De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[27] Eusebio Cesariense en su Historia Eclesiástica, libro octavo, capítulo doze, escrive de dos donzellas y una madre, todas tres cristianas y muy hermosas, que estando en un pueblo cerca de Antioquía, donde se avían retirado por huir la persecución de Diocleciano, que andava muy sangrienta en la ciudad contra los cristianos, teniendo noticia dellas fueron presas, y trayéndolas a Antioquía, llegando cerca de un río, la madre les habló y dio a entender el peligro en que ivan de ser deshonradas, que mejor les sería ahogarse en aquel río que perder la castidad. Fue poco necessario persuadirles esto a las que tenían intento de morir antes que dexarse deshonrar. Apartáronse un poco de los soldados y lançáronse en el río, donde fueron ahogadas. Nicéforo, libro siete, capítulo doze, escrive de otras dos donzellas que, trayéndolas en un navío también a Antioquía para el mismo efeto, se echaron a la agua. A una de las cuales nombra San Ambrosio, y dize que se llamava Pelagia. Es en el libro tercero de Vírgines. Y Antonio Sabélico, en el libro quinto de Exemplos, dize que siendo la ciudad de Aquileya saqueada de los hunos, una ilustre donzella, viniendo en poder de cierto soldado y queriendo deshonrarla, ella le rogó que no fuesse en lugar público donde estava, sino que se subiessen a lo alto de la casa. Concedió con ella el bár- baro. /53r/ Subió a un aposento donde estava una ventana sobre el río que passava por aquella ciudad, corrió a ella y dixo al soldado:

-Si quieres gozarme, sígueme;



