De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[13] Fue a visitar a San Bernardo una hermana suya con grande fausto y pompa, y no la dexaron entrar en el monasterio, y sabida la causa asentóse a la puerta, y derramando lágrimas dezía:

-En aver usado de tales adereços de mundo entiendo que he pecado, pues Bernardo mi hermano assí lo dize, mas por los pecadores murió Jesucristo. Si menosprecias y desechas a la que pecó, recibe a la que quiere enmendarse.

Admitióla el santo hermano, y, admitida, avisóla de cuánta vanidad era aquel adereço con que la carne que se avía de convertir en tierra era adornada. Bolvió a su casa, y alcançando licencia de su marido entró en religión /(97v)/ y sirvió a Dios en adelante tan humilde, cuanto antes al mundo con ambición y sobervia. Grande cosa fue sin duda que una muger en edad moça, de bastante hermosura, tan presto aborreciesse el vestido de seda y oro, los collares y sortijas con engastes de piedras finíssimas y perlas, y todos los demás ornamentos de gala y autoridad de mundo, dexándolo y olvidándose dello. Y más fue dexar el marido y deleites de los casados. Todo esto hizo después que habló a su hermano; tanta es la fuerça que tienen las palabras de los sanctos. Refiérese en la Vida de San Bernardo, libro primero, capítulo siete.
[14] Alberto, hijo del conde Flanche Bergense en Alemania, siendo de edad de treze años fue embiado de su madre al rey de Francia, deudo suyo, para que se criasse en compañía de sus hijos. El cual, luego que se vido en París, como residiesse en aquella ciudad fray Jordán, Maestro en Teología y General de la orden de Predicadores, por ser de su tierra y tener consigo otros frailes, también sus conterráneos, el moço Alberto los visitó, y tomando gusto de su trato y conversación continuó las visitas, y fue de suerte que la compañía de aquéllos, que eran buenos, le hizo que muy de veras desseasse ser bueno. Començó a tener en poco los regalos y deleites del mundo y a amar los del Cielo. Vino a dessear entrar en aquel santo orden, pidió el hábito al General fray Jordán, y aunque él alabó su intento, no concedió con él por verle de poca edad y que era legítimo heredero del condado y señorío de su padre. Exortávale a que estando en possessión dél, rigiesse sus súditos con mansuetud y temor de Dios. Llegando a edad de diez y seis años embió su madre por él para casarle altamente y que tomasse el govierno de sus estados, por razón que el padre era ya viejo y quería passar en él aquel cuidado y descansar. Visto por el moço como estava en un punto el descomponerse sus intentos, fuese al General fray Jordán y díxole que venía a despedirse dél, y le que- ría | hablar en secreto, estando allí otros frailes de su tierra. Con los cuales y con otros maestros del orden, encerrándose en un aposento, Alberto se derribó a los pies del General y dixo:

-A Dios pongo por testigo que estoy oy aparejado a dexar el mundo y servir a Jesucristo en vuestra religión, y si no me recibiéredes en ella, el mismo Cristo Verdadero Dios vengue en vosotros mi sangre.

Oído esto por el General, derramó lágrimas de ternura, y los demás frailes quedaron suspensos de ver la fuerça con que aquel moço tan favorecido del mundo pedía librarse dél. Encomendaron a Dios aquel negocio, y juntando el convento, dando y tomando sobre el caso, al cabo se determinaron de darle el hábito. Y sabido por los criados, fueron a dar la nueva a sus padres, que les llegó a punto de muerte su sentimiento. Y aunque el padre era viejo, fue a París, y queriendo por fuerça sacar el hijo del convento, juntándose muchos novicios que residían en él y estudiavan en aquella Universidad de París, resistiéronle y defendiéronle valientemente. Por lo cual el padre, apessarado, se bolvió a su tierra. Estava en la misma ciudad estudiando un arcediando alemán, tío del moço Alberto, hermano de su madre, de poca edad y de la más linda persona, que se hallava clérigo en Francia. Éste, sintiendo mucho la entrada a fraile de su sobrino, detúvose algunos días sin verle, y queriendo bolver a su tierra, embióle a dezir que le quería visitar. Oído por fray Alberto, ocurrió a su maestro y a otros padres espirituales y rogóles que pidiessen a Dios guiasse aquel negocio para su servicio. Vino el arcediano y entráronse en una capilla. Assentáronse y derramando lágimas y mostrando grande sentimiento habló el tío al sobrino, diziendo:

-¿Cómo, amigo, has podido hazer tal cosa, que dexasses a tu madre y hermana mía, no teniendo otro hijo sino a ti, y me dexasses a mí, que te amo cuanto un pariente puede ser amado? Oigo dezir que tu madre de tristeza /(98r)/ se muere, y yo he quedado como muerto desde que supe de tu entrada a ser fraile, y no tendré contento hasta que te vea en este año de aprobación bolver al siglo.

El santo moço, con mucha dissimulación y gracia, respondió:

-Mirad, señor tío, en aquella vidriera que están tres imágines, una de Cristo en la Cruz, otra de su Sagrada Madre, y otra de su amado discípulo Juan, y considerad que aunque Cristo amava tanto a su madre y la viesse que un cuchillo de dolor traspassava su alma por verle en la Cruz, y a su discípulo y sobrino de la misma Virgen San Juan tan atormentado por lo mismo cuanto puede encarecerse, y siendo poderoso para baxar de la Cruz y consolarlos, no lo hizo, sino que en ella quiso morir. En semejante manera, sabed, tío señor, que yo subí con Cristo a la cruz desta santa religión, de donde aunque vea morir a mi madre de dolor y a vos, señor, que lo sentís tanto como lo dais a entender, yo determino no descendir sino permanecer inmovible en semejante cruz hasta que muera. Y aun si me creyéssedes sería bien que subiéssedes, señor tío, en ella, donde seríades libre de los engaños del mundo, porque no os enredásedes en ellos y quedasses sin remedio.

A esto añadió razones el nuevo soldado de Cristo, con que el tío bañado en lágrimas quedó compungido. Y favorecido de la Divina Gracia, ayudando | la fervorosa oración del sobrino y de otros religiosos, passados algunos días vino a la religión y fue fraile con admiración y espanto assí del clero como de los nobles de Francia y de su tierra, y los dos acabaron en ella santamente. Es del libro De Apibus, segundo, capítulo veinte y ocho.
[15] En el monasterio del orden de San Hierónimo de los Toros de Guisando, en el reino de Toledo, entró un día cierto ladrón, y viendo algunos vasos y joyas ricas y de precio del servicio del altar, diole gana de robarlas. Y no hallando modo, acordó de pedir el hábito, y si le alcançava, una vez que otra podría hazer el hurto a su salvo. Pidióle, y por tener partes exteriores en lo que se dexava ver en él acomodadas para tan santo instituto, perseverando en pedirle, diéronsele. Estando ya con hábito de freile y debaxo una intención y desseo de ladrón, en tanto que se le hazía comodo para dar el santo, viendo y considerando la vida de aquellos siervos de Dios, su humildad, su conformidad unos con otros, su oración, la quietud y sossiego que tenían, con todo lo demás que se usa y exercita entre buenos y bien reformados religiosos, mudó intento, confessó su pecado y quedó de veras fraile, y fuelo de buen exemplo. Lo dicho es del libro impresso de las Corónicas de los frailes hierónimos.
Fin del Discurso de Compañía provechosa para buenos y dañosa para malos.

DISCURSO DÉCIMO SEXTO. DE CONFESSION

«Derrama como agua tu coraçón» dize Jeremías en el capítulo segundo de los Trenos. Los demás licores cuando se derraman queda el vaso o con alguna grossura o con algún sabor; sola la agua si se derrama dexa limpio el vaso donde estava, y es lo proprio que deve hazer el que se confiessa sacramentalmente, que deve derramar su coraçón como agua, co- mo | si él fuera vasija y tuviera agua. El que confiessa sus pecados, y por vergüença o notable y culpable negligencia dexa alguno por confessar, es como si derramasse cosa espessa, que dexa grossura en el vaso. Y el que confiessa sus pecados, mas es sin propósito de dexar de pecar, este dexa sabor en el vaso. No ha de ser assí, sino que sea la Confessión con intento firme de no pecar más y no quede /(98v)/ pecado por confessar. Y hazer esto es derramar como agua el coraçón y hazer lo que quiere Dios y le agrada, por lo cual lo aconseja Jeremías. De la Confessión será el Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Pecaron nuestros Primeros Padres comiendo de la fruta del árbol vedado. Quiso Dios que confessassen su culpa y delicto cuando dixo: «¿Dónde estás, Adam?» (esto es: «¿Adónde caíste? ¿Qué mal es el que has hecho?»). Y a la muger: «¿Por qué heziste esto?». Y después de su confessión echólos del Paraíso a que hiziessen penitencia, como la hizieron y se salvaron. Es del tercero capítulo del Génesis.
[2] Caín confessó su pecado, aunque no alcançó dél perdón por una mala circunstancia que tuvo, y fue que desesperó del perdón, diziendo: «Mayor es mi pecado que merezca ser perdonado». Y lo mismo le sucedió a Judas: confessó que avía hecho mal en vender al Justo y restituyó el dinero que avía recebido, mas desesperó, y assí se condenó. Es del Génesis, capítulo cuarto, lo de Caín, y de Judas afírmalo San Mateo, capítulo veinte y siete.
[3] Faraón, viéndose afligido con las plagas que llovían sobre él, dixo:

-Pequé contra el Señor.

Mas era sólo con la boca, teniendo el coraçón hecho un pedernal, y assí no le luzió, condenándose. Es del Éxodo, capítulo nueve.
[4] Saúl también dixo que avía pecado, confessando aver procedido mal en perseguir a David, el cual por dos vezes le pudiera matar al seguro, y no lo hizo, como parece en el Primero de los Reyes, capítulo veinte y seis.
[5] Reprehendido David del profeta Natán por el pecado cometido en la muerte de Urías y adulterio con su muger, dixo con gravíssimo dolor: «Pequé», y replicó el profeta: «El Señor te ha perdonado». Es del Segundo de los Reyes, capítulo doze.
[6] Job, en medio de sus angustias, también para ablandar a Dios viendo como luego que el hombre conoce su pecado y pi- de | dél perdón le alcança, dixo:

-Pequé. ¿Qué haré contigo, o guarda de los hombres?

El rey Ezequías dezía:

-Haré recapitulación de los años de mi vida con dolor de mi alma.

Confessávanse antiguamente a Dios porque no se avía hecho hombre, mas hecho Dios hombre, ya quiere que se confiessen a hombre, que es el sacerdote. Y diolo ha entender el Salvador, cuando sanado un leproso le mandó ir a presentarse al sacerdote. Possible es que un pecador llore tanto sus pecados, y favorecido de Dios tenga contrición dellos, de modo que se los perdone, mas después que Dios se hizo hombre es necessario que se presente al sacerdote y que le confiesse sus pecados, porque si se le perdonaron con la contrición es en orden a la Confessión. Resuscitó Cristo a Lázaro y mandó a sus Apóstoles que le desatassen y quitassen la mortaja. Embió a dos de sus Apóstoles por una asna y un pollino en que entrasse triumfando en la ciudad de Jerusalem el día de Ramos, y díxoles:

-Hallaréislos atados; desatadlos.



Proprio es de los Apóstoles, de los obispos y sacerdotes, estando en lugar de Dios, desatar jumentos, absolver pecados. El Apóstol Santiago en su Canónica, capítulo quinto, promulgó el Sacramento de la Confessión y Penitencia, y el de la Extrema Unción, cuando dixo: «Si alguno está enfermo entre vosotros, llame a los sacerdotes de la Iglesia y oren por él ungiéndole con óleo en nombre del Señor, y valdrále para la salud. Y si tuviere pecados, seránles perdonados». Y luego dize: «Confessaos unos a otros vuestros pecados y rogad unos por otros para que os salvéis». Aquí habla del Sacramento de la Confessión y de la Extrema Unción, y para ambos declara que son ministros los sacerdotes. Las cuales palabras exponiéndolas Hugo de San Víctor en el libro segundo de Sacramentos, dize: «El glorioso Apóstol Jacobo como pregonero de Dios anunció a los hombres el precepto divino de la Confessión de los pecados, y fue dezir: 'Si no os confessáredes no os salvaréis' «. Y assí la Iglesia Católica manda que se guarde el /(99r)/ precepto de la Confessión, que fue dado por Dios, en que a lo menos una vez en el año todo cristiano se confiesse con su proprio sacerdote, o con el que tiene poder para absolverle. Y aunque el precepto se les haga a algunos dificultoso, no lo es, sino suave, considerando que en la Vieja Ley se mandava, como parece por diversos capítulos del Levítico , a los que cometían tales o tales pecados, que llevassen sobre sus ombros algún animal y que passassen assí por medio de los reales hasta llegar al tabernáculo donde le ofrecían, entendiendo todos el pecado que avía cometido. Aora, por muchos y muy graves que sean, confessándolos a un sacerdote, y que sabe que ha de callar, cumple. Ay también grandes provechos y utilidades en la Confessión, como es que en confessándose uno parece que le quitan una carga pesada de sobre los ombros. Es otro provecho que, aunque el dolor no sean tan calificado que llegue a ser contrición, con que sea atrición, confessándose y siendo suelto de atrito, se haze contrito y viene a estar en Gracia de Dios, para lo cual no bastava sola la atrición. Y últimamente, para poder vivir en el mundo es de grande importancia la Confessión. Escrive el doctíssimo Maestro fray Domingo de Soto, del orden de Predicadores, confessor que fue del emperador Carlos Quinto, que de una ciudad de hereges en Alemania, que negavan la Confessión, embiaron embaxadores al mismo emperador Carlos, a pedirle que, | cuando no de otra manera, a lo menos por ley y decreto imperial obligasse a aquella que se confessassen todos alguna vez, porque no se podía vivir con los insultos y maldades que se cometían, en especial la gente poderosa, y que le sería freno averse de confessar. De manera que aun para poder vivir como gente política y de razón es muy importante y necessaria la Confessión. Y assí el Hijo de Dios la puso por precepto de palabra y quiso que se entendiesse en algunas cosas que hazía, como en el leproso que sanó y mandó que presentasse al sacerdote, de que se ha dicho, y refiérelo San Mateo, capítulo octavo. Y San Lucas, en el capítulo diez y siete, dize que otra vez vinieron a él diez leprosos y que les mandó irse a presentar a los sacerdotes, y que en el camino sanaron. De los cuales uno, que era samaritano, bolvió a darle gracias por su recuperada salud. El hijo pródigo de quien escrive también San Lucas en el capítulo quinze, bolviendo a su padre derrochado y muerto de hambre, dixo: «Padre, pequé contra el Cielo y a tus ojos». El ladrón que estava en la Cruz crucificado al lado de Cristo confessó su culpa, confessó a Cristo porque le podía dar Cielo, y salvóse. La gente que venía a oír los sermones altos y maravillosos del gran Baptista San Juan, dize San Mateo en el capítulo tercero que confessavan sus pecados y que él los baptizava. Eran estas cosas prevenciones para la Confessión Sacramental.
Lo más de lo dicho se coligió de las Divinas Letras.

[EJEMPLOS CRISTIANOS]



[1] El sacerdote, ministro de la Confessión, para hazer bien su oficio deve tantear las fuerças del penitente, y, siendo flacas, aunque sus pecados sean grandes, no dezirle razones que le provoquen a desesperación, sino que le animen a penitencia. Llegó un monge moço a confessarse con un viejo melancólico, y confessándole aver tenido algunas tentaciones sensuales, por donde avía pensado irse al siglo, reprehendiéndole ásperamente, diziendo que semejante vicio no tocava a gente religiosa sino a seglares desal- mados, | y que era indigno de nombre de monge, pues avía abierto su pecho a tales torpezas, sucedió que por justo juizio de Dios, el viejo fue combatido de tantos y tales pensamientos torpes, que con mayores veras procuró bolver al siglo y dar lugar a todo lo que le pedía su sensualidad. Mas siendo cierto el abad Apolo, varón santo y muy avisado, del peligro destas dos almas, habló al moço, viéndole triste y la cabeça baxa, aviéndole preguntado la causa de su tristeza y él descubiértosela, y díxole que se con- solasse /(99v)/ y confiasse en la misericordia de Dios, que Él le reme diaría aquel peligro. Declaróle que no era malo el ser combatido de pensamientos torpes, sino el ser vencido y consentir en ellos, y que él avía padecido mucho de aquello y por la misericordia de Dios nunca se dexó vencer. Después, viendo al viejo que ya avía dexado su celda con mal intento y desseava cumplirle, y se iva a la ciudad, opúsosele delante y amonestóle que dexasse de proseguir su jornada, que no era sino llevarle al Infierno, y que le avía sucedido aquel daño por no averse compadecido de la miseria del próximo. Con esto hizo oración por él y la tentación le dexó. Impróvido fue este confessor, pues a sí y a su penitente hizo daño, y no fue sino guiar un ciego a otro, donde ambos cayeran en el hoyo si el abad Apolo, por miseración divina, no se pusiera de por medio para su remedio. Con sabiduría del Cielo dixo el Apóstol San Pablo, escriviendo a los de Galacia, capítulo sexto: «Si fuera hallado en delicto algún hombre, vosotros, sacerdotes míos, que sois espirituales, enseñadle, y esto con espíritu de lenidad, considerándose cada uno a sí mismo, porque no sea él tentado. Ayude uno a llevar la carga del otro, y assí todos cumplirán la Ley de Cristo». Lo dicho es de Casiano en la Colación segunda, capítulo treze.
[2] Serapión Abad, siendo moço y monge, residiendo en el monasterio donde Teonás era prepósito, como fuesse tentado de gula, al tiempo que después de nona se juntavan a comer tomava él escondidamente un pan pequeño que llamavan paximacio y tenía cierto peso que le dava el nombre. Poníale dentro de su seno y después de vísperas comíasele. Sucedió un día que, tratando el abad en presencia de algunos religiosos en la sinaxis o plática espiritual del mal que hazía quien no confessava sus pecados ocultos, quedó Serapión temeroso de la plática y compungido por el hurto del pan que hazía sin confessarlo. Al fin se determinó de dezirlo, y públicamente estando de rodillas delante del abad Teonás, y no bien acabó de pronunciar la culpa, cuando del seno le | cayó en tierra una llama sulfúrea, que causó malíssimo olor a todos los presentes. El abad le advirtió del mal que avía hecho, y visto que estava temerosíssimo y lloroso, assí porque reconocía su culpa como por el sucesso de la llama que despidió de sí, fue necessario consolarle y animarle a que esperasse en Nuestro Señor de lo passado alcançaría perdón, y en lo por venir, por aver confessado su culpa, no sería con tanto rigor tentado en aquella tentación. Como no lo fue, porque la humildad del penitente apagó semejante llama de Satanás. Es de Casiano, Colación segunda , capítulo onze.
[3] Siendo llamado Severo Sacerdote para oír cierta confessión de un enfermo, deteniéndose un poco, halló muerto al enfermo, por lo cual se afligió mucho, y dezía que él le avía muerto y que era su homicida. Llorava el sacerdote, y juntamente orava. Oyóle Dios y el muerto resuscitó. El cual públicamente dixo que siendo llevado de espíritus malignos al Infierno, llegó un ángel, el cual hizo que le dexassen y le restituyó a su cuerpo, porque era la voluntad de Dios concedérsele a las lágrimas y ruegos de Severo Sacerdote. Confessóle y hizo penitencia siete días, y tornó a morir, quedando su alma libre de las ataduras del cuerpo y de las cadenas de los pecados. Procure el sacerdote de no descuidarse cuando fuere llamado a semejante obra, porque si no supiere imitar a Severo en las lágrimas y alcançar lo que él alcançó, no sea castigado por las culpas del que pudiera sacar dellas y no lo hizo. Y procure el enfermo de no dilatar la Confessión, porque la tardanza en confessar el pecado no se impute a pertinacia de querer perseverar en él, como a éste le fuera imputado a tormento eterno si los merecimientos agenos con tiempo no le socorrieran. Y así dize el Eclesiástico, capítulo diez y siete: «Confiéssate vivo y sano; es bien que te confiesses y alabes a Dios y gloriarte has en sus misericordias». Es de San Gregorio, libro segundo de los Diálogos, capítulo doze.
[4] Vido un ermitaño que passavan tres demonios por cerca de su ermita y ivan muy /(100r)/ juntos y negociados. Mandólos de parte de Dios que le dixessen cómo se llamavan. El uno respondió:

-Yo me llamo Coraçón Cerrado, y es porque le cierro cuando por oír sermones alguno se quiere convertir y enmendar la vida. Ciérrole el coraçón, que ni sospirar pueda.

El segundo afirmó que se llamava Boca Cerrada,

-Porque le cierro la boca al que veo que quiere confessar sus pecados y tener dolor dellos, para que no lo haga.

El tercero manifestó y dixo:

-Yo me llamo Bolsa Cerrada, porque cierro la bolsa al que veo que quiere restituir lo mal ganado. Ciérrosela poniendo diversos inconvenientes para que lo dexe, y si no deve, para que no dé limosna aunque corra obligación de darla. Y por esto estamos juntos y andamos negociados, porque el uno ayude al otro en cuanto pudiere.

Es del Promptuario de exemplos.
[5] Un cierto hombre de linaje, bien nacido y tenido en mucho en la ciudad Atrebatense, donde vivía, viéndose pobre y necessitado, y con una hermana que también avía de sustentar en autoridad y honra, andava dando diversas traças como remediarse, y instigado del demonio dio en una malíssima y detestable. Fue a casa de un platero y díxole:

-Un cavallero deudo mío ha venido aquí de secreto y quiere comprar algunas joyas de oro y pieças de plata. Tomad lo más que pudiéredes desto y a tal hora id a mi casa, y allí se hará el precio bien a vuestro provecho.

El platero, que le conocía y tenía en buena possessión, diole crédito. Tomó la plata y joyas él solo por no ir contra el secreto que el otro le avía encarecido, aunque dio cuenta en su casa adónde y a qué iva. Entró en la del otro, el cual le hirió de muerte. Hizo su cuerpo pedaços y echóle en un lugar immundo. Dio cuenta dello a la hermana, diziendo que de aquella manera remediarían su necessidad. La familia y gente del platero, viendo que tardava, fueron a buscarle a aquella casa, y aunque negaron aver ido a ella, por alguna sangre que vieron en las paredes y suelo juzgaron lo que avía sido. Diose parte a la justicia, prendieron a los | dos hermanos viendo las joyas en su casa con la sangre, que eran indicios por donde no pudieron negar el homicidio. Fueron sentenciados a fuego. El hermano estava desesperado sin querer confessar sus pecados al sacerdote ni pedir a Dios perdón dellos. La hermana, muy al contrario desto, sin aver tenido la culpa que el hermano, pues sólo consintió en el delicto, con grande contrición se confessó, y al hermano persuadía que pues perdían los cuerpos no perdiessen las almas. Esto ni cosa alguna que le dixessen sacerdotes y personas religiosas que estavan presentes fue parte para que él compusiesse su alma, y assí, impenitente y desesperado, fue atado a un palo de la una parte, y la hermana de la otra. Pusieron fuego y levantó la llama bien alto. Y quiso Dios mostrar milagro de que el hermano, que no quiso confessarse ni pedir perdón a Dios de sus pecados, en un instante fue tragado y consumido de la llama, y la hermana, que se confessó y pidió a Dios perdón de su culpa, sin recebir daño quedó con vida, y la llama sólo le quemó las ataduras con que estava atado al palo. Visto el milagro por los juezes, dieron por libre a la hermana. Lo dicho es de Cesario en sus Diálogos.
[6] Un hombre devoto de la Madre de Dios cayó en cierto pecado vergonçoso y no osava confessarle al sacerdote. Fuese a un lugar secreto y hablando con Dios, dixo:

-Señor mío, ten de mí misericordia; yo cometí este pecado, y la vergüença me impide que le confiesse al sacerdote. A ti, mi Dios, le confiesso y pido que me perdones.

Y aunque esta confessión bastara antes que Dios se hiziesse hombre, mas después de hecho hombre y promulgado el precepto de la Confessión y Penitencia conviene y es necessario que el pecador se confiesse al hombre que está en lugar de Dios, que es el sacerdote y confessor. Y assí, por la ceguedad y dureza deste hombre, duro en no querer confessar su culpa sacramentalmente y ciego en pensar que bastava confessarse a Dios solamen- te, /(100v)/ pudiéndose confessar al sacerdote, permitió Dios que fuesse engañado en esta manera, que tomando el demonio figura y traje de sacerdote se le presentó delante y díxole:

-¿En qué estás pensando?

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