De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[17] Mas adviértase que se deven evitar | los engaños del demonio acerca del silencio, porque el Seráfico Padre San Francisco, a un fraile que nunca hablava, le exhortava a que a lo menos un día en la semana se confessasse, y no pudo acabarlo con él, siendo más de su parecer que del de su prelado, de donde vino a dexar el hábito y caer en grandes pecados. Y déxase bien entender que avía engaño en este caso, no quiriendo confessar como si nunca pecara. Sin esto, era arrogante y sobervio en anteponer su voluntad a la de sus prelados y mayores, siendo verdad que quien dexa de obedecer no quiere reconocer sugeción, y el que no reconoce sugeción es sobervio, y el sobervio nunca aprovechará en virtud. De modo que el silencio deve sugetarse a la humildad para que aproveche al que le guarda. Es del libro llamado Espejo de San Francisco, y refiérelo Marulo, libro cuarto.
[18] En la Vida de Juana de la Cruz , abadessa del Orden de los Menores, que está en la Tercera Parte del Flos Sanctorum, se dize della que se arrobava y ponía en éxtasi, y que a esta sazón hablava cosas que no contradizen al silencio de que vamos tratando. Eran razones muy levantadas y subidas, y de que se edificavan los que las oían, porque, con ser doctrina muy conforme a lo que nuestra Fe Santa enseña y predica, ya descubría secretos maravillosos de Dios y de la Escritura Divina, ya exhortava a que se amassen virtudes y se evitassen vicios, tocando en algo de que algunos de los presentes eran tocados, de modo que les parecía hablar con ellos, sin que otros lo entendiessen el secreto, y assí les era motivo para tener pesar dello y emendarse. Y para mayor testimonio que era este negocio del Cielo, no pocas vezes se oyó hablar en diversas lenguas de que ella nunca tuvo noticia. Y assí, a cierto provincial de su Orden, que desseava hazerla abadessa de aquel monasterio, como al fin lo hizo, le dixo en lengua de Vizcaya, siendo él viz- caíno, /(459v)/ que para el monasterio y casa sería provechoso tener ella aquel oficio, aunque para sí penoso. Otra vez, aviendo dado para el servicio del convento el obispo de Avila dos esclavas moras traídas de Orán, que se ganó en aquella sazón, las cuales, si les dezían que se hiziessen cristianas, lloravan y se arañavan el rostro hasta derramar sangre, en particular la una, que era de más edad, estando esta bendita en éxtasi, hablóles en algaravía, y ellas la oyeron de buena gana y respondieron, sucediendo deste coloquio que las dos de su voluntad se baptizaron, y, baptizadas, otras vezes les habló en la misma lengua estando arrobada, y ellas ivan luego y se ponían junto con ella, y quedavan muy consoladas de averla oído. Con todas estas experiencias, por ser cosa nueva y no oída de algún santo, mandaron los prelados a la abadessa que era a la sazón que siempre que hablasse estando tresportada la dexassen sola. Obedeció la abadessa, y la primera vez que la vio en éxtasi y que hablava mandó salir del aposento a las monjas que estavan en él, y quedó sola. Después, passado algún tiempo, embió a ver si cessava de hablar, y la monja que fue con este recaudo vido en el aposento grande número de aves de diversas hechuras, todas levantados los cuellos, como que oían a la bendita muger lo que hablava, y bolviendo a dezir lo que avía | visto, fueron con ella la abadessa y otra monjas que vieron lo mismo, aunque las aves a su llegada se fueron. Y para que se viesse que eran verdaderas y no fantásticas, una dellas boló a la parte donde estava la bendita Juana y en su manga fue asida, estando ya en su sentido. En lo cual pareció ser voluntad de Dios que oyessen lo que dezía en tales tiempos, y que si a personas de entendimiento y razón se les vedava, vendrían aves que carecen de todo esto a oírla.
[19] Tenían los venecianos guerra con Filipe, Duque de Milán, y regía su gente como capitán general Francisco Carmaniola, y ganando para ellos la ciudad de Brixia, y dándoles algunas otras vitorias, ensobervecióse, y vino a tener tratos con el milanés. Entendióse luego en Venecia, fue llamado con sombra de que querían tratar pazes con el duque. Estuvo en aquella ciudad por ocho meses, y tratándose los más días en el senado su negocio, y condenándole a muerte por traidor, como al cabo deste tiempo se la dieron, teniéndole preso solos treinta días, fue cosa de grande exemplo, que con ser trezientos senadores los que lo sabían lo que allí se tratava, en todos los ocho meses ninguno habló palabra por donde el Carmaniola pudiesse entender su daño. Dízelo Baptista Ignacio, libro segundo, capítulo primero. |
EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Dezía Simónides, y refiérelo Plutarco, que de callar jamás se avía arrepentido, y de hablar, muchas vezes. Y en el Libro de criança de los hijos dize el mismo Plutarco que el silencio bien ordenado es gran sabiduría y de mayor excelencia que la plática. Plinio dize que no es menos de orador saber callar que saber hablar. Pitaco dize que quien no sabe callar no sabe hablar. Y de aquí vino Pitágoras, aquél que fue tan avaro de palabras | como pródigo de obras, a enseñar a callar como otros enseñan a hablar, porque entendía bien cuánto mal haze la lengua y el mucho hablar.


