De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[7] Si es felicidad ser elocuente y tener fuerça en la lengua para dezir bien, y que a todos agrade lo que se dize, no se dé la palma en este particular a Pericles, aunque cuando hablava parecía que caían espantosos rayos y sonavan truenos, ni a Hipéride, que fue igual a Pericles /(163r)/ en elocuencia, ni a Demóstenes, a quien en su tiempo ninguno igualó en saber hablar. Sólo uno alcançó en esto la felicidad, y fue Marco Tulio Cicerón, cuyo nombre en boca de muchos es lo mismo que elocuencia, pues queriéndole dar nombre de muy elocuente dizen «Es un Cicerón». Fue mayor su felicidad en echar de Roma a Catilina y a Antonio, que eran destruición de la República, y la Ley Agraria, que no menos la tenía perdida. Todo esto concluyó felizmente y la lengua latina de tal manera la acrecentó y ennobleció, que no fue por ello digno de menos loor que si ennobleciera y acrecentara el Romano Imperio. Y toda esta felicidad se remató en morir violentamente y venir su cabeça en poder de una muger que la punçava la lengua, tomando vengança en ella porque avía descubierto las traiciones que tenía armadas contra Roma la persona que le tocava. Es de Sabélico, libro séptimo.
[8] Quien parece que si sólo a lo del mundo se mira fue felicíssimo, pues desde que nació hasta que murió no le sucedió cosa adversa que fuesse de importancia y tuvo mil de prosperidad, fue Quinto Metelo. Nació en Roma, ciudad cabeça del mundo, de nobilíssimo linage. Alcançó raras dotes de la alma y grandes fuerças del cuerpo, con que en cualquier trance y trabajo de guerra salía bien. Tuvo muger honestíssima y fecunda. Alcançó el Consulado y el nombre de emperador, y gozó de la honra del triumfo por victorias insignes que ganó. Tuvo tres hijos que en tiempos diversos fueron cónsules. Otro fue censor y otro pretor. Destos triumfaron dos. Casó tres hijas y vido dellas nietos. De mil partes y de mil ocasiones le davan la norabuena. Nunca vido muerte, ni entierro, ni lloro en su casa, ni ocasión de tristeza en toda su vida. Llegó a muy viejo y murió de una enfermedad fácil y no muy penosa, cercado de hijos y nietos, abraçando a unos | y despidiéndose de otros. Su cuerpo muerto fue llevado en ombros de sus hijos y hiernos por la ciudad, adonde se le celebraron las honras funerales. Dízelo Valerio Máximo, libro séptimo.
[9] Con Quinto Metelo puede juntarse Augusto César en la felicidad, porque fue emperador de Roma y gozó de mucha paz, de vida larga y buena muerte. Ambos fueron gentiles, y si en esta vida no les tocó infelicidad, tiénenla muy cierta en el Infierno, y assí no ay que tenerles embidia. Es de Guidón, en el De exemplos.
[10] Policrates fue muy rico y poderoso príncipe. Era tan felice y dichoso en todos sus negocios y tratos, que en su vida no tuvo disgusto ni enojo. Preciávase desto en presencia de Amasis, rey de Egipto, su grande amigo. Él le dixo que temiesse las felicidades desta vida, que son sospechosas, y siempre tienen fines adversos y desafortunados. El Policrates le replicó que el quería mostrar cuán señor era de la fortuna, y con esto tomó un anillo de una esmeralda de grande estima y echóle en el mar, estando confiado de que bolvería a su poder. De a pocos días, comiendo juntos, truxéronle un pece y dentro dél vino el anillo. Quedó muy admirado desto Amasis, y dixo que no quería tener amistad con hombre tan dichoso, porque estava cierto le sucedería alguna grande adversidad, de que alcançaría parte a sus amigos. Y no se engañó, porque passado algún tiempo, hízole guerra Darío, rey de Persia, y Oronte, capitán suyo, le prendió y le mandó poner en un palo, donde murió miserablemente. Plinio, en el libro treinta y tres, capítulo primero, y en el treinta y siete, también capítulo primero, haze mención deste Policrates, y dize que estava este mismo anillo y piedra en Roma, y se mostrava en el templo de la Concordia, donde le ofreció Augusto. Dize más, que sucedió la muerte /(163v)/ de Policrates a los dozientos y treinta años de la fundación de Roma. También escriven dél Cicerón, libro quinto, De Fi- nibus; | Estrabón, libro catorze; Heródoto, libro tercero; y Valerio Máximo, libro sexto.
Fin del Discurso de Felicidad. |

DISCURSO TREINTA. DE FIDELIDAD DE CASADOS

Plutarco, en sus Morales, dize que siéndole preguntado a un lacedemonio qué pena davan en su tierra al adúltero, porque Licurgo en sus leyes no hizo mención dellos, respondió:

-No ay hombre adúltero en Lacedemonia.