y lançóse en el río. El intento déstas y de otras muchas que hizieron cosas semejantes, que fue por guardar castidad, de todos es alabado, mas la obra de matarse y ser homicida de sí mismas ninguna loa merece. Y assí San Augustín, en el libro primero de la Ciudad de Dios, capítulo diez y siete, reprehende el matarse uno a sí mismo. Bien es verdad que Dios, que es Señor de nuestras vidas, pudo dar licencia a todas éstas para que se matassen y conservassen castas, y en tal caso merecieron y tendrán en el Cielo aureola de mártires, pues quien padeciesse muerte por no cometer algún pecado mortal -como lo es la fornicación- verdadero mártir sería.
[28] Julián Antioqueno Mártir y Basilisa, aviendo celebrado las bodas, salía de la cama un olor suavíssimo de rosas, con ser tiempo de imbierno, y admirada dello Basilisa y no sabiendo la causa, Julián le dixo que era aquel olor la limpieza virginal, de cuya suavidad enamorada la donzella se determinó de conservar con su esposo virginidad. El propósito y determinación confirmó una visión, apareciéndoseles Jesucristo con su Sagrada Madre, agradesciéndoles su desseo y obra. Vivieron juntos algún tiempo y después se apartaron y fueron ambos ocasión de que muchas almas se salvassen, y al cabo padecieron martirio por Cristo. Refiérelo Surio, tomo primero.
[29] Baptista Fulgoso en el libro cuarto escrive que el año de Cristo de mil y dozientos y noventa y uno, ganando sarracenos la ciudad de Tolemaida, que es en tierra de Palestina, estando en ella un monasterio de monjas, la abadesa les amonestó que para defensa de su honestidad se cortassen las narizes. Hiziéronlo assí, entraron los infieles y vistas con semejante fealdad, los rostros bañados en sangre, sin les hablar palabra las mataron a todas. No les era lícito a éstas con su proprio pa- recer | mutilarse. Aunque bien se presume que en el espacio que uvo desde que se cortaron las narizes hasta que fueron muertas pudieron tener, y que de veras le tendrían, pesar de lo que fue culpa en aquel hecho, ayudando a esto que fue mandato de su perlada, el dolor que padecían y Dios principalmente, que miraría el intento con que lo hizieron, y assí, contritas y muertas se salvarían. Refiere lo mismo San Antonio de Florencia, y llama Ancona a la ciudad.
[30] Osita, hija de Fritevaldo y de Vuiltevurga, reyes de Inglaterra, contra su voluntad fue casada con Sigero, rey de los saxones orientales. Resistió algunos días a la voluntad del rey con diversos modos que tuvo; mas, viendo él sus dilaciones y acrecentando la tardança su desseo, un día se encerró con ella en su aposento determinado de cumplir su voluntad de grado o de fuerça. Mas assí como entró, por voluntad de Dios vinieron a dezirle que avía parecido en el monte un maravilloso ciervo, a cuya caça siendo el rey muy inclinado, dexando a Osita se fue con sus caçadores a buscar el ciervo, donde se detuvo algunos días. Quedó la santa donzella como quien se libra de un terrible naufragio, y embiando a llamar ciertos obispos que de Inglaterra su patria estavan allí venidos, ella les habló y declaró su intento, y movidos por Dios, sin mirar el modo como el rey lo llevaría, hizo en sus manos tres votos, pusiéronle ellos velo y quedó perfeta monja. Buelto el rey de su caça ganoso de verse con la reina, cuando entró en su aposento y la halló puesta velo negro, y supo que avía hecho professión y era monja, sintiólo tanto que estuvo en punto de matarla. Mas fuele Dios a la mano para que no lo hiziesse. Trocóle el amor en aborrecimiento, embióla a una villa llamada Chinchense, donde edificó un monasterio, y acompañada de otras ilustres donzellas hazía vida santíssima. Tuvo della embidia el demonio, conmovió los ánimos de ciertos daneses, que entrando en navíos con intento de robar /53v/ (y fue el año del Señor de seiscientos y cincuenta y tres), llegaron a la parte oriental de Saxonia, y saliendo en tierra acometieron la villa de Chinchense, donde executaron grandes muertes y robos. Entró el capitán de esta gente en el monasterio de Osita, y viendo la santa monja, sabiendo quién era, hablóla con dulces palabras y con ruegos y ofrecimientos procurava atraerla a que dexasse su religión y fe y adorasse ídolos como él adorava, amenazándola de muerte si no lo hazía. La santa donzella, teniendo en poco sus ofrecimientos y en menos sus amenazas, respondió que perdería primero la vida que negasse a su esposo Cristo, y que no adoraría dioses falsos. Por lo cual el tirano, no pudiendo sufrir su constancia ni oír menospreciar sus dioses, hízole abaxar la cabeça, y con su espada se la cortó. Y aviendo caído en tierra, baxóse el cuerpo y tomóla en sus manos, donde con passos bien compuestos fue hasta una iglesia de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, que distava de allí trecientos pasos, y hallando las puertas cerradas, con las manos sangrientas dio golpes para que abriessen, quedando señales de la sangre en ellas, y con esto se dexó caer allí. Y en el lugar donde fue degollada manó una fuente provechosa para diversas enfermedades. Es de Surio, tomo quinto.
[31] Macrina, hermana de San Basilio y de Gregorio Niseno, estando concertada de casar con cierto moço de muy buenas partes, y muriendo antes del desposorio, ella perseveró en no querer casar con otro. Y diziéndole sus padres que lo hiziesse, respondía que tenía por malo no honrar el matrimonio que primero le avían señalado, sin pretender otro, que assí como naturaleza ordenó un solo nacimiento y una sola muerte, assí era bien que oviesse un solo matrimonio, y que aquél con quien la avían desposado, aunque era para otros muerto, para ella estava vivo, con la esperança cierta que tenía que avía de resuscitar; y que le juzgava sólo estar ausente y assí era maldad grande no guardar la fe al | esposo que avía ido a alguna otra tierra, aunque distante y por largo tiempo. Con estas razones se defendía de sus padres y perseveró en honestidad hasta la muerte, que fue en religión y estado de monja. Antes que entrasse en el monasterio tuvo una enfermedad en la garganta, donde se le hizo una hinchazón grande que le causava mucha pena y mostrava ser de peligro si no se curava. Quiso su madre que se le llamasse cirujano, mas ella, que sentía no menos que la muerte el descubrir el cuello a hombre, recusávalo. Dezía la madre:

-Dios declaró la arte de la Medicina a los hombres para que aprovechándose della unos curen a otros, ¿de qué te recelas?

Todavía se escusava Macrina que hombre viesse su garganta, y assí con grande fe entró en un oratorio con su madre y estuvo en oración toda una noche, derramando lágrimas, pidiendo a Dios la sanasse. La madre cansada ya cerca del día le dixo:

-Hija, todavía quiere Dios que llames médico.

