida, ¿no?

La silla crujió al sentarse Raúl, a la cabecera. Elvi rió al otro extremo.

-Deberías comer con más cuidado -dijo-. Yo no sé dónde vas a llegar.

Dijo Frutos:

-¿Por qué no habéis prendido lumbre como otros años?

A Cati le temblaba un poco la voz:

-Pensé que no hacía frío -levantó sus flacos hombros como disculpándose-. No sé...

-Bendice -dijo Toña.

La voz de Raúl, a la cabecera, tenía un volumen hinchado y creciente, como el retumbo de un trueno:

-Me pesé el jueves y he adelgazado, ya ves. Pásame el vino, Chelo, haz el favor.

Dijo Cati:

-Sí queréis prendo. Todavía estamos a tiempo.

Hubo una negativa general; una ruidosa, alborotada negativa.

-¿No bendices? -preguntó Toña.

Agregó Frutos:

-Yo, lo único por el ambiente; frío no hace.

Cati humilló ligeramente la cabeza y murmuró:

-Señor da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan.

Al concluir se santiguó.

Dijo Elvi:

-¡Qué bendición más original, chica! Ella nunca bendecía así.

Rodrigo miró furtivamente a su izquierda, hacia Cati:

-Se me hace raro no verla aquí, a mi lado, como otros años.

Tomás, Raúl y Frutos hablaban de las ventajas del «Seat 600» para aparcar en las grandes ciudades. Dijo Raúl:

-En carretera fatiga. Es ideal para la ciudad.

Chelo tenía los ojos húmedos cuando dijo:

-¿Os acordáis del año pasado? Ella lo presentía. Dijo:«Quién sabe si será la última Navidad que pasamos juntos.» ¿No os acordáis?

Hubo un silencio estremecido, quebrado por el repique de los cubiertos contra la loza. Raúl estalló:

-Llevaba veinte años diciendo lo mismo. Alguna vez tenía que ser. Es la vida, ¿no?

Cati carraspeó:

-Esa bendición se la oí un día al padre Martín. Es sobria y bonita. Me gustó.

Tomás levantó la voz:

-A mí, como no me gusta correr, tanto me da un coche grande como uno pequeño.

Elvi fruncía su naricita respingona cada vez que se disponía a hablar. Dijo:

-Raúl tiene pan, pero haría mejor pidiéndole a Dios que no le diese hambre. Si no, yo no sé dónde va a llegar.

Elena pasaba las fuentes alrededor de la mesa.

Y cuando Elví habló, unió su risa espontánea a la de los demás.

-No, gracias, hija; no quiero más -dijo Frutos con un breve gesto de la mano. Rodrigo denegó también.

Dijo luego:

-Ella ponía la lombarda de otra manera. No sé exactamente lo que es, pero era una cosa diferente.

Raúl se volvió a Tomás:

-Pero, bueno ¿quieres decirme qué kilómetros haces tú?

Dijo Frutos:

-Con la chimenea apagada no me parece Nochebuena, la verdad.

Toña saltó:

-No es la chimenea.

Cati se inclinó hacia Rodrigo:

-Está rehogada con un poco de ajo, exactamente como ella lo hacía.

Elvi arrugó su naricilla:

-Sigo pensando en esa bendición tuya, tan original Cati. Creo que no está bien. Para arreglar ese asunto entre los que tienen hambre y los que no tienen hambre, me parece que no es necesario molestar a Dios. Sería más sencillo decirles a los que tienen pan y no tienen hambre, que les den el pan que les sobra a los que tienen hambre y no tienen pan. De esa manera, todos contentos, ¿no os parece?

Tomás se soliviantó un poco:

-Haga los kilómetros que haga. Yo no tengo necesidad de correr y en carretera tanto me da un «Seiscientos» como un «Mercedes»; es lo que tengo que decir.

-A mí no me parece Nochebuena -dijo Frutos después de observar atentamente la habitación-. Aquí falta algo.

Chelo amusgó los ojos y miró hacia Cati:

-Cati, mona -dijo- si te miro así con los ojos medio cerrados, como vas de negro, todavía me parece que está ella -se inclinó hacia Raúl-. Raúl -añadió-, cierra los ojos un poco, así, y mira para Catí. ¿No es verdad que te recuerda a ella?

Cati hizo un esfuerzo para tragar. Toña hizo un esfuerzo para tragar. Raúl hizo un esfuerzo para tragar.

Finalmente, entrecerró los ojos y dijo:

-Sí, puede que se le dé un aire.

Rodrigo se dirigió a Frutos, cruzando la conversación:

-No te pongas pelma con el ambiente. No es el ambiente. Es la lombarda; y el besugo también. Este año tienen otro gusto.

Frutos enarcó las cejas.

-Lo que sea no lo sé. Pero a mí no me parece que hoy sea Nochebuena.

Cati descarnaba el alón del pavo nerviosamente, con increíble destreza. Luego se lo llevaba a la boca con el tenedor en porciones minúsculas.

Dijo Raúl:

-Pásame el vino, Chelo, anda.

Chelo le pasó la botella. Inmediatamente se incorporó y, sin decir nada, colocó al Niño en ángulo recto con el largo de la mesa, encarando a Cati. Inquirió:

-¿Y así?

Dijo Elvi:

-No os molestéis. Es la bendición tan rara de Cati la que lo ha echado todo a perder.

Toña gritó:

-¡No es la bendición!

-Bueno, no os pongais así. Lo que hay que hacer es beber un poco -dijo Raúl-. El ambiente va por dentro.

Y repartió vino en los vasos de alrededor.

Frutos se puso en pie y sacó del bolsillo una caja de fósforos:

-Aguarda un momento -dijo-. ¿Tenéis un papel? -se dirigió a la chimenea.

Chelo le dijo a Toña:

-Toña, por favor. cierra un poco los ojos, así, y mira para Cati.

-Déjame -dijo Toña.

Las llamas caracoleaban en el hogar. Frutos se incorporó con una mano en los riñones. Voceó mirando al fuego:

-Esto es otra cosa ¿no?

Añadió Chelo:

-Yo no sé si es por el luto o que...

Frutos reculaba sin cesar de mirar a la lumbre:

-¿Qué? ¿Hay ambiente ahora o no hay ambiente?

Hubo un silencio prolongado, Rodrigo lo rompió al fin. Le dijo a Catí:

-¿Pusiste manzanas en el pavo?

-Sí, claro.

Rodrigo encogió los hombros imperceptiblemente.

Frutos apartó su silla y se sentó de nuevo. Continuaba mirando al fuego. Toña le dijo irritada:

-No te molestes más; no es el fuego.

Elvi frunció su naricita:

-Catí -dijo-, si probaras a bendecir de otra manera, a lo mejor...

Se oyó un ronco sollozo. Raúl dejó el vaso de golpe, sobre la mesa.

-¡Lo que faltaba! -dijo-. ¿Pues no está llorando la boba ésta ahora? Cati, mujer, ¿puede saberse qué es lo que te pasa?


El cuento de nunca acabar



 

 

De Ofelia Dracs



Residencia Sanitaria de la Seguridad Social

“Virgen del Lluc”

SON DURETA (Mallorca)

Unidad de Vigilancia Intensiva

 

Son Dureta, 15 de agosto de 1980



 

Señorita Ofélia Dracs

 

Distinguida señorita:



 

Nos place adjuntarle unas notas manuscritas del enfermo J( ... ) K(...), al que hemos ingresado en esta unidad desde el 3 de agosto hasta el 13, afectado por shock de origen desconocido y que presentaba afasia parcial, arritmia cardiaca aguda y diversas disfunciones orgánicas. El enfermo J( ... ) K( ... ) fue encontrado en la carretera de Son Carrió a Manacor la noche del 2 al 3 de agosto por un matrimonio alemán. Avisada la guardia civil de Son Carrió fue trasladado por una ambulancia municipal al Dispensario de Manacor y, comprobada la gravedad de su estado, fue posteriormente trasladado a esta Residencia Sanitaria de la Seguridad Social.

 

A su ingreso en la Unidad de Vigilancia Intensiva, el cuadro clínico del paciente era grave, pero su fuerte complexión y su aparente juventud nos hicieron pensar en una posible recuperación más o menos rápida. La afasia parcial y la perplejidad psicológica que presentaba nos impidió su identificación (no llevaba ningún tipo de documentos) y la averiguación de las causas del colapso. Después de tratarle tres días con calmantes y de aplicarle suero, conseguimos hacer desaparecer las arritmias cardíacas, y la afasia se redujo hasta el punto de posibilitar la comunicación con el paciente. Se identificó como J( ... ) K( ... ) de Barcelona, de vacaciones, residente en Portocristo, sin poder recordar el episodio psicológico que le produjera el colapso. Las investigaciones de trámite de la policía cerraron el caso. Tenía una habitación alquilada en un hotel y era escritor. Nos fue imposible comunicar con algún familiar suyo de Barcelona. El 10 de agosto, vencida. totalmente la afasia, el enfermo solicitó papel y lápiz para escribir. cartas «a los amigos y familiares», nos dijo. La noche del 12 al 13, cuando ya estaba a punto de ser trasladado a una sala de recuperación de la Residencia, desapareció. Y aunque salir de la Unidad es muy difícil, por la vigilancia constante de médicos y enfermeras, J( ... ) K( ... ) pudo escapar, no ya de la sala de Unidad de Vigilancia Intensiva, sino de la Residencia. Avisada la policía, que ha realizado una investigación completísima, no nos ha sido posible dar con él. Entre sus efectos personales (ropa, documentación), encontramos estas notas que le adjuntamos, con su nombre y apartado de correos de Barcelona. Las fantasías y absurdidades del escrito nos han hecho pensar que se trata simplemente de un trabajo literario-y no se lo hemos querido pasar a la policía. La historia narrada contiene puntos verosímiles (todo lo que hace referencia a nuestra Unidad), pero el resto parece más una-fabulación que la cronología de unos hechos.



 

Le rogamos, estimada señorita, que si tiene noticias de su amigo J( ... )K( ... ) nos lo comunique lo más rápido posible, ya que la policía controla el aeropuerto y los muelles, con la orden de detención preventiva de J( ... )K( ... ) por trastornos mentales.

 

Cordialmente,



A( ... )F( ... )

Director de la Unidad

de Vigilancia Intensiva

 

 



Ofelia, guapa, ¡bien que me has jodido! No sé si te lo perdonaré alguna vez. ¡Así que «Lovecraft, Lovecraft»!, ¿eh? Que si una historia de miedo, que si ganaremos un premio... El premio ya me lo he ganado, moza. Y de Lovecraft ni hablar. Te escribo desde la Unidad de Vigilancia Intensiva de la Residencia de Son Dureta. No quiero que nadie lea estas notas porque si lo hicieran me tomarían por un majara. Que puede que lo sea, ¡vete tú a saber! Pero ya sabes que los locos hacen fortuna. Bueno, dejémoslo, que todavía me queda alguna tuerca. Mira, la cosa fue así: recibí tu carta cuando me iba para Mallorca, a pasar unos días. No de vacaciones, no seas mal pensada, sino para currar un rato «al natural». Hacía unos días que lo tenía metido en la cabeza y ya tenía los pasajes, reserva en el hotel... en fin, como un escritor de película. ¡Qué ideas se te ocurren! Ahora una de miedo, a ver si acertamos como en aquello de las «manzanitas». ¡Y ca!

 

Bueno, pues me fui a Mallorca al siguiente de recibir tu carta. ¿Un cuento de miedo? ¿En Mallorca? Mira, Ofélia, Lovecraft era como era y escribía como escribía por dos motivos: el Atlántico y la religión protestante. ¿Crees que en Mallorca podría encontrar un ambiente propicio para escribir una historia de terror? Esta luz dorada, que ahora mismo -son casi las nueve- se extiende por toda la bahía y que contemplo desde una de las ventanas de la residencia, no puede inspirar miedo. Y una religión aprendida de niño, olvidada desde hace años, mecanizada y sin profundizar, tampoco es ninguna garantía. Así son las cosas, pero era un reto. Ya sabes, querida, que los retos me interesan. Vamos, que los acepto todos.



 

Una vez instalado en Portocristo, el Puerto de Manacor, como dice aquí, me puse en contacto con A(...)M( ... ), el escritor. Seguro que le conoces, los conoces a todos. Me invitó a cenar a su casa y hablamos horas y horas sobre la muerte y su guardiana. El motivo de la entrevista fue mi libro. El otro, quiero decir. Me contó muchas cosas de la guerra, del desembarco, de lo que pasaba en la zona nacional y de las historias que le contaban sobre los rojos. Recogí muchas notas que tal vez me hubieran servido de ido a aquella iglesia... pero no pasemos al labrador barbudo antes del arado rabudo. Mientras hablábamos del tema que me interesaba, el «otro», ya me entiendes, me bailaba por la cabeza tu reto. Una historia de miedo que pusiese los pelos de punta, la piel de gallina y los ojos en blanco. ¡Jopé! ¿Y si además de escribirla en Mallorca, como un aperitivo, ocurriera allí? Al principio me hubiera gustado algo sobre la Cerdaña, ya lo sabes. Todas aquellas historias de las brujas del cadí, que las he visto, ¿eh?, de las que tantas veces hemos hablado... Pero, ¿por qué no en Mallorca? Inconscientemente arrastré a A(...)M( ... ) hacia el tema. El hombre, que es encantador, se dejo llevar. Pero, la verdad, nada de nada. Las fiestas de demonios en Mallorca son de pan untado con aceite desde la perspectiva que me interesaba. Las historias de brujas, magos, encantamientos, calchonas y gigantes son de una luminosidad tal, de una sencillez tan aplastante que no se les puede sacar partido. A(...)M( ... ) conocía un montón de historias terroríficas. Pero siempre surgía algo falso, una ironía incrédula, ese sarcasmo último que las invalidaba. Bueno, lo deje correr.

 

Al día siguiente de la conversación con el amigo escritor, alquilé un coche para visitar la zona de los hechos. Quiero decir en dónde desembarcó Bayo. De Punta Amer a Cla Anguila. Me resultaba difícil imaginar la acción de mi novela en unos parajes llenos de hoteles, apartamentos y anuncios de barbacoas, safaris y chambreszimmerrooms. Me bane en s’Illot y decidí comer en el interior de la isla, en algún pueblo que no ofreciera los lujos del turismo de aluvión, sino la sana pobreza de una coca de pisto.



 

Ya sé, Ofélia, que conoces Mallorca mejor que yo -todo lo conoces mejor que yo- y que me habrías recomendado un hostalito y unas comidas, pero como no estabas, ¡hala!, me metí entre paredes secas, almendros y campos de alfalfa. Pegaba un sol que quemaba el culo a las liebres y el cerebro a los desgraciados que circulaban al mediodía por aquellos andurriales. Por eso, al llegar a Son Carrió hice una parada y busque albergue. El pueblo parecía una lagartija tomando el sol. En el bar de la carretera, con moscas y televisión en color, me ofrecieron una ensalada mallorquina y una coca de pimientos. Me quedé. La coca no valía gran cosa, pero era de saín, quiero decir que no estaba mal, y la ensalada estaba fresca, con unos tomates jugosos y unos pimientos verdes muy tiernos. Me lo comí todo como un hombrecito, me bebí una cerveza helada, y después del café, mientras encendía un cigarrillo fui a pasear por el pueblo.

 

Ofelia: ¿crees en la mala suerte? Yo, ahora sí. Si en vez de pararme en Son Carrió lo hubiese hecho en Sant Llorenç o en Manacor; si en vez de pasear por el pueblo después de la comida,. hubiese subido al coche y me hubiera largado; y sobre todo, si tú no me hubieses mandado la carta fatídica, pidiéndome un cuento de miedo, al estilo Lovecraft, ahora yo no estaría en la Unidad de Vigilancia Intensiva, con el corazón como una cosa, la cabeza completamente ida y... y muerto de miedo, sí. Miedo a escribir lo que ahora sigue. Miedo a quedarme solo en la oscuridad. Miedo a volver a contemplar la siniestra silueta de aquella iglesia.



 

Vi la iglesia. Era como todas las iglesias del llano de Mallorca. Monumental. Una copia del románico más tronado, con piedras doradas y una gran torre. ¡Ah!, y, sobre todo, aquella especie de abanico modernista plantificado en la fachada. ¿Qué pintaba un ventanal modernista -totalmente modernista, sin ningún género de duda- en una iglesia supuestamente románica de principios de siglo?

 

Si te dijera que contenía algo extraño, fúnebre, insondable, mentiría. Sencillamente, sonaría a literario. Era una iglesia pseudo-románica de un pueblo del Levante de la isla que se achicharraba bajo el sol de agosto, Eso sí, cerrada a cal y canto. No es que me interesara demasiado entrar. No, tampoco escuché ninguna voz primigenia y silenciosa que me llamara insistentemente. Oye, nada. Simplemente que quería observar aquel ventanal modernista por dentro. Pero hete aquí que estaba cerrada.



 

Paseé algo por el pueblo haciéndome el remolón. Fuera por donde fuera siempre acababa en la plazuela de la iglesia. Así es que me fui.

 

Ya en el Puerto, duchado y refrescado, mientras tomaba el fresco en la terraza, haciendo tiempo para la cena, me di cuenta que pensaba en la iglesia. No me la podía quitar de la cabeza. Insisto, Ofelia, guapa, no de una manera obsesiva, ni enfermiza... más bien de una manera literaria. No sé por qué puñetas se me habían mezclado en la cabeza aquella iglesia y tu carta. Un cuento de miedo al estilo Lovecraft. Y una iglesia supuestamente románica, con un ventanal modernista. Que ya lo sé, chica, las iglesias de Lovecraft son neogóticas, grises, tenebrosas, húmedas, decadentes... Y la iglesia de Son Carrió era -es- de piedra dorada, rotunda, un tanto postiza y, sobre todo, católica militante. Pero bueno, tenía que escribir una historia de miedo, y mi propósito de que ocurriera en Mallorca y en aquella iglesia era tan buena -como otra. ¿No?



