De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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Lo dicho se coligió de las Divinas Letras. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Siendo obispo de la ciudad de Mirrea San Nicolás, y teniendo grande nombre por su vida santíssima y milagros que hazía Dios por él, sucedió que el prefecto de la ciudad, llamado Eustaquio, por dinero que le dieron dio una sentencia injusta y malíssima contra tres cavalleros, condenándolos a muerte. Estava ausente Nicolás a este tiempo, aviendo ido a sossegar algunos pueblos marítimos que se avían puesto en armas contra unas capitanías de soldados que passavan por mandado del emperador Constantino en Africa. Fuéronle allí a dezir de la injusta sentencia que avía dado Eustaquio. Bolvió a la ciudad y llegó al tiempo que estavan los tres sentenciados sin culpa, vendados sus ojos y ya para descargar el verdugo en ellos la espada. San Nicolás rompió por medio de la gente, fue al verdugo, quitóle la espada de la mano, desató a los cavalleros, y de las manos los llevó consigo, sin que ministro alguno de justicia osasse contradezirlo. Antes, avisado Eustiquio de lo que passava y remordiéndole su conciencia, fue a hablar a San Nicolás y de rodillas le pidió perdón, que bien entendió dél que le avía entendido en assí averle quitado los presos, como él otras vezes le dixesse que hiziesse justicia y castigasse al que lo mereciesse. San Nicolás le reprehendió ásperamente y amenaçó de dar cuenta de todo al emperador si | otra vez incurría en crimen semejante. Vieron esto tres capitanes de Constantino que ivan con la gente a Africa, llamados Nepociano, Urso y Herpilión, y después de aver buelto de aquella jornada, levantáronles a ellos en Constantinopla un falso testimonio, y vino el negocio a que el emperador Constantino los sentenció a que fuessen degollados, conforme a las provanças que se hizieron de sus delitos, siendo todo mentira y engaño ordenado por un pretor de aquella ciudad, que también, por averle dado dineros otros enemigos destos acusados, avía traído a este punto el negocio. Tuvieron aviso en la cárcel que otro día serían degollados, acordáronse de cómo San Nicolás avía librado a los tres cavalleros inocentes de muerte en Mirrea. Estuvieron toda la noche en oración pidiendo a Dios misericordia, y a Nicolás les favoreciesse en este trabajo. Oyólos Dios y quiso honrar a su siervo, y fue assí que se le aparció al emperador estando durmiendo, y con aquella presencia venerable que tenía, mostrando su rostro airado contra él, le dixo:

-Levántate, emperador, y sacarás libres de la cárcel a Nepociano, Urso y Herpilión, porque con falsedad y mentira son acusados y no tienen culpa en los delitos que les imponen. Donde no, sabe que como pregonero de Dios te anuncio guerra crudelíssima, con des- truición /(215r)/ de tu gente y caída de tu estado.

Muy espantado el emperador de oír esto, preguntóle:

-¿Y quién eres tú, que assí me amenazas?

-Soy Nicolás -dize-, obispo de Mirrea.

Dicho esto, desapareció y fuese al pretor, que se llamava Alabio, y hízole otra semejante amenaza. A la mañana, el emperador y pretor se juntaron y confirieron entre sí sus sueños. Llamaron a los cavalleros presos y díxoles el emperador:

-¿Avéis aprendido arte mágica vosotros?

-No -respondieron ellos-. Mas, ¿por qué nos lo pregunta vuestra magestad?

-Porque esta noche un Nicolás, que no sé quién es, me ha hecho grandes amenazas si no os doy por libres.

Ellos, oyendo esto, derribáronse en tierra, besándola, llorando de contento, y dieron a Dios muchas gracias. El emperador les mandó declarassen aquel misterio. Ellos se le contaron enteramente: el aver librado a los tres cavalleros en Mirrea, averse encomendado a él y entender aora que avía venido a bolver por ellos. Dieron las señas de la figura de San Nicolás, y entendió el emperador ser el mismo que avía visto en sueños. Procuró ver su causa con diligencia, y visto estar sin culpa, castigó a los culpados y a ellos dio por libres y les hizo mercedes. Dioles también un libro de los Evangelios, escrito con letras de oro, y un incensario todo de oro.

-Tomad -dize-, y llevad de mi parte estas joyas a Nicolás, y dezidle que no me amenaze, sino que ruegue a Dios por mí y por el Imperio.

Fueron ellos, y llegando donde el santo estava, echáronse a sus pies, contaron públicamente el processo de su historia, y diéronle el mensaje y joyas del emperador, de que el santo Pontífice quedó muy avergonçado porque en público se dixessen dél tales cosas.

-Dad gloria a Dios, hijos míos, que yo pecador soy.

Habló después aparte a los tres capitanes y avisóles que les avía venido aquel trabajo por pecados secretos que tenían, que se enmendassen si no querían otro castigo de Dios más riguroso. Es de Simeón Metafraste. |

[2] San Basilio, persuadido de parte del emperador Valente para que siguiesse la doctrina sacrílega de Ario, y resistiendo él valerosamente, fue grande su ira y enojo. Determinó de desterrarle. Escrivióse la sentencia del destierro, llevósele a que la firmasse, y en tomándola en las manos, la silla en que estava assentado se quebró y él dio una mala caída. No escarmentó con esto, tomó la pluma para firmarla y no avía medio que diesse tinta, aunque la mudó por tres vezes. Ni aun esto fue parte para que cesasse su mal propósito. Persistía en pedir otra pluma, començó el braço a temblarle como si estuviera tocado de perlesía. Con esto, muy enojado, hizo pedaços la sentencia. Al mismo tiempo sucedió que dio un mal de repente a la emperatriz, y tan terrible que la puso en punto de perder la vida, con grandíssimos dolores que la atormentavan, y lo mismo fue de un hijo pequeño que tenía della y avía de ser heredero de sus estados. Ya con esto cayó en la cuenta el emperador de que le venía semejante mal por perseguir a Basilio. Embió por él, rogóle que rogasse a Dios por la salud de su hijo y muger. Tomólo a cargo el santo Pontífice y vídose luego el efeto, porque el hijo mejoró notablemente y la emperatriz del todo quedó sana. Pesóle al emperador que esto sucediesse por medio de Basilio; quisiera que los sacerdotes que seguían su secta, que era la de Ario, alcançaran esto. Llamó a algunos dellos para encargárselo, desseando que si sanava el mochacho a éstos se atribuyesse el milagro y no a Basilio, y assí como los hereges començaron a hazer por él oración, espiró el mochacho, quedando cierto el emperador que la oración déstos le mató y la de San Basilio le sanara. Y con todo esto, ni dexó su mala secta, ni de perseguir a Basilio. Es de su Vida, escrita por Amfiloquio y por otros.
[3] A Sabino, obispo canusino, siendo muy viejo, quiso matar su arcedia- no /(215v)/ por traición, dándole veneno, pretendiendo el obispado. Concertóse con un paje, a cuyo cargo era dar de bever al obispo, que le diesse el veneno, y alcançólo por dádivas que le prometió. Al tiempo, pues, que llegó con el vaso en que estava la ponçoña el paje, díxole el obispo:

-Beve tú lo que me das a mí que beva.

Quedó turbado de muerte el paje entendiendo que le avían entendido, y assí, por escusar mayores tormentos, escogió morir aquella muerte. Llegó el vaso a la boca, mas el obispo le dixo:

-No lo bevas, sino dámelo a mí, que yo lo beveré, y al que te lo dio para que me lo diesses a mí dirás que yo bevo el veneno, mas que él no será obispo.

Hizo la Señal de la Cruz Sabino y beviólo sin daño, y en la misma hora murió de repente el arcediano, como si por la boca del obispo passara a sus entrañas la ponçoña. Esto es de San Gregorio, libro tercero de sus Diálogos, capítulo quinto.
[4] En un lugar de Italia, que a la sazón se llamava Rumello, residía cierto obispo, grandíssimo siervo de Dios, del cual falsamente algunos del pueblo fueron a dezir al Papa Agapito que con irreverencia se servía en su mesa de los vasos dedicados al culto divino. De sola esta relación se indignó tanto el Papa contra el obispo, que embió dos clérigos por él para que se le llevassen preso. Y llevado sin oírle, le mandó poner en la cárcel, donde estuvo tres días, y en la noche precedente al Domingo por tres vezes tuvo el Papa revelación que hiziesse celebrar en su presencia la Missa a aquel obispo. Y aunque él dava por escusa la acusación que se hizo contra él, y que le tenía preso, insistió la boz en que hiziesse lo que le era mandado. Sacóle de la cárcel, trúxole a su presencia y preguntóle qué vida era la suya. El obispo respondió:

-Yo soy un hombre pecador.

Y aunque le hizo otras preguntas, sólo le dio esto por respuesta: «Soy pecador».

Díxole el Papa:

-Oy dirás Missa en mi presencia.

Y assí lo hizo, que celebró solemnemente, estando oyéndole el Papa y mucha gente. Donde, al tiempo que pronunció las palabras de la Consagración, detúvose sin levantar el Santíssimo Sacramento tanto, que el Papa le dixo:

-¿Por qué no prosigues adelante?

Respondió el obispo:

-Perdóname, padre, que espero, según otras vezes le he visto, ver al Espíritu Santo descender del Cielo. Aunque ya está aquí Jesucristo mi Dios, aviendo dicho las palabras de la Consagración, y es la causa el diácono que tengo a mi lado y tiene el ventallo en la mano. Mándale apartar de aquí, que yo no me atrevo a dezírselo.

Mandó el Papa apartar al diácono, y apartado, que devía ser vicioso y malo, vido el obispo y vido el Papa venir el Espíritu Santo en forma visible, por donde entendió que el obispo era santo y que falsamente era acusado. Recibió grande pena por la injusticia que avía usado contra él, y determinó de nunca más juzgar con aceleramiento, sino con maduro y sossegado juizio determinar las causas de los acusados. Lo dicho se refiere en el Prado Espiritual, capítulo ciento y cincuenta. Nótese que por favor particular se le aparecía el Espíritu Santo a este santo obispo, hecha la Consagración, en forma visible, que sería de paloma o de lengua de fuego, y dilatósele esta vez hasta que el ministro se fue de allí, que devía ser vicioso.


[5] En el año del Señor de mil y ochenta y dos, siendo Sumo Pontífice Gregorio Séptimo y emperador de Alemania Enrique Cuarto, sucedió que en la ciudad de París murió un letrado de los más famosos que a la sazón avía en aquella universidad. Era bien nacido, y en los ojos de todos virtuoso. Llevándole a enterrar acompañóle la Universidad y los principales del pueblo. Al tiempo, pues, que los clérigos cantavan el Oficio de Difuntos, y uno dellos dixo aquella Lectión de Job, que comiença Responde mihi quantas habeo iniquitates... (que es dezir «Respóndeme cuántas son las /(216r)/ maldades que tengo»), el cuerpo difunto levantó la cabeça en las andas donde estava, en medio de la iglesia, y con boz terrible y espanto, dixo:

-Por justo juizio de Dios soy acusado.

Dicho esto, sossegóse como de primero. Causó mucho desassosiego y alboroto este acaecimiento estraño en todos los presentes, y fue tal que le dexaron por enterrar y se fueron de allí. Otro día tornaron a juntarse con gente que vino de nuevo, y queriendo darle sepultura, bolvieron a hazer el oficio, y al mismo tiempo que el día primero y de la misma manera dio otra espantosa boz, y dixo:

-Por justo juizio de Dios soy juzgado.

No dixo más y sossegóse. Fue la turbación de los presentes no menor que la del día antes. Acordaron que se quedasse por enterrar el cuerpo hasta otro día. Y en él, aviéndose juntado con mucha más gente, començado el oficio, al tiempo que dezía el ministro la Lección, Responde mihi..., como los días antes, el cuerpo del difunto levantó la cabeça, y con más terrible y espantosa boz dixo:

-Por justo juizio de Dios soy condenado.

Oída la boz, si antes avía sido grande la turbación de todos, este día lo fue en tanto grado que se quedaron como muertos muchos. Y passando aquella turbación, juntados los letrados con la clerezía, determinóse que, pues el difunto confessava de sí que era condenado, que no fuesse sepultado en eclesiástica sepultura, y assí le pusieron en una hoya en el campo. Hallóse presente a este caso Bruno Alemán, natural de Colonia, y siendo su amigo el difunto, por tenerle por bueno y virtuoso y ver su desastrado sucesso, quedó tan atemorizado, que con otros amigos suyos, dellos doctores de aquella insigne Universidad de París, unos sacerdotes y otros legos, siendo con él todos siete en número, començaron el sagrado Orden de la Cartuxa. Lo dicho refiere Surio, tomo quinto.
[6] Tenía el deanazgo de Rhemes un | inglés, varón justo, y que, siéndole a él devido, castigava los excessos del clero con rigor, teniéndolos bien reformados. Por lo cual en toda Francia era estimado, y assí, en la iglesia atrebatense, vacando un canonicato, por respeto del deán de Rhemes diéronle los electores a un sobrino suyo, moço de pocos años y no de bien compuestas costumbres. A el cual, porque cometió una flaqueza de carne, y siendo pública, juntóse el cabildo, y conforme a sus constituciones le penaron que estuviesse un año suspenso de la prevenda. Desde a pocos días vino allí el tío a negocios de su iglesia, y hablándole algunos canónigos, dixéronle que si proponía en cabildo que a su sobrino le relaxassen la penitencia, que por su ocasión se le concedería. Agradeciólo él, entró en cabildo, propuso el caso, vinieron todos en que lo dexavan en sus manos.

-Pues assí es lo que yo quiero y pido, que sin contradición se haga, es que mi sobrino cumpla el año en que está suspenso, y luego comiençe otro, y sean dos, donde si en todo este tiempo pareciere que él está enmendado, bolverá a gozar su prevenda, y si lo contrario se viere, será privado della para siempre.

Quedaron los que esto oyeron admirados de la rectitud y celo del deán, divulgándose el hecho por toda Francia. Refiérese en el libro segundo De Apibus, capítulo treinta y nueve.
[7] Bertoldo Palatino fue severíssimo juez, y tan enemigo de ladrones, que siempre que salía de casa llevava asidos a su ceñidor algunos cordeles para ahorcar al que se le probasse tal delito, sin más dilación. Sucedió que, saliendo un día temprano de casa y llevando colgado del cinto un cordel, sonó en el aire una boz, que le dixo:

-Bertoldo, ahorca al primero que encontrares.

Quedó admirado, y creyendo que era del Cielo semejante boz (como de hecho lo fue) determinó de hazer lo que por ella le era manda- do. /(216v)/ Salido de casa, vínole al encuentro un oficial suyo y muy su privado. Visto por él, díxole con grandíssima pena:

-Mucho me duele el averte encontrado.

-¿Por qué? -dixo él.

-Porque has de ser luego ahorcado -replicó Bertoldo.

-Pues, ¿por qué delictos? -dixo el oficial.

-No lo sé -añadió el Palatino-, mas que será como digo. Por tanto aparéjate con diligencia y ordena tu alma, que a la boz del Cielo yo no puedo resistir.

Oído esto por el oficial, y visto que no avía remedio de vivir, con grande dolor de su alma, dixo en boz alta:

-Justo eres, Señor Dios Mío, porque a muchos que se hospedaron en mi casa quité la vida con traición y engaño. A muchos he robado sus haziendas. Ni he perdonado a los pobres, sino que les he hecho grandes agravios.

Admirávanse todos los presentes de oír su confessión, y entendieron que su muerte era pena de sus pecados. Es del Promptuario de exemplos.
[8] Un hombre facinoroso hizo concierto con el demonio que haría cuanto mal pudiesse en daño de próximos, y que le sacasse libre de todo. Eran grandíssimos sus excessos de muertes y agravios, y aunque le prendían, dávale el demonio dinero y rodeávalo de suerte que quedava libre. Hizo una vez cierto homicidio y pecado gravíssimo, prendiéronle, pedía al demonio que le sacasse libre como solía, prometióselo y diole una caxa que truxesse en la mano como para librarse del mal olor de la cárcel, dándole a entender que dentro avía cosa que, ofreciéndosela al juez, sería libre. Parecióle estarlo ya, y al punto que se pronunciava la sentencia, puso en las manos del juez la caxa que le dio el demonio, con que entendió cohecharle y quedar libre. Y abierta la caxa, vídose que dentro estava una soga. El juez, sentido de la burla que dél hazía, le mandó ahorcar con aquella misma soga. Es del Promptuario de exemplos.
[9] Cierto señor de vassallos era tan | justo y amador de justicia, que no tenía respecto a persona alguna para ir contra ella. Estava enfermo y tuvo noticia que un sobrino suyo, hijo de hermana, avía hecho fuerça a una donzella de su casa y palacio. Cierto bien del caso, llamó al que tenía cargo de executor de justicia en su estado y mandóle que conforme a las leyes de sus mayores castigasse aquel pecado. El otro, visto que tenía pena de muerte, pareciéndole que si la executava, su proprio señor que se lo mandava después tendría pesar de averlo hecho, y en caso que se muriesse de la enfermedad que tenía, la madre y parientes del justiciado le serían enemigos mortales; por lo cual determinó de dexar libre al moço, avisándole que se apartasse de la vista del señor. Mas como él no se descuidasse y supiesse que el moço avía quedado sin castigo, y más, que su desvergüença era tanta que otro día entró en su aposento, dissimuló con él, y tomando un cuchillo al tiempo que comía, quedóse con él en la mano, y con blandas palabras hizo llegar al moço cerca de sí, y asiéndole del braço con la una mano, con la otra le hirió en el cuello, de modo que le mató. Donde la pena que recibió primero del mal hecho que el moço hizo, y la que de nuevo se recreció de aver él de matarle para cumplir con la obligación que tenía a guardar justicia, fue de suerte que, apretándole la enfermedad, vídose llegar su hora. Avíase confessado poco antes que matasse al moço, pidió que le truxessen el Santíssimo Sacramento. Trúxole un obispo, y teniéndole sobre un altar, llegó a él para que se confessasse. El enfermo dixo que de ninguna cosa se acordava que agravasse su conciencia. El obispo, visto que la muerte del sobrino fue tan pública, díxole:

-Pues, ¿cómo, señor, y no os acordáis que poco ha matastes a vuestro sobrino? Aún la sangre deste aposento no está enxuta, péseos de lo hecho y confessaldo, si queréis que os dé el Sacramento. /(217r)/

El enfermo dixo:

-Pues, ¿y tenéis por pecado aquella muerte?

-Sí tengo porque lo fue, y muy grande -respondió el obispo.

-Pues yo -añadió el enfermo- no la tengo por pecado, ni ay por qué pida della perdón ni la confiesse, porque si yo le maté fue mereciendo él la muerte. No quisieron dársela mis ministros, y en tanto que yo viva estoy obligado a hazer justicia, como la he hecho después que tengo este estado. Y yo sentí la muerte en dársela, y aun la pena que por ello recebí es causa de mi muerte. Por lo cual, antes es mi pensamiento que Dios me ha de premiar que castigar por este hecho.

No fueron parte estas razones con el obispo para que le diesse el Sacramento, y assí se iva sin dársele, y al tiempo que salía de la sala, el enfermo le embió a dezir que se detuviesse y que mirasse si llevava el Sacramento en el vaso y relicario donde le avía traído. Mirólo y no estava allí. Bolvió y vídole que el enfermo le tenía en su boca, y en su presencia, con grandes lágrimas y ternuras le recibió, agradeciendo a Dios la merced que le avía hecho en comunicársele y bolver por su causa. Y començó a dezir, con David:

-Amad la justicia los que juzgáis en la Tierra. Servid a Dios en bondad y en simplicidad de coraçón. Buscadle, que sin duda se dexa hallar de los que con fee y obras le dessean y buscan.

El obispo divulgó en todas partes esta maravilla. Y refiérese en el Promptuario de exemplos.
[10] Cobrava las rentas de cierto señor de vassallos un su mayordomo, hombre malíssimo, injusto y sin piedad, y sobre la cobrança hazía a los labradores grandes agravios y molestias, por lo cual le querían mal de | muerte, y en viéndole llegar a algún pueblo llovían diablos sobre él, a quien chicos y grandes le encomendavan. Iva una vez camino andando en esta cobrança con un solo criado, y para castigo deste y enmienda de otros dio Dios licencia a un demonio, que en figura humana se le juntasse y fuesse con él su camino. El mayordomo, assí en el grande temor que recibió luego que se juntó con él, como de su plática, entendió que era el demonio, y aunque hazía cruzes sobre sí y rezava, no avía apartarle de su compañía. Caminando desta manera, vieron cierto pobre hombre que llevava atado un cuerpo, y porque se le iva a una y otra parte, dixo muy airado:

-Llévete el diablo.

El mayordomo, oyendo esto, pareciéndole que por aquí podía librarse, dixo:

-Oyes, amigo, aquel puerco se te encomienda. Ve y asse dél.

Respondió el demonio:

-No me le dan de coraçón, y por esso no puedo llevarle.

Passando por una casería, vieron a una puerta que estava llorando un niño, y su madre, muy enojada, dezía:

-Que te lleve el diablo. ¿As me de quebrar la cabeça con tus gritos y lloros?

El mayordomo dixo:

-Ya tienes aquí buena ganancia. Toma aquel rapaz y llévatele, pues te le da su madre.

El demonio replicó:

-No me le da de todo coraçón y gana, sino que es costumbre de hombres y mugeres hablar de esse modo.

Llegavan ya a la villa donde el mayordomo iva, y visto de lexos por los labradores y entendiendo a lo que iva, levantaron todos grandes bozes, diziendo:

-Llévete el diablo, ya vienes, ya vienes, diablo, vete al diablo.

Oído esto por el demonio, rebolviendo la cabeça a una y otra parte y dando grandes rizadas al parecer, dixo: /(217v)/

-Éstos sí que de coraçón te me dan. Por tanto, entiende que eres mío.

Y con ello se le llevó de allí, y adónde fuesse a parar se ignora, aunque se entiende que sus maldades y el afligir a gente pobre y humilde con tanta crueldad, llevándoles sus haziendas, deviéndolo o no deviéndolo, digno era de Infierno. Las razones que los dos tuvieron en el camino las declaró el criado que iva con el mayordomo, porque los oyó bien. Es del Promptuario de exemplos.
[11] En Leodio está un monasterio de Santiago, en el cual recibió el hábito cierto mancebo, sobrino del obispo y prepósito de la ciudad. Sabido por él, juntó gente, y con mano armada entró en el monasterio y llevóse consigo al sobrino, desnudándole el hábito de monge y vistiéndole otro de seglar. Fue el abad a casa del obispo, y hablóle quexándose desta fuerça. Él le dixo palabras de afrenta, embiándole de allí con mal. Púsose el abad de rodillas, y dixo:

-Pues en la Tierra no hallo justicia contra ti, apelo para el Divino Juez, y que dentro de cuarenta días los dos estemos en su presencia y dél oigamos la sentencia.

El obispo dio grandes risadas de oír esto, y teniéndolo por cosa de burla, no hizo caso. Llegó el día cuadragésimo, y cerca de la hora de nona murió el abad. Y como se tañesse solemnemente por él, oyéndolo el obispo, que estava bañándose, preguntó quién era el difunto. Y un criado que venía de fuera dixo que el abad de Santiago avía muerto. Acordóse el obispo de la citación, y que era llegado el término de los cuarenta días. Alteróse su rostro, y dixo con grande turbación a los que estavan con él:

-Yo soy muerto. Conviéneme parecer oy | delante del Supremo Juez.

Quiso salir del baño, y en manos de los presentes, dando bozes y clamores terribles, dio la alma. Otro caso como éste sucedió al conde de Hanonia, que quitando la Iglesia de San Juan, en Valencenas, a los canónigos seculares, el abad apeló al Sumo Juez, señalando término, y como el día antes que llegasse se sintiesse indispuesto, començó a aparejarse para la cuenta que esperava dar otro día, y fue assí que el mismo conde se sintió también a la propria hora enfermo, y temiendo el juizio de Dios, juzgóse él a sí y bolvió la iglesia a los que la tenía quitada, y la enfermedad en ambos cessó juntamente. Es del Libro de Apibus , capítulo treinta y cinco.
[12] Boso, rey último arelatense, en la noche de Navidad embió a dezir al arçobispo que no començasse Maitines hasta que él fuesse. Aguardóle lo que le pareció que bastava, y no viniendo, començólos. Y cuando el rey vino, visto que no le avían aguardado, enojóse con el arçobispo, y en presencia del clero y pueblo le dio una bofetada. El arçobispo se fue a quexar a Otón, primer emperador deste nombre en Alemania, el cual tuvo modo como prender al rey, y preso, sentencióle a degollar. Sabido por el arçobispo, juntándose con otros obispos y hombres principales, fue a rogar al emperador por él, que no muriesse, y aunque hizo todo lo que pudo sobre el caso, no se acabó con Otón, porque dixo que no era justo que la justa sentencia dada por el emperador dexasse de executarse, no conveniendo que le salga palabra de la boca sin efecto. Es del Teatro del Mundo, expurga- do, /(218r)/ en el título de Severidad de Príncipes.

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