De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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-¿Por qué, Nicolás, os encubrís de mí? ¿Por qué no queréis que reconozca a quien tanto devo? Vós me avéis redemido mi necessidad, vós me avéis librado del Infierno la alma, y el cuerpo, de afrenta. Si Dios no moviera vuestro coraçón a que hiziérades lo que avéis hecho, yo y mis hijas, afrentados, necesitados y desventurados viviéramos en esta vida, para baxar después a la desventura, necesssidad y afrenta irremediable del Infierno.

Esto dezía el buen viejo no cessando de derramar lágrimas, ni vesarle los pies. Sintió mucho Nicolás el ser descubierto lo que tanto quería encubrir. Pidióle en pago de lo que por él avía hecho que lo callasse. Mas fue en vano, porque /(242v)/ todo el tiempo que vivió fue pregonero suyo, contando esta obra que hizo por él. Es de la Vida de San Nicolás, escrita por Simeón Metafraste, y por otros.
[6] San Paulino, que después fue obispo de Nola y antes era casado, siendo muy limosnero, pidiéndole limosna un pobre, dixo a su muger que le diesse algún pan. Ella replicó que no avía sino uno en casa.

-Dádselo -dixo Paulino-, que Dios nos proveerá.

No quiso hazerlo. Vino la hora del comer. Llegaron a dezirle unos marineros que le traían ciertas barcas de trigo y vino presentadas, y que se avian detenido por razón que una se les avía hundido. Estava la muger delante. Díxole:

-¿Veis, señora, cómo por el pan que dexastes de dar al pobre, avéis perdido una barca cargada de trigo?

Refiérelo Surio, tomo tercero.
[7] Gran derecho tiene en este Discurso que se haga dél mención particular San Juan Elemosinario, pues las muchas limosnas que hazía le dieron nombre. Entre otras cosas que dél se escriven fue una, que mandó dar una vez a cierto ciudadano a quien avían robado los ladrones quinze libras de oro, y el mayordomo que lo avía de dar, pareciéndole grande cuantía, dio solamente cinco libras. Embióle luego cierta señora rica al santo varón una cédula, con que cobrasse de su hazienda para pobres cinco libras de oro. Vínose a descubrir después, por preguntárselo el mismo santo al que recibió la limosna, lo que le avían dado. Llamó al mayordomo y reprehendióle porque no avía dado lo que le mandó que diesse. Y para confundirle, mostróle la cédula de la limosna que aquella señora le hazía, que era la misma cuantidad que él avía dado;

-Y si más dieras, entiende -dize- que más embiara.

Habló a la misma señora estando presente el mayordomo, y rogóle que le dixesse si tuvo siempre intento de darle cinco libras de oro. Ella, algo turbada, respondió:

-Sabed, padre, que yo avía escrito quinze libras, y no sé cómo hallé borrado quinze y pues- to | cinco, y creyendo ser aquella la voluntad de Dios, no embié más.

Cuando fue hecho obispo en Alexandría, avía solamente siete iglesias de católicos, y cuando murió llegavan a setenta. Edificó también muchos hospitales, unos en que se curassen pobres enfermos, otros en que se recogiessen peregrinos. Y hizo otro de mugeres pobres, que, estando preñadas y teniendo poco regalo en sus casas para sus partos, allí le tuviessen. Ni se olvidó de hazer otro recogimiento de clérigos pobres, adonde se les diese casa, cama y sustento conveniente. Todo esto proveía el Santo Pontífice amplíssimamente, sin las particulares limosnas que hazía, porque nunca se halló que fuesse persona necesitada a él, que no bolviesse consolada y remediada en todo o en parte. Embiava algunas vezes a sus mayordomos por la ciudad, y dezíales:

-Poned por memoria todos los señores que tengo.

Y dezía esto por los pobres. Y no sólo los llamava señores, sino sus coadiutores en la dignidad, porque assí como él tenían ellos derecho a la renta y con sus oraciones le ayudavan al govierno de su iglesia. Vinieron a preguntarle un día los que tenían a cargo de repartir sus limosnas si darían algo a unas mugeres que llegavan a demandar y traían joyas de oro, como collares y sortijas. Él les dixo:

-Yo no os embío a que examinéis los pobres si lo son, sino a que deis a todos los que os demandaren. Y tened fe, como yo la tengo, en Jesucristo, que si todos los pobres del mundo viniessen a Alexandría, que para todos avría limosna.

Vídose un tiempo en grave necessidad por aver ocurrido muchos pobres a Alexandría, bolviendo de una captividad de Persia, aviendo en aquella sazón saqueado Rasmizo, capitán de Cosdras, la santa ciudad de Jerusalem y llevado della muchos captivos. No se hallava para remediar tanta necessidad. Ofrecíale un hombre poderoso ciento y cincuenta libras de oro y muchos millares de medidas de trigo /(243r)/ porque le ordenasse diácono, el cual estava impedido para recebir orden sacro por aver sido casado dos vezes. El santo, aunque su necessidad era grande, no lo recibió, sino que le reprehendió, amenazándole no viniesse sobre él el castigo con que San Pedro amenaçó a Simón Mago, que le ofrecía dinero porque se le diesse a él el poder para que decendiesse el Espíritu Santo sobre quien pusiesse sus manos, como le tenían los Apóstoles. Luego que dio esta respuesta, llegaron al puerto dos navíos de su iglesia cargados de trigo que venían de Sicilia, con que se remedió aquella necessidad.
[8] San Silvestre Papa tenía en un libro los nombres de todos los pobres de Roma, viudas y huérfanos, y todos los días leía la lista, y por ella les iva dando limosna, acordándose de aquel dicho de Santigo en su Canónica, capítulo primero: «Religión limpia y sin mácula es acerca de Dios visitar huérfanos y viudas en su tribulación, y guardarse sin pecado en este mundo». Refiérelo Juan Gerson.
[9] En el monasterio llamado Escopulo, del abad Teodosio, era costumbre dar en limosna a pobres el Jueves de la Cena cierta cuantidad de trigo. Vino un año estéril, y llegando el día de aquella limosna, algunos monges dixeron al abad que avía sucedido a Teodosio:

-No quieras, padre, que este año se haga la limosna acostumbrada, porque vendrá a faltar a la congregación.

Respondióles el abad:

-No quebrantemos, hijos, tan santa costumbre. Mirad que fue ordenación de nuestro padre santíssimo Teodosio. Él alcançará de Dios que no nos falte, que cuidado grande tiene de nosotros.

Los monges perseveraron en su parecer y sentencia, diziendo:

-Fáltanos a nosotros, ¿qué podemos dar a los estraños?

El abad, muy triste, dixo:

-Andad y despedid a los pobres, y hazed vuestra voluntad.

Y assí fue, que aquel año faltó la limosna del día santo del Jueves de la Cena. Sucedió | desde a poco que quien tenía a cargo los graneros fue a visitarlos y requerirlos, y halló todo el trigo nacido, por lo cual les fue necessario echarlo en el mar, porque no dañasse el aire el mal olor. Visto esto por el abad, dixo a los monges:

-El que menosprecia los mandatos de los superiores merece padecer pena semejante. Éste es el fruto de la inobediencia. Advertid que avíamos de dar quinientas medidas de trigo y cumpliéramos con la obediencia de Teodosio, nuestro padre, consoláramos a nuestros hermanos, los pobres, y avemos perdido cerca de cinco mil medidas de trigo. Mirad, hijos, la ganancia que avemos hecho y el daño que incurrimos. Hizimos dos males: uno, que traspassamos el mandato de nuestro padre Teodosio, y otro, que faltamos en la esperança contra Dios y confiávamos en nuestro graneros. Y de aquí podemos quedar avisados que Dios es el que dispone todo lo tocante al govierno del universo, y que nuestro padre Teodosio, en el Cielo donde está, tiene de nosotros, sus hijos, cuidado.

Es del Prado Espiritual, capítulo ochenta y cinco.
[10] Estava agraviada y quexosa del emperador de Constantinopla, Zenón, una afligida muger, por razón de una hija suya. Ivase de ordinario a cierto templo de la Madre de Dios de aquella ciudad y hazía oración con lágrimas, y dezía, entre otras cosas, más con sentimiento natural que con razón y piedad:

-Sacratíssima Virgen que pariste a Dios, véngame de Zenón Emperador.

Repetía esta palabra cada día por mucho tiempo. Apareciósele la misma Virgen un día, y díxole:

-Créeme, muger, que diversas vezes he querido darte vengança de esse hombre, mas sus manos me impiden.

Dixo esto la Madre de Dios porque el emperador Zenón era muy limosnero, y sus limosnas impedían que no fuesse luego castigado si hizo algún mal hecho. Es del Prado Espiritual, capítulo ciento y setenta y cinco. /(243v)/
[11] El abad Juan Eunuco vivió ochenta años en hábito monástico. Era, más que puede encarecerse, limosnero, porque no sólo los hombres participavan de sus limosnas, sino también los animales brutos. Cuanto tenía qué dar y le faltavan pobres que lo recibiessen, andava por las celdas del contorno y a todos los perros que hallava dava algo que comiessen. Proveídos los perros, iva a los hormigueros, y si las hormigas eran chicas, echávales un puño de harina, y si grandes, trigo. Sobre los texados de las ermitas derramava algunas semillas que comiessen aves. Vino a morir, y no se halló en toda su celda puerta ni ventana, no tabla, no vela, ni cosa alguna, sino la tierra dura, porque todo lo avía repartido a pobres. Dezíase deste mismo abad Juan, que viniendo a él un labrador a que le prestasse una moneda de oro, que valía veinte y cuatro de plata, significándole que tenía della grande necessidad y que se la bolvería dentro de un mes, como no la tuviesse, ni jamás se hallasse oro en su poder, pidióla prestada a otro abad y diola al labrador. Passaron dos años y no la bolvía. El abad la pidió al eunuco Juan, y él dixo que no la tenía, porque el otro le avía faltado la palabra, mas que le mandasse lo que quisiesse, que él recompensaría la deuda.

-Quiero -dixo el otro abad- que vengas a mi presencia cada día y hagas treinta vezes oración de rodillas por mí, y descontarse ha un real al día.

Aceptólo y cumpliólo de buena gana, y assí, en veinte y cuatro días quedó pagada la deuda. Lo dicho es del Prado Espiritual, capítulo ciento y ochenta y cuatro.
[12] En la ciudad de Nínive estava una muger cristiana, grande sierva de Dios, cuyo marido era gentil y idólatra, y tenían de hazienda en dinero cincuenta ducados. Habló el marido un día con la muger, y díxole:

-Paréceme, hermana, que será bien dar esse poco de | dinero que tenemos a cambio, porque se nos va gastando, y assí podremos tenerlo en pie y sacar algún provecho.

La buena muger le respondió:

-Si te agrada dar esse dinero a cambio, démoslo al Dios de los cristianos, que nos dará mayor ganancia que ningún cambiador o logrero, y aventajaremos más, que con Él será el trato lícito, y con logreros y cambiadores es ilícito, haziendo concierto de recebir por prestar el dinero más dinero.

-¿Y dónde está el Dios de los cristianos -preguntó el marido-, para que se lo demos?

-Yo te le mostraré -replicó ella-, y sin duda que si a Él se le diere, que lo bolverá doblado.

-Vamos, pues -añadió él-, y démosselo.

Los dos fueron, guiando la devota muger, a la iglesia de los cristianos, en cuya puerta estavan muchos pobres. Mostrólos al marido, y díxole:

-Dándolo a éstos, lo recibe a su cuenta el Dios de los cristianos.

Diole crédito el marido, y con grande contento repartió entre los pobres todo el dinero. Bolvieron a su casa, y passados tres meses, aviendo gastado la provissión que tenían en casa, dixo el marido:

-Hermana, mucho temo que nos ha de faltar el Dios de los cristianos en lo que dixiste que nos daría, y que nos avemos de ver en grande necessidad.

La muger, con mucha fe, dixo:

-No pongas duda en esso. Ve a donde distribuiste el dinero y verás lo que passa.

Fue a la iglesia, y miró en una parte y en otra, y no vido a quién pedir su deuda, aunque los pobres estavan allí, a quien dio el dinero. Hallóse confuso, no sabiendo qué partido tomar. Miró al suelo y vido una moneda de las que avia distribuido a los pobres. Tomóla y bolvió a su casa. Habló a su muger, y díxole:

-Créeme, hermana, que yo fui a la iglesia y que no vi al Dios de los cristianos ni hallé a quien hablar sobre la deuda. Solamente en el suelo hallé esta moneda, en la parte donde yo la distribuí.

La muger admirable respondió:

-Pues, aunque no le viste, porque es invisible, Él te dio essa moneda. Ve, señor, y compra /(244r)/ algo que comamos oy, que Él nos proveerá para adelante.

Fue a la plaça y compró pan y vino, y un pece. Trúxole a la muger, y ella, abriéndole, halló en el buche una piedra preciosa de hermosura estraña, aunque no conoció lo que era. Guardóla, y bolviendo el marido a casa, mostrósela, diziendo:

-Esta piedra hallé dentro del pece.

Él se admiró de verla, sin entender su valor. Comieron ambos, y acabada la comida, dixo el marido a la muger:

-Dame la piedra y llevaréla a vender, que será possible nos den algo por ella.

Tomóla y fue a un lapidario rico y que entendía bien en aquella arte. Mostróle la piedra y díxole si quería comprarla. El lapidario, como la vido, quedó contentíssimo della, porque entendió su valor. Preguntóle qué pedía por ella, y respondió:

-Mas, vós, ¿qué me daréis?

El lapidario dixo:

-Daros he por ella diez ducados.

Pensó el otro que se burlava, y dixo:

-Entiendo que burláis de mí.

Pensó el lapidario que lo dezía porque le dava poco, y añadió:

-Pues también os daré veinte, y aun treinta ducados.

Más se afirmava el que truxo la piedra que le dezía aquello el lapidario burlándose dél, y díxole:

-Todavía creo que os burláis.

Entendíale mal el lapidario, y era todo ordenado por Dios, de modo que vino a dezirle que le daría por ella ultimadamente trezientos ducados, los cuales le contó en buena moneda, y el otro los recibió muy contento y con ellos bolvió a su muger, dándole cuenta de todo. La cual, aviendo creído que cuando mucho le dieran por la piedra diez reales, quedó contentíssima, y dando gracias a la inmensa bondad de Dios, habló al marido y díxole:

-Ya puedes ver cuál sea el Dios de los cristianos, cuán bueno, cuán agradecido y cuán rico. Considera que no sólo te bolvió los cincuenta ducados que tú le diste, sino en poco tiempo, por cincuenta te dio trezientos, seis por cada uno. Entiende que no ay otro Dios en el Cielo ni en la Tierra, sino que sólo Él es Dios.

Visto por el gentil tan manifiesto milagro y enten- diendo | ser verdad lo que su muger dezía, se tornó cristiano y glorificó a Cristo, Salvador Nuestro, con el Padre y con el Espíritu Santo, dando gracias a su prudentíssima muger, por la cual avía venido en conocimiento de la verdad católica. Es del Prado Espiritual, capítulo ciento y ochenta y cinco.


[13] Fue a Constantinopla un santo ermitaño a cierto negocio, y entrando a hazer oración en la iglesia, juntósele un ciudadano ilustre, fiel y muy rico. Rogóle que le refiriesse alguna doctrina provechosa para su alma. El ermitaño le dixo:

-Dios suele dar abundantemente bienes espirituales a los que por su amor distribuyen a pobres bienes temporales.

El seglar le respondió:

-Bien dizes, padre, porque bienaventurado es el que pone su esperança en Dios y en sólo Él confía. Yo fui hijo de un hombre generoso y de sangre ilustre, muy rico y muy limosnero. Llamóme cierto día y mostróme sus riquezas, diziendo:

-Hijo mío, ¿qué te será más agradable, que te dexe todo este tesoro, o a Cristo por tu curador?

Yo le respondí que más quería a Cristo, porque las riquezas son oy y faltan mañana, mas Cristo permanece para siempre. Oyendo esto mi padre, con mayor libertad distribuía a pobres su hazienda, de modo que viniendo a morir, fue poco lo que me dexó, y assí por esto me vi pobre, aunque procuré humillarme siempre, teniendo mi esperança en Cristo, a Quien me dexó encargado. Vivía también en esta ciudad un hombre noble y riquíssimo. Tenía muger fiel y temerosa de Dios, y avíales nacido una hija, única heredera de su hazienda. La cual, estando en edad de casar, habló la madre con su marido y díxole:

-Sólo tenemos esta hija, y para ella grandes bienes, como, señor, vees. Si la casamos con algún hombre poderoso y que sea de ruines costumbres, afligirála siempre. Por tanto, si te parece, busquemos un hombre humilde y temeroso de Dios, que la ame y trate cristianamente. El marido res- pondió: /(244v)/

-Muy bien dizes, señora. Ve a la iglesia y ponte en oración, y al que primero vieres que entra en ella cree que es el esposo que para nuestra hija tiene Dios señalado.

Hízolo assí la devota muger. Estava orando, y entré yo en la iglesia. Embióme a llamar con un criado suyo, y preguntóme quién y de dónde era. Respondíla que en esta ciudad nací, y nombréla mi padre. Ella dixo:

-¿Quién? ¿Aquel gran limosnero?

Yo dixe:

-Ésse mismo.

Preguntóme si era casado. Respondí que no, y contéle el orden y sucesso que tuvo mi padre en dar sus riquezas por Dios y en dexarme encomendado a su Magestad. Oyendo ella esto, glorificó a Dios y dixo:

-Advierte que tu buen curador te embía muger y dinero para que uses de uno y otro, con temor del mismo Dios.

Con esto me casó con su hija y entregó grandes riquezas. Yo ruego a Dios que siga hasta la muerte las pisadas de mi padre.

Lo dicho se refiere en el Prado Espiritual , capítulo dozientos y uno.


[14] Bonifacio, obispo ferentino en Italia, era grande limosnero. Estava convidado un día que se celebrava fiesta del mártir San Próculo en casa de un varón noble, llamado Fortunato, y al tiempo que se iva a assentar a la messa llegó un hombre con una mona y una campanilla, con que hazía juegos y monerías, y se llevava la limosna que se devía dar a pobres. Indignóse el siervo de Dios Bonifacio, oyendo el sonido de la campanilla y viendo los juguetes de la mona, y assí dixo:

-Ay, desventurado de ti, hombre, y qué cerca está tu muerte. Denle algo, por caridad.

Diéronle pan y vino, y al salir de la casa cayó una grande piedra que le dio en la cabeça, y a otro día murió. Tenía en su casa el santo obispo Bonifacio un sobrino llamado Constancio, que era su arcediano, el cual, desseando aver el obispado después de la muerte del tío vendió una mula que tenía y guardó el precio en una arca, para repartir en aquella ocasión a los que podían faborecerle en semejante caso. Y estan- do | ausente, como viniessen muchos pobres a pedir limosna al tío y no tuviesse qué darles, estava muy afligido. Sabía de aquel dinero que tenía el sobrino, fue a la arca donde estava y quebrantó la cerradura. Tomó el dinero y repartiólo a pobres. Buelto el sobrino Constancio, y vista su arca abierta y que faltava el dinero, dava bozes como loco y dezía:

-Todos viven en esta casa. Yo sólo muero en ella.

Llegó el obispo a las bozes, y juntóse otra gente, y queriendo aplacar al sobrino con blandas palabras, él, que entendió el caso, mucho más levantava el grito, y descomidiéndose con el tío dezía con palabras furiosas y injuriosas:

-Todos viven contigo. Yo solo muero. Buélveme mi dinero, si no, apellidaré Cielo y suelo.

El santo obispo fue a una iglesia de la Madre de Dios, y puesto de rodillas hizo oración devotíssima a la Virgen, pidiéndole con qué mitigasse la ira de su sobrino. Baxó los ojos y vido sobre su vestido, entre los dos braços, el dinero que avía tomado al sobrino, y estava nuevo, como si se acabara de sacar del cuño. Dio las gracias a esta Señora y bolvió a su casa. Arrojó el dinero al sobrino, diziéndole:

-Toma lo que tenías guardado, mas asegúrote que aunque yo muera no serás obispo en esta iglesia, por tu grande avaricia.

Y assí sucedió, que en el mismo cargo de arcediano acabó la vida. Lo dicho es de San Gregorio, en el libro primero de sus Diálogos , capítulo octavo. Y en el mismo lugar refiere también deste santo varón Bonifacio cosas maravillosas, como de que recibió a dos godos por huéspedes en su casa, y a la partida les dio un frasco de vino. Ivan a Rávena, y en todo el camino de ida y vuelta les duró el vino, beviendo dél cada día. También dize San Gregorio que el ser limosnero Bonifacio lo tenía de costumbre desde niño, porque, viviendo con su madre, y saliendo fuera de casa, bolvía ya sin cinto, ya sin túnica, dándolo al que veía que faltava. Reprehendíale la madre, de que siendo él pobre, diesse lo poco que tenía a po- bres, /(245r)/ y no bastava para que él dexasse de dar a todos. Y fue assí, que entró la madre un día donde tenía trigo para todo su año y halló que el hijo avía distribuido a pobres grande parte dello. Afligióse de muerte, hería su rostro con las manos pareciéndole que le faltaría la vida faltándole el sustento. Llegó Bonifacio al instante, y queriendo consolarla, ella mostrava más desconsolarse viéndole y oyéndole, sabiendo que avía él hecho el daño. Apartóse el santo moço a una parte escondida y tuvo oración algún tanto. Levantóse della y llevó a su madre al silo, y vídole lleno de trigo. Visto por ella el milagro, consolóse, alabó a Dios y persuadía en adelante al hijo que no cessassen sus limosnas, pues tenía a Dios tan propicio, que luego que le pedía concedía su petición y demanda. Concluye San Gregorio de Bonifacio diziendo que criava su madre gallinas, y que una zorra se las llevava cada día. Vídola uno dellos Bonifacio, entró en cierta iglesia, hizo oración, y hablando con Nuestro Señor, dixo:

-¿Y tendréis por bien, Dios mío, que la zorra se lleve las gallinas de mi madre, y que yo ni aun los huebos coma dellas?

Levantóse de la oración y vido venir a la zorra, y delante dél dexó la gallina, y ella se cayó muerta.
[15] Un hombre rico de heredades era muy limosnero, y en especial guardava grande justicia en pagar el diezmo de su cosecha, dándolo a tiempo cabal y sin que se lo pidiessen. Llegada la cosecha, un año hizo averiguación de lo que podía coger, lo que devía de diezmo y lo que podía dar a pobres. Mas, queriendo Dios probarle y darle a merecer, vino a perderse por granizo y piedra, de modo que solamente le quedó lo que a su parecer avía juzgado que devía de diezmo. Cogiólo y embiólo a la iglesia, diziendo:

-Lo que era mío me quitó Dios, pues yo no le quitaré su parte. Llévese y dése a sus sacerdotes y ministros.

Desde a pocos días passó por las heredades deste limosnero un hermano suyo sacerdote, y vídolas fertilíssimas de | ubas. Hablóle y díxole:

-¿No publicávades que se avían apedreado vuestras viñas? ¿Cómo no se echa de ver en ella?



Admiróse el otro de oír esto y fue a ver si era assí. Y halló más cosecha que ningún otro año avía tenido. De la cual se aprovechó alabando a Dios, Nuestