De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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de Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas
Edición realizada por José Aragüés Aldaz
(Universidad de Zaragoza)
18/9/97

Edición electrónica por José L. Canet


REVISTA ELECTRÓNICA LEMIR nº 2 (1998)

Revista de Literatura Española Medieval y del Renacimiento

ISSN 1579-735X

FRVCTVS SANCTORUM, / Y QVINTA PARTE DE FLOSSAN- / ctorum, que es libro de exemplos, assi de hombres ilus- / tres en santidad, como de otros cuyos hechos fueron / dignos de reprehension y castigo: de los quales se / puede sacar importante prouecho para el exercicio de / las virtudes, y aborrecimiento de los vicios, que es / medio cierto y seguro con que se consigue la / vida eterna: colegido de historias / diuinas y humanas. / DEDICADO A LA SERENISSIMA / Reyna de los Angeles Santa Maria madre de Dios, / y Señora nuestra. / POR EL MAESTRO ALONSO DE VILLEGAS, / Teologo y Predicador, Capellan en la capilla Moçarabe de la / Santa iglesia de Toledo, beneficiado de San Marcos, / y natural de la misma ciudad. / CON PRIVILEGIO. / En Cuenca, por Iuan Masselin: / Año M. D. XCIIII. / A costa de Christiano Bernabe, mercader de libros. |(1)




PRIVILEGIO(2)

Por cuanto por parte de vos, el maestro Alonso de Villegas, clérigo, residente en la ciudad de Toledo, nos ha sido fecha relación que vós avíades hecho un libro que se intitulava Fructus Sanctorum, que era de exemplos de Santos, y sería de grande utilidad y provecho, y nos suplicastes os mandássemos dar licencia, aprovándole para imprimir y privilegio por veinte años o por el tiempo que fuesse nuestra voluntad, atento al trabajo grande que en le hazer avíades tenido, o como la nuestra merced fuesse; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizieron las diligencias que la premática por nos hecha sobre la impressión de los libros dispone, fue acordado que devíamos de mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, y nós tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hazer bien y merced, os damos licencia y facultad para que por tiempo de diez años primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el día de la data desta nuestra cédula, vós o la persona que vuestro poder oviere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender el dicho libro, intitulado Fructus Sanctorum, exemplos de Santos, que de suso se haze mención, en todos nuestros Reinos de Castilla, por el original que en el nuestro Consejo se ha visto, que va rubricado y firmado al cabo de Miguel de Ondarça Çavala, nuestro escrivano de Cámara de los que residen en el nuestro Consejo; con que antes que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el original, para que se vea si la dicha impressión está conforme a él, o traigan fee en pública forma, en como por corrector por nos nombrado se vio y corrigió la dicha impressión por el original. Y mandamos al impressor que assí imprimiere el dicho libro, no imprima el principio y primer pliego, ni entregue más de un solo libro con el original al Autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otra alguna para efecto de la dicha corrección y tassa, hasta que primero el dicho libro esté corregido y tassado por los del nuestro Consejo; y estando assí, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y en él seguidamente ponga esta nuestra licencia y privilegio, y la aprovación, tassa y erratas, so pena de caer y incurrir en las penas contenidas en la dicha premática y leyes de nuestros Reinos. Y mandamos que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no lo pueda imprimir, ni vender, so pena que el que lo imprimiere aya perdido y pierda todos y cualesquier libros, moldes y aparejos que de los dichos libros tuviere; y más, incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo contrario hiziere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la nuestra Cámara, y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidentes y Oidores de las nuestras Audiencias, Alcaides y Alguaziles de la nuestra Casa y Corte, y Cancillerías, y a todos los Corregidores, Assistentes, Governadores, Alcaldes Mayores y Ordinarios, y otros juezes y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros Reinos y Señoríos, assí a los que agora son, como a los que serán de aquí adelante, os guarden y cumplan esta cédula y merced que assí vos hazemos. Y contra el tenor y forma della, y de lo en ella contenido, no vayan ni passen, ni consientan ir ni passar por alguna manera, so pena de la nuestra merced, y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Fecha en Madrid, a diezinueve días del mes de março, de mil y quinientos y noventa y dos años. 

