De a para X una historia en cartas ePub 0 Bookanero 30. 08. 15



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A’ida vive en una ciudad polvorienta y destartalada. Su amante Xavier, insurgente, ha sido encarcelado. Resueltas, sensuales y tiernas, las cartas de A’ida a su enamorado hablan del día a día de la ciudad. A medida que un poder sin rostro la invade, los detalles más pequeños y las muestras de humanidad —un baile íntimo, una comida compartida— se convierten en verdaderos actos de resistencia contra las fuerzas que, de otro modo, les extinguirían. De A para X es una exploración poderosa de cómo la libertad se afirma en la lucha: el retrato de una comunidad que, sitiada por el imperialismo económico y militar, encuentra una esperanza trascendente en la fragilidad de la vida cotidiana.


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John Berger



De A para X

Una historia en cartas

ePub r1.0

Bookanero 30.08.15
Título original: From A to X - A Story in Letters

John Berger, 2008

Traducción: Pilar Vázquez

Editor digital: Bookanero

ePub base r1.2

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Para

DONK, BEV y SUNSHINE

y para

GHASSAN KANAFANI, in memóriam
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No es juguete del Tiempo amor…

Amor no muda con sus horas y semanas,

sino hasta el borde del abismo aguanta y puja

Si todo esto es error y contra mí probado,

yo nunca he escrito, y nunca ningún hombre amado

SHAKESPEARE, Soneto 116[*]


Algunas cartas recuperadas por John Berger

El año pasado, cuando se abrió la nueva cárcel de alta seguridad construida en uno de los cerros que se extienden hacia el norte de la ciudad de Suse, la antigua, emplazada en un edificio del centro, quedó abandonada.

El último ocupante de la celda número 73 de la antigua cárcel había pegado encima del catre reglamentario una especie de casilleros hechos con cartones de Marlboro unidos entre sí y fijados sólidamente a la pared con cinta adhesiva. En cada casillero cabían varias barajas. En tres de ellos se encontraron unos paquetes de cartas manuscritas.

La única luz natural que entraba en la celda era la de un pequeño ventanuco circular, inaccesible, situado en lo más alto de uno de los muros. La celda medía dos metros y medio por tres, y tenía cuatro metros de altura.

Un largo corredor con ventanas enrejadas y cristales opacos conectaba las celdas de esta ala de la antigua cárcel con una sala de usos comunes que parecía un búnker y contaba con unos infiernillos básicos para cocinar, un grifo, un televisor, bancos, mesas y una plataforma elevada para los guardias armados que vigilaban permanentemente.

El último preso que habitó la celda número 73, acusado de ser el fundador de una red terrorista y condenado a dos cadenas perpetuas, era conocido con el nombre de Xavier. Las cartas encontradas en los casilleros iban dirigidas a él.

Al leerlas queda claro que no estaban ordenadas cronológicamente. A’ida, si es este su verdadero nombre, no fechaba las cartas con el año, solo con el día y el mes. Es evidente que la correspondencia se mantuvo durante muchos años. Cuando las transcribimos, R. y yo no intentamos deducir o adivinar su orden cronológico y restablecerlo, sino que decidimos respetar el orden en el que las tenía Xavier. A veces, en el reverso de las cartas de A’ida (ella nunca escribía en las dos carillas) hay una nota de Xavier. Estas notas fueron asimismo transcritas y aparecen en este libro en un tipo más silencioso.

Obviamente, A’ida prefirió no hacer referencia en sus cartas a su vida de activista política. Sin embargo, sospecho que de vez en cuando no podía resistirse a incluir alguna referencia a la misma. Así interpreto sus observaciones con respecto al juego de canasta. Dudo que jugara a la canasta. Siguiendo las mismas medidas de prudencia, lo más seguro es que cambiara los nombres de sus amigos más cercanos, así como los nombres de los lugares. Como no estaban casados, A’ida nunca pudo obtener un permiso para visitar a Xavier en la cárcel.

Hay algunas cartas que A’ida no llegó a enviar. Da la impresión de que a veces empezaba una carta sabiendo desde el principio que no la enviaría; en otras ocasiones, la urgencia de lo que tenía que contar le llevaba a escribir cosas que luego, pensándolo bien, decidía que era mejor guardar para sí.

Cómo llegaron a mi posesión esas cartas, tanto las enviadas como las no enviadas, es algo que, de momento, debe mantenerse en secreto, pues explicarlo podría poner en peligro a otras personas.

Las cartas no enviadas están escritas en el mismo papel azulado de las enviadas. Las coloqué en los paquetes en los que me pareció que encajaban. Pero cada cual puede cambiarlas según su parecer.

Dondequiera que se encuentren hoy A’ida y Xavier, vivos o muertos, que Dios guarde sus sombras.

J. B.
Primer paquete de cartas

El paquete está atado con una tira de tela en la que, escritas con un tipo de tinta que emborrona parcialmente el algodón, se leen las siguientes palabras:



El universo no se parece a una máquina, sino a un cerebro humano. La vida es un relato contado en este instante. La realidad primera es un relato. Lo sé porque soy mecánico.
Mi león abatido:

¿Te llegó el paquete? Te enviaba marlboros, menta, un zambrano y café.

Cuando me desperté hoy había un cielo muy azul. Oí rebuznar un burro a lo lejos y, mucho más cerca, el rasca-rasca de una pala mezclando cemento, intercalado con los golpes en el suelo al vaciarla. Dimitri está añadiendo una habitación a su casa. No tenía que estar en la farmacia hasta las nueve y media, y me quedé en la cama, pensando perezosamente en mi cuerpo y en lo sigiloso que se mueve, sin contar conmigo apenas. Me quedé en la cama, la mano derecha rozándome la entrepierna. Te lo digo para que me imagines así. Eso nadie puede impedírtelo.

¿Cómo tienes el pie? ¿Se va curando?

Tu A’ida

Posdata. Ayer vi un camaleón; se deslizaba por el tronco de un árbol. Los camaleones tienen una manera de girar la pelvis que es a la vez cómica y práctica —sus pelvis diminutas tienen iliones, como la nuestra, pero se engarzan de otra manera en el espinazo—. Plantan todo su peso simultáneamente en vertical y en horizontal: en un muro, por ejemplo, a la vez que en el suelo. Podríamos aprender de ellos a la hora de sortear ciertas dificultades, ¿verdad que sí? Según Alexis, camaleón en griego significa león abatido, león que se mueve pegado a la tierra.


Mil millones de personas no tienen acceso al agua potable. En algunas zonas de Brasil, un litro de agua comprada en la calle es más caro que un litro de leche; en Venezuela, más caro que un litro de gasolina. Al mismo tiempo, Botnia y Ence proyectan sacar del río Uruguay 86 millones de litros de agua diarios destinados a dos papeleras de su propiedad.
Mi guapo[*]:

¿Te acuerdas de las culebras que hay expuestas en tres tarros de cristal en el escaparate de la farmacia? Una culebra de collar, una víbora áspid y otra víbora con la boca más grande. Una vez me contaste que de niño a un amigo tuyo le picó una serpiente y tú le chupaste el veneno. Lo primero que hace Idelmis al llegar por la mañana a la farmacia es ver cómo están los bichos; va y toca los tres tarros. Tal vez no quiera tanto comprobar su estado como anunciarles que ya ha llegado. Al fin y al cabo, la farmacia es suya. Luego se pone la bata blanca y me da un beso.

Idelmis tiene todavía una memoria extraordinaria para todo lo de la farmacia. Sabe exactamente dónde está cada medicamento, cuáles son sus principios activos y qué precauciones implican. Cuando no hay mucha gente esperando, se suele sentar a leer en su mesa, una mesa pequeñita colocada entre los antiespasmódicos y los ungüentos. Casi siempre lee libros de viajes. Su palabra favorita sigue siendo descubrimiento. Se oculta allí a fin de poder ignorar, si le apetece, a quienes entran a por una medicina concreta o a preguntar algo sin importancia. Solo si le interesan las preguntas o la dolencia del cliente, o cuando se trata de alguien a quien conoce desde hace cincuenta años, aparece y se hace cargo.

Y entonces, te impresiona. Idelmis pertenece a la primera promoción de mujeres farmacéuticas de este país; es una de aquellas mujeres para quienes la ciencia era como una hermana. Y para ella, la farmacia está muy próxima a la maternidad. Se atusa el peinado en el espejo del lavabo que hay al lado los colutorios, y con sus palabras pausadas y su forma de asentir con la cabeza, como recordando, tranquiliza a todos los que entran con una tribulación u otra.

Sin embargo, cuando se quita la bata y atraviesa la estación de autobuses de Sucrat de vuelta a casa, es una anciana frágil y vacilante. Ha envejecido desde la última vez que la viste. Y yo también. Idelmis sigue trabajando porque necesita sentirse cerca de las cosas que curan. A veces, la envidio.

La palabra recientemente se ha transformado desde que te encerraron. Hoy no tengo ganas de escribir sobre cuánto tiempo hace ya de eso. La palabra recientemente abarca ahora todo ese tiempo. Antes significaba unas semanas o antes de ayer. Recientemente, tuve un sueño.

En el sueño había una carretera, una carretera peligrosa, llena de asechanzas. Era una carretera polvorienta, sin asfaltar y con unas rodadas muy, muy profundas. Muchos habían perdido la vida o habían caído heridos en ella en diferentes momentos. Esto lo sabía en el sueño: estaba escrito de algún modo en su superficie. Iba caminando por esa carretera, y llevaba el corazón roto, pero no tenía miedo. Tal vez fuera la carretera de nuestros refugiados. Esto lo pienso ahora, porque en los sueños suceden estas cosas, pero cuando estaba en el sueño no lo pensaba. Solo caminaba, y en un momento determinado apareció a mi derecha una formación rocosa, alta como la pared de una habitación. Me detuve y, no sin cierta dificultad, la escalé. ¿Y qué vi desde allí arriba? No sé qué palabras usar. Las palabras nunca vienen en tu ayuda. Pero entre las palabras inútiles verás lo que vi. Varios montones de ciruelas, pilas, rimeros, cargamentos de ciruelas azules cubiertas de escarcha. Y dos cosas me sorprendieron, amor mío. En primer lugar, su tamaño: con cada uno de los montones se podría haber llenado un tren de mercancías de cuarenta vagones. No eran muy altos, pero sí muy anchos y muy largos. Y en segundo lugar, me sorprendió su color. Pese a la escarcha, el azul de las ciruelas era incandescente, radiante. No te equivoques: ningún cielo tiene ese azul; era el azul de las pequeñas ciruelas maduras. Y su azul es lo que quiero hacerte llegar esta noche a la celda, mientras escribo a oscuras.

