De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



Descargar 5.27 Mb.
Página23/143
Fecha de conversión14.10.2018
Tamaño5.27 Mb.
1   ...   19   20   21   22   23   24   25   26   ...   143
[24] Paladio escrive de Macario Alexandrino que vido él mismo a su puerta un sacerdote cuya cabeça estava llena de cáncer, sin cabello, su rostro feo y desemejado. Venía a que le curasse, intercedió por él Paladio, y respondió que no merecía ser curado, porque era su enfermedad dada de Dios en castigo de sus desonestidades. Esto dixo con espíritu profético, no aviendo antes sabido dél. Añadió más, que si confessava sus pecados con propósito firme de enmendarse y hiziesse penitencia cessando algún tiempo de usar el oficio de sacerdote, que tan indignamente avía exercitado, sería sano. Ofrecióse a todo el enfermo; puso sobre él las manos el santo abad, y de a pocos días quedó perfectamente sano, naciéndole cabellos, por lo cual glorificó a Dios y dio gracias a su siervo Macario.
[25] Estando Amón Ermitaño en el desierto, los padres de un moço a quien avía mordido un perro rabioso, lleváronsele y rogáronle que le sanasse. El siervo de Dios les dixo:

-¿Para qué venís a mí con esse? En vuestras manos está el remedio de su salud. Bolved a la viuda el buey que hurtastes y sanará vuestro hijo.

Los padres del moço que esto oyeron, conociendo su pecado, restituyeron el buey, y luego el moço quedó libre de su mal. Refiérelo San Atanasio.
[26] A San Germán, obispo antisiodorense, fue un hombre llamado Januario afligidíssimo porque avía perdido cantidad de dinero, y no era suyo, rogándole diesse orden como pareciesse. El santo perlado le consoló y prometió que no lo perdería. Vino el día de fiesta, y estando el pueblo congregado, propúsoles Germán la pérdida de aquel dinero. Significóles la falta /72r/ que hazía al que lo perdió, y que llorava y temía desesperarse. Rogó al que lo avía hallado que lo declarasse, que bien sabía que estava presente, si no quería ser culpado de hurto. Bien lo oía todo esto el que tenía el dinero, mas la codicia le hazía estar mudo, pensando quedarse con ello. Visto por San Germán que no hablava, començó la missa, y al tiempo de la primera oración derribóse en tierra y pidió a Dios pareciesse aquel dinero, y repentinamente el que lo tenía, a vista de todos, fue levantado en el aire. Alborotáronse los que estavan presentes. El miserable sentía abraçarse su cuerpo, dava vozes confessando su culpa, llamava al santo obispo que le remediasse. El cual, levantándose de la oración fue a él, y declarando dónde estava el dinero y buelto a su dueño, quedó libre. Refiérelo Surio, tomo cuarto.
[27] A San Augencio Abad era muy molesto un hombre que se fingía pobre, pidiéndole una camisa. Díxole:

-Ruega a Dios, hermano, que Él me la dé, que tú la abrás.

No tenía sino sólo una, porque en teniendo más las dava a pobres. Parecióle al pobre que la tenía ya cierta con esta palabra y que era escritura de obligación, y assí cada día se la pedía. No pudo sufrir Augencio su importunidad; díxole:

-Vente conmigo y dártela he.

Llevóle a un lugar secreto y desnudóse la que él traía, y diósela.

Anduvo algunos días sin camisa, y cierto amigo suyo que lo entendió, díxole que era demasiada caridad aquella, y que no pensasse agradar a Dios quitando de sí lo necessario a su vida. Augencio respondió riéndose:

-Aun assí no sé cómo librarme de un pobre importuno.

Iva a visitar a cierto monge llamado Juan, fuera de la ciudad y vido el pobre a quien dio su camisa muy impaciente y rabioso. El monge dixo a Augencio:

-Ruega a Dios, hermano, por este pobre, que le han urtado sus vestidos.

Augencio dixo:

-Sea bendito de Dios quien se los hurtó.

-¿Eres tú -replicó el monge- otro profeta Balam, que le embió a llamar el rey Balac para que maldixesse al pueblo israelítico, y él le bendixo? ¿Qué das a | entender en esto?

Augencio habló con el pobre y díxole:

-Dime, hermano, assí te remedie Dios, ¿qué fue lo que te hurtaron?

El pobre respondió:

-Siete camisas sin la que tú me diste.

Replicó Augencio:

-Pues teniendo tú siete camisas, ¿aún no estavas contento, sino que me diste tanta molestia que una sola que tenía te la di? Justamente ha permitido Dios que te las lleven todas.

