De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Oyéndolo Pafuncio besóle su cabeça y bendíxolo, diziendo:

-Bendígate el Señor Altíssimo de Sión para que veas los bienes eternos de la celestial Jerusalem eternalmente.

Díxole otras razones con que se fue con él al desierto, y en una celda junto a la suya hizo vida admirable, y muriendo le vido llevar ángeles su alma al Cielo.

El tercero fue un rico mercader que vino a verle. Era de Alexandría, traía tres navíos con mercadurías que valían grande suma. Hablóle Pafuncio, y fue de suerte que repartiendo su ha- zienda | a pobres, se quedó con él en el desierto, y en la celda que los dos otros avían estado sirvió a Nuestro Señor, y passado algún tiempo fue trasladado a la compañía de los bienaventurados. Si bien se considera, todos tres fueron señalados en caridad con próximos, y assí justamente fueron igualados en mérito al grande Pafuncio. Refiérese en su Vida, que es del libro ya dicho De Vitis Patrum.
[17] Celasio, Pontífice Romano que fue en tiempo de Teodorico Rey, hizo ventaja a los más que tuvieron la Silla de San Pedro en tener amor intensíssimo al Clero, y él assí mismo era amado de todos. Dízelo Sabélico, libro octavo.
[18] El Papa León Nono, viendo un día desde su casa cierto leproso que estava en la calle lamentándose y pidiendo limosna, mandó que se le truxessen a su presencia. Regalóle, diole de comer, y siendo noche le hizo acostar en su propria cama. Y venida la mañana la cama estava muy olorosa, el aposento cerrado, y no pareció el leproso, por lo cual se entendió que era Cristo el que se mostrava en aquella figura para que se viesse la caridad del Pontífice. Dízelo Platina en su Vida.
[19] En la ciudad de Antioquía residía un hombre limosnero, el cual tenía por costumbre de llevar cada día un pobre que comiesse a su mesa. Sucedió una vez que, no hallándole en toda la ciudad, salió fuera della para ver si venía algún estrangero con quien usasse de semejante caridad. Quería ya ponerse el sol, estava ayuno y bien congoxado por no descubrir pobre. Mas a esta sazón vido venir uno vestido de blanco con rostro grave, y acompañávanle otros dos que le traían en medio. Llegó a él y díxole:

-Señor, pues sois estrangero, recebiré merced en que con vuestra compañía vais a mi posada donde recebiréis servicio.

A esto respondió el estraño:

-Tu buen comedimiento y caridad no será parte para que dexe de hundir y assolar este pueblo.

Diziendo esto, sacó de su seno un paño de rostro, y buelto a la ciudad sacudiósele, y en el mismo punto se hundió la /85r/ mitad della con un terremoto grandíssimo. Pareció querer destruir la parte que quedava en pie, mas por ruegos de los dos que le acompañavan y respeto de aquel limosnero dexó de hazerlo. Levantóle del suelo -que el temor le avía derribado en él- y díxole:

-Vete en paz a tu casa, que ella, tu muger, hijos y toda la vezindad son libres desta calamidad por tus oraciones y continuas limosnas.

Y dicho esto desapareció con los dos que le acompañavan. El buen hombre bolvió a su casa, y con grande sentimiento y lágrimas lloró la destruición y ruina de su pueblo, y dio gracias a Dios, que como a otro Lot le avía librado de tantos como perecieron. Esto escrive San Gregorio Turonense, libro décimo, capítulo veinte y tres.
[20] Bonifacio Obispo era muy liberal con pobres. Tenía una viña y sustentávase con su fruto. Cayó un año tanta piedra, que poco faltó para quedar toda destruida. Al tiempo de la vendimia cogió lo poco que avía quedado, y juntándolo en un lagar hizo adereçar las cubas, como si la cosecha fuera muy grande, de lo cual un sobrino suyo hazía mucha burla, aunque le obedeció haziendo lo que le mandava; porque entró en el lagar y pisó las uvas, y del mosto hizo solamente el santo obispo humedecer las cubas y tinajas, dando a pobres lo más dello. Cerró la bodega y hizo oración por tres días, al cabo de los cuales bolvió a abrir la bodega y halló las cubas y tinajas llenas. Premio digno de hombre caritativo y limosnero, que en tal ocasión dio a pobres lo más y mejor de su cosecha. Dízelo San Gregorio en el libro primero de sus Diálogos, capítulo primero.
[21] En la provincia de Cuziba, que es en tierra de Palestina, habitava entre religiosos en hábito de religión un santo viejo, el cual todo su exercicio era con los próximos, haziéndoles obras de caridad. Si de alguno sabía que tenía tierras para sembrar, y por ser pobre y faltarle semilla las dexava desiertas, iva de noche y sembrávaselas. Acostumbrava ir diversas vezes un | camino bien passeado de gente, que es desde el Jordán a la ciudad santa de Jerusalem, y desde la misma ciudad a la de Hiericó, llevava provisión de pan y agua, y remediava a los que veía sedientos o hambrientos. Si alguno llevava carga, ayudávasela a llevar. Era visto diversas vezes sudando con la carga y cansado sin fuerças, ya llevava en sus ombros algún niño que no podía caminar, ya dos juntamente. Si veía algún caminante, hombre o muger, con el calçado roto, llevava aparejo, y sentávase y remendávale. A muchos dava parte de sus vestidos, y si veía muerto a algún caminante dávale sepultura cantando salmos y himnos. En semejantes obras de caridad con próximos gastava el santo varón su vida. Refiérese en el Prado Espiritual, capítulo veinte y cuatro.
[22] En el monasterio del abad Teodosio, grande príncipe de monges, estavan dos hermanos que seguían su instituto, los cuales tenían hecho juramento que ni en vida ni en muerte se apartarían de en uno. Sucedió que estando bien exercitado en obras santas -como todos los demás monges- el uno dellos, fue tentado gravemente de sensualidad. Habló al otro y díxole:

-No ay ya fuerças para sufrir semejante tentación. Quédate, que yo me quiero ir al siglo y viviré entre gentes donde pueda hazer mi voluntad.

El otro, afligidíssimo, le dixo:

-No, hermano mío, no hagas tal, que perderás todo lo que as trabajado en la religión.

El tentado replicó:

-O me dexa ir quedándote aquí o vete comigo, que no puedo sufrir la tentación y tengo de cumplirla.

Oyendo esto el monge bueno, no queriendo dexarle por el juramento que tenía hecho, fuese con él a la ciudad más cercana, donde el miserable, trocando el traje, se entró en el lugar de las malas mugeres, estando el otro fuera postrado en tierra llorando y derramando tierra sobre su cabeça con grande aflición y quebranto, hasta que el desventurado salió contaminado con el vicio cometido. A el cual preguntó el otro:

-Dime hermano, ¿qué as ganado en lo que has hecho? ¿Adviertes el daño que has cau- sado /85v/ en tu alma? Ea, confúndete y bolvamos a la soledad, lloremos los dos el pecado que tú solo has cometido.

La respuesta que dio a esto el fornicario fue dezir:

-Tú puedes bolverte al desierto si te agrada aquella vida, que a mí ésta me contenta.

No fueron parte grandes ruegos que le hizo para sacarle del cieno en que estava, y assí, visto que determinava quedarse en la ciudad, acordándose de lo jurado se quedó con él, y ambos trabajavan de manos para sustentarse. Por este tiempo Abramio Abad, que después fue obispo de Efeso, varón santo, edificava un monasterio que se llamó de los Vicancios, y en su edificio trabajavan los dos hermanos de peones sirviendo a los maestros, y el jornal de los dos cobrávale el deshonesto, y apenas dexándole que comer, lo demás gastava en sus luxurias y suciedades. El otro, ayunando y rezando, con toda quietud servía en su obra sin hablar con alguno. Pusieron en él sus ojos los oficiales, y visto que ni comía ni hablava, sino que con quietud cumplía su ministerio, dieron cuenta dello al abad Abramio, el cual le llamó aparte y preguntóle quién era, y de su vida. Refirióle él la historia suya y de su hermano, y que sufría aquella vida porque Dios tuviesse misericordia del hermano, por quien rogava siempre sin cessar a su Magestad. El santo abad le dixo:

-Ten por cierto que el Señor concederá tu petición y te entregará la alma de tu hermano.

Despidióle con esto, y no avía bien apartádose del abad Abramio, cuando vido venir a su hermano llorando amargamente y con grande contrición, pesándole del mal que avía hecho, y diziendo:

-Llévame, hermano, al desierto, para que yo me salve.

Regozijóse el buen hermano con su conversión, y aviendo compuesto su alma con la Penitencia y Confessión, ambos se fueron a una cueva cerca del Jordán, y allí se encerraron, viviendo santamente. Y passado algún tiempo, aviendo hecho áspera penitencia el que cayó en fornicaçión, y purgado las mancillas de su alma con lágrimas derramadas por sus culpas, murió en el Señor. Y aunque | muerto y sepultado en la cueva, no le dexó su hermano, sino que vivió allí hasta que sus días se acabaron y recibió el premio que merecían sus buenas obras, y fue deste modo: Vino a él un monge viejo del monasterio de Calamón, y preguntóle:

-Dime, hermano, en tanto tiempo de vida solitaria y de exercicio espiritual, ¿qué mejora sientes en tu alma?

Respondióle:

-Vete aora de aquí y buelve al día décimo, y darte he la respuesta.

Hízolo assí el viejo, y bolviendo al día décimo, hallóle muerto, y junto con él una texa en que estava escrito: «Perdóname, padre, si no te respondo de palabra a tu pregunta, sino por escrito. Y la respuesta es que siento en mi alma esta mejora después de mucho exercicio en la vida solitaria, que nunca estando en oración o cantando el oficio divino me distraía en pensar cosas de la tierra.»

Es del Prado Espiritual, capítulo noventa y siete y noventa y ocho.


[23] Estava preso en poder de los longobardos un diácono, rogóles por él Santulo, presbítero de la provincia de Nursia, varón santíssimo, y no quisieron dársele, porque pretendían matarle. Rogóles que se le diessen a él en guarda, concediéronsele con condición que si se fuesse le quitarían a él la vida. Aceptólo, vino la noche y dixo Santulo al diácono que se fuesse donde Dios le ayudasse. El diácono dezía:

-¿Sabes, padre, que si me voy te matarán a ti?

-No podrán matarme -dixo Santulo- si Él no lo permitiere.

El diácono se fue, y el día siguiente, visto por los longobardos que faltava, dixeron al Santulo que se aparejasse porque avía de morir según el concierto. Llamaron un valiente soldado que le cortasse la cabeça. Pidió que primero le dexassen hazer oración; deteníase en ella. El verdugo le dio del pie que se endereçasse y abaxasse el cuello. Hízolo él, levantó el braço el soldado para herirle y quedósele hierto sin poderle baxar ni redoblar. Estava mucha gente mirando este espectáculo, entendieron que era milagro y fueron todos en que no muriesse Santulo, teniéndole por santo, como lo era, y, dándole liber- tad, /86r/ rogáronle que sanasse el braço del soldado. Respondió que en ninguna manera lo haría si no jurava primero de no matar en su vida a algún cristiano. Jurólo, y hiziera mucho más que le fuera pedido. Santulo le dixo que baxasse el braço, y a sola esta voz quedó sano. Y fue ocasión que respetassen al santo toda aquella gente, y ofreciéndole algunos dones, él no quiso aceptarlos, sino pidióles que le diessen los captivos que tenían para ponerlos en libertad, y assí los concedieron. Dize esto San Gregorio, libro tercero de los Diálogos, capítulo treinta y siete.


[24] Tenía por costumbre un labrador rico de llevar todos los viernes algún pobre a su casa y regalarle, lavándole los pies y dándole de comer, en reverencia de la Passión de Jesucristo. Sabían ya los pobres esto, y venían semejante día a recebir la limosna y caridad. Y como faltassen un viernes y fuesse hora de comer, aunque tenía puesta la mesa y adereçada la comida, ni quiso comer ni assentarse a la mesa hasta salir y buscar el pobre. Fue a la plaça y vido uno descalço y cubiertos de lodo sus pies. Llevóle a su casa, y la muger muy diligente adereçó como lavarle los pies ella misma, y estándoselos lavando, vídolos ambos traspassados con dos heridas, y muy admirada llamó al marido y dixo:

-Señor, venid y veréis que este pobre muestra sus pies aviertos a la manera que los tiene mi Señor Jesucristo. Llegó el marido, y el pobre, que era el mismo Señor y Hijo de Dios, dándose a conocer les dixo:

-Vosotros me avéis hospedado otras vezes en mis miembros, y oy en mi persona propria, por lo cual os doy palabra que en esta vida no os faltará el sustento della, ni en la otra la Eterna Bienaventurança.

Con esto desapareció. Es del Promptuario de exemplos.


[25] Predicava en Brabancia Jacobo de Vitriaco el recebir la Santa Cruzada para passar a la conquista de la Tierra Santa, y levantándose un día, estando él presente, grande cuestión entre dos personas principales, y quedando el uno dellos agraviado, no era possi- ble | con él que perdonasse, aunque el santo varón Jacobo se puso de rodillas delante dél, ni mucho otros se lo pidiessen. Visto por el legado y predicador, dixo oyéndolo mucha gente:

-Yo protesto que éste que nos menosprecia, menosprecia al que nos embía. Rogad al Señor que muestre alguna señal y portento contra este obstinado.

Dicho esto, el miserable fue herido de la mano de Dios. Rebolvía los ojos de una parte a otra, cayó en tierra echando espumajos de sangre por la boca, dando de sí a todos un penoso espectáculo. Lloravan los presentes compadeciéndose dél. Con esto el santo varón Jacobo teniéndole lástima, hizo por él oración, y fue de tanta eficacia que se levantó sano, y tan trocado, que pidiendo con lágrimas perdón de su dureza, abraçó al que le ofendió, perdonándole de coraçón. Es del Promptuario de exemplos.
[26] Tenía cierto ilustre cavallero un hijo bien inclinado, honesto, templado y dado a buenos exercicios. Vino a morir, y rogóle el padre que, si le fuesse lícito, después de su muerte le declarasse de su estado. Murió el moço y aparecióse a su padre, ordenándolo Dios para exemplo de muchos que supieron y sabrán lo que dél sucedió, y fue que dixo como se avía condenado y que padecía tantas penas que si las estrellas del Cielo se tornassen lenguas no serían parte para enteramente declararlas. Admiróse el padre de oír esto, y dixo con grande ansia y pena:

-¿No fuiste casto, abstinente y te exercitaste en buenas obras?

Respondió el hijo:

-Assí es verdad, padre, que soy virgen, a nadie robé hazienda o fama, no fui blasfemo, ni jugador, no guloso, antes ayuné y castigué con penitencias mi cuerpo; y perdílo todo porque me faltó caridad con los próximos, porque si alguno me ofendió no supe jamás perdonarle, sino cuanto me era possible tomava dél vengança. Por este vicio perdí lo demás bueno que tuve, y soy condenado eternalmente.

Con esto desapareció. Lo dicho es del Promptuario de exemplos.
[27] Una noble señora tenía por costumbre /86v/ recebir pobres en su casa. Lavávales los pies, dávales de comer y regalávalos, todo lo cual hazía contra voluntad del marido, que era de muy contraria condición. Salía fuera de su casa un día y vido cierto pobre afligido y ulcerado, y por estar ausente el marido recibióle en ella. Pidió el pobre que le diesse baño y bañóse. Pidió que le diesse una cama regalada en que descansasse un poco y llevóle a la suya propria, donde le acostó. Vino el marido de improviso, y entrando en su aposento vido el pobre en su cama. Creyó que era algún hombre con quien su muger le cometía adulterio, y con ira grandíssima puso mano a su espada para matarle. Llegó cerca y vido a Jesucristo puesto y enclavado en una cruz, que le dixo con voz quebrantada y dolorosa:

-¿Por qué me persigues aviendo yo padecido por tu salud estas heridas y la muerte?

Derribóse de rodillas el hombre para adorar al Señor, y levantando los ojos no vido cosa alguna. Mas informado de su muger, entendió que el huésped que avía recebido era Jesucristo, por lo cual a ella dixo que siempre se exercitasse en tales obras, y él hizo lo mismo en adelante. Es del Promptuario de exemplos.
[28] Antes que fray Jordán, doctor parisiense, entrasse en el orden de Predicadores, tenía costumbre de ir a Maitines de noche a cierta iglesia. Sucedió que pareciéndole una entre otras que era tarde, recordando sin tiempo, levantóse, y con sola la camisa y su capa, llevando el ceñidor en la mano, salió de su casa y iva a la iglesia. Oyó un pobre en el camino que se quexava y pedía limosna, donde por no tener otra cosa que darle le dio el ceñidor. Fue a la iglesia, y por ser temprano estava cerrada. Aguardó hasta que fue hora de los Maitines, que se abrió y él entró en ella. Y poniéndose a hazer oración delante un crucifixo, vídole que tenía ceñido el ceñidor que dio él al pobre, de que se consoló sobremanera. Refiérese en el Promptuario de exemplos.
[29] Una muger en Francia, devota y caritativa, recibía en su casa frailes peregrinos, | hospedávalos y dávales de comer, muy a despecho de su marido, que tenía contraria condición. Sucedió que estando un día comiendo a su mesa el padre fray Jordán, del orden de Predicadores, con otros frailes, vino el marido, y aunque lo sintió mucho, visto que era a su costa acordó aprovecharse de algo, como quien dize: «Mi casa veo quemar, quiérome calentar». Assentóse con ellos y comió. Servíanles de un vino muy bueno que tenían apartado por quererlo assí la muger. Como el marido lo entendió, muy más apesarado por ello, dixo con ironía:

-¿Por qué no traes del vino de aquella otra tinaja, que es mejor?

Y aunque era muy malo, por obedecerle, el ministro sacó de aquel vino y sirviólo a la mesa, lo cual fue sumamente alabado por muy bueno. Oyéndolo alabar el marido, perdiendo ya la paciencia pareciéndole que no era obedecido, levantóse de la mesa enojado con los que servían, y fue él mismo a sacar del vino que tenía él por malo, mas Dios lo avía convertido en muy bueno. Y entendido por él, quedó confuso y muy trocado visto el milagro, siendo en adelante muy devoto de hospedar peregrinos, y más si eran religiosos. Refiérese en el Promptuario.
[30] Ivan en un navío ciertos mercaderes y passageros. Llegaron a un puerto, y saliendo en tierra vieron un hombre muerto. Compadecióse dél uno de los passajeros, persona piadosa y caritativa, y dio orden como fuesse sepultado. Apareciósele a la noche un ángel, que le dixo que en manera alguna el día siguiente no saliesse del puerto ni navegasse, sino que lo dexasse para el siguiente día. Dio cuenta desto a los mercaderes y passajeros y no hizieron caso dél, sino que entraron en el navío. Mas levantóse borrasca en el mar y perecieron todos, y deste daño se libró el otro por la obra de misericordia que hizo en enterrar aquel muerto. Refiérese en el Promptuario de exemplos.
[31] En el monasterio Vuillarense del orden de Cistel, en Brabancia, era abad Vuillermo, gran siervo de Dios y de mucha /(87r)/ caridad con los próximos. Fue assí que, estando ausente del convento y teniendo los monges dos bueyes con que labravan sus tierras, porque el uno dellos era muy hermoso, una pobre muger que estava preñada se le antojó comer dél, y fue tan de veras el antojo que se vido a punto de muerte. Dávanle carne de otros bueyes parecidos a aquel y no le entrava en provecho. Vino el abad y diéronle cuenta del caso. Él dixo:

-Más vale que muera una bestia que una muger.

Mandó que de secreto truxesen el buey del campo y le matassen. Hízose assí; el buey fue muerto y hecho cuartos y el pellejo se puso aparte. Dieron a la muger una buena pieça dél, comió y quedó sana. Esto era por parte de tarde. Venido otro día, halló el buey arando un monge lego, que fue autor de todo lo dicho. Como le vido vivo, quedó admirado. Fue adonde avía dexado los cuartos y pellejo y no vido cosa, ni seña de la sangre. Advertido del caso el abad, alabó a Dios y tomó de aquí ocasión para ser más caritativo con próximos. Es del libro segundo De Apibus, capítulo veinte y cinco, y dize que sucedió el año de mil y dozientos y veinte y dos.
[32] El autor deste mismo libro De Apibus, llamado Tomás de Cantiprado -aunque otros le llaman Guillermo y otros Juan-, libro segundo, capítulo veinte y cinco, dize que le sucedió a él un caso maravilloso, y que si él le callara muchos pudieran contarle que le vieron. Sustentava grande casa y criados, de lo cual tenía cargo cierto diácono, rigiéndolo y governándolo todo. Éste, quedándose un día en casa el señor, se fue a pescar a una laguna, en la cual anduvo echando redadas todo el día sin provecho. Ya tarde llegó el diácono con tres frailes menores que avían recebido en hospedaje, con los cuales el amo se holgó mucho, y aviéndolos recebido díxoles lo que San Pedro a Cristo: «Por todo el día he trabajado sin fruto, mas en vuestro nombre quiero echar la red». Y para echarla pidió el cordón a uno de los frailes y atóle a la cuerda de la red, y echada a la laguna, del primer lançe sacó ochenta peces, de tal grandeza y sabor que otros semejantes nunca se sacaron de aquel lugar. Con ellos dio de cenar a los huéspedes y a toda la familia, y se embiaron presentados a diversas personas, alabando todos a Dios, que se mostró largo con quien fue caritativo con sus siervos.
[33] Teobaldo, conde carnotense y blesense en Francia, fue tan caritativo con próximos como parecerá por este exemplo. Iva camino, llegó a él un pobre y pidióle por amor de Dios la capa; quitósela y diósela, diziendo:

-Mira si quieres más.

-El sayo pido que me des.

Diósele.

-Pues aún más falta que me des -añadió el pobre-, y es el sombrero que llevas en la cabeça.

Era calbo el conde y parecióle que sin sombrero estaría muy feo y le sería vergonçoso. Dixo al pobre:

-Hermano, muy pesado eres, sabe que me hará el sombrero grande falta.

El pobre, que era Jesucristo disfraçado en él, arrojóle el sayo y la capa y desapareció. Entendió el caso el conde, dexóse caer del cavallo y hizo un penoso y prolixo llanto, y enteróse más para adelante de no negar cosa que por amor de Dios le fuesse pedida.

Al mismo conde le sucedió otro caso notable y fue que entre Carnoto y Bles, dos estados suyos, estava un leproso de ordinario, al cual el conde siempre que passava por allí le visitava y hazía limosna, y le llamava su amigo. Detúvose por un año el conde una vez sin hazer aquel camino, y el leproso murió, y como después fuesse el conde por allí no sabiendo de su muerte, quiso entrar solo en su casa, y al que antes vido cargado de lepra halló sano y sin mal alguno. El conde se admiró. Preguntóle quién era. Respondió:

-Soy el leproso, tu amigo, y por la misericordia de Dios estoy sano. No me falta sino la corona de justicia, y a ti, señor, dará la paga algún día el Juez Justo por lo que a mí y a otros pobres has hecho de bien y caridad.

El conde hizo con él lo que solía, y con otros leprosos, que le besó las manos y le abraçó derramando /(87v)/ lágrimas. Dexóle y siguió su camino. Uno de sus criados le dixo:

-Creíades, señor, que estava aí vuestro amigo el leproso; pues ya días ha que es muerto.

El conde quedó admirado, y, dissimulando el caso, dixo:

-Aya Dios misericordia de su alma.

Es del libro De Apibus segundo, capítulo veinte y cinco.
[34] El maestro Juan de Nivella, deán en la iglesia Leodiense, fue hombre de singular caridad con próximos. No sabía estar ocioso, siempre andava ocupado en convertir almas, predicando y confessando. Padecía graves enfermedades de gota en una pierna, y sabido por cierto médico famoso, sin ser llamado fue un largo camino a verle y curarle a sus proprias espensas. El deán le preguntó en qué tanto tiempo pensava curarle. Respondió que en cuatro meses.

-Éssos -dixo él- no quiero yo, ni quiera Dios que falte en la caridad con los próximos. Yo os agradezco vuestra venida y Dios os pagará vuestro buen intento, y con esto os podéis bolver, que con tanto daño de las almas yo no quiero salud.

Y assí prosiguió en sus santas obras. Y después de algún tiempo cayó enfermo de muerte, y la tarde antes de la noche en que murió llegó a su casa un pobre desandrajado para que le confessasse. Despidíanle los que le acompañavan, entendiólo él, hizo que le dexassen entrar, y desde la cama le confessó y despidió muy contento. Luego dixo a los presentes:

-No quisiera por mucha suma de oro aver dexado de confessar a este hombre.

No sabían la ocasión por que dezía esto, y entendiéronlo presto, y fue que no se avía apartado el pobre muy lexos de allí cuanto repentinamente se cayó muerto, y la siguiente noche el siervo de Dios acabó su vida de trabajo y començó la de descanso. Dízese esto en el libro segundo De Apibus, capítulo treinta y uno.

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