De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Visto por el rey Faraón de Egipto que se multiplicava el pueblo hebreo que tenía en su tierra, y temiendo no fuessen más los hebreos que los egipcios y le quitassen el señorío y mando, hizo llamar a ciertas mugeres que tenían oficio de hallarse en los partos, y mandólas que, siendo llamadas para este fin de aquella gente, si lo que naciesse fuesse muger, la guardassen, y si varón, le matassen. Oyeron ellas el mandato del rey y, cuanto a la observancia, dize el texto del capítulo primero del Éxodo que temieron a Dios, y visto que matar a aquellos inocentes era pecado, no lo quisieron hazer. Y por este temor que tuvieron, que fue bueno y virtuoso, dize la Escritura que les favoreció Dios y enriqueció, y les edificó casas y mayorazgos.
[2] Cuando vieron los hebreos que les avía Dios librado de Faraón, dexándole ahogado en el Mar Bermejo, y quedando ellos libres, dize la Escritura en el capítulo catorze del Éxodo que el pueblo temió a Dios, y creyéronle, y a Moisés, su siervo.
[3] Quiso Dios poner temor a los mesmos hebreos y para esto hablóles al tiempo que les quiso dar la ley en el monte Sinaí. Sonaron truenos, resplandecieron relámpagos y cayeron rayos. De oír y ver esto estavan temerosíssimos, tanto que dixeron a Moisés, y se lo rogaron, que les hablasse él y no Dios. Es del capítulo decimonono y vigésimo del Éxodo.
[4] Dieron Acab y Jezabel, reyes de Israel, en perseguir a los profetas de Dios. Tenían un criado llamado Abdías, que era de secreto fiel y temía a Dios, por lo cual recogió cien profetas, y no sólo los libró de la muerte que les dieran aquellos tiranos conociéndolos, sino de la hambre que avía | muy cruel, sustentándolos de secreto mucho tiempo. Efecto fue éste del temor de Dios. Es del Tercero de los Reyes, capítulo diez y ocho.
[5] Quedó la tierra de Samaría desierta por la transmigración de Babilonia, de donde vino gente a poblarla, y porque truxeron consigo ídolos que adoravan, sintió Dios que en aquella tierra donde él fue honrado y servido fuessen servidos y honrados ídolos falsos y mentirosos, no teniéndole aquella nueva gente temor; por lo cual embió sobre ellos manadas de leones que los despedaçavan, hasta que truxeron gente natural de la misma tierra que los enseñasse en la adoración y temor de Dios, y con esto cessó la plaga. Es del Cuarto de los Reyes , capítulo diez y siete.
[6] Cuando se levantó tempestad contra Jonás y los que ivan con él en el navío, a instancia suya y por salud propria le echaron en el mar, y como vieron que luego la tempestad cessó, dize la Escritura que assí los marineros como los passageros temieron grandemente a Dios y le ofrecieron sacrificios. Es del Libro de Jonás, capítulo primero y siguientes.
[7] Estando atormentando a Eleázaro Macabeo porque quebrantasse la ley de sus mayores, dixo, hablando con Dios:

-Tú sabes, Señor, que pudiendo ser libre de la muerte padezco duros tormentos y dolores en mi cuerpo, y padézcolos alegremente porque te tengo temor y no quiero ofenderte.