Es de Simeón Metafraste.
[28] San Gregorio, obispo de Agrigento, que es en Sicilia, ciertos contrarios suyos embidiando su santidad, le levantaron un falso testimonio, concertándose con una muger perdida que se entró en su aposento, y siendo hallada allí dixo que el obispo avía tenido mal trato con ella. Sobre lo cual fue llevado a Roma a que el Sumo Pontífice conociesse su causa. Estuvo allí preso mucho tiempo y fue sacado en público concilio, con los acusadores delante, donde también fue traída la mala muger, de la cual se avía apoderado el demonio. Allí el Papa preguntó que de qué crimen acusavan a Gregorio. Y respondieron los acusadores que de vicio deshonesto. Replicó el Papa:

-¿Vísteslo vosotros?

Respondieron:

-Entrando nosotros cerca del día en la iglesia para loar al Señor y assistir a los maitines hallamos aquella muger en su cama; prendímosla y confessó que avía cometido pecado deshonesto con el obispo. Y desto no sabemos otra cosa, sino que después que ella cometió tan gran delicto está atormentada del demonio.

Dixeron los perlados que estavan presentes:

-Si fuera verdad lo que confessó no la atormentara el demonio.

Pusiéronla en medio de todos, y el demonio la atormentó cruelmente, derribándola a los pies de San Gregorio. El cual, compadeciendo della hizo oración, y oyéndolo todo el concilio, y teniendo todos puestos en él los ojos, dixo:

-Mándote, demonio, en nombre de Jesucristo, que salgas desta muger y la dexes libre para que confiesse la verdad deste hecho.

Salió el demonio dexándola como muerta. San Gregorio la levantó, y buelta en su juizio, fue preguntada cómo /72v/ se llamava y si conocía a Gregorio. Respondió:

-Yo me llamo Eudocia y conozco bien a nuestro obispo, porque le vi diversas vezes visitar y dar limosna a pobres, huérfanos y viudas, y yo, desdichada, era una de las que recibía limosna.

Preguntáronle si le avía conocido deshonestamente. Y derramando arroyos de lágrimas en sus ojos, dixo en voz alta:

-Yo juro por Nuestro Señor Dios que nunca conocí a este hombre carnalmente, sino que éstos (señalando a dos de los acusadores llamados Sabino y Crescencio) me persuadieron dándome mucho dinero que dixesse testimonio contra él. Por lo cual dos años y seis meses he sido atormentada del demonio.

Y con esto, viendo a Gregorio y conociéndole, se derribó a sus pies, y con vozes acompañadas de gemidos y lágrimas, acusando su pecado pedía dél perdón. San Gregorio dixo:

-Dios te perdone, o muger, este y los demás pecados que has hecho, y en lo que a mí toca, yo rogaré por ti.

Viendo el concilio la calumnia de los acusadores, quisiéronlos castigar severamente. Mas tomó Dios la mano y castigólos, porque vino un grande torvellino y escuridad que rodeó a todos los culpables, y parecía que como a los sodomitas los quería abrasar un fuego del Cielo o tragar la tierra, como Datam y Abirón. Passando esto, parecieron sus rostros negros, unos una mexilla, otros las dos. Sabino y Crescencio, no sólo quedaron sus rostros del todo negros, sino los labios encogidos, de suerte que no podían hablar. Los que estavan presentes levantaron la voz al Cielo, diziendo: «Justo es Dios, y buelto ha por la honra de su ungido». Hablóles el Sumo Pontífice y díxoles:

-No sólo en el ánimo, sino en la forma y figura estáis semejantes a vuestro padre Satanás, pues más os queda por padecer, y es que vosotros y todos los que nacieren con semejante señal de vuestra casta, seréis esclavos del obispo que aora es, o fuere en adelante, de Agrigento.