Yo el Rey. Por mandado del Rey Nuestro Señor, Juan Vázquez.




TASSA

Yo, Miguel de Ondarça Çavala, escrivano de Cámara de su Magestad, de los que residen en su Consejo, doy fee que, aviéndose visto por los señores del dicho Consejo un libro intitulado Fructus Sanctorum, que es de exemplos de Santos, compuesto por el maestro Alonso de Villegas, impresso con licencia y privilegio de su Magestad, tassaron el precio dél, de pedimiento de Cristiano Bernabé, vezino de Cuenca, a tres maravedís y medio cada pliego del dicho libro en papel; y a este precio, y no más, mandaron se venda el dicho libro, con que antes y primero se ponga este testimonio de tassa, junto con el privilegio y erratas del dicho libro al principio y primer pliego dél. Y para que dello conste, de pedimiento del dicho Cristiano Bernabé y mandamiento de los dichos señores di la presente, que es fecha en Madrid, a tres de Diziembre de mil y quinientos y noventa y tres años, y en fee dello lo firmé. 

Miguel de Ondarça Çavala.


/1r / A LA SERENISSIMA REINA DE LOS CIELOS Y DE LA TIERRA, SANTA MARIA, MADRE DE DIOS Y SEÑORA NUESTRA. EL MAESTRO ALONSO DE VILLEGAS.

Costumbre es de los que escriven obras y hazen libros, de dedicarlos a personas particulares. En cuya elección suele tenerse uno de tres motivos y fines: que sea la tal persona rey y monarca, o que se le tenga particular afición y voluntad, o que se aya recebido o espere recebirse della alguna merced o beneficio. Desto se pueden dar tantos exemplos como son los libros, cuyo número es casi infinito; y en cuatro que yo he hecho de Historias de Santos guardé el mismo orden, pues el primero dediqué al rey don Filipe, segundo deste nombre, nuestro señor, el mayor monarca cristiano que ha tenido España. El tercero y cuarto ofrecí a sus dos hijos, el príncipe don Filipe y infancte Doña Isabel Clara Eugenia, dos personas con prendas naturales, que cuantos tienen noticia dellas se les aficionan y les ofrecen libremente la voluntad; y de que no aya aquí lisonja bien lo entiende toda España, pues lo que se vee y es a todos manifiesto, que es la hermosura corporal de ambos, para dibuxar un excelente pintor (conforme a lo que pueden las fuerças humanas) dos ángeles del cielo no tiene que hazer sino retratarlos al vivo. El segundo libro dirigí al Ilustríssimo Cardenal y Arçobispo de Toledo, don Gaspar de Quiroga, y fue obligación precisa, porque sin merecerlo yo, y sin entender que de mí tenía noticia, me proveyó y hizo merced de un beneficio en Toledo, mi patria, que es mi sustento. Yo entendía con esto aver concluido y que mis obras fueran flores, dando nombre a estos libros de Flores de Santos. Mas por ser Dios servido que mi edad exceda a la de mis mayores y que, aviéndose los más dellos muerto moços, yo tenga vida siendo viejo, parecióme que no era bien gastarla toda en flores, sino que aya fruto, y assí he hecho otro nuevo libro, y púsele nombre Fruto de Santos, porque es todo de exemplos y es la fruta que podemos sacar de las vidas de los Santos. Teniéndole acabado, quédame buscar persona a quien dedicarle para que por esta parte no pierda, sino que, pues los cuatro primeros ganaron por ser dedicados a tales personas, éste gane mucho más si le diéremos quién exceda en valor a las ya nombradas; porque, dársele de menos, podría con razón quejarse en que la flor sea de mejor suerte que el fruto. Pues ventaja en España, mi tierra, cierto está que no se hallará, y assí acordé buscarla en el Cielo, donde la hallé, persona en quien juntamente concurren los tres motivos y fines que se pretenden en /1v/ la dedicación de los libros: y es uno que aya corona real, otro que muestre valor por donde se le tenga voluntad y afición, y otro que se ayan recebido o se esperen recebir della beneficios y mercedes. 

Todo esto concurre en la Sereníssima Reina de los Cielos y la Tierra, la Virgen María, nuestra Señora. Reina es y corona tiene, que no se cansa la Escritura Divina de darle este nombre; y no de reino que se acaba y falta, sino del que es eterno y durará para siempre. 

Pues si tiene valor por donde robe voluntades, díganlo los Santos, que tuvieron vista más acendrada y lengua más despierta: salga un San Dionisio Areopagita, santo, letrado y mártir. Él vido a esta Señora en la aldea desta vida y vestida del sayal que da el mundo, y jura que si no le travara del braço la fee y le certificara que no era Dios, que él se arrodillara y la adorara como a tal. Callen los hombres, y si los Angeles se precian de que saben mucho, comiençen a alabar a María, que, sin duda, a la primera palabra quedarán mudos y pasmados. Como lo declaravan en figura desto los dos que tenía la sinagoga y Vieja Ley a los lados de la arca de sus tesoros, que mirándolase mostravan confusos y espantados. Faltando los hombres y quedando cortos los Angeles, sólo el Señor, que la crió y dio tan subido y aventajado ser, basta y puede alabarla. Como lo haze cuando dize en su nombre a la esposa en los Cantares: «toda sois hermosa, amiga mía, no hay en vos mácula ni fealdad alguna». Si se mira la figura corporal y los matizes dados a lo exterior que vee la vista, espanta y admira a todo lo criado, porque todo es feo en su presencia. Si se considera lo interior y su alma sacratíssima, admira y espanta a cuanto crió Dios en el Cielo. Vengan los supremos Serafines, mídanse con la Virgen: todos quedan cortos; ella es gigante y ellos, en su comparación, enanos. Pues, si tanto es su valor, ¿quién no la amará? ¿quién no le dará su voluntad? 

Vamos a lo tercero: de tenerla obligación por aver recebido della beneficios y mercedes. Díganme todos los que oy viven, ¿abrá alguno que no haya recebido favor y merced de María? Dexo las generales y que a todos tocan, como el avernos parido a Jesucristo, Dios y Redemptor Nuestro, por quien tenemos recurso y derecho a entrar en el Cielo y gozar de los bienes de Dios, si con nuestros malos hechos no lo perdemos y nos hallamos indignos dello. Dexo aparte el ser madre y abogada de todos los pecadores, estando siempre clamando y intercediendo con su soberano Hijo, porque enojándole nuestros pecados y vicios y estando a punto de tornar saetas los clavos que tenía en sus manos, aviéndolos tomado para nuestro remedio, y convirtiéndoles en nuestro daño, destruyéndole y acabándole, esta clementíssima Reina se le arrodilla y descubriendo sus castíssimos pechos dize: 

-Hijo mío, ¿y estáis olvidado destas prendas? Mirad que las recebistes de Mí y quedastes prendado como hijo a madre. Yo os suplico que acorte el rigor de vuestra justicia la voz y clamor de vuestra misericordia. 

Lo cual le aplaca y va a la mano a que el mundo no perezca. 

Dexados estos favores generales, ¿abrá hombre que particularmente no aya recebido merced alguna, en algun día, de la Virgen? De mí sé dezir y confiesso que no ay día que no la reciba y que entienda que por medio de la Magestad de Dios me haze un particular bien. Y la misma vida, si la tengo, reconozco que es por intercesión desta Señora, pues mis pecados merecían bien /2r/ que fuera la muerte temprana su castigo. Y no sólo he recebido y recibo siempre mercedes de la Virgen, sino que espero no me ha de faltar en alcançarme la última y el fin de todas ellas, que es la salvación de mi alma. 

Pues siendo assí que todas tres circunstancias y requisitos se hallan en esta soberana Señora -de que es Reina, de que tiene subido valor, de que a todos y a mí particularmente me tiene obligado con beneficios y mercedes- derecho tiene a que yo la sirva con la fruta deste libro; el cual se siente y halla tan ufano en que le aya tal dueño, que espera salir por esse mundo y hazer maravillosos efetos. Y esto humildemente suplico yo a la misma Virgen, que aceptando mi pequeño servicio alcance de su Soberano Hijo que sea de provecho a los lectores, para que aprovechándose ellos dél y contentíssimo yo de ver mis trabajos tan frutíferos, todos ganemos y todos seamos aprovechados en este mundo por gracia y en el otro por gloria.


