De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Fue mucho de considerar que le dio luego una fiebre cuartana, con fluxo de vientre que le duró veinte y cinco años, hasta que murió. Y éste fue el fruto de la inobediencia. Refiérese en el libro De Apibus primero, capítulo veinte y dos.
[44] En la provincia de Suevia, en un monasterio de monjas del Orden de Predicadores, estava por priora una virtuosa muger, la cual, por estar enferma y tullida en una cama, hallándose allí el prior del monasterio Turicense, a quien era sujeta, rogóle afetuosamente que atento a su enfermedad tan pesada y larga, la absolviesse del oficio de perlada, y pusiesse otra sana y con fuerças para regir aquel cargo en su lugar. Quiso hazerlo el prior, mas llegaron todas las monjas y con lágrimas le pidieron no les quitasse aquella perlada, en tanto que tuviesse lengua con que pudiesse regirlas y governarlas, pues hazía esto santamente, y enferma en la cama cumplía mejor su oficio, que otra sana y sin enfermedad. Señaláronse cuatro monjas para que tuviessen cargo della y la llevassen en una silla al Capítulo, cuando se juntava el convento, y quedó en su cargo. Mas visto que era el trabajo grandíssimo de aquellas religiosas, y que no hazía todo lo que quisiera en el oficio de perlada, aviéndose hecho llevar a la iglesia, delante el Santíssimo Sacramento, con grande fe y confiança, dixo: |

-Pues, Dios Mío, no es vuestra voluntad que yo dexe el govierno desta casa, ruégoos, Señor, que os compadezcáis del trabajo destas hermansas y mío, y me deis salud.

Fue cosa miraculosa, que dicho esto se halló sana de repente, y levantándose en sus pies al tiempo que salía el convento del refectorio y venía a la iglesia diziendo el Salmo del Miserere, como es de costumbre, y viéndola las hermanas que les salía al encuentro, turbadas querían huir. Mas ella les dixo:

-No temáis, que vuestra priora soy, y Dios me ha dado salud.

Visto el milagro por las monjas, mudaron el canto del Miserere en Te Deum laudamus. Y éste es fruto de la obediencia. Y refiérese en el libro primero De Apibus, capítulo veinte y cuatro.
[45] Estava enfermo en el monasterio Escitio un monge. Quiso ir a la ciudad a curarse. Ivale a la mano el abad Moisés, de que allí le daría Dios salud sin ir a la ciudad, que tuviesse por cierto si iva allá, que perdería la castidad. No quiso obedecerle. Fue a la ciudad; curóle en su casa una muger honesta, y el pago que le dio fue deshonrarla estando ya sano, y ambos perdieron la castidad. Cuánto mejor le fuera morir de la enfermedad en su monasterio, que en la ciudad caer su alma en pecado mortal. Temió la muerte, y cayó en mayor mal que la muerte por quebrantar la obediencia. Es del De Vitis Patrum.
[46] En la Crónica de los frailes del Bienaventurado San Hierónimo se dize que en el monasterio de Guadalupe residía un fraile muy obediente, llamado fray Augustín. Sucedió que vino a aquella casa un cavallero eclesiástico, cuyo nombre era don Pedro de Fonseca, que después fue cardenal de /(357r)/ San Angel. Era a la sazón prior fray Hernán Diáñez, y quiso hazer prueva en presencia dél don Pedro de la obediencia de fray Augustín. Supo que le estavan afeitando y que tenía quitada la mitad de la barba. Embióle a llamar. Levantóse luego sin ser parte el barbero a detenerle, y fue donde estava el prior, y púsose de rodillas a un lado. Él dissimulava y hazía que no le veía, para más probarle, y estávase hablando con él don Pedro. El cual, viendo al fraile de aquella manera, pensó | en sí que era loco, y dixo al prior:

-¿Qué haze este pobre hombre aquí?

El prior, por no darle ocasión de vanagloria, díxole:

-¿A qué veniste tú aquí?

Respondió:

-Padre mío, ¿por qué me llamaste?

Replicó al prior:

-Aora yo digo que por saber que avía gente de fuera veniste tan presto. Anda, buélvete a donde estavas.

