De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Él respondió:

-Assí es verdad, señora, que sois mi madre, mas también sois muger, a quien no es lícito que quien dessea servir a Dios llegue su rostro.

Refiérese en su Vida.
[82] Estando ya dilatado el orden de Predicadores por diversos reinos y provincias de la Cristiandad, señalávanse en él muchos religiosos, no sólo en su proprio y particular ministerio, que era predicar, como en obras maravillosas. Y entre otros fue uno en España, llamado también fray Domingo como su instituidor, el cual con su doctrina, que era admirable, como con su exemplo de vida santíssima, hazía grande provecho en las almas. El rey que a la sazón lo era en Castilla le traía consigo, especialmente en una guerra que tuvo contra moros, que eran señores en mucha parte de España. Tenía el rey en su campo y real a fray Domingo, y predicava de ordinario a los soldados, siéndoles mucha parte para no hazer insolencias y excessos como suelen. Y en especial reprehendió el vicio deshonesto, de suerte que desde el rey hasta el más pobre soldado le temía y no osava desmandarse en caso feo que fuesse público, porque luego era reprehendido ásperamente, hasta señalarle casi con el dedo, pretendiendo su enmienda. Sucedió que una ramera hermosa y conocida del rey y de otros principales del campo, estando un día en presencia suya y oyendo alabar la santidad de fray Domingo, ella dixo:

-Pues por muy santo que le hagáis, también es hombre, y como yo quisiere también le haría que fuesse como son otros.

El rey la reprehendió y dixo que hazía mal en tener dél tal crédito.

Ella, afirmándose más en lo dicho, se obligó a perder la vida si no le hiziesse caer en vicio deshonesto con ella. Y quedando en esto aguardó la muger a que el santo varón estuviesse predicando un día, y fingió convertirse por su sermón. Hizo muestras de muy contrita, llorava, tirávase de sus cabellos en presencia del siervo de Dios, que de verla, pareciéndole que su conversión era | de veras, estava contentíssimo. Hiziéronse de acuerdo que la confessasse. Confessóla y tuvo con ella diversos días algunas pláticas espirituales, exortándola a penitencia y enmienda de vida. Uno entre otros ella se mostró muy llorosa y desconsolada, y queriendo saber la causa de su desconsuelo, como era varón sin malicia y de santíssimas entrañas, prometióle de hazer por ella cuanto le dixesse. Ella levantó la voz y el llanto, diziendo:

-Oh, misericordioso Dios ¿y cuándo te merecí yo, que éste tu siervo se obligue y de palabra por bien mío de hazer cuanto le pidiere?

Él replicó oyéndola:

-Pide osadamente lo que quisieres, que yo te lo concederé.

-Sola una cosa -dixo ella-, y como yo esto alcançe seguiré todo lo que de mí ordenares hasta la muerte.

-Acaba -añadió él- y pide lo que es tu voluntad.

Ella abaxó la cabeça, mostrando la vergüença que no tenía sino falsa y fingida, y dixo:

-Avergüénçome de pedir lo que si no alcanço me costará la vida, y es que una noche me recibas en tu compañía, y si esto no hazes, no sólo perderé la vida, sino también la alma, porque me mataré sin remedio.

El siervo de Dios, viendo descubierta la ponçoña de aquella vil ramera, díxole:

-Ni aun esso pienso negarte. Está cierta que lo haré.

Con esto le señaló lugar donde ella fuesse a verse con él de noche, y entretanto ocupóse en oración, pidiendo a Dios le sacasse bien de aquella afrenta. La muger, pareciéndole que tenía hecho su negocio, dio cuenta al rey y a otros sus privados del concierto, quedando dudosos, aunque muy turbados, y con determinación de a la hora hallarse presentes y enterarse en la verdad. El siervo de Dios fray Domingo, llegándose el tiempo señalado, hizo grande lumbre en un rincón de su tienda y aposento, y viniendo a llamar a la puerta la falsa muger, abrió él, y llegándose a la lumbre, con un palo la estendió por un buen circuito, y recostando su cuerpo sobre las brasas, dixo a la muger:

-Ésta es la cama digna de tales obras. Ven y acuéstate aquí, que no ay otra.

Viendo esto la muger cayó /62v/ como muerta en tierra. Llegó el rey con sus privados al instante y vido al santo fraile en medio del fuego, que ni se quemava él ni su hábito, y la muger como muerta en el suelo. Fue grande su admiración; púsose de rodillas y rogó al siervo de Dios que se quitasse de aquel fuego y que a él le perdonasse su vana sospecha. Quisieron los que estavan allí echar en el fuego a la ramera, mandándolo assí el rey, y si el santo varón no lo estorvara, ella fuera quemada. Publicóse este hecho en España, con admiración de los oyentes y estimación grande del nuevo orden de Predicadores, en que tan fuertes y valerosos miembros se hallavan. Lo dicho refiere Tomás de Cantiprado en el tratado que hizo De Apibus, libro segundo, capítulo treinta.

Otro caso semejante se refiere de Pedro Gonçales Telmo, del mismo orden de Predicadores, y se declara el nombre del rey, que fue don Fernando, y de la ciudad, que era Sevilla, donde estava el cerco. Y es possible que sea todo uno y que el autor del libro De Apibus trocase el nombre de Pedro Gonçales Telmo en Domingo, por ser el proprio del fundador del orden. Sea el uno o el otro, o que a ambos les sucediesse, el exemplo es digno de admiración. La vida de Pedro Gonçales Telmo está en la primera parte del Flos Sanctorum, entre los Santos de España.

[83] San Ambrosio, libro De Virginitate, afirma de un lindo y hermoso moço que, viendo ser causa su buen parecer de que muchas mugeres nobles le solicitasen y ofendiessen a Dios con el desseo, no dando él lugar a la obra, afeó su rostro dándose algunas heridas en él, y con esto se asseguró y quitó la ocasión de que otro no pecasse por su ocasión. El intento deste moço es de alabar, aunque no estava obligado a hazer tanto. Y nadie puede lícitamente imitarle si no tiene voz del Cielo para hazerlo, como fue possible que éste la tuviesse, pues le alaba San Ambrosio. Y en otra manera fuera culpa, que nadie es señor de sus miembros para mutilarse o afearse. |

[84] Luis, obispo catalanense, fue de linda presencia. Vídole cierta reina, y procurando hallarse sola con él, ofrecióle su persona y cuerpo. Él, siendo honestíssimo, le echó unos ojos de grande indignación, reprobando con el mirarla su infame desseo. El santo obispo murió, y por muchos años tuvo el un ojo claro y como si estuviera en cuerpo vivo. Fue juzgado de muchos que era premio de su honestidad, aun en la tierra, sin lo que su alma gozava en el Cielo. Es del De Apibus, libro segundo, capítulo treinta.
[85] Juan, obispo bosnense, reprehendía al emperador Frederico por sus deshonestidades, y aunque sufría con paciencia la reprehensión en lo exterior, mas interiormente quebrantávase mucho con sus razones, y por algunos respetos no tomava dél vengança. Mas quiso librarse dél con modo extraordinario, y fue que habló a una muger hermosa con quien tenía mal trato y concertó que se viesse a solas con el obispo y le provocasse a acto deshonesto. Aguardó tiempo, y estando el mismo emperador a la mira con algunos de sus privados con intento de avergonçar al obispo, entrando de repente donde estava si le vieran que consentía en la torpeza, llegó pues la deshonesta muger donde el siervo de Dios se hallava y con palabras, ceños y actos deshonestos procuró incitarle a mal. Y fue tanta su desvergüenza, que le iva a echar los braços al cuello. Mas el santo varón levantó la mano y dio a la atrevida muger una bofetada que la derribó en tierra, y fuese de aquel aposento. Por este hecho estimó en mucho más el emperador al siervo de Dios Juan. Es del De Apibus, libro segundo, capítulo treinta.
[86] En la diócesi cameracense sucedió que un clérigo casto y recogido desde su niñes, después de largo estudio de Teología alcançó una canongía en cierta iglesia catedral. Esta prebenda trocó por el curado de una iglesia parroquial, con zelo del provecho de las almas, y allí residió siete años predicando y confessando, de /63r/ que resultava mucho bien en todos sus feligresses. Sucedió que una muger de sesenta años, que avía conservado virginidad hasta este tiempo empleándose en obras virtuosas, teniendo a su cargo el lavarle y asearle su túnica y cilicio al cura, un día entró sola en su aposento, y sucedió de aquí que ambos perdieron el don de virginidad. Quedó la muger deste acaescimiento y desgracia tan triste y llena de dolor, que llorando amargamente perdió presto la vida. Lo que del miserable sucedió no se sabe, aunque uvo indicios que acabó mal, porque cuanto la caída es de lugar más alto es de mayor peligro, y assí fue la caída de los ángeles irreparable. De aquí vino a dezir San Augustín:

«Sea la plática con mugeres breve, áspera y rigurosa; y no menos deven cuitarse porque sean de buena fama y virtuosas. Créanme -dize este santo doctor-, con experiencia hablo, que he visto caer por esta ocasión cedros del Líbano, de cuya vida y santidad tenía la confiança que de un Hierónimo o de un Ambrosio».

Refiérese lo dicho en el De Apibus, libro segundo, capítulo treinta.
[87] Heleno Abad, sintiéndose hazer guerra en la castidad por parte del demonio, hizo con el dedo una señal en la tierra dentro de su celda y señaló un círculo, quedando él dentro, y dixo:

-Demonios, yo os mando de parte de Dios que no passéis esta raya.

Y con esto quedó libre por algún tiempo. Nosotros, si queremos ser discípulos del que con el dedo de Dios lançava demonios, nunca nos apartemos de desseos castos. Es de Marulo, libro cuarto. El mismo dize de Mederico Abad, vencedor de malas tentaciones y virgen, que su túnica libró a un monge que era mal atormentado de sensualidad.
[88] Equicio Abad, en la provincia de Valeria, sintiéndose atormentar de malos pensamientos, empleávase en oración. Parecióle en sueños que venía a él un ángel y que le cauterizava, de suerte que le parecía quedar sin la parte de su cuerpo que le hazía guerra, y gozar de mucha quietud y paz. | Despertó y hallóse libre de tentaciones. Tomó a cargo el govierno de un monasterio de monjas, y dezía a sus discípulos que si no hiziesse Dios con ellos el milagro que con él hizo, no fiassen mucho de sí para hazer lo que él hazía. Es de San Gregorio en el libro primero de sus Diálogos, capítulo cuarto.
[89] San Amador, obispo antisiodorense, obedeciendo a sus padres, aunque contra su voluntad, casó con una donzella en linaje y hermosura insigne, a la cual con buenas razones persuadió a guardar castidad. Hizieron ambos voto de virginidad, y hecho, vieron un ángel del Señor que les dio sendas guirnaldas de vírgines. Ella entró en un monasterio de monjas y él se hizo clérigo y sucedió en el obispado a Eladio, y fue digno esposo de la Iglesia el que siendo esposo no se conoció que lo era. Refiérelo Marulo, libro cuarto.

[90] Arnulfo Francés casó con Estanberga, sobrina del rey Clodoveo, aunque no se juntaron en carne sino en espíritu. Siendo tercero entre ellos San Remigio, votaron castidad. Y porque no les hiziesse guerra el verse de ordinario, ella quedó en casa y él se fue a diversas tierras. Y resplandeciendo en santas costumbres, mandándoselo Dios por un ángel recibió el obispado turonense, porque no careciesse de dignidad apostólica el que siguió en la vida a los Apóstoles, prefiriendo la castidad al matrimonio. Es de Gregorio Turonense.


[91] Eduardo, rey de Bretaña, casado con Egica, guardó virginidad. No le fue tan honroso el vencer batallas, ganar ciudades y ser señor de nueva gente, como el vencerse /63v/ a sí mismo, no dando lugar a algún deleite carnal. El que quisiere imitar a este santo rey, apártese de mugeres. Dificultoso es de creer que estén juntos marido y muger y que ni ella se conozca por muger ni él por marido. No ay seguridad durmiendo cerca de alguna serpiente. Es de Surio, tomo primero.
[92] Farón, obispo meldense, siendo primero casado de consentimiento de ambos, él entró en un monasterio de monges y ella en otro de monjas, donde vivieron algún tiempo recogidamente. Mas acordándose él de su hermosura y encendiéndose en su desseo, embióla a rogar que se viessen en cierta parte. La prudente muger, entendiendo el intento de aquella vista, recusávale. Mas tanto porfió él, que hizo aquella ida, aunque primero se vistió un cilicio, y con su rostro triste y muy mortificada. Presentósele a la vista reprehendiéndole libremente por sus impertinentes desseos. Y con esto él quedó compungido y bolvió a su monasterio, y ella a su recogimiento. Pues si a un varón santo, apartado de ver mugeres, sólo su memoria le fue ocasión de querer bolver a vida aseglarada, cuánto mayor peligro tendrán los que habitan y conversan con ellas. Es de Fulcino Meldense y refiérelo Surio, tomo quinto.
[93] Timoteo Anacoreta estava en un desierto asperíssimo de Egipto, sin tratar con persona humana por treinta años. Al cabo destos le vido Pafuncio Abad, y estava desnudo, feo y hecho salvaje, sustentándose con fruto de palmas y raízes de hierbas. Llorava continuamente su pecado de que por confiar demasiadamente de sí permitió habitar en su compañía una muger religiosa, con la cual ofendió a Dios. Véase cuán peligroso es el estar juntos hombre y muger, aunque los dos ayan hecho voto de castidad y propuesto de servir a Dios. Es del Metafraste, y refiérelo Surio, tomo tercero.
[94] Preguntado San Augustín por qué no admitía el habitar con su propria herma- na, | respondió:

-Porque las que están en compañía de mi hermana no son mis hermanas.

Y al mismo santo atribuyen esta sentencia: «Cosa peligrosa es ver una muger, y más hablarla, y mucho más tocarla, aunque no sea sino en el dedo de la mano. Y de los sentidos de nuestro cuerpo el que está en más peligro, esse deve más evitarse». Dízelo Posidonio en la Vida de San Augustín, capítulo veinte y seis.
[95] Juan Anacoreta tenía su habitación en una cueva puesta en cierto despeñadero de un monte en Egipto. Nunca habló con muger, con hombres pocas vezes, y a nadie dexó entrar en su cueva. Pidióle un tribuno que diesse lugar a que su muger le hablasse y no lo consintió, mas dio palabra que en sueños se le aparecería. La noche siguiente, estando la muger durmiendo vido al que en vigilia nunca avía visto. Y fue creída porque dio señas ciertas de su figura, hábito y lineamentos del rostro. ¡Cuánto fue el merecimiento y valor deste hombre, que pudo embiar su imagen a la que estava dormida, a la cual no dio lugar que en vigilia le visitasse! Y si siendo el que era temió caída, ¿quién se tendrá por seguro viendo y hablando a mugeres? Es de Paladio en su Lausiaca.
[96] Paulo Abad, viviendo en el desierto Panefiso, todo lo possible aborrecía ver mugeres. Llevóle consigo Arquebio, otro abad ya viejo, cierto viaje, y no estando muy lexos de su celda vido venir una muger, y como si viera algún león que llegara a despedaçarle dexó la compañía y dio a huir hasta su ermita. Cerró la puerta, echó el cerrojo y no se tenía por seguro dentro. Casiano dixe que era esto demasiado, y que por mortificarle Nuestro Señor vino a que el que tanto aborrecía el ver mugeres, estando paralítico fue llevado a una congregación de ellas, para que una tomasse a cargo el curarle. Marco Marulo dize que es pensamiento suyo averle concedido Dios que no le tocasse muger hasta que no sentía el ser tocado della por la fuerça de su enfermedad, y si antes le tocara, fuere possible que enfermara en el /64r/ ánimo más peligrosamente que después en el cuerpo. Y aun estando en la cama enfermo dio testimonio de pureza a aquellas siervas de Dios, porque con el óleo tocado de sus manos sanavan enfermos, y el que estava enfermo era remedio de los enfermos. Es de Casiano, Colación séptima, capítulo veinte y seis.

[97] Pafuncio Abad, estando adereçando la comida para ciertos huéspedes, saltó una centella y diole en la mano lastimándole. Púsose a pensar cómo aviendo vencido los penosos acometimientos del demonio y los ilícitos movimientos de la carne, de una tan pequeña centella sintiesse el fuego y herida. Después, estando durmiendo, apareciósele un ángel y díxole:

-¿Y de qué, o Pafuncio, te admiras que te ofenda el fuego? Pues aun el que traes contigo no del todo está muerto. En tal sazón entenderás que está apagado, cuando abraçando a una hermosa donzella desnuda, no sintieres en ti movimiento malo alguno.

Despertó Pafuncio y quedó lleno de miedo con tal experiencia, y claramente entendió el peligro grande que resulta de ver mugeres, y que es menor daño ser tocado del fuego que de alguna dellas. Es de Casiano en la Colación quinze, capítulo décimo.


[98] Arsenio Abad, no sólo de mugeres, mas también de hombres aborrecía el trato y conversación. Sucedió que una matrona de gran linaje desseó grandemente verle por las grandezas que dél todos dezían. Llegó de improviso a su celda, mas el santo ermitaño reprehendió su osadía y atrevimiento assí con palabras como con el rostro airado. Ella, postrada de rodillas, le dezía:

-Ruégote, siervo de Dios, que no tengas a mal mi venida, que con sinceridad y afecto piadoso he venido aquí. Y si te he ofendido, perdóname; sólo te pido que te acuerdes de mí, rogando a Dios que me perdone.

Respondió Arsenio:

-Primero pienso rogarle que nunca me acuerde de ti.

Y danos en esto documento que nunca tengamos en la imaginación muger alguna de las que avemos visto, por el peli- gro | que puede resultar de su memoria.
[99] Pior Abad, discípulo del grande Antonio, en tanto grado temía ver mugeres que ni a una hermana suya viuda estando enferma quería visitar. Ella le embió a dezir que si le viesse tenía por cierto que estaría luego sana. Y como ni esto bastasse, sabido el caso por su perlado, mandóle que hiziesse aquella visita y se dexasse ver de su hermana. Por cumplir con la obediencia fue a la ciudad donde ella estava, y concertándose con un moço que le ayudasse a lo que pretendía cerró los ojos, y adiestrándole el otro, sin dezir quién era entró en el aposento donde la hermana estava enferma, y assí dio lugar a que ella le viesse, aunque él no la vido. Con esto se fue de allí sin que ella le conociesse. Y como tornassen mensajeros a su convento para que hiziesse aquella ida y su perlado tratasse dello, él le dixo que avía cumplido su mandado, y a la hermana que ya le avía visto, que se contentasse con aquello. Desta industria se aprovechó el santo varón Pior para no ser desobediente y cumplió con lo que devía a la hermana, y no fue contrario a su inviolable determinación con que pretendía conservar su castidad no viendo mugeres. Es de Paladio en su Lausiaca.
[100] Ursino, presbítero en Nursia, fue primero casado. Al tiempo que se ordenó sacerdote apartóse de la muger, y proveíala de lo necessario a la vida en casa de por sí. Passaron cuarenta años ambos continentes, y estando él enfermo, y para dar la postrera boqueada, pareció que le faltava el aliento. Llegó allí su muger ya vieja, y acercándosele a las narizes para ver si respirava, el enfermo sintiendo que la muger estava cerca dél, aunque ya le faltava el sentido, hízose fuerça, y toda la virtud que le quedava trúxola a la boca para poder hablar. Habló y dixo:

-Apártate muger, que no está del todo muerto el fuego. No llegues cerca dél con tu presencia la paja.

