De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Aviendo dicho esto la santa donzella, levantó las /(399r)/ manos al Cielo, dando gracias al Criador, y calló. El buen hombre estava, sus ojos baxos, sin osar mirarla, y callava. Ella le tornó a dezir:

-Ya te he manifestado lo que toca a mi vida. Ruégote que hagas una cosa por mí, y es que el año siguiente has de bolver a esta isla a la que aora veniste, y traerme as en un pequeño vaso el Santíssimo Sacramento del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, porque después que habito en esta isla no he sido merecedora de tal don.

Dicho esto, encomendándole que a ninguno de los que ivan con él diesse parte dello, bendíxole y despidióle. El buen hombre prometió de lo hazer assí, y muy contento por averle Dios descubierto semejante caso, fue al navío y bolvió a su tierra. El siguiente año, aviendo de hazer su viaje, acordóse de lo que le avía rogado aquella santa donzella. Habló con un sacerdote, y dándole cuenta para qué lo quería, siendo cosa que a la sazón se usava, y por ventura mandando Dios al sacerdote que assí lo hiziesse, diole una forma consagrada en un pequeño vaso o cáliz, y con ella passó a la isla de Paro con otros caçadores. Y aviendo salido en tierra y ido al templo de la Madre de Dios, vido a la santa monja cubierta de la capa que él le avía dado el año antes. Quiso arrodillarse delante della, mas diole bozes que no lo hiziesse, porque traía consigo el Divino Sacramento. Descubrióle él del caliz la forma consagrada, y ella se derribó en tierra, y luego la recibió derramando muchas lágrimas, y dixo:

-Aora, Señor, dexa en paz a tu sierva, pues vieron mis ojos tu salud. Aora que he recebido al que perdona mis pecados, iré donde tu grandeza me mandare.



Dicho esto, levantó las manos al Cielo y hizo oración por aquel hombre, y embióle con los de- más, | que andavan por la isla entretenidos en sus caças. Y aviéndose ocupado en esto algunos días, y muerto muchos ciervos y cabras, queriendo bolverse, el devoto varón fue a la iglesia para recebir la bendición de Teoctista, y entrando en ella, vídola que estava muerta. Derribóse en el suelo y besóle sus santos pies, derramando lágrimas. Estava dudoso, sin saber qué hazerse, y determinóse en lo que menos le estava bien, y fue que, cortándole una mano, puesta en un paño de lino, se bolvió al navío, y dieron a la vela. Vino luego un viento tan a propósito, que pensaron llegar otro día a Negroponte, y fue de otra manera, que, salido el sol, se hallaron en el mismo puerto de donde avían partido, y el navío tan sossegado como si estuviera sobre áncoras. Estavan todos espantados y confusos, preguntávanse unos a otros si avían cometido algún pecado por el cual mereciessen castigo semejante. El buen hombre, entendiendo cuál fuesse la ocasión, salió fuera, guió al templo y restituyó la mano al cuerpo de la santa, y bolvióse al navío. El cual luego se hizo a la vela, y navegava con gran velocidad a Negroponte. Visto esto por el buen hombre, contó el caso como avía sucedido a los demás de la compañía, los cuales, admirados de tan peregrina historia, reprehendieron su atrevimiento, y de común acuerdo bolvieron a la isla de Paro por ver el cuerpo de la santa. Y entrando en la iglesia hallaron una señal y figura del santo cuerpo donde avía estado, mas a él no le vieron, aunque miraron todos los rincones de la iglesia y grande parte de la isla. Y visto que era voluntad de Dios que estuviesse escondido, aviendo venerado la señal y figura del santo cuerpo bol- vieron /(399v)/ a su navío, y en él passaron a su tierra, alabando a Dios, que es maravilloso en sus santos». Lo dicho refiere Simeón Metafraste, y escrívelo Surio, tomo sexto.
[51] Zoerardo, monge solitario en el desierto de Nitria, entre otras asperezas de penitencia que hazía fue una, que después del trabajo del día tomava de noche algún descanso, y era en esta forma: cortó un ancho roble y allanóle, y hizo alrededor dél un seto de cañas bien agudas, y poníase allí dentro, donde si el cuerpo, cansado del sueño, se recostasse en alguna parte, herido de las cañas y sintiendo el dolor, despertasse, y assí su dormir era acorvado de rodillas. Ni se contentó con esto. Antes hizo un círculo o corona de palos del tamaño del tronco donde estava reclinado y, puesta en alto, colgó de allí cuatro piedras, con intento que si durmiendo se cabeceasse, por cualquiera parte se hiriesse en aquellas piedras, de modo que lo poco que durmiendo tomava algún descanso, era con todos estos contrapesos e inconvenientes. ¡Oh bienaventurado varón, que la corona que avía de tener en el Cielo la comprava tan a su costa en el suelo! Siendo muerto el mismo San Zoerardo, como le desnudassen para lavar el cuerpo, como era a la sazón costumbre, halláronle una cadena algo delgada, que tenía ceñida, y tan apretada, que se le avía entrado por sus carnes, y teniéndolas rompidas, el cuero se avia juntado sobre ella, de modo que si no era donde venían los cabos a añudarse, no se echava de ver, y desatándola, y tirando de la una parte, sonavan las costillas, por las cuales se venía resbalando. Dízelo Surio, tomo tercero.
[52] Santo Domingo, llamado el Lo- rigado, | fue clérigo seglar. Juntóse con unos ermitaños que vivían apartados unos de otros, y eran en número diez y ocho, en el desierto de Luceola, donde hazía vida de grande penitencia. Nunca bevían vino. El domingo y el jueves dexavan de ayunar. Los demás días era su ayuno de pan y agua. Su ordinario exercicio era oración y trabajar de manos. No poseían cosa alguna. Toda la semana guardavan silencio hasta el domingo, en el cual, aviendo dicho vísperas, comían juntos, y hablavan unos con otros hasta hora de completas, que se bolvían a sus celdas, donde estavan los pies descalços. Santo Domingo, juntado a esta compañía, cada día crecía en virtudes, no cotentándose con lo que los demás hazían de penitenias y asperezas. Vistióse una loriga de hierro junto a la carne, sin quitársela en todos los días de su vida, sino cuando se disciplinava, y con ella estava armado contra las batallas que cada día tenía a fuego y sangre con los demonios, y por esto se le dio nombre de Domingo el Lorigado. Cada día rezava dos vezes el Salterio, teniéndole de memoria, y al tiempo que le rezava, se disciplinava. La Cuaresma y los días de ayuno eran tres vezes. Hazía muy de ordinario la penitencia de cien años, usada por ermitaños, y contávala en esta manera: tres mil açotes hazían un año de penitencia, y a cada mil açotes rezavan o cantavan diez Salmos, de modo que al fin de los ciento y cincuenta Salmos del Salterio venían a ser cinco años de penitencia, y acabado el Salterio veinte vezes se cumplían los cien años. Y no pocas vezes lo cumplió en seis días este insigne varón. Los açotes que se dava Domingo excedían a los de los otros religiosos, porque ellos usa- van /(400r)/ de una mano, y él, de las dos, y assí eran más rigurosos y sangrientos. Confessándose una vez, principio de Cuaresma, pidió al confessor le impusiesse mil años desta penitencia, y impuestos, la cumplió antes que viniesse la Pascua. Perseveró toda la vida en estos exercicios, y siendo viejo, añadía a los Salterios y disciplinas estar en pie y arrodillarse al suelo cien vezes, de quinze en quinze Salmos. Escrivió su Vida Pedro Damián, que le conversó y trató. Quiso informarse dél un día acerca de su comida, cómo le iva, y respondió:

-Yo vivo en essa parte remissa y destempladamente, en especial los domingos y jueves.

Preguntóle si en essos días comía él algún guisado, huevos o queso. Respondió que no. Añadió Pedro Damián:

-Pues, ¿qué es la comida? ¿Peces y mançanas?

Dixo el siervo de Dios:

-Es verdad que me dan algunos de essos días peces y mançanas si los ay, mas guárdolo yo y doylo a pobres enfermos, que ay muchos en esta tierra.

-Pues, ¿en qué está la destemplança -replicó Pedro Damián-, si no comes cosa que llegue a fuego o se coge de los árboles?

Respondió el admirable Domingo:

-Como pan y hinojo, y esto es destemplança, porque siento mucho gusto y regalo comiéndolo.

Parecíale a este bienaventurado varón que era destemplança comer pan y hinojo. Alcançó de Nuestro Señor don de lágrimas, cayendo muy de ordinario de sus ojos arroyos dellas. Dormía poco, y esto cuando su cuerpo estava demasiadamente cansado. Algunas vezes era estando de rodillas, y otras, reclinado en la desnuda tierra. También hazía otro exercicio no menos penoso que los declarados, y era que se ponía en pie y levantava los braços en alto en forma de cruz, y rezava | doze Salmos, repitiéndolos cuatro vezes. Dezía assí mismo otras vezes el Salterio, y después de cincuenta Salmos, un nocturno de finados, estando también los braços levantados en cruz. Preguntó el mismo Pedro Damián a los otros monges si en lo penoso del verano dormía Domingo las siestas como los demás, y él respondió:

-En noches tan largas, ¿para qué tengo de dormir en el día?

Y dio esta respuesta porque estava de noche tan elevado en contemplación que no advertía por cuál tiempo del año hazía mayores o menores noches. Dezía que un sueño trae otro sueño, y una vigilia, otra vigilia, y que el cuerpo humano en aquello que le imponen se halla bien. Era recatado en no dezir mentira, y si le preguntavan qué hora era, no respondía son las tres, o las seis, sino cerca de las tres o las seis. Por sus grandes abstinencias vino a ser muy enfermo del estómago y de la cabeça. Aconsejáronle que se purgasse. Tomó una purga y luego espiró, en el año de mil y setenta. Escrivió lo dicho Pedro Damián Cardenal por mandado del Papa Alexandre Segundo, y refiérelo Surio, tomo quinto.


[53] El Seráfico Patriarca San Francisco, del mucho llorar tenía flaca la vista, y diziéndole que se moderasse porque no acabasse de cegar, respondía que no eran de tanto precio los sentidos que por su causa la fuerça y vigor de la devoción devía enflaquezerse, la cual se sustenta con sospiros, y con lágrimas camina para Dios. Es de San Buenaventura en su Vida, capítulo quinto. El mismo santo, cuán sin piedad fuesse para sí, mostrólo diversas vezes, y en particular una, que se vido tentado de deshonestidad gravemente. Desnudóse y açotóse con grande /(400v)/ rigor, y visto que la tentación no cessava, salió del monasterio, y en un monte donde avía mucha nieve se dexó caer y se detuvo algún tiempo. Hizo luego una pella grande, y otras chicas, y dezía:

-Ves, Francisco, aquí tu muger y hijos, procura cubrirlos, porque perecen de frío.

Y con esto domó su carne con açotes, y resfrió sus ardores con la nieve que juntava a su cuerpo. Es del mismo lugar.
[54] San Vicente Ferrer, del Orden de Predicadores, eran sus ojos fuentes, en especial cuando dezía Missa y tenía en sus manos el Santíssimo Sacramento. Es de Pedro Raufano, y refiérelo Surio, tomo segundo.
[55] Residía en París un eclesiástico prebendado y muy rico. Era moço, de gentil presencia, bien nacido. Todo esto le era contrario y hazía guerra, por donde se entregó a graves vicios de gula y de luxuria. Cayó enfermo, confessó sus pecados, recibió el Santíssimo Sacramento y la Unción, con que murió. Antes avía hecho el tiempo tempestuoso, y aquel día salió un sol muy claro, por donde se le hizo un solemníssimo entierro, por ser muy emparentado. Considerando su vida y muerte, muchos le juzgavan por dichoso y bienaventurado. Dezían:

-Veis este hombre, toda su vida vivió a su gusto, recibió cuantos deleites y plazeres quiso. Su enfermedad fue breve. Recibió los Sacramentos, por donde se presume que se salvó, y al cabo, su cuerpo ha sido sepultado con tanta honra. Y aun el tiempo le ha favorecido, que parece quiso regozijar su entierro y solemnizarle.

Esto se plativava en el vulgo, y un siervo de Dios quiso ver si dezía con lo verdadero y si de veras aquél era dichoso. Pidió a Dios con gran instancia se lo declarasse. Y para en- mienda | y escarmiento de otros, le fue concedido. Vídole arder en el Infierno, y muy admirado preguntó la causa, y cómo no le avían aprovechado los Sacramentos en su muerte. Y fuele respondido que nunca tuvo intento de enmendarse, antes juzgó en sí mismo que si sanava de la enfermedad no podía ser otro del que antes avía sido. Su confessión fue cumplimiento, el dolor de sus pecados, corto, el intento y propósito de enmendarse, ninguno; por esso se condenó. Y de aquí viene San Augustín a poner tanto escrúpulo en la salvación de los que aguardan a convertirse al cabo de la vida, porque no todos tienen los requisitos necessarios para que les sean de provecho los remedios y prevenciones de aquella hora. Este caso se escrive en el Promptuario de exemplos.
[56] Un cavallero exercitado en la milicia y cargado de pecados gravíssimos, a instancia de su muger se fue a confessar con un obispo. El cual, oída su confessión, señalóle algunas penitencias, sin que él aceptasse alguna, diziendo que ni podía ayunar, ni rezar. Díxole el obispo:

-Pues sea ésta la manera, que estéis en la iglesia encerrado toda una noche en silencio, sin hablar palabra, hasta que yo vaya por la mañana a visitaros.

Aceptó esto el hombre, y dexóle encerrado el obispo después de aver hecho por él oración. Vino luego el demonio en figura y traje de mercader caudaloso. Mostróle paños de diversos colores, dávaselos por pequeño precio, y algunos graciosos, con que le acompañasse y llevasse seguro hasta passar una silva allí cercada. A todo esto el penitente no dixo palabra. Desde a poco tomó forma de un su pariente, entró en la iglesia dando bozes, diziendo que enemi- gos /(401r)/ suyos avían acometido su casa, muértole la muger y hijos, y puéstole fuego, y desde allí le mostrava la llama. Todo esto no fue parte para que él quebrantasse el silencio. Llegó con figura de un hijo suyo pequeño, y dezíale:

-Acaba ya, padre. ¿Qué hazes? Toda la familia muerta, la casa abrasada, el enemigo buscándote, y puedes con facilidad vengarte dél. ¿Qué hazes?

Y como no le respondiesse, añadió:

-Pues si no quieres favorecerme, yo mismo me quitaré la vida.

El cavallero estava inmovible. Finalmente, llegó una caterva de demonios en figura de bestias fieras, que le acometieron y maltrataron, aunque ni ésta fue parte para que él dexasse el silencio, ni se perturbasse o moviesse. Vino la mañana, entró el obispo en la iglesia para sacarle della, preguntóle el penitente por los que avían muerto a su muger y hijos.

-No están muertos -dixo el obispo-. ¿Qué es lo que dezís?

-Yo -replicó el cavallero- oí el ruido de las armas y vi la llama.

Llegaron los hijos, y visto que era ilusión del demonio, dixo al obispo:

-Padre, ruégote que me des y señales toda la penitencia que quisieres, que yo lo cumpliré por no quedar obligado a que el demonio se vengue de mí. Yo sé que tengo de pagar lo que devo. Si lo dexo, dará Dios lugar al demonio que tome la mano y me atormente, pues por mucho que yo haga, lo sentiré menos que lo poco que a él se le dé licencia. Cargad la mano, que todo lo haré.

Y assí fue, que cumplió la penitencia que le fue impuesta por el obispo, y fuera desso añadió él otras muchas obras penales, con que hizo satisfación y recompensa por todo lo passado, y murió bien. Lo dicho es del Promptuario | de exemplos.


[57] Amonestava a un usurero frecuentemente cierto sacerdote que enmendasse la vida y hiziesse penitencia de sus pecados. Respondíale:

-Tiempo ay, temprano es.

Cayó enfermo, visitóle el sacerdote exortándole a que ya era tiempo que confessasse sus pecados y propusiesse enmienda de vida. Él dio bozes:

-¡Ay, penitencia! ¿Dónde estás? Justo juizio de Dios es que, pues hasta aora te menosprecié, aunque te quiera no te halle.

Y diziendo estas palabras, espiró. Refiérese en el Promptuario de exemplos.
[58] Un hombre rico y grande limosnero fue arrebatado en espíritu y vido algunos particulares juizios de Dios. Estava en silla de juez, y llegavan diversas personas a dar cuenta de sus vidas. Llegó uno, y declaró algunas limosnas que hizo con caridad; otro, las oraciones que ofreció a Dios, y otro, obras de misericordia que exercitó: vestir pobres, hospedar peregrinos. Él, que estava a la vista de todo esto y veía los premios con que Cristo premiava a los semejantes, tenía mucho contento, esperando que viniese su vez, sabiendo que avía hecho más que todos éstos. Llamáronle, y no se hizo pregunta de buenas obras que huviesse hecho, sino qué penitencias y obras penales fueron las suyas, y qué deleites y regalos dexó de gozar por su amor. Enmudecióse, porque era hombre dado a semejantes regalos y deleites. Añadió luego el Juez, viéndole que callava:

-¿No oíste mi Evangelio, que es estrecho el camino del Cielo?



Del todo quedó el hombre confuso, mas hallóse luego el remedio. Vido allí a la Ma- dre /(401v)/ de Dios y a muchos santos que tenía por particulares patronos y los avía hecho magníficos servicios. Postróse en su presencia implorando su favor, dando palabra que siéndole concedido tiempo cessaría en los regalos y se emplearía en penitencias. Alcançáronlo con facilidad los buenos intercessores. Tornó en su sentido, y la verdad desta visión provó con el trueco de su vida, que, sin dexar las obras de caridad, se empleó en otras de mortificación y penitencia, de modo que vino a ser varón consumadíssimo en virtudes, y acabó santamente. Lo dicho es del Promptuario de exemplos.
[59] Fray Pedro Nicolás, Factor del Orden de los Menores, fue varón de grandes mortificaciones y penitencias. Disciplinávase los más días con mucho rigor, hasta derramar sangre, y aun a vezes traía otro religioso y se concertava con él que le hiriesse con varas de membrillo, y él lo hazía, siendo Guardián en un convento llamado el Valle de Jesús, tres leguas de Valencia, en la cual ciudad, que es nobilíssima en España, nació el año de mil y quinientos y veinte, día de San Pedro Apóstol. Teniendo, pues, este cargo, hizo grandes mortificaciones. Cada día, antes de dezir Missa, se disciplinava. Ordinariamente no comía más de pan y agua, y si alguna vez excedía desto, era una escudilla de caldo. Nunca faltava a Maitines. Dormía sobre unas tablas, y por cabecera, un palo. Quedóse un día fuera del refectorio, y desnudándose su hábito, con solos los paños menores, añudándose una soga al cuello y tomando una Cruz en la mano, y en la otra, una piedra, hiriéndose los pechos, entró de rodillas por el refectorio, diziendo con | muchas lágrimas, gemidos y solloços, que era grande pecador, y rogando a los frailes que rogasssen a Dios por él. Quedaron todos llenos de admiración, y muchos derramando lágrimas de ver a su perlado y padre de aquella suerte. El vicario le pidió de parte del convento y suya que se fuesse de allí y vistiesse el hábito, y él, besando primero los pies a los frailes, se fue y vistió. Y, bolviendo al refectorio, se assentó y comió un poco de pan, y bevió agua, y su ración, con alguna fruta, embió a pobres que estavan a la puerta. Otra vez, en medio del invierno, entró desnudo en un estanque de agua y estuvo en él por tres horas, adonde no le desamparó Dios, antes le encendió su espíritu con llamas de divino fuego. Y para indicio desto, quiso que la agua del estanque se viniesse a calentar hasta hervir. Salió de allí alabando a Dios y rogándole le diesse conocimiento de sí mismo y gracia para cumplir en todo su voluntad. Después desto, estando en el convento de San Francisco de Valencia, tuvo cargo de Maestro de novicios, los cuales eran veinte y dos. Él los criava y doctrinava con grande diligencia y continuo cuidado, exercitándolos y exercitándose en grandes mortificaciones y actos de humildad. Teníalos un día juntos en el noviciado; hincóse de rodillas, y, descubierta la cabeça, encrucijó los braços sobre los pechos, y mandóles por virtud de santa obediencia que de uno en uno se pusiessen delante dél y le dixessen muchas palabras injuriosas y feas, y después de se las aver dicho, le escupiessen en el rostro. Aceptaron el mandato los novicios, aunque con solloços y lágrimas. Inclinó el devoto padre /(402r)/ los ojos en el suelo, con una maravillosa composición y mortificación, para oír las palabras injuriosas que le dirían y recebir en su rostro las salivas que le echarían. Llegavan los novicios temblando, y uno le llamava ribaldo, otro, traidor, otro, quebrantador de su regla, otro, hipócrita. Uno le dezía que no era digno del pan que comía, y otro, que eran tan abominables sus pecados y vida, que estavan espantados cómo la tierra no se abría y el Infierno no se le tragava. Después de dichas semejantes afrentas, le escupían en el rostro. El humilde padre, derramando lágrimas, tenía puesto delante de los ojos de su consideración a Jesucristo assentado en una silla, açotado, coronado de espinas y escupido en su divino rostro, por cuyo amor procurava imitarle en lo que podía. Luego que cessó la tormenta, limpiándose el rostro, habló con su Magestad, y dixo:

-Dios mío y Señor mío, ben- dito | seáis, que por la boca de los infantes se dizen las verdades. Estos mancebitos me conocen a mí y me dizen la verdad. Estos angelitos me tratan como yo merezco, y no los del siglo, que unos me besan el hábito, y otros, las manos, otros me alaban, otros me llaman santo y se van siguiéndome. Los del siglo, ¿por qué lo hazen, o bien mío, sino porque no me conocen? Mas estos angelitos, que continuamente me tratan y están comigo, veen quién soy, y con verme y conocerme aún no me dizen lo que merezco. Apiadáos, Señor, deste gran pecador, y no miréis con los ojos de vuestra justicia rigurosa esta criatura tan abominable y este estiércol tan suzio y de mal olor.

Exercitóse en estas y otras obras semejantes hasta que murió, en veinte y tres días de deziembre, año de mil y quinientos y ochenta y tres. Dízelo Fray Cristóval Moreno, Provincial de su mismo Orden, en la Vida que dél escrivió. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Sócrates Filósofo se estava algún día desde que salía el sol hasta que se ponía en pie sin mudarse de un puesto. Y preguntado qué fin tenía en hazer esto, dezía que se ensayava para cuando le sucediessen casos ásperos y dificultosos, que los sufriesse pacientemente y sin descomponerse. ¡Oh, quién viera a este filósofo lavado con el agua del Baptismo! Dízelo Sabélico, libro segundo.
[2] Diógenes Cínico andava con sola una túnica, traía los pies descalzos, y la cabeça, descubierta al frío y al calor, sin mostrar más sentimiento en lo uno que en lo otro. Primero usava para bever de un vaso de madera como hortera, después, porque vido a | un rústico que bevía con las manos, dexó el vaso y bevía con ellas. En los años postreros de su vida comía carne cruda por no mostrar que tenía necessidad de favor o servicio ageno. Con el Baptismo corrigiera Diógenes sus faltas y fuera gran varón. Es de Sabélico, libro segundo.
[3] Fue embiado de Alexandre a los ginosofistas Mnesarco para que le truxesse relación cierta del modo de vivir de aquella gente, y llegó a un campo donde vido muchos hombres desnudos que se ensayavan para sufrir y padecer trabajos. Era tiempo de verano y el sol abrasava con los rayos la tierra, era arena cernida el suelo y quemava como fuego. Unos /(402v)/ estavan en pie, otros miravan el sol sin pestañear, algunos se tendían en la arena, aquél del lado derecho, éste del izquierdo, el otro, el rostro al cielo, abrasándose todos y todos mostrando grande paciencia y sufrimiento. ¡Oh, qué bien cayera sobre éstos la agua del Baptismo! Afírmalo Sabélico, libro dos.
[4] Catón Uticense, siendo moço, todo un día estuvo orando en el Senado, que era al talle de lo que entre cristianos es predicar. Las nieves y soles sufría descubierta la cabeça. Iva | camino a pie en compañía de otros amigos que caminavan a cavallo. Cuando estava enfermo con calentura no se dexava ver de persona alguna. Siendo capitán romano guió por siete días continuos el exército, caminando por lugares dificultosos a las fieras, sin ir a cavallo ni en carro, sino a pie, guiando la primera escuadra, sin assentarse sino cuando dormía o comía. Buenos azeros de hombre si fuera cristiano; y en tiempo de mártires valeroso se mostrara en el martirio. Dízelo Sabélico, libro segundo.
Fin del Discurso de Penitencia. |

DISCURSO SESENTA Y TRES. DE PERSEVERANCIA


En todo instituto y modo de vivir virtuosamente conviene perseverar, porque intentar aora una cosa, y luego, otra, es señal de ánimo liviano. Algunos passan del estado baxo al más alto, y no los lleva desseo de aprovechar, sino humor de novedad. Muchos mudan casa, no cansados del lugar, sino de sí mismos. Algunos, aviendo vivido bien (y es el peor género de inconstancia), dan en vicios y pecados. Si queremos salvarnos, mucho devemos procurar que, aviéndonos inspirado el Espíritu Santo algún buen propósito, y exercitádole algún tiempo, siempre insistamos en él, y con la misma promptitud | y gana que començamos le prosigamos, porque con tanto cuidado se deve procurar en el camino del Cielo el no bolver atrás como el ir adelante. Es la perseverança la túnica talar de Aarón, que llega de la cabeça a los pies. Es la cola del animal que mandava Dios se le ofreciesse. Es el calcañar que quebranta la cabeça de la serpiente, el demonio. Desto tratará el Discurso.

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