Bolvió el fraile algo confuso, y el prior declaró el misterio al don Pedro, y cuán obediente era aquel fraile, y él se admiró de oírlo por lo que vido con sus ojos. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Cambises, rey de Persia, tenía preso a Creso, rey de Lidia, a quien venció su padre Ciro, y se le dio como por ayo. Enojóse con él un día, y mandó a ciertos criados suyos que le matassen. Los cuales, entendiendo que era ira súbita, y que después le pesaría dello, acordaron de guardarle algunos días, para ver si mudava parecer, y no matarle. Sucedió de a poco que mostró Cambises pesar grande de la muerte de Creso. Truxéronsele los criados, esperando grandes mercedes del rey. Él holgó mucho de verle vivo y hizo mercedes a los criados, y desde a poco mandólos matar porque no le avían obedecido. Dízelo Heródoto, libro segundo.
[2] Los arseces, que son los partos o assirios, en cosa alguna les parecía que merecían mayor loa que en ser obedientes a sus príncipes. Queriendo pues dar muestra desto a Henrico, conde de Campania, que avía ido a verse con su príncipe y señor, mostróle que estavan algunos hombres en lo alto de una torre, de los cuales llamó a uno por su nombre, y el a quien nombró, sin detenerse un punto, se arrojó de la | torre abaxo, para más presto llegar donde su señor que le llamava estava, y de la caída murió allí. Luego quiso llamar a otros, y el Henrico le fue a la mano que no lo hiziesse, lleno de admiración y espanto, diziendo que no diesse ocasión a que muriessen tan fieles y obedientes vassallos. Refiérelo Fulgoso, libro primero.
[3] Heródoto, en el libro octavo, dize que bolviendo Xerxes de aquella tan memorable guerra y muy desgraciada para él que hizo a los griegos dentro de sus proprias casas, destruido y deshecho, ofreciósele a passar cierto braço de mar, llamado Helesponto, y no aviendo sino un navío de Fenicia, y siendo muchos los que ivan con él de los principales señores de Persia, con el temor que traían del enemigo, que se les figurava venir dándoles caça, entraron tantos en el navío con el rey, que estando en el golfo, dixo el piloto que si no se descargava de algunos, peligrarían todos. Oído por Xerxes, dixo a sus persas:

-Ea, amigos, que aora se verá el amor que tenéis a vuestro rey, y si le desseáis la vida, aunque sea a trueco de las vuestras.



Dicho esto, /(357v)/ muchos de los que estavan con él se hincaron de rodillas, y adorándole saltavan en el mar, donde luego eran ahogados, porque las armas que en las batallas les avían defendido las vidas, allí ayudavan con el peso a que más presto las perdiessen, hundiéndose. Fueron tantos los que hizieron esto, que faltó poco para quedarse solo el rey, el cual, puesto en el puerto, y salvo de aquel peligro, al piloto, porque le avía conservado la vida, le mandó poner una corona de oro, y porque fue ocasión de la muerte de la flor de Persia, admitiendo tantos en el navío, le mandó degollar.
[4] En los Anales de Persia se halla un exemplo notable a propósito del respeto y obediencia que deven los súbditos a sus superiores y cabeças, y fue de un rey de aquella provincia, que tenía un açor, la mejor ave que se avía visto en aquella edad y siglo, por su valor y destreza en la caça. Estava el rey tan contento con él, que se olvidava de lo que era obligado de hazer en el govierno del reino, por irse con su açor a caçar. No faltó quien le dio aviso de que era murmurado por esta ocasión, y el rey, como prudente, desseava tenerla para verse sin el açor, que tanto le tratava y traía olvidado de sí. Sucedió que estando un día caçando en presencia de algunos grandes de su corte, salió una garça, a la cual echó su açor. Fue en su seguimiento, y después de averle dado algunos alcançes, y teniéndola muy cansada y casi rendida, vido venir a ellos una aguila, la cual vista del açor, sin punto de temor dexó la garça y quiere averlo con la águila. Hizo con ella muy galanas entradas y salidas, apartándose libremente della cuando quería, sin que | le pudiesse la águila echar sus fuertes uñas; antes, aviendo hecho presa en la garça, con aquello se contentava sin hazer caso del açor. El cual, de ver que le huviesse quitado su caça, más furioso, hizo muestra de irse, y rebolviendo con grande ímpetu y presteza, echóle al cuello sus uñas, y con el pico le cortó la cabeça, llevándosela consigo y dexando caer de grande caída el cuerpo, con la garça ya muerta, a los pies del rey. El cual, con todos los presentes, espantados de la bondad y destreza del açor, alabándole cuanto era possible de valiente y atrevido, parecióle al rey aquélla buena ocasión para librarse dél, con un dexo memorable, y cumplir con su oficio de rey. Y assí mandó que se hiziesse un cadahalso en la plaça, cubierto de paños de oro, y ordenó que saliesse como en triumfo el açor, muy acompañado de la gente de su casa y corte, en un carro triumfal. Llevava en su cabeça una corona de laurel como victorioso, y a sus pies iva la águila sin cabeça. llegando al cadahalso, y puesto en él el açor, salió un verdugo, y cubriéndole los ojos con una venda, dixo en boz alta que el rey de Persia, atento a la hazaña que el açor avía hecho de matar la águila, porque le quitó su presa, le avía mandado hazer semejante honra y sacar en triumfo, mas, por averse atrevido a su reina, que era la águila, mandava le fuesse cortada la cabeça, y assí se la cortaron. Y es exemplo notable éste para los súbditos, que deven respetar a sus superiores y obedecerlos, y si faltando en esto se les atreven, aunque parezca que su atrevimiento (haziéndolo con algunos colores que tienen buena aparencia), merezca ser digo de loa, mas, por otra parte, son dignos de castigo.
Fin del Discurso de Obediencia. /(358r)/