Apartóse ella y apareciéronsele los Apóstoles San Pedro y San Pablo, aunque él solo los vido, y diziendo que le llamavan y combidavan que fuesse con ellos, espiró. Es de San /64v/ Gregorio en los Diálogos, libro cuarto, capítulo onze.
[101] Marcio, solitario en Mársico, monte de Campania, estava determinado de no ver rostro de muger. Sabido esto por una de ruín vida, con peor intento fue a verle, y hallando ocasión púsosele delante. Siendo vista por Marcio, derribóse él en tierra y con las manos cubrió su rostro y hizo oración a Dios que le librasse de aquel peligro. La mala muger, cansada de esperar, fuese de allí. Y porque no se tenga en poco el querer desasosegar a los siervos de Dios, fue fama que baxando del monte murió de repente, castigando Dios su atrevimiento. Dízelo San Gregorio en los Diálogos, libro tercero, capítulo diez y seis.

[102] Con la misma osadía, aunque con diverso fin, otra muger fue a ver a Carilefo, solitario en un lugar de Francia llamado Casagalla. Sabía que en traje de muger no podría verle; mudóle en el de varón y entró donde el santo ermitaño estava, y mirando a todas partes perdió la vista y quedó ciega. Pesóle de lo que avía hecho, confessó al varón de Dios su culpa y derribada de rodillas le pidió perdón. Hizo él oración por ella y recuperó la vista, y corrigió la vida, bien cierta que tiene Dios a cargo los varones castos. Es de Marulo, libro cuarto.


[103] El muy docto y religioso varón, el maestro fray Luis de Granada, en el prólogo del Vita Christi, dize que en Alemania, en la ciudad de Argentina, estava un fraile del orden de Predicadores, prior del monasterio de aquella ciudad, muy devoto de la Sagrada Passión, en la cual meditava muy a menudo. Murió éste, y passados algunos años, abriendo la sepultura para trasladar el cuerpo a otra parte, hallaron que en los huessos del pecho que caen sobre el coraçón tenía una cruz entallada en los mismos huessos, y labrada con tanta perfeción como si fuera de marfil. Estava al pie della adelgazado hazia baxo, como si de propósito se huviera hecho para hincarse en algún lugar, y los tres braços de arri- ba | se rematavan en tres açuçenas, en que se dava a entender que por virtud de la Sagrada Passión avía conservado aquel siervo de Dios el lirio de la castidad y pureza virginal.
[104] Haziendo guerra el emperador Maximiliano en el ducado de Milán, pretendiéndole como miembro del Imperio, y teniendo su campo cerca de Pavia, recogíase la gente rústica que vivía por la comarca a la ciudad, y entre éstos iva Isabela Ravignana, donzella tan hermosa como honesta. La cual, siendo vista de algunos soldados venecianos que estavan por guarda de la ciudad, assieron della con intención de deshonrarla. Ella, que se vido por huir de un peligro caer en otro, y no hallando mejor medio con que conservar su virginidad, dexóse caer de la puente llamada Curvo en el río Medoaco, que passa por allí. Del cual siendo sacada muerta, fue sepultada en la ribera. El zelo de castidad se alaba aquí y no el matarse, si no tuvo voz del Cielo para hazerlo. Dízelo Bernardo Escardeono en el libro tercero de la Historia de Padua.
[105] Al tiempo que el rey don Filipe, segundo deste nombre, tomó la possessión del reino de Portugal por muerte de su tío, el cardenal y rey Enrique, passando gente de guerra de Castilla en aquel reino, sucedió que haziendo noche una compañía de soldados en cierto pueblo, cabiéndole por suerte tener por huésped a uno dellos y de los principales a una muger casada y noble, estando su marido ausente, assossegada la casa, entró en el aposento donde la señora estava sola, y queriendo hazerle fuerça, no bastando para defenderse el dar vozes ni otros remedios que puso, estando cerca de cometerse la maldad, ella le vido una daga a su lado; sacósela y hirióle con ella, dexándole allí muerto. Y aunque fue llevada a juizio sobre el caso, no sólo no fue castigada, sino alabada y tenida en mucho por lo que hizo defendiendo su castidad. Súpose por relaciones fidedignas.
[106] Fray Laurencio Surio escrive en sus /65r/ Comentarios del año de mil y quinientos y setenta, que teniendo guerra Selim, Gran Turco, en la isla de Cipro con venecianos, ganó la ciudad de Nicosia. Hazía la guerra Mustafá, quiso embiar un presente al Turco de muchas donzellas y niños que se avían captivado. Púsolos en dos navíos con un galeón para su guarda, del cual, antes que saliessen del puerto, mandó Mustafá sacar cantidad de barriles de polvora. Al tiempo que se entendía en esto, una muger de las captivas, considerando que se llevava toda aquella juventud cristiana para usar mal della en daño notable de sus almas, con zelo grande de honestidad, a lo que pudo entenderse, y con ímpetu acelerado, tomó una ascua y echóla en la pólvora, por donde el galeón y los dos navíos, con cuantos ivan en ellos, fuera el governador y tres captivos, fueron abrasados. Algunos echaron la culpa al governador, mas la ocasión del incendio fue la que se ha dicho.
[107] Pedro Cornejo, en el libro que hizo de la civil guerra de Flandes, dize que en el año de mil y quinientos y setenta y siete, en diez y seis de deziembre, estando aloxados en una aldea llamada Vecorte, en la raya de Francia y frontera de los estados de Flandes, un capitán que se dezía de la Puente con algunos soldados de a cavallo, todos franceses, los cuales ivan en favor del príncipe de Orange, cabeça de los rebeldes contra su señor natural el rey Don Filipe, segundo deste nombre. La posada donde el capitán estava era casa de un labrador llamado Juan Millers, el cual de su muger Marta Denis tenía tres muy honestas y hermosas hijas, María, Juana y Ana. Puso los ojos el capitán en María, que era la mayor, aunque no passava diez y seis años, y enamoróse della. Llamó al padre y con palabras arrogantes pidiósela por muger. El labrador le respondió comedidamente que no merecía tanta honra y que él pensava dar su hija a otro su igual que le reconociesse por suegro. El capitán muy enojado le dixo palabras descorteses y le tiró un vaso de la mesa. El pobre hombre se fue huyendo, y queriendo la hija hazer lo mismo fue dete- nida | por algunos soldados que estavan allí casi borrachos. Y por medio dellos no sólo la forçó el capitán, sino el que más dellos quiso. Y hartos de aquel abominable estrupo la assentaron a la mesa, diziéndole muchas injurias, burlando della. La pobre moça sufríalo pacientemente hasta que llegó un caporal de aquella compañía a dezir cierta cosa de importancia a la oreja al capitán, y estando buelto a él recibiendo el recado, con presteza grande y ánimo más que de muger, tomó María un cuchillo de la mesa y hirió al capitán por el coraçón, de suerte que cayó luego muerto en tierra. Ella huyó y pudo llegar a sus padres antes que saliessen del aposento los soldados que ivan siguiéndola, y les contó el caso y les rogó que se pusiessen en cobro, como lo hizieron huyendo fuera de la aldea; aunque la pobre moça no pudo librarse de los soldados, que assieron della y en vengança de la muerte de su capitán la ligaron a un árbol y la arcabuzearon. Ella murió mostrando ánimo grandíssimo y con muy buen semblante. Su padre apellidó aquella noche a sus vezinos, que eran tres lugares de mil y setecientos fuegos, los cuales tocaron arma, y juntándose passaron a cuchillo no sólo a estos malhechores, sino a otras tres compañías que estavan aloxados en el contorno. En este caso se alaba el zelo de castidad.
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