De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[5] No sólo se halla la virtud de fortaleza en pechos varoniles; también mugeres se han señalado en ella. Juana, donzella francesa, llamada comunmente la Poncella, señalada fue en fortaleza. La cual, siendo hija de Jacobo Arco, pastor pobre en Lotaringia, y estando el reino de Francia a punto de perderse y venir en poder del rey de Inglaterra, esta donzella fue al rey francés y se ofreció de darle su reino libre, como lo hizo. Porque, dándole crédito el rey Carlos Séptimo (que a la sazón tenía el título de rey, aunque no la corona, porque la ciudad donde se avía de coronar de Rheins no estava en su poder), tomando a cargo el exército, dando una y otra batalla al enemigo y alcançando dél una y otra victoria, vino el negocio a término que el nombre de la Poncella era tan espantoso a los ingleses, como antes lo avía sido el nombre inglés a los franceses. Y assí, expeliéndolos de Francia, libre la ciudad de Rheins, el rey se coronó en ella y quedó apossessionado en el reino que antes tenía casi perdido. Fue esto por los años de Cristo de mil y cuatrocientos y treinta. En Bohemia fue assí mismo insigne en fortaleza Vallasca donzella, la cual primero se crió en palacio de la duquesa Libusa, y, muerta ésta, juntó consigo un exército de mugeres, al modo de amazonas, y hizo guerra a Primislao, duque de Bohemia, y en una batalla mató por sus manos siete valientes soldados y alcançó algunas victorias. Al cabo de una emboscada, Vallasca y algunas otras de sus mugeres fueron muertas, aunque primero vengaron bien sus vidas. El Pe- trarca | haze mención y dize que fue testigo de vista de una donzella llamada María, natural de cierto pueblo del reino de Nápoles, que se dize Puteolo, la cual andava armada entre soldados, y en diversos trances en que se vido, ella era la primera que acometía y la postrera que se retirava, hiriendo y matando muchos de los enemigos y recibiendo ella no pocas heridas. Sanava dellas y tornava de nuevo a pelear, causando a todos los que la conocían y veían espanto y admiración. El Petrarca no sólo alaba su fortaleza, sino su castidad, que, con ser muger libre y andar siempre entre soldados, nunca su tuvo della sospecha ni mal indicio, sino que de todos era tenida por honestíssima donzella. Ursina, muger de Guidón Taurello, señor de una fortaleza llamada Guastala, estando ausente su marido, vino el exército de los venecianos a cercarla. Ella se armó, subió en un cavallo, y con la gente que tenía, no conten tándose de defender la fuerça estando dentro, salió al enemigo, y matando por sus manos a muchos de los principales hizo huir a todo el poder de Venecia y quedó libre su castillo. Philippe de Valois, rey de Francia, aviendo mandado matar en la ciudad de París a Juan, duque de Bretaña, un deudo suyo llamado también Juan, que era conde de Blois, pretendió aquel ducado. Hizo gente y favoreciéndose de otros poderes estraños fue a tomar la possessión dél, mas la viuda, muger que avía sido del duque Juan, tomó armas, hizo gente, salió contra el conde, y diose tan buen modo, que en una batalla que se dieron le mató y dexó a sus hijos libre el ducado de Bretaña. /(170v)/ Margarita, hija de Vuoldemaro, rey de Suecia, y muger de Avino, rey de Nuruega, aviendo venido a su poder ambos reinos por muerte del padre y del marido, añadiendo a ellos el de Dacia también por muerte de Olao, hijo suyo, levantóle guerra Alberto, duque magnopolense, pareciéndole que por ser muger le quitaría las tres coronas y haría dellas una para sí, llevando el ducado proprio a las ancas. Y engañóse, porque la viuda, rabiosa con tantas muertes, le salió al encuentro con buena gentezilla, y manijó el negocio de tal suerte que le venció y captivó, y a modo de vencedor romano bolvió con él triumfando a su casa. Orieta de Oria, genovesa, estando en la isla de Lesbo, llegó allí la armada de Amurates, Gran Turco, y puso cerco a un fuerte llamado Molagno, donde era governador Lucas, marido de la misma Orieta, aunque ausente. Hallóse con poca gente la valerosa muger y con poco ánimo, de modo que tratavan de darse al enemigo, por lo cual ella los quiso dar al diablo. Armóse y hízolos armar a todos, púsose a la defensa del muro, y diose tan buena mano, que mató a muchos, y los demás, desconfiados de poderle entrar, se fueron. En la guerra que Mahometo, Gran Turco, hizo a los venecianos, llegó su armada a Mitilene y cercó un fuerte llamado Coccino. Hallóse dentro dél una donzella valerosa, cuyo nombre era Marulla, la cual, en un rencuentro, viendo morir a su padre y que los de su parte davan muestra de huir, ella, sin hazer sentimiento de aquella muerte, desnudándose de la cobardía y temor mugeril junto con el traje y vestido, tomó el proprio de su padre muerto y sus armas, y se fue | a donde estava el peso todo de la batalla. Començó a herir y matar con tanto ánimo y valentía, que los de su parte, cobrando ánimo, dieron tal carga al enemigo, que le arrancaron del campo y hizieron huir, quedando descercado el fuerte, y la isla toda libre de enemigos. Todo lo dicho destas valerosas y fuertes mugeres refiere Fulgoso, en el libro tercero.
[6] En este Discurso de Fortaleza se pudieran poner diversos exemplos de reyes, príncipes y cavalleros, que tienen el mundo lleno de sus hazañas y hechos valerosos. Como fue un Bernaldo del Carpio, Rodrigo de Bivar, llamado el Cid Campeador, el Conde Fernán Gonçales, con otros valientes españoles; un Godofre de Bullon, y sus Cruzados, que sacó de las tierras del Imperio y passó con ellos a la conquista de la Tierra Santa, ganando por fuerça de armas la santa ciudad de Hierusalem; los esforçados y muy nombrados Paladines de Francia, Roldán, llamado Orlando, Reinaldos, con el emperador Carlos Magno; el rey Artus de Inglaterra, con los cavalleros de la Tabla Redonda, Lançarote, Tristán y los demás. Aunque por no hazer largo processo, y que sólo este Discurso llegara al término que se pretende dar a todo el libro, lo dexaré, remitiéndome a lo que de todos ellos está escrito. Advirtiendo al lector que ponga en su proprio predicamento y puesto a los autores que dellos escriven, ni creyendo a todos, ni juzgando lo que todos dizen por fábulas y ageno de verdad. Pues de todos éstos ay historiadores graves y fidedignos, y de algunos, como de Orlando, quien escriven fábulas. /(171r)/
[7] En el año de mil y dozientos y noventa y tres, siendo rey de Castilla don Sancho el Cuarto, un hermano suyo llamado don Juan, andando desavenido dél, juntóse con moros y puso cerco a Tarifa, que guardava un muy leal y muy esforçado cavallero, llamado Alonso Pérez de Guzmán. Estava un hijo déste con el infante don Juan, el cual le servía de paje; amenazó al padre que se le degollaría si no le dava a Tarifa. Respondióle desde el muro que le daría cuchillo con que le degollasse antes que dar la fuerça. El don Juan, lleno de rabiosa ira, degolló al nuevo Isaac a vista de muchos soldados que estavan por los muros, los cuales, de lástima, levantaron grandes alaridos. Oyólo Alonso Pérez, que entonces estava comiendo con su muger; salió a ver lo que era y si se combatían los muros. Dixéronle los soldados:

-¡Oh, señor, que os han degollado vuestro hijo!

Él, sin alteración les dixo:

-Por mi fe que me avíades alborotado con vuestras bozes, que pensé que se entrava la villa.



Bolvióse luego a la mesa a acabar de comer con su muger, sin dezirle lo que passava. Visto esto por los principales moros que estavan en el cerco, levantáronle y bolviéronse a Africa. Refiérese en Corónicas de España.
[8] El rey don Alonso, el Sexto de Castilla, aviendo puesto cerco muy apretado a Toledo, en que mostró su valentía y destreza, diósele con condición que el rey Hiaya Alcadirbile, que al presente reinava en ella, pudiesse ir libre a la ciudad de Valencia, o a donde quisiesse, con los moros que le siguiessen y sus haziendas, y que el rey don Alonso le ayudasse a cobrar aquella ciudad del rey mo- ro | que la tenía. Y que los moros que quisiessen quedar en Toledo lo pudiessen hazer, con los fueros y exemciones que tenían antes en tiempo de moros, y que quedasse por ellos la Mexquita Mayor, que aora es la Santa Iglesia, aviendo de dar al rey el Alcácar y la huerta que llaman del Rey, y assí entró en Toledo en veinte y cinco días de mayo, jueves, fiesta de San Urbán, año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y ochenta y tres, en el año dézimo de su reinado, que fue era de César de mil y ciento y veinte y uno, aviendo estado la ciudad en poder de moros por trezientos y sesenta y nueve años. Dízelo el autor del Compendio Historial.
[9] En el tiempo que el marqués de Pescara, don Fernando de Avalos, andava en las guerras de Lombardía, aviéndose travado entre españoles y franceses cierta escaramuça, començó a jugar la artillería, y vino a herir una pelota a Luis de Serna, soldado español que andava puesto en hilera en su escuadra, y no valiendo la defensa de un coselete que tenía, entró la pelota por medio de los pechos en lo hueco del cuerpo, y sintiendo que le baxava a las tripas, apartado un poco de su ordenança, con maravilloso esfuerço y fortaleza, sacando un cuchillo se hizo una pequeña herida, por la cual, a bueltas de los intestinos (cosa que parece increíble) salió la pelota, y bolviendo con los dedos las tripas adentro, sin perder el ánimo, hizo con la punta del cuchillo en una y otra parte algunos agujeros en sus mismas carnes, y passando por ellos una cinta clavada que quitó de sus calças, cosió la avertura que avía hecho, y buelto a su hi- lera /(171v)/ no se conoció en su semblante lo que avía padecido, sino que hizo su presencia entre los muy sanos el que tenía el cuerpo por dos partes abierto. Hasta que, poco después, le hirieron con otro arcabuzaço en la ceja y le quebraron un ojo, por lo cual le convino salir de la escuadra, y fue curado no con menos diligencia que admiración. Y estando sano vino a Valladolid, donde estava el emperador Carlos Quinto, y mostrando el testimonio de su fortaleza y valentía, le hizo merced su Magestad de cien ducados de renta de por vida. Refiérese en la Historia del Marqués de Pescara, don Fernando de Avalos.
[10] En la misma Historia de don Fernando de Avalos, Marqués de Pescara , se dize que governando Antonio de Leiva el estado de Milán por el emperador Carlos Quinto, el conde Claudio, cavallero italiano, fue a bolar una garça, y apartándose de su gente vido cuatro soldados italianos, los cuales dos a dos querían combatirse. El conde llegó a ellos y hablándoles cortésmente les rogó que pusiessen en sus manos la causa por que se querían matar, que él daría orden como se concertassen. Respondiéronle que no podían concertarse si no era con muerte de alguno dellos. Visto por el conde el poco caso que dél hazían, poniendo mano a su espada y rebolviendo un herreruelo al braço, fue para ellos, pensando que le ternían respeto. Lo cual ellos no hizieron, antes todos bolvieron a él para herirle. Viendo él su poca cortesía, diose con ellos tan buena maña, que mató los tres y hirió al otro malamente, el cual se le rindió. De modo que el ser mal criados y villanos con el conde les hizo más daño que les huviera hecho | la batalla que entre sí, con demasiado enojo, pensavan hazer.
[11] También se refiere en la propria Historia del Marqués que en cierta batalla en el reino de Nápoles, teniendo un soldado a su enemigo debaxo de sí y con la boca en tierra para darle de puñaladas, rogóle que le dexasse bolver de pechos y que le matasse. Preguntóle qué le movía a tal demanda, y respondió:

-Porque si me hallaren mis amigos muerto, no se avergÜençen de verme las heridas en las espaldas.

Oído esto por el vencedor y visto en cuanto preciava la honra, no sólo dexó de le herir, mas quiso que fuesse su amigo en adelante.
[12] El Capitán Oviedo, en la Historia que hizo de Indias, libro diez y seis, capítulo séptimo, dize que en la isla de San Juan vivía un Sebastián Alonso de Niebla, hombre que en España desmenuzava terrones y pisava cardos, no se aviendo exercitado en otro que en arar y sembrar, siendo labrador, mas allí mostróse fuerte y animoso en diversas cosas que le sucedieron. La última y de que murió fue que, residiendo en una provincia llamada del Loquillo, tenía enemistad con un hidalgo vezino suyo, cuyo nombre era Martín Guiluz Vizcaíno. Sucedió que vinieron indios caribes de otras islas a robar, y son estos hombres belicosos, traen flechas con yerva que a quien hieren no tiene remedio. Llegaron a la hazienda de Martín Guiluz, estando él ausente, y entregáronse en ella, llevando alhajas y esclavos, y todo lo que podían. Lo cual visto por Sebastián Alonso, aunque enemigo suyo, dixo:

-No quiera Dios que se diga que por estar yo mal con Martín Guiluz dexo que le roben /(172r)/ su hazienda, hallándome tan cerca.

Y assí subió a caballo y llevó consigo dos o tres negros esclavos suyos y un peón cristiano y fue en seguimiento de los caribes. Alcançólos y peleó con ellos, desbaratándolos, y quitóles la presa, y prendió a cuatro dellos, assiéndolos de las greñas desde el cavallo, y entregándolos a sus negros. Bolviendo por más, assió de uno que tenía en la mano una flecha con hierba, el cual, como se viesse llevar assido, diole con la flecha por la ingle. Y de aquella herida murió después, aunque cuando se vido herido mató al indio y a otros siete, y bolvió con el despojo, que restituyó a su dueño Martín Guiluz. Donde, aviendo ordenado su alma como católico cristiano, y repartido su hazienda, murió.
[13] Cuando se conquistó en Indias esta misma isla de San Juan, llamándose antes Boriquén, un caçique llamado Aymanio prendió cierto mancebo cristiano, hijo de Pero Xuárez, natural de Medina del Campo, en Castilla. Echóle prisiones y mandó que su gente le jugasse al batey, que es el juego de la pelota de los indios, y que los que le ganassen, le matassen. Supo esto acaso de un criado del mismo mancebo indio un Diego de Salazar, hidalgo que después fue capitán, el cual amenazó | al indio que le mataría si no le llevava a donde estava. Llevóle, y encubiertamente le puso en un caney, o casa de paja, donde tenían al mancebo para matarle. El Diego de Salazar le desató y soltó, amonestándole que hiziesse como él, y saliendo por medio de los indios con su espada desnuda hirió al caçique y a muchos otros, y salió con el mancebo libre. El caçique y los indios, espantados de tal valentía y fortaleza de hombre, fueron tras él, rogándole que esperasse, que le querían hablar. El Diego de Salazar dixo al mancebo que bolviessen. Hízolo harto de mala gana, y fue porque le dixo el Salazar que avía de bolver en todo caso por no dar ocasión a los indios que pensassen que de temor no bolvía, y que si él quería irse, podía hazerlo. Bolvieron los dos, y el caçique, aunque malherido, rogó al Diego de Salazar que le dixesse cómo se llamava y que le diesse licencia que se llamasse como él. Diósela, diziendo que se llamava Salazar. Los indios assieron de su caçique dando bozes: «Salazar, Salazar», como si por tener aquel nombre se le pegara la fortaleza y valentía del otro, y con esto se fueron. Dízelo el Capitán Oviedo en su Historia de Indias, libro diez y seis, capítulo cuarto. |

EXEMPLOS ESTRANGEROS

[1] Darío, rey de Persia, hijo de Hidaspe, entendió que Aribazo y otros grandes del reino tenían concertado de matarle en una caça. No se turbó desto, sino armóse de sus armas y fue a la caça, donde, apartando consigo a solas a los conjurados, díxoles: |

-Aora tenéis tiempo si queréis matarme.

Esto dixo con tanto esfuerço que los atemorizó, y turbados cayeron en tierra, pidiéndole perdón. Perdonólos, mas apartó unos de otros embiándolos a diversas provincias con cargos de govierno, don- de /(172v)/ le fueron fieles. Dízelo Eliano, libro sexto.
[2] Tomisris, ilustre reina de los escitas, moviéndole guerra por quitarle el reino Ciro, rey de medos y persas, aunque toda Asia le temía, ella, siendo muger, mostró no temerle, sino que, haziendo gente, y siendo ella la capitana, salió a resistirle, estando el persa dentro de su reino. Cuando ya se acercavan los dos campos, embió con parte del exército la reina a un hijo suyo, moço de poca edad y menos experiencia, queriendo no de una vez aventurar su estado, y, siendo visto por Ciro, considerando la cualidad de la gente y sitio, usó de una cautela para vencerle con poca pérdida de su parte, y fue que dexó su real y tiendas, y en ellas puestas las mesas con mucho que comer y grandes taças de vino, y mostrando temor, recogióse atrás; lo cual visto del moço capitán y de sus escitas hambrientos, entraron en el real y tiendas, y sin más acuerdo se assentaron a comer. Erales cosa nueva el vino, gustaron dél y bevieron noblemente hasta quedar borrachos y submergidos en sueño. A la media noche dio la buelta Ciro con su gente, mató al moço, hijo de Tomiris, y a cuantos más quisieron, siendo pocos los que llevaron la nueva a la reina, que, no acobardando por esto, sino haziéndose más avisada, fingió que huía y encerróse en unos passos dificultosos, por donde Ciro avía de passar, que caminava como cosa hecha a apoderarse del reino. Eran montes altíssimos y poblados de nieve. Aquí encerró a Ciro y a su exército, y todos fueron muertos por los escitas, que sabían las entradas y salidas. Mandó la reina Tomiris buscar al cuerpo de Ciro y, hallado, cor- tóle | la cabeça, y hinchendo un cuero de sangre de sus persas, puso dentro la cabeça, y rebolviéndola en él, dezía:

-Hártate, cruel, de la sangre que tanta sed te ha causado.

Refiérelo Guidón, en el De exemplos.
[3] Darío, rey de Persia, aviendo recebido de los atenienses una grande pérdida en su exército, tenía mandado a un paje que siempre que comiesse con fiesta y regozijo le dixesse a bozes:

-Señor, acuérdate de los atenienses, para que assí se procure vengança dellos.

Cuando éste alcançó el reino tenía ya hijos, y después de ser rey tuvo a Xerxes, a quien dexó el reino, y con encargo de vengarse de los atenienses. El cual, para este efecto hizo juntar un exército de los mayores que en el mundo se han juntado, assí por mar como por tierra. Para contar el número de los soldados mandó hazer un círculo con paredes baxas, y aquél lleno, passavan adelante y venían otros. Contaron cuántos hombres le henchían y qué vezes se hinchó el círculo, y hallaron que de pie eran ciento y setenta vezes cien mil hombres, y de cavallo, ochenta mil, sin los camellos y carros. Esta gente iva por tierra, y por el mar, en mil y dozientos navíos trirremos, o de tres bancos, ivan dozientos y cuarenta mil hombres, con trezientas barcas o pequeños navíos de servicio. En toda esta gente, dize Heródoto Alicarnaseo, que escrivió estos cuentos, que no avía hombre que en gentileza de cuerpo y hermosura de rostro igualasse a Xerxes. Llegó con ellos a passar un braço de mar, que serían como tres leguas de agua, llamado el Helesponto, y mandó a tres naciones de gentes que hiziessen tres puentes por donde todos passassen, y la una, que estava a car- go /(173r)/ de los egipcios, por un torvellino grande se hizo pedaços, por lo cual Xerxes mandó matar a los maestros que la hazían y açotar al mar con público pregón, porque la avía quebrado, diziendo que Xerxes le mandava açotar. A la passada, viendo desde un lugar alto el exército, lloró, y preguntada la causa por un privado suyo, respondió:

-Lloro considerando que dentro de cien años no quedará vivo hombre de los que están aquí.

Siete días con sus noches estuvieron en passar por las dos puentes, que estavan hechas sobre barcos, y bien anchas. Ivan por tierra y secavan los ríos caudalosos con lo que bevían. Los pueblos todos se les ivan entregando con cargo que los principales les diessen de comer una comida cada uno, en lo cual gastavan tanto que dezían los que bien lo miravan que, a comer el exército dos vezes, quedaran destruidos los pueblos. Llegaron a un passo que tenía siete caminos diferentes, y allí Xerxes hizo sacrificio de siete moços persianos ilustres a la tierra, enterrándolos vivos en ella. Fue embiado de Atenas Agesilao, hermano de Temístocles, a explorar el campo del mismo Xerxes, y entrando dissimulado en él vido un capitán entre los persas, y en el traje y modo de mandar a unos y a otros le dio pensamiento que era el rey Xerxes, y determinándose de trocar su vida por la salud de la patria, poco a poco fue llegándose a él, y estando junto le mató. Fue preso, y llevado a Xerxes, sintió, no su prisión, sino aver errado el golpe, sabiendo que era vivo el que ya él tenía por muerto. Estava haziendo sacrificio, llegó al fuego Agesilao y puso la mano en él, dexándosela quemar, sin mostrar sentimiento alguno. Admiróse el rey de | tanta fortaleza. Él le dixo:

-Tales son los ánimos de los atenienses, a quien vas, o rey, a hazer guerra; y en testimonio que es assí, si quieres me dexaré quemar esta otra mano.

No lo consintió Xerxes, sino que le dio licencia que se bolviesse a Atenas, sin otro castigo por la muerte de aquel su capitán, alabando tanto la virtud de fortaleza y sufrimiento. Este hecho de Agesilao escriven Plutarco, capítulo tercero de los Paralelos, y Samio, libro segundo de las Cosas de Persia. Passa adelante Heródoto con su narración, y dize que estando el exército de Xerxes en Tesalia, avían de passar un passo malíssimo entre dos montes, llamado Termófilas, adonde estava Leónidas, rey de Lacedemonia, con trezientos varones fortíssimos escogidos de aquella ciudad y con otros griegos. Peleó tres días, deteniendo todo el exército de los persas que no passasse. Al cabo subieron por otra parte al monte y vinieron sobre él, y puesto que pudiera huir y librarse como hizieron los otros griegos que estavan con él, no lo hizo, sino, quedándose con solos sus trezientos lacedemonios, exortándolos a la pelea, y entre otras razones les dixo que comiessen bien, porque avían de ir a cenar al Infierno. Y diziendo uno de sus soldados que, disparando los persas sus saetas contra ellos, eran tantos los tiradores que encubrían con ellas el Sol, oído por otro soldado llamado Trichino, respondió:

-Por esso mejor, que pelearemos a la sombra.



Entraron en la refriega los trezientos soldados animándolos Leónidas, y aunque mataron de los persas gente sin número, y él mismo llegó a la tienda de Xerxes tan denodado y furioso, que le matara si un hermano suyo no se pusiera a /(173v)/ recebir el golpe, con que él quedó muerto y dio al hermano la vida. Al cabo, Leónidas y todos sus lacedemonios fueron muertos. Xerxes hizo una cosa, a su parecer aviso y al de otros necedad, y fue que en un hoyo mandó enterrar todos los persianos, excepto trezientos que dexó en el campo, como si fuera el negocio secreto, para que quien viesse los muertos pensasse que tantos avían muerto de unos como de otros. Llegó al monte Olimpo, y queriendo robar el templo de Apolo sus persas, vinieron de repente tantos truenos y rayos, que murieron muchos dellos. Llegó Xerxes a Atenas y avíanla desamparado los atenienses, que sólo quedó en ella gente pobre y enferma, y pusiéronla a fuego los persianos mandándolo él. La flota padeció tormenta y grande parte della se perdió. La que quedó, con algunos griegos que se le juntaron, quisieron pelear con la armada de los atenienses, de que era capitán Temístocles. El cual, visto que acobardavan otros capitanes griegos y que procuravan huir, entretúvolos una noche y de secreto embió a avisar al capitán de los persas que siguiesse a aquellos que huían. Él lo hizo, y cuando pensaron huir a la mañana y librarse, halláronse cercados de los persas, y assí, convínoles pelear. Y sucedióles bien, porque juntándose con ellos Temístocles, por su esfuerço y diligencia vencieron a los persas, captivando sus navíos, que pocos se libraron huyendo. Mirava de tierra Xerxes la naval batalla, sintió el triste sucesso, causóle grande temor, tomó consejo y acordó de dexar en Grecia a Mardonio, un capitán suyo, con parte del exército, y él se bolvió a grandes jornadas, temiendo no le derribasen sus | puentes del Helesponto y braço de mar. Mas, cuando llegó, con tormenta de mar se avían deshecho. Entró en un navío con la flor de la Persia que le seguía, y en medio del camino, díxole el patrón que si no se descargava de gente se hundiría. Oído por él, buelto a sus cavalleros, díxoles que si porque él viviesse aventurarían algunos dellos sus vidas. Y hiziéronlo muchos, que llegavan a él y hazíanle una grande reverencia, y derribávanse en el mar, y fueron tantos que el navío se alibió y salió libre Xerxes. Estando en tierra, dio corona y hizo largas mercedes al patrón, porque con el consejo que dio le libró de muerte, y mandóle luego matar por aver recebido en el navío tanta gente que le puso en tal peligro, y por aver sido ocasión de que tanta nobleza de Persia muriesse. Heródoto dize que esto tiene por dificultoso, porque pudiera el rey echar los remeros en el mar y poner en su lugar los que dizen que se echaron en él, y podríasele dezir que sería possible hazerlo assí, y que con todo esso pereciessen muchos persas. Mardonio y su gente, viniendo a jornada con los griegos lacedemonios y atenienses, fue vencido, y él muerto, librándose por pies muy pocos. Era capitán de los lacedemonios Pausanias, el cual, viniendo al real de los persas y hallando en él grandes riquezas y cosas de comer, mandó a ciertos captivos que le adereçassen una cena al modo de Persia. Por otra parte, quiso que criados suyos adereçassen en otra a la traça de Lacedemonia, y todo en un mismo lugar. Adereçadas las cenas, combidó a todos los capitanes griegos, y quiso que se hallassen presentes algunos de los persas. Mostróles el aparato de la cena al modo de Persia, que era gran- díssimo, /(174r)/ y la templança de los lacedemonios, diziéndoles:

-Aquí veréis, hermanos, la locura de los persas, que cenando assí en su tierra venían a ganar la agena, que cenan como aquí veis.

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