Es del Segundo de los Macabeos, capítulo 6.
[8] Exemplo lastimoso de temor fue el Apóstol San Pedro, el cual, aviéndose mostrado animoso al tiempo que el Salvador advertía a él y a los demás Apóstoles, luego que acabó de cenar con ellos la noche antes de su muerte, como le avían de desamparar, que dixo estar aparejado a ir con él a la cárcel y a la muerte, y no fueron sólo palabras las que tuvo de animoso, también juntó a ellas obras cuando vido que le llegavan a prender, que puso mano a su terciado, y siendo él sólo el que hazía esta defensa con armas, y los contrarios, muchos y mi- nistros /(470r)/ de justicia, sin temer cosa que le pudiesse suceder, afirmándose en los pies, tiró un golpe que, a buena discreción, si no le defendiera la armadura, rompiera la cabeça a un siervo del pontífice llamado Malco, y desvainando la espada le llevó la oreja, que cayó en tierra, y Cristo le sanó y mandó al Apóstol que bolviesse la espada a la vaina; él lo hizo, y visto que le vedavan la defensa y que los contrarios eran muchos, porque del todo no le apartassen de su maestro, prendiéndole y llevándole a otra prisión, huyó un poco, aunque luego siguió al Señor, que le llevaron preso y dieron con Él en casa del Pontífice Caifás, donde entró el Apóstol con el Evangelista San Juan, y allí descubrió enteramente su temor, porque al dicho de una rapaza y de otros friolentos negó conocer a Cristo y pecó gravemente de temor, o porque no le sucediesse daño siendo conocido por su dicípulo, o porque creyó que le llevarían donde no pudiesse verle y acompañarle en aquel trabajo como desseava. Mas esta culpa limpióla con lágrimas que lloró toda la vida, y al cabo della, confessando delante del emperador de Roma por Dios al que negó por maestro en tal ocasión, y derra- mando | su sangre sobre tal confessión. Del temor y negamiento de Cristo escri vieron todos cuatro Evangelistas.
[9] Por sendas mentiras que dixeron al Apóstol San Pedro dos casados, Ananía y Safira, acerca del precio de una heredad que vendieron, fueron castigados con caerse muertos de repente, y la muerte déstos causó grande temor en los demás fieles, reverenciando y teniendo en mucho a los Apóstoles. Es del capítulo 5 del Libro de sus Hechos.
[10] Cuando el valeroso protomártir San Estevan fue apedreado, y quedó su cuerpo entre las piedras bañado en su sangre, dize la Escritura Divina que se juntaron varones temerosos y lloraron tiernamente su muerte, y le dieron sepultura. Es del Libro de los Hechos Apostólicos, capítulo 8.
[11] Estavan presos San Pablo y Silas, dicípulo de Cristo, en una cárcel, y sus pies en el cepo. Vino un terremoto grandíssimo, y sabida la ocasión que era por la prisión de los Apóstoles, conocidos de todos por santos, el carcelero, con grande temor, se derribó a los pies de Paulo y de Silas, diziendo:

-¿Qué haré, varones de Dios, para salvarme?

Es del Libro de los Hechos Apóstolicos , capítulo diez y seis.
Lo dicho se coligió de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Cierto hombre principal vivía vida mala y desconcertada. Su muger, que era devota y cristianíssima, le exortava a que se emendasse y confessasse sus pecados; respondía él:

-¿Y cómo tengo de confessarme, que me dará tal penitencia que no pueda cumplirla, porque ni puedo ayunar ni azotarme?

Replicava la muger:

-Pues, ¿cómo? Si cosas tan fáciles no has de poder hazer, las penas del Infierno, ¿qué ánimo tienes para sufrirlas?

Añadió el marido:

-Pues, ¿y crees tú, muger, que ay Infierno? Entiende que son invenciones de clérigos para hazerse temer.

Por | esta heregía que dixo, mereciéndolo bien sus pecados, vinieron demonios y bivo se le llevaron. Una noche después desto, a vista de su muger, la cual con grandes lágrimas y oración muy fervorosa pidió a Dios que ella se certificasse del estado del marido, para ver si le era lícito rogar por él, apareciósele su cuerpo negro como un tizón, y tenía en su mano una tabla con letras grandes, que dezían: «Ya estoy certificado que ay Infierno, y el temor que tuve de hazer penitencia, acompañado de floxedad y tibieza grande, me llevó a él». Es del Promptuario de exemplos. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Autemone fue tan temeroso que, estando en casa, de ordinario dos criados suyos sustentavan sobre su cabeça un escudo de me- tal | porque no cayesse de lo alto cosa que le dañasse, y saliendo por la calle siempre era en litera cerrada y bien guarnecida por lo alto por el mismo te- mor. /(470v)/ Dízelo Anacreonte Poeta, y refiérelo Sabélico, libro tercero.
[2] Dionisio, tirano de Sicilia, de temor no consentía que barbero le hiziesse la barba. Dava este cargo algunas vezes a sus hijas, y otras, él mismo con un tizón se las chamuscava. Y para dormir tenía hecha una cava bien honda alrededor de su aposento, y passava a él con puente levadiza. Sabélico, libro tercero.
[3] Asdrúbal, último duque de Cartago, estando Escipión dentro de la ciudad, recogióse al templo de Esculapio con su muger y hijos, y otros muchos romanos que en aquella guerra se le avían passado, que se dexaran antes hazer menudas pieças que desampararle, porque de Escipión tenían cierta la muerte. Mas Asdrúbal, de temor, los desamparó a ellos y solo se passó al enemigo desseando bivir; de cuya afrentosa huida se vengó su muger, matándose a sí y a sus hijos en su presencia, diziendo palabras de mucha afrenta. Dízelo Sabélico, libro tercero.