[2] Estando Solón Filósofo en conversación de otros, y hablando ellos, él callava. Díxole Periandro que si era la causa el faltarle o el ser necio. Respondió:

-Ningún necio puede callar.

Dízelo Laercio.
[3] Preguntados tres filósofos por qué hablavan poco, el uno respondió que /(460r)/ Sócrates avía dicho: «De aver hablado he tenido pesar diversas vezes, y de aver callado, nunca»; el segundo dixo: «Ningún necio puede callar»; y el tercero: «Sabed -dize- que recibimos de naturaleza una boca y dos oídos y orejas, porque devemos oír mucho y hablar poco».
[4] Leena, muger deshonesta en Macedonia, sabiendo de cierta conjuración que unos amigos suyos tratavan, siendo descubiertos, fue ella presa y muy atormentada porque dixesse los nombres de los conjurados. Ella, por no dezirlo, sino guardar secreto, viendo que los tormentos crecían, cortóse la lengua con los dientes y arrojóla a los atormentadores, y assí los dexó confusos y sin esperança de saber della lo que querían. Fue caso notable para muger, que suelen ser amigas de hablar. Dízelo Juan Bocacio en sus Mugeres ilustres.
[5] Catón Uticense, siendo de pequeña edad, reprehendíanle porque hablava poco. Él dixo:

-Con que aprueven mi vida, no me pena que me reprehendan que no hablo, porque yo no me precio dello.

Eurípides, dándole por baldón que le olía mal la boca, respondió:

-No es maravilla, porque muchos secretos se han podrido en ella.

Dixo esto porque era muy callado. Xenócrates, hallándose acaso entre ciertos detractores, según su costumbre callava. | Preguntada la causa, respondió:

-Por no tener pesar de aver hablado.

Demarato, porque hablava poco fue juzgado, o que era la ocasión ser ignorante, o falto de razones. Él dixo:

-Impossible es que el ignorante dexe de hablar, porque los vasos vacíos suenan mucho.

Es de Plutarco en sus Apotegmas.
[6] Quedó por testamentario del emperador Augusto César Tiberio, y deteniéndose en cumplir el testamento, estando un día dando sepultura a cierto muerto en presencia de muchos romanos nobles, un representante atrevido dixo en boz alta, nombrando al muerto, que dixesse a Augusto César como Tiberio no avía cumplido las mandas y legatos de su testamento. Los que lo oyeron riéronlo mucho. Mandó Tiberio llamar al representante, y haziéndole assentar par de sí, diole razón muy por menudo de lo que avía hecho acerca del testamento y que si quedavan por cumplir algunas mandas, la culpa no era suya, sino porque convenía pasar primero algún tiempo. Dicho esto, mandóle matar y díxole:

-Ve a Augusto César y dirásle que ya se han començado a cumplir las mandas de su testamento y que presto se cumplirán todas.

Por ser hablador este farsante perdió la vida. Dízelo Fulgoso, libro sexto, capítulo segundo. |