/2v/ PRÓLOGO AL LECTOR

En un camino y viaje que hizo Jesucristo Nuestro Señor a Jerusalem, acompañado de sus Apóstoles, dize el Evangelista San Marcos en el capítulo onze que tuvo hambre y, viendo una higuera, llegó cerca deseando que tuviesse fruto y, hallándola sin él, maldíxola y quedó seca. No era tiempo de higos, como advirtió el Evangelista sagrado, y que la maldixesse Él, que es la suma justicia y equidad, por hallarla sin ellos tiene misterio. Y es que deve temer el hombre en quien poniendo Dios sus ojos le hallare sin fruto de buenas obras, que de veras le maldezirá, con aquella maldición que descargará el día último sobre los miserables condenados, diziéndoles: -Idos, malditos, al fuego eterno; fuisteis árboles sin fruto, dignos sois de que como leños secos ardáis en la hoguera infernal. 

Por el contrario, a los que hallare con fruto y poblados de buenas obras, ponerlos ha en la mesa de la bienaventurança para que sean benditos de Dios y gozen de la bendición de sus bienes eternos. 

Considerando esto los santos y amigos de Dios, todo su desseo y cuidado era emplearse en hazer obras santas y meritorias, que es el fruto de que gusta Dios y le es dulce y sabroso. 

De los Apóstoles escrive el Evangelista San Lucas, en el libro de sus valerosos hechos, que ivan gozosíssimos de la presencia de los juezes, viéndose dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesús. 

Los mártires no tenían mejor día que cuando se veían prender y llevar a las cárçeles y calabosos entre gente mala y facinorosa, de donde eran sacados para ser atormentados con terribles tormentos. Veíanse desnudar en público y, siendo deste número donzellas honestíssimas, cuyos rostros aun a los familiares de sus casas eran ocultos, allí, públicamente, con sentimiento mayor que de muerte se veían desnudas en presencia y a los ojos de millares de gentes. Allí unos eran açotados hasta romperse sus carnes y parecer los huesos, blanqueando entre la sangre. Allí otros eran desgarrados con uñas azeradas, cayendo en la tierra no sólo sangre que la bañava y los pies de los verdugos hazían della lodo, sino pedaços de sus carnes. Ya los tendían en la catasta, estirando de pies y manos por partes contrarias con sogas y tornos, no dexando huesso con huesso y creciendo la estatura del mártir buena parte. Ya los levantavan en el eculeo, colgándolos de los braços de una biga y estirándolos de los pies, y poniéndoles piedras grandes asidas dellos. Allí con hachas encendidas les abrasavan los costados y con sartenes hechas fuego les quemavan los pechos y entrañas. Ya los ponían dentro de calderas llenas de pez y resina, y otros materiales que encendidos abrasavan como fuego. Ya derretían plomo y lo derramavan en sus bocas. Ya les llenavan las narizes y oídos de pólvora, les pegavan fuego. Abaxavan dos árboles con premia y atavan los pies del mártir a los cabos dellos, y dexávanlos bolver a su natural con tal ímpetu que en un instante partían su cuerpo y bolavan por el aire partes dél. También abrían un árbol gruesso y ponían dentro el cuerpo del santo, tornándose a juntar con increíble tormento suyo. En prensas los aprensavan, dexándolos sin vidas, y los cuerpos llanos, sin que huesso alguno quedasse entero. El arrastrarlos a colas de cavallos bravos, el ponerlos en horcas y palos, el cubrirlos bivos de tierra, el echarlos con pesas en los ríos y mar, el abrasarlos, el apedrearlos, asaetearlos, dessollarlos y degollarlos: todos estos martirios son fruto de los mártires, y muy agradable para Dios. 

Los confessores también por su parte no dexaron de dar fruto. Tantos millares de ermitaños y solitarios, que estavan en los desiertos en perpetuo ayuno y oración, vestidos vilmente y comiendo /3r/ miserablemente, padeciendo los ardores penosos del verano y los fríos erizados del imbierno, unos, en cuevas, otros, en roturas de la tierra, y otros, sin tener ni querer defensa, sino que la nieve, agua y granizo les labrava su cuerpo, sin tener defensa alguna. Los religiosos que vivían y viven en congregación con la observancia de los tres votos, regidos por agena voluntad, encerrados sin libertad, pobres en el vestido y regalo. Todo esto es fruto digno de la presencia de Dios. 

Otro estado ay que sigue luego al de los confessores, y es de vírgines, que también ha sido frutífero y de mucho gusto a su Magestad. Porque dexar una donzella la casa de sus padres, donde era tenida y regalada, donde estava vestida de oro y seda, donde todos la estimavan y traían en palmas, encerrarse en un monasterio y cargarse de tres votos essenciales al estado de monja, y de trecientos penosos de llevar a la inclinación natural y propria, donde ha de estar en cárcel de por vida -aunque es cárcel de hidalgos honrosa, mas al fin es cárcel y encerramiento perpetuo-, donde su vestido es la mortaja con que su cuerpo ha de ir a la tierra, donde el regalo es poco y el trabajo, mucho, donde, si ha de ser la que deve, deve dessear ser tenida en poco y menospreciada mucho... ¡oh qué maravilloso fruto éste! 



Ni dexan de tenerle los que en el mundo viven, o que en el estado eclesiástico o que en el seglar, si cumplen con su proprio ministerio, si procuran servir a Dios y aprovechar al próximo: todos éstos dan fruto. 

Y de los que en esto se han señalado y han hecho cosas particulares de buen exemplo, con que otros pueden edificarse y aprovecharse, imitándolos, si los exemplos son de imitar, o admirándose dellos, si sólo son para admirar, o por el contrario si hizieren obras malas por las cuales o los castigó el Cielo o el suelo, siendo su castigo exemplo de escarmiento para otros, desto trata el libro presente, y por lo mismo le puse nombre Fructus Sanctorum, pues en él se ponen solos exemplos, que es el fruto de sus obras, aviéndolos recogido de diversos libros y de autores graves, como por él irán declarándose. Bien es verdad que quien viere tantos exemplos (y los más dellos tan contrarios y diferentes de lo que ahora sucede en el mundo, y en especial que, algunas vezes, de los que se han visto no todos salen ciertos, porque ay gente fingida y doblada que, por ganar crédito y ser tenidos por santos, y aun por sacar de aquí algunas ganancias y provechos que la santidad fingida suele adquirir con blandura y artificio) pondrá dubda si es verdad todo lo que aquí se refiere. A lo cual digo que no cuanto se escribe en este libro sucedió en un año, ni en una edad de hombres, sino en millares de años, y así no contradize a que en nuestro tiempo no lo veamos todo suceder de la misma traça y manera. Y si de presente ay fingimientos y embelecos, no avía tantos antiguamente, porque aora sobra la malicia, y en aquella sazón faltaba. Y lo que ha quedado de antiguo tiene gran certeza, porque lo falso no permanece, que presto se descubre su falsedad, y lo antiguo escriviéronlo graves autores, como San Gregorio en sus Diálogos. Bien es verdad que cierto maestro en Teología, y muy docto, pretendió un tiempo desacreditarlos, diziendo que contienen milagros que parecerían inciertos a los Aristarcos de su edad y siglo. Mas bolvió por ello el dotíssimo César Baronio, en las Annotaciones que hizo al Martirologio Romano, en veinte y tres de deziembre, diziendo que fue palabra libre y no bien advertida, y contra una regla que el mismo maestro pone poco antes en que dize que de la integridad y bondad del autor se puede juzgar la verdad de la historia, y assí, aviendo sido escrito este tratado de Diálogos por San Gregorio, varón santíssimo y sapientíssimo, y que los escrivió siendo Sumo Pontífice con mucho cuidado y diligencia, como él afirma diversas vezes, síguese que no ay por qué se ponga dubda en su verdad. Añádese a esto que los estimaron en mucho diversos Sumos Pontífices y Concilios, como el Papa Adriano, en una carta que escrivió al Emperador Carlomagno, y el Concilio Triburense en el capítulo diez y siete. También engrandezen este Tratado /3v/ de Diálogos de San Gregorio muchos sagrados Doctores, como San Isidoro en el Libro de varones ilustres, capítulo veinte y siete. Y lo mismo San Ilefonso, Arçobispo de Toledo, con San Julián, Prelado de la misma Iglesia, varón doctíssimo, el cual dize de San Gregorio que haze ventaja en santidad a San Antonio y en elocuencia a San Cipriano, y en sabiduría a San Augustín. Juan Diácono, libro cuarto, capítulo setenta y cinco, dize que el Papa Zacarías traduxo de latín en griego los Diálogos de San Gregorio y los embió a las Iglesias de Oriente, donde eran estimados en mucho, y al mismo Papa San Gregorio, refiriéndole los griegos, le llaman Gregorio Dialogi. De todo lo cual infiero que deve ser tenido y estimado en mucho el libro de los Diálogos de San Gregorio, con el cual he ajustado cuanto en este mío digo, porque lo tomé por regla y nivel para lo que escrivo. De modo que todo lo que de otros autores de menos nombre he puesto en él nivelélo y conferílo con lo que San Gregorio dize, y, visto que lo semejante se halla en sus escritos, no tengo por dificultoso que se halle en estos míos. Y por lo mesmo ruego al benévolo lector que no ponga escrúpulo en algunas cosas que le parecerá, miradas de presto, que tienen ocasión de ponerle, porque antes que yo las escriviesse, lo escrupuleé, porque siempre fui no poco duro en creer lo que no tiene mucha aparencia de verdad. Mas hallo que, assí como es liviandad creer fácilmente lo que personas de poca autoridad dizen, assí es pertinacia no creer lo que gente grave y santa afirma. Ni porque a nuestro entendimiento parezca que no cuadra, o se le haga dificultoso de entenderlo, sea argumento de falsedad, pues tenemos experiencia que lo que uno no entiende, a otro es fácil de entender. Ni el aver puesto exemplos de gentiles y paganos en este libro (aunque de por sí aparte) lo sea para desacreditarle y afearle, pues lo hize con buena consideración y consejo, siendo verdad que, assí como sucede que un valiente soldado o capitán sale alguna vez de su campo y se entra en el real de los contrarios, no para entregarse a ellos, sino para ver lo que allí ay y bolver a dar aviso a los suyos, como espía de vista, assí el católico y fiel puede a vezes, dexando los exemplos de los fieles y católicos, leer historias y hechos de gentiles, no para entregarse a sus gentilidades, sino para saber lo que ay entre ellos y dar aviso a los suyos. Acerca de lo cual dize Antonio Sabélico, en el Libro Primero de Exemplos, que él pretende a las historias sagradas juntar otras paganas y de humanidad, no porque sean de un peso y que puedan compararse unas a otras y tener una autoridad, pues ninguno, dize, si no está falto de juizio igualará lo terrestre con lo celestial, ni lo humano con lo divino, sino porque la obra que de suyo es buena y virtuosa, donde quiera que esté deve ser alabada y estimada, y la música es sonora y agrada al oído cuando se juntan en concordia vozes diversas (lo dicho es de Sabélico). 

Cuanto al provecho que de leer en este libro puede resultar, añadiendo a lo que en otros prólogos he dicho de la utilidad que resulta de leer buenos libros, digo que es remedio importante para todo género de gente, y en particular de los que tienen penas y están afligidos. Refiérese en el capítulo 12 del Primero Libro de los Macabeos que, estando en el campo contra sus enemigos, escrivían a sus amigos diziendo: «De nada tenemos falta, pues ay entre nosotros libros santos, en que nos exercitamos cuando ay lugar». San Hierónimo, consolando a Santa Paula y a otras matronas romanas estando apenadas, les da por remedio que lean en la Sagrada Escritura y en las Vidas de los Santos. Carlomagno, muy ocupado en guerras, ningún día passava sin leer un capítulo de los libros de San Augustín de la Ciudad de Dios. Alexandre Magno de día leía en Homero, y de noche le ponía en su cabeçera, y le estimava en tanto que, hallándose entre los despojos de Darío, a quien avía vencido, una arquita pequeña de valor inextimable, llevándosela a Alexandre como joya digna para él, él holgó mucho con ella y dixo que la quería para guardar el libro de Homero. Oso dezir que no abrá persona humana que leyendo en este libro no saque dél importante provecho, y que sería possible aprovecharse más deste solo que de las cuatro partes que hize del Flos Sanctorum (aunque por la mi- sericordia /4r/ de Dios entiendo que han sido muchos aprovechados de aquella lectura), y esto por ser todo de exemplos. Y assí di nombre de Flor a aquellas partes y a éste le llamo Fruto, pues de las vidas de los santos, el fruto que podemos sacar es el exemplo que devemos imitar de lo bueno que vimos en ellos. 



Pongo fin en este Prólogo advirtiendo dos o tres cosas. Y es una que diversas vezes, con cuidado, en algunos exemplos dexé de poner el nombre, o que de la persona, o que de la dignidad y cargo, o que de la ciudad y reino, por entender que se recebiría pesadamente cuando el exemplo es de caso feo, y es bien conforme a razón que no ha de perder de su estimación reino, ciudad o oficio por la malicia de un particular. Lo contrario hago cuando es caso honroso, que señalo estas particularidades, si estoy cierto dellas, porque participen de semejante honra, pues lo es de un cargo, ciudad y reino que se halle en él quien haga hechos dignos de memoria y imitación. Lo segundo advierto que Eliano, en el cuarto libro De varia historia, dize que Platón llamava a Aristóteles mulo, y era la ocasión porque el mulo, cuando se vee harto de leche, tira coçes a su madre. Assí notava Platón de desagradecido a Aristóteles, porque aviendo aprendido dél principios de Filosofía, después le contradezía y con sus discípulos le notava y murmurava. Destos mulos me han caído algunos en suerte, que veo sus papeles rociados de mis sudores y tíranme coçes, murmurando y poniendo nota en lo que no cuadra con sus gustos, o no lo entienden. Finalmente digo que, entre otros motivos que tuve para ocuparme en este libro, fue uno escrivirme el Padre Maestro Fray Luis de Granada (que Dios tiene en el Cielo) en dos cartas, entre otras muchas que yo estimo en mucho por prendas caras de tan insigne varón, en la una, una claúsula que dize assí: «Todo lo que vuestra merced tiene escrito embié yo aora a Italia, al Príncipe Joan Andrez de Oria, como un presente riquísimo; y yo también gasto buena parte del tiempo en leer en las vidas extravagantes de los santos no canonizados, que es para mí lectura de grande edificación y consolación, y querría que nunca se acabasse, porque el estilo de vuestra merced es muy propio, y sin ninguna afectación, que detiene los lectores con gusto y suavidad». En otra carta, al cabo, dize: «No sé en qué determina vuestra merced de ocuparse lo que le queda de vida. Y digo esto porque sería de mucho provecho un libro de exemplos, conforme a otro que anda en latín sacado de diversos autores, como de losDiálogos de San Gregorio, del De vitis Patrum, del De gestis Anglorum, de la Corónica de Santo Domingo, de San Francisco, del Orden del Cistel, del Espejo Historial, del libro Apum, de Caesario, de Pedro Damián, de Clímaco, del Orden de Ermitaños, y de Vidas de Santos. Sería una silva de varia lección, y en que vuestra merced podría ocuparse, porque quien tan buena elección y estilo tiene para escrivir historias, no será razón estar ocioso lo que le queda de vida, que no es poco según el curso de las edades, porque el retrato de vuestra merced no parece muy viejo y nuestro Señor alarga la vida a los que tan bien la emplean. El cual more siempre en la alma de vuestra merced con abundancia de su gracia. De Lisboa, a veinte y nueve de octubre de mil y quinientos y ochenta y ocho años. Fray Luis de Granada.» El aver agradado mis libros a quien tan buena elección y juizio tuvo, como este religioso y doctíssimo varón, y el señalarme en qué podía trabajar de nuevo, siendo conforme a mi desseo, ayudó mucho -como digo- para que en él me ocupasse, y con el favor de Dios y de su bendita Madre le acabasse. En el cual todo lo que dixere me subjeto a la correción de la Santa Madre Iglesia, y de sus fieles ministros. Y ruego a la divina Magestad, que todos los que en él leyeren sean de tal suerte aprovechados que, tomando los buenos exemplos aquí referidos, y usando dellos, ellos y yo alcancemos en esta vida su divina gracia y en la otra participemos de su gloria. Vale.
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