[4] Perseo, rey de Macedonia, que solía poner temor a los romanos, siendo vencido del cónsul Emilio se derribó a sus pies, y llorando mostró tanto temor, que el mismo Emilio, haziéndole levantar, mostró indignarse contra él, diziéndole que mostrasse más esfuerço, que le envilecía su vitoria con tanto temor y covardía, pudiendo dezir maliciosos que poca hazaña avía sido vencer hombre tan covarde. Es de | Sabélico, libro tercero.


[5] El emperador Vitelio, entrando en su palacio una capitanía de soldados a prenderle, mostró tanto temor que se escondió en un aposento vil, de donde fue sacado con grande afrenta y vituperio delante de toda Roma a morir. Refiérelo Sabélico, libro cuarto.
[6] El emperador Heliogábalo, temeroso de un tumulto y motín de sus soldados, con compañía de su madre se escondió en un lugar de inmundicia, donde, siendo hallado, fue afrentosamente muerto. Dízelo Sabélico.
[7] Aunque católicos, mas por ser sus hechos de paganos puede su covardía juntarse con ellos, y fueron éstos los condes de Carrión, hiernos del Cid, Rui Díaz. Entrando en su aposento y sala, donde ellos estavan, de repente un león, covardemente huyeron. Pusieron mano a las espadas otros parientes y amigos del Cid, el cual despertó, que estava durmiendo en un escaño, al ruido, y fuese al león y asióle de sus crines, y bolvióle a una jaula, de donde por descuido de la guarda avía salido. Y estando ya el león encerrado, los condes fueron hallados, el uno, debaxo del escaño del Cid, y el otro, en otra parte más infame, dando testimonio de su temor. Y afrentados por esto tomaron vengança en sus mugeres, açotándolas malamente en un despoblado, en lo cual hizieron obra de paganos. Refiérese en la Corónica del Cid. |

DISCURSO SETENTA Y CINCO. DE VANAGLORIA

Embió a visitar el rey de Babilonia (y refiérese en el Cuarto libro de los Reyes, capítulo veinte) al rey Ezequías con sus embaxadores, y a darle el parabien de la salud después de una peligrosa enfermedad que tuvo. Regozijóse el rey | de aquella visita, y aun tomó alguna vanagloria, con la cual passó adelante, mostrando a los embaxadores grandes tesoros y riquezas que tenía, por lo cual le embió Dios a dezir que supiesse que las avía de perder por lo hecho. Y denótase en esto que dan cuenta algunos de virtudes que tienen y obras buenas que hazen, y tomando en esto vanagloria, pier- den /(471r)/ dél el merecimiento. De Vanagloria trata el presente Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Aviéndose multiplicado los decendientes de Noé Patriarca, estava entre ellos un nieto de Cam, hijo de su hijo Chus, llamado Nemrod, el cual, mostrándose poderoso y de altos pensamientos, hízose rey y señor de otros muchos, que lo tuvieron por bien, vista su animosidad y valentía. Guió con ellos de Oriente, donde estavan, y llegando a tierra de Senaar, trataron entre sí, siendo el inventor del negocio Nemrod, de edificar ciudad y hazer en ella una torre que llegasse al Cielo. Dízese en el texto del Génesis, capítulo onze, que pretendían hazer su nombre célebre y que dellos quedasse memoria en el mundo, antes que fuessen divididos a donde Noé los embiava. Començóse el edificio de la ciudad y torre, proseguíase y iva muy adelante. La Historia Escolástica dize que, junto con hazer Nemrod su nombre célebre, llevado de vanagloria, como los demás que eran de su consentimiento y parecer, pretendía quedarse en aquella tierra y assegurarse en la torre de otro diluvio, si viniesse. Josefo pondera su malicia, diziendo que con palabras injuriosas de la Magestad Divina inducía a los hombres a la edificación de las torres, protestándoles no sólo de los amparar contra la potencia de Dios, mas hazer vengança en Él de las muertes de sus predecessores. En confirmación de lo cual, dize la Glossa ordinaria que quiso penetrar los Cielos para venir a las manos con Dios. De aquí tuvo fundamento lo que cuentan los poetas, como Ovidio, de los gigantes, porque todos éstos eran de grandes cuerpos, que quisieron hazer guerra a los dioses, pensando subir al Cielo, poniendo un monte sobre otro. Vista la sobervia de Nemrod por el que todo lo vee, que es Dios, habló a sus ángeles, como siente la Glosa Interlineal, y díxoles:

-Venid y decendamos a confundir el lenguage desta gente.