DISCURSO SETENTA Y DOS. DE SOLEDAD

Grande daño haze la ausencia de pastores y prelados en sus iglesias, dexando solos de su presencia a los súbditos y ovejas, aunque les parezca a ellos que tienen cumplido con poner tenientes. Si no, mírelo en la ausencia de Moisés; aunque quedó su hermano Aarón, varón principal, por su teniente | y provisor, luego idolatró el pueblo, y si Moisés estuviera presente no sucediera aquel daño. San Pedro sanava con la sombra enfermos, porque entiendan los prelados el gran fruto de su presencia, la cual sana los enfermos de alma y remedia los necessitados. Lo mismo demostró Cristo en el huerto, que, apartándose de sus Apóstoles a orar, quedaron ellos dormidos. A unos es daño la soledad, a /(460v)/ otros, provechosa. Desto trata el Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Muchos ha avido que por más libremente darse a la contemplación, por bivir con más pureza de ánimo y quitar la ocasión de pecar, dexando la ciudad y pueblo, escogieron bivir vida solitaria. Y déstos fueron los primeros un Elías, que hizo assiento en el arroyo de Carit, cerca del Jordán, y era servido en la comida de cuerbos. Eliseo, en el monte Carmelo tenía su morada con algunos otros solitarios. Los hijos de Recab bivían en tugurrios y choças por los campos, y andavan peregrinos de unas partes en otras. San Juan Baptista, desde los seis años hasta los | treinta bivió vida solitaria, admirable a los ángeles y a los hombres. Y desta edad salió a predicar y baptizar, ya reprehendiendo, ya enseñando a los que venían a él, porque era boz que clama en el desierto, y dize: «Endereçad el camino del Señor, y hazed rectos sus senderos». Todos los cuales, cuanto más se apartavan de la conversación de los hombres, más los favorecía y regalava Dios con dulces y sabrosos coloquios, con favores y regalos del Cielo. Y assí, muchos cristianos, llevados de su exemplo y golosos de sus ganancias, los imitaron y vivieron vida solitaria. Refiérelo Marulo, libro primero.
Lo dicho se coligió de la Escritura Sagrada. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]



[1] Paulo, natural de Tebas, moço de dieziséis años, huyendo de la persecución de Decio y Valeriano, que sustentavan contra los cristianos, se fue al desierto, y hallando al pie de un monte una cueva cerca de la cual corría un arroyo de agua, siendo defendida por una palma de los rayos del sol, hizo allí su morada; perseveró hasta ciento y treze años sin ver hombre humano, hasta el último día, que le visitó San Antonio Abad y dio a su cuerpo sepultura. Al principio se sustentó con dátiles, después por sesenta años le truxo un cuerbo cada día medio pan. Bevió siempre agua, cubría su cuerpo con un texido hecho de palmas. El que bivió desta manera, bien cierto es que no huía el martirio, sino que le dilatava. Y era mucho más padecer la muerte noventa y siete años que un solo día. Todo este tiempo el valeroso cavallero de Cristo mortificó su cuerpo para que su espíritu biviesse con Cristo. Es de San Gerónimo en la Vida de San Pablo.
[2] Antonio, de treinta y cinco años era cuando se hizo morador de la soledad, adonde padeció muchas persecuciones de | los demonios. Apaleávanle, açotávanle, traíanle despeñado por las nuves, procurando apartarle de su intento, porque sabían que en la soledad son vencidos de los que suelen ellos vencer entre gentes y pueblos. Aviendo salido vitorioso de semejantes tentaciones y ilusiones, encerróse en un lugar apartado, donde estuvo veinte años sustentándose con pan y agua que le ministravan por una ventana. Y después desto salió de allí para ser abad y cabeça de muchos monges, a los cuales enseñó el camino de la perfeción, y Dios por él hizo grandes milagros. Y esto fue ocasión que concurriesse gente de diversas partes a él y, viéndose dessassosegado, huyó de toda humana conversación, adonde vino a morir de ciento y cinco años. Dízelo San Atanasio en su Vida.
