De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[37] Teodora, sintiendo mucho el aver cometido adulterio, dexó el mundo, y en hábito de varón se entró en un monasterio de monges, llamándose Teodoro, donde venció terribles tentaciones del demonio. Y fue una entre las demás, que fingió cierta muger estar preñada della, y lo sufrió pacientemente. Crió el niño, y estuvo siete años a la puerta de su monasterio, no dexándola entrar por el pecado que nunca cometió. Al cabo deste tiempo, siendo recebida con el niño, encerróse en una celda, y enseñávale el camino del Cielo. Dos años después passó desta vida y honróla Dios a la que deshonraron los hombres, porque, siendo conocida en su muerte por muger santa la que en vida fue tenida por hombre deshonesto, su cuerpo fue | respetado, y su nombre, levantado hasta el Cielo, donde su alma goza del fruto dulce y sabroso de la penitencia amarga y desabrida. Refiérelo Marulo, libro cuarto.
[38] Aurea Virgen, priora en un monasterio de París, como en cierta solemnidad se dixesse Missa solemne, y el diácono, por leer mal, dixesse algunos malos latines cuanto cantava el Evangelio, enfadada de oírle, salió del coro de las monjas, fue al altar, quitóle la estola, y haziéndole callar cantó ella el Evangelio, no osando contradezirla el preste, ni otro de los que estavan presentes, por ser ella la que mandava en la casa. Cayó luego en la cuenta de que avía hecho mal en ser arrogante y presumptuosa, y cometido culpa grave; dexó el cargo de priora y condenóse a estar en su celda encarcelada, donde sin salir della perseveró siete años. Hizo una silla de madera que tenía espaldar y lados altos, en los cuales puso muchos clavos, las puntas salidas afuera, y cuando tenía de dezir sus horas, que, aunque sola, las cantava, poníase en pie en aquella silla, donde a cualquiera parte que se arrimava se le entravan por el cuerpo las puntas de los clavos, y assí estava con gravíssima pena. De modo que por ella misma se penitenció por la culpa que cometió en presumir más de lo que devía, queriendo dezir el Evangelio con solemnidad en la Missa, y fue la pena privación de su oficio, cárcel en su celda, trabajo de leer y dolor de assentarse, ayunos de cada día y vigilias de noche. Aprendan los que presiden a otros con qué penitencia deven limpiar sus culpas si las cometieren, porque es digno de mucho castigo, aunque el pecado no sea muy grave, de quien otros han de sacar /(395v)/ exemplo. Es de Marco Marulo.
[39] Santa Mónica, madre del gran Augustino, llorava sin cessar por ver a su marido apartado del camino del Cielo y al hijo caminar con toda furia al Infierno, tocado de la heregía de los Maniqueos. Ella se dio tal prissa a llorar que alcançó de Dios el remedio de los dos, siendo parte para que el marido enmendasse su vida y el hijo se hiziesse cristiano. Dízelo el mismo San Augustín en sus Confessiones, libro tercero, capítulo doze.
[40] San Teodoreto, en su Historia Religiosa , en la Vida de Simeón Ermitaño , dize dél que, yendo con otros monges al monte Sinaí, vieron en un desierto, sacadas de la tierra y puestas en alto, las manos de un hombre. Llegaron cerca y vieron esconderse las manos, porque, cuyas eran, sintiendo ruido, se entró por una caverna angosta debaxo de tierra. Simeón llegó a la boca della y rogó con mucha eficacia al que estava dentro que saliesse y les hablasse, diziendo que eran ermitaños y que ivan al monte Sinaí con desseo de servir a Dios en soledad. Añadió algunas razones que convencieron al que estava dentro, y salió de la caverna, mostrando el rostro como de salvaje, los cabellos mal compuestos, el rostro arrugado, y todos los miembros de su cuerpo secos. Tenía un vestido texido de hojas de palmas. Habló a Simeón y a los que ivan con él, preguntándoles adónde era su camino. Simeón le dio razón de sí y de su viaje, y le preguntó por qué avía escogido aquella vida tan estraña. Él respondió que también tuvo desseo de hazer aquel viaje con otro su amigo, de su hábito y professión, y que se avían ambos jura- mentado | de no apartarse jamás, aunque el uno muriesse, y sucedió que murió en aquel lugar el otro, y él le dio allí sepultura, y por verse obligado con juramento hizo aquel sepulcro para sí, donde esperava el fin de sus días, sustentándose con dátiles que le traía un su hermano, mandándoselo el que tiene cuidado de todas las criaturas. Diziendo esto, apareció de lexos un león que puso temor a todos, mas el ermitaño de la caverna se levantó y hizo señas al león que passasse a la otra parte. Él obedeció, y, llegado cerca, le dio un ramo de dátiles que traía, y, dándole licencia, se apartó algo lexos y se echó a dormir. El ermitaño repartió entre todos los dátiles, y cantaron juntos algunos Salmos, y con esto los despidió, yendo ellos admirados de la novedad de vida y penitencia de aquel ermitaño.
[41] En el mismo libro escrive también San Teodoreto de Baradato Ermitaño, el cual buscó un tormento, y no casa, donde viviesse. Y fue que hizo una jaula de maderos delgados, más baxa que la estatura de un hombre, y en ella se encerró, donde avía de estar siempre acorvado, y sin librarse con ella de las aguas, aires y rayos del sol, no teniendo más defensa que si viviera en el campo sin cobertura. Sólo le servía para estar encerrado y no poderse enderezar, y con esta vida passó muchos años, y después salió de la jaula por dar contento a Teodoro, obispo de Antioquía, rogándole grandemente que saliesse de aquella muy penosa cárcel y dexasse libre el cuerpo para servir a Dios. Dize de Taleleo, también ermitaño, que hizo otro encage de dos ruedas, asidas con gruessos /(396r)/ palos, y dentró vivió diez años, estando siempre encorbado, por aver poca distancia en el hueco dellas. Fuele a visitar Teodoreto y hallóle leyendo en los Evangelios, y desseando saber la causa de aquella grande penitencia, preguntósela; y respondióle:

