De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[55] Un conde de Turingia iva desenfrenado en graves pecados y vicios, y a quien le dezía que mirasse por su alma y no caminasse con tanta prissa al Infierno, respondía:

-Yo sé que si Dios me tiene condenado, que por más que me refrene y haga penitencia, me condenaré.

Cayó enfermo de enfermedad grave y peligrosa. Llamó un médico que sabía Medicina y no ignorava Teología. Díxole que le curasse, y estando advertido de la respuesta que dava a los que le dezían que enmendasse su vida, respondióle:

-Señor, cosa sin provecho será el curaros, porque si la hora de vuestra muerte es llegada, aunque más os curéis, moriréis, y si no avéis aora de morir, no os hará falta el no curaros.

El conde, muy airado, le dixo:

-¿Qué palabras son éssas tan tontas? ¿Tú no sabes que si dexo de curarme, que vendrá más presto la muerte?

Aguardava a esto el médico, y díxole:

-Pues, señor, si creéis que la vida se prolonga por virtud de la medicina, ¿por qué no creéis lo mismo de la Penitencia, que es medicina de la alma?

Consideró el conde la fuerça destas razones, y dixo:

-De aquí en adelan- te /(337v)/ serás médico de mi alma, porque por tu medicinal lengua me ha librado Dios de un error y ceguedad grande con que el demonio me tenía enredado para que no hiziesse penitencia.

Es del Promptuario de exemplos.
[56] Estava en el desierto un ermitaño, cuya vida era santíssima, al cual cierto hombre devoto le llevava de la ciudad cada día alguna provisión para comer. Vido éste que se murió en la ciudad un hombre rico, cuya vida avía sido mala y muy viciosa, y sin que en toda ella le huviesse sucedido cosa de pena o afrenta. Lleváronle a enterrar con grande aparato y honra. Fue al desierto el mismo día con la comida del ermitaño, y hallóle despedaçado y comido de bestias fieras. Quedó turbado, púsose a razonar con Dios, pidiéndole que le declarasse aquel misterio, que el rico malo y vicioso huviesse tenido muerte tan honrosa, y el ermitaño santo y virtuoso, tan mala y trabajosa. Vino a él un ángel, y díxole:

-No te escandalizes por lo que as visto. Sabe que el rico hizo algún bien en esta vida, y págasele Dios con la honrada muerte, y el ermitaño tenía algunas imperfeciones que purgar en la otra vida en el Purgatorio, y quiso Dios que lo purgasse y pagasse con ser tal su muerte, llevándolo él, como llevó, con mucha paciencia, y assí fue más presto a gozar los bienes del Cielo.



Con esto se consoló y glorificó a Dios aquel hombre. Es del Promptuario de exemplos.
[57] Un hombre exercitado en la milicia de muchos años, y que avía siempre tenido fama de valiente por su persona, preciándose él de que en su vida tuvo temor, por graves y dificultosos trances en que se vido, cayó enfermo de muerte. Dezíanle que se confessasse, | y respondió que desde que començó a usar las armas nunca se avía confessado, y que si aora se confessasse, juzgarían dél que el temor de la muerte le hazía confessar, y que por lo mismo no quería dar muestra de cobarde al cabo de la vida, aviendo sido toda ella valiente. En esto se cerró, y sin mudar propósito murió, y se llevaron su alma los diablos, oyendo los circunstantes un ruido terrible cuando se despidió del cuerpo. Lo dicho es del Promptuario de exemplos.
[58] Fulgoso, en el libro primero, dize que algún tiempo passaron los romanos sin médicos, y cuando los admitieron, no consentían que todos curassen todo el hombre: avía médicos de cabeças, otros curavan los estómagos, otros, el dolor de coraçón, otros, la hijada, otros, la calentura; aquél era para curar la terciana, y el otro, la cuartana. Parecíales ser impossible que un médico supiesse curar todo un hombre, y por esto lo repartían entre muchos, y assí cada uno estudiava bien la parte que le cabía y de que se nombrava. Añade Fulgoso que era esta costumbre más segura que la usada en el tiempo presente, que todos los médicos se precian de curar todas las enfermedades, y sucede que, con daño notable del enfermo, se descubren las ignorancias de algunos. Aunque es proprio de la tierra encubrirles sus faltas. Hasta aquí es de Fulgoso. Yo añado que sucederá aver en un pueblo grande o ciudad muchos médicos sabios y experimentados en su arte, como los ay en Toledo, mi patria, de ordinario, y que hazen bien su oficio, y hallarse ha uno que sabe poco y es arrojado, y en efeto haze descuidos; viene a que por ocasión déste culpan a todos. Es uno el que mata, y dizen: «los médicos los matan». /(338r)/ También ay otra ocasión por donde viene Fulgoso y vienen otros, que hablan libremente, a murmurar dellos, y es que lleva un médico bien guiado a un enfermo, certificóse del principio de la enfermedad y de su ocasión, tiene cuenta de los términos y no se olvida de los cursos celestiales, y assí, sus sangrías y purga fueron a su tiempo, y en efeto, conforme a reglas de Medicina le piensa dar sano. Dízelo, y afirma que su mal no es de peligro; rebuelve un accidente pestilencial, como le pudiera venir si estuviera sano, y con él acaba la vida el enfermo, de modo que cuando el médico buelve, le halla muerto o enterrado. Por esto lavan muchos en ellos sus lenguas, y los culpan de ignorantes y que matan más que la muerte, y es sin culpa suya, porque passando los acueductos que en nuestra edad passan para venir a curar, entiéndese que hazen bien su oficio, y que deven ser estimados y honrados, como dize el Eclesiástico, en el capítulo treinta y ocho: «Honra al médico por tu necessidad, siendo assí que la vida está llena de necessidades y de enfermedades, que sin médicos y medicinas sería intolerable». De donde vino a dezir avisadamente Héctor Pinto, en la Segunda Parte de sus Diálogos, que la vida es una saeta que buela, un rastro que dexa la cometa, que aún no es bien visto, cuando se deshaze, un río que corre a la muerte sin parar, un humo que desparece, una fatiga perpetua, un sueño que nos engaña, un dolor que nos lastima, una miseria que nos perturba, un hospital de incurables. Finalmente, es tan llena de trabajos y penalidades, que osa dezir San Bernardo, que si en ella no huviera esperança del Cielo, le pareciera poco menos que un Infierno. | Y con ser la vida tal, somos nosotros tales, que nos perdemos por ella.
[58] En la provincia de Sena, año de mil y cuatrocientos y ochenta y tres, falleció el siervo de Dios fray Pablo Alemán, del Orden de los Menores. Éste enseñava un santo exercicio a sus discípulos por los días de la semana, por esta manera: El lunes deve el siervo de Dios pensar con fuerte imaginación que se halla malo. El martes piense que tiene frío y calentura muy grande (y afirma que algunas vezes le sucedió a él y a otros que tomavan este exercicio venirles la calentura, por la vehemente imaginación que tenían). El miércoles se ha de confessar con mucha diligencia, como quien se apareja para morir. El jueves ha de comulgar como de la mano del Señor con los Apóstoles en la Cena. El viernes ha de recebir en su pensamiento la Santa Unción, la cual ha de ser ungirse y olearse con la sangre de las llagas de Nuestro Señor Jesucristo Crucificado. El sábado, pensar que muere y es sepultado, que pisan su sepultura y le dexan olvidado para cuanto durare el Mundo. Y el domingo ha de resuscitar con el Señor y entrar en la Patria Celestial. Desta manera se aparejava todas las semanas para la muerte. Es de la Crónica de San Francisco , en la Tercera Parte, libro sexto, capítulo treinta y nueve.
[59] En diversas partes deste libro se han escrito cosas particulares de Juan de Dios, el de Granada, y por averlo sido su muerte y entierro cosa particularíssima, será bien hazer aquí dello mención. Fue assí que cayó enfermo, ocupado en sus buenos exercicios de remediar pobres y curar enfermos en su hospital, proveyéndolo todo de limosnas que él pedía por la ciudad. Viéndose enfermo y sintiendo que se moría, /(338v)/ hizo que le escriviessen todo lo que devía, y éste fue su testamento, y rogava a Dios le deparasse quién lo pagasse. Sabida su enfermedad por doña Ana Osorio, muger de un veinte y cuatro, llamado García de Pisa, señora de mucha cristiandad y exemplo (a quien por esto amava mucho el hermano Juan de Dios), fue a visitarle, y vista su dolencia y el poco refrigerio que allí tenía, y tan cercado de pobres, que no le davan lugar a reposar un poco, rogóle ahincadamente que consintiesse que lo llevassen a curar a su casa, donde se le haría cama y darían lo necessario, porque estava echado en las tablas de una cama, y la capa por cabecera. Y aunque él se escusó todo lo que pudo que no le sacassen de entre sus pobres, porque allí quería morir y ser enterrado, al fin le convenció, con dezirle que estava obligado a procurar su vida y no dexarse morir. Pusiéronle en una silla, y fue un juizio oír las bozes de los pobres y el llorar, viéndole que se iva y los dexava, y no esperavan verle más en este Mundo. Él se despidió dellos con grande quebranto, y en casa de aquella señora fue curado y visitado del arçobispo de Granada, don Pedro Guerrero. Consolóle con santas palabras, animándole para aquel camino. Al cabo, le dixo que si tenía algo que le diesse pena, que lo dixesse, que pudiendo lo remediaría. Él respondió:

-Tres cosas, padre y pastor mío, me dan cuidado: la una, lo poco que he servido a Nuestro Señor; la otra, los pobres de mi hospital; la tercera, estas deudas que devo, hechas por Jesucristo.

Y púsole el memorial en las manos, en que estavan assentadas. El arçobispo respondió:

-Hermano, a lo que dezís que no avéis servido a Nuestro Señor, con- fiad | en su misericordia, que suplirá con los méritos de su Passión lo que en vos ha avido de falta. En lo de los pobres de vuestro hospital, yo los recibo y tomo a mi cargo, como soy obligado. Y en cuanto a las deudas que devéis, yo me obligo desde luego a pagarlas. Por tanto, nada os dé pena, sino encomendaos a Nuestro Señor.

Gran consolación recibió con esto Juan de Dios. Besó la mano al arçobispo, y recibió su bendición. El prelado se despidió, y de camino fue a visitar el hospital. Agravándose más la enfermedad a Juan de Dios, confessóse, aunque muy a menudo lo hazía; truxéronle a Nuestro Señor y adoróle, porque la enfermedad no dio lugar a recebirle, y luego, sintiendo que llegava su hora, levantóse de la cama y púsose en el suelo de rodillas, abraçándose con un Crucifixo, y estuvo un poco callando. Luego dixo:

-Jesús, en tus manos me encomiendo.



Y diziendo esto, dio la alma a su Criador, siendo de edad de cincuenta y cinco años, aviendo gastado los doze déstos en servir a los pobres en el hospital de Granada, a ocho días de março del año de mil y quinientos y cincuenta. Quedó su cuerpo después de muerto fixo, de rodillas, sin caerse por espacio de un cuarto de hora, y quedara assí siempre si no fuera por indiscreta prevención de los que estavan presentes allí, que les pareció inconveniente si se clava, para poderle amortajar, y assí le quitaron aquella postura y igualaron, aunque con mucha dificultad. Estuvieron presentes a su muerte cuatro sacerdotes y muchas señoras principales de la ciudad, y todos dieron gracias a Nuestro Señor de verle morir assí, considerando cuán buena consonancia hazía /(339r)/ la vida con la muerte. Y porque su vida fue toda menosprecio y abatimiento, quiso Nuestro Señor cumplir con él la palabra que dio, que quien se humilla será ensalçado; por esto ordenó que a su cuerpo se hiziesse el más suntuoso y honrado entierro que se sabe averse hecho a emperador o rey, consideradas bien las circunstancias deste caso, porque siendo de día, y sabiéndose que Juan de Dios era muerto, vino tanta gente de todas calidades, sin llamar a alguno, que fue cosa de admiración. Amortajaron el cuerpo, y pusiéronle sobre un sumtuoso lecho en una sala grande, y allí se hizieron tres altares, donde se le dixeron muchas Missas por clérigos y frailes de la ciudad, traídos por su devoción, y todos ivan a dezir responso sobre el cuerpo. Cuando fueron las nueve de la mañana, era tanta la gente, que ni en la casa, ni en las calles, cabían. Començóse a hazer el entierro, y tomaron el cuerpo en ombros el Marqués de Tarifa, el Marqués de Cerralbo, don Pedro de Bobadilla y don Juan de Guevara; todos cuatro le baxaron hasta la calle. Allí le tomaron religiosos de San Francisco, y luego, otros de otros órdenes. El corregidor ordenó la gente, y se hizo una processión, en que ivan al principio los pobres de su hospital y muchas de las mugeres que avía casado, y donzellas pobres y biudas, a las cuales dava limosna, todas con velas encendidas, y llorando algunas, y contando los bienes y limosnas que dél avían recebido. Luego ivan todas las cofradías de la ciudad, que son muchas, por su orden, con sus cruzes, pendones y cera. Luego, toda la clerezía de Granada, y frailes de todos órdenes, mezclados y con sus velas. Luego, la Cruz de su Parroquia, con | sus clérigos, y al cabo de todo el cabildo de canónigos y dignidades de la Iglesia con su cruz, y el arçobispo y capellanes de la Capilla Real, y aquí iva el cuerpo, y detrás los veinte y cuatros y jurados de la ciudad, cavalleros y señores principales con ellos, y luego todos los oficiales y letrados de la Audiencia Real, y otra infinita gente, haziendo gran sentimiento por él. Doblaron en la Iglesia Mayor con todas las campanas, y en las parroquias y monasterios de la ciudad. Desta manera fueron a Nuestra Señora de la Victoria, donde pusieron el cuerpo sobre un rico lecho, y dixo la Missa el General de los Franciscos, que a la sazón se halló en Granada, y predicó un fraile del mismo Orden muy subidamente, tratando de la humildad y menosprecio del Mundo, y cómo por este camino ensalça Nuestro Señor a los suyos. Enterráronle, hecho el oficio, en una capilla de García de Pisa, que era de aquella señora en cuya casa murió, y otros dos días, que fueron domingo y lunes, se hizo de la misma manera de Missa y sermón, y grande concurso de pueblo. Lo dicho es de su Vida, escrita por Francisco de Castro, Rector del Hospital de Granada, que fundó el mismo Juan de Dios, y referida en la Tercera Parte del Flos Sanctorum.
[60] Doña María de Mendoça, monja en el monasterio de San Clemente el Real de Toledo, del Orden de San Benedicto, en el hábito de San Bernardo, de claro linaje, muy avisada y muy hermosa, de edad de cuarenta y tres años, y en el de Cristo de mil y quinientos y ochenta, que fue el del gran catarro en España, cayó enferma dél, y convirtiósele en dolor de costado. Al séptimo día de su enfermedad, que fue el de su muerte, pre- guntó /(339v)/ con grande instancia al médico qué sentía de su mal. Y respondió con mucho quebranto, porque a cuantos la conocían era lastimosa su muerte:

-Sabed, señora, que os morís, y que será dentro de pocas horas.

Ella mostró agradecérselo, y dixo que era aquélla obra de amigo, en declarárselo, y con esto pidió a una monja que le sacasse de cierta parte un escudo doble, el cual dio al médico, diziendo:

-Tomad, por las buenas nuevas que me dais.

Hizo luego su desaproprio con la abadessa, como es costumbre en su Orden, y díxole que avía dado dos ducados al médico, y que no los empleó mejor en su vida, por la buena nueva que le | dio. Algunas otras palabras dixo de mucha consideración, y recebidos los Sacramentos, muy conforme con la voluntad de Dios, aunque la llevava en lo mejor de su vida, y muy confiada de que iva a gozarle, dio su alma. Diéronme relación desto doña Ana de Ayala y doña María de Çúñiga, monjas del mismo monasterio, dos señoras que, sin las prendas naturales de mucha estima que en ellas resplandecen por el cuidado y solicitud que tienen del servicio de Nuestro Señor, en que emplean muy de veras sus vidas, merecen que se les dé todo crédito, junto con que muchas otras monjas de aquel insigne convento afirman lo mismo. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS



[1] Filipe, rey de Macedonia, tenía un paje apercebido para que todas las mañanas, antes que entrasse persona a negociar con él, le dezía en boz alta tres vezes: «Filipe, acuérdate que eres hombre». Dízelo Eliano, libro octavo.
[2] En el mismo libro octavo dize también Eliano, de Anaxágoras Clazomenio, que nunca fue visto reir en su vida. Aristoxeno, no sólo no se reía, sino el ver reír a otros le era grande tormento. Passó adelante Heráclito, y sin reírse ni ver reír, siempre andava llorando. Acordávanse éstos de la muerte, y hazía en ellos semejante operación.
[3] Aulo Gelio, libro dézimo quinto, capítulo diez, refiere a Plutarco, el cual, en el libro De Anima, dize que dio una melancolía a las donzellas de los milesios un tiempo de matarse, y assí muchas se ahorcavan. No avía remedio para esto, y al cabo hallóse uno, y fue que se mandó por los que governa- van | la república que las que assí se ahorcassen, les pusiessen los cuerpos desnudos en la plaça, con la soga a la garganta, y por no padecer semejante afrenta dexaron de matarse.
[4] El mismo Aulo Gelio, también en el libro dézimo quinto, capítulo diez y seis, refiere la muerte de Milón Cretoniense, hombre de grandíssimas fuerças, y dize que siendo ya viejo, viendo un roble en el campo con dos gajos, quiso provar sus fuerças, si eran las que solían. Tomóle con las manos y abrióle. Otro autor dize que ya estava él començado a desgajar, y tenía puestas cuñas en la abertura, y que saltaron, y procurando cobrar fuerças para más abrirle, dexóle juntar, el cual le assió los braços y se los tuvo allí apretados hasta que, no siendo visto de persona humana, fue muerto comido de bestias fieras.
[5] Perseo, rey de Macedonia, el cual hizo mucho tiempo guerra a los romanos ganando dellos victorias, al cabo /(340r)/ fue vencido por Paulo Emilio y llevado a Roma, con el cual entró triumfando. Pusiéronle en cárcel perpetua, y cansándose las guardas de estar guardándole, porfiaron en no dexarle dormir, y con este tormento murió. Y no acabó aquí su desgracia, porque un hijo solo que tenía, llamado Alexandre, vino a tanta miseria, que para no morir de hambre se hizo escriviente, y con esto passava la vida. Dízelo Fulgoso, libro sexto.
[6] Lactancio Firmiano, libro tercero De falsa sapiencia, capítulo diez y ocho, dize que muchos filósofos de los que afirmavan de las almas, que son eternas, por pensar que muriendo ivan al Cielo a gozar de aquella eternidad, se matavan ellos mismos. Y fueron deste número Cleantes, Crisipo, Zenón y Empédocles, que se despeñó en la abertura del monte Etna, que despide fuego de sí.
[7] Justino, libro catorze, y refiérelo San Antonio de Florencia, dize de Olimpas, madre de Alexandre Magno, que entrando a matarla por mandado de Casandro, el cual se avía apoderado de su reino, ciertos soldados, ella salió a ellos con vestidos reales, con dos donzellas que la llevavan de braço, y con tanta magestad, que los otros se turbaron y no osaron poner en ella las manos, hasta que vinieron otros de nuevo embiados por el tirano. Sabido lo que los primeros hizieron, éstos la hirieron de muerte, sin dar ella bozes mugeriles, mostrando bien en la muerte ser madre de Alexandre. Cayó luego en el suelo, y cubrióse con sus cabellos y ropas, por no mostrarse fea después de muerta.
[8] Sardanápalo, rey de los assirios, levantándole guerra Arbace, prefecto suyo, por verle que estava entre mu- geres, | vestido con traje mugeril y ocupado en sus exercicios de hilar y texer, dándose por vencido y preso, hizo una hoguera en su alcáçar y casa real, donde echó todo lo rico y precioso que tenía; con algunos amigos que quisieron tenerle compañía, se dexó quemar, mostrando de varón sólo el no temer la muerte. Dízelo Justino.
[9] Labieno Poeta, viendo que sus libros, por la libertad que en reprehender usó en ellos, eran mandados quemar por decreto público, de grande sentimiento que tuvo, se mató él mismo. Dízelo Juan Rabisio en su Epítome.
[10] Mitrídates, rey de Ponto, después de aver traído guerra con los romanos cincuenta y seis años, conjurándose contra el Farnace, hijo suyo, y viéndose en peligro de ser preso, quiso matarse con veneno, y no pudo, por estar acostumbrado a tomarlo, y assí le ayudó a morir un soldado llamado Vitigis. Sabida su muerte por Monimia y Berónica, mugeres suyas, ambas quisieron matarse. Monimia tomó una benda que traía en la cabeça, y era insignia real como corona, y colgándose della, con el peso del cuerpo quebró y no la ahogó. Visto della, dixo:

-¡Oh maldita corona real, que ni para este triste ministerio eres de provecho!

Y assí, las dos fueron muertas a su ruego por Bochide, eunuco de Mitrídates, que les truxo la nueva de su muerte. Refiérelo Rabisio en su Epítome.
[11] Cerca de Celena, lugar de Frigia, abriéndose la tierra y quedando una grande rotura peligrosa, en ella mucha gente, consultaron los gentiles sus ídolos sobre aquel caso, y respondieron que no se cerraría si primero de su voluntad y gana no se echava allí alguna persona principal. Oído esto /(340v)/ por Ancoro, hijo del rey Midas, abraçando a su padre y a Cimotea, su muger, subió en un cavallo y dexóse caer en la sima. Dízelo Plutarco en los Paralelos, y afirma lo mismo de Curcio, mancebo romano, en otra semejante ocasión, abriéndose en Roma otra sima.
[12] Publio Terencio, por aver perdido ciento y ocho fábulas de Menandro, que traduxo con mucho estudio y trabajo de griego en latín, se desesperó de rabia, ahogándose; no dexó de ser muy necio. Dízelo Rabisio en su Epítome.
[13] Conjuráronse contra Julio César muchos nobles romanos por verle que tiranizava la república y les quitava la libertad que antes tenían. Diéronle, estando en el Senado, veinte y tres puñaladas, y viendo que no podía defenderse por estar sin armas y ser muchos sus contrarios, que los traían de secreto, dexóse caer en tierra y cubrióse con su clámide o vestido el cuerpo, para no quedar mal compuesto siendo muerto. Refiérese en su Vida.
[14] Porcia, hija de Catón, certificada de la muerte de su marido Bruto, que fue uno de los que se conjuraron en quitar la vida a Julio César y por ello le hizieron guerra Augusto y Antonio, viéndose perdidoso en una bata- lla, | se mató él mismo, por no venir a manos de sus enemigos; sabido esto, pues, por su muger Porcia, quísose matar con un cuchillo, y siéndole quitado, comió carbones encendidos, y con este nuevo modo de muerte dio muestra de lo mucho que amava al marido. Dízenlo Plutarco y Valerio Máximo.
[15] Aviendo dexado el imperio Diocleciano, y escogió vivir privadamente en una alquería o labrança, escriviéndole Licino y Constancio, emperadores, cartas amenazadoras porque faborecía a Maxencio, su contrario, con temor grande que tuvo, tomó veneno, y murió mala muerte el que quitó las vidas a innumerables mártires. Refiérelo Sexto Aurelio, aunque otros autores le señalan muertes diferentes, mas todas son según él las mereció.
[16] Democles, moço hermosíssimo, viendo que el rey Demetrio Paliorcete procurava tenerle consigo para usar mal de su cuerpo, él mismo se echó en una grande caldera de agua hirviendo, y se mató por librarse de la fuerça del tirano. Refiérelo Rabisio en su Epítome.
[17] Gregorio Turonense afirma de Pilato, el que sentenció a Cristo a muerte, que estando desterrado en León de Francia, él mismo por sus manos se mató.
Fin del Discurso de la Muerte. |

DISCURSO CINCUENTA Y CINCO.DE MUGERES



El Padre Maestro Fray Luis de León, en el libro que hizo de La Perfecta Casada, que anda junto con el de los Nombres de Cristo, en que mostró su | alto ingenio, dulce y sabroso estilo, dize estas palabras entre otras: «Algunas mugeres ay que como si sus casas fuessen de sus vezinas, assí se descuidan dellas, y toda su vida es el orato- rio /(341r)/ y el devocionario, y el calentar el suelo de la iglesia mañana y tarde; lo cual todo, aunque de suyo es bueno y santo, mas hase de procurar que entretanto no se pierda la moça, y cobre malos siniestros la hija, se hunda la hazienda y se buelva demonio el marido, porque si esto sucede, deve moderarse, y tomar dello y dexar dello, templando sus desseos, aunque sean buenos, con lo que a Dios más agrada». Dize más, que si las mugeres, imitando a Eva, su madre, dan en golosas, nunca tratan de otro en toda la vida, sino en el almuerço y en la merienda, en la huerta y en el cigarral. Si dan en galas, passa el negocio de passión y llega a tentación, porque oy un vestido, y mañana, otro, y cada día, el suyo. Y lo que oy hazen, mañana lo deshazen. Y ay más, que se tornan maestras e inventoras muchas de nuevas invenciones y trages, y tienen por honra sacar invenciones nunca vistas. Y aunque sea verdad que todos los maestros dessean tener discípulos que los imiten, es al contrario en las mugeres, que en viendo en otras sus nuevos trajes, los aborrecen, y estudian y se desvelan por hazer otros. Y crece el humor de suerte que no les agrada tanto lo galano y hermoso, como lo preciado y costoso. Y ha de venir la tela de Flandes, y el ámbar del cabo del Mundo, que bañe el guante y la cuera. Y aun el calçado ha de ser oloroso y vistoso, porque en él tiene de reluzir el oro tan bien como en el tocado. El manteo ha de ser más bordado que la basquiña. Todo nuevo, todo hecho ayer, para vestir oy y arrojarlo mañana. El gasto de los hombres suele ser en cosa de provecho, en possessiones y preseas, mas el de mugeres es todo en aire, porque ni vale, ni luze: en guantes y en volantes, | en pebetes y caçoletas, en azabaches, vidrios y musarañas. Y muchas vezes no gasta tanto un letrado en libros, como alguna dama en enrubiar sus cabellos. Y no sólo ay daño en vestirse y componerse con tanta costa, sino que, estando vestidas y compuestas, quieren ser vistas, y siendo vistas, si las hablan quieren responder. No digo esto de todas, que muchas ay que dan exemplo aun a los varones de barba, y son freno con su modestia y silencio a los que se les atreven con palabras descompuestas, sino de algunas que les parece ser caso de menos valer, y que serán condenadas por necias, si no responden por los términos que les hablan, y si malos, peores. Siendo verdad que, assí como se llama romero el que comiença a ir a Roma o a Santiago de Galicia, aunque nunca llegue allá, assí parecer devérsele nombre de ramera a la muger que en palabras da muestra de liviandad, aunque no llegue a los hechos. Lo dicho es del Padre Maestro Fray Luis de León; él passa adelante con su cuento, yo le acompañé este poco de camino y déxole aquí por entrar en mi Discurso, que es de Mugeres, donde se verán exemplos de virtudes de algunas, y de otras, de vicios.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

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