De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[10] Sin algunos que se an declarado que fueron desobedientes, haze mención la Escritura Divina de otros que también lo fueron, y llevaron su castigo y pena: como la muger de Lot, | que fue convertida en estatua de sal; Onán, hijo de Judas y nieto de Jacob, murió herido del Señor; Datán y Abirón fueron tragados de la tierra; de Saúl se ha dicho que fue desobediente y perdió el reino, aora se añade que murió atravessado su cuerpo con su propria espada; Ahiel, que reedificó la ciudad de Hiericó contra lo que Dios mandó, murió junto con sus hijos.
Lo dicho se coligió de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Declarando San Gregorio aquel testimonio del capítulo quinze del Primero Libro de los Reyes que dize: «Mejor es obedecer que sacrificar», escrive estas palabras: «Prefiérese la obediencia al sacrificio porque en el sacrificio se ofrece la carne agena del animal, y en la obediencia, la voluntad propria racional».
[2] Lamberto, obispo de Traiecto, como por embidia de sus súditos le fuesse forçado dexar su dignidad, recogióse en el monasterio escabolanense, donde guardava la regla de los monges. Tenía su cama en el dormidor, y sucedió que, levantándose una noche a tener oración, queriéndose poner el calçado, cayósele de la mano sobre una tarima y hizo ruido, de suerte que despertaron algunos monges, y entre ellos, el abad. El cual, indignado porque era hora de silencio, sin saber quién era el culpado, con boz arrojada, dixo:

-El que cometió esta culpa, váyase luego a la Cruz, sin bolver hasta que sea de día, ni quitarse della.

Estava la Cruz de que hablava fuera del monasterio, en el campo al descubierto, y solían embiar allí por horas a los que cometían algunas culpas, estando arrimados a ella. Oyendo el mandato Lamberto, | descalços sus pies, que aún no los avía calçado, y sólo cubierto su cuerpo con el cilicio, se fue a la Cruz. Era tiempo de invierno, por donde se admiraron mucho los monges cómo no avía muerto de frío. A la mañana, cayendo en la cuenta el abad de que era Lamberto el que estava en la Cruz, afligióse demasiadamente, hízole traer medio elado, pidióle perdón, afirmando que no entendió que hiziera esto alguno de los monges, cuanto más él, siendo obispo, y que la palabra avía sido dicha, antes por burla que por querer obligar. Hiziéronle algunos regalos, con que reparó el daño recebido. Y con este merecimiento de obediencia ganó Lamberto el bolver a su silla, y finalmente ser coronado de mártir. Dízelo Godes Calco, que escrivió su Vida, y refiérelo Surio, tomo quinto.
[3] San Juan Damasceno, siendo monge, iva a vender cestas de palma por mandado de su maestro de novicios a la ciudad de Damasco, donde primero avía tenido el govierno. Y llevava comissión de venderlas por más subido precio de lo que valían, y esto, no por codicia del superior, sino para que se mortificasse el Damasceno, estando en /(349v)/ la plaça más tiempo, y fuesse mayor su mérito con aquella obediencia. Refiérese en su Vida. Y de otro monge de ilustre linaje dize lo mismo Cassiano en su libro cuarto, capítulo veinte y nueve.

[4] Entró monge Mucio en cierto monasterio de Egipto con un hijo suyo pequeño, y para mortificarle el abad, apartóle del hijo, estando en celdas diversas. Junto con esto, de industria mandava que açotassen al moço en presencia del padre, y aunque le oía y veía llorar y quexarse, no hablava palabra el padre. Visto por el abad, fingiéndose un día muy enojado porque el mochacho llorava del mal tratamiento que le hazían, mandó al Mucio que le llevasse y echasse en cierto río que passava por allí cerca. No se detuvo punto Mucio, sino que, como buen obediente, aunque no estava obligado a obedecer en esto, como no lo está el súbdito en cosa que le mande su superior contra lo que Dios manda, mas arrebatado de la sombra de obediencia, o por ventura, con instincto del Cielo, para que fuesse exemplo en este caso como otro Abraham, assió de su hijo, y iva con acelerado passo a echarle en el río, según le era mandado. Embió el abad otros monges diligentes que le estorvassen que no lo hiziesse. Fuele revelado después al abad, que tuvo Mucio en este caso mucho del merecimiento de Abraham, y assí mereció también que le sucediesse en el cargo de abad, quedando con la abadía y cargo del monasterio por su muerte. Es de Cassiano, libro cuarto, capítulo séptimo.