DISCURSO CINCUENTA Y OCHO. DE OBRAS DE MANOS

San Juan Crisóstomo, en la Homilia Catorze del Génesis , dize que puso Dios a Adam en el Paraíso para que trabajasse, porque la ociosidad es maestra de toda malicia. San Hierónimo avisa que trabajemos siempre para que el demonio nos halle ocupados. San Augustín, en el primero libro De la ciudad de Dios, afirma que fue muy dañoso para Roma destruir a Cartago, porque la seguridad que le dio parió la ociosidad, que fue causa de su perdición. San Bernardo pone nombre a la ociosidad de albañar de todos los vicios. Eurípides dize que el trabajo de manos es padre de la buena fama. Séneca tiene por cierto que la ociosidad es muerte y sepultura del hombre vivo. Y assí hazen mal los que, deviendo buscar tiempo para buscar cosas, buscan cosas para passar el tiempo. Del Trabajo y Obras de manos trata el presente Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] No les ocupó a los Apóstoles el tiempo todo el exercicio espiritual de predicar, orar, leer; alguno davan al trabajar de manos. Y assí, San Lucas, en el capítulo diez y ocho del Libro de los Hechos Apostólicos, dize que estando San Pablo en Corinto aposentado en casa de Aquila y Priscila, los sábados acostumbrava disputar en las sinagogas, y muchas horas de los otros días se exercitava en oficio de manos, que llama schenofatoria arte , que denota cosa en que se labran y | gastan cueros de animales, de que los expositores deste lugar hazen diferentes guisados, dando cada uno en su particular oficio; y sea el que fuere, que San Pablo sabía bien exercitarle, y era cosa que con facilidad le usava o podía usarle dondequiera que se hallava, y bastava a darle de comer cómodamente a él y a otros que andavan con él, como dize en la Segunda, escriviendo a los de Tesalónica , en el capítulo tercero. Haimón, arcediano de Canturia, declarando el capítulo onze de la Segunda Carta a los de Corinto, dize que San Pablo, desde el canto del gallo, por cinco horas trabajava de manos, y desde esta hora hasta la de Vísperas, predicava. Lo demás tiempo le repartía en orar, y en comer y dormir. Déxase bien entender que en todos estos exercicios estava su alma contemplando en Dios, y lo que mandó a otros, primero lo cumplió él, pues dize: «Sin intermissión, orad». Y sería bien imitássemos en esto al Apóstol, que si las manos están ocupadas en algún ministerio y exercicio, el ánimo, en tanto, ore y contemple en las divinas y del Cielo. Advirtiólo Marco Marulo, libro tercero.
[2] San Pedro, Santo Tomé, Santiago y San Juan, aun después de ordenados sacerdotes en la Cena, y siendo Apóstoles, se exercitaron en pescar. Y tal día huvo que se les apareció Cristo estando pescando, y les mandó que desplegassen la red y echassen un lance. Y si Cristo aprobó este exercicio, mandando se usasse, ¿quién se atreverá a reprehenderle o le parecerá mal? Ya les era lícito vivir de las limosnas de los que enseñavan, ya avían oído de- zir /(358v)/ a Cristo que era merecedor el jornalero de su jornal, y con todo esto, más vezes estendían las manos a tender la red y pescar, que a recebir do- nes, | para no ser exemplo de codicia, sino de un honesto trabajo. Son palabras de Marco Marulo.
