Década de los 40 Poesía desarraigada… Dámaso Alonso insomnio



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Década de los 40
Poesía desarraigada…
Dámaso Alonso

INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

Y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche

[de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,


por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

Hijos de la ira (1944)

Vicente Aleixandre
La verdad

¿Qué sonríe en la sombra sin muros que ensordece

mi corazón? ¿Qué soledad levanta

sus torturados brazos sin luna y grita herida

a la noche? ¿Quién canta sordamente en las ramas?
Pájaros no: memoria de pájaros. Sois eco,

sólo eco, pluma vil, turbia escoria, muerta materia sorda

aquí en mis manos. Besar una ceniza

no es besar el amor. Morder una seca rama

no es poner estos labios brillantes sobre un seno

cuya turgencia tibia dé lumbre a estos marfiles

rutilantes. ¡El sol, el sol deslumbra!
Separar un vestido crujiente, resto inútil

de una ciudad. Poner desnudo

el manantial, el cuerpo luminoso, fluyente,

donde sentir la vida ferviente entre los ramos

tropicales, quemantes, que un ecuador empuja.
Bebed, bebed la rota pasión de un mediodía

que en el cenit revienta sus luces y os abrasa

volcadamente entero, y os funde. ¡Muerte hermosa vital,

ascua del día! ¡Selva virgen que en llamas te destruyes!


Sombra del Paraíso, 1944
y poesía arraigada
Luis Rosales
Ahora que estamos juntos

ahora que ha vuelto la inocencia,

y la disposición visceral de estas paredes,

ahora que todo está en la mano,

quiero deciros algo, quiero deciros algo.

El dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre,

que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales,

lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación,

lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos,

lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia,

y yo quiero deciros que el dolor es un don

porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre [...]

Ahora que estamos juntos

y siento la saliva clavándome alfileres en la boca,

ahora que estamos juntos

quiero deciros algo,

quiero deciros que el dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre vayas a donde vayas,

es un largo viaje, con estaciones de regreso,

con estaciones que no volverás nunca a visitar,

donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía [...]

pero el dolor es la ley de gravedad del alma,

llega a nosotros iluminándonos,

deletreándonos los huesos,

y nos da la insatisfacción que es la fuerza con que el hombre se origina a sí mismo,

y deja en nuestra carne la certidumbre de vivir

como han quedado las rodadas sobre las calles de Pompeya.

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,

quien socava las almas

como socavan la ribera las orillas del río,

y yo he sentido su calambre desde hace mucho tiempo,

y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,

nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,

y nos empuja, y nos sigue empujando hasta juntarnos

en esta habitación que es ya un rescoldo mío,

en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco

y ya no vuelven a encajar en su sitio

como la tierra removida ya no cabe en su hoyo :

tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual...



La casa encendida (fragmento), 1949

Dionisio Ridruejo

España  toda aquí, lejana y mía,
habitando, soñada y verdadera,
la duda y fe del alma pasajera,
alba toda y también toda agonía.
Hermosa sí, bajo la luz sin día
que me la entrega al mar sola y entera:
campo de la serena primavera
que recata su flor dulce y tardía.
España grave, quieta en la esperanza,
hecha del tiempo y de mi tiempo, España,
tierra fiel de mi vida y de mi muerte.
Esta sangre eres tú y esta pujanza
de amor que se impacienta y acompaña
la fe y la duda de volver a verte.

Cuadernos de Rusia, 1944



Grupo Cántico



Ricardo Molina

Elegía IX

El patio oye el suspiro de otros días en sus arcos.
En las paredes húmedas se estremecen las yedras.
Lilas, jazmines y celindas
tiemblan gozosos en el aire tibio
bajo el beso fugaz de las abejas,
pero celindas, lilas y jazmines,
yedras de oro y arcos ruinosos
no saben cómo un día nos amamos.

Llena la fuente está de claras ondas,


de agua clara y azul igual que el cielo,
la fuente pura y fría
a la sombra delgada de las damas de noche
que dejan su perfume flotar por la negrura...