 

A( ... )M( ... ) estaba frente a mí, sonriente. Me sobresalté tremendamente... Las salutaciones de rigor. Excusas. La invitación. Instalados en la terraza del hotel, con sendas cervezas por delante, comenzamos la charla. Que si el calor. Que si el paisaje había cambiado mucho. Que si no sabía cómo terminar la novela. Que si la iglesia de Son Carrió. Finalmente, A(...)M( ... ) me explicó que la iglesia fue construida en el año 1907, con un diseño del padre. Quiero decir del padre Antonio M. Alcover, ¿ya me habías entendido, no? El hombre, durante sus viajes lingüísticos por los Pirineos, se enamoró del románico y, siendo vicario general, se dedicó a construir iglesias románicas por todo el Levante de Mallorca. Como la de Son Carrió. ¿Y el abanico modernista que simula un ventanal en la fachada? Bueno, no es seguro, pero cuentan que cuando el canónigo, el padre Alcover, vaya, o don Toni María (como le llama A( ... )M( ... )) era vicario general llamó al arquitecto Gaudí para arreglar el interior de la Seu. Un día fueron a ver las obras de la iglesia de Son Carrió que casi finalizaban. El padre se quejo del calor que hacía en su interior y entonces el arquitecto le dijo que pusiera un abanico. Y Gaudi realizó el diseño del abanico-ventanal modernista.

 

Un poco decepcionado retomé la conversación sobre la guerra y mi novela. Pero comenzaba a hacerse tarde, lo que quedaba de la cerveza ya no tenía presión y A( ... )M( ... ) debía cenar, Quedamos para el día siguiente.



 

Y fue durante la cena cuando se me ocurrió la historia. Algo erudita, es cierto. Pero con Libro Sagrado y todo, tal y como exigen los cánones 1ovecraftianos. En fin, tú, una pasada de esas que tanto me gustan.

 

Terminé de cenar en un pis-pas, subí a mi habitación para recoger la chaqueta, un cuaderno, la pluma y y una linterna, me metí en un trasto de alquiler, ¡y hacia Son Carrió, que falta gente! No lo tenía que haber hecho, Ofelia, ya lo sé. Pero son esas cosas que te ocurren y que cuando quieres saber por qué las haces, cómo han ocurrido, no puedes desentrañarlas. ¡Las veces que me ha pasado! De repente te llega una idea, sobre un cuento, un relato o una novela, y sin darte cuenta, ya estás paseando, comiendo y durmiendo con la historia, y como aquel que no quiere la cosa, consultas libros, localizas escenarios, hablas con la gente. Hasta que puedes eliminar tu angustia con papel y lápiz. 0 sobre una Olivetti, ¡qué más da! Y nunca ocurre nada. ¿Por qué esta vez tenía que ser de otra manera? En agosto Mallorca no da miedo. Además lucía una noche clara, estrellada, con una luna radiante.



 

Llegué a Son Carrió un poco antes de medianoche. El bar de la carretera estaba cerrado y no había ni un alma por la calle mayor. En la plazuela de la iglesia hay unos bancos de piedra. Allí me senté. El aire estaba impregnado de los olores de los campos cercanos. Aquél era más bien un decorado para una escena de amor que el de una historia de terror. Las pied doradas de la iglesia resplandecían tenuemente. El abanico modernista se incrustaba en el falso románico, pero también en la noche, con los olores, con la plazuela y sus farolas de aluminio encendidas.

 

Mi idea era la siguiente. Un escritor que veranea en Mallorca, por el levante de la isla, quizá en Portocristo, descubre, en una excursión, la iglesia de Son Carrió. Al sentirse atraído por un ventanal modernista en forma de abanico investiga su origen: Antonio M. Alcover y Gaudí. Sorprendido por la historia, mi escritor decide contar una historia de miedo. No lo advierte, pero a medida que transcurre el tiempo se va obsesionando por la iglesia, por el abanico modernista. Vuelve una noche a Son Carrió, arrastrado por una voz misteriosa que le impulsa a actuar sin reflexión. La puerta de la iglesia está abierta.



 

La puerta de la iglesia estaba abierta. Lo advertí de repente, al coger el cuaderno y la pluma para tomar notas sobre el ambiente, los olores, la luz de la luna. Es decir, todo aquello que mi escritor contemplaba. Me enderecé de un brinco, ¡ah, coño! ¡Eso sí que era bueno! Por supuesto que me acerqué. Del quicio de la puerta se escapaba un hilo de luz. Muy poca cosa. Insisto, Ofelia, que todo parecía normal. Ni la luz que salía del interior de la iglesia era sobrenatural, ni parecía extraña. Algún sacristán se había dejado la bombilla luciendo. Y punto. Ni olores pútridos, ni cánticos prehumanos. Ni la luna brillaba ensangrentada, ni una niebla maloliente se extendió alrededor de la iglesia. Los grillos cantaban a la par que alguna lechuza lejana. Incluso se escuchaban las prosaicas aceleraciones de los automóviles. La luna continuaba siendo una maravillosa luna de agosto. De historias de amor, vaya. Y la luz interior de la iglesia era normalísima. Entré. Ya sé que esas cosas no ocurren, Ofelia. Pero no invento nada. Si no escribiera desde la Unidad de Vigilancia Intensiva de Dureta, si no tuviese el cuerpo medio descuajaringado, si no supiese lo que sé, podría pensar que te escribo un camelo. Pero te aseguro que los electros que me han realizado demuestran las arritmias sufridas. Y todavía noto los efectos de la afasia, que hablo cual tartaja. Todavía no me he podido quitar de encima esa debilidad que me paraliza las piernas y-hace que el lápiz me pese' como si fuese de plomo.

 

Efectivamente, había una bombilla luciendo, colgada del techo. No era un candelabro, ni un tenebroso cirio. Una triste bombilla de cuarenta voltios que apenas me permitió ver el interior de la iglesia. De un barroco tronadísimo, con mucha purpurina y con santos de yeso. Junto a la pila, la puerta de la torre que también estaba abierta. Y el inicio de la escalera. ¿Qué querías que hiciera, si mi escritor también la había visto, subió por ella y encontró el libro?



 

Me encaramé por ella. La luz de la bombilla no alcanzaba al hueco de la escalera, así que tuve que usar la linterna. Igual que el escritor del cuento que todavía no había escrito. Eso sí, estaba lleno de telarañas y apestaba a cerrado. Pero eso era normal. Todas las escaleras que conducen a los campanarios deben tener telarañas y oler a cerrado. La escalera conducía a un techo muerto, grande, vacío, oscuro. Exactamente me llevó hasta donde se incrustaba el ventanal modernista en forma de abanico que diseñara Antonio Gaudí setenta y tres años atrás. Al fondo del techo muerto comenzaba -o terminaba- la escalera de la torre del campanario. Pero no fui. Porque el ventanal estaba iluminado, con una luminosidad tenue, amarillenta, como si absorbiera toda la luz de mi linterna y me la devolviera aumentada. Y delante, por delante del abanico había una peana. Nada del otro mundo (nunca mejor dicho, Ofelia), no te vayas a creer. Piedra dorada como en el resto de la iglesia. Sobre la peana, de metro y medio más o menos, reposaba un bulto rectangular, oscuro.

 

Vaya, Ofelia, como en mi cuento. Al aproximarme, ya sabía lo que era. ¿Cómo no lo iba a saber, si lo tenía que escribir a la mañana siguiente en forma de cuento, para un libro del colectivo Ofelia Dracs? Es posible que no fuera exactamente como me lo había imaginado. Eché en falta algo de polvo y el sentirme un poco despavorido. Porque no estaba nada asustado. No, todavía no. Sólo sentí la curiosidad de saber si lo que seguiría lo había adivinado o no.



 

¡Claro que lo había adivinado! Dejé la linterna sobre la peana, para que me iluminara, y tomé el libro. Era un volumen tamaño folio, encuadernado en piel. Cálido al tacto. Y al abrirlo, antes de hojearlo, evidentemente, se deslizó el papel, tan amarillento como pensé que fuera, con la tinta azul que empalidecía por instantes y el grafismo arcaico del canónigo Alcover. Quizá las palabras no fueran las mismas, no soy tan erudito como para poder copiar con pelos y señales el estilo del padre. No lo voy a intentar ahora, no merece la pena. Bueno, sigamos. El papel hablaba del libro. Evidentemente -yo ya lo sabía y tú ya te lo debes de haber imaginado- era una versión catalana del Necronomicón. No podía ser de otra forma. El canónigo explicaba que lo había encontrado en una biblioteca de la ciudad, no recuerdo cuál, fechado en el año 1423, como obra original del árabe converso Abdallá, es decir, nuestro Anselmo Turmeda. Y que cuando supo que se trataba de una traducción del libro de Alhazred, el árabe loco que se inventó una religión primitiva y blasfema (en palabras del canónigo) se decidió a destruirlo. Pero ni el fuego, ni el acero, ni el agua, ni la prensa lo habían conseguido. Lógicamente, el libro era indestructible. Por eso, el canónigo Alcover lo había depositado en el techo muerto de una iglesia, vencido por el sagrado recinto y con la puerta de acceso a él clausurada para así evitar que cayera en manos impuras que hicieran mal uso de él. La carta no era otra cosa que una llamada de alarma a las futuras generaciones, una recomendación para que el libro no se abriera. Ni como escritor de ficción ni como yo hicimos caso a sus advertencias.