Lo dicho se coligió de las Divinas Letras. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] De la Sagrada Virgen, que excedió en castidad a todas las vírgines, y en ser madre, a todas las madres, dize el Metafraste, y otros graves autores con él, que siendo presentada de tres años en el templo, y estando en un donzellado donde se criavan hijas de nobles, repartía el día en esta manera: desde la mañana hasta hora de tercia, que son las nueve, se ocupava en oración, y desde esta hora hasta la de nona, que es a las tres de la tarde, trabajava de manos, en texidos de lana y lino, y cosas de aguja. A essa hora tomava una breve comida, y lo demás del día leía la Sagrada Escritura, y gustava sumamente de semejante lección, por entenderla bien. Después, parte de la noche se detenía en meditación de lo que avía leído. Y con este orden vino a tan grande santidad, que fue escogida entre todas las mugeres para que della naciesse el Salvador, y aviéndole parido, permaneciesse virgen. Pues si esta Señora, que fue concebida sin pecado y vivió sin pecado, el tiempo que dexava de orar o meditar le ocupava en trabajar de manos, ¿cómo quiere muger alguna viviendo en ociosidad estar segura, aviendo sido concebida y nacida en pecado, y que interior y exteriormente le haze guerra continua la sensualidad y carne? Tenga por cierto que no se librara de engaños del demonio la que se libra de trabajo de manos. Refiérelo Marulo, libro tercero.
[2] San Lucas Evangelista, el ánimo cansado de negocios espirituales y de | almas, solía deleitarse con la arte de pintura. En Roma se veen dos imágines, una de Jesucristo, Santo de los Santos, y otra de la Virgen Sacratíssima, su Madre, Santa de las Santas; están en Santa María la Mayor, y tiénese por tradición que fueron pintadas por el mismo San Lucas. Y si alguno dedicado a Dios quisiere ocupar algún tiempo en este loable exercicio, ha de procurar que pinte sólo aquello que provoque a devoción y a seguir las virtudes a los que lo vieren, y no sea incitamento de algún vicio, porque esto es obra del demonio, y aquello, de cristiano. Dízelo Nizéforo, libro primero, capítulo treinta y cuatro, y libro segundo, también capítulo treinta y cuatro, y síguenle otros autores.
[3] Nunca nuestro espíritu está guerreado de más varios y vanos pensamientos, que cuando el cuerpo está ocioso. Y pruévase por exemplo de San Antonio Abad, que estando una vez cansado con la vida, y dudoso qué haría, dixo:

-Señor, desseo salvarme, y mis pensamientos me hazen guerra.

Salió del monasterio, y vido un hombre vestido de monge, el cual un poco de tiempo se exercitava en hazer cestas, y otro iva a la oración. Considerando esto Antonio, oyó que le dezía:

-Haz tú lo mismo, Antonio, y salvarte as.



Con esto desapareció, y entendió Antonio que era ángel el que vido, y en adelante hizo lo que le fue mandado, midiendo el tiempo y compassándole con la oración y trabajo de manos. Y con esto creció en tanta santidad, que ninguno /(359r)/ de los abades y monges anacoretas de su tiempo le hizo ventaja. Dízelo en su Vida San Atanasio. Y añade más dél, que inquietándole la frecuencia de gentes que venían a visitarle, dexando el monasterio, se fue a lo más apartado del desierto, aviendo tres días de camino desde el monasterio que dexó hasta el lugar donde reparó. Y por no ser molesto a los monges, llevándole la comida, labró la tierra, hizo su sementera, puso hortaliza, con que los que venían a visitarle pudiessen comer, y si le sobrava algún tiempo, texía espuertas de hojas de palmas, para que con su trabajo, antes que con el sudor ageno, hallasse lo necessario para no morir.
[4] San Hilarión Abad, siendo morador en un monte de Emilia, trabajava de manos, y era de modo que de lo que le sobrava para su sustento, tuvo con qué edificó un oratorio o capilla para hazer oración. Es de la Historia Tripartita , libro nono, capítulo doze.
[5] Acerca desta materia son de considerar las palabras que escrive San Hierónimo a Demetria, de donzella: «Determina -dize- cuántas horas as de emplear en lección de la Divina Escritura, qué tiempo estarás arrodillada en la presencia de Dios, puesta en oración. Y concluido esto, tendrás siempre lana en tus manos, o estambre que hiles con tus dedos; cogerlo as en obillo, y harás tus telas y texidos. Y estando hecho el texido y tela, mira si va bien hecho, y si lleva faltas, reprehéndelo, y en otra, procura que se enmiende. Y si estuvieres ocupada en semejantes obras, nunca se te harán largos los días. Guardando esto, vivirás con seguridad de tu castidad y limpieza. Ni quiero que pienses que puedes dexar de trabajar de manos porque te hizo Dios | rica de bienes de mundo, sino que entiendas que as de trabajar para no dar lugar a pensamientos ociosos e impertinentes, y que ocupes siempre tu pensamiento con lo que toca al servicio de Dios». Y escriviendo el mismo santo a Eustoquio, santa donzella, dize: «Esto es común y usado en toda Egipto, que no recebirán en convento monge alguno si no professa humildad, y que trabajará en lo que él supiere o le impusieren, porque la carne se dome, y no que el ocio dispare en pensamientos vanos y desseos luxuriosos. Y tened por cosa cierta -añade el santo viejo- que la ociosidad es madre de toda concupiscencia, inmundicia y pecado».
[6] Juan, abad en el desierto escitiótico, siendo viejo, vínole a la imaginación que podía vivir sin cuidado de la comida, y por lo mismo no tenía necessidad de trabajar, sino, como ángel, andarse contemplando en Dios. Tenía en su celda otro ermitaño, con quien comunicó éste su pensamiento, el cual, por ser no sólo bueno, sino discreto y de gran juizio, reprehendióselo como cosa vana y fuera de buen sentido. Mas el abad Juan, que le parecía que nadie podía aconsejarle y que bastava él a dar consejo a todos sus vezinos, dexándole en la celda, se fue a contemplar por riscos y despeñaderos. Mas al séptimo día, traspassado de hambre, bolvió a la celda cuando anochecía. Hallóla cerrada, llamó declarando quién era y pidiendo algo que comer, manifestando su necessidad. El que estava dentro respondió con grande flema:

-No es possible que tú seas Juan, porque ya él ha siete días que es ángel, y anda reboletando por essos aires sin necessidad de comida, ni de tratar con gente.