San Gregorio los consolava y moderava cuanto le era possible su castigo. Eudocia, que también quedó man- chado | su rostro, sin osar bolver a Agrigento, pidiendo a los obispos que rogassen a Dios por ella, y alcançándola del Sumo Pontífice, entró monja en Santa Cecilia, por donde por veinte y dos años hizo penitencia de su pecado y acabó bien. Es de Simeón Metafraste.
[29] Venceslao, rey de Boemia, varón santo, fue muerto alevosamente por orden de su madre Drahomira y de su hermano Boleflao por quitarle el reino. A la madre castigó Dios en esta manera: Iva un día por cierto campo donde estavan muchos cuerpos de sacerdotes y cristianos, a quien su hijo y ella mandavan matar y vedavan que fuessen sepultados. Parecía cerca de allí una ermita, y sonando la campanilla que se tañe cuando levanta el Santíssimo Sacramento en el missa el sacerdote, oída por el que guiava un coche en que iva Drahomira, saltó dél y fue a adorar el Sacramento. Ella le echó por esto grandes maldiciones. Y llegando al lugar donde los cuerpos de aquellos católicos estavan, abrióse la tierra y tragósela viva con el coche y cuantos en él ivan, que sólo el cochero se libró por la ocasión que se ha dicho de ir a adorar el Sacramento. Tornóse a cerrar la rotura de la tierra después, y aquel lugar es maldito y execrable a todos los que van al Alcárçar de Praga por la parte occidental. También acabaron mal todos los que fueron participantes en la muerte de Venceslao, unos perdiendo el juizio se despeñavan de lugares altos y morían, otros con las mismas espadas que desnudaron para herir al santo se mataron. Es de Surio, tomo séptimo.
[30] En un monasterio de la diócesi veromandense de Francia, donde Santa Hunegunde vivió y murió santamente, estava una monja, con la cual tomando mala amistad Magenero, moço rico, natural de aquella tierra, y concertando de verse con ella de noche, al tiempo que entrava por donde ella le avía señalado, púsosele delante Santa Hunegunde y reprehendióle ásperamente por su atrevimiento y pecado. Él, lleno de temor, salió del monasterio y fue- se. /73r/ La monja, sentida por verse burlada, embióle a llamar, y él refirió lo que vido. Mas desseando ella cumplir su mal intento, díxole que no era Hunegunde la que se le avía aparecido, sino una otra monja enemiga suya que se fingió ser ella. Creyó esto el miserable y siguiendo su desseo buscó modo como entrar por otra parte en el monasterio y verse con su monja. Púsolo por obra, y estando dentro, tornósele a aparecer Hunegunde, y con un báculo que trahía le hirió en el muslo, de suerte que le derribó en tierra, y fue necessario que con manos agenas le llevassen a su casa; donde la pierna se le podreció, y padeciendo terribles y grandes dolores, estuvo un año en la cama. Algunos amigos suyos, sabida la ocasión, llevaron cantidad de dineros al mismo monasterio y ofreciéronlos a Santa Hunegunde por su salud, y assí como los dexaron de la mano, vino un viento tan recio que los llevó de allí, donde nadie los vido, y el enfermo passado el año acabó su vida miserablemente. Es de Surio, tomo cuarto.
[31] Elfego, arçobispo de Canturia, varón santo, iva a Roma. Llegó en el camino a cierto pueblo, y los vezinos dél, siendo malos y codiciosos, no conociéndole, entraron con ímpetu donde estava aposentado y robáronle lo que traían él y los que le acompañavan. Y diziéndole malas palabras y poniendo en él las manos le forçaron a salir del pueblo. El santo sufrió con paciencia sus injurias, y doliéndose de lo que sus ministros padecían, bolvía atrás su camino, y no avía andado mucho cuando oyó grandes vozes en el pueblo. Y era la causa que embió Dios por verdugo de aquella mala gente un grande fuego que los abrasava a ellos y a sus casas. Cayeron en la cuenta de dónde les venía este daño; salieron al santo, confessaron su culpa y pidiéronle perdón. Compadecióse Elfego dellos, hizo oración a Dios y cessó el fuego. Restituyéronle lo que le avían robado y prosiguió su camino. Refiérelo Surio, tomo segundo. |
[32] Edificó San Romualdo un monasterio en un lugar llamado Balneo en honra de San Miguel, adonde el marqués Hugón, por la noticia que tenía dél, le embió una buena suma de dinero. De lo cual dio en limosna a otro monasterio llamado Palaciolo, que avía padecido incendio, buena parte. Sabido esto por sus monges de San Miguel, pareciéndoles que les avía quitado a ellos aquella moneda, y estando sentidos dél por verle tan santo, hechos a una fueron a su celda y derribando puertas y paredes pusieron en él las manos. Diéronle muchas heridas, quitáronle lo que tenía y echáronle de aquella tierra. El varón santo iva tristíssimo de lo sucedido y sentía más el daño que sus monges se avían hecho a sí mismos que el que contra él usaron. Quedaron ellos muy contentos de verse libres del santo, cuya vida, por ser contraria a sus desseos, les era muy enojosa. Burlavan y reían entre sí y ordenaron un solemne combite. Sucedió que uno dellos que se avía mostrado más cruel con el santo, fue a passar una puente del río Sapis para traer algunas cosas convenientes a la comida, y fuéronsele los pies, de modo que cayó en el río y se ahogó. Venida la noche, cayó tanta nieve sobre la casa y aposento donde los otros estavan, que el edificio se vino sobre ellos y no uvo quien no quedasse malherido: salía uno rompida la cabeça, otro quebrado un braço, otro las piernas, y tal uvo que salió sin el un ojo, y assí ninguno dellos dexó de sentir el castigo divino. Fuese San Romualdo a tierra de los condes de Camerino, y en un lugar llamado Valle de Castro ofreciéndosele liberalmente, edificó un monasterio y llegáronsele monges. También edificó otro de monjas, donde estando un día predicando, detúvose en medio del sermón, y buelto a algunos de sus monges, díxoles:

-Id a la celda del hermano Gregorio, porque un ladrón le está robando.

Fueron ellos, y hallaron al ladrón, que rompía la pared para entrar. Lleváronsele a Romualdo, y preguntáronle muy enojados con el ladrón qué castigo le da- rían /73v/ por aquel sacrilegio. Romualdo con el rostro lleno de risa dixo:

-Cierto, hermanos, que yo no sé qué hagamos de tal hombre, porque si le sacamos los ojos, ¿qué hará después de ciego? Si le cortamos las manos no podrá trabajar y perecerá de hambre. Si le jarretamos los pies no podrá andar. Ora entraos con él en el refectorio y dadle bien de comer, que después se le dará su penitencia.

Hablóle el santo varón aparte, y despidióle con dulces palabras. Fue cierto camino San Romualdo y dexó su celda encomendada a un monge su discípulo, el cual con atrevimiento y sin guardar la reverencia devida al santo varón, acostóse en su cama, y cuando estava en el mejor sueño, vino un tropel de demonios y pegáronle muy buenos açotes, derribáronle de la cama y dexáronle medio muerto. Hizo después Romualdo otro camino y dexó a otro su celda, el cual le dixo:

-Padre maestro, a lo menos yo no me acostaré en tu lecho, que no quiero que me açoten los diablos.

-Hijo mío -dixo el santo-, bien puedes acostarte seguramente con mi licencia, que el daño del otro no estuvo sino en no pedirla.

El monge lo hizo assí y no sintió daño alguno. Otro monge, por verse reprehendido de San Romualdo, determinó de matarle. Tenía un dardo bien afilado para este fin y guardava tiempo. Estava durmiendo el miserable una noche, y el demonio se apoderó dél, y torcíale el cuello para matarle. Dio vozes, vino San Romualdo y echó de allí al demonio. Confessó su pecado el monge con grave dolor, mostrando su cuello herido, y hizo penitencia. Lo dicho es de Pedro Damián, cardenal y obispo de Ostia, en la Vida del mismo San Romualdo.


[33] San Ermenoldo, abad y mártir, hazía milagros en su sepulcro, y como una vez sanasse un ciego, cierto monge lego de aquel monasterio, incitado del demonio, primero dixo palabras afrentosas al ciego, llamándole burlador y mentiroso, y después tomó un açote y hirió tres vezes la sepultura de Ermenoldo, diziendo:

-Toma, | porque sossiegues tú y no nos desassosiegues a nosotros.

No avía bien dicho y hecho esto cuando sintió abrasarse el rostro, siendo forçado retraerse a su celda. Fue con él otro monge que avía oído las palabras atrevidas que dixo, y sin entender el mal que padecía, reprehendíale de lo hecho. Él, sin responderle, fue a una fuente donde bevían bestias de servicio de la casa, y tomó de la agua y lavóse el rostro una y muchas vezes, aunque en vano, porque el ardor más crecía. Bolvió a su celda, dando sentimiento de que se abrasava todo. Entendióse el caso en el convento; exortávanle algunos a penitencia, mas él, perseverando como otro Faraón en su dureza, el fuego se le convirtió en lepra. Apartáronle de la comunidad y no por esto se ablandava. Sucedió que dexándole un día sentado a la mesa un ministro, fue por la comida, y cuando bolvió halló al miserable caído su rostro sobre un brasero y muerto. De donde parece que aunque los santos ruegan por los que se encomiendan a ellos y los reverencian, mas a los que se les desacatan, castígalos Dios severamente. Es de Surio, tomo séptimo.
[34] Liduvina, donzella santíssima y regalada de Dios con gravíssimas enfermedades y de muchos años, desde la cama donde estava dava avisos santos. A unos amonestava y reprehendía a otros. Y porque algunos menospreciaron sus consejos fueron castigados de Dios con castigos rigurosos. Y entre estos fue una muger deshonesta, amiga de parlerías y combites, la cual causó mucho daño en diversas gentes. Amonestóla Liduvina que se emendasse y siempre dio en ser lo que primero. Entre otros a quien avía ésta traído a sus vicios era un sacerdote. Hablóle Liduvina y díxole:

-Ruégote, señor, que evites el trato de aquella muger, porque es dañoso a tu alma.