[5] Juan Abad, en el desierto de Escitia, recibiendo un regalo de algunos higos, embiados por un su mayordomo desde Mareote de Libia, dio par- te | dellos en una cesta a dos monges moços para que los llevassen a cierto ermitaño viejo que estava distante de allí una jornada. Començaron su viaje, y por venir una escuridad grande, perdieron el camino y anduvieron perdidos el día todo y la noche. Visto por su abad que no bolvían, embiólos a buscar, y halláronlos puestos de rodillas y muertos de hambre, y con la cesta en el braço del uno, sin que faltasse higo, queriendo antes morir, que ir contra lo determinado por su abad, y no gustar de la fruta que tenían en sus manos por mostrarse obedientes y ser exemplo a otros de obediencia. Aunque a la verdad, no ser pecado en ellos el dexarse morir, o fue instincto del Cielo, o los escusó su sana intención y parecerles que tenía obligación a proceder desta suerte por cumplir con la obediencia. Refiérelo Marulo, libro cuarto.
[6] Embió el abad Columbano a Galo, discípulo suyo, a pescar al río Brusca, y pareciéndole que importava poco, fue al río Ligón a hazer la pesca, y por buena diligencia que se dio, bolvió sin escama de pescado. Rebolvía consigo qué sería la causa, y parecióle poder serlo el aver dexado de cumplir con la obediencia. Fue al río Brusca, donde su abad le avía señalado que fuesse, y prendió grande copia de pescado, y entendió por este sucesso que de los superiores no sólo en parte, sino en el todo deven cumplirse, assí las palabras como el hecho. Dízelo Beda, tomo cuarto.
[7] Venerio Monge, con desseo de más perfección, sin licencia de su abad dexó el monasterio y fuese a hazer vida solitaria, en la cual tenía muchos inconvenientes y no pocas imperfeciones. Habló con él San Romualdo, y repre- hendióle /(350r)/ porque sin licencia de su abad avía dexado el monasterio. Volvió a él, pidió perdón de lo passado y licencia para proseguir aquella vida. Ambas cosas alcançó de su abad, y buelto al desierto, su vida era en todo acertada, de modo que, según el parecer de San Romualdo, y por el exemplo de Venerio, no acierta el que passa a vida más estrecha si no es con licencia de su superior. Dízelo Marulo, libro cuarto.
[8] A Juan Monge, en un monasterio de la Tebaida, para prueva de su obediencia, mandóle su abad que regasse dos vezes al día un palo que el mismo abad puso en la tierra, aviendo de traer la agua de dos millas del monasterio. Passó un año, y visto que no se cansava, preguntóle si avía el palo echado raízes. Él respondió que no sabía. Sacóle el abad de la tierra y echóle a mal.

-Dexa -dize- ya de regarle, que es trabajo perdido.