No le aprovechó re- plicar /(359v)/ al pobre Juan, que toda la noche estuvo a la puerta de la celda sin ser admitido, hasta que se dexó caer allí desmayado. Venida la mañana, salió el otro monge, y viéndole casi traspassado, diole una buena corrección fraterna, diziéndole que devía pensar que era hombre y sujeto a las necessidades de hombre, y por lo mismo le convenía trabajar de manos para tener con qué sustentar su cuerpo; y que con el trabajo corporal, no sólo se remediava aquella falta, sino que el ánimo se recreava, para bolver como nuevo hombre al exercicio de la oración; y que assí como el estar siempre trabajando de manos era cosa intolerable y que no podía llevarse, assí, el estar siempre orando, teniendo el espíritu ocupado, al cuerpo en semejante exercicio era cosa que no podía conservarse ni llevarse, sino que de lo uno se passasse a lo otro, de la oración al trabajo, y del trabajo a la oración, que para monge solitario esto era muy acertado, y con lo que a otros sus vezinos les iva bien. Corregido Juan y enseñado del que pudiera ser su discípulo, quitó de su cabeça aquella vana imaginación de ser ángel, y reconocióse por hombre, trabajando a tiempos, con que ganava la comida, y orando a tiempos, con que refocilava su espíritu. Y assí, la caída que dio por su presumpción, reparóla con el consejo ageno. Refiérelo Marulo, libro tercero. Y a se de advertir que ni de este exemplo ni de otros semejantes pueden los herejes tomar ocasión para dezir que clérigos y frailes están obligados a trabajar para que merezcan la comida, pues assí como sería indecencia que el rey obligasse a sus grandes y a los que residen en su casa y corte que trabajassen para comer, pues a la | magestad y grandeza de la persona real se le deve tener criados y continuos, con otra gente ilustre que le acompañe y sirva, deviéndoseles por solo este respeto la comida, teniéndoselo ya el rey merecido y ganado, assí los eclesiásticos y religiosos, que son continuos y criados de la casa de Dios, lícita y muy justamente se les deve la comida y sustento, por el assistir en su presencia, y residir en su casa y palacio. Y ya Jesucristo, con el precio de su sangre, les ganó en la Cruz los diezmos y primicias, y como patrimonio suyo se les reparte para su sustento. Cuánto más que los religiosos y ecle siásticos que se exercitan en predicar y confessar (y hablo de experiencia), no sé yo qué jornalero, con el açadón en la mano, y que está cabando de sol a sol, trabaje más que ellos trabajan. Y los que no se ocupan en esto, por lo menos rezan sus horas y estudian, y todo esto merece la comida, y lícitamente la llevan, por más que el herege ladre. Y lo que del exemplo propuesto, y de otros semejantes, se infiere, es que los monges que residían en el desierto o en celdas y ermitas, por sí o en congregación de monasterio, que también de ordinario estavan en los desiertos fuera de poblado, siendo gente por la mayor parte lega, sin tener órdenes eclesiásticos ni entretenerse más que en estar solos, teniendo horas señaladas para la oración, que otro tiempo y las demás horas era bien que no estuviessen ociosos, sino se exercitassen en trabajar de manos, y en esto hazían dos bienes: uno, huir el vicio de ociosidad, que es dañosíssimo, y otro, tener de qué sustentarse, sin obligar a los pueblos y cargarlos para que les diessen la comida. Lo dicho, con todo lo demás, que es sentimiento /(360r)/ proprio mío, le sujeto al parecer de la Iglesia Católica Romana.
[7] En este monasterio escitiótico, siendo abad Silvano, vino un monge estrangero, y viendo cómo trabajavan todos de sus manos, murmuró de aquella obra, diziendo que María escogió la mejor parte assentada a los pies del Señor, oyendo sus palabras, y que assí era mejor que los religiosos siempre estuviessen orando. Y con esto, él se recogió a una celda que le dieron, a orar. Vino la hora de comer, y el abad, de industria, mandó que no le llamassen. Y cuando él vido que era ya tarde, sin ser llamado salió, y fue al abad y dixo:

-¿Qué es esto, padre abad? ¿Comen o no en este monasterio?

-Sí comen -dixo el abad-, que a su hora se juntó el convento y cumplieron essa necessidad.

-Pues y a mí -replicó el estrangero- fuera razón me llamaran. ¿Qué descuido ha sido éste? Que también me parió a mí madre como a los demás.

El abad respondió:

-Sin duda, hermano, que como te hiziste tan espiritual cuando oy aquí llegaste, entendimos que no tenías necessidad de comida y bevida.

Confessó él su ignorancia, y diose por vencido con que le diessen algo que comiesse. El abad dixo:

-Dénselo, y entienda que María tiene necessidad de Marta, y que se favorece della.



Es del De Vitis Patrum.
[8] Juan Abad, en el desierto de la Tebaida, trabajava todos los días feriados en hazer cestas, y su trabajo venía al justo de lo que tenía necessidad aquel día para su sustento, y el domingo, que no trabajava, traíale un ángel pan, con que se sustentava. Evidente señal era ésta de ser la voluntad de Dios que comiesse de su trabajo, porque si algún otro día sin los domingos quería que se ocupasse en oración o en | otro espiritual exercicio, luego por la mañana venía el ángel con la provisión, y faltando, era señal que devía trabajar. Es del De Vitis Patrum.
[9] En el monasterio del abad Serapión avía semejante costumbre, que trabajavan los monges mucha parte del día, con que compravan lo necessario a su sustento. Y cuando venía el tiempo de la siega, alquilávanse, y del precio remediavan pobres encarcelados. Y con esto nunca estavan ociosos, y siempre que les sobrava alguna cosa, la davan en limosna a gente necessitada, y con una misma obra ganavan el fruto de tres virtudes, que eran el exericio corporal, la piedad y la humildad. Es de Paladio en su Lausiaca.
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