A’ida
Precio del oro: más de setecientos dólares la onza.


Habibi:

Las primeras luces de un nuevo día han iniciado su ascenso irrevocable. El día empieza sin vacilar; se ha tomado una decisión. No la han tomado ellos, los de los helicópteros, ni tampoco nosotros. Quizás algún día llegue a estar más claro quién decide qué.

Por allá, hacia la izquierda, por el Este, la primera luz que humedece el horizonte tiene el color de la leche diluida, cuatro partes de agua y una de leche desnatada.

Hay momentos en los que creo que ya he vivido mucho y solo me quedan unos meses más de vida; en otros momentos, me siento como si tuviera once años y me quedara casi todo por descubrir.

Hemos dormido aquí ocho: dos niños, tres mujeres, dos hombres y yo misma. Los niños ya están despiertos. Tienen menos razones que los adultos para dormir, menos cosas que no quieren volver a ver.

Hay momentos en los que reacciono como una madre, al instante y por instinto; saco entonces toda mi astucia para proteger, sin reparar en los argumentos, en contra o a favor.

Y en otros momentos, guapo mío, estoy dispuesta a ofrecer lo que tú llamas mi «hombría», y a morir luchando por esa perra justicia que desapareció hace tiempo sin decir palabra.

Debajo del abrigo, doblado para hacerme de almohada, el móvil pitó dos veces. Un mensaje de texto en la pantallita, más luminoso que el cielo: Nuestras cabezas nunca se bajarán lo bastante para comernos su mierda.

Tuya,

A’ida


Posdata. Me reí mucho con la carta en la que me contabas lo de los burros.
De camino a la farmacia vi a un desconocido sentado en la cuneta de la rotonda, junto a la morera que hay al bajar la cuesta. A su lado había una bicicleta con la rueda delantera torcida. Tendría tu edad, pero no se parecía en nada a ti.

No hay otro hombre igual que tú. Todo está hecho con la misma materia, y cada cual está construido de manera diferente.

No se sabía si se había caído de la bicicleta o si se la habían robado y acababa de encontrarla. Por su forma de tocarla, sin embargo, sí se sabía que era suya. Tenía desgarrada una pernera del pantalón, lo que sugería una caída. Pero al mismo tiempo, toda su ropa estaba muy raída, y las sandalias, rotas y gastadas. Podría haberse caído, o le podrían haber robado la bici mientras dormía y haber sido el ladrón el que se cayera.

Cuando pasas mucho tiempo sola, como lo paso yo, empiezas a elucubrar sobre tonterías como estas. Si hubieras estado a mi lado, no le habría dedicado ni un segundo. No le pregunté qué le había pasado porque parecía ensimismado pensando en qué hacer a continuación. Los codos sobre las rodillas, la barbilla entre las manos, y la puntera de la sandalia izquierda buscando cobijo bajo el puente del pie derecho: estaba a punto de tomar una decisión. En esos momentos, muchos hombres adoptáis una expresión peculiar. Es como si desearais desaparecer, como si estuvierais a punto de disolveros en el cielo. Un martirio minúsculo. En las mujeres es distinto. Nosotras tomamos la mayoría de las decisiones con las posaderas bien asentadas.

Y yo acabo de tomar una. ¿Por qué no nos casamos? ¡Tú me lo pides! Y yo digo: ¡sí! Entonces se lo preguntamos a ellos. Si nos dan permiso, te visitaré para la boda y luego una vez a la semana en la sala del vis-à-vis para siempre jamás.

Todas las noches te reconstruyo, hueso a hueso. Delicadamente.

Tu A’ida
Bolivia. Casi cinco millones de hectáreas de tierra entregadas a jornaleros sin tierra. Otros 142 millones de hectáreas serán distribuidas, si el plan se lleva a efecto, entre dos millones y medio de personas. Un cuarto de la población. Esta noche, Evo Morales, estás con nosotros. Ven, siéntate en mi celda; mide dos metros y medio por tres.
Kanadim, mi ala:

Veo mucho a Soko últimamente. Su sobrino ha desaparecido sin dejar rastro. Su cuñada se está muriendo en el hospital. A su marido se le ha averiado el taxi, y no trae dinero a casa, y a ella le lleva más tiempo ahora hacer sus encargos de costura. Tampoco puede aceptar más, porque le ha empezado a fallar la vista: la tienen que operar de una catarata, pero nunca tendrá una situación económica que le permita pagarla. Sin dinero, no hay nada, dice, nada de nada.

Todas las noches se lamenta —y bien sabe Dios que tiene buenas razones para hacerlo—, y en sus lamentos nocturnos todas sus desgracias son iguales, de modo que puede tejerlas juntas, como hebras de una misma plegaria en la que le ruega a Dios que perdone sus pecados y tenga piedad de ella, amén.

Y esta noche, mientras la oía lamentarse, pensé: ¡ojalá fueras tú quien la escuchara, y no yo! Le enseñarías a separar sus quejas y a examinarlas una por una, para decidir luego lo que se puede cambiar y lo que no.

Separar las cosas y volver a juntarlas, pienso en la radio de tu padre. Su foto sigue estando donde la pusimos, en la segunda balda de la estantería. Los dos tenéis la misma frente ancha. Pero la suya estaba más curtida por el viento.

Era un día de feria especial, y no había colegio. ¿Cuántos años tenías? Diez, me parece. Tengo que preguntárselo a tu madre. Tu padre se fue con unos amigos a echar un vistazo al ganado. Y tú, cuando te viste solo, cogiste la radio de tu padre y la desmontaste, pieza a pieza, y las fuiste dejando en la alfombra. Tu madre puso el grito en el cielo; cruzaba las manos y las agitaba en el aire. Cuando volvió, tu padre se enfadó y no dejaba de repetir a voces: Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué? ¡Si la radio funcionaba bien! ¿Por qué? Para volver a montarla, musitaste tú, y tu padre bajó el brazo. Te doy dos horas, solo dos horas. Y hacia medianoche, te estaba alcanzando las últimas piezas, conforme tú se las ibas pidiendo. A la mañana siguiente escuchasteis las noticias juntos, él y tú.

La noticia de aquel día, siempre insistes, era el asesinato de Ben Barka, en París, unos días antes de la conferencia de La Habana. Y lo dices de una manera que siempre me hace pensar en un aterrizaje de emergencia. Puede que al día siguiente no hubiera ninguna noticia memorable. La verdadera noticia era que podías desmontar una radio y volverla a montar.

Contigo, Soko examinaría sus desgracias una a una. Y entre una y otra, esbozaría una sonrisa triste que sería cada vez menos triste.

Ahora te echo de menos…

Tuya, A’ida


«No, no queremos alcanzar a nadie. Lo que queremos es ir siempre hacia delante, día y noche, en la compañía del Hombre, de todos los hombres. No debemos estirar la caravana, pues si lo hiciéramos, cada fila apenas verá a quienes la precedieron; y los hombres que ya no se reconocen se reúnen cada vez menos y se hablan cada vez menos».

Me aprendí de memoria esta advertencia, pero no sé de dónde procede. Le pregunté a Durito, y me dijo que creía que era de Fanon.
Mi guapo, mi soplete[*], mi kanadim, Ya Nour:

El otro día Andrea me preguntó cómo nos conocimos tú y yo. Y se lo conté. Y ahora quiero contártelo a ti. Pero si quieres, podemos cambiarlo. El pasado es la única cosa de la que no somos prisioneros. Podemos hacer con el pasado lo que nos dé la gana. Lo que no podemos hacer es cambiar sus consecuencias. ¿Y si construimos el pasado juntos? ¿Cuántos años hace? Era verano, en cualquier caso, y hacía mucho calor; tú estabas reparando un camión. Había otros vehículos allí, muchos sin ruedas, calzados con pedruscos. Era en un barranco, al oeste de Sennacherib. Había una caseta de bloques de hormigón con unos ventanucos diminutos que en algún momento debió de alojar a una familia. La utilizabas para guardar la herramienta. Tenía un par de bancos dentro, y también una cama con una vieja alfombra a los pies. Así que puede que a veces durmieras allí. Fuera había un tilo que daba algo de sombra.

Me habían encargado que te entregara una batería. Me acuerdo de lo que pesaba y de lo sucia que estaba, así que cuando me bajé del coche, la cogí por el borde, apartándola de mí para que no me manchara las mangas.

Déjala en el suelo, me gritaste en cuanto me viste.

Estabas soldando algo. Llevabas un delantal de cuero sobre unos pantalones cortos. El torso desnudo. Una oscura máscara metálica te tapaba la cara.

Cuando te la apartaste, un parche negro te cubría el ojo derecho, y en la cara se te notaba que te dolía.

¿Qué te ha pasado en el ojo?, te pregunté.

Está inflamado, y tuve que ir al hospital. A veces pasa con esto, me contestaste, alzando el soplete.

Llevabas unas botas fuertes, sin calcetines, y los cordones desatados.

¿De dónde eres?, me preguntaste.

Te lo conté y te expliqué que el hombre de la gasolinera, viendo que iba a tomar una carretera que no toma nadie, me preguntó si podía llevarte la batería.

Me miraste de arriba abajo y susurraste: gracias.

¿Cuánto tiempo tienes que llevar el parche?, te pregunté.

¡Hasta que encuentre oro!, dijiste.

Luego, viniste hacia mí, sonriendo, y te lo quitaste.

¿Conforme con esta versión?

A’ida
Deslocalización. No solo quiere decir trasladar la producción y los servicios a zonas en donde la mano de obra es más barata, sino que también se refiere al plan de destruir el estatus de todos los lugares que antes se consideraban permanentes, de tal modo que el mundo entero se convierta en un No Lugar y en un único mercado líquido.

Este No Lugar no tiene nada que ver con el desierto. Los desiertos tienen unos contornos más definidos que las montañas. El desierto no perdona. Volando muy, muy bajo sobre Haserof, retenido el tren de aterrizaje, las puntas de dos aspas de la hélice se combaron. Solo al aterrizar en Faz me di cuenta. Todavía estaba aprendiendo.

