De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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-¿Y dónde quieres ir?

Respondió:

-Tiene el convento necessidad, la cual puedo yo cumplir. Ofrecíme a ir y cumplirla, y ésta es la ocasión de mi ida.

Consideró el perlado cuán grande era la paciencia y humildad de aquella bendita alma, aviéndole tratado el día antes con tanta aspereza, sin culpa de su parte; conoció la propria suya. Levantóse de la cama donde estava y derribóse a sus pies, reconociendo lo mal que avía hecho en mostrarse cruel contra él. Libertino /(379v)/ hizo lo mismo, que se derribó en tierra, diziendo que de su ira él avía tenido la culpa. Y assí, el abad se mostró mansueto en adelante, y el súbdito descubrió cuánta era su humildad. El cual, saliendo por la calle, y visto su rostro hinchado y acardenalado, preguntávanle algunos, sus devotos y que le respetavan sobremanera, la causa, y él dezía:

-Por mis pecados, ayer ya anochecido encontré con un banco y quedé como me veis.

Y con esta respuesta, el varón santo, sin mentir, encubría la impaciencia y severidad de su perlado. Hasta aquí es de San Gregorio.
[22] Avía cogido su sementera el abad Estéfano, y teníala allegada en la era, en el campo, siendo su sustento y de sus discípulos. Llegó tentado del demonio un malíssimo hombre, y pególe fuego. Fuéronselo a dezir a Estéfano, y el que llevó la nueva dolíase dél, diziendo:

-¡Ay de ti, padre, qué grande daño y pérdida te ha venido!

Sabido por él el caso, respondió:

-¡Ay del que hizo esse hecho, que mayor mal es el suyo!

Dezía esto porque considerava que era mayor daño el pecado del que cometía el incendio, que su pérdida. Vino a morir este santo abad, y muchos de los que se hallaron en su muerte vieron compañías de ángeles que entraron en su aposento para acompañar su bendita alma en aquella partida. Dízelo San Gregorio, libro cuarto de sus Diálogos, capítulo diez y nueve.
[23] Tenía lexos de su celda un ermitaño la agua de que se proveía, y cansávase mucho en traerla. Dixo, hablando consigo mismo:

-¿Qué necessidad tengo yo de padecer este trabajo, pudiéndolo escusar? Quiero mudar más cerca mi celda.

Bolvió atrás la cabeça cuando ya se mudava y vido un | mancebo que medía los passos que él dava con una vara. Preguntóle quién era, y respondió:

-Soy ángel de Dios, y embióme a que midiesse los passos que das, para darte el premio conforme al trabajo.

Oído por el ermitaño, mudó la celda más apartada de la agua, para aún acrecentar más mérito. Es del De Vitis Patrum.
[24] Un cozinero de cierto monasterio, fraile lego, padecía trabajo grandíssimo en adereçar la comida, no sólo a los religiosos de casa, sino a muchos huéspedes que cada día ocurrían a ella. Con todo esso, era devoto de la Madre de Dios, y acabado su trabajo, que llevava con grande paciencia, rezava algunas devociones a la Sagrada Virgen. Sucedió un día que vinieron tantos huéspedes, y a horas extraordinarias, que era ya de noche cuando acabó su obligación. Quedó cansado y quebrantado, quiso cumplir con su devoción, y dio sueño en él, de tal suerte que no tenía fuerças para resistirle, por ocasión del trabajo de todo el día. Él porfiava para cumplir con sus devociones, y estando en esta lucha, apareciósele la Madre de Dios hermosíssima, y con un rostro muy gracioso, le dixo:

-Hijo, bien as trabajado. Harto as hecho. Vete a dormir.

Desta visita quedó el fraile muy consolado, y más obligado a la paciencia en su oficio y devoción a la Virgen. Refiérese en el Promptuario de exemplos.
[25] Llegaron ciertos ladrones a la celda de un santo ermitaño, y dixéronle:

-Venimos a llevarte cuanto aquí tienes.

Respondióles él:

-Todo lo que quisiéredes, hijos, llevar, podéis llevarlo.

Cargaron de todo, y ívanse. Dexavan sólo un costal que estava escondido. El buen viejo les fue /(380r)/ siguiendo con él, y llegando cerca, díxoles:

-Hijos, tomad este costal que os dexávades.

Vista por ellos su paciencia, restituyéronle lo que le llevavan, diziendo:

-Verdaderamente éste es siervo de Dios.

Es del De Vitis Patrum.
[26] El emperador Diocleciano, cruel perseguidor de cristianos, sabiendo que un camarero suyo llamado Pedro era baptizado y seguía la vida cristiana, procuró apartarle de su intento. Y para esto le mandó açotar con correas en que estavan enxeridas plomadas, y después desgarrar su cuerpo con uñas azeradas. Y viéndole que en estos tormentos mostrava rostro alegre y risueño, mandóle derramar sobre las llagas vinagre y sal, y desnudo como estava, estender en una cama o cratícula de hierro y ponerle debaxo fuego lento, para que, durando el tormento, fuesse mayor su sentimiento. Ninguna cosa déstas fue parte para que él mostrasse impaciencia, sino, con rostro sereno y alegre, juntamente dio fin a la vida con los tormentos. Es de Eusebio en la Historia Eclesiástica.
[27] Pedro, abad de Claravalle, de cierta enfermedad perdió el un ojo, y mostrando algunos amigos suyos sentimiento de su pena, él, con grande paciencia, dixo:

-Antes lo tengo yo por beneficio de Dios, que de dos enemigos me aya librado del uno.

Refiérelo Sabélico, libro quinto.
[28] Embiávanle a San Bernardo dozientas libras de plata para fundar un monasterio, y robáronselo en el camino a quien lo llevava ciertos ladrones salteadores. Oyendo el robo el santo, con grande paciencia dixo:

-Bendito sea Dios, que me ha librado de tan grande carga.

Refiérelo Marulo, libro quinto. |
[29] Mayolo, monge cluniacense, era ciego, y no obstante la ceguedad, por ser santo y muy docto fue hecho abad del monasterio Maticense. Y teniendo este cargo, por medio de su oración sanó ciegos, sordos, mudos y coxos. Bien se entiende que si quisiera sanar, como lo alcançava de Dios para otros lo alcançara para sí, sino que grangeava con la ceguedad, teniendo paciencia, mayor utilidad y provecho. Es del De Vitis Patrum.
[30] Egidio Solitario tenía su celda cerca del Ródano. Fue herido de una saeta de ciertos caçadores que dispararon inconsideradamente sus tiros, y no sólo no consintió ser curado, sino que pidió a Dios le durasse mucho tiempo la herida. Hiziéronsele poco las vigilias cotidianas, la oración, el ayuno y otros trabajos corporales; quiso que la herida, que permitiéndolo Dios tenía, permaneciesse, para que ocupado el cuerpo con aquel dolor aborreciesse los desseos de deleite. Refiérelo Marulo, libro quinto.
[31] En el año de mil y dozientos y tres juntaron los cristianos un poderoso exército para defender el reino de Jerusalem contra los moros. Huvo muertos y captivos de ambas partes, y entre otros fueron captivos un cavallero noble y dos soldados, el uno, francés, y el otro, flamenco. Todos tres padecían mucho trabajo en el captiverio, y sentíanlo más cuanto eran menos acostumbrados a ello. Estando un día todos tres juntos, dixeron los dos soldados que desseavan sumamente verse libres en sus tierras y que se lo pedían a Dios. El cavallero replicó:

-No sabéis lo que desseáis. Possible es que en vuestra tierra padezcáis mayores trabajos que éstos, y si aquí tenéis paciencia y su- frís /(380v)/ lo presente por amor de Dios, alcançaréis de su Magestad perdón de vuestros pecados.

Y diziendo esto, levantó las manos al Cielo, y, puesto de rodillas, dixo:

-No permitáis, Señor, que de mí suceda sino lo que más conviene a mi alma. Dame, Señor, paciencia, y alarga el padecer.

Al cabo de algún tiempo, los soldados fueron libres y bueltos a sus tierras, donde padecieron mayores trabajos que en el captiverio. El cavallero, aunque procuró el rey de Jerusalem rescatarle, nunca tuvo efeto, antes murió en prisión y captiverio, y halláronle las rodillas como de camello, de lo mucho que orava. Escrive esto Cantiprado, en el libro segundo De Bono Universali, capítulo sexto, y afirma que lo oyó al uno de los soldados.
[32] Isabel, hija del rey de Hungría, aviendo perdido el marido y hazienda, servía a Dios en pobreza. Iva cierto día por una calle en que estava mucho lodo; venía a encontrarse con ella otra muger, a quien avía hecho antes mucho bien. Ambas ivan por una senda que tenía menos lodo, y llegando a juntarse, la descomedida muger dio un empellón a la santa que la hizo caer en el lodo, y passó ella muy ufana. Quedó Santa Isabel mal enlodada, aunque bien contenta por padecer esta persecución pacientemente. Dízelo Marulo, libro quinto.
[33] Entre otras muchas virtudes que tuvo Juan de Dios, el de Granada, fue una de paciencia. Nadie le vido turbado, ni salía de su boca palabra airada; antes, en las mayores afrentas estava más quieto y alegre, como quien no tenía otra voluntad sino la de nuestro Señor Jesucristo, en cuya Cruz se gloriava, como se vido en algunos casos que le sucedieron. Y fue uno, que | passando por la calle de los Gomeles derribó la capa a cierto cavallero estrangero, tocándole inadvertidamente, por lo cual, muy enojado, le dixo:

-¡A, vellaco, pícaro! ¿No miráis cómo vais?

Él, con mucha paciencia, le dixo:

-Perdonadme, hermano, que no miré lo que hize.

El cavallero, oyendo estas palabras de «vós» y «hermano» (como acostumbrava dezir a todos), mucho más airado bolvió a él y diole una bofetada. El hermano Juan, con mucha serenidad, dixo:

-Yo soy el que erré; bien merezco que me deis otra.

Viendo el hidalgo que todavía le dezía de vos, dixo a sus criados:

-Dad a esse villano malcriado.

Estándole maltratando, salió un vezino, hombre principal, llamado Juan de la Torre, y viendo lo que passava, dixo:

-¿Qué es esto, hermano Juan de Dios?

Y como el que lo avía injuriado le oyó nombrar, dixo:

-¿Cómo? ¿Y éste es Juan de Dios, tan nombrado en España?

Derribóse a sus pies, porfiando que no se levantaría de allí hasta que se los besasse. Levantóle el hermano Juan, pidiéndose perdón el uno al otro con muchas lágrimas. El cavallero le embió después cincuenta escudos para sus pobres. También ciertos pajes, burlando dél, le echaron en una alberca de cieno, y él salió con harto trabajo bien enlodado, y se lo agradeció con palabras y rostro alegre, quedando admirados los que lo vieron. Y otra muger importuna, porque no le dava limosna, la que ella quisiera, estando en su hospital, le deshonró, llamándole mal hombre, hipócrita y santón. Él le dixo:

-Toma dos reales, y salte a la plaça y di esso a bozes.

Ella perseverava en deshonrarle. Díxole él:

-Tarde que temprano te tengo de perdonar; yo te perdono desde luego.

Diole una buena limosna y embióla /(381r)/ más contenta. Refiérese en su Vida, escrita por Francisco de Castro, Rector del Hospital de Granada, que el mismo Juan de Dios fundó.
[34] García de San Pedro, clérigo natural de Toledo, varón de vida admirable, como estuviesse en un hospital sirviendo y curando a los pobres, enfermos y llagados, siendo su caridad tanta que admitía en él a cuantos pobres incurables venían, otras personas que tenían cargos en él, pareciéndoles que no se podía cumplir con tantos, tratávanle mal sobre ello, y no sólo de palabra, sino hasta querer poner en él las manos y venir a le echar del hospital; todo lo cual sufría el siervo de Dios con rostro sereno y sin mostrar alteración o pena. Y con singular paciencia tornava a su ministerio de curar y servir a los pobres. En el mismo tiempo que este buen sacerdote gastava su vida en aquel hospital que tiene nombre del rey, y es de incura- bles, | se empleava otro siervo de Dios, de estado lego, aunque nunca se casó, llamado Alonso Dávila, con los presos de la cárcel, haziéndoles el bien possible, como ya se ha tocado en otro Discurso deste libro; y lo que toca a éste, es que un día, porque un preso atrevido y desvergonçado no recebía dél tanta limosna como quisiera, le dio un bofetón en su rostro con la fuerça que pudo. Pudiera bien satisfazerse dél por su persona, porque era de grande cuerpo y recio de miembros, o por castigarle la justicia, y nada hizo, sino con paciencia maravillosa dissimuló, no queriendo perder el mérito en todo o en parte, si el caso fuera público y manifiesto a muchos, por lo que de saberse podía resultar, aunque algunos lo vieron y no pocos lo supieron. A los dos conocí yo, y afirmo ser verdad lo que dellos digo, y pudiera dezir mucho más. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Estando el rey Alexandre ofreciendo sacrificios, por ser costumbre de los reyes de Macedonia, servíanle en aquel ministerio algunos niños hijos de nobles. De los cuales uno tenía un pequeño brasero de lumbre en que se ponía el encienso; saltó una ascua sobre el braço y quemóse el vestido y llegó a la carne. El humo y olor hizo que advirtiesse dello el rey, y no poco quedó admirado de ver la paciencia del moço, que se dexava quemar sin mostrar sentimiento alguno por no ser estorvo al sacrificio. Y para más provarle ívase poco a poco el rey con él, y todo no fue parte para perderla, sino que dissimuló hasta ser acabado, que començó el rey a engrandeçer la | paciencia y sufrimiento admirable de aquel moço. Dízelo Valerio Máximo, libro tercero.
[2] Las crueldades y malos hechos de Falaris, tirano de Sicilia, movieron el ánimo de Zenon Eleate para procurar quitar del mundo semejante mostro. Fuese a Agrigento, donde el rey estava, y de secreto solicitava los ánimos de los ciudadanos para lo que pretendía. Y teniendo ya muchos de su parte, el negocio fue descubierto y llegó a oídos del tirano. Prendióle y en una plaça pública, en presencia de los principales de su casa y corte, le mandó atormentar, pidiéndole que declarasse los conjurados. Y en este punto mostró Zenón grande paciencia y mu- cha /(381v)/ sabiduría. Sufrió algunas horas los tormentos sin muestra alguna de dolor y sentimiento, y luego, cuando le pareció tiempo, dixo que por acabar de morir quería hazer lo que el rey le mandava, y con esto, sin nombrar persona de los conjurados, declarava que eran de su parecer y que estavan determinados de matar al rey muchos de sus privados. Y con esto añadió que su intento era conforme a razón por quitar del mundo hombre tan inhumano y cruel, señalando juntamente algunas de sus crueldades y culpando al pueblo porque lo sufría. Con esto que dixo Zenón los privados del rey se alborotaron, y viendo su peligro acordaron de hazer lo que antes no tenían en pensamiento, que era de matarle, y de improviso se hizieron a una, y los verdaderamente conjurados se juntaron con ellos, y todo el pueblo siguió su boz en intento, y con esto assieron piedras y cubrieron dellas al tirano. Dízelo Valerio Máximo, libro tercero.
[3] Otro filósofo del mismo nombre de Zenón, estando dándole tormento Nearco Tirano porque descubriesse los cúmplices de otra conjuración, sufrió pacientemente el tormento. Y visto que iva adelante y que su paciencia no era parte para cansarle y que le dexasse, dixo que al oído le diría los nombres de los conjurados. Quitóle del tormento, llególe al oído, mas el filósofo, como si fuera lebrel de Irlanda, le assió de la oreja y redonda se la sacó con los dientes, aunque a costa de su vida, que le quitó después el tirano. Es de Valerio Máximo, libro tercero.
[4] Diole un descomedido a Sócrates una coz o pernada. Sufriólo pacientemente, y diziéndole otros que lo hazía mal y que se vengasse, él respon- dió: |

-Si mi jumento me diesse una coz o pernada, ¿era aviso darle otra?

Refiérelo Sabélico, libro quinto.
[5] Licurgo, legislador de Lacedemonia, sobre reformar la República levantóse contra él un motín, y cierto moço llamado Alexandre con un bote de lança le sacó un ojo, lo cual él no sólo lo dexó sin vengança, sino que lo sufrió con grande paciencia, y en lugar de hazer castigar al moço atrevido, le recibió en su casa y le enseñó Filosofía, y salió excelente filósofo y virtuoso varón. Es de Sabélico, libro nono.
[6] Grande fue la paciencia y sufrimiento de un moço de Lacedemonia que hurtó un leoncillo, y llevávale cubierto debaxo de la capa porque no se echasse de ver el hurto. La bestia, viéndose cubierta y de aquel modo, embravecióse, y con las uñas y los dientes le hizo grandes heridas, y todo esto no fue parte para que él descubriesse el hurto, hasta que llegó a su casa. Refiérelo Fulgoso, libro tercero.
[7] A Catón, estando en la plaça y delante de mucha gente, le escupió en el rostro Lentulo, y con ser grande afrenta, limpiándose el rostro, solamente dixo:

-Osaría yo afirmar, o Lentulo, que se engañan los que dixeron que no tienes boca.

Refiérelo Erasmo en las Apotegmas.
[8] Emilia, muger de Escipión, no sólo sufrió pacientemente que su marido dentro de su casa le hiziesse traición cometiendo adulterio, sino que después de su muerte dio dote a la criada y la casó conforme a su estado.
[9] Al tiempo que Xerxes passó en Grecia con todo el poder de Assia con designo de destruir a Atenas y a toda la Grecia, Agesilao, hermano de Temístocles Ateniense, por librar /(382r)/ su patria de tan cruel enemigo, disfraçándose se fue a su real, y en una tienda principal vido un capitán de los persas, en cuyo traje le pareció que era Xerxes. Llegó a él y matóle. Prendiéronle y lleváronle a Xerxes, que estava sacrificando en aquella hora, y contándole el caso, Agesilao llegó al fuego donde se ofrecía el sacrificio y puso la mano diestra en él, dexándose quemar sin dar muestra de dolor o sentimiento. Estava Xerxes admirado de la paciencia de aquel griego. Él le dixo:

-Sabe, rey, que los atenienses tienen el mismo ánimo que en mí as visto, y si quieres que lo confirme me dexaré quemar esta otra mano.

No lo consintió Xerxes, antes, sin darle otra pena, le dexó bolver libre a Atenas. Refiérelo Fulgoso.
[10] Cayo Mario, de una enfermedad llegó a punto que le mandaron los médicos asserrar las piernas. No consintió que le atassen las manos ni el cuerpo, sino libremente dio la pierna y se la asserraron, sin mostrar sentimiento en su rostro. Aviéndosela asserrado, dixeron que convenía asserrarle la otra. Él preguntó:

-¿Y para qué es conveniente?

Respondieron los médicos:

-Para conservar la vida.

Él replicó:

-No es la vida tanto de estimar que por ella se deva padecer tanto dolor.

Y en esta palabra dio a entender que avía sido mucho lo que avía padecido, sino que por ser grande su paciencia y sufrimiento mostró no sentirlo. Refiérelo Fulgoso, libro tercero.
[11] Fue embiado Pompeyo por embaxador del Senado romano al rey Gentio, el cual le mandó dezir algunas cosas que desseava saber del mismo Senado, amenazándole si no las declarasse que le atormentaría. Oyéndolo Pompeyo, puso un dedo de su ma- no | en una hacha que ardía delante del rey, y dexósele bien quemar sin mostrar dolor ni sentimiento alguno, y con esto desconfió el tirano que sabría con tormentos lo que desseava, y despidióle. Dízelo Valerio Máximo, libro tercero.
[12] Fuele dicho a Alexandre Severo que Ovinio Camilo, senador de antigua familia en Roma, rico, delicado, y muy dado a regalos, pretendía matarle y alçarse con el Imperio. Embióle a llamar bien de mañana a su palacio un día, y díxole que tenía en mucho que se quisiesse encargar del govierno del Imperio, cosa tan pesada. Llevóle al Senado, y dixo allí que le quería hazer igual suyo en el Imperio. Bolvió a su palacio y hízole vestir de vestidos imperiales. Sacóle luego a pie, como él andava, visitando la ciudad, y anduvo cinco mil passos. Viéndole cansado y molido, hízole subir a un cavallo, subiendo él en otro, y desta manera le truxo otras dos horas visitando plaças y dando traça en lo tocante al govierno de la ciudad. No podía ya llevarlo Ovinio; el emperador le hizo dexar el cavallo, y ambos entraron en un coche, en que anduvieron hasta que era noche, entendiendo en negocios de la República. No le quedava sino espirar de quebrantado y muerto de hambre al nuevo emperador. Renegava ya del Imperio, y aun de quien le puso en la cabeça que le pretendiesse. Dio muestra dello al emperador, Alexandro Severo, y él le dixo:

-Pues si no tenéis fuerças para llevar esta vida, podéis iros a alguna aldea vuestra y descansar.

Tomólo él por grande regalo, y el emperador le embió, acompañado con la gente de su guarda, sin darle otra pena por su dañado intento de quererle quitar la vida por aver el Imperio, /(382v)/ sino que entendiesse la carga que trae consigo semejante dignidad; y mostró en esto grande paciencia. Refiérelo Lampridio.
[13] Prendió Encelino, cruel tirano, a un veronés llamado Juan Boneto, diziendo que se avía conjurado contra él y que le procurava la muerte. Sobre este artículo le embió a Ansedino, ministro de sus crueldades, que era pretor en Padua. Éste le hizo primero algunas caricias para saber dél lo que pretendía y que nombrasse todos los que sabía que tenían culpa en aquella conjuración, y sobre esto le dio terribles tormentos. El Juan Boneto los sufría con admirable paciencia. Al cabo, viéndose en punto de morir, porque el temor de la muerte no le hiziesse | condenar a alguno, con los dientes se apretó la lengua y se la cortó. Después de lo cual acabó la vida en el tormento. Lo mismo y por la misma ocasión le sucedió a Bardilón Vicentino, que siendo atormentado ásperamente, temiendo no le fuesse ocasión de que confessasse lo que era falso y perdiesse a sí y a otros, primero se escusó con palabras y después con los dientes se cortó la lengua. Es de Fulgoso, libro tercero.
Estos y otros semejantes exemplos no son para imitar, porque no es lícito hazer lo que éstos hizieron, pues nadie es señor de su cuerpo y miembros. Sólo se alaba el zelo que tuvieron a no hazer daño a otros ni a sí mismos, y mostrar su grande paciencia en padecer.
Fin del Discurso de Paciencia. |

DISCURSO SESENTA Y UNO. DE LA PAZ



De cuánta imporancia sea la paz para los que viven en el mundo, diolo bien a entender el Hijo de Dios, Jesucristo Nuestro Señor, en diversas cosas, como fue en que no quiso nacer en el mundo sin que primero en él huviesse paz, cessando guerras y dissensiones. Y al tiempo que nació, los ángeles, muy contentos, cantaron: «Gloria se dé a Dios en el Cielo, y paz a los hombres en la Tierra». Y el mismo Señor, embiando por el mundo a predicar a sus discípulos, entre otros documentos les dio | éste: «En cualquiera casa que entráredes, la primera palabra que saliere de vuestra boca será dezir: Paz sea en este casa». Y estando para ir a morir, díxoles: «Como por herencia os dexo la paz; doyos mi paz, y no de la manera que la da el mundo». La paz del mundo mira interesse, la paz de Cristo está bañada en caridad. Ésta nos enseñó que pidiessemos, cuando dixo, haziendo oración al Padre: «Sean -dize- entre sí una cosa, como yo, Padre, lo soy contigo». No pueden ser una cosa con Cristo si no se hazen unánimes entre sí y tienen paz, para ser miembros de una cabeça, Cristo. El mismo apellido de paz tomó el Redemptor luego que resuscitó, apareciéndose a sus Apóstoles, entrando donde ellos estavan encerrados y temerosos, diziendo: «Paz sea con voso- tros. /(383r)/ Tened paz si queréis aprovecharos y que os luzga mi venida al mundo y el aver muerto en el mundo, porque donde ay paz, allí estoy Yo, y adonde ay guerra, buelvo las espaldas y apártome». Díxoles más el Salvador: «Recebid el Espíritu Santo»; para denotar que quien quisiere recebir el Espíritu Santo en sus dones, primero ha de tener paz con sus próximos. San Pablo, escriviendo a los de Corinto, en la Segunda, capítulo primero, dize: «Tened paz, y el Dios de la paz y dilección será con vosotros». Y el mismo Salvador dixo por San Mateo, en el capítulo diez y ocho: «Si dos de vosotros convinieren en la Tierra, de cualquiera cosa que pidieren se les concederá de mi Padre, que está en los Cielos. Porque dondequiera que estén congregados en mi nombre dos o tres, Yo estaré en medio dellos». ¡Oh, inestimable premio de concordia, qué más se les puede prometer a los hombres, teniendo entre sí amistad, que impetrar todo lo que pidieren, y que Cristo esté siempre en medio dellos! Semejante paz se halló en los Apóstoles, en los Discípulos, en los Mártires y Confessores de Cristo. No la pudo quebrar la crueldad de los tiranos, no la maleó las promessas del mundo, ni la deshizo el perpetuo aborrecimiento del demonio. Todas las máquinas de discordias, sola la paz, puesta en el alcáçar de la verdadera Fe, las venció. Nunca tuvieran paz en el Cielo si dexaran de tenerla en el suelo. El querer y no querer una misma cosa hizo a los santos dignos de gloria. San Augustín, en los libros de la Ciudad de Dios , dize que pueden aprender los hombres a tener paz de las criaturas, pues por ella las aves buelan a lo alto y dexan el sustento en la tierra, si veen al caçador que anda haziéndoles guerra. | Lo mismo los peces se hunden en el profundo del mar, oyendo los ruidos y assombros de las redes con que los pescadores pretenden prenderlos y quitarlos de su paz. Los animales de la tierra se esconden por la misma ocasión en las cabernas y cuevas, huyendo de los caçadores que con perros y armas les levantan guerra. Y en tanto, dize el mismo San Augustín, es buena la paz que para que dure y permanezca conviene y es necesario muchas vezes que aya guerra. Y lo que es tan pernicioso, como el derramar sangre, perder vidas, abrasar ciudades, y todo lo que en una guerra sangrienta se usa, que de suyo no es pecado, todo esso, dize, es conveniente para que se siga luego la paz y permanezca. De modo que lícito es levantar vandera, hazer gente, ir a buscar al enemigo y pelear con él, para que de aí se siga verdadera paz. Pues en estas guerras conviene que aya disciplina, que aya orden y se proceda sabiamente, y que los capitanes consideren todos los inconvenientes y casos que pueden suceder, porque la palabra que a otros suele escusar o disminuir la culpa, en ellos no tiene lugar, que es dezir: «No pensé». El que tiene a su cargo gente de guerra, todo lo ha de pensar, lo que sucede y lo que puede suceder, y teniendo cuidado que la disciplina militar se guarde, sucederá bien. En este Discurso, que princi palmente trata de la Paz , como cosa tocante a ella que es la disciplina militar, también se acomodará aquí, poniéndose exemplos de lo uno y de lo otro. Aunque primero quiero advertir, con el mismo San Augustín, que la paz es una serenidad de la alma, es tranquilidad de la mente, simplicidad del coraçón, vínculo del amor y junta de caridad. No puede, dize el mismo santo, tener con- cordia /(383v)/ con Cristo el que tuviere discordia con el cristiano. «Mala es la luxuria -añade-, mala la gula, mala la ociosidad; mas de cualquiera destos vicios saca algún deleite o gusto el que le comete. Solamente la discordia no tiene gusto ni deleite». Hora, veamos los exemplos.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

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