Dicho esto, en un punto se hallaron nuevas lenguas en | los edificadores de la torre, de manera que unos no entendían a otros, con grande confusión, de donde vino a llamarse aquel lugar Babel, que denota confusión, y la ciudad que allí se edificó, Babilonia. La Historia Escolástica dize que vino un tan grande terremoto y furia de vientos que derribó el edificio de la torre. En esto paró la sobervia y vanagloria desta gente.
[2] Porque ay peligro en las buenas obras de que nazca dellas vanagloria, para evitar este daño, y que los que en ellas se exercitan, contentándose con la gloria que los hombres les dan, no pierdan la que Dios les daría, y, pareciéndoles que estavan en lo alto de la virtud, no se hallen derribados en el principio de los vicios, queriéndonos dar documento el Hijo de Dios, Jesucristo Nuestro Señor, limpió leprosos, dio vista a ciegos, curó enfermos, bolvió el oír a sordos y el hablar, a mudos, y mandóles que lo callassen y a nadie diessen cuenta dello, no porque en su Magestad huviesse algún peligro de vanagloria, sino por darnos a nosotros documento que, pudiéndola aver en semejantes obras, se evite y se procure que no la aya. Y assí, queriendo resucitar una donzella, hija de un archisinagogo, despidió la turba que estava cerca del cuerpo difunto, porque, aviendo de hazer aquel famoso milagro, no pareciesse que buscava el aplauso del pueblo. Y si alguna vez hizo su Magestad obras semejantes, como las hizo, en público, y si predicava de la misma manera delante de mucha gente, hazíalo porque convenía para algunos incrédulos, que, viendo señales tan claras y manifiestas, se convirtiessen, y assí, hablando con éstos, les dezía:

-Si a Mí no me creéis, creed a mis obras.

Y a los otros también les advertía, diziendo:

-Mirad muy bien que vuestras obras de justicia, las que hiziéredes que merecen premio, que no las hagáis delante de los hombres por sólo que os vean que las hazéis.

Y esta dotrina siguieron los Apóstoles, que para confirmación de la verdad que predicavan hazían milagros en público, /(471v)/ mas los regalos de Dios y los misterios que les descubría teníanlos ocultos, si no era necessario descubrirlo al pueblo. San Pablo, siendo arrebatado hasta el Tercero Cielo, como oyesse secretos que no era lícito al hombre manifestarlos, aun el dezir lo que le avía sucedido lo calló por catorze años, hasta que, temiendo que los de Corinto no diessen oído a falsos profetas que les enseñassen lo contrario de lo que él les enseñava, les dio desto noticia, como | parece en la Segunda Carta que les embió, en el capítulo doze. Con todo esto, la necessidad de gloriarse llama insipiencia, y assí dize: «Hecho me he insipiente, porque vosotros me forçastes». En las cuales palabras da a entender que no se deve hablar en loor proprio, sino cuando la necessidad lo pide, y en tal sazón, con tanta templança que se declare el hecho y se evite la vanagloria. Refiérelo Marulo, libro primero.
Coligióse lo dicho de las Divinas Letras. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]