Otra vez le mandó que dexasse caer de una ventana un vaso de óleo, lo cual hizo él diligentemente, sin mirar que era necessario en el convento, y no avía otro ni se podían proveer dél sin dificultad, por estar en el desierto. También le mandó el abad otra vez que volcasse una grande piedra, sin considerar que a muchos hombres les fuera dificultoso hazerlo. Fue allá, y hazía fuerças para cumplir con la obediencia, hasta que, muy sudado y cansado, le dixo que lo dexasse. Es del De Vitis Patrum.
[9] Vercario Monge, estando sacando vino de una cuba, y oyendo que le llamava su abad, sin detenerse a cerrar la canilla fue a cumplir con la obediencia. Bolvió de a un poco, y vido él, y vierónlo muchos otros, que se avía detenido, como si estuviera congelado el vino; el cual milagro fue atri- buido | a la obediencia. Otro monge muy obediente, estando escriviendo, lla mándole su abad al tiempo que hazía una o, antes que la cerrasse, sino hecha la media, se levantó y fue a cumplir con su obediencia. Es del De Vitis Patrum.
[10] La Glosa moral, en la Ordinaria sobre la Profecía de Ezequiel , al principio, dize que un religioso, teniendo lepra, quexávase de Adam, que por su inobediencia le avía venido aquel trabajo. Oyólo su abad, y para que dexasse aquella quexa y conociesse de sí su condición, diole una arquita en que estava encerrado un páxaro vivo, y dándole la llave, mandóle que no le abriesse. No era bien ido de allí el abad, cuando el monge, sin poder resistirse, abrió la arquita para ver qué estava dentro, y abriéndola, fuese el páxaro. Llegó el abad, y sabido lo que passava, díxole que mirasse la razón que tenía en quexarse de la desobediencia de Adam, pues él, ni una hora avía guardado obediencia.
[11] Eufrosina, donzella, hija de Pafuncio Alexandrino, en traje de varón entró por monge en un monasterio, donde el abad, por ver que otros monges la miravan mucho siendo de buen parecer, y temiendo no les fuesse ocasión de mal, aunque ignorava ser muger, mandóla que se estuviesse en su celda sin salir de allí. Hízolo assí, y perseveró en aquella cárcel estrecha treinta y ocho años, hasta que murió, y muerta, fue hallada ser muger, por lo cual fue tenida por santa. Y un monge que sólo tenía un ojo, llegando con devoción a besar su cuerpo, milagrosamente cobró el ojo que le faltava, y assí, la que por obediencia se avía apartado de los ojos de los hombres, con sólo el tacto, siendo muerta, reparó el /(350v)/ ojo sacado. Es del De Vitis Patrum.
[12] Pedro Cluniacense, en el libro primero de Milagros, capítulo veinte y dos, dize que en un pueblo llamado Marciniano, en Francia, pegándose fuego una noche, y creciendo la llama con grande ímpetu y furor, llegava cerca de un monasterio de monjas, que guardavan clausura. Entre las cuales avía algunas de sangre real, y todas eran de vida santíssima. El temor fue grande en el pueblo, creyendo que avían de ser quemadas aquellas benditas monjas, porque estavan ciertos que ni el temor de la muerte las avía de sacar de su clausura. Y assí ocurrieron a Hugo, obispo de León, que acaso se halló allí, para que fuesse al monasterio y las mandasse salir dél, por evitar semejante daño. Hízolo assí Hugo. Entró en el monasterio, congregó a las monjas y mandólas que luego saliessen dél, pues el quedar allí no serviría sino de ser abrasadas, y que desto no se servía Dios. Una dellas, en boz de todas, respondió:

-Poco importa, padre y señor nuestro, que esta congregación que tiene Dios aquí encerrada muera, y importa mucho que no vamos contra la obediencia que al Sumo Pontífice Romano, que está en su lugar en la Tierra, avemos dado de encerramiento y clausura hasta la muerte. Y si todavía te parece que es bien mandarnos huir del fuego, mándale a él que huiga deste lugar, que possible será te obedezca.

Quedó confuso Hugo de ver la constancia de aquellas santas almas. Salió a la puerta del monasterio, y buelto a la llama, que ya estava bien cerca, dixo, derramando lágrimas de devoción:

-Yo te mando, fuego, en nombre de Jesucristo, que por la virtud de fe viva de esta santa muger que aquí avemos oído razonar, te apartes | de la casa y convento de estas siervas del Señor.

Esto dixo el perlado, y en el mismo instante, el fuego, como si hallara defensa de algún muro de hierro, bolvió atrás, quedando libre el monasterio y monjas, mostrándose el fuego obediente, y ellas obedientíssimas.
[13] Paulo Simple, discípulo de San Antonio, aviéndole mandado su maestro que fuesse y lançasse un demonio de cierto hombre, fue a él y díxole:

-Sal fuera, que Antonio lo manda.

No quería el demonio. Desnudóse su hábito de pieles, y dávale con él, diziéndole que saliesse, que lo mandava su maestro. No hazía caso. Subióse a un risco en medio del día, quemando el Sol como horno de vidrio, y allí, sin moverse, levantado en pie, comiença a dezir a Dios:

-Señor, Vós sabéis que yo no comeré, ni beveré, ni baxaré deste risco hasta que salga aquel demonio, que manda Antonio, mi maestro, que salga.

Y con esta oración tan simple, salió el demonio. Refiérelo San Antonio de Florencia, en su Tercera Parte Historial.
[14] Estéfano, monge del Orden Grandimontese, como hiziesse muchos milagros su cuerpo en el sepulcro e inquietasse el monasterio, mandóle su abad, en virtud de santa obediencia que no hiziesse más milagros, y obedeció. Es de San Antonio, en su Segunda Parte Historial.
[15] En el año de mil y ciento y setenta y cinco, murió un fraile cartuxo, y hazía milagros en su sepulcro. Su abad, llamado Jancelino, viendo la inquietud del monasterio, fue a él y díxole:

-Hijo, ¿qué es esta vida que nos das? ¿Fúistete tú a la gloria a descansar, y házesnos padecer a nostros tanto trabajo? No lo hagas assí, hijo. Yo te /(351r)/ mando, en virtud de santa obediencia, que no hagas más milagros.

Y assí fue, que obedeció a la boz de su perlado, y no se hizo allí más milagro. Es del mismo San Antonio, en su Segunda Parte.
[16] Severo Sulpicio, arçobispo de Bourges, ciudad de Francia, visitó algunos monges que residían cerca del Nilo, y dize que llegaron él y otro a un viejo venerable, el cual los hospedó, y tomando algunas ortalizas de un huerto que tenía, las puso en una olla con agua, la cual sin fuego se cozió, con la fuerça de los rayos del Sol. Comieron, y por más regalo, los llevó dos millas de allí que viessen y comiessen la fruta de una palma, y en el camino toparon una leona, que no poco temor les causó. Díxoles el ermitaño que no temiessen. Y llegando a la palma, cogió algunos dátiles, y llamando a la leona, llegó muy obediente y comió algunos de su mano, y fuese. Lo cual visto por Sulpicio, alabó a Dios, considerando cuánta era la fe y confiança de aquel varón, y la obediencia de la leona, siendo animal silvestre. Escrívelo el mismo Severo Sulpicio.
[17] En Cilicia tenía monasterio el abad Juliano, el cual supo que allí cerca andava un ferocíssimo león, que matava muchos caminantes y peregrinos. Llamó a un discípulo suyo, llamado Pancracio, y díxole:

-Ve a la parte del Austro dos mil passos, y verás echado un león. Dirásle: «El humilde abad Juliano, en nombre de Jesucristo, vivificador de todas las cosas, te manda que te vayas desta provincia».

El monge obedeció a su abad, halló al león, diole su recaudo, el cual obedeció luego, y se fue. Es del Prado Espiritual, capítulo cincuenta y ocho.
[18] Ay un monte cerca del mar Muerto que se llama Mardes, donde habita- van | muchos monges anacoretas, los cuales tenían una huerta al pie del monte, y cerca del mar, distante dellos seis millas. En la huerta residía un hortelano, y cuando los monges querían comer, aparejavan un jumento, y solo le embiavan a la huerta, y llegando golpeava con la cabeça las puertas, y salía el hortelano y cargávale de hortaliza, con la cual, solo, como avía ido, se bolvía. A un monasterio destos solitarios, cerca del Jordán, fue un hombre limosnero y rogó al abad que embiasse a otros dos monasterios del contorno para que viniesse allí quién recibiesse limosna para ellos. El abad embió un monge, y dio aviso en el uno de los monasterios para que fuessen por aquella limosna y avisassen en el otro de lo mismo. Mas el que regía aquel monasterio dixo al mensajero que no tenía quién fuesse a dar el aviso, que fuesse él mismo. Mas escusávase diziendo que no sabría ir allá. Diole un perrillo por guía, que fue delante del monge y le enseñó el monasterio, y bolvió camino seguido, de modo que aun las bestias se muestran obedientes. Es del Prado Espiritual, capítulo ciento y cincuenta y siete, y ciento y cincuenta y ocho.
[19] En las Crónicas de los frailes Franciscos se dize que en un monasterio de su Orden se criava un cordero, que todas las noches iva al coro cuando començavan Maitines, y mirava las sillas de los frailes, y viendo alguna vazía, iva a la celda del fraile cuya era, y con la cabeça y cuernos dava golpes, hasta que se levantava y iva a Maitines, yendo delante el cordero, muy regozijado por llevar al fraile a Maitines. En esto perseveró hasta que uno dellos, mal acondicionado y colérico, enfadado porque /(351v)/ una noche le llamava y golpeava la puerta de la celda, no teniendo gana de levantarse, salió a él y le aporreó a la pared, de suerte que le mató, con grande desconsuelo de todos los otros monges, que tenían en el cordero un espejo de obediencia.
[20] Alexandre, abad del monasterio de Calamón, cerca del Jordán, visitando a un monge llamado Paulo Telladico, y estando con él en su celda, oyó llamar a la puerta. Salió Paulo con un pan, y en un vaso garvanços cozidos, y dio al que llamava para que comiesse. Alexandre creyó ser algún huésped. Miró por una ventana y vido que era un ferocíssimo león. Dixo al viejo:

-¿Para qué, padre, das de comer a essa bestia?

Y respondió:

-Estamos de concierto, que no ha de dañar hombre ni jumento, y que le daré cada día esta ración, y an passado siete meses que viene aquí cada día por ella.

Después de algunos días, bolvió Alexandre a verse con Paulo para comprarle un vaso de palo, que era lo que trabajava de manos, y preguntándole cómo le iva con el león, dixo:

-Mal me va, y es la causa que vino ayer aquí por su comida, vile la barba ensangrentada y díxele: ¿Qué es esto? Desobediente as sido. Pues sea Dios bendito que no llevarás más ración, porque no es razón que coma manjar de monges el que ha comido carne. Por tanto, vete de aquí». No quería irse, tomé un cordel y hize dél un açote de tres ramales, y dile tres buenos açotes, y tuvo por bien de irse. Es del Prado Espiritual , capítulo ciento y sesenta y tres.


[21] En la guerra que los godos hizieron en Italia, uno dellos, hombre poderoso, llevava captivos dos niños de la ciudad de Turdeto. Salióle al encuentro Fortunato, obispo de aquella ciu- dad, | y rogóle que le dexasse aquellos dos niños, y que le daría el rescate, todo lo que pidiesse por ellos. No quiso el godo hazerlo. Replicó el santo obispo:

-Ocasión me eres, hijo, de mucha tristeza, mas entiende que no te conviene llevar los niños, porque de hazerlo te sucederá mucho mal.

No hizo caso el godo, sino que cargó dellos, dándolos a criados suyos que los llevassen en cavalgaduras y que caminassen, siguiéndolos él detrás en un cavallo. Llegó a las puertas de San Pedro, en la misma ciudad, y cayó con el cavallo, y quebróse la pierna, de modo que un huesso se hizo dos partes. Lleváronle a una casa cercana para curarle. Él cayó en la cuenta que le venía este trabajo por la inobediencia que tuvo al santo obispo Fortunato. Embióle a rogar que hiziesse venir un diácono suyo donde estava. Vino el diácono, y el godo le dixo que llevasse los dos niños a su perlado, y le dixesse que él tenía el castigo merecido por averle sido inobediente, que le embiava los niños, y que rogasse a Dios por él. Sabido el caso por Fortunato, enternecióse mucho, tomó un vaso de agua bendita, y diole al mismo diácono, diziendo:

-Ve a donde dexaste el enfermo, y rocíale con essa agua.



Hízolo assí el diácono, y en tocándole la agua, quedó sano, como si nunca huviera tenido lesión. Levantóse y subió en su cavallo, y prosiguió el camino que antes llevava. Y assí, el que no quiso bolver los niños al santo varón Fortunato, con precio, obedeciéndole, la pena le forçó a que sin él y con su daño los bolviesse. Lo dicho es de San Gregorio, en el Diálogo primero, capítulo dézimo.
[22] Siendo de pequeña edad Plácido, discípulo de San Benedicto, fue por su /(352r)/ mandado con un cántaro a traerle agua de cierto lago para el monasterio, y al tiempo de cogerla, fuésele de la mano el cántaro, y por asirle cayó en el lago, y la agua le llevó desviándole de tierra un buen trecho. Fuele revelado a San Benedicto este acaescimiento en su celda, y llamó a Mauro, otro discípulo suyo, con prissa grande, declarándole el peligro en que estava Plácido, y mandándole que fuesse a librarle dél. Fue cosa maravillosa y no usada después que el Apóstol San Pedro se vido en otra semejante, que llegó Mauro al lago, y no advirtiendo más que era agua, que si fuera tierra, entró por él andando sobre las aguas, hasta que llegó a Plácido, y asiéndole por los cabellos, le sacó a tierra. Donde echó de ver lo que avía hecho mirando atrás, y que en ninguna manera presumiera hazer cosa semejante, si advirtiera en ello, que sólo la fuerça de la obediencia le llevó. Buelto a San Benedicto, y contándole el caso, atribuyólo el santo, no a sus proprios méritos, sino a la obediencia de Mauro. Él dezía que no, sino que se devía atribuir a los merecimientos del santo. Porfiando en esta santa contienda, dixo su razón el niño Plácido, de que al tiempo del salir del lago, vido sobre sí los hábitos de su abad, y él entendía que le libró de aquel peligro, aunque fue por medio del obediente discípulo Mauro. Dízelo San Gregorio en la Vida de San Benedicto, que está en el segundo libro de sus Diálogos.
[23] Era tentado un monge, súbdito del mismo San Benedicto, de salir cada día de su monasterio. Procurava el santo varón enmendarle, y que se sossegasse en su celda, y no avía remedio. Importunóle un día grandemente por la licencia, y diósela de mala gana. Sa- lió | del monasterio, y púsosele delante un terrible dragón, que le hizo bolver más que deprissa, pidiendo favor contra aquella bestia que le quería tragar. Salieron los frailes, y aunque no vieron el dragón, porque su venida no era para ellos, mas hallaron el monge en tierra tal como muerto, y con propósito de nunca más salir del monasterio, sino a negocio importante, y siéndole mandado de su perlado. Es de San Gregorio en sus Diálogos, libro segundo, capítulo veinte y cinco.
[24] Estava afligida la provincia de Campania, donde residía San Benedicto, de cruel hambre. Repartía el santo todo lo que hallava en el monasterio a los pobres que venían a él. Hallóse un día el convento con sólo un vaso de vidro, en que avía algún óleo para su provisión. Llegó cierto subdiácono, llamado Agapito, a pedir un poco de óleo. Oyó la petición el varón santo, y por estar determinado de darlo todo en la Tierra, porque nada le faltasse en el Cielo, mandó al cillerizo que partiesse de aquel óleo con el subdiácono. Oyó el mandato el monge, mas estuvo inobediente para cumplirlo. Preguntó después San Benedicto si se dio el óleo al subdiácono. El cillerizo respondió que no, porque dándoselo, no quedava qué poder dar a los monges. Mostró indignación el santo, y mandó echar por una ventana el vaso, diziendo que en el monasterio no avía de quedar cosa que tuviesse parte de inobediencia. Echaron el vaso por la ventana, y con estar alta, y debaxo un peñasco, y ser el vaso de vidro, no se quebró, ni derramó el óleo. Mandóle subir el santo Patriarca y dársele con el óleo al subdiácono, y reprehendió ásperamente al cillerizo de su inobediencia y poca fe. Entró luego en un /(352v)/ aposento, donde estava una tinaja de óleo vasia. Hizo oración el santo, y permaneciendo en ella, la tinaja se hinchó de óleo milagroso, y se derramava en tierra, hasta que el santo se levantó de la oración, que no creció más el óleo. Lo dicho es de San Gregorio en sus Diálogos, libro segundo, capítulo veinte y ocho, y siguiente.
[25] Siendo obispo en la ciudad Placentina, que es en Italia, Sabino, díxole un día cierto diácono suyo que el Pado, saliendo de madre, hazía daño notable en las tierras de la Iglesia. Él respondió:

-Pues irás a el río, y dirásle: «El obispo Sabino te manda que te refrenes y buelvas a tu corriente».

El diácono se fue riendo, sin hazer caso de lo que le era dicho. Mandó el obispo a un notario que hiziesse una cédula en que dixesse: «Sabino, siervo de Jesucristo, te manda en su nombre que en adelante no salgas de tu corriente, por la parte que están las tierras de la Iglesia, porque no las dañes, en perjuizio de sus ministros y pobres». Pidió al mismo notario que echasse la cédula en el río. Hízolo assí, y desde que la cédula fue echada en el río Pado, obedeciendo el mandato del santo perlado, nunca más hzo daño en las tierras de la Iglesia, deteniendo su corriente por aquella parte. Escrive este caso San Gregorio, en el tercero libro de sus Diálogos, capítulo dézimo, y añade que en él se confunde la dureza de los hombres inobedientes a los mandatos de Dios, viendo que un río obedece a lo que manda un hombre, aunque obispo y santo.

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