 

Puse a un lado la carta al futuro del padre Antonio M. Alcover y abrí el libro. Lo tenía que hacer, Ofelia. Tenía que comprobar hasta qué punto conocía la historia. Se abrió por la página ochenta y siete, tal como estaba escrito en el cuento que todavía estaba sin escribir. Al principio me costó entender la letra manuscrita y el catalán medieval de Anselmo Turmeda, alias Abdallá. Dudé por unos momentos. Quizás las coincidencias terminaban en aquel punto. No podía ser, todavía no podía ser. No sé cuánto tiempo pasé intentando descifrar el manuscrito de la página ochenta y siete. De repente la luz se acrecentó y las letras conformaron un texto comprensible. Y, sin dificultad, leí la historia de un escritor que entra en una iglesia del levante de Mallorca, en una noche de agosto y encuentra un antiguo libro en el que lee historia de un escritor que entra en una iglesia del levante de Mallorca, en una noche de agosto, y encuentra un antiguo...



 

Cuando volví en mí, estaba aquí, desnudo como un gusano, conectado a todo tipo de aparatos médicos, inmovilizado, incapaz de hablar, con un pinchazo en el pecho a la altura del corazón, rodeado de médicos y enfermeras que me hacían preguntas a las que yo no podía ni quería contestar.

 

Todavía no entiendo lo que pasó. Dicen que me encontraron en la carretera, con un colapso, unas horas después. Como en mi historia. Con una única diferencia. El cuento lo tenia que escribir yo, tranquilamente, tranquilamente, en la terraza de mi hotel, ante una cerveza helada viendo pasar a los turistas. Sin el pinchazo en el pecho, ni la imposibilidad de hablar ni esta forzosa inmovilidad. Que esto le pase a otro -sobre todo si el personaje es de ficción- no me importa. Pero que me ocurra a mí, en serio, ya es harina de otro costal.



 

Ahora no sé qué hacer. Dicen que mañana me trasladarán a una sala de recuperación y que de aquí a unos días me darán el alta. Pero no me siento bien. Si cierro los ojos, veo la silueta de la iglesia, la escalera oscura, el techo muerto, el abanico modernista iluminado, la dorada peana, el libro encuadernado en piel, la letra en un principio incomprensible y las palabras de la página ochenta y siete. Si estoy despierto, pienso en mi personaje y lo hago ir a la iglesia, le obligo a subir por las escaleras oscuras, hago que descubra el techo muerto, el abanico modernista la peana dorada, el libro encuadernado en piel, la letra incomprensible en un principio y las palabras de la página ochenta y siete que configuran la historia de la iglesia, de la escalera, del techo muerto, la peana, el libro, el libro, el libro... , la página ochenta y siete. No se lo puedo explicar a nadie, Ofelia. Ni puedo ni quiero. No estoy loco, Ofelia, tú lo sabes. Esta carta que te escribo lo demuestra.

 

Pero debo volver. No puedo dejar mi cuento sin un final. Tengo que volver a la iglesia, tengo que volver a la oscura escalera, al techo muerto, al abanico modernista, a la peana dorada, al libro encuadernado en piel, a las letras en un principio incomprensibles y a las palabras de la página ochenta y siete. Y las tengo que acabar de leer. Quiero saber, necesito saber, tengo que saber qué es lo que ocurre al escritor que entra en una iglesia, sube por una oscura escalera hasta llegar al techo muerto, descubre una peana con un libro, lo abre por la página ochenta y siete y lee la historia de un escritor que entra en una iglesia, sube por... ¿Verdad que me entiendes, Ofelia, guapa?



 

 

El Niño-Lobo Del Cine Mari

De José Mª Merino
 

La doctora estaba en lo cierto: nin­gún proceso anormal se desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en los impulsos que habían determinado aquellas líneas si­nuosas, se hubiera sorprendido al encon­trar un universo tan exhuberante: el niño era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado preparaban también sus cor­celes y sus armas, hasta que el páramo pol­voriento se convertía en una selva nutrida de vegetación alrededor de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la larga escala de la voz de Tarzán, que acu­día para salvarle saltando de liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se trans­mutaba sin transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba una botella de largo cuello que había sido arro­jada por las olas; el niño encontraba la bo­tella, la destapaba, y de su interior salía una pequeña columnilla de humo que al pun­to iba creciendo y creciendo hasta llegar a los cielos y convertir­se en un terrible gi­gante verdoso, de larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies, curvas como zarpas. Pero antes de que la amenaza del gigante se concretara de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las olas del Pacífico, y el niño acom­pañaba a aquel otro muchacho, hijo del po­sadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.


Una vez más, la doctora observó per­pleja las formas de aquellas ondas. Como de costumbre, no prestaban variaciones espe­ciales. Las frecuencias seguían sin procla­mar algún cuadro particularmente extraño.
Las ondas no ofrecían ninguna altera­ción insólita, pero el niño permanecía insen­sible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y embobada.
El niño apareció cuando derribaron el cine Mari. Tendría unos nueve años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto, y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blan­cos.
La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se marcaban las hue­llas grotescas que habían dejado los urina­rios, los lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvareda, apareció el niño de pie en medio de aquel montón de cascotes y escom­bros, mirando fíjamente a la máquina, que el conductor detuvo bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
-Pero qué haces ahí chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasma­do, ausente. Hubo que apartarlo. Mientras las máquinas proseguían su tarea destruc­tora, le sacaron al callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios proclamaban una larga clausura, y le pre­guntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo llevaron a la comisaría. Aquel raro atilda­miento de maniquí antiguo, y el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Al día siguiente, las dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquellos ojos fijos y ausen­tes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oírse otra vez el cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco po­día ser comprobado. Tanto los sonidos re­producidos a través de algún instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emo­ción o súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos, dobladas sobre el regazo.
-Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto.
Al parecer su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado la foto en los periódicos, una señora llorosa se pre­sentaba en la redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo desaparecido hacía treinta años. La señora era viuda de un fiscal notorio por su dure­za. Le acompañaba una hija cuarentona. Extendió sobre la mesa del director una serie de fotos de Primera Comunión en que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la señora, al menos mientras el caso se aclaraba definitivamen­te.
El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal aconte­cer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la noti­cia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis, comentarios y con­clusiones en mercados y peluquerías, ofici­nas y tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban entre darle a la madre la enhora­buena o el pésame.
Al aparecido le llamaron el "niño lobo" desde que ingresó en la Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la deno­minación, ya que no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese ser asi­milado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de catatonía, de rara estupe­facción. Sin embargo, las extrañas circuns­tancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún remoto entorno, virgen de presencia humana.
Puso música y el niño tuvo otro pe­queño sobresalto. Era un niño muy guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una figuración suya. El desconocido pensamien­to del niño estaba muy lejos. Era una ver­dadera pena.
-Hoy te voy a llevar al cine -dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Resi­dencia. Luego, la familia le había trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en provincias se atribuye a la capi­tal. Pero no hubo mejores resultados. Cu­ando volvió, el niño mantenía la misma pre­sencia atónita y, aunque las hermanas ha­blaban de llevarle a California (donde al parecer las cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había acostumbra­do ya a la presencia inerte de aquel gran muñeco de carne y hueso, y posponía la decisión de separarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven, y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las connota­ciones médicas del asunto, le fascinaba la impasibilidad de aquel pequeño ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier imagen o sonido proyectado a través de medios artifi­ciales, le había sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen rural, de un internado severo de monjas y de una carre­ra realizada con bastantes esfuerzos y con poco tiempo de ocio. Sus descansos vesper­tinos solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y sólo de modo ocasional asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los compañeros proclamaban como verdaderamente impor­tante.
La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que rodeaban al Empe­rador. Al parecer se trataba de una de esas películas de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas para el público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cui­dadosamente al niño a lo largo de toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros mi­nutos de proyección. El niño se había acu­rrucado en la butaca y observaba la panta­lla con avidez de apariencia inteligente. Mientras tanto la historia comenzaba a desa­rrollarse. Una espectacular nave perseguía a otra navecilla por el espacio infinito, ful­gurante de estrellas, muy bien simulado. La nave perseguidora hace funcionar su arti­llería. La pequeña nave es alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio de poderosos mecanismos. El ven­cedor llega para conocer a su presa. Es una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro parecido al del ejérci­to, cuyo rostro está cubierto por una más­cara metálica, también negra, que recuerda en sus rasgos una mezcla imprecisa de ani­males y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas antigás.
Entonces el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la doctora. Ella sin­tió la sorpresa de aquel gesto con un impac­to más que físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de las grandes imágenes multicolor. En los ojos infantiles persistía aquella mirada inteligen­te, absorta en la peripecia óptica, y la doc­tora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aun­que ha conseguido lanzar un mensaje que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan a un desierto re­verberante, cuya larga soledad sólo presi­den los restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella extraña aven­tura y no percibió que el niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multico­lor, ascendía por la rampa de la nave, con­seguía introducirse en ella como disimulado polizón.
La nave recorría rápidamente el espa­cio oscuro, lleno de estrellas, que la rodea­ba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el niño había soltado su mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana desaparición primera, la búsqueda fue completamente infructuosa.

A Modo De Sonata

De Alfredo Conde

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