[1] A San Antonio Abad vino un prefecto del emperador Martiniano a rogarle le sanasse una hija que tenía endemoniada. Respondióle el santo que no sabía cómo pudiesse hazer lo que dezía, siendo pecador, mas si confiasse en Jesucristo, que él le rogaría le concediesse su petición. Bolvió a su casa el prefecto muy confiado en lo que el santo le dixo, hizo oración a Dios, y luego huyó el demonio, y la donzella quedó sana, como avía dicho San Antonio. El cual, con acuerdo y aviso, en una respuesta especificó tres bienes, que fue la guarda de la humildad, la virtud de la fe y el remedio de la enfermedad. Es de San Atanasio en su Vida.
[2] San Hilarión Abad, siendo de sesenta años, considerando que estava cercado no sólo de sus frailes, sino de otros que concurrían a él de todas partes, y que todos le alabavan y querían bien, contentos en verle teniéndole por santo, llorava de contino, y parecía aver buelto al siglo y que le premiavan en esta vida. Passó en este conflicto y pena dos años, al cabo de los cuales, como no quisiesse comer hasta alcançar de Dios que le fuesse piadoso y sacasse desta vida, passando sin gustar cosa alguna siete días, y no acabando por hambre, dexó a Palestina y fuese en peregrinación por diversas partes a Betilio, a Pelusio, a Tembator, a Babilonia. Fue assí | mismo a Afrodosio, al hiermo de Antonio, bolvió a Afroditon, a Alexandría, Osa, Brucio, Paretonio. De aí passó en Sicilia, a Epidauro, a Cipro, en cuya ínsula buscó un rincón bien solitario, adonde aún no estuvo mucho tiempo, descubriéndole los milagros que hazía. E como sus fuerças estuviessen, parte por la edad, parte por el trabajo, agostadas, no pudiendo más huir, puso fin a la huida y juntamente a la vida. Del cual hablando San Gerónimo, dize: «Admírense algunos de las señales que hizo, admírense de su increíble abstinencia, de su sabiduría y humildad; yo no, de nada desto me admiro, sino de las fuerças que tuvo para hollar la vanagloria, concurriendo a él obispos, sacerdotes, clérigos, monges, matronas cristianas de una y otra parte, gente del vulgo sin término; también venían personas poderosas y juezes de la provincia, pidiéndole pan bendito por su mano y óleo santo, mas él, en ninguna cosa, sino en la soledad y menosprecio del mundo tenía sus desseos y coraçón». Dízelo San Gerónimo en su Vida.
[3] Juan, monge de Egipto, como declarasse diversos acaecimientos que estavan por venir, revelándoselos el Espíritu Santo, añadía luego no saber esto por su merecimiento, sino por la fe de los que venían a él a preguntárselo. No permitía que llegasen a él enfermos a ser curados, sino embiávales óleo bendito con que sanavan, /(472r)/ y evitava con esto la estimación propria, no sanándolos en su presencia ni a vista del pueblo que le visitava. Es del De Vitis Patrum.
[4] Moisés Abad no sólo huía de ser alabado, mas procurava ser menospreciado. Venían a visitarle como a santo, y las más vezes dexava en vano los desseos de los que pretendían verle, no porque fuesse avaro de consuelo de los próximos, sino porque sentía mucho ser estimado y tenido en precio. Vino a verle el presidente de la provincia, y una vez se le escondió. Supo que venía otra, y salióle al camino, y preguntándole adónde estava el Abad Moisés (porque él no le conocía de vista), respondióle:

-¿Y qué negocio tienes que tratar con aquel viejo loco y mentecapto?

Admiróse el presidente de oír esto a aquel viejo venerable y parecióle que le avían engañado los que tanto le encarecieron su santidad. Ivase sin más pretender verle, y acaso le dixeron como el que le dio aquella respuesta era el mismo abad Moisés, y quedó más admirado que tanta fuesse su humildad que quisiesse ser menospreciado, y faltando quien le menospreciasse, tomava él por sí la mano. Es del De Vitis Patrum.
[5] En la Vida de Jacobo Ermitaño , escrita por Simeón Metafraste y referida por Surio, tomo primero, se dize dél que por huir la vanagloria del mundo y sus deleites vanos se encerró en una cueva cerca de un pueblo llamado Porfirión, donde perseveró por quinze años, haziendo vida tan acepta a Dios que le dio gracia de lançar demonios. Por lo cual ellos, embidiándole, procuraron desterrarle de aquella región, solicitando a ciertos paganos samaritas, y éstos, tomando consejo con un sacerdote de ídolos, todos fueron de acuerdo de le hazer caer en algún pecado sensual y, publicándole con su deshonra, él se iría a otra parte. Hablaron a una muger deshonesta, y diéronle veinte monedas de oro, y prometiéronle otras | tantas si acabava lo que tenían concertado. Ella lo tomó a cargo, y aguardando la noche, fuese a la puerta de su cueva, y dio grandes golpes, fingiéndose afligida y llorosa. El ermitaño salió y, abriendo la puerta, como vido figura de muger, temió que fuesse algún demonio disfraçado en ella, y signándose con la Señal de la Cruz tornó a cerrar la puerta con grande golpe, y recogióse a su estancia, y, puesto de rodillas al oriente, hizo oración a Dios, pidiendo que le librasse de semejantes ilusiones y fantasmas. Perseverava la muger llamando, y era ya la media noche, y no cessava de importunarle, diziendo:

-Siervo de Dios, ábreme la puerta si no quieres que fieras me despedacen aquí, y será a tu cargo mi muerte.

Temió Jacobo, por aver bestias salvages en aquel desierto, alguna no matasse a aquella muger, salió casi forçado y, abriendo un poco, preguntóle:

-¿De dónde vienes, quién eres y qué buscas?

-Soy -respondió- del monasterio que está en este desierto, y el prepósito dél me embió a un castillo que está algo lexos de aquí con ciertos dones, y a la buelta sobrevino la noche y no me atreví passar adelante. Ruégote, siervo de Dios, porque yo no sea despedaçada de bestias, me recibas en tu cueva.

Vencido destas fingidas razones, admitióla en la cueva, diole pan y un vaso de agua, y retrúxose a otro apartado, cerrando puertas tras sí. La muger comió y sossegóse un poco. Levantó luego la voz, lamentándose amargamente y llamando al ermitaño. Púsose él a una ventanilla, y preguntóle qué sentia y qué era lo que quería.

-Ruégote, señor -dize ella-, que hagas la Cruz sobre mí, porque muero de dolor de coraçón.

Salió el ermitaño y encendio lumbre, y con óleo bendito procurava mitigar el dolor a la engañosa muger, haziendo cruzes sobre ella. La cual, viéndole tan cerca de sí, ya le parecía tenerle convencido del todo. Rogávale, para más abrasarle, que no cessasse de la ungir con aquel óleo santo, que mucho alivio sentía. El /(472v)/ próvido, temiendo la piedad que mostrava con aquella muger, no se tornasse impiedad para él, puso la mano siniestra en el fuego, teniéndolo, y bien encendido, en un rincón de aquella cueva, siendo por invierno, y túvola constantemente en él hasta que se quemaron los dedos. Hizo esto para que el dolor intolerable le quitasse todo mal pensamiento. Cayó en la cuenta desto la muger, y compungida grandementee con tal experiencia de castidad y virtud, convertida en otra, derramando lágrimas de veras se derribó a los pies del santo varón, y dándose golpes en los pechos, dezía:

-¡Ay de mí, miserable, que he sido aposento del demonio!

Admiróse de oír esto el ermitaño, levantóla y, aviendo hecho oración a Nuestro Señor, rogóla le declarasse aquel secreto. Ella, algo sossegada, le contó enteramente la ocasión de su venida, que avía sido persuadida de aquellos samaritanos por hazerle pecar contra la castidad. Sintió mucho esto el siervo de Dios, y derramando lágrimas dio gracias a su Magestad por le aver librado de aquel peligro, aunque fuesse a costa de su mano siniestra, que estava casi quemada. No era baptizada la muger. El santo ermitaño la instruyó en los misterios de la Fe y embióla a un obispo llamado Alexandre, a quien la muger confessó su pecado, y viéndola que tenía, de averle cometido, grande dolor, baptizóla y púsola en un monasterio de monjas, donde vivió santamente. Muchos milagros y maravillas hizo Dios por su siervo Jacobo. Parecía que estava en la cumbre y que no avía para él pecar, andava siempre el demonio mirándole a las manos, y aunque sólo tenía una sana y la otra, medio quemada, en testimonio de su honestidad devío de conocer dél que se le pegava algún polvo de vanagloria a la mano sana de la que no lo estava, cuando considerava lo que hizo, y viendo aora la gente que le seguía. Parecióle buena oca- sión | para derrivarle, y assí, apoderándose de una donzella, hija de cierto hombre rico, atormentávala, y dezía por ella a vozes que no le sacaría otro de allí que Jacobo Ermitaño. Anduvieron con ella sus padres a buscarle y, sabiendo dónde estava, lleváronsela, y puestos en su presencia postrados en el suelo, le dezían que tuviesse misericordia de aquella donzella, hija suya, la cual era atormentada de un demonio, y avía veinte días que no la dexava casi comer ni bever; sólo dava vozes llamándole por su nombre. Hizo oración por ella Jacobo, y fue su efecto tal que el lugar donde estava se estremeció. Insufló, diziendo:

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