-Y si huviesse -replicó el que lo preguntava-, ¿qué pena le darían?

Dixo a esto:

-No sé yo cómo puede aver adúltero en Lacedemonia, donde las riquezas y deleites, los ornamentos y vestidos curiosos no son tenidos en estima, y la honestidad y modestia son muy estimados.

En el presente Discurso se verán muchos exemplos de fidelidad entre casados.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Exemplo de buenos casados fueron Abraham y Sara. Y advirtiólo el Apóstol San Pedro, diziendo en su Primera Carta, | capítulo tercero, que no se contentava Sara con llamar a Abraham marido, sino que le llamava señor y le obedecía con humildad. Isaac y Rebeca fueron otro par de buenos casados, mostrándose ella en su presencia vergonçosa y humilde, y él no admitiendo en su compañía otra muger, como otros Patriarcas las admitieron, contentándose con ella sola. Es del Génesis, capítulo diez y ocho, y veinte y cuatro.


[2] No quiero poner por exemplo de buenos casados a Adam y Eva, aunque ellos fueron santos y se salvaron, pues ella le fue ocasión del grave mal y daño en que incurrió con su pecado, solicitándole a que comiesse de la fruta del árbol vedado, y assí pecasse. Ni a Salomón, aunque quiso tanto a sus mugeres que antepuso su amor al de Dios, atreviéndose a ofenderle con pecados de idolatrías por agradarlas a ellas, adorando sus ídolos y falsos dioses. Es del Génesis, capítulo tercero, lo que toca a Adam, y lo que a Salomón, del Tercero de los Reyes, capítulo onze.
Colígese lo dicho de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Dos santos ermitaños, después de aver servido a Dios fielmente toda la vida, y siendo ya viejos, pidieron a su Magestad diversas vezes que les declarasse para consuelo suyo con quién los igualava en merecimiento de los que vivían de presente, y un día oyeron una boz, que les dixo:

-Cerca de aquí, en Egipto, está una villa, y en ella viven dos casados llamados Eucaristo y María; mucho será si llegáis a su merecimiento.

Fueron a buscar los casados y llegaron | a una humilde casa, donde la muger estava. Preguntáronle por su marido, y respondió que era pastor y que estava apacentando su ganado. Aguardáronle, y siendo tarde vino con las ovejas, y viendo a los benditos ermitaños, con grande caridad y con mucho amor les labó los pies y les puso la mesa, rogándoles que se sentassen y comiessen. Respondiéronle:

-Ninguna cosa comeremos si primero no nos das cuenta de tu vida.

Eucaristo, con mucha /(164r)/ humildad, respondió:

-Yo soy pastor de ovejas, y ésta es mi muger.

-Más queremos saber de lo que dizes -añadieron los ermitaños-. Rogámoste que nos lo declares.

Escusávase el buen hombre con mucha humildad, hasta que le dixeron que Dios los avía embiado a él, y oyendo esto, Eucaristo temió, y dixo:

-Estas ovejas tenemos de nuestros padres, y las ganancias y mejoras dividímoslas en tres partes: una damos a pobres, otra a peregrinos, y la tercera nos sirve de sustento. Desde que nos casamos vivimos en una casa, y nunca de noche nos avemos visto juntos, y assí los dos permanecemos vírgines. A la noche nos vestimos dos sacos, y cada uno duerme a su parte. De día nos ponemos el vestido que veis, y de lo dicho hasta oy no avemos dado cuenta a persona alguna. Vivimos en paz y conformidad.

Oyendo esto, los ermitaños glorificaron a Dios y bolvieron a sus ermitas. Lo dicho es del De Vitis Patrum.


[2] Navegando cierto mercader caudaloso, padeció naufragio y perdió su hazienda, y mucha otra agena de diversos acreedores, los cuales le echaron preso, secuestrándole los bienes que en su casa tenía, sin perdonar los vestidos y joyas de su muger. La cual se fue a la cárcel donde el marido estava y llorava con él su miseria, sin tener con qué sustentarle, ni de sólo pan. Estando un día lamentándose, entró en la cárcel un ombre rico para dar limosna a los presos, y vista la muger, que era muy hermosa, aficionósele. Hízola ir por orden del carcelero a un aposento apartado y preguntóle quién era y la ocasión por que estava en aquella cárcel. Ella le dio cuenta de su vida y trabajo, y oído por él, díxole:

-Yo te pagaré tus deudas si cumples con el amor y afición que te tengo.

A esto respondió la muger:

-Sabido he, señor, que dize el Apóstol San Pablo que la muger casada no tiene poderío en su proprio cuerpo, sino su marido. Déxame que yo le hable, y lo que él quisiere que haga, | haré.

Habló al marido, no sin derramar muchas lágrimas, considerando a qué punto avían venido, que la necessidad los forçasse a poner en plática una cosa tan mala y detestable. Mas, siendo el marido hombre de honra y muy prudente, junto con temer a Dios, no pudo en él tanto la esperança de salir de la cárcel, que diesse

lugar a tal pecado y baxeza, y assí dixo a la muger:

-No des oído, hermana, a cosa tan mala. Despide esse hombre, que yo espero en el Señor que al fin nos tiene de remediar.

Y con esto sus ojos se tornaron fuentes y dio algunos profundos gemidos. Fue la muger al otro, que esperava respuesta, y díxole:

-Mi marido no quiere;

y dexóle. Antes desto estava preso en aquella misma cárcel un famoso ladrón, y tenía su aposento junto al del mercader, con una ventana que se podían ver y hablar ambos. Oyó toda la plática y resolución de los dos casados, y dolióse dellos, alabando su casto propósito y no dexando de admirarse en que huviesse estimado en más la virtud que el dinero, y la castidad, que la libertad.

-Bien al contrario -dize- de lo que yo he hecho, que por enriquezerme he quitado a muchos las vidas, y aora pierdo la vida y lo adquirido en robos.

Hablóles desde la ventana, y díxoles:

-Yo he sido ladrón y he muerto mucha gente, y espero de una hora a otra que me han de justiciar y quitar la vida. He oído vuestra determinación prudente y casta y heme compungido. Por tanto, iréis a tal parte de la ciudad, y hallaréis debaxo de tierra una suma grande de dinero que yo robé, cuyos dueños yo maté, y no se puede averiguar a quién se deva restituir. Aprovecháos dello; pagad vuestras deudas, vivid con lo restante y rogad a Dios por mi alma, para que, en saliendo desta vida, alcance dél misericordia.

No passaron muchos días, que el ladrón fue sentenciado a muerte por la justicia. Habló la muger al marido, y díxole:

-Si me das, señor, licencia, iré al /(164v)/ lugar que nos dixo el ladrón y veré lo que en él ay.

Respondióle:

-Haz, hermana, lo que te pareciere.

La muger fue de noche con un pequeño açadón, y cabando donde el ladrón dixo, halló una olla bien cubierta. Llevóla de allí y guardóla en lugar seguro, y usando de mucha prudencia iva sacando della poco a poco el dinero, y dava, ya a un mercader, ya a otro, porque pareciesse que le prestavan el dinero. Pagó toda la deuda; sacó a su marido de la cárcel y vivieron de lo restante, dando exemplo el hecho de la fidelidad de dos buenos casados temerosos de Dios. Y déxase entender que la muger no fue al marido con intento de que, dándole licencia, fuera mala, sino por librarse de aquel hombre importuno, y cierta de que respondería lo que respondió. Lo dicho es del Prado Espiritual, capítulo ciento y ochenta y nueve.


[3] Dominico Catalusio, príncipe de Lesbos, mostró amar a su muger grandemente, en que enfermando ella de lepra asquerosa, y estando su cuerpo hecho una llaga, despidiendo de sí podre y un pestilencial hedor, nunca apartó mesa ni cama, porque la caridad conjugal le quitó el temor de ser inficionado della, y le hizo que no sintiesse el mal olor, sino que la tenía por propria carne suya, como es proprio de casados. Refiérelo Fulgoso, libro cuarto.
[4] Siendo señor de Parma Gisberto Corregiense, los parientes de su muger levantaron conjuración contra él, y fue de manera que le convino irse huyendo de la ciudad. Rolando Roscio, hermano de la muger, quiso llevarla a su casa y quitarla de entre soldados y hombres de guerra, donde estava, mostrando grande esfuerço en favor del marido. La cual, oyendo lo que el hermano le dezía, mirándole airadamente y llamándole traidor, le dixo:

-No quiera Dios que yo entre en casa donde me profane y manche, aviéndose ordenado en ella tan grande traición contra pariente y su bienhechor, ni coma pan que los perros hambrientos por no parti- cipar | de la mácula de traición evitarían. Antes pienso irme con mi marido, a quien engañaste dándole a mí por muger, y pondréme delante dél para que en mí tome de ti vengança.

Dicho esto, los pies descalços y los cabellos sueltos, se fue a Castro Novo, donde el marido estava, y derribada delante dél le pidió llorando que con su muerte vengasse la injuria que su hermano Rolando le avía hecho. Refiérelo Eborense.
[5] En la ciudad de Austum, de la Alta Borgoña, avía un varón claro en linaje, rico y letrado, llamado Reucio. El cual, cuando moço, se casó con una donzella de las mismas prendas que él tenía, y con ella vivió en castidad algunos años exercitándose ambos en obras virtuosas y santas. Vino a que la muger cayó enferma, y, estando cercana a la muerte, pidió con mucha instancia a Reucio, su marido, que en su muerte le sepultassen donde ella estaría sepultada, porque estuviessen juntos en una sepultura aquellos a quien conservó el amor de la castidad puros y sin mácula. Él se lo prometió. Y, siendo ella muerta, como él quedasse viudo y exercitasse en lo que de primero y con más fervor, vacando el obispado de Austum, fue electo en obispado, y en esta dignidad, administrándola sanamente, acabó la vida. Los de Austum trataron de sepultarle en su iglesia catedral, mas, al levantar el cuerpo, no fueron possibles fuerças humanas para moverle, y estando dubdosos de lo que harían, un viejo dixo que su muger le avía conjurado al tiempo de su muerte que se sepultasse en su sepulcro. Oído esto, con facilidad levantaron el cuerpo para llevarle a donde la muger estava. Y al tiempo de ponerle en la sepultura, el cuerpo habló y dixo:

-Acuérdate, dulcíssima muger, de lo que me pediste. Recibe el cuerpo cuya compañía casta gozaste.

Y diziendo esto, el sepulcro tembló, y los huessos de la muger se llegaron por sí mismos a una parte, y dieron lugar al santo obispo. Es del mismo Eborense.
[6] Un labrador del reino de Nápoles, /(165r)/ teniendo su casa cerca del mar, y saliendo cossarios a tierra, captiváronle la muger, sin verlo él por estar ausente. Cuando bolvió y entendió lo que passava, teniendo por cierto que la muger iva en una galera que estava apartada de tierra, llegó a nado a ella, y dixo en boz alta:

-Lleváisme mi muger, pues llevadme a mí con ella.

Admiráronse los cossarios de ver prendas de amor tan grandes en hombre que desmenuzava terrones. Lleváronle captivo con la muger y presentáronlos al rey de Túnez, refiriendo el caso, que fue para él tan nuevo y bien recebido, que les dio libertad y hazienda con que vivieron muy contentos, siendo él hombre de su guarda. Dízelo Fulgoso, libro cuarto.
[7] El mismo Fulgoso escrive que en su tiempo Cecilia Barbádica Veneciana, muerto su marido, Filipe Vendramino, tuvo tal sentimiento, que ni por ruegos ni por amonestaciones de parientes quiso comer cosa alguna, hasta que murió. Fue muestra de mucho amor, y si dexó de comer pudiendo, no fue sin culpa.
[8] En la ciudad de Parma, en Italia, residían dos casados nobles, passando su vida | en grande amor y conformidad. El marido tenía enemigos, los cuales entraron de noche estando los dos acostados en su cama, y quisieron matarle. Hiriéronle, aunque livianamente, mas dexóse caer de la cama y pudo irse del aposento. Començaron a herir a la muger, pensando ser el marido, la cual, pudiendo dar bozes, y ya que no de otra manera con declararse que era ella la que herían, la dexaran sin duda, porque sólo con él tenían el enojo, mas, temiendo ella que si hablava y se declarava, seguirían al marido y le matarían, escogió antes ser ella la muerta, por el amor grande que le tenía, y assí quedó herida de muerte, huyendo sus matadores. Bolvió luego el marido, y sólo pudo dar los últimos abraços a su querida muger, sintiendo su muerte como si fuera la propria suya y quedando con grandíssimo quebranto por perder prenda tan de estimar. Y si hizo por conservar la vida y no se dexó morir de pena y quebranto, fue por vengar aquella muerte, como la vengó por justicia de todos los homicidas. Refiere lo dicho Juan Baptista Giralo, en el Diálogo de Amor. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS



[1] Nino, rey de Assiria, para casar con Semíramis, pidiéndolo ella por condición precisa, le dio por un tiempo breve el gobierno de su reino, haziéndola dél señora enteramente. Deste señorío se aprovechó ella de suerte que, echadas raízes, primero murió (con ser bien larga su vida), que dexasse el cetro y corona dél. Mostró bien que tenía amor a la muger quien por hazer su gusto se puso a perder el reino, y aun si creemos a los que escriven estos cuentos, también a bueltas perdió la vida. Refiérelo Sabélico, libro tercero. Diodoro Sículo, también libro tercero, descubre más esta historia; dize que Semiramis estava antes casada con Menón, y que se la pidió Nino, ofreciéndole en trueco y cambio una hija suya llamada Sosane. Contradíxolo Menón. Ame- nazóle | el rey que le sacaría los ojos si no venía en ello. Visto por él que se la avía de quitar el rey por fuerça, temiendo más verse sin Semiramis que sin vida, con un lazo se la quitó. Hase de alabar aquí, no el matarse, que fue hecho de bárbaro, sino el amor que tuvo a su muger, que le fue dello ocasión.
[2] Entre otros moços amigos de ganar honra en hechos de armas que siguieron a Jasón en el viaje que hizo por el Vellocino Dorado a la isla de Colchos, fueron algunos de los minios, que son pueblos de Tesalia. Éstos, a la buelta que Jasón hizo acabada su jornada, quedáronse por vezinos en una isla llamada Lemno. De allí fueron echados de los pelasgos, que les hizieron guerra y ganaron la tierra, a unos montes dichos Taigetos, cerca de /(165v)/ Lacedemonia. Y porque fueron conocidos del linaje que venían, y teniendo lástima dellos los mismos lacedemonios, los recibieron en su ciudad y casaron con donzellas de aquella tierra nobles. Ensoberveciéronse ellos y quisieron ser señores y tiranizar la tierra, por lo qual los que en esto se hallaron culpados fueron presos por los lacedemonios y sentenciados a muerte. Era costumbre en aquella gente que de noche se executava semejantes castigos de sangre. Las mugeres destos presos fueron la misma noche a verlos y siéndoles dado lugar de las guardas para hablarlos secretamente, trocaron vestidos con los maridos, y ellos salieron libres, quedando ellas esperando la muerte, dando en esto testimonio del amor conjugal que les tenían ser grande. Dízelo Valerio Máximo, libro cuarto.
[3] En dos batallas fue vencido el rey Dario de Persia por el Magno Alexandre. Y con perder la mayor parte de su estado y no pequeña de sus riquezas, ninguna señal mostró de tristeza, hasta que fue certificado de que su muger no parecía. Llorava y dava bozes como hombre fuera de juizio. Consolóse algo viniéndole nueva que estava viva en poder de Alexandre, mas, viniendo después otro mensajero, y afirmándole que era muerta de parto, hizo muy mayor sentimiento, llorándola sin consuelo alguno. Y fue señal que la amava más que riquezas ni reino. Refiérelo Sabélico, libro tercero.
[4] Cianipo de Tesalia y Emilio Sibarita fueron dos hombres muy amigos de caça, aunque en diversos lugares y tiempos, mas sucedióles un mismo caso; porque teniendo sus mugeres celos dellos, siguiéndolos hasta las montañas donde se escondían, mirando si hablavan con otras mugeres, sintieron los perros allí ruido, corrieron a ellas, y antes fueron de sus dientes despedaçadas que se conociessen por mugeres, y mucho menos por proprias. Era grande el amor que ambos las tenían, y fue de suerte que, impacientes del dolor que padecían, por aver llegado | la pena a la aflición, que ambos se mataron. Y aunque el matarse fue malo y pecado gravíssimo, mas declaróse por las muertes que se dieron que muy de veras amavan a sus mugeres. Dízelo Fulgoso, libro cuarto.
[6] Artemisa, reina de Caria, mostró el amor que tuvo a su marido Mausoleo ser grandíssimo, pues siendo muerto le labró un sepulcro que se contó por una de las siete maravillas del mundo. Es de Valerio Máximo, libro cuarto.
[7] Hipsicratea Reina, muger del rey Mitrídates, fue tan apassionada en amarle y serle fiel, que por andar de ordinario él en guerras, se cortó el cabello y en traje de varón con armas y cavallo andava siempre a su lado. Y siendo el marido vencido de Pompeyo, y huyendo por estrañas tierras y gentes, ella le acompañó y le fue singular consuelo en sus trabajos y afliciones. Dízelo Valerio Máximo, libro cuarto.
[8] Claudio Plautio Númida, oyendo la muerte de su muger, hirióse con un cuchillo en el pecho. Fuéronle a la mano sus criados, quitáronle el cuchillo, ligáronle la llaga y dexáronle en un aposento solo, quitándole las ocasiones de tornarse a herir. Visto por él, desatóse la herida y con las manos se la hizo mayor, hasta que dio la alma. El hecho fue de bárbaro y pecado, mas declaró en él el amor grande que tenía a su muger. Es de Valerio Máximo, libro cuarto.
[9] San Hierónimo, escriviendo contra Joviniano, dize de Lecostene, hija de Moción Areopagita, que, muerto su marido, importunada se casasse con otro, dixo que /(166r)/ no podía hazerlo, porque aunque su esposo para otros era muerto, para ella todavía era vivo, teniendo siempre en su coraçón frezca su memoria. Y porque no la hiziessen fuerça a casarse, se privó de la vida.
[10] Ania Romana, estando viuda y teniendo muy fresco en la memoria el amor del marido, persuadiéndola que se casasse segunda vez, pues estava moça y hermosa, respondió que en ninguna manera lo haría, porque si hallasse otro buen marido como el primero estaría siempre en mortal congoxa si le avía de perder, y por el contrario, si fuesse malo, no menos sería de muerte su aflición en aver de padecer tan grave mal, el cual sin necessidad alguna ella le avía escogido. Valeria, otra romana, dio semejante respuesta hablándola sobre que de nuevo se casasse y añadió que para otros su marido Servio era muerto y que para ella todavía era vivo. Dízelo Fulgoso, libro cuarto.
[11] Triaria, muger de Lucio Vitelo, armada seguía en la guerra a su marido y cuando se dava alguna batalla, como fue en Terracina, que el Vitelo acometió de noche, ella se vido entre lanças y espadas hiriendo y matando sin que diesse ventaja a otro valiente soldado, y todo lo hazía porque tenía su pecho mugeril encendido con el amor de su marido Vitelo. Es de Fulgoso, libro cuarto.
[12] Tiberio Graco, romano, casado con Cornelia, era sin término el amor que se tenían. Vido un día en su casa y aposento dos culebras macho y hembra, y por ser agorero como lo eran muchos de los gentiles, llamó un arúspice o hechizero que le declarasse aquel portento. Y ayudado del demonio le dixo que le convenía matar la una culebra, y que si matava primero la hembra moriría primero su muger, y si el macho, sería él el muerto. Mató el macho y su muerte se siguió a pocos días. Y podríase dificultar de su muger Cornelia si fue más dichosa en tener tal marido, que desdichada en perderle tan presto. Dízelo Valerio Máximo, libro cuarto.|
[13] Julia, hija de Cayo César y muger del Magno Pompeyo, viendo traer un vestido suyo a casa ensangrentado de ciertas fiestas que se celebravan en Roma, creyendo que el marido quedava muerto o malherido, cayó en tierra con grande espanto, malparió luego, y juntamente acabó la vida, con grande daño del Romano Imperio, porque si ella viviera tuvieran amistad César y Pompeyo como suegro y hierno, y escusáranse tantas batallas civiles y muertes de gentes como murieron por ocasión destos dos fortíssimos capitanes, estando discordes entre sí. Es de Valerio Máximo, libro cuarto.
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