[3] Hilarión, en vida de San Antonio Abad, siendo de quinze años, le fue a ver al desierto, y su vista le fue ocasión que mudasse el hábito. No se apartó dél hasta que aprendió el orden y modo de bivir que él guardava. Bolvió a su tierra con algunos monges y, siendo muertos sus padres, distribuyó parte de su legítima entre sus her- manos, /(461r)/ y parte, a pobres, y vestido un saco, y sobre él un hábito de pellejos que le dio San Antonio, se fue al desierto, sin detenerse mucho en un lugar, porque ladrones y demonios le hazían cruda guerra. Padeció graves tentaciones y libróse de grandes engaños que le armavan. Desde edad de diez y seis años hasta veinte se recogía en chozas cubiertas de mimbres, y allí padecía los calores del verano y los fríos, aguas y nieves del invierno. Desde los veinte años hasta los treinta tuvo una celda ancha de cuatro pies, alta, cinco, y larga, poco más que la estatura de su cuerpo. Y como dize San Gerónimo, más parecía sepulcro para cuerpo difunto que aposento para hombre vivo. Con verdad se puede afirmar que quien se contentava con tales moradas pudo bien dezir con San Pablo, escriviendo a los hebreos, capítulo treze: «No tenemos en el mundo ciudad permanente, sino que desseamos y procuramos otra que está en el otro mundo». Es de San Gerónimo en su Vida.
[4] Onofre Ermitaño, como se exercitasse en vida monástica en cierto monasterio de la ciudad de Hermópoli, bien impuesto como en escuela, salió de allí a un desierto de Egipto, donde estuvo por sesenta años incógnito a los hombres. Gastáronsele los hábitos que truxo, y cubría la parte superior de su cuerpo con los cabellos y barba, y la inferior, con hojas de árboles. Por los treinta años se sustentó con frutas silvestres y yervas, y otro tanto tiempo le truxo un ángel pan y agua. Esto afirma dél Pafuncio Abad, que escrivió su Vida, el cual, visitando aquel desierto, el mismo día que le vido oyó esto todo dél, le vido morir y dio sepultura. No permitió Dios que vida tan digna de ser sabida quedasse sepultada en olvido, ni cuerpo tan merecedor de gloria quedasse sin sepultura. Proveyó de sepulcro por medio de Pafuncio a Onofre, y | a todos, con su vida, de exemplo. Es del De Vitis Patrum.
[5] Juan Egipcio, anacoreta, cuyas palabras el emperador Tedodosio tuvo por oráculo del Cielo, residió en el desierto de la Tebaida por la parte que está el lugar de Lico. Tenía una cueva en lo alto de un monte, cuya subida era dificultosa, y la entrada, tan estrecha que nadie entró donde él estava, desde el año cuarenta hasta el noventa de su edad. A los que venían a hablarle hablava por una ventana, dándoles consejos saludables para sus almas. En su cueva estava siempre solo (si puede dezirse que lo está el que tiene consigo a Dios). Allí esperava el fin de su vida, para començar vida que no tiene fin. Y con la esperança desto, algunas vezes cantava con David en el Salmo ciento y cuarenta: «Solo estoy en mi tránsito y passo». Y avía de passar a la compañía de los ángeles por averse apartado de la compañía de los hombres. Es del De Vitis Patrum.