Ella respondió:

-Madre mía, tú sola lo has de ser. Hazme la Señal de la Cruz en la garganta sobre el mal, que yo espero en su Magestad quedar sana.

La piadosa madre hizo la Señal de la Cruz sobre la hinchasón, y de repente desapareció, dexando una pequeña señal para evidencia del milagro y que siempre tomasse de aquí motivo para darle gracias. Es de San Gregorio Niseno y refiérelo Surio, tomo cuarto.
[32] Eduardo, rey de Inglaterra, por persuasión de los grandes de su reino casó con Edita, y las primeras palabras que entre sí tuvieron fue concertarse de vivir castos, no queriendo otro testigo para esto sino a Dios. Y assí fue muger la reina del rey en el espíritu y no en la carne, y fue el rey marido de la reina en la palabra y no en la obra, aunque entre los dos fue verdadero matrimonio y assí teníanse amor de casados y bivían recatados. Amávanse las almas y guardávanse los cuerpos, y como otra Abisag calentava la reina el casto pecho del rey con espiritual amor, y el rey insistía en que permane- ciesse /54r/ entre los dos su honor. Quiso Dios honrar al rey y que fuesse conocida su santidad en que, pidiéndole un contrahecho que le llevasse sobre sus hombros hasta entrar en una iglesia y llegar con él al altar mayor -el cual dezía que avía visitado la iglesia de San Pedro de Roma por cobrar salud y que tuvo allí revelación que si hazía esto con el rey Eduardo que sanaría-, el rey con mucha humildad le levantó de tierra y puso sobre sus hombros y fue mucho de ver el pobre con su vestido de remiendos, suzio y asqueroso, con sus braços que avían arrastrado el suelo y le servían de pies, abraçado al cuello del rey. De los que estavan presentes unos se reían, otros afirmavan que el pobre se avía querido burlar del rey y ayudavan ellos a la burla, y otros juzgavan que esta simplicidad del rey resultava de ser indiscreto y necio. Mas bolvió Dios por su siervo Eduardo, y fue assí que no avía bien entrado en la iglesia cuando se le descogieron los nervios al contrahecho y los pies se le despegaron de las espaldas, la carne magra y de mal color tomó otro lustre, fortificó los huessos y quedó perfetamente sano. Semejantes obras concede Dios a la castidad.

Era muy devoto Eduardo de San Juan Evangelista, y ninguna cosa que por su amor le pidiessen la negava. Pidióle un día limosna un peregrino por aquel nombre, y no teniendo qué darle sacó un anillo de oro de su dedo y diósele. Ivan después dos ingleses a visitar el Santo Sepulcro a Jerusalem, y tomándoles una noche en despoblado fatigáronse mucho. Mas llegó a ellos un viejo venerable y díxoles que le siguiessen; hiziéronlo ellos y en poco espacio los puso en poblado y llevó a cierta posada, donde les dio bien a cenar y durmieron lo que de la noche quedava. A la mañana hablóles el viejo y díxoles:

-Sabed que yo soy el Apóstol de Dios San Juan y amo tiernamente a vuestro rey, porque vive casto. Él me dio este anillo de oro, pidiéndole limosna en mi nombre en traje de peregrino. Bolvédsele y dezidle de mi parte que ya se le llega el día de su muerte, que será dentro de seis meses, y que nos | veremos juntos, siguiendo al Cordero Inmaculado.

Dicho esto desapareció el santo Apóstol. Ellos bolvieron a su tierra y dieron cuenta al rey de lo que avían visto y oído. Cayó luego enfermo, y murió santamente, y lo mismo la reina Edita, subiendo a gozar en el Cielo la compañía de los castos. Refiérelo Surio, tomo primero.