-Yo estoy obligado a la satisfación de muchos pecados, y creyendo que por ellos se me han de dar intolerables penas, determiné hazer esta vida, por castigar mi cuerpo con penas medianas y librarme de las grandes que merezco, porque son aquéllas más pesadas y fuertes que éstas, no solamente en la cantidad, sino en la cualidad. También aquéllas se reciben contra nuestra voluntad, y es muy más molesto. Y lo que es voluntario, aunque sea más trabajoso, da menos dolor, por cuanto se recibe de buena gana, lo que no es assí en el trabajo forçoso. De aquí se sigue que si con aquestas pequeñas molestias disminuyo las penas que se esperan, es grande la ganancia que saco.



De oír esto San Teodoreto al siervo de Dios Taleleo, quedó edificado y admirado de su ingenio y valor, pues a tantos trabajos se avía ofrecido, y aventajado a otros. Escrive assí mismo de dos santas donzellas llamadas Marana y Cira, nacidas en Berca, ciudad de Suria, de claro linaje. Fabricaron fuera de la ciudad un cercado de piedra y lodo bien alto, con dos ventanas. La una salía a otro aposento que también labraron para algunas criadas suyas que les quisieron seguir e imitar su vida, aunque el aposento donde las criadas estavan tenía cubierta que las defendía de la agua y sol, mas el cercado donde ellas residían estava sin cubierta, y assí no tenían defensa para el sol, ni para la agua, nieve y granizo; sobre sus | cuerpos recebían todos estos golpes del tiempo. La otra ventana les servía de puerta por donde les davan el sustento, bien templado, pues sólo era en los tres días de la semana; los demás, ninguna cosa comían. Y en dos salidas que hizieron, una a Jerusalem, con aver veinte jornadas de camino desde Berca, solamente comieron tres vezes: una a la salida, otra en la santa ciudad, y otra, a la buelta. También visitaron el sepulcro de Santa Tecla en Isauria, y ni a la ida, ni a la buelta comieron. Dize San Teodoreto que él proprio las visitó y las vido, aunque a nadie querían ver si no era el día de Pentecostés, que se mostravan por ser día señalado y de mucha fiesta para ellas, y dize que traían sobre sus cuerpos grandes pesos de hierro, que eran unos collares al cuello y ceñidor, y argollas a los pies y manos, y eran tan pesados que Cira, por ser más flaca y delicada, andava con el cuerpo encorbado. Traían unos mantos hasta el suelo, con que se cubrían rostro, cuerpo, manos y pies; desta suerte vivieron cuarenta y dos años. De otra donzella, llamada Domina, escrive que hizo en cierto huerto de la casa de su madre una choza y la cubrió de paja, donde eran tantas sus lágrimas, que no sólo regava con ellas sus mexillas, sino el cilicio con que andava vestida. Al amanecer iva a una iglesia que estava cerca de su casa, acompañada de otras mugeres, donde rezava y ofrecía a Dios loores y alabanças, y oía los oficios divinos. Su comida era solamente lantejas remojadas en agua. Tenía su cuerpo seco y con sólo el pellejo, que como un pergamino cubría sus huessos. Admitía a todos los que la querían visitar, mas /(396v)/ era de modo que ni ella veía el rostro de los que entravan, ni ellos el suyo, porque le tenía cubierto con un velo. Su boz era muy subtil, sin exprimir claramente lo que dezía, por ser muchas las lágrimas que hablando derramava. Exemplos son éstos maravillosos y más para admirar que para imitar. Lo dicho es de San Teodoreto.
[42] Santa Isabel Viuda, la cual no ay discurso virtuoso donde no pretenda tener parte, en éste la tiene y principal, porque aun en la vida de su marido se encerrava con algunas donzellas suyas en un aposento secreto de su casa, y hazía que la açotassen crudamente, y con esto domava su carne y se hazía humilde, recibiendo açotes de sus criadas, siendo hija de rey. Refiérelo Marulo, libro tercero.
[43] Santa Isabel de Esconaugia, monja, tenía horas señaladas cada día para açotarse, y assí, mortificada su carne, viviesse a Cristo, no olvidada de que su Esposo recibió también açotes. Dízelo Esberto Monge.
[44] María Decegnies, contra su voluntad y por quererlo sus padres se casó, y no porque fuesse casada dexava de castigar su cuerpo con ayunos, con vigilias y oraciones, y con sangrientas disciplinas. Vino a persuadir al marido que los dos hiziessen voto de castidad, y guardáronle. Padeció naufragio la virginidad desta señora por razón del matrimonio, mas, assiéndose al tablón del ayuno, oración y disciplina, salió libre al puerto de la gloria. Dízelo Jacobo de Vitriaco Cardenal, y refiérelo Surio en el tercero tomo.
[45] Radegunde, muger de Clotario, rey de Francia, debaxo de los vestidos preciosos y delicados traía un cilicio riguroso, y con esto hizo ageno su cuerpo de todo desseo carnal y des- honesto. | Y tantos ruegos hizo al marido, que alcançó dél licencia para guardar castidad en un monasterio, teniendo el cuerpo sujeto al espíritu. Antepuso al marido, Cristo, y al reino, el monasterio. Es de Laurencio Surio, tomo cuarto.
[46] El Abad Taleleo, sobre el cilicio truxo el hábito de religioso por sesenta años, y en todo este tiempo no se vido su rostro alegre, sino bañado siempre en lágrimas, y dezía muy de ordinario:

-Todo el espacio de nuestra vida nos fue dado para que hagamos penitencia, y serános pedida estrecha cuenta si no nos aprovecháremos dél.

Es del Prado Espiritual, capítulo cincuenta y nueve.
[47] Santa Brígida, quedando viuda, repartió su hazienda, dando a sus hijos su parte, y de otra edificó un monasterio en un lugar llamado Vuarzsteno, adonde dio principio a una nueva religión, que de su nombre se llamó después de Santa Brígida. Viéndose sin hazienda, començó la santa otra vida de mayor rigor y aspereza que antes. Por treinta años no usó paños de lino en su cabeça. Vestíase un áspero cilicio, y sobre él, un vestido sólo. Dormía en el suelo. Poníase tantas vezes de rodillas a orar entre día y noche, que parecía impossible un cuerpo tan delicado como el suyo sufrir tanto trabajo. Vino a que tenía las rodillas como de camello. Acostumbró los viernes, en memoria de las llagas que Cristo padeció en su Passión, echarse sobre sus braços y manos algunas gotas de cera ardiendo, con que se hazía señales y sentía mucho dolor. Este mismo día, en memoria de la hiel que dieron a Cristo cuando le querían poner en la Cruz, tomava ella de una yerva llamada greciana, muy amarga, su raíz, que parti- cipava /(397r)/ del mismo amargor, y teníala en su boca, sintiendo grande tormento. Sin el cilicio, traía ceñida una soga a su cuerpo, y otras dos a los muslos, en memoria de la Santíssima Trinidad. Refiérelo Surio, tomo cuarto.
[48] Simeón, llamado Estilita, natural de un pueblo dicho Osisán, en tierra de Cilicia, en Menor Asia, fue exemplo de penitencia. De pastor de ganados se hizo monge en el monasterio del Abad Heliodoro, donde estuvo nueve años, y señalóse en ayunos, porque, como otros monges de dos en dos días comiessen una vez, Simeón comía una sola en toda la semana. Traía junto a su cuerpo una soga ceñida, hecha de hoja de palmas, y tan apretada que le hizo una grande llaga, de la cual corría sangre algunas vezes, y fue causa por donde se vino a entender este secreto. Quitáronle la soga, y porque no se quiso curar la llaga el abad le dixo que se fuesse del monasterio, temiendo no le quisiessen imitar otros de menores fuerças, y les fuesse ocasión de daño notable. Simeón se fue en un monte, donde halló una cisterna sin agua, y en ella se dexó caer. Estuvo cinco días cantando alabanças de Nuestro Señor, sin tener otro cuidado. Entretanto, los ancianos del monasterio, sintiendo mucho la ausencia de Simeón, hablando al abad embiaron a buscarle. Los que fueron a esto, informados de unos pastores, llegaron a la cisterna, y trayendo sogas, con dificultad le sacaron y reduxeron a su convento. Aunque estuvo en él poco tiempo, porque desseando más aspereza se fue al desierto, donde se encerró en una ermita, y estuvo allí tres años. Quiso imitar a Moisés y Elías, ayunando cuarenta días, comunicólo con un santo abad llamado Basso, a quien estava | sujeto él y otros solitarios que moravan en aquel monte, y díxole que sería darse la muerte, y por lo mismo grave pecado. Simeón replicó:

-Pues, padre mío, ponme aquí diez panes y un vaso de agua, que si tuviere necessidad dello, yo lo tomaré y comeré.



Hízolo assí el abad Basso, púsole allí los panes y agua, tapiándole la puerta a su petición y ruego. Dexóle y bolvió a los cuarenta días. Rompió la pared que avía hecho en la puerta, y entrando dentro, halló el pan y agua sin muestra de averse tocado a ello. Simeón estava como muerto, mudo y sin movimiento alguno. Tomó una esponja, y mojándole los labios, poco a poco le hizo que los abriesse. Abiertos, recibió manjar, con que tornó en su fuerças. Passados tres años que estuvo en esta ermita, subióse a lo alto de un monte, y tomando una cadena de veinte cobdos en largo, por la una parte hizo que la aferrassen a una piedra, y por la otra, a su pie derecho, pretendiendo no apartarse del término que le dava aunque quisiesse. Allí passava su vida en oración y contemplación. Era Melecio, varón santo, obispo de Antioquía a esta sazón. Visitóle y díxole que no tenía necessidad de aquella cadena, siendo hombre que usava de razón, con la cual y con su voluntad libre podía no exceder ni passar de los mismos límites y términos, y que por faltarles esto a las fieras les ponían cadenas. Parecióle buena razón al santo, hizo llamar un herrero para que le quitasse la cadena, y por la parte que la tenía assida a su pie, como estuviesse sobre una piel vellosa para que no le mordiesse la carne, quitando aquella piel, descubriéronse como veinte chinches, animalejos de mal olor y penosos, que tenían assiento, no sin grave pena del santo, /(397v)/ que podía fácilmente echarlas y las dexava, sufriendo sus picadas enojosas para más mérito suyo, queriendo ensayarse en estas cosas menudas para otra mayores. Visitávale mucha gente, teniéndole por santo, y érale muy molesto, y para librarse desto imaginó una nueva manera de vivir, aunque más propria era para morir, y fue una columna en que estava subido. Al principio era de seis cobdos, después de doze, passó tiempo y levantó a veinte, y no contentándose con esto, llegó a ser de treinta y seis cobdos. Pareció en Simeón -dize San Teodoreto, el cual le vido en la columna- aver querido Dios que se pusiesse la luz sobre el candelero y luciesse más, como se vido por experiencia, porque viniendo paganos a verle en grande número, desde allí los predicava y persuadía a que fuessen castos, que por tener licencia de no serlo estavan en sus idolatrías. Baptizávanse algunos, y bolvían a sus casas con grandes propósitos de ser buenos. «Yo mismo -dize San Teodoreto- le vi en la columna, aunque con peligro mío notable, y fue que, estando cercado de gente bárbara que venían a que los bendixesse, como él me vido y conoció que era sacerdote, díxoles que llegassen a mí por la bendición. Llegaron unos y otros, levantavan las manos, tomavan mis vestidos y despedaçávanmelos. Assíanme de las barbas y sacávanmelas, y de veras que ellos me mataran si el santo varón no les diera bozes que se apartassen de mí y me dexassen». Dize más San Teodoreto, que la perseverancia en tan áspera vida de este hombre le tenía admirado. «De día y de noche tenía oración, ya en pie, ya postrado en la columna. Cuando orava en pie hazía muchas inclinaciones. Contólas una vez | uno de mis familiares, y llegó el número a mil y dozientas y cuarenta y cuatro, y de cansado no contó más. Cuando se inclinava llegava con la frente hasta los pies, y con tomar solamente una vez en la semana el manjar, tenía fuerças para inclinarse como se ha dicho, y tantas vezes. Padeció grave dolor y pena de una llaga ulcerada que tenía en el pie, y vídola un estrangero, que dudó si era hombre mortal, y quiso el santo que se enterasse en que lo era, haziendo poner una escalera a la columna por la cual subió el estranjero, y diole lugar a que con sus manos, por entre el cilicio que tenía vestido y le cubría todo, le tocasse los pies, y tocándolos descubrió aquella llaga, y cierto de que una vez en la semana recebía algún manjar, asseguróse que era hombre». El cual, dize San Teodoreto que le habló y certificó de la llaga que el santo tenía en el pie. Hazía otra penitencia maravillosa en las noches de fiestas principales, y era que desde puesto el sol hasta que amanecía estava en pie en la columna, levantadas al Cielo sus manos, estendidos los braços, no cansándose con tan penosa postura, ni derribándole de la columna el importuno sueño, no siendo más ancha que lo bastante a estar tendido su cuerpo en ella. Admirava mucho que, siendo varón de tanta penitencia y aspereza de vida, no era áspero de condición, sino humaníssimo y afable, respondiendo a las preguntas que le hazían, y predicando cada día dos vezes doctrina del Cielo. Estuvo treinta años en esta columna el santo, y acabó en ella santamente su vida. Escrivió dél San Teodoreto y Evagrio Escolástico Epifanense, y refiérelo Surio, tomo primero.
[49] San Macario Alexandrino, /(398r)/ aviéndose exercitado en vida monástica mucho tiempo, y siendo viejo, oyó dezir grandes cosas de los monges tabenensiotitas. Desseó verlos para aprender más virtud, tomó un vestido seglar, como de hombre trabajador, y fue a la Tebaida, donde estava su monasterio, y era en él abad Pacomio, varón santo y ilustrado con don de profecía, aunque de Macario, que iva a su monasterio, no le fue revelada cosa alguna. Llegó a él y rogóle que le recibiesse en su casa, porque desseava ser monge. Respondióle Pacomio:

-Ya eres viejo, no tendrás fuerças para llevar los trabajos de la religión; especialmente que, viendo la abstinencia que los monges guardan aun siendo ancianos, y que tú, estando entre ellos, no la podrás guardar, dexarlos has, y fuera del monasterio dirás mil males dellos, por no aver podido imitarlos.

Perseveró Macario un día y otro, hasta toda una semana, a las puertas del monasterio, pidiendo a Pacomio que le admitiesse en él, diziendo que le provasse y si le hallasse inferior en la abstinencia a los demás monges que le despidiesse. Oído esto, con acuerdo de los demás monges le admitió Pacomio a su monasterio, en que de ordinario residían mil y cuatrocientos religiosos. Vido Macario en ellos mucha virtud y exercicios santos, en particular, llegando presto el tiempo de la Cuaresma, entendió de unos que comían una sola vez al día, ya tarde, otros, al segundo día, y otros, al quinto día. Vido también a uno que toda la noche permanecía en pie, y de día se assentava y trabajava de manos. Considerado todo esto por Macario, recogióse en un rincón, y allí, en pie, sin assentarse en tierra, passó la Cuaresma, sin comer pan ni bever agua. So- lamente | los domingos tomava alguna hortaliza cruda, y esto más para cumplir con los otros monges que por necessidad, y para las del cuerpo forçosas iva y bolvía luego a su puesto, sin abrir su boca ni hablar palabra con alguno, antes dentro de su coraçón orava, y con sus manos trabajava lo que le era dado conforme al orden que tenían los otros monges en las labores del convento. Los cuales, considerando la vida de aquel novicio, sentidos contra su mayor, fuéronse a quexar a él, diziendo:

-¿De dónde nos truxiste este hombre, que vive como ageno de humana carne, para confusión de todos nosotros? Conviene, una de dos, o que él se vaya deste monasterio, o que todos nosotros oy salgamos dél, porque ni él con nostoros, ni nosotros con él podemos tener vida.

Pacomio se puso en oración y pidió a Dios eficazmente le descubriesse quién aquél era. Descubrióselo su Magestad, fue a él, y assido por la mano le llevó a un oratorio. Allí le abraçó, y dixo:

-Buen viejo, tú eres aquel Macario tan nombrado, y encubríaste de mí, que de muchos años te desseava ver y conocer, por oír de ti grandes cosas. Doyte gracias porque dexas avergonçados y confusos a estos mis monges, viendo cuán poco es lo que todos ellos hazen respeto de lo que tú hazes. Buelve a tu habitación y casa, que suficientemente nos has edificado, y ruega por nosotros a Dios.

Con esto se despidió Macario y bolvió a su estancia. Refiérelo Surio, tomo primero.
[50] En un viaje que hizo Simeón Metafraste, santo varón, por mandado de cierto emperador de Constantinopla, cuyo nombre no declara, dize que en una isla llamada Paro vido un ermitaño, sacerdote y de vida santís- sima, /(398v)/ el cual le refirió el caso semejante, encargándole que le escriviesse entre las Vidas de Santos que tenía recopiladas: «Passaron -dize- a esta isla de Paro ciertos vezinos de Negroponte con designio de caçar ciervos y cabras, de que ay grande abundancia, para aprovecharse de los cueros y pieles. Entre ellos vino uno devoto y siervo de Dios, y como llegasse a ella, fuese a visitar una iglesia antigua de la Madre de Dios, aunque yerma y sola, como lo está de gente la isla, y deshabitada por incursiones que siempre hazen en ella enemigos del imperio. Estando, pues, haziendo oración, vido al lado diestro del altar una como cobertura que la meneava al viento, y mirando más atentamente, parecióle que eran telas de arañas, y queriendo acercarse para discernir lo que fuesse, oyó una boz, que le dixo:

-Detente, no passes adelante, o hombre, porque soy muger y tengo vergüença de ser vista desnuda.

El buen hombre, oyendo esto, recibió algún temor, mas, tomando ánimo, preguntóle quién y cómo habitava en aquella soledad. La boz tornó a dezir:

-Ruégote que me des tu capa, y estando cubierta, yo te diré cuanto me permitiere la divina voluntad.

Oyendo esto, diole la capa y fuese a la puerta del templo, dándole lugar a que se cubriesse. Bolvió luego y vido que en la figura solamente era muger: los cabellos tenía blancos, el rostro, denegrido, aunque mostrava un poco de blancura, y el pellejo que sustentava la composición de sus miembros, como no tenía carne, parecía sombra; y assí, solamente era una figura humana. Mas quedó espantado de verla el hombre, y por assegurarle ella y que no la tuviesse por fantasma, bolvióse al oriente y hizo oración. Luego dixo:

-Dios, | o hermano, tenga de ti misericordia. Dime qué es la causa por que veniste a esta isla deshabitada, y si es que te truxo Dios por mi ocasión, quiero contarte la historia de mi vida, si la quieres saber. Mi patria es Lesbos, nací en la ciudad de Metimna. Mi nombre es Teoctista, y mi professión, de monja. Siendo pequeña murieron mis padres, y mis parientes encerráronme en un monasterio de vírgines, donde recebí el hábito y professión de monja. Después desto, siendo de diez y ocho años, en una solemnidad de Pascua, salí del monasterio y fui a cierta aldea cerca de la ciudad a visitar una hermana mía que tenía allí casada. Venida la noche, saltearon la isla los árabes de Creta, cuyo capitán era Nisiro, y llevaron captivos a todos los que estavan en la aldea, y a mí con ellos. Luego que fue de día, hizieron señal de recogerse a sus navíos, y levantadas áncoras, llegaron a esta isla de Paro para certificarse de la presa y ver qué captivos traían, apreciando el rescate. Yo, que vi ocasión, procuré huir a lo más escondido del desierto, no dexando de correr hasta que mis pies, heridos de agudas piedras, rebentaron sangre, que corría en abundancia, y assí, desalentada y sin fuerças, caí en tierra como muerta, y passé toda la noche con terribles angustias. Venida la mañana, vi que los cossarios se avían ido, por lo cual yo quedé bien contenta en esta isla. Y an ya passado treinta y cinco años que hago vida en ella, sustentándome con altramuçes y yervas, y por dezir mejor, con palabras de Dios. Cuando me libré de los cossarios, quedé desnuda, porque ellos me quitaron la ropa, y ha sido mi vestido la mano del Señor, que contiene el Universo.

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