Esta cárcel no es un No Lugar.
Sucede que, cuando no te estoy estrechando entre mis piernas, pienso en ti como si fueras el héroe de una historia que oí una vez. No me he inventado la historia, sino que la oí una vez en un autobús, un momento antes de que nos ordenaran bajar. Aunque viviera cien vidas, no podría inventarte.

En la historia, tú estás mirando una pintada que acabas de hacer en la parte más alta de un muro ciego, cerca del aeropuerto, y sonríes, estás orgulloso: como si las palabras pintadas fueran una cometa que has lanzado y ha subido muy alta. Y como eres un niño, estás completamente despreocupado y no los ves acercarse. Así que todavía sonríes, lleno de orgullo, cuando te agarran y te meten por la fuerza en el vehículo militar. Luego cubrieron la pintada, y una anciana comentó: Los han pintado de blanco, como si no hubiera pasado nada, pero los muros siguen gritando bajo la capa de pintura.

Y en la cárcel, esa primera vez, conociste a Alexis. Lo vi la semana pasada. Sigue teniendo la misma verruga junto a la nariz, en el lado izquierdo. (Bastarían unas aplicaciones diarias de ácido salicílico —C7H603— para quitársela, con cuidado de que no toque la piel de alrededor). Todavía tartamudea cuando se entusiasma. Jugamos una o dos manos.

Los amigos que se hacen en la cárcel son distintos del resto, ¿a que sí? Bromean más. Se sacan un chiste del bolsillo, le dan un bocado y luego lo ofrecen a los presentes. Y llegan de una forma distinta. Aunque hayan viajado cientos de kilómetros, llegan sin avisar y no dan explicaciones. Y saben con certeza que serán bien recibidos.

Y también tienen una manera propia de decidir cuándo van a decirte algo serio. Siempre cuando menos te lo esperas: al montarte en el asiento trasero de un coche, el delantero inclinado hacia delante; o cuando estás recogiendo la mesa después de una comida. Y son muy escrupulosos con respecto a las señales. Por pequeño que sea el mensaje, ellos siempre te devuelven un rápido recibí con los ojos. Nunca tienen la mirada en blanco.

Te estoy mirando a los ojos, y no soy tu amiga, soy tu mujer. Y quiero decirte algo.

Lo efímero no es lo opuesto a lo eterno. Lo opuesto a lo eterno es lo olvidado. Hay quienes viven pensando que lo olvidado y lo eterno son la misma cosa. Se equivocan.

Otros dicen que lo eterno nos necesita; y esos están en lo cierto. Lo eterno te necesita a ti, en tu celda, y a mí aquí, escribiéndote y enviándote pistachos y chocolate.

Dime cómo tienes el pie. Necesito saberlo.

Tu A’ida
Por buenas que sean, las leyes son invariablemente torpes. Por eso se debe poner en tela de juicio o impugnar su aplicación. Y hacerlo, la práctica constante de hacerlo, corrige su torpeza y contribuye a la justicia.



Hay leyes malas que legalizan la injusticia. Esas leyes no son torpes, pues cuando se aplican imponen exactamente aquello que se pretendía hacer respetar al establecerlas. Y estas hay que ignorarlas o desacatarlas; hay que oponerles resistencia. Pero, claro está, compañeros[*], nuestra resistencia es torpe.
Mi soplete:

Solo con mirarlo sabes que el pan todavía quema. Esta tarde, a las seis, unos veinte hombres esperaban a la puerta de la panadería, un poco más abajo de la farmacia. Siempre me dejan colarme si voy con la bata blanca. A veces esperan hasta un cuarto de hora, mientras el panadero lo va sacando del horno. Me parece ahora que tú nunca tuviste tiempo para hacer esto. El panadero no se fija en ellos, solo está atento al pan y a las brasas al fondo de la ardiente bóveda blanca. Y los hombres esperan, atentos, como si estuvieran presenciando un concurso. También quiero decirte algo más.

Qué grande es la diferencia entre la esperanza y la expectación. Al principio creía que tenía que ver con el tiempo, que la esperanza era aguardar algo más lejano. Me equivocaba. La expectación pertenece al cuerpo, mientras que la esperanza es del alma. Esa es la diferencia. Las dos conversan, se animan o se consuelan, pero sueñan cosas distintas. Y he aprendido algo más. La expectación del cuerpo puede durar tanto como cualquier esperanza. Como la del mío, pensando en el tuyo. Expectante.

En cuanto te condenaron a dos cadenas perpetuas, dejé de creer en su tiempo.

A.

Posdata. ¿Recibiste los rábanos que te envié con un mensajero?


El maestro (a quien uno de los guardias le rompió el otro día las gafas) nos citó esto: «Entre las cosas más bonitas que ya no vemos están la luz del sol, las estrellas rutilantes en una noche oscura, la luna llena y las frutas del verano: las peras, las manzanas, los pepinos maduros». Escrito ayer mismo, como si dijéramos, añadió el maestro, hace tan solo dos mil quinientos años.
Estoy sentada en la cornisa de la azotea, donde nos solíamos sentar juntos las noches de mucho calor. Creo que podrías caminar con los ojos cerrados por estas azoteas. Tan bien las conoces. Dices en tu última carta que desde hace una semana se te hacen muy largas las tardes porque te obligan a volver a la celda tres horas antes del encierro de la noche, como castigo por una arenga que soltaste.

Estoy segura de que cuando te informaron del castigo que te habían impuesto no pudieron leer nada en tu cara. Me encanta tu reserva. Es igual que tu franqueza. Acaban de pasar dos F16 en vuelo rasante. Como no pueden romper nuestros secretos, intentan rompernos el tímpano. Me encanta tu reserva. Te voy a contar lo que veo.

Alféizares abarrotados de cosas, ropa tendida, antenas parabólicas, unas sillas apoyadas contra una chimenea, dos jaulas, una docena de terracitas improvisadas con innumerables macetas y sus platillos de comida para los gatos. Si me pongo de pie me llega el aroma de la hierbabuena y la molokhiyya. Cables, del tendido eléctrico y del teléfono, que se curvan en todas las direcciones y con cada mes que pasa están más combados. Eduardo sigue subiéndose los tres pisos con la bicicleta para dejarla candada en uno de los cables, junto a su chimenea. Han llegado vecinos nuevos, gente que no conoces. Te envío un par para que te hagan compañía. Cuando se vayan ellos, llegaré yo.

Ved se acuesta temprano porque se levanta a las dos de la madrugada para ir a trabajar. Lo ha elegido él así: trabaja solo. Se dedica a fundir los metales de desecho que recoge por la calle. Tiene cincuenta y nueve años. Lo sé porque se lo pregunté un día. Parece más joven. Es de Sada. Su padre era pescador.

Por eso tengo los ojos verdes, dice. Llegó hace tres años.

Nunca ha contado nada de por qué se vino a vivir aquí ni de su vida anterior. Es una larga historia, dice.

Pero podría contar una parte.

No tendría sentido.

¿Tiene hijos?

Cinco.


¿Dónde están?

Tres chicos y dos chicas.

¿Hace mucho tiempo que no los ve?

Viven lejos. Hace años que no los veo.

¿Le escriben?

No sé leer.

Alguien podría…

No, no escribirían a otra persona.

Pero entonces le escribirán a usted.

No, porque saben que no sé leer.

¿Y no le gustaría tener noticias suyas?

Todos los domingos me telefonea uno de ellos; lo hacen por turno, así que hablo con cada uno de ellos cada cinco semanas. Me compraron un teléfono móvil.

¿Y dónde dice que están?

Lejos y aquí cerca… Se lleva una mano al corazón. Cada uno está en un sitio diferente, pero todos están reunidos aquí. Mueve los dedos de la mano que tiene sobre el pecho.

No le pregunté por su esposa porque vi que llevaba dos alianzas; es viudo.

Es extraño qué cosas nos inspiran confianza. Apenas lo conozco —y Ved no es una persona dada a las confidencias—, pero me fiaría completamente de él. Es una cualidad física, algo que tiene que ver con la manera en que su cuerpo escucha lo que dice, como si Ved encontrara algo dentro de él y lo sacara convertido en palabras.

Una noche que volvía tarde a casa —venía de jugar a las cartas; habíamos hecho cuatro canastas negras—, me encontré con Ved saliendo de la suya para ir a trabajar. Me paro a saludarlo. Y en ese momento veo un zorrillo en la esquina de la calle, esperando. Señalo en silencio hacia allí, y sonrío. Ved se da cuenta y se vuelve despacio. Entonces se cruza de brazos. Me está esperando, dice, muchas veces vamos juntos hasta la muralla, y allí cada uno sigue su camino: yo, a mi taller, y él, al vertedero. Por la noche hay otra vida. Me he fijado en que muchas noches se queda trabajando hasta tarde porque he visto que había luz en su farmacia; no hablamos de ello, pero nos fijamos. Hay otra vida, muy distinta. Muy distinta, y los que trabajan por la noche llegan a apreciarla y también a las otras personas que trabajan de noche. El tiempo es mucho más amable por la noche; por la noche no hay nada a lo que tengas que aguardar, nada se queda anticuado.

Se vuelve a mirar la esquina, sonríe y me hace una pequeña inclinación de cabeza.

Que descanse, Signora A’ida, que descanse, que se pasa usted el día viendo enfermos.

Sabrás que es Ved, mi guapo, porque es muy alto; mide dos metros. Y cojea un poco. Puedes hablar con él de las noches.

Y ahora paso a tu segunda visita. Está en la ventana, desgranando frijoles. A unos seis metros. Muchas veces charlamos. Esta tarde se ha dado cuenta de que estoy escribiendo. Cuando me ven escribir, el bloc de papel sobre las rodillas, todos saben que te estoy escribiendo a ti. Hace unas horas, Ama estaba rezando. No reza todos los días. Reza fervientemente cuando se ha ido de la lengua y ha delatado a alguien; espera que sus oraciones le aseguren que podrá seguir hablándose con todo el mundo. ¿Ingenua? En realidad no. Ama vive el momento y obliga a quien esté con ella a hacer lo mismo. Como si compartiera el último mendrugo. Vende cigarrillos en la estación de autobuses, cigarrillos que primero ha robado. Su cuarto es apenas más grande que tu celda. No tiene agua arriba y ha de bajar a buscarla al patio. Sube las escaleras con una jarra en la cabeza, igual que cuando le pagaron por posar así para una postal.