[33] En el monasterio de Santa Brígida en Hibernia estava una monja de poca edad, la cual, siendo atormentada gravemente del vicio deshonesto por aver puesto los ojos en un perverso hombre que la solicitava, y oídole algunas razones, vino a concertarse con él de le hablar una noche por lugar acomodado para semejante maldad. Aguardó que estuviesse durmiendo Santa Brígida -la cual no dormía, antes sabía bien en lo que ella andava y rogava a Dios con grande instancia se doliesse de aquella alma-; ya iva la otra a poner en obra su mal propósito cuando ofreciéndosele en la memoria el temor de Dios y los buenos consejos de Santa Brígida, tomó brasas y puso sus pies desnudos sobre ellas, y desta manera con un fuego apagó otro fuego y con el dolor del cuerpo venció el ardor libidinoso que la atormentava. Hablóla otro día Santa Brígida y díxole:

-Porque esta noche peleaste valerosamente y el fuego de la luxuria no te acabó de abrasar, de aquí adelante serás libre dél y escusarás el del Infierno.

Con esto hizo oración por ella, y quedó sana de las llagas que tenía en sus pies hechas por el fuego que puso debaxo dellos, y sin más tentaciones semejantes. Refiérelo Surio, tomo primero.
[34] Vivía en la santa ciudad de Jerusalem una monja muy religiosa y de grande exemplo de vida en su casa particular, de quien teniendo embidia el demonio, solicitó a un mancebo para que aficionado a ella sobremanera la persiguiesse. Visto por la santa donzella, y que el negocio iva adelante, quiso quitar con su ausencia el escándalo que le causava su vista. Tomó un cilicio y en un vaso cierto manjar cozido y fuese al desierto del Jordán, de donde vino /54v/ que el moço no viéndola perdió su memoria y fue libre de la tentación que padecía. Y ella con la soledad tuvo más seguridad y se aumentaron sus méritos. Después de muchos años vídola un ermitaño por dispensación divina, queriendo Dios que se manifestasse su santidad. Preguntóle:

-¿Qué hazes aquí, madre, en esta soledad?

Ella, queriendo encubrirse, dixo:

-He perdido el camino, ruégote que me enseñes por dónde tengo de ir.

El monge, enseñado de Dios, replicó:

-Créeme, madre, que tú no erraste el camino, ni le buscas, mas pues sabes que la mentira es del demonio, dime la causa por que veniste a la soledad.

-Perdóname, abad -dixo la sierva de Dios-; lo que passa es que un moço se escandalizó por causa mía, y vine al desierto teniendo por mejor morir que ser estropieço al próximo.

Añadió el monje:

-Dime, señora, ¿y qué tanto tiempo as residido en este lugar?

Ella dixo:

-Doy por ello gracias a Jesucristo, que ya van para diez y siete años.

-¿Y de qué te as sustentado? -preguntóle el monje.

Ella respondió:

-En un vaso truxe cierto guisado, y este cilicio, el cual por divina dispensación me ha cubierto mi cuerpo, sin que el guisado se aya acabado aunque siempre que tengo necessidad uso dél. Y más quiero dezirte, padre, que por estos diez y siete años, ningún hombre me ha visto sino tú aora, aunque yo los veía andar por este desierto.

Oído esto por el ermitaño, alabó a Dios. Es del Prado Espiritual, capítulo ciento y setenta y nueve.
[35] En Francia, en la provincia Laodiense, avía grande número de mugeres religiosas, que estavan en sus casas de por sí. Y aunque muchas avían tenido padres ricos, trabajavan todas de sus manos, vivían en castidad, frecuentavan los Sacramentos; si caían en algún pecado, aunque fuesse fácil y ligero, lloravan más por él que otros por los muy graves. Eran perseguidas de gente mala y viciosa, y aun de otros de estados altos, poniéndoles nombres afrentosos, murmurándolas, diziendo que ni eran carne ni pescado, sino gente desapro- vechada | y inútil. Lo cual ellas padecían con grande paciencia, acordándose de Cristo, que le llamaron samaritano por afrenta. Sucedió que la ciudad donde residían las más fue saqueada de enemigos y estas honestas mugeres se escondían por las cuevas y lugares inmundos, queriendo más morir de mal olor que perder su limpieza. Algunas que se veían assir de los soldados, no teniendo otro remedio y deviendo aver oído voz del Cielo para hazerlo, se lançavan en el río y en poços. De las cuales una, llevándola el río con su corriente, entraron ciertos soldados en una barca y sacáronla de la agua en la misma barca, donde viendo que uno dellos la quería forçar, assida dél se arrojó otra vez en el río, donde el soldado quedó ahogado y ella salió libre. Cessó esta persecución y sucedió otra de hambre, en la cual se averiguó que con ser algunos millares los de estas religiosas, ninguna murió de hambre, teniendo Dios cuidado dellas, como le tuvo antes muy particular en que ninguna fuesse deshonrada. Entre éstas avía una llamada Marta, donzella inocentíssima, sin malicia y muy abstinente, y dada a la oración. Ésta, estando un día en la iglesia, vido alrededor de sí muchas manos puestas, como que la rogavan algo que hiziesse. Rogó a Dios le declarasse qué era aquello, y fuele dicho que eran almas que penavan en Purgatorio y se encomendavan a ella; y assí tuvo particular cuidado de rogar a Dios por ellas, y algunas salieron de pena por su oración. A esta sierva de Dios, cierto religioso que la confessava, sin mal intento le tomó una vez la mano. Ella sintió luego de allí, y después en su casa, algunos movimientos sensuales. Començóse a entristecer, no sabiendo qué cosa aquello fuesse, porque era inocentíssima, fuese a la oración y pidió el favor de Dios. Oyó una voz que dixo: Noli me tangere. Tomóla de memoria y con sinceridad grande, porque no entendía latín, bolviendo al confessor le dio cuenta de aquella novedad, y añadió:

-Esta voz he oído: Noli me tangere. /55r/ No sé, señor, qué signifique. Declarádmelo.

El confessor entendió que Dios, por no avergonçarle delante de aquella su sierva le avía querido avisar que no tuviesse más semejantes tocamientos de manos, aunque fuessen sin mal intento, y assí vivió recatado en adelante. Lo dicho es de San Antonio de Florencia en su Segunda Parte Historial, título diez y nueve, capítulo doze. Y añade desta sierva de Dios que le fue revelado cómo la Madre de Dios estava en el Cielo en cuerpo y alma, y lo mismo los que resuscitaron cuando Cristo resuscitó.
[36] A Potamiena, donzella hermosíssima y no menos honesta, tenía por esclava cierto hombre rico. Era él pagano y ella cristiana, encendióse en amor deshonesto el amo de la esclava, y como le resistiesse valerosamente, fuese él al adelantado de Alexandría por el emperador Maximino, grande perseguidor de cristianos, y concertóse con él que amenazasse de muerte a la donzella con título de que era cristiana, mas si consintiesse con él de hazer su voluntad se la bolviesse libre. El inicuo juez lo tomó a su cargo, y ni por palabras de amenaza que le dixo, ni de ofrecimientos que le hizo, pudo acabar con ella que faltasse a su casto propósito. Por lo cual indignado mandó henchir una grande caldera de pez, y puesta en el fuego, y estando ardiendo, mandó poner dentro a Potamiena desnuda. Ella le conjuró por la vida del emperador que no la desnudasse, sino que vestida la pusiesse dentro, y el juez lo mandó assí. Donde, estando por tres horas padeciendo terrible tormento, al cabo dellas, sin que la pez le llegasse al cuello, acabó la vida. Y fue verdaderamente mártir, pues murió por guardar la castidad. Refiérelo Paladio en su Lausiaca.
[37] En una cueva estava encerrada sin salir della ni ser visto su rostro de persona humana Alexandra. Dávanle de comer por una pequeña ventana, y passó desta vida al dozeno año de su encerramiento. Contava della Melania Romana, muger santíssima, que estando cerca de la ventana por donde le davan la comida sin verla, porque | ella no se dexava ver, le rogó que le dixesse la causa por que se avía ido de la ciudad y encerrado en aquella cueva o sepulcro. Respondióle:

-Sabrás, señora, que cierto moço andava enamorado de mí y me perseguía. Yo, por librarme dél y no darle ocasión de que ofendiesse a Dios con mi vista, que le era estropieço y escándalo, me encerré aquí.

Replicó Melania:

-Dime, sierva de Dios, cómo puedes passar la vida sin hablar con alguno y peleas con la ociosidad y con los pensamientos importunos.

Respondió ella:

-Desde la mañana hasta hora de nona estoy en oración y hilando lino. En las otras horas rebuelvo en mi coraçón las Vidas de los santos padres y patriarcas, y los martirios de los santos Apóstoles y mártires, y venida la noche glorifico a mi Dios y passo la mayor parte della en oración y espero el fin cuando seré desatada deste cuerpo y presentada en la presencia de Jesucristo, mi Dios.

Refiérelo Paladio en su Lausiaca.
[38] San Gregorio Turonense escrive en su Historia Francesa que en tiempo de los emperadores Arcadio y Honorio, un mancebo de linaje de senadores de la ciudad de Anverna muy rico y virtuoso, se desposó con una donzella noble y muy principal. La noche que se vieron juntos estava la donzella tristíssima y muy llorosa. Preguntada la causa, respondió que tenía hecho voto de castidad y que sus padres contra su voluntad le avían hecho que viniesse en casarse, y sintía la muerte en hazer falta a Jesucristo, a quien primero avía dado la fe de esposa. Afirmava que le sería ocasión de su muerte, añadió tales y tantas razones en loor de la castidad, que el mancebo, siendo bien inclinado, vino en que los dos viviessen castos, lo cual guardaron fielmente, aunque vivían en una casa y dormían en un aposento, hasta que la donzella murió. Y al tiempo que la ponían en la sepultura dixo él:

-Gracias te doy, Eterno Señor Mío, porque restituyo a tu piedad este tesoro de la manera que de ti le recebí encomendado.

Vídose el rostro de la difunta a esta sazón con un alegre son- riso, /55v/ y oyóse que dixo:

-¿Para qué dizes lo que no te preguntan?

No mucho después murió él y sepultáronle en la misma iglesia, en otro sepulcro aparte, mas el siguiente día fueron hallados juntos, y por esto en aquella ciudad fueron llamados «los dos castos amantes».
[39] En una ciudad de Alemaña vivía cierta señora casada rica y de linaje, y muy sierva de Dios, cuya hermosura se tenía por milagro de naturaleza. De partes diversas venían personas de cuenta a sólo verla, de que ella sentía grave pena porque la desasosegavan. Y su sentimiento crecía pareciéndole que su vista era ocasión de escándalo a muchos. Encerróse un día en su oratorio, y derramando lágrimas hablando con Dios, dixo:

-Bien vees, Señor, que resulta grande peligro de la forma y parecer que en mí pusiste. Porque mediante tu misericordia, aunque esté yo segura de ofenderte cayendo en alguna torpeza, mas temo de ser ocasión a gente débil y flaca para caer en tentación sensual, por tanto pídote, Señor, que trueques mi rostro y corporal hermosura en tanta fealdad que si hasta aquí dava agrado con mi vista, en adelante sea ocasión de horror y pena. Dicho esto cubrióse de lepra, hincháronse sus ojos, la nariz se acorbó, la boca se le pudrió, y el rostro se pobló de postulas. Era espanto mirarla. Salió del oratorio, y vista de su marido, sólo en el vestido la conoció, y cierto que era su muger, no ay dezirse lo que sintió con toda la familia y parientes. Llamáronse médicos, y todos afirmaron que era lepra incurable. Dieron parecer que fuesse llevada donde no habitassen gentes, porque no inficionasse el pueblo todo. Confessávase con un fraile del orden de Predicadores; visitóla y viéndola de tal suerte y muy contenta, preguntó la causa, y sabido della, que se lo dixo, reprehendióla ásperamente, diziendo aver hecho agravio notable a su marido, y encargóle la conciencia que pidiesse a Dios le bolviesse su primera figura para que cessassen inconvenientes precisos que de estar assí podría seguirse, en espe- cial | que dava a su marido causa de estropieço y caída. Ella quedó afligidíssima de oír esto. Encerróse en su oratorio y pidió a Dios, que pues avía demandado aquel açote por más libremente servirle, afirmándole su padre espiritual no aver sido acertado, que le bolviesse su primera figura, siendo assí su voluntad y conveniendo para su servicio. Dicho esto quedó sana y con la hermosura y parecer de primero. Y saliendo a vista del marido, familia y parientes, a todos alegró y dio sumo contento. Publicóse la ocasión de la lepra y recuperada salud, y fue sumamente alabada de casta y recogida. Vivióle el marido después deste acaescimiento año y medio, y quedándole una hija, con ella y con su patrimonio, que era amplíssimo, se entró en un convento de monjas de Santo Domingo llamado Levental, donde vivió y murió santamente. Lo dicho es del Promptuario de exemplos.

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