Elegías de Sandua, 1948

Pablo García Baena

Sólo tu amor y el agua... Octubre junto al río


bañaba los racimos dorados de la tarde,
y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
ahuyentando las negras violetas de la sombra.
Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
cegado por la bruma suave de tu pelo.
De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
cuando perdía mi boca en sus horas de niebla.
Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
callaba sus rumores al pasar por nosotros,
y el aire estremecido apenas se atrevía
a mover en la orilla las hojas de los álamos.
Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
al rozar con sus alas una estrella dormida,
el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
de dos lirios mecidos por la inocente brisa
cuando el verano extiende su ardor por las

[colinas.


La noche se llenaba de olores de membrillo,
y mientras en mis manos tu corazón dormía,
perdido, acariciante, como un beso lejano,
el río suspiraba...
Sólo tu amor y el agua...

Rumor oculto, 1946

José Hierro

Poesía de reportaje…
Manuel del Río, natural

de España, ha fallecido el sábado


once de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D′Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las nueve treinta, en St. Francis.

Es una historia que comienza


con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D′Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
-sobre las nubes- de las tierras
sumergidas ante Platón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio


da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero,
el tallado en piedra, o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá…

Requiem aeternam,
Manuel del Río. Sobre el mármol
en D′Agostino, pastan toros
de españa, Manuel, y las flores
(funeral de segunda, caja
que huele a abetos del invierno),
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín… Liberame domine
de morte aeterna
… Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel…

Ahora descienden a tus cumbres


garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
Dies illa acá o allá,
sino sin gloria…
Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empapaban de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el universo.
Los velaban no en D′Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y fantasía.

El no ha caído así. No ha muerto


por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino, derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Liberame Domine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dió su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas). Requiem aeternam.
Y en D′Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Requiem aeternam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D′Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado


a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente, sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

Cuanto sé de mí, 1957


y alucinación


Me acuerdo de los árboles de Dublín.
(Imaginar y recordar
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante
vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar...)
Me acuerdo de los árboles de Dublín...
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos,
quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen...
Imaginar y recordar...
Hay un momento que no es mío,
no sé si en el pasado, en el futuro,
si en lo imposible... Y lo acaricio, lo hago
presente, ardiente, con la poesía.
No sé si lo recuerdo o lo imagino.
(Imaginar y recordar me llenan
el instante vacío.)
Me asomo a la ventana.
Fuera no es Dublín lo que veo,
sino Madrid. Y, dentro, un hombre
sin nostalgia, sin vino, sin acción,
golpeando la puerta.
Es un espectro
que persigue a otro espectro del pasado:
el espectro del viento, de la mar,
del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro
que pueda hacer que cante, hacer que vibre
su corazón, para sentirse vivo.

Libro de las alucinaciones, 1964

Década de los 50 y 60
Poesía social…
Gabriel Celaya


LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,


mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente


los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas


que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,


con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria


como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan


decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo


cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren


y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,


y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta


a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.


No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo


como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Blas de Otero
HOMBRE

 

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte



al borde del abismo, estoy clamando

a Dios. Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.

 

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte



despierto. Y, de noche a noche, no sé cuando

oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando

solo. Arañando sombras para verte.

 

Alzo la mano, y tú me la cercenas.



Abro los ojos: me los sajas vivos.

Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

 

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.



Ser —y no ser— eternos, fugitivos.

¡Ángel con grandes alas de cadenas!


Ángel fieramente humano, 1950
 BASTA
Imaginé mi horror por un momento
que Dios, el solo vivo, no existiera,
o que, existiendo, sólo consistiera
en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.

Y que la muerte, oh estremecimiento,


fuese el hueco sin luz de una escalera,
un colosal vacío que se hundiera
en un silencio desolado, liento.

Entonces ¿para qué vivir, oh hijos


de madre, a qué vidrieras, crucifijos
y todo lo demás? Basta la muerte.

Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.


O si no, déjanos precipitarnos
sobre Ti —ronco río que revierte.
Redoble de conciencia, 1951

y el Grupo poético de los 50



Jaime Gil de Biedma


No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería


y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo


y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Contra Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de

[piso,


dejar atrás un sótano más negro

que mi reputación -y ya es decir-,

poner visillos blancos

y tomar criada,

renunciar a la vida de bohemio,

si vienes luego tú, pelmazo,

embarazoso huésped, memo vestido con mis

[trajes,


zángano de colmena, inútil, cacaseno,

con tus manos lavadas,


a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares


últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo

la cara destruida,


con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
-seguro de gustar- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan puta!
Y si yo no supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres

[humanos,


y la más innoble
que es amarse a sí mismo!
Poemas póstumos, 1968



José Ángel Valente


En muchos tiempos...

En muchos tiempos


tu cabeza clara.
En muchas luces
tu cintura tibia.
En muchos siempres
tu respuesta súbita.

Tu cuerpo se prolonga sumergido


hasta esta noche seca,
hasta esta sombra.


Latitud
No quiero más que estar sobre tu cuerpo
como lagarto al sol los días de tristeza.

Se disuelve en el aire el llanto roto,


al pie de las estatuas
recupera la hiedra
y tu mano me busca
por la piel de tu vientre
donde duermo extendido.

El pensamiento melancólico


se tiende, cuerpo, a tus orillas,
bajo el temblor del párpado, el delgado
fluir de las arterias,
la duración nocturna del latido,
la luminosa latitud del vientre,
a tu costado, cuerpo, a tus orillas,
como animal que vuelve a sus orígenes.

Mandorla



Estás oscura en tu concavidad
y en tu secreta sombra contenida,
inscrita en ti.

Acaricié tu sangre.

Me entraste al fondo de tu noche ebrio
de claridad.

Serán ceniza...



Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.

Hay una luz remota, sin embargo,


y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.

Toco esta mano al fin que comparte mi vida


y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.

Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,


cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

A modo de esperanza, 1955

NO INÚTILMENTE

Contemplo yo a mi vez la diferencia


entre el hombre y su sueño de más vida,
la solidez gremial de la injusticia,
la candidez azul de las palabras.

No hemos llegado lejos, pues con razón me dices


que no son suficientes las palabras
para hacernos más libres.

Te respondo


que todavía no sabemos
hasta cuándo o hasta dónde
puede llegar una palabra,
quién la recogerá ni de qué boca
con suficiente fe
para darle su forma verdadera.

Haber llevado el fuego un solo instante


razón nos da de la esperanza.

Pues más allá de nuestro sueño


las palabras, que no nos pertenecen,
se asocian como nubes
que un día el viento precipita
sobre la tierra
para cambiar, no inútilmente, el mundo.
La memoria y los signos, 1966


SOBRE EL TIEMPO PRESENTE
Escribo desde un naufragio,

desde un signo o una sombra,

discontinuo vacío

que de pronto se llena de amenazante luz.

Escribo sobre el tiempo presente,

sobre la necesidad de dar un orden testamentario la nuestros gestos,

de transmitir en el nombre del padre,

de los hijos del padre,

de los hijos oscuros de los hijos del padre,

de su rastro en la tierra,

al menos una huella del amor que tuvimos

en medio de la noche,

del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre

al tiempo ávido del dios

y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,

hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

Escribo sobre el tiempo presente.

Con lenguaje secreto escribo,

pues quién podría darnos ya la clave

de cuanto hemos de decir.

Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,

sobre una revelación no hecha,

sobre el ciego legado

que de generación en generación llevará nuestro nombre.

Escribo sobre el mar,

sobre la retirada del mar que abandona en la orilla

formas petrificadas

o restos palpitantes de otras vidas.

Escribo sobre la latitud del dolor,

sobre lo que hemos destruido,

ante todo en nosotros,

para que nadie pueda edificar de nuevo

tales muros de odio.

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,

con palabras secretas,

sobre una visión ciega, pero cierta,

a la que casi no han nacido nuestros ojos.

Escribo desde la noche,

desde la infinita progresión de la sombra,

desde la enorme escala de innumerables números,

desde la lenta ascensión interminable,

desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,

de presentir la tierra, el término,

la certidumbre al fin de lo esperado.

Escribo desde la sangre,

desde su testimonio,

desde la mentira, la avaricia y el odio,

desde el clamor del hambre y del trasmundo,

desde el condenatorio borde de la especie,

desde la espada que puede herirla a muerte,

desde el vacío giratorio abajo,

desde el rostro bastardo,

desde la mano que se cierra opaca,

desde el genocidio,

desde los niños infinitamente muertos,

desde el árbol herido en sus raíces,

desde lejos,

desde el tiempo presente.

Pero escribo también desde la vida,

desde su grito poderoso,

desde la historia,

no desde su verdad acribillada,

desde la faz del hombre,

no desde sus palabras derruidas,

desde el desierto,

pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,

desde la muchedumbre que padece

hambre y persecución y encontrará su reino,

porque nadie podría arrebatárselo.

Escribo desde nuestros huesos

que ha de lavar la lluvia,

desde nuestra memoria

que será pasto alegre de las aves del cielo.

Escribo desde el patíbulo,

ahora y en la hora de nuestra muerte,

pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,

sobre cuanto estamos a punto de no ser,

sobre la fe sombría que nos lleva.

Escribo sobre el tiempo presente.


El inocente, 1967-1970
Ángel González


Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Áspero mundo, 1956

Otro tiempo vendrá distinto a éste...

Otro tiempo vendrá distinto a éste. 


Y alguien dirá: 
«Hablaste mal. Debiste haber contado 
otras historias: 
violines estirándose indolentes 
en una noche densa de perfumes, 
bellas palabras calificativas 
para expresar amor ilimitado, 
amor al fin sobre las cosas 
todas.»
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Sin esperanza, con convencimiento, 1961

Inventario de lugares propicios al amor

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia ( con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Tratado de urbanismo, 1967

Algunas tardes

Una tristeza insólita

me invade algunas tardes.

La de hoy es una de ellas.


En el sombrío cuarto de estar

triste,


permanezco a la espera

de que la luna certifique la defunción del día.


Esto es por fin el cuarto

Menguante de luna llena

De macilenta luz

Que me confirma lo que yo esperaba:

el día

que tanto me dolía ya se ha muerto.



Y la noche es el sueño: al fin, la nada.
CAÍDA
Y me vuelvo a caer desde mí mismo

al vacío,

a la nada.

¡Qué pirueta!

¿Desciendo o vuelo?

No lo sé.

Recibo

el golpe de rigor, y me incorporo.



Me toco para ver si hubo gran daño,

Mas no me encuentro.

Mi cuerpo, ¿dónde está?

Me duele sólo el alma.

Nada grave.
Estos son los dos últimos poemas de Nada grave (2008), la obra póstuma de Ángel González

Década de los 70
Irrumpen los Novísimos…
Pere Gimferrer
Arde el mar

Oh ser un capitán de quince años1


viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo en las aguas

con sordo estampido


el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar bajo los cocoteros.
Arde el mar, 1966
Elegía

Morir serenamente como nunca he vivido


y ver pasar los coches como en una pantalla
y las canciones lentas de Nat King Cole
un saxofón un piano los atardeceres en las terrazas bajo los
                     parasoles
esta vida que nunca llegué a interpretar
el viento en los pasillos las ventanas abiertas todo es blanco
                     como en una clínica
todo disuelto como una cápsula de cianuro en la oscuridad
Se proyectan diapositivas con mi historia
entre el pesado olor del cloroformo
Bajo la niebla del quirófano extrañas aves de colores anidan

Extraña fruta y otros poemas, 1968 - 1969

En las cabinas telefónicas


hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios.
Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias
que con el escote ensangrentado se refugian allí para morir.
Última noche bajo el pálido neón, último día bajo el sol alucinante,
calles recién regadas con magnolias, faros amarillentos de los coches patrulla en el amanecer.
Te esperaré a la una y media, cuando salgas del cine -y a esta hora está muerta en el Depósito

[aquélla cuyo cuerpo era un ramo de orquídeas.


Herida en los tiroteos nocturnos, acorralada en las esquinas por los reflectores, abofeteada en los

[night-clubs,


mi verdadero y dulce amor llora en mis brazos.
Una última claridad, la más delgada y nítida,
parece deslizarse de los locales cerrados:
esta luz que detiene a los transeúntes
y les habla suavemente de su infancia.
Músicas de otro tiempo, canción al compás de cuyas viejas notas conocimos una noche a Ava

[Gardner,

muchacha envuelta en un impermeable claro que besamos una vez en el ascensor, a oscuras entre

[dos pisos, y tenía los ojos muy azules, y hablaba siempre en voz muy baja- se llamaba Nelly.


Cierra los ojos y escucha el canto de las sirenas en la noche plateada de anuncios luminosos.
La noche tiene cálidas avenidas azules.
Sombras abrazan sombras en piscinas y bares.
En el oscuro cielo combatían los astros
cuando murió de amor,
                                         y era como si oliera muy despacio un perfume.

De "La muerte en Beverly Hills"
Manuel Vázquez Montalbán
Nunca desayunaré en Tiffany...




Nunca desayunaré en Tiffany

ese licor fresa en ese vaso

Modigliani como tu garganta

                                                  nunca

aunque sepa los caminos

                                                  llegaré

a ese lugar del que nunca quiera
regresar
                           una fotografía, quizá
una sonrisa enorme como una ciudad
atardecida, malva el asfalto, aire
que viene del mar
                                   y el barman
nos sirve un ángel blanco, aunque
sepa los caminos nunca encontraré
esa barra infinita de Tiffany
                                                 el juke-box
donde late el último Modugno ad
un attimo d'amore che mai piu ritornera...
y quizá todo sea mejor así, esperado
porque al llegar no puedes volver
a Itaca, lejana y sola, ya no tan sola,
ya paisaje que habitas y ususrpas
                                                              nunca,
nunca quiero desayunar en Tiffany, nunca
quiero llegar a Ítaca aunque sepa los caminos

lejana y sola.



Una educación sentimental, 1967

El título alude a la novela corta de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, luego llevada al cine con el título de Desayuno con diamantes, protagonizada por Audrey Hepburn.

Modigliani es un pintor italiano famoso por sus desnudos femeninos y el alargamiento vertical de las cabezas.

Aunque sepa los caminos… hace referencia al poema de Lorca Canción del jinete (Córdoba./Lejana y sola./(…) Aunque sepa los caminos/yo nunca llegaré a Córdoba

Los versos italianos pertenecen a la letra de una canción del compositor italiano Doménico Modugno: “Un instante de amor que nunca retornará”.

Ítaca hace referencia al poema homónimo de Kavafis.


y se van. Desde 1975 hasta hoy, otros han llegado…

Juan Luis Panero



Quand vous serais bien vieille

Cuando seas muy vieja


y yo me haya muerto
descubrirás una tarde las horas
especiales
                 el aroma de los soles ponientes
lo profundo oscuro del aire
anochecido en las calles sin retorno

vagarás eternamente en busca del espejo


que devuelve instantes felices
                                                    -de azul el mar
en nuestra carne sol y deseo-

ante la muerte del tiempo en el cristal


oirás las músicas que nos drogaron
los ruidos cotidianos que nos resucitaban
                                                                       deslices
de aguas de jabón hacia simas
                                                     terribles

cajas de música postales cerebrales


y en el espejo fijo el spot de nuestra vida
con dentaduras blancas y pieles doradas
jóvenes antiguos felices invencibles

mas no dejes que oscurezcan tus ojos


y el espejo extinga su realidad y tu deseo
porque te verías vieja y solitaria
con los ojos dormidos por la angustia
                                                                 el viento
que se lleva las hojas de un otoño horroroso
cuando seas muy vieja
y yo me haya muerto
rompe espejos retratos recuerdos
ponte bragas de corista diadema de acanto
sal desnuda al balcón y méate en el mundo
antes que te fusilen las ventanas cerradas.

A la sombra de las muchachas sin flor, 1973

Blanca Andreu

Amor de los incendios y de la perfección...

Amor de los incendios y de la perfección, amor entre
                                                                           la gracia y el crimen,
como medio cristal y media viña blanca,
como vena furtiva de paloma:
sangre de ciervo antiguo que perfume
las cerraduras de la muerte.


Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto...

Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y rio de linfa,
o bien de lo que quise:
                                        el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,
                                                la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín principe o piloto: Mozart el Músico.


De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1980

Julio Llamazares


Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco
como un campo de urces.

En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal


donde habita el invierno.

Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir


los guerreros más viejos.

En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe


los signos del suicidio:

globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre


que se espesa en mi rostro.

Memoria de la nieve, 1982

Ana Rossetti

Se penso a come ho speso male il mio tempo2...

Le envié mensajeros

con gardenias, bombones

y libros de poemas; telegramas

diciéndole: te quiero,

y todos los domingos, cuando se despertaba,

hice sonar su disco favorito.

Yo creí muy romántico ocultar mi remite,

y que el desinterés una fórmula fuera

de amar refinadísima

–y quizá, dado el caso, la única posible –.

¡Qué pérdida de tiempo!

Alguien con él comparte

mis ramos, mis pasteles y mis rimas,

y no me extrañaría –puesto que son anónimos –

que encima se jactara de elegir mis envíos

y pagarlos.

Ahora cada domingo,

me sé de sobra cuando se despiertan

y no pongo la música.

Bajo a la portería, pulso el timbre

Y no paro hasta que los interrumpo.


Yesterday, 1988


Luis García Montero

Habitaciones separadas

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días


y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.


Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana


con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,


dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.


Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino


acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario


aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.



Habitaciones separadas, 1994


Roger Wolfe

Poemas recogidos en Noches de blanco papel (Poesía completa 1986-2001), 2008

Te levantas de la cama y es la guerra
Suena el teléfono. Manolo. Me comunica
que le han dejado un ojo como un plato.
En una fiesta —cosas que ocurren, me dice,
cuando uno se divierte. Algo
que, como ya se sabe, no gusta demasiado
a la mayoría de la gente.
Que si salgo, me pregunta.
Estoy trabajando. Escribo este poema,
fumo, escucho a la vecina, que otra vez
se ha puesto en pie de guerra con el crío,
la merienda, los tebeos, la leche. Pienso
que no me importaría nada ser el personaje
de ese libro que hay sobre la mesa.
Podría al menos
conocer New York, coger el metro, disparar
la Browning, romper todos los dedos de las manos
a aquellos que más odio.
Le digo que no puedo. Me atenazan
el alquiler, las moscas, el verano,
la ciudad, la gente, los semáforos.
Pero que si quiere puede pasarse por mi casa.
Bajaré a por unas latas, hay tabaco.
Charlaremos.

El poder de la palabra

Usté no sabe
con quién
se está metiendo
dijo el borracho
en la
comisaría.

Porque soy


poeta
y fui tocado
por los dioses
con el poder
de la palabra.

Y le partieron


la otra ceja
antes de darle
por el culo
con su propia
estilográfica.

Esta infinita y patética belleza



El comienzo del verano y la noche
yace como un cuerpo herido
que la aurora no consigue desvelar.
Recorro la ciudad
taconeando
en las aceras agrietadas
con mis viejas botas
de Valverde,
tan cansadas como yo
del incesante embate
de cascos rotos y batallas.
Un contenedor
arde solitario en una esquina
ante los ojos embotados
de un borracho
que ya no sabe que lo está.
No hay policía.
Y es extraño.
Dos mecánicos amantes
se palpan las partes
con gestos agotados
que ni siquiera el último
tiro de nieve emponzoñada
es capaz de revivir.
Parpadean los semáforos
tintineando en huérfana advertencia.
Y no hay sencillamente estrellas
que me valgan.



Odio

Me faltan algunos odios todavía.

Estoy seguro de que existen.                                         Céline

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con el locutor deportivo
de la radio del vecino
esos domingos por la tarde.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con el macaco de uniforme
que sentencia -arma
al cinto- que el semáforo
no estaba en ámbar, sino en rojo.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con el cívico paleto
vestido de payaso
que te dice
que no se permiten perros
en el parque.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con la gente que choca contigo
por la calle
cuando vas cargado
con las bolsas de la compra
o un bidón de queroseno
para una estufa
que en cualquier caso
no funciona.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con los automovilistas
cuando pisas un paso de peatones
y aceleran.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con el neandertal en cuyas manos
alguien ha puesto
ese taladro de percusión.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
cuando le dejas un libro a alguien
y te lo devuelve en edición fascicular.

El odio es una edición crítica


de Góngora.

El odio son las campanas


de la iglesia
en mañanas de resaca.

El odio es la familia.

El odio es un cajero
que se niega a darte más billetes
por imposibilidad transitoria
de comunicación con la central.

El odio es una abogada


de oficio
aliándose con el representante
de la ley
a las ocho de la mañana
en una comisaría
mientras sufres un ataque
de hipotermia.

El odio es una úlcera


en un atasco.

El odio son las palomitas


en el cine.

El odio es un cenicero


atestado de cáscaras de pipa.

El odio es un teléfono.

El odio es preguntar por un teléfono
y que te digan que no hay.

El odio es una visita


no solicitada.

El odio es un flautista


aficionado.

El odio
en estado puro


es retroactivo
personal
e intransferible.

El odio es que un estúpido


no entienda
tu incomprensión,
tu estupidez.

El odio son las cosas


que te gustaría hacer
con este poema
si tu pluma
valiera
su pistola.



Parpadeo

Pedro Salinas
dice en un poema
que no quiere dejar de sentir
el dolor de la ausencia
de la mujer a la que ama
porque eso es lo único
que le queda de ella:
el dolor.
No recuerdo sus palabras exactas.
Él lo dice mejor que yo.
Eran otros tiempos.
Salinas está muerto.
La mujer a la que amaba también.
Pronto lo estaremos todos.
La vida es un mero parpadeo.
Abre los ojos
y ciérralos

Violencia


Mi hija (año y medio) procuramos que nos vea
en los momentos buenos o mejores:
cuando nos abrazamos y besamos,
cuando las cosas discurren con lisura y eficacia,
cuando no hay gritos ni vajilla amenazada,
cuando nuestro roce cotidiano es fluido
y no hay asperezas que nos hagan estallar.
Es obvio que lo otro –lo regular, lo malo, lo peor–
también lo ve, y lo oye; pero creo
que después de todo
no nos las arreglamos
demasiado mal.
Es alegre, nuestra hija; y no hay foto ni momento
en que no sonría.
Le ha dado, quizá por todo ello,
por abrazar a otros críos cuando los ve.
Se lanza sobre ellos, los envuelve
con los brazos y les planta un beso en la mejilla.
A cambio de sus esfuerzos ya le han dado
algún que otro tortazo.
Delante de los ufanos padres en cuestión.
Y ayer llegó, a modo de confirmación definitiva,
la guinda del patrón de conducta habitual:
una niña, algo mayor que ella,
al verla repartir sus holas y sus besos
entre un grupo de críos,
se volvió hacia un niño y le susurró en voz baja:
«Esta niña es tonta.»

Me hubiera gustado


estamparle la jeta en el asfalto.
Y a sus progenitores
machacarles luego la cabeza.

Pero a eso


lo hubieran llamado
violencia.
HAY GENTE

Hay gente que cree que está viva
porque lee la prensa y le hace el amor
a su mujer dos veces al año, al mes
o a la semana,
toma café con los amigos
y sueña con pertenecer a alguna mafia.
Hay gente que cree que está viva
porque se levanta todos los días a las seis
de la mañana para arrastrarse hasta el trabajo,
y fuma un cigarrillo
y comenta la marcha de la liga
o el último escándalo político
con los colegas. Hay gente
que cree que está viva porque tiene un coche,
un piso en propiedad y dos docenas
de camisas y una sólida opinión
sobre quién deber gobernar en el país.
Hay gente que cree que está viva
porque sigue cursillos por correspondencia,
acude a sellar la tarjeta del paro,
se mete un pico o esnifa coca o sale a tomar
copas o por culo los fines de semana,
va al cine, enciende el televisor,
habla por teléfono o abre una cuenta bancaria.
Hay gente que por estas cosas y algunas otras,
- cualquiera, todas las que queráis
añadir a esta lista improvisada-
cree que está viva, y lo que es peor:
que tiene algún derecho a la vida.



Pablo García Casado

DIXÁN

por qué se secará tan lenta la ropa por qué persisten
las manchas de grasa de fruta y de tus labios
si dixán borra las manchas de una vez por todas
por qué la aspereza de las prendas la sequedad de su tacto
si pienso en tus manos en tu modo de mirarme de decirme
que por culpa del amor habrá que lavar las sábanas de nuevo
preguntas tristes tristes como todos los anuncios de detergente
y es que no encuentro mejor suavizante que tus manos
en esos bares supermercados desnudos de la noche

Golosinas

como un caramelo saliendo del envoltorio


así me sentí la noche en que después de pintarme
de golfa tú por fin te decidiste una mejor

estrategia una retirada a tiempo y las cosas


no tendrían ese sabor que queda tras el fraude
me dejaste aquí tirada como un caramelo

después de chupado

Las afueras

por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia


el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán

amaneciendo los restos del amor en las afueras



Sweet Jane      

                                                      


yo he vivido mucho tiempo pendiente de un hilo
telefónico de un buzón sin cerradura de las manos
de unos hombres que no quisieron encontrarme

acumulando toda clase de pastillas esquivando


como pude los domingos por la tarde yo he vivido
demasiado tiempo al otro lado de la pantalla

mirando el amor por los anuncios



De "Las afueras"  DVD Ediciones 1997

FORD
como un oso que despierta del letargo
nuestro ford va derritiendo la nieve del parabrisas
pongo las maletas en el asiento trasero repaso el mapa

de carreteras


ahora llegas tú medio dormida
sin pintar sin arreglar rota por la noche pasada
una noche de preguntas de miedo de ropa que entra
y sale de los armarios una noche de nevera desconectada
pero hoy es distinto y te sientas a mi lado como antes

cuando viajábamos sin prisa


a través de bosques y maizales en esas noches
de faros encendidos en busca del océano
el ford asciende lento por la colina
quiero viajar al sur al sur de todos los proyectos
Puzzle
yo tengo una tristeza se llama desempleo

destruye corazones vacía los depósitos

despunta las flechas de ese arquero que corre por los bosques

y cierra las oficinas postales 

yo tengo una tristeza de fábricas en ruina

                                                    una tristeza

inútil como un puzzle como un mapa sin norte.

El mapa de América, DVD Ediciones, 2001

Himno

Por ti las madrugadas y el estiércol, la mentira en la boca y la amenaza. Por ti agachar la cabeza, vender mi nombre y renunciar a los sueños. Por ti el desvelo y la espalda quebrada. Por ti colgar el teléfono, marcar de nuevo y decir, está bien, lo que usted diga. Por ti cosas sucias de las que no me arrepiento. Porque tú me mantienes con vida. La boca que se dibuja cuando estoy a punto de abandonar. Tú, la belleza y el sentido.



Dinero, 2007

REQUIEM
Laura Santos, natural de Gijón (Asturias), ha fallecido el viernes 8 de junio a causa de un accidente. Su cadáver está tendido en el Tanatorio Provincial, planta 2ª, box 34. El coche que conducía, un Fiat Bravo GT, saltó la mediana en el kilómetro 80 de la N-323, dirección Granada. Lesiones cerebrales, pérdida sanguínea, aún respiraba cuando llegó la ambulancia. El hospital certificó su muerte a las 04.45.

Es una historia que comienza en la mesa de una cafetería, una sonrisa, ésta es Laura, qué tal, yo soy Pablo, y que termina, 20 horas después, en una sala de espera con flores.



Requiem aeternam.
Variación de un poema de José Hierro. Publicado en prensa.

1 Título de una novela de Julio Verne

2 En italiano, “Si pienso cómo he malgastado mi tiempo…”





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