Sonríe a todo el mundo, pero solo sonríe su boca, nunca los ojos. Y mantiene a los hombres a raya con un solo movimiento de sus omóplatos.

Cuando charlamos de ventana a ventana o cuando subimos a la azotea a ver la puesta de sol, deja de sonreír, en los labios se le pone una mueca de tristeza y me agarra de la mano.

Ama te contará la historia de su muerte. La encontraron a punto de ahogarse en el mar. Tenía la sensación de que me estaban sorbiendo, de que me bebían a traguitos. Me deslizaba por el gaznate de quien me bebía y era agradable, gratificante, muy agradable, porque sabía que sabía dulce.

Ama tiene diecinueve años.

Cuando tengo una carta tuya entre las manos, lo primero que siento es tu calor. La misma calidez de tu voz cuando cantas. Me dan ganas de apretarme contra ella, pero no lo hago, porque, si espero, ese calor me envolverá. Después, cuando vuelvo a leerla, envuelta en tu calor, las palabras que has escrito pertenecen ya a un pasado remoto, y así las miramos juntos desde lejos. Y estamos en el futuro. No aquel del que apenas sabemos nada. Estamos en un futuro que ya ha comenzado. Estamos en un futuro que tiene nuestros nombres. Dame la mano. Beso las cicatrices que entrecruzan tu muñeca.

Tu A’ida
No pueden predecir lo que nos proponemos hacer a continuación. Por eso se ponen nerviosos. No pueden atravesar la zona de silencio en la que nos han encerrado. Una zona que por su lado limita con el jaleo distante de sus falsas acusaciones, y por el nuestro, con nuestras silenciosas intenciones finales.
Ya Nour:

Fue barbero, y sabe escuchar. Gassan vive en el barrio del Culo del Viento. Tiene una casita que se construyó él mismo de joven, hace treinta años. Le llevó cinco años terminarla, trabajando los fines de semana y las largas tardes de verano. Alrededor hay otras casas en ruinas. Es una zona muy fría en invierno, pero eso hace siglos que es así. El año pasado Gassan perdió a su mujer. Y lo único que le queda ahora es su pasión por las flores.

La semana pasada vino a la farmacia. Tiene esa forma de andar cautelosa que desarrollan a veces los hombres mayores, pero casi nunca las mujeres. Como si estuvieran transportando una palangana llena de agua y no quisieran derramar ni una gota. Ahora que lo pienso podría estar relacionado con algún problema de próstata. Venía con una receta de Magnurol, que es un específico de la terazosina. Después de explicarle cómo tenía que tomarlo, me invitó a ir un día a su casa a ver las flores. Y esta mañana estaba por la zona y me pasé. Me enseñó sus lirios. De color cobre, con manchas negras en el interior de los pétalos, como si estuvieran escritos. Siempre la misma frase. Bajé la vista, en un gesto de admiración, y me ofreció uno. Luego recitó algo así: Mi esposa, que no tardará en irse, está dentro hablando con los dioses, y la Separación, como un mono malo, ya ha empezado a columpiarse en la ventana…

No respondí, pues él mismo estaba respondiendo a algo que había observado. Estaba comparando su sentimiento de pérdida con el mío. Y yo, yo estaba comparando su casa habitada con las casas en ruinas de alrededor. Todas eran más o menos del mismo tamaño: dos habitaciones, un suelo, trece esquinas, mil y un secretos. Ahora las ruinas parecen más pequeñas. Se oía una radio dentro de la casa: la voz de una cantante. Cesaria Evora. Las ruinas, por el contrario, estaban en completo silencio. Era como si la voz de Evora las sorteara meticulosamente.

Me invitó a un café y entramos. Entonces apagó la radio. Hay momentos, dijo, entre sorbo y sorbo de café, en los que no está muerta. Esos momentos se multiplican conforme avanza el día. Pero todos los días comienzan con su ausencia.

Para mí no es así; el día no comienza con tu ausencia. Comienza con la decisión que tomamos juntos de hacer lo que estamos haciendo.

Recuerdo la primera vez que te observé examinando una máquina que no funcionaba y tratando de ver la manera de arreglarla. Era la impresora de un ordenador. ¿Recuerdas lo que teníamos que imprimir? Fue hace mucho tiempo.

Llevabas una camisa blanca de mangas anchas, que te habías remangado hasta las axilas. Estábamos en un sótano, detrás del mercado de Abades. El vello de tus brazos era muy rizado, cada pelo semejante a un ocho. Habías levantado la cubierta de la impresora y estudiabas las conexiones.

En la calle mayor de Abades dos jeeps hacían una redada. Pasabas metódicamente, centímetro a centímetro, de una conexión a otra. En la mano izquierda tenías un destornillador eléctrico, pequeño como un pajarito, un chochín, por ejemplo, pero con varios picos. De vez en cuando dabas un golpecito. Me di cuenta —porque era visible en tus hombros— de que no estabas solo siguiendo los cables, sino que estabas reconstruyendo el proceso mediante el cual unos hombres habían concebido primero y construido después aquella máquina.

Se oyeron disparos en la calle mayor.

A ver así, susurraste. Y de pronto comprendí que en las máquinas que fabrican los hombres hay unos circuitos de ingenio que se pueden compartir, que unas mentes comparten con otras. Igual que se comparte la poesía. Lo vi en el dorso de tus manos.

Ninguna palabra me ha tranquilizado tanto como lo hicieron tus manos en ese momento. Oímos las órdenes que voceaban por el megáfono abajo en la calle. Alzaste la vista y me miraste, asentiste y entonces me hiciste un guiño con uno de tus ojos doloridos.

A.
Panegoosho, la poeta inuit, pasó a verme y se puso a hablar de la gente que conoció de niña. «Ni siquiera trataban de ser hermosos, solo verdaderos, pero la belleza estaba ahí: era la costumbre».
Ya Nour:

Fue el miércoles pasado, al otro lado del mundo. Llegaron al final del día, en ese momento en el que, terminada la jornada, la gente se dice: ahora podré descansar, se acabaron las prisas, los agobios.

Llegaron a registrar, a interrogar, a atemorizar. Demasiados para que pudiéramos contarlos. Todos armados con fusiles y granadas. Me sentí muy vieja, todavía recordaba aquellos tiempos en que los soldados eran guerreros, cuando las madres, por preocupadas que estuvieran, se sentían orgullosas de sus hijos soldados.

¡Todos ahí! ¡Moveos, cerdos asquerosos! ¡Más rápido! ¿A qué estáis esperando?

Obedeciendo las órdenes, observando, me sentí muy cerca de ti. Nos dividieron en grupos: hombres y mujeres, viejos (menos peligrosos) y peligrosos. Yo todavía estaba entre los peligrosos, me complace decirte. Cada grupo fue conducido a un rincón. Algunos de los viejos preguntaron si podían sentarse. Cuando se les diga, ni un momento antes.

De un extremo al otro del mundo, soldados con uniforme, armados hasta los dientes, soldados que obedecen órdenes, operan contra civiles desarmados, apresados, aislados temporalmente y rodeados. Esta es la nueva profesión militar. Siempre ha sucedido, lo sé. Pero antes no era algo sistemático.

Han convertido a los soldados en hijos de puta. Y esta vieja que soy, tu vieja, recuerda a Esquilo.

Cada cual sabe bien a quienes despidiera; mas en vez de guerreros, lo que al hogar regresa son urnas y cenizas…

Todos vierten sus lágrimas mientras hacen el elogio de sus propios guerreros. De uno dícese que era «sabedor de batallas», de otro que «cayó dignamente en la refriega»…

Las antiguas órdenes militares de Avance y Retirada o de Cubrir la retaguardia se han hecho obsoletas porque no hay frente ni ejército contrario.

Nadie dirá que uno de estos cabrones murió dignamente.

Si muere uno de ellos, sus allegados llorarán su muerte, pero callarán las circunstancias de la misma.

La única palabra que contaba el miércoles era la que salía de la boca de un fusil, dirigida a alguien de rodillas.

Mejor escoger nuestra hora que aceptar esto.

Nos conocemos. Nos conocemos desde la época de Cocodrilópolis.

[Carta no enviada]


Mi guapo:

El miércoles pasado llegó la gran Manda, la profesora de música. Apareció sin avisar. De pronto la vi entrar en la farmacia, radiante, agitando los brazos en el último momento, como una codorniz alzando el vuelo.

Cuando nos conocimos y nos hicimos amigas, me rescató de la desesperación de mi primera estancia en la cárcel; yo todavía no había cumplido dieciocho. Ya te lo he contado otras veces. Pero como acabo de verla, me apetece volver a contártelo. Al amor, cualquier tipo de amor, le encantan las repeticiones, porque desafían al tiempo. Como lo hacemos tú y yo.

En Lamasgao teníamos seis horas de trabajo obligatorio; cosíamos uniformes. Y en mi primera mañana en el taller, Manda se sentó en el asiento vacío que había a mi lado. La vi acercarse como un autobús que acabara de cruzar la sierra lleno hasta los topes; los pasajeros, que tras el largo viaje se conocían bien, bromeaban dentro de ella.

¡Parece que quisieras que todo fuera a peor! Esto fue lo primero que me dijo. Y yo asentí. Irá a peor si te lo propones, dijo, venga, un empujoncito más, sé que es difícil, pero tú puedes hacerlo, un empujoncito y estarás completamente hundida. ¡Ahí está! ¡Lo has conseguido!

Cuando Manda sonríe, parece que la lluvia corre a raudales por los profundos surcos de su cara, y en ese momento sonrió, la mano alta en el aire sosteniendo la gran aguja de costura, y la sonrisa le empapó la cara.

¿Cuándo es tu cumpleaños?, me preguntó a la mañana siguiente mientras cosía una charretera. Y se lo dije, porque quería subirme a su autobús. Había un sitio para mí.

No ha cambiado mucho. Su mata de pelo negro está teñida de negro y sigue moviéndola de la misma manera. Sus ojos oscuros todavía cambian drásticamente de tamaño dependiendo de lo que le estén contando. Lo único nuevo es que ha aprendido a tocar el laúd.

No estoy segura de los detalles. Nos quiere hacer creer que tocar el laúd le da acceso a un lugar en el que quiere estar. Una institución. Un comité. Un edificio, tal vez. Así que tomó lecciones.

El laúd no se parece a ningún otro instrumento, dice. En cuanto lo abrazas, el laúd se convierte en un hombre. ¡Un hombre es lo que tocas! Enseguida lo sientes. Tañes las cuerdas —siete, trece o veintiuna, al gusto de cada cual—, y tañes las cuerdas de su pecho, de su cuello, de sus hombros. La música del laúd es masculina, masculina. Recuerdas a todos los hombres que has tocado.

Con sus gruesos brazos imita los gestos de tocar el trombón, de llamar con la trompeta, de esconder la armónica en la boca, de sonsacarle los sonidos al violonchelo. Hay un tipo de tortuga sin caparazón, continúa, a la que llaman laúd, porque es muy hermosa y tiene la misma forma que el instrumento musical. Pero ¿quién quiere tocar una tortuga cuando puede tocar a un hombre?

Con un laúd en las rodillas, tocas la primera melodía del mundo… de pronto se calla, y seguimos riendo y riendo hasta que para la risa.

Entonces se vuelve hacia mí con unos ojitos minúsculos y me susurra:

Dentro de seis meses, tú y Xavier estaréis juntos. No me preguntes dónde, no me preguntes cómo, lo único que sé es que estaréis juntos.

Se quedó tres noches —yo dormí en el diván—, y esta mañana salió hacia Mirar. Anoche invité a cenar a algunos amigos, y Manda contó historias y se puso a hablar sobre los nombres, los nombres de las personas.

Al principio, dijo, solo había dos nombres, nada más que dos, un nombre para las mujeres y un nombre para los hombres. Pero no tardaron en surgir otros que eran variantes, versiones, de los dos primeros. Con el paso del tiempo, los nombres que se daban a la gente de un lado al otro del mundo se hicieron más ingeniosos y más diversos, hasta que la mayoría dejaron de reconocerse. Sin embargo, a diferencia de otras palabras, por más extraños que nos suenen cuando los oímos pronunciar, los nombres propios poseen un sonido común. No es el sonido de las sílabas, no es el sonido de A’ida. Ni el de Karim. Ni el de Shasno. Ni el de Ybarra. El sonido es algo que envuelve al nombre.

Manda cerró los ojos y siguió hablando. El sonido procede de su velocidad, creo. Velocidad, ¿parece un nombre, no? Todos los nombres del mundo se precipitan a la velocidad de la luz para converger en su punto de origen, o, por el contrario, avanzan a la velocidad de la luz para desintegrarse en partículas más pequeñas que los fotones electromagnéticos… No estoy segura de cuál de las dos, pero no importa. Lo único que importa es que los nombres son diferentes del resto de las palabras. Por eso estoy aprendiendo a tocar el laúd.

¡Ay! ¡La profesora de música!

De mi nombre a tu nombre.

De A’ida para Xavier


«Después de casi doscientos años, podemos decir que Estados Unidos estaba destinado a poblar el mundo entero de pobreza en nombre de la libertad. Estados Unidos es la mayor amenaza que existe en el mundo».

CHÁVEZ, Moscú, 27/07/2006


Mi soplete:

Por la ventana, a lo lejos, más allá de la casa de Dimitri, veo un perro. Va caminando despacio y husmeando la tierra. Igual que yo, busca algo y no sabe qué. Digamos que está buscando una sorpresa, atentamente, poniendo los cinco sentidos. Y yo busco palabras para contarte cómo estoy contigo.

Una de las cosas extrañas y divertidas que una mujer puede ofrecer a un hombre es un tejado curvo. No te rías. Las pagodas son femeninas.

En cuanto una habitación es habitada por una mujer, su techo se curva. ¿No te has dado cuenta? Si la mujer es desdichada en esa habitación, el techo cae como una manga rota. Si está contenta, el techo se ondula y se ondula como las colinas de Galilea. Para conseguir el efecto no basta con que la mujer visite el cuarto; tiene que vivir en él. Es un fenómeno semejante a los fenómenos climáticos: tiene que durar meses.

Cuando dura meses, parece como si lo cruzaran y lo hincharan anticiclones y borrascas; como si la geometría se hubiera ido a jugar una partida de backgammon y nunca hubiera vuelto. Deja de haber ángulos rectos. Solo laderas.

Un hombre se tumba en el suelo de esa habitación, y el techo deja de estar sobre él para venir a su lado y acomodarse a su cuerpo. Túmbate en el catre. Te envío un techo curvo.

Voy en coche a Mirar, donde solíamos ir a comer el día de tu cumpleaños. Hice el mismo camino.

El sol está bajo. El sol es miope. No distingue los cambios. Los pliegues del terreno que caen desde la montaña son los mismos. El sol los conoce. La tierra está muy seca; hace dos meses que no llueve. En cuanto se allana el terreno, empiezan a verse viviendas y ranchitos. Y ahí, de una hora a otra, se producen pequeños cambios que el sol no percibe.

Las chozas[*] están casi pegadas unas a otras y, abiertas las puertas, hablan de los afanes del día, de las últimas muertes, de quién se ha quedado embarazada o de dónde ir a buscar agua esta tarde. Mil hogares. Cada cual con sus secretos repentinos.

Te han encerrado donde estás para separarte de estos secretos. Así que te los envío mientras se pone el sol. Ellos no saben leerlos, tú y yo sí sabemos.

Tu A’ida

Posdata. Mira al techo.


Al enemigo no se le puede atacar directamente. De frente, el enemigo es impenetrable. De frente, al enemigo hay que declararlo vencedor. Para no dejar de serlo, el enemigo necesita nuevos enemigos frontales. No existen, así que se los inventa. A eso aguardamos nosotros para llevar a cabo innumerables ataques indirectos. Esta es la estrategia de la resistencia.
La otra noche atravesé la barriada del Culo del Viento hacia las dos de la madrugada. Iba a poner una inyección (2,5 g de ácido tranexámico) a una mujer que había tenido un aborto y perdía demasiada sangre (la carretera que va de Furik al hospital estaba cortada). La mujer, Miriam, estaba ya de cuatro meses, y el feto era un niño. La pobre estaba desolada, como una ciudad después de un bombardeo.

En el camino de vuelta me encontré a Ved, que estaba recogiendo chatarra con su carrito. Me empezó a hablar de las diferentes técnicas para extraer la miel de los panales. Ya se ha acabado la floración y es ahora la época de recoger las colmenas; por eso debió de sacar el tema. No hay un método perfecto, dijo, pero la perfección es siempre antipática. Lo que se hace querer es lo imperfecto.

Entonces alzó la vista y observó el cielo nocturno, y yo estudié su cara en el silencio que siguió a sus palabras. Tiene la edad que tendría mi padre si viviera. ¡Lo imperfecto!, repitió.

Cuando arranqué y seguí camino, pensé en las cicatrices que tienes justo encima de la muñeca derecha. Quemaduras. Imperfecciones. Fue el primer rasgo distintivo en el que me fijé. Qué expresión más rara, ¿no? Rasgo distintivo. Acuñada para los archivos policiales y los procedimientos de cacheo.

Los ojos solo tienen cuatro o cinco adjetivos oficiales: marrones, azules, negros y verdes. El color de tus ojos es Xavier.

En tu última carta me contabas que Jaime ha organizado un curso de matemáticas al que asistís trece internos. Espera un momento, porque quiero encontrar una cita que creo que escribí en un cuaderno de la época en que estudiaba farmacia en Tarsa.

Me ha llevado dos horas encontrarla, pero aquí está; tiene más de dos mil años.

Hay propiedades comunes a todas las cosas, y el conocimiento de ello abre la mente a las grandes maravillas de la naturaleza. La principal consta de las dos infinitudes que se pueden encontrar en todas las cosas, la grandeza infinita y la pequeñez infinita… Cuando se sabe esto, se comprende que habiendo la naturaleza grabado su imagen y la de su autor en todas las cosas, casi todas ellas tengan algo de su doble infinitud.

Veo las cicatrices de tu muñeca. Pienso en los años que pasan. De todas mis imperfecciones y fallos, ¿cuál te gusta en particular? Dímelo, dímelo despacio, dímelo en voz baja, para poder disfrutarlo juntos mientras dura esta larga noche.

Tu A’ida
Cassandra Wilson en la radio:



«Yo lo único que quiero es verte

cuando se pone el sol.

Es lo único que quiero

verte cuando se pone el sol

Nada más quiero».
Mi guapo:

Fui a ver a tu madre. Teniendo en cuenta las circunstancias, no está mal. Cuando entras en su casa, todavía tienes la sensación de que la besas directamente en la boca.

La cocina estaba impoluta; las contraventanas del dormitorio entornadas para mantenerlo fresco. Me pidió que le leyera una carta que le había escrito tu hermano desde Covas. De joven, dijo, no me importaba tanto ser analfabeta, porque la gente hablaba de las cosas importantes, pero hoy son muchas las cosas que suceden en silencio, y tienes que saber leer para enterarte de lo que se está decidiendo.

Le leí la carta en voz alta. Parece que a tu hermano no le va mal en Covas; está haciendo dinero y amigos. Pero probablemente diría lo mismo aunque no fuera así. Pasada una edad, muchos hombres tratan a sus madres como si fueran niñas pequeñas; y en eso se equivocan. Las madres, analfabetas o letradas, pueden con todo.

Tomamos té verde y hablamos de ti.

¿Ha adelgazado mucho?

No lo he visto, madre.

Está bien, seguro. Lo sabría si no, dice.

Se va al dormitorio. Oigo su respiración fatigosa. Vuelve a la cocina con algo envuelto en papel de seda color ciclamen. Me lo da para que lo desenvuelva, y así lo hago, lentamente. Es un anillo de lapislázuli. El lapislázuli pertenece al grupo de los silicatos. Si quieres, guapo mío, te digo su fórmula (Na, Ca)8(AlSiO4)6(SO4, S, Cl)2.

¿Brillan más las piedras preciosas de las mujeres mayores que las joyas de otras mujeres? Puede que sí. Las joyas que llevaron de jóvenes retienen el brillo que ellas mismas tuvieron. Como los destellos de ciertas flores inmediatamente después de ponerse el sol.

En la cocina de tu madre, su lapislázuli azul oscuro brilla en la palma de mi mano.

Guárdemelo usted, le digo.