[6] Teonas estava dentro de su celda, que era en la Tebaida, no lexos de la ciudad. Allí, de día, por una ventana tocava enfermos que venían a ser curados, y sanavan. De noche se iva a lo más escondido del desierto a tener oración con quietud. San Lucas, en el capítulo veinte y uno, dize del Señor que de día estava enseñando en el templo, y de noche se iva al monte llamado de las Olivas. Aprendamos del Señor y del siervo a repartir el tiempo, y demos parte dél al próximo y parte a Dios, adorándole y reverenciándole en el exercicio santo de la oración. Es del De Vitis Patrum.


[7] Apolonio Abad consagró a Dios las primicias de su edad, apartándose a los quinze años a un desierto de la Tebaida, no lexos de Hermópoli. Passados cuarenta años, mandóle Dios que se acercasse a la ciudad, donde congregó discípulos. Ya se avía hecho digno de que otros por su ocasión consiguiessen el premio de la inmortalidad. Es del De Vitis Patrum.
[8] Elías Monge, por setenta años perma- neció /(461v)/ en un desierto de la Tebaida, a la parte de la ciudad llamada Atineos, que fue en un tiempo metrópoli de la provincia. El desierto era espantoso, la senda que guiava por él, angosta, no pisada y difícil de hallarse. La cueva en que bivía era escura, tosca, y que llegando a ella causava temor sin saberse de qué. En este lugar le visitó San Gerónimo, viejo de ciento y diez años el Elías, y dezíase que hablava cosas que estavan por venir y que sucedían como dezía. Parecía averse aposentado en él la gracia y virtud de Elías, cuyo nombre tenía, y seguido su instituto en la soledad. Es de la Historia Tripartita, libro octavo, capítulo primero.
[9] Extraordinaria es la vida de Juan Ermitaño. Escrívese dél que luego como fue al desierto, por tres años continuos, estando en pie, hazía oración debaxo de una grande peña, y nunca se assentava. Tanto tiempo dormía cuanto lo sufría el aver de ser en pie. No gustava cosa alguna en toda la semana, sino los domingos, que le traía un sacerdote el Santíssimo Sacramento, y érale manjar para la alma y sustento para el cuerpo. Por estar siempre levantado y nunca assentarse vino a que tenía los pies llenos de llagas y le salía dellos materia y podre. ¡Oh bienaventurado varón, que recibió de Dios tanta gracia que hiziesse esto, y más bienaventurado por poder hazerlo! Vino a visitarle un ángel, y, tocándole las llagas de los pies, quedó sano. Vañóle los labios con la fuente de la sabiduría espiritual, y en adelante quedó tan sabio que visitava los otros monges de aquella soledad y les enseñava santos exercicios y el camino de las virtudes, y fue digno de magisterio, cuya vista solamente era estímulo para sufrir por Cristo trabajos y asperezas. Cosas parecen éstas imposibles, mas para Dios todo es possible. Dél le vino el poder hazerlo, y dél le vino el premio, dándole tanto Cielo cuanto merecían | tan maravillosos exercicios y tan fieles servicios. Es del De Vitis Patrum, y refiérelo Marulo, libro primero.
[10] Simeón estuvo un año en un monasterio de Antioquía y fuesse al desierto, donde se encerró por tres años en una cueva, lo cual muchos otros hizieron. Mas fue particualar en que hizo una coluna angosta, que se podía temer la caída de quien estava sobre ella, aunque se podía assentar y recostar en ella. Era alta, y no contentándose con la primera, hizo otra, y otras, hasta que la última se levantava treinta codos y más. Allí estava al sol y al viento, y a todas las importunidades del tiempo, sufriéndolas con grande paciencia. Servíanle como de púlpito y cátedra estas colunas, pues viniendo de diversas partes gentes a verle, muchos idólatras se convertían por su predicación. En esta vida permaneció hasta la muerte, que, llegando, se halló más cerca del Cielo cuanto avía bivido levantado del suelo. Dízelo Evagrio en la Historia Eclesiástica, libro catorze, capítulo treinta y tres.

[11] Arsenio es buen testigo de lo mucho que aprovecha para el servicio de Dios la vida solitaria, porque, antes que començasse la de monge, rogó a Dios con grande instancia le declarasse cómo podía mejor salvarse, y que le fue dicho que evitasse el concurso y trato de gente, especialmente seglar. Hízose monge, y estando en oración oyó una boz que le dixo: «Arsenio, huye, guarda silencio y ten sossiego». Que huyesse del concurso y frecuencia de la gente, que guardasse silencio evitando la vanagloria, que tuviesse sossiego, no procurando ni desseando las cosas transitorias desta vida. Y assí huyó al desierto de Siria, en el lugar llamado Troe, donde estuvo cuarenta años, los tres dellos en Canopo. Y porque aquí era visitado, se passó a otro más escondido lugar, /(462r)/ passando Babilonia a la parte de Memfis, y residió allí diez años, y al cabo bolvió al primer lugar de Troe dos años. Y llegando al de noventa de su edad, del desierto voló a la compañía de los ángeles. En el espacio de tres años que estuvo en Canopo, cerca de Alexandría, Teófilo, patriarca de aquella ciudad, acompañado de un noble ciudadano fue a visitarle, y rogáronle que les dixesse alguna cosa con que se edificassen. Él dixo que lo haría si le prometiessen de hazer lo que les dixesse. Ellos lo prometieron.

-Lo que quiero -dixo el santo viejo- es que dondequiera que oyéredes dezir que está Arsenio, no vais allá.

Otro estimara en mucho la visita de un tan ilustre prelado; a Arsenio, amigo de soledad, le era enfado. Otra vez, embiándole el mismo Teófilo a rogar que le dexasse ir a verse con él, respondió:

-Bien puedes venir, mas yo me iré luego desta tierra.

Oído por Teófilo, no quiso molestarle con su vista porque no se fuesse de aquel lugar, siéndole muy agradable la estada de tan gran varón en su diócesi, cuyos merecimientos entendía que le aprovechavan mucho para alcançar gracia de Nuestro Señor. La causa por que Arsenio evitava el trato y conversación de los hombres declarólo siéndole preguntado por el abad Marco, diziendo:

-No es posible estar juntamente con Dios y con los hombres.

Sentía mucho el santo varón, aun por un breve tiempo, apartarse de la contemplación y dulcíssimo trato de Dios, porque aun estando en la tierra podía dezir con el Apóstol: «Nuestra conversación es en el Cielo». Es de Surio, en el cuarto tomo.


[12] Por ser tan frutuosa la vida solitaria no pudo Judoco de anteponer los trabajos del desierto a los contentos del reino de Bretaña, queriendo más servir en la una parte a Cristo que en la otra ser servido. Fue al campo Ponciano, | cerca del río Alceo, y queriendo allí hazer assiento, fuele vedado por Himeone, señor de aquella tierra. Passó adelante, y del mismo que primero le avía estorvado el quedar allí fue llamado con grandes ruegos, y le labró celda en la orilla de aquel río, donde bivía con un dicípulo suyo. Y si quiere alguno saber cuánto aprovechó en aquella soledad, entienda que por el reino terreno y perecedero que menospreció alcançó el eterno y celestial que desseó. Es de Florencio Abad y de Rodolfo Agrícola.
[13] El beatíssimo Gerónimo, morador un tiempo en soledad y aora ciudadano del Cielo, escriviendo a Heliodoro, adorna con epítetos dulcíssimos semejante vida, diziendo: «¡Oh desierto, donde mora Cristo! ¡Oh soledad, donde nacen piedras finíssimas, de las cuales dize el Apocalypsi que se edifica la ciudad del gran Rey! ¡Oh bosques, donde se goza de Dios más familiarmente! ¿Qué hazes, hermano, en el siglo? ¿Cómo puedes sufrir la estrechura dél? ¿Cómo no te cansa el humo de la ciudad? Créeme que en este lugar veo no se qué de más luz que en poblado. Paréceme que estoy libre de la carga pesada de la carne, y que buelo a las celestiales moradas. ¿Temes la pobreza? Acuérdate que dixo Cristo: «Bienaventurados los pobres». ¿Temes los trabajos? Pues ningún mártir fue coronado sin dolor. ¿Házesete de mal de dormir en la tierra fría? Pues a tu lado está Jesucristo. ¿Tu cabeça siente la falta de la almohada? Mira la de Cristo, que es su cabeça traspassada de espinas. ¿Espántante las malezas del suelo? Pues passéate con la imaginación por el Cielo. Siempre que en Cristo pusieres tu pensamiento te hallarás fuera del desierto. ¿Echas de ver el cuero de tu cuerpo, que sin el regalo de vaños se para negro y áspero? Pues el que está lavado con la sangre de Cristo poca necessidad tiene de otros lavatorios. /(462v)/ Y a todo lo que se te pusiere por estorvo, oye al Apóstol San Pablo, que dize, escriviendo a los Romanos, en el capítulo octavo: ` No merecen las passiones y los trabajos desta vida ponerse al paragón de la futura gloria que Dios nos tiene prometida' . Poco es todo lo que en el mundo se padece para lo mucho que en el Cielo se goza. No estás, hermano, en lo cierto, si quieres gozarte en el siglo y después reinar con Cristo. Por San Lucas, capítulo doze, dixo el mismo Cristo: ` Bienaventurado es el varón al cual hallare Cristo velando' . Es buena dicha velar en el mundo y trasnochar padeciendo trabajos, para que el Señor, cuando viniere a pedirnos cuenta, se la demos con pago, aviendo en el mundo no holgado, sino trabajado». Está lo dicho en la Epístola de San Gerónimo a Heliodoro.
[14] El mismo glorioso doctor San Gerónimo, cuando escrivió a Heliodoro acerca de la vida solitaria, estava en el desierto en una morada tosca y sin algún recreo, y allí residió cuatro años, acompañado de escorpiones y bestias fieras, vestido un saco, durmiendo en tierra, beviendo agua como el tiempo la dava y comiendo manjares crudos, teniendo por demasiado deleite comer algo cocido, acostumbrado para domar la carne, que se alborotava y descomponía, ayunar toda la semana. Y entre todos estos trabajos y fatigas se gozava el espíritu de tal manera que dezía: «La ciudad me es cárcel, y la soledad, paraíso». Después de los cuatro años, como fuesse a ser morador en Betleem, cerca del lugar donde Cristo nació, edificó un monasterio, donde bivía con otros monjes, y allí solía dezir llorando que ya no era el que solía; en tanto le parecía que avía sido mejor en la soledad. «Después del trabajo -dize- y de las lágrimas levantando los ojos al Cielo, parecíame que estava entre las compañías de los ángeles, y alegre y regozijado cantava: | «Corremos en tu seguimiento al olor de tus ungüentos». Dízelo el mismo San Gerónimo, en la Epístola veinte y dos a Eustoquio.
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