De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Y es lo que el predicador evangélico deve tener cuidado en sus sermones, que es proponer a los justos el premio, y el castigo a los pecadores. Y a los que predicaren desta suerte enseñó que no deven temer cosa de la tierra, reprehendiendo a Herodes Rey, teniendo por mejor padecer prisiones, cárcel y la muerte, que encubrir con lisonja su adulterio, olvidado de los mandamientos de Dios. Lo dicho es de San Mateo, capítulo quinto, y de San Marcos, capítulo sexto, y de San Lucas, capítulo tercero.
[8] Tras el luzero de la mañana, luego sale el Sol. Luego que el luzero del Baptista cumplió con su oficio de precursor, el Sol de Justicia, Jesucristo, Nuestro Señor, salió a dar rayos de claridad, que fue la doctrina evangélica. Aunque se ha de advertir que primero que començasse a predicar fue tentado del demonio y le venció, en el desierto, de hambre, de vanagloria, en el templo, y de codicia, en el monte; tentaciones todas ofrecidas exteriormen- te | por el demonio, para dar a entender que ha de aver alcançado victoria de los vicios el que se pusiere a reprehenderlos en el púlpito. Predicaron los profetas, y prometían premio de tierra, pan, vino y óleo. Predica Jesucristo, y pues su doctrina era más alta, séalo el premio. Y assí, dezía:

-Hazed penitencia, que se llega el Reino de los Cielos;

que era dezir: «Si la hazéis, seréis premiados en el Cielo». Ni se contentó el Salvador del mundo de que su doctrina sólo se estendiesse en Jerusalem y su tierra, sino que recibió discípulos, y señaló dellos doze Apóstoles para que los unos y los otros manifestassen el Evangelio por todo el mundo. Y para que se entienda que el don de la predicación deve ser estimado, dixo por San Mateo, capítulo nono:

-Rogad al Señor de la mies y labrança que embíe a ella obreros.

Assí, por oraciones se han de alcançar los sermones de provecho. Y porque a los predicadores no les parezca que su fin ha de ser ganancia, no siendo assí, sino el bien y provecho de las almas, dízeles Jesucristo por San Lucas, capítulo décimo:

-De gracia avéis recevido el don de la predicación, pues usadle de gracia.

Aunque no por esto les veda la congrua sustentación, por lo cual dixo:

-Digno es el jornalero de que se le dé la comida.

Predicó, pues, el Hijo de Dios, y aviendo corrido su carrera como buen justador, con espanto de Cielo y suelo, ganando mil joyas, que fueron millares de almas, dexó en la tela y puesto a sus Apóstoles, mandándoles que fuessen a predicar por todo el mundo. En el cual aviendo diversas gentes y naciones, dioles don de lenguas, para que todos los entendiessen y todos sanassen. Començó la cabeça y príncipe del Colegio Apos- tólico, /(415r)/ San Pedro, y convirtió un día, predicando en Jerusalem, tres mil hombres, y otro día, cinco mil. Después predicó a los gentiles y baptizó a Cornelio Centurión, no dedignándose el que en dos sermones, y dentro de casa, tenía convertidas ocho mil personas, ir largo camino por Cornelio y su familia. Y assí, los que teniendo grandes auditorios procuran la gloria de Jesucristo y no la propria, no se les haze de mal de predicar a poca gente. Possible es sacar más ganancia en el auditorio pequeño que en el grande. Es del Libro de los Hechos Apostólicos, capítulo segundo, y refiérelo Marulo.
[9] El Apóstol San Pablo, con su colega San Bernabé, predicaron en pueblos de la comarca de Jerusalem, y visto que de sus sermones no sacaban otro provecho que ser murmurados y tenidos en poco, burlando de lo que dezían, díxoles, como parece en el Libro de los Hechos Apostólicos, capítulo treze:

-Convenía que os predicássemos a vosotros primero la palabra de Dios, mas, pues la menospreciáis y tenéis en poco, irnos hemos a los gentiles.

Deven ser dexados los que, endurecidos en vicios, no reciben la doctrina santa y provechosa, porque, entretanto que se derrama la semilla en la tierra estéril, la fecunda y fértil, faltándole el arado, sea frustrada de más abundante fruto. Passó el Apóstol en Atenas, y disputó admirablemente con los epicúreos, y vídose a la clara cuánto se aventaja la doctrina de Cris- to | a la filosofía del mundo, porque de un sermón les arrebató su presidente, Dionisio Areopagita. El cual, de maestro de filósofos fue hecho discípulo de San Pablo. Después predicó en Corinto, y hospedóse en casa de Aquila y Priscila, y el tiempo que dexava de predicar empleávale en obras de manos, con que se sustentava él y los que andavan con él. Al cabo, juntándose con el Apóstol San Pedro, murieron en su oficio. No dexaron de predicar hasta que Nerón los mandó matar. Los demás Apóstoles predicaron en diversas provincias: Andrés, en Acaya, Filipe, en Escitia, Bartolomé, en Licaonia, Jacobo, hijo del Zebedeo, en España, Juan, en Efeso, Tomé, en Partia, Hircania e India, Mateo, en Macedonia y en Etiopía, Jacobo, hijo de Alfeo, en Jerusalem, Judas Tadeo, en Media y Mesopotamia, Ponto, y con Simón, su hermano, en Persia. No perdonavan trabajo, ni peligro, aunque fuesse de la vida, evitavan; sólo pretendían la salud de todos. Las amenazas de los tiranos, los asombros de tormentos atrocíssimos, no les eran estorvo para dexar su oficio, sino que con mayor ánimo y brío llevavan el nombre de Cristo por todo el mundo. Y assí se verificó lo que dixo David en el Salmo veinte y ocho: «En toda la tierra se oyó su sonido, y a los fines del orbe llegaron sus palabras; y assí, a los que habitavan en la región de sombra de muerte les nació nueva luz». Tráelo Marulo, libro tercio.
Lo dicho es de las Divinas Letras.

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Este modo de enseñar predicando no le es concedido a mugeres, y assí dize San Pablo en la Primera a los de Corinto, en el capítulo segun- do: | «Las mugeres en la iglesia callen. No les es permitido hablar, sino estar sujetas, y si quisieren saber alguna cosa que ignoran, pregúntenlo en su casa /(415v)/ a sus maridos, porque en la iglesia es cosa torpe e indecente que la muger hable». Con todo esto, con licencia del que la pudo dar, que fue Jesucristo, predicó María Magdalena en Marsella, y por ella y por su hermana Marta vinieron a recebir la Fe de Jesucristo los vezinos de aquella ciudad y de la ribera del Ródano. Vino bien que tuviessen oficio de Apóstoles estas dos santas mugeres, por aver conversado con Cristo, viviendo y después de resuscitado, y assí pudieron dar testimonio cierto de lo que vieron con sus ojos y oyeron con sus orejas, y dezir lo que dixeron los Apóstoles; y se refiere en su Libro, capítulo cuarto. Pidiéndoles los príncipes de los judíos en Jerusalem que no predicassen, dixeron:

-No podemos callar lo que vimos y oímos.

Adviértelo Marulo, libro tercero.
[2] El bienaventurado San Ambrosio, arçobispo de Milán, predicó la palabra de Dios de tal suerte, con erudición, ingenio y diligencia, que se haze fácil de creer lo que se dize dél, que, estando en la cuna, se le llegó un enxambre de avejas, y le entravan y salían en la boca haziendo un sonoroso ruido, declarando la suavidad y dulçura de su predicación, siendo de edad. Deste árbol fue fruto San Augustín, el cual, antes de ser baptizado, tuvo el error de los maniqueos, y por la predicación de San Ambrosio se reduxo. Baptizóle el mismo santo, y començó a ser su colega en la predicación, dando primero en los hereges, cuya falsa doctrina es confundida y derribada en tierra con la verdadera y católica del grande Augustino. Declaró maravillosamente en la Divina Escritura los lugares más dificultosos della. Dio forma de vivir a los religiosos. Su conver- sión | fue de tanto provecho a la Iglesia Católica como denotan sus escritos, de los cuales se aprovechan todos los que en el púlpito quieren acertar y aprovechar. Es de Surio, tomo cuarto, y refiérelo Marulo, libro tercero.
[3] San Antonio Abad, para convencer hereges, dexando la soledad y desierto, fue a Alexandría. Dexó la quietud de la celda por venir a la batalla y pelear contra los que pretendían derribar los muros de la Iglesia y pervertir en errores aun a los muy doctos. Llegaron a él algunos filósofos hinchados, como para burlar de un hombre rústico en el traje y sin uso de letras, mas, oyéndole hablar, considerando la fuerça de sus palabras, la gravedad de sus sentencias, quedaron admirados, y confessaron la verdad que él confessava. Primero menospreciaron y burlaron de su vestido, y después reverenciaron su esciencia y sabiduría, creyendo por su ocasión en Cristo y baptizándose. No advirtieron que debaxo de tierra suele estar escondido a las vezes el tesoro, y debaxo del pobre vestido, la sabiduría. Es de San Atanasio, en la Vida de San Antonio.
[4] Régulo, obispo y discípulo de San Juan Evangelista, predicava en Francia con grande aprovechamiento de las almas, baptizándose muchos gentiles. Predicó un día en cierto pueblo, estando presentes muchos hombres y mugeres, y en el mayor fervor del sermón éranle grande estorvo las ranas de un estanque que estava cerca con su cantar importuno. Mandólas el santo varón Régulo que callassen; callaron luego, y nunca hasta oy, aunque se hallan muchas en el estanque, alguna dellas canta. No es de maravillar que los hombres siguiessen su doctrina, a cuyo mandato el irracional animal obede- ció. /(416r)/ Las ranas quedaron mudas, y los hombres començaron a confessar a Cristo. Es de Marulo, libro tercero.
[5] El bienaventurado San Bernardo, estando predicando una vez, guardó cierta cosa que se le ofreció para dezirla en otro sermón, y parecióle que le hablavan al oído y le dezían:

-En tanto que guardares esto, no te darán otra cosa que digas.

Y assí lo dixo luego. En otro sermón, adonde le oía mucha gente, y era de todos muy acepta su doctrina, vínole una tentación de vanagloria, pareciéndole que le dezían:

-Mira qué de gente te oye, y qué de buena gana.

Paróse un poco, y pensó si dexaría el sermón, mas, entendiendo que era esta boz del demonio y que hazía esto por baxarle del púlpito y evitar el provecho que en su daño se hazía en muchas almas, bolvió la cabeça atrás San Bernardo, y dixo:

-Ni por ti lo començé, ni por ti lo dexaré;

y prosiguió adelante con su sermón. Refiérelo Laurencio Surio, tomo cuarto.
[6] San Vuolstano Inglés, siendo prior en un monasterio del Orden de San Benedicto llamado Vuigorniense, en Inglaterra, tenía por costumbre de predicar los domingos con provecho de los oyentes, porque, aunque no tenía letras, que sólo sabía leer, proveíale Dios de conceptos y razones del Cielo, y dezíalo con tanto fervor y espíritu que muchos por ocasión suya dexavan vicios y vivían cristianamente. Pesávale dello al demonio, y incitó a un monge que le reprehendiesse, diziendo que el predicar era sólo para los obispos, y que el monge, aunque tuviesse para esto licencia, no devía aprovecharse della, sino estarse orando en su celda. Respondió el santo varón:

-La palabra de Dios, como afirma San Pablo escriviendo a su discípulo | Timoteo, no ha de estar atada. Cosa es muy grata a su Magestad el predicar su Evangelio y apartar el pueblo de errores y vicios, y por tanto no pienso por sólo tu parecer dexarlo.

La siguiente noche fue aquel monge llevado en visión delante un juez no conocido, el cual le reprehendió ásperamente porque avía tratado mal a su siervo, y no contento con esto, le mandó dar muchos açotes, de los cuales las señales, y las de las lágrimas que avía derramado, pareciendo después estando despierto, afirmaron que el sueño fue verdadero. Dio cuenta dello al siervo de Dios, y con echarle su bendición se le aplacaron los dolores que padecía. Es de Surio, tomo primero. El mismo Vuolstano fue electo obispo de la propria ciudad de Vuigornia. Resistió todo lo que le fue possible, y al cabo lo aceptó, porque Vuolsino, varón que avía estado recluso cuarenta años, le reprehendió ásperamente, viéndole que resistía al Espíritu Santo, junto con tener oráculo del Cielo que lo aceptasse, siendo el que le nombró en la dignidad el santo rey Eduardo, y assí la governó santíssimamente muchos años. Después, teniendo el cetro de Inglaterra Vuihelmo, pusiéronle en mal con él algunos ministros del demonio, diziéndole que era hombre sin letras, que no le incumbía de oficio el predicar, y estava dispuesto a dezir errores, ignorando teología; que no sabía bien la lengua francesa, por lo cual, no entendiéndose bien con sus súbditos, siendo muchos dellos franceses, no era possible hazer bien su oficio. El rey habló con Lantfranco, y a su instancia, el primado, que era el mismo Lantfranco, congregó concilio, en el cual le mandó que resignasse el báculo y el anillo. Vuolstano se levan- tó, /(416v)/ y teniendo el báculo pastoral en su mano, dixo:

-Verdaderamente, señor arçobispo, que me conozco por indigno desta honra, y que me faltan fuerças para llevar la carga de semejante oficio. Y bien sabía yo esto cuando el clero me eligió, me nombró el rey Eduardo, me importunaron los obispos, y la autoridad apostólica me hizo fuerça que aceptasse este báculo. Aora pídesme lo que no me diste, y quítasme el oficio en que no me pusiste. Yo, conociendo mi insuficiencia, y aceptando la sentencia desta santa sínodo, quiero dexar el báculo, aunque no a ti, sino al que me le dio.

Diziendo esto, llegóse al sepulcro de San Eduardo, que estava en la misma iglesia donde la sínodo se celebrava, y dixo estas razones:

-Tú, señor mío, sabes cuán contra mi voluntad me encargué deste oficio, cuánto lo resistí, y cuántas vezes me ausenté siendo buscado. Confiesso que indignamente le recebí, mas tú me forçaste, porque, aunque no faltó elección del clero, petición del pueblo, voluntad de los obispos, beneplácito de los grandes y poderosos, más pudo que todo esto tu voluntad, y todos ellos no hizieran lo que tú heziste. Mas aora, sucediendo nuevo rey, nuevo Pontífice, hazen nuevas leyes y promulgan nuevas sentencias. A ti culpan de error en lo que mandaste, y a mí de presumpción en lo que consentí. Yo confiesso que a la sazón, como hombre, pudiste tú engañarte, mas aora que estás gozando de Dios no es possible que te engañes. Por tanto, no a éstos, que me piden la dignidad y báculo que no me dieron y son hombres que se pueden engañar, sino a ti, que me le diste y estás libre de engaño y error, gozando de Dios, en ti resigno el báculo, y a ti | buelvo el cargo y cuidado de las almas que me encomendaste. No quiero fiarlas de otro, sino de ti, porque estoy cierto de tus méritos, y que a quien tú le dieres, estará bien dado.

Diziendo esto, levantó la mano y puso el báculo en la piedra del sepulcro, entrando por ella como por blanda y derretida cera una buena parte.

-Toma -dize-, rey mío, el báculo, y dale a quien bien visto te fuere.

Desnudóse los vestidos pontificales y, dexándolos también allí, quedando en hábito de monge, fue a la parte que estavan otros monges, y assentóse entre ellos. Quedaron todos admirados de ver el báculo, que estava en la piedra tan firme como si huviera echado raízes. Llegaron algunos a quitarle, y no fue possible moverle. Tratóse en la sínodo sobre el caso, y Lantfranco embió por él a Gundulfo, obispo rofense, y no pudo sacarle. Lantfranco, admirado de la novedad del milagro, llegó con el rey y con los obispos al túmulo, y haziendo primero oración, quisieron tomar el báculo, y ninguno pudo. Levantó el rey la boz, alabando a Dios con todos los presentes, y el arçobispo Lantfranco, vuelto a Vuolstano, dixo:

-Verdaderamente justo es Dios, que acompaña a los senzillos y comunica con los humildes. Tu simplicidad santa ha sido, hermano, tenida en poco de nosotros, y de Dios, en mucho. Nuestro juizio erró contigo, y tu bondad ha sido conocida de todo el pueblo que es agradable a Dios. Por tanto, con la autoridad que tenemos del mismo Dios, y guiados de su alto y soberano juizio, te bolvemos el cargo y dignidad que te avíamos quitado.

Vuolstano constantemente dezía que era insuficiente para aquel cargo, que en oficio santo avía de aver minis- tro /(417r)/ santo, mas, vencido con ruegos de todos los presentes, llegó al sepulcro y, assiendo del báculo ligeramente, le sacó. Lantfranco se derribó a sus pies, confessando su culpa y pidiendo della perdón, afirmando que su simplicidad llana era grata a Dios, y la sabiduría del mundo, estulticia. A esta sazón llegó a Vuolstano una muger endemoniada, que andava furiosa por los campos y lugares solitarios. Echóle él su bendición y quedó sana, que fue confirmación de ser su alma grata a Nuestro Señor. Lo dicho refiere también Laurencio Surio.
[7] San Teodoreto, en su Historia Religiosa , escrive que en tiempo del emperador Valente, Afrastes Ermitaño, aunque amava la vida solitaria y contemplativa, viendo que padecía la Iglesia persecución por ser herege ariano el emperador, salió a predicar la verdadera Fe, siendo remedio sus palabras y amonestaciones para que muchos perseverassen en ella, y otros, que avían faltado, se reduxessen. A esta sazón, el emperador fue a Berca, ciudad fundada en la ribera del río Orontes, donde se le juntaron muchos arianos, y entendido por Afrastes, fue allá, y començó a predicar en nombre de la Santa Iglesia. Y fue assí que, passando un día por donde el emperador le vido, le preguntó quién era, y fuele respondido que Afrastes, el cual sustentava la ciudad en la antigua Fe. Hízole llamar el emperador, y preguntóle:

-¿Dónde vas por esta tierra?

Él respondió:

-A rogar a Dios por tu imperio.

Replicó Valente:

-Pudieras orar dentro de tu celda o monasterio, según la costumbre de los monges y ermitaños.

A esto dixo Afrastes:

-Dime, sereníssimo emperador: si una donzella recogi- da | viesse que se quemava la casa de su padre, ¿sería bien que se estuviesse encerrada en su aposento o salir a matar el fuego, pudiendo hazerlo? Entiendo que dirás ser acertado el correr al peligro. Pues esto mismo passa de presente, que, pegando fuego tú a la casa de Nuestro Padre, Dios, dexamos los ermitaños nuestro recogimiento, y andamos por todas partes a apagarlo.



El emperador quedó confuso con razones tan vivas, y dissimuló, dando muestra que dezía bien. Mas tomó la mano un camarero suyo, y dixo palabras descomedidas al santo varón, de las cuales luego llevó el pago, porque, yendo el emperador a bañarse, entró adelante, y de repente quedó muerto. Y el mismo Valente entendió que avía sido muerto por las injurias que dixo al santo ermitaño, al cual tuvo mucho respeto, en especial que le sanó un cavallo muy estimado dél, con darle a bever agua bendita y untarle con óleo también bendito, aunque no fue parte para que dexasse de perseguir a los católicos, hasta que fue quemado por gente bárbara en una choça donde se escondió, huyendo de cierta batalla en que fue vencido.
[8] San Patricio Obispo, predicando en Escocia y convirtiendo aquel reino a la Fe, passó en Hibernia, y no hazía fruto su doctrina. Pidió a Dios que, mostrando alguna maravilla, la dureza de aquella gente se ablandasse, de modo que, dexando sus errores, se convirtiessen a la verdadera Fe. Fue amonestado en sueños, y hizo un círculo con su báculo en tierra, y levantóse en alto, abriéndose una grande boca, y della salían llamas terribles de fuego. Causó esta maravilla gran espanto en /(417v)/ la gente, y fue ocasión de la conversión de muchos. Oy en día dizen que está en Hibernia una cueva de donde salieron estas llamas, y que se va por ella a un lugar de penas que llaman Purgatorio de San Patricio. Y aunque en esto de cómo es la cueva y adónde, y lo que sucede a los que entran en ella aya diversos pareceres, no los ay, sino que es verdad católica y de Fe, y quien lo negasse sería herege, que ay Purgatorio donde se purgan las almas. Y es común sentencia de teólogos que está debaxo de tierra, y que es un seno del Infierno diverso del de los dañados. Deve considerarse el zelo del bien de las almas de San Patricio, pues no se contentó de enseñar con palabras, sino que añadió milagros espantosos, para que creyessen lo que enseñava, aun los muy incrédulos. Es de Beda, y tráelo Surio, tomo segundo, y refiérelo Marulo, libro tercero.
[9] Aldiberto, obispo de Praga, no pudiendo por medio de sus sermones y exemplo de vida hazer que enmendassen las costumbres sus súbditos y ovejas, dexó el obispado, y con permissión del Romano Pontífice se entró monge en Monte Cassino. Temió de tener aquel cargo, viendo que no era parte para que sus súbditos fuessen mejores, y no se dixesse dél que procurava su provecho y no la honra de Jesucristo. Es de Surio, tomo tercero.
[10] Jovenal, de nación africano, en arte, médico, y en orden, sacerdote, pidió al Romano Pontífice que le diesse licencia para ir a predicar a la ciudad narniese, que era de idólatras. Concedióselo, y hízole obispo de aquella provincia. Començó su obra y, favoreciéndole Dios, hizo cristianos a muchos. Amonestávales que no comunicassen con los gentiles en sus sa- crificios, | ni gustassen de las carnes ofrecidas a los ídolos, porque era consentir en sus errores. Lo cual vino a noticia de los mismos idólatras, y por ello, y porque los iva haziendo menos cada día, convirtiéndose muchos, queríanle mal de muerte. Especialmente uno dellos, hombre poderoso y atrevido, el cual, un día, al seguro se apoderó del santo pontífice, y por fuerça le quería hazer comer de aquellas carnes ofrecidas a los ídolos. El santo resistía cuanto le era possible; el pagano tomó un cuchillo, y puesto a la boca, quería con él derribarle los dientes, y por fuerça ponerle dentro de la boca la maldita carne. Mas sucedió bien al contrario de su pensamiento, porque repentinamente perdió el juizio, y con el cuchillo que tenía para el santo se hirió a sí, y cayó muerto en tierra a vista de mucha gente, de los cuales, siendo algunos idólatras, visto aquel milagro, se convirtieron, y fue la pena y castigo de un incrédulo causa de que muchos creyessen. Dízelo San Gregorio en la Homilia treinta y siete de los Evangelios, y tráelo Marulo, libro tercero.
[11] Servasio, obispo trayetense, fue dotado de la gracia del Espíritu Santo acerca del predicar, en que, oyéndole gentes de diversas tierras y naciones, a todos les parecía que hablava en su lengua propria, entendiéndole lo que dezía. Sin esto, hizo tantos milagros, y vivió tan pura y santamente que en la predicación, en la virtud y costumbres, pareció imitar mucho la perfeción de los Apóstoles. Es de San Gregorio Turonense, libro segundo, capítulo quinto, y refiérelo Surio, tomo tercero.
[12] Ivón Presbítero, como fuesse a predicar a cierto pueblo, aviendo de passar un río, halló que la agua iva so- bre /(418r)/ la puente; hizo oración y detuvo la corriente, de modo que pudo passar, tornando luego la puente a cubrirse de agua. Es de Surio, tomo tercero.
[13] Eadmundo, arçobispo cantuariense, como predicasse en Francia junto a la ciudad de Vigornia, en un campo, vido el auditorio que se les acercava un grande turbión, con tempestad de truenos y rayos. Algunos quisieron irse a ponerse debaxo de tejado, y hiziéronlo assí. El santo asseguró a los que quedaron que ninguna agua caería sobre ellos, y sucedió assí, que cayó gran copia della en el circuito del auditorio, y en él, ninguna cosa. Estavan todos llenos de temor y vergüença: de vergüença, los que no obedecieron su mandato, viendo a los elementos que le obedecieron, y de temor, si no enmendavan sus vidas, oyendo un varón tan santo. Acabado el sermón, bolviéronse a sus casas con grandes propósitos de vivir santamente, y muchos, por las culpas cometidas, bañando sus rostros en lágrimas, y ninguno por la agua que llovió vido bañada su cabeça. Es de Osberto, abad floriacense, y refiérelo Laurencio Surio, tomo sexto.
[14] Santo Domingo, fundador del Orden de Predicadores, en algunas señales se declaró antes que naciesse y cuando niño, lo que, grande, avía de ser. Estando preñada dél su madre, soñó que paría un lebrel, el cual, assiendo con su boca una hacha encendida, parecía abrasar el mundo con ella. Aviendo nacido, parecióle a una noble matrona que tenía una estrella en la frente, y dava de sí tanto resplandor que como rayo de Sol resplandecía en toda la tierra. Y no fue esto vano, pues con el Orden fundado por él de | Predicadores, estendiéndose en toda la tierra, su luz resplandeció en ella, saliendo diversas almas de errores y ceguedades de vicios, convirtiéndose a Dios y salvándose. Es de Juan Garçón en su Vida, y refiérelo Surio, tomo cuarto.
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