A Xavier le gustaría que te lo diera hoy, me anuncia.

Han postergado nuestro derecho a casarnos, le recuerdo.

Tomando la sortija, la introduce en el anular de mi mano izquierda. Yo hago un gesto con la mano, como si acariciara la cabeza de un perro.

Y tu madre contiene la respiración, recordando en la calma inmensa de su cuerpo que hace cincuenta años hizo el mismo gesto con el mismo anillo en la mano.

A.
¿Decir la verdad? Se tortura a las palabras hasta que ceden y se rinden a sus polos opuestos; cuando vuelven a sus celdas, Democracia, Libertad y Progreso son incoherentes. Y hay otras palabras, Imperialismo, Capitalismo y Esclavitud, que tienen negada la entrada, que son rechazadas en todos los puestos fronterizos, y cuya documentación, confiscada, es entregada a ciertos impostores, como Globalización, Mercado Libre y Orden Natural.

Solución: el lenguaje nocturno de los pobres. Con este se pueden contar y defender algunas verdades.
Mi león abatido:

Los dos sabemos que a los presos incomunicados no les está permitido enviar ni recibir correo, pero eso no me impide escribirte.

Algún día leerás esta carta, y cuando te vuelvan a meter en el agujero, quiero que recuerdes lo que digo, y así podrás volver a contarte la historia en los dos metros cuadrados donde nos encierran para intentar reducirnos a mierda.

Tenía veinticuatro años, y los dos estábamos en Faz. Era primavera. Hacía nueve meses que nos habíamos conocido.

Me desperté temprano, y tú me susurraste al oído —recuerdo que aquella noche dormimos en un cuarto a nivel de la calle y que al otro lado de la ventana había un arbusto de pasionaria—, me susurraste: Vamos a dar un paseo. Y añadiste: ¡Ponte unos vaqueros! Iba a protestar, pero no lo hice porque presentí que tenías un plan. Tu sonrisa me lo decía.

Hicimos café y lo tomamos despacio. Luego caminamos hacia el norte de la ciudad por una calle muy concurrida; los de los pueblos cercanos venían aquí al mercado en sus carros y furgonetas. En las afueras había una escuela, y debía de ser la hora del recreo, porque cientos de niños se arremolinaban en el patio. De pronto, vimos caer hacia nosotros un balón, chutado al aire a lo loco desde el otro lado de la calle, y tú corriste a alcanzarlo. Nos sonreímos. Oímos los silbidos de un grupo de chicos, y uno de ellos agitó la mano. Botaste el balón en la calzada varias veces y, de un chupinazo que lo lanzó muy por encima del tráfico, se lo devolviste. Los chicos vitorearon y volvieron a agitar los brazos. Pero no continuaron con su partido, sino que te lanzaron el balón de nuevo, con mejor puntería esta vez. Lo paraste con maestría, como antes, y, riendo, me lo tiraste. Más animación entre los chicos. Gritos de ¡Golero! ¡Golero!

Crucé la calle corriendo, el balón en las manos, y cuando llegué al borde del campo, donde pastaban dos cabras atadas, esperé, de cara a los chicos, a ver qué pasaba. Más vítores. Dos de los chicos empujaron a otro, que vino corriendo hasta mí, se echó de rodillas al suelo con mucho teatro —grandes risas de sus compañeros— y levantó los brazos para que le diera el balón. El balón era azul y blanco y estaba bastante viejo.

Cuando volví, me agarraste las manos y aplaudiste con ellas.

Caminamos como un kilómetro más y llegamos a un aeródromo. Dos hangares. Tres avionetas de hélice en la hierba. Y una pista de asfalto del tamaño de dos campos de fútbol. Entonces me percaté: ¡íbamos a volar!

Te doy mi versión. La tuya no será igual. Tú eras el piloto. Para mí todo sucedía por primera vez, como en una luna de miel.

Entramos en una pequeña oficina y hablaste con un amigo. Tomamos un té. Unos años antes los dos habíais volado juntos. A veces lo echo de menos, le dijiste.

Entonces te volviste hacia mí y me dijiste: Sácate todo lo que lleves en los bolsillos; no queremos que se caiga nada. Te di mi peine, las llaves y el dado con el que solíamos jugar cuando teníamos que hacer una cola interminable en algún sitio.

La próxima vez que te lo confisquen todo antes de encerrarte en el agujero, cuéntate la historia de nuestro vuelo en el CAP 10B. Escucha mi voz contándotelo, guapo mío. Y entonces nuestras dos versiones serán una.

Me ataste un paracaídas a la espalda. Colocar las correas del paracaídas a la altura adecuada de la espalda de tu amada, girarlas, cruzarlas y cerrar los pasadores no es, por extraño que parezca, tan distinto de desabrochar los botones o bajar la cremallera de lo que lleve puesto tu amada y quitárselo. Requiere un tipo de atención similar antes de pasar a los hechos.

No deben apretar alrededor del corazón, dijiste, porque el corazón necesita holgura, pero han de quedar bien sujetas entre las piernas. Comprendí lo de los pantalones.

No hay nada más fácil que abrirlo, pero espera a estar fuera del monoplano.

La palabra monoplano me hizo sonreír porque sonaba a instructor de vuelo y de pronto te imaginé, como no lo había hecho antes, de joven alumno.

Tira con la mano derecha de la anilla que tienes delante del hombro izquierdo, tira en diagonal a tu cuerpo, y el paracaídas se abrirá; no lo vamos a necesitar, pero es una tontería llevar uno a la espalda y no saber cómo se activa.

La palabra activa era semejante a la palabra monoplano. Te vi tomando apuntes, muy aplicado. No te preocupes, bromeé, te esperaré.

Te pusiste tu paracaídas, y caminamos juntos por el césped hasta el hangar. Dentro había un CAP 10B. Vamos a empujarlo, dijiste, y empujamos. Esperaba que fuera una avioneta pequeña, pero no tenía ni idea de lo ligera que sería. Un Apache pesa varias toneladas. Me di cuenta de que un CAP solo pesa treinta y cinco veces más que los paracaídas que llevábamos a la espalda. Esta ligereza asombrosa y la visión fugaz de ti de joven alumno hicieron que de pronto me sintiera frívola. Era lo único que importaba.

Súbete al ala, ángel, no, al alerón o, a esta ala, con los dos pies, agárrate a la manija, sobre el parabrisas, agáchate y métete en la cabina, el culo bien atrás en el asiento, no te sientes en el borde. Estaré contigo dentro de un momento. Fuiste a comprobar el nivel de la gasolina. Luego desapareciste bajo el morro, y supuse que estabas comprobando las ruedas del tren de aterrizaje. Te acercaste al extremo de las alas y moviste los alerones arriba y abajo, de modo que las dos palancas de la cabina se inclinaron a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha.

Lo hacías todo muy despacio, y viéndote, pensé en un jinete que levanta las cuatro patas de su montura para examinarle los cascos antes de emprender un largo viaje. Pero me conoces, sabes que soy una nulidad, vengo de lo más profundo del bosque. Y de pronto me sorprendiste, porque diste unas palmaditas al fuselaje del CAP y lo rascaste, hundiendo las uñas en él, como si tuviera pelo.

Te encaramaste a mi lado y abrochaste nuestros arneses. Me explicaste que era una avioneta con doble mando, para instructores de vuelo. El alumno siempre se sienta a la izquierda, dijiste. Ahí estaba sentada yo. La cabina del CAP, amor mío, es más pequeña que el agujero donde te han metido.

Conectaste los auriculares, comprobaste la radio. Escuché tu voz. Ya no venía de ti, que estabas sentado a mi lado; la oía dentro de la cabeza. Di algo, me pediste, solo para comprobar, ¡di algo! No sabía que chutabas así de bien. Pura chiripa, dijiste dentro de mi cabeza.

Alzaste un brazo y bajaste el techo de cristal sobre nosotros. ¿Cuántos raptos a lomos de un caballo se han cantado a lo largo de la historia? Ninguno fue como este. Me explicaste para qué servían todos los indicadores. Revoluciones por minuto. Kilómetros por hora. Altímetro. Indicadores de giro y de nivel de inclinación. Brújula.

¿Pista libre? Era una pregunta ritual. Abajo, en la hierba, un hombre con auriculares alzó los pulgares en señal de pista libre. Comprobaste la barra del timón con los dos pies, balanceándolos igual que andan las ocas, y arrancaste el motor.

El ruido del motor llenó la cabina, y era parecido al ruido del mar, si no fuera por la vibración.

Me agarré a ti con todas mis fuerzas, no con los brazos, porque no era a tu cuerpo a lo que me aferraba, los dos estábamos erguidos en nuestros asientos, muy tranquilos, me agarré a tus intenciones, a lo que te proponías hacer. No podía saber lo que era porque no tenía ni idea de volar, pero la forma de tu deliberación me resultaba profundamente conocida y era inseparable de mi amor por ti.

Rodamos hasta el final de la pista. 1200 rpm 2000 rpm. Levantaste la mano izquierda de la palanca y me tocaste la rodilla, volviste a llevarla a la palanca, empujaste el acelerador con la derecha, se te subió la manga un poquito y te vi las cicatrices, y entonces la pista empezó a deslizarse hacia nosotros, por debajo de nosotros, muy despacio primero, hasta que cogió velocidad.

No me di cuenta de que despegábamos. Tú sí. En un momento dado, la pista se relajó y ya no la tocábamos. Estábamos a dos o cinco metros del suelo, no era capaz de calcular la altura. Solo registraba nuestra libertad, y los alerones, como me enseñaste a llamarlos, todavía no se habían plegado.

El aeródromo había quedado bastante atrás cuando subiste delicadamente la palanca un poco más, aceleraste a fondo, y el CAP se elevó, dejando todo muy abajo.

¿Verdad que no te da la sensación de que estás subiendo? Te da la sensación de que creces, es una sensación de crecimiento. Cuando se recuerda a alguien y ese alguien emerge del olvido, tal vez siente lo mismo que sentíamos nosotros en ese momento. Pasado un minuto nos nivelamos.

Ahora tomas tú el mando, me dijiste, apunta hacia esa nube que parece un gato, sí, esa, apunta hacia el lomo y mantén la misma altura. Estamos a 1500 pies.

Miré abajo, por mi izquierda. Las casas, las vías, las calles del pueblo, las dunas, los árboles se distinguían claramente. De haber sabido sus nombres, podría haber ido nombrándolos. Pensé en el napalm y en la altura desde la que decidían lanzarlo cada vez.

Un poco más a tu derecha, dijo tu voz dentro de mi cabeza, y yo moví la palanca y nos ladeamos más de la cuenta. Te has olvidado del pie derecho, dijiste dentro de mi cabeza, riéndote.

No quiero aprender, quiero que me lleven, como a un presidente.

Vale, dijiste, y subimos otros 500 pies. Fuera del alcance de toda posibilidad de persuasión, solos.

Vamos a dar una voltereta lenta, dijiste dentro de mi cabeza, no cambiaremos de dirección, mantendremos la misma altura, pero giraremos 360 grados, exactamente como un tornillo. ¿Preparada?

Asentí. De momento todo siguió igual. Estabas esperando. Me encanta tu forma de esperar, me encanta cómo escoges el momento. Muy arriba, por encima de nosotros, pasó un avión a reacción en dirección Este y dejó una estela blanca, casi transparente contra el azul, muy distinta del blanco de las nubes, que parecía tan inalterable.

Dime si me equivoco, pero me parece que después de este vuelo conmigo sobre Faz no volviste a tener la posibilidad de volver a pilotar. De los últimos años tengo certeza, pero ¿y antes? Fue tu último vuelo y mi primero.

Cuando llegó el momento, decidiste. Yo te observaba. Llevaste la palanca hacia delante y firmemente hacia la izquierda. Casi de inmediato, pero no al instante —el tiempo de pasarme la lengua por los labios—, nos empezamos a inclinar y a inclinar hasta que mi ala se puso vertical, como un mástil. Después de esto ya no distinguí nada. La tierra y el cielo se plegaban y desplegaban como la bandera colgada en el mástil, y el tiempo se desvaneció. ¿Verdad que cuando deja de existir la referencia del nivel del suelo, también deja de existir el tiempo?

Estábamos girando juntos, eso era lo único que sabía. Encapsulados y girando juntos.

No me di cuenta de cuánto duró nuestro tornillo: ¿segundos?, ¿un minuto?, ¿toda una vida?

El morro del CAP volvía a estar en paralelo con el horizonte, y tres dedos por debajo. Una anchura de tres dedos, me enseñaste, muestra que estamos volando más o menos nivelados. Te miré, sonreías. Puse una mano en tu rodilla. Y seguimos volando. No se oía más que el ruido del motor. Un motor pequeño con la potencia del de una moto de gran cilindrada.

¿Otra?, preguntó tu voz en mi cabeza. ¿Por qué no?, respondí.

Esta vez nos ladeamos hacia la izquierda, y mi ala descendió y descendió. Menos desprevenida que antes, sentí el interior de mi cuerpo, sentí cómo los órganos empujaban y giraban. Estos órganos no eran como aparecen en los libros de anatomía, cada cual con una forma definida y un nombre concreto —hígado, útero, glándula suprarrenal, vejiga—, sino que habían perdido sus contornos, se mezclaban, se tocaban uno a otro. ¡Y todos eran yo!

Lo que desapareció esta vez fue la sensación de escala. Los órganos de mi cuerpo en acción, sentados a tu lado, se hicieron del tamaño de los bosques, de las colinas, del delta que veía abajo, a mi izquierda.

Concentrado en lo que estabas haciendo, tú mirabas al frente. Muy derecho. En ese momento pilotabas también mi cuerpo, soplete mío. ¡Y esto solo nos ocurrió una vez! Una vez solo. Días después me dijiste que había soltado un grito. ¿Qué tipo de grito? Parecido al de un pájaro en vuelo, respondiste, como el de una bisbita.

Volvimos a estar nivelados. El motor regularizado. El morro, tres dedos por debajo del horizonte. Cuando cambió el viento, las hélices se pusieron en bandera, otra expresión que me enseñaste. El sol al lado derecho.

Fernando está con nosotros ahora, anunciaste. Fernando fue quien me enseñó a pilotar un ULM hace nueve años. Lo mataron el año pasado. Pero está con nosotros ahora. Lo que admiraba en él era su capacidad para convencer a la gente de que fuera sincera consigo misma, pues cuando es así lleva la ventaja de la sorpresa. Una ventaja táctica incomparable en cualquier insurrección. Son las mentiras que nos contamos a nosotros mismos las que nos hacen repetitivos. Fernando lo comprendió.

2500 rpm.

¿Rizamos el rizo?

Asentí.

Arriba de todo voy a parar el motor, no te asustes. Solo es para que podamos oír el silencio.



Así que hicimos el rizo, y luego otros dos más.

Extendiste la mano derecha para darle máximo gas. Y tiraste desafiante de la palanca. Nos empinamos por completo, y supe que íbamos a subir en vertical. Ya no se veía la tierra por ningún lado; estaba detrás de nosotros.

Un peso, que de tan aplastante se parecía a ciertos destinos, nos apretó contra los paracaídas, y tu tarea era mantenerlo ahí el mayor tiempo posible. Entonces cambió el ruido del motor, el ruido de olas rompiendo contra los guijarros se hizo más y más tenue.

Eché la cabeza atrás y miré, y allí encontré el horizonte, detrás de mis orejas.

Avanzaba sobre nuestras dos cabezas como el dobladillo de una capa que nos estuvieran echando por encima. Suavemente, sin movimientos bruscos, hasta que lo tuvimos delante de nuestros ojos, tres dedos por debajo del morro de CAP.

El tiempo ya se había detenido para mí, pero no para ti: calculabas y observabas y ya habías parado el motor. En el silencio que siguió, la tierra estaba encima de nosotros y el cielo debajo.

Nuestros cuerpos dejaron de pesar. El mío, ingrávido, ya no terminaba en la piel, sino que se extendía en el silencio hasta el otro extremo de todo lo que veía.

El silencio estaba cargado de distancia, como mi cuerpo, y, mientras que tú calculabas y seguías por el cielo la línea invisible del círculo que estábamos trazando, esta distancia se me hizo cercana, íntima.

Me acunó al tiempo que el CAP caía en picado, ganando velocidad, con el motor en marcha, y cayendo, cayendo hacia la tierra, que veíamos como una cortina delante de los cristales delanteros.

Años después, en la época en la que dormíamos cada noche en una habitación distinta para que no nos encontraran, me dijiste que en los rizos la tentación te asalta durante el último cuarto del círculo, cuando uno vuelve a elegir la vida y se nivela.

Y, sin embargo, soplete mío, esa elección ya estaba hecha, ya estaba profetizada en la distancia y la intimidad del silencio por el que nos pilotabas a los dos.

Tres veces rizamos el rizo y de cada una volvimos con un poco más de lo ilimitado.

Te digo esto en los dos metros cuadrados de tu agujero.

El jueves pasado, Andrea me preguntó si podía quedarme con Lily por la tarde. Ella tenía que ir a sellar unos documentos a la comisaría. Lily tiene cuatro años; solo la has visto en foto. Tiene una mata de rizos, y se ríe por todo. Nos llevamos muy bien, aunque las dos sabemos que ella prefiere a los hombres.

Atravesamos el mercado, porque en la cuesta que baja al río han puesto una feria para el fin de semana. Coches de choque, caballitos, una bolera, zancos, tiro al blanco, columpios. Inmediatamente vio lo que quería: montar en esos columpios que giran suspendidos a unas cadenas rotatorias. Cuanto más rápida va la maquinaria que hace girar las cadenas, más alto suben los columpios. Y no quería montarse sola, quería que me montara con ella.

Me senté en el asiento de madera y me abroché la correa que me mantendría sujeta al columpio, y luego hice lo mismo con la de Lily, que iba sentada en mi regazo. Comenzó la música, y empezamos a girar despacio. El resto de los columpios lo ocupaban niños; yo era la única adulta.

El que grite más, anunció el encargado al ocupar su lugar frente a los controles, en el centro del tiovivo, tiene la próxima vuelta gratis.

Al ganar velocidad, los columpios salían despedidos, colgados de las cadenas rotatorias, y teníamos que utilizar las piernas de eje para cambiar la dirección. La música se hizo más rápida, y nuestra velocidad aumentó con ella. Girando y girando y girando. Lily gritaba como un pájaro en vuelo.

Cuando la maquinaria se paró al fin y, poniendo un pie en el suelo, desabroché las correas de las dos, el encargado le dijo a Lily que había ganado otra vuelta. Lily cruzó los brazos en el pecho y dijo: ¡Esta vez yo sola!

Le até la correa y me aparté. Mientras los columpios se elevaban a lo más alto, conforme subía el volumen de la música y Lily gritaba, decidí, piloto mío, escribirte esta carta sobre aquel CAP 10B.

Tu A’ida
De soldador a soldador.

Un millón de trabajadores del gremio en el Tercer Mundo. Se dedican a desmantelar para chatarra los grandes aviones de transporte y los grandes buques de pasajeros del Primer Mundo. Una vez retirados del servicio y varados, después de haberles quitado toda la madera y todo el material aislante, abren el casco con sopletes de acetileno. Donde quedan restos de petróleo o de gasolina, la llama del soplete puede provocar explosiones. No llevan indumentaria de trabajo que les proteja, o si la llevan, es mínima. En la playa de Tossa se producen entre veinte y treinta accidentes diarios. Salario de uno de estos soldadores: un dólar al día.
Me desperté a las tres de la madrugada. Había una luz que parecía ceniza y volvía ceniciento todo lo que iluminaba. Me levanté, me vestí y, sin preguntarme por qué lo hacía, salí a la calle. Las farolas estaban apagadas. Me dirigí, por costumbre, hacia la farmacia. Vi un zorro y pensé en Ved. Las noches son más amables, decía. Pero esta no, me dije para mis adentros, esta lo convierte todo en basura.

Aligeré el paso; oía el sonido de mis pisadas y el del silencio que aguardaba para cubrirlas. Y pensé: las mujeres pueden compadecerse de los hombres, pueden consolarlos, pero el consuelo no dura mucho. Pensé en los hombres y en cómo les gusta felicitarse por sus victorias, aunque tengan que inventárselas. Esos aplausos recíprocos que se ofrecen no duran más, sin embargo, que nuestro breve consuelo.

Y entonces oí el traqueteo de un tren acercándose, y me asusté porque por aquí no pasa ningún ferrocarril. Un furgón tras otro. Cerré los ojos. No era un tren de pasajeros, sino uno de mercancías con muchos de nosotros colgados del techo de los vagones.

Con los ojos cerrados pensé: lo que permanece es el reconocimiento de las mujeres que ven como vencedores a los hombres que aman, pase lo que pase, y la consideración mutua de los hombres, una consideración que se deriva del hecho de que comparten la experiencia de la derrota. ¡Eso es lo que perdura!

El tren silbó, y el silbido me trajo a la memoria a mi abuelo, el de Tora. Se ganaba la vida limpiando trenes por la noche, y llamaba dormitorios a las vías muertas. ¡Ahí es donde duermen las máquinas!, me dijo cuando tenía yo cinco años.

Tu A’ida
Mi soplete:

En una esquina de la explanada, donde se amontonan los neumáticos usados, hay un rosal. Pegado al eucalipto. El rosal ha echado un brote que medirá unos cinco metros y ahora trepa por el tronco del árbol buscando la luz para florecer. ¡Cinco metros! ¡Ciento treinta espinas! Las conté. Para contarlas tuve que levantar el renuevo de vez en cuando, y me pinché en el brazo un par de veces. No sé por qué quería contarlas. Puede que porque quería hablarte de la determinación de la rosa. Ciento treinta espinas.

Tú y yo estamos entre dos generaciones. La primera la constituye la hermandad de quienes se hallaban muy próximos a nosotros y murieron o fueron asesinados. Muchos de ellos a una edad más temprana que la que tenemos ahora tú y yo. Nos esperan con los brazos abiertos.

La segunda es la hermandad de los jóvenes, para quienes somos un ejemplo. La vida que hemos elegido vivir los anima. Con los brazos abiertos, nos mandan que sigamos adelante…

Nos encontramos entre las dos. ¡Ojalá, guapo mío, estuviéramos el uno en los brazos del otro!

¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi página a página. Decidí comprármelo. Se parecía a la historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en el sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelan, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan. En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica. Te voy a copiar una.

Te estoy escribiendo.



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Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician.

Tu A’ida
FMI BM GATT OMC TLCAN ALCA: sus siglas amordazan el lenguaje, al igual que sus actos ahogan al mundo.
Ya Nour:

¿Cómo tienes el pie? No paro de preguntártelo. ¿Por qué no me lo dices?

Hay en China un árbol que se llama Ginkgo biloba. Comparado con otros árboles, es una especie primitiva. Los chinos lo llaman «el árbol de los cuarenta escudos». Me gustaría que los tuvieras todos. En medicina se emplea para estimular la circulación de la sangre, especialmente la de las piernas. Ginkgo biloba. Oigo tu voz profunda pronunciándolo.

Me contabas en tu última carta —llegó hace una semana— que le habían rapado la cabeza a una presa. Sé cómo debió de sentirse. Es como si te encadenaran de pies y manos, hasta que aprendes a soltarte. Te lleva como una semana. Pero el odio que sientes por las manos que lo hicieron dura para siempre.

Son las tres de la madrugada, y puede que tú tampoco duermas.

Se rompió una silla; tenía las patas desencajadas, el asiento flojo y algunos travesaños desencolados y sueltos.

Estaba sentado Eduardo, que nos soltaba una perorata sobre los métodos de alfabetización, y de pronto las patas cedieron, y Eduardo dio con sus huesos en el suelo. Entre risas, recogimos los trozos y los dejamos en un rincón.

Y esta mañana, como no trabajaba, decidí arreglarla. Ya había comprado un tarro de cola. La cola de carpintero es pegajosa y blanca como el líquido que sueltan los tallos de diente de león. Coloqué la silla patas arriba y me senté en otra. Tenía un martillo, un destornillador y un trapo que era una manga o un trozo de manga de un viejo abrigo guateado que había sido de Olga. Tenía claro lo que había que hacer. Desencajé todas las piezas que pude. Di por supuesto que las que no salían estaban firmes. Entonces puse cola en todos los agujeros, en el extremo superior de las patas y en ambos extremos de los travesaños. Fui metiendo cada cual en su agujero y las martillé una a una, poniendo el trapo entre el martillo y la madera manchada de cola para protegerla de los golpes. Todas entraron y quedaron perfectamente encajadas. Di la vuelta a la silla y la miré. Y entonces sucedió algo extraño. Me eché a llorar. Lloré tanto que las lágrimas me cegaban.

Pasado no sé cuánto tiempo, fui al lavabo a quitarme la cola de las manos, y me lavé la cara.

Cuando volví, ahí estaba la silla: las patas bien rectas en el suelo, todas las piezas en su sitio y esperando a que le limpiara el exceso de cola con la manga del viejo abrigo de Olga. La limpié, le apreté tres tornillos y la puse junto a la ventana (la ventana por la que nos asomábamos a ver los gatos que andaban por la azotea). Esperaré dos días a que se seque la cola, me dije.

¿Qué me hizo llorar? ¿Que fuera tan fácil arreglar la silla, mientras que lo demás es tan difícil? ¿O sería porque me di cuenta de que ya no dependía de ti para esas cosas? ¡De ti!

Son las cosas pequeñas las que nos asustan. Las cosas inmensas, aquellas que pueden matarnos, nos hacen valientes.

Tuya,

A’ida
Esta tarde estuve en el barrio de Junction y pasé por un café que solía frecuentar de joven. Sin pensarlo, entré. Había música. De acordeón. No lo estaban tocando en el café, sino en la cueva que hay debajo, a la que se accede por una escalera desde el mismo local.



El acordeonista estaba de pie y casi rozaba con la cabeza las vigas del techo. Había unas cuantas mesas ocupadas, y, en el centro, una pareja a punto de empezar a bailar, o, tal vez, de empezar su tercer o quinto baile. Ella no podía tener más de diecisiete años.

Se lanzó ella sola, los brazos ligeramente separados del cuerpo, esperando. No a su pareja, que la miraba desconcertado. No al acordeonista, que ya había empezado a tocar. No a otras parejas. Esperaba a que su fuerza interior la llevara. Esperaba a que emergiera esa fuerza. Tranquila, los talones un poco levantados, el rostro alerta, las muñecas giradas, con las palmas hacia arriba, como comprobando si ya había comenzado a llover. Cuando sintiera la primera gota, se movería.

¡Y empezó a llover! Trazó dos círculos, dando más de veinte pasos, y su pareja, que llevaba una cazadora de cuero y vaqueros, se unió a ella.

Era indeleble, como el color de un tinte. Y, sin embargo, no era ella la que tenía ese color; su deseo era de ese color. ¿Cuestión de edad? Sí y no. Todos los colores terminan perdiendo intensidad, pero espero que el mío siga siendo tan intenso como el de la chica.

¿Te acuerdas del taburete en el que me siento a peinarme frente al espejo? Debe de tener cincuenta años por lo menos, y la tapicería del asiento estaba muy pasada y descolorida. En el cañamazo quedaban restos, como si fueran manchas, de las guirnaldas y las frutas que en su día lo decoraban, pero los coloridos hilos de seda habían desaparecido. Así que decidí volver a tapizarlo y se lo llevé a Prem, un tapicero que tiene un tallercito detrás del mercadillo.

¿Me puedes tapizar un taburete?

Solo hago sofás y sillones.

Es un taburete pequeño y lo he traído conmigo.

Para algo tan chico, mejor te vas a los que se dedican a las sillas de montar.

Y entonces se rio. A ti te tapizaría hasta un piano. Detrás de las gafas ahumadas —padece de tracoma—, sus jóvenes ojos sonreían. Los tapiceros trabajan mucho al tacto.

Todavía sonríe cuando voy a buscar el taburete arreglado. Tengo una sorpresa para ti, me dice. Alzó la vieja tapicería descolorida y me la enseñó. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la volvió, y por el revés de la tela había una maraña de hilos de seda en todo su esplendor. Como si los hubieran teñido ayer. Teñido de magenta, de naranja, de grana, de carmesí, de amarillo limón, de verde pistacho, de negro kohl, de marfil.

Los colores se han conservado, me explica, porque no les ha dado la luz, han estado siempre entre los traseros y el relleno. Pensé que te gustaría guardarlo.

Los nudos de los hilos parecen glóbulos minúsculos. Rojos, blancos, cobrizos, topacio. Y en muchos las bordadoras dejaron pequeñas hebras colgando, como cabellos que, al pasarles la mano, se erizan.

El secreto de la procreación está contenido en la intensidad de estos colores. Los colores existen para provocar deseo. ¿No será por eso por lo que bordamos las mujeres? Bordábamos antes de aprender a manipular explosivos. Ambas cosas requieren mucha paciencia.

Por esto, tal vez, la chica que bailaba al son del acordeón en la cueva me llevó a pensar en tinturas.

Lo que los jóvenes saben hoy lo saben de una forma más vívida, más intensa y más precisa que nadie. Son expertos en lo que saben. Y lo que no saben podemos enseñárselo. Puede que siempre haya sido así. Y lo que podemos enseñarles hoy es que la victoria es una ilusión, que la lucha no tendrá fin y que continuarla, siendo conscientes de ello, es la única manera de reconocer el inmenso don de la vida.

Antes de que te encerraran, pensaba muy poco en el futuro. Nuestros padres habrían dicho que el futuro era aquello por lo que luchábamos. Pero nosotros no. Luchábamos para seguir siendo nosotros mismos.

Desde que te encerraron, el futuro está siempre conmigo, porque te espero. Me imagino la vida de unos niños que todavía no han nacido. No sé si se los imagina mi cabeza o mi útero. O, tal vez, mi pecho.

No son necesariamente nuestros hijos. Quién sabe si tendré la oportunidad de darte hijos. Quién sabe si conseguiré colarme por la rendija entre el suelo de hormigón y la aporreada puerta metálica de tu celda, habiendo dispuesto primero en mi cinturón lo que hará estallar el tiempo.

Puede que el tiempo, guapo mío, se dé media vuelta un instante antes de nuestra muerte. Puede que en ese instante mirar atrás ofrezca todas las promesas del futuro. ¡Puede que el pasado se preñe aunque el futuro sea estéril! Tal vez el bordado gastado aparezca por el revés, y veamos los hilos de seda como eran cuando acababan de salir del tinte.



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Te he enviado cuatro paquetes de café. Tres para ellos, y uno para ti.

A.




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