El sacerdote le agradeció su aviso y prometió de tomarle, aunque no lo cumplió; antes bolvió a conversarla. Murió de repente, y el sacerdote, con grande /74r/ temor fue a Liduvina a preguntar qué avía sido de aquella muger. Díxole si quería verla por sus ojos. Respondió que sí. Hizo oración la donzella al Señor, y perseverando en ella, fue arrebatado en espíritu el sacerdote y vido una compañía y tropel de demonios que traían en medio a la desventurada muger, atormentándola terriblemente. Era tan grande el ruido y vozes, y la llama tan espantosa, que parecía el proprio infierno. Quedó el sacerdote de tal suerte viendo este espectáculo, que si -como él después afirmó- Dios no le favoreciera, muriera de espanto. Y ni por esto enmendó su vida el miserable, antes por ser hombre bevedor y glotón, dio en los vicios que de primero, y assí le castigó Dios con una grave enfermedad y muerte. Refiérelo Surio, tomo séptimo.
[35] Uvenefreda, donzella inglesa, hija del señor de un pueblo a la parte occidental de la isla, quedando un domingo en su casa con poca guarda por estar sus padres con la demás gente en la missa mayor en la iglesia, entró de repente Cadoco, hijo de Alano, que era rey, el cual por estar aficionado a la donzella aguardó esta ocasión. Ella, viéndole en casa y que con palabras y ceños dava muestra de la querer hazer fuerça, usando de aviso díxole que se afrentava de verse en su presencia con un vestido humilde y pobre, que le rogava la dexasse tomar otro. Consintió él en ello, y Uvenefreda entró en cierto aposento, y saliendo por otra puerta tomó la calle y ívase a la iglesia a todo correr. Siguióla Cadoco y alcançóla en medio del camino. Amenaçóla de muerte si no bolvía a su casa y cumplía su voluntad. La santa donzella, con ánimo constante y sin mostrar temor, le respondió:

-Yo tengo consagrada a Dios mi honestidad y assí no puedo hazer lo que dizes.

Visto por el desatinado joven que su mal desseo no podía cumplirse, con la fuerça del amor deshonesto cayendo en desesperación, puso mano a la espada y de un golpe le cortó la cabeça. Y al mismo punto que el cuerpo cayó en tierra manó una fuente, cuya agua por muchos años curó diversas enfermedades. La cabeça por sí misma fue rodando hasta entrar en la iglesia, donde causó gran- de | horror y espanto a todos los que estavan en ella, y mucho dolor y llanto a sus padres, aviéndola conocido. Beunón, un varón santo y religioso, tomó en sus manos la cabeça, y acompañándole los que estavan en la iglesia salió a ver quién era el homicida, y hallóle que estava limpiando en las hiervas su espada de la sangre, sin temor de Dios ni de las gentes, confiado en que era hijo del rey. Vista su desvergüença y poco miramiento por el varón de Dios Beunón, llegándose a él, dixo:

-Oh, perverso tirano, ¿cómo tuviste atrevimiento de matar una donzella merecedora de ser reina? Pues fuiste tan atrevido y no perdonaste a la iglesia, adonde iva a defenderse, ni temiste a Dios a quien estava consagrada, yo ruego a su Magestad que en presencia de todos los que aquí estamos te dé el castigo que mereces.

Dichas estas palabras, el moço cayó repentinamente en tierra y espiró. Y en el mismo instante su cuerpo desapareció de allí, con indicios grandes de que baxó juntamente con su alma a los Infiernos. Refiérelo Surio, tomo sexto.
[36] Frotón, arçobispo de Milán, que fue en orden treinta y dos, por los años de Cristo de quinientos y ochenta y tres, siendo simoníaco público, reprehendióle por ello cierto clérigo. Enojóse contra él, levantóle falsos crímines y mandóle quemar. Estando el clérigo junto al fuego, pidió a Dios merced y que se declarasse su inocencia. Y súbitamente se levantó el fuego que se encendió para él y fue adonde estava el arçobispo Frotón. Él huyó, visto el huésped que le venía, y el fuego le fue siguiendo tras él y anduvo desta manera por gran parte de la ciudad, a vista de todo el pueblo. Al cabo se abrió la tierra y le sorbió. Dízelo el Bugato milanés en su Historia de Milán, folio 142.
[37] San Antonio de Florencia, en la Tercera Parte Historial, dize que cierto arcediando de Sabino, obispo de Apulia, por alcançar el obispado, persuadió a un paje del mismo obispo Sabino que le diesse ponçoña en el vino. Pagóselo bien y iva a dárselo. Entendiólo el obispo porque se lo reveló Dios siendo santo. Dixo al paje:

-Beve tu esso que me das.

El paje, atónito, /74v/ viéndose descubierto, iva a beverlo, por ahorrar otros tormentos, mas el obispo le dixo:

-No bevas, sino di al que te lo dio que yo beveré el veneno, mas él no será obispo.

Hizo la señal de la Cruz sobre ello, beviólo y no le hizo mal, y al mismo tiempo el arcediano murió, que a él le hizo daño el veneno a alma y cuerpo, aunque le bevió el obispo.
[38] San Teodoreto escrive que aviendo muerto a un hombre cierto ladrón por robarle, echóle a la puerta de Paladio, y siendo hallado cargávanle de aquella muerte. Él hizo oración a Dios y luego dixo al muerto:

-Mancebo, decláranos quién fue el malhechor porque no sea el inocente condenado.

Levantó la mano y señaló que era el que más instava en dezir que el santo varón Paladio era a cargo aquella muerte. Assieron dél y halláronle la espada sangrienta y el dinero que avía robado.
[39] Anastasio Sinaites, patriarca de Antioquía, el cual se halló presente en la sexta Sínodo General, escrive que luego como se apoderó del imperio de Oriente Focas, fueron cruelmente muertas muchas personas por un ministro suyo llamado Bonoso. Lo cual visto de un santo monje, puesto en oración quexávase a Nuestro Señor de que oviesse dado lugar a tan mal hombre que fuesse emperador. Y hablóle un ángel, que le dixo no averse hallado otro peor, y que para castigo del pueblo por sus pecados gravíssimos avía sido escogido.

El mismo refiere otro exemplo semejante, que en una ciudad de la Tebaida, donde se cometían graves pecados, fue de repente hecho monge un malíssimo hombre, y sin mudar las costumbres por muerte del obispo fue puesto en su lugar. Y como se quexasse a Dios por esta eleción un varón santo, fuele respondido no aver sido electo porque merecía la dignidad, sino porque el pueblo y gente no merecía otro mejor. De lo cual infiere que por pecados del pueblo algunas vezes se les dan por cabeças hombres malíssimos y que para tenerlos buenos es buen remedio que sea bueno el pueblo.


[40] El rey de España Leovigildo, godo | y herege, después de aver martirizado a su proprio hijo San Hermenegildo, porque no quiso seguir su secta ariana, murió mala muerte en Toledo. El cual, estando para morir, mandó a su hijo Recaredo que alçasse el destierro a San Leandro, arçobispo de Sevilla, y que le oyesse y respetasse como a padre. Esto dize San Isidoro en su Historia Gótica. Lucas de Tuid, aprobando lo mismo, añade: «El pérfido rey Leofigildo, a exemplo de Judas Proditor, no pesándole de sus malos hechos, sino reconociéndolos por malos, acabó su miserable vida, viniendo a Toledo, donde por justo juizio del Cielo fue herido de una enfermedad atrocíssima. Padecía dolores terribles, dava vozes y aulllidos espantosos y con esto dio la alma -dize este autor- para eternalmente ser atormentada en fuego y gusanos, en compañía de su maestro y a quien siguió en sus eregías el pérfido Ario». Avían recebido los godos aquella secta, año del Señor de trecientos y setenta, y dexáronla en vida de Recaredo, hijo deste Leovigildo, en ocho de mayo, año de quinientos y noventa y cuatro, aviendo permanecido en ella dozientos y veinte y cuatro años. Y el rey don Rodrigo murió en treinta y uno de mayo, año de setecientos y diez y seis. Perdióse este año España, y acabóse de recuperar año de mil y cuatrocientos y noventa y dos, por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel.
1   ...   19   20   21   22   23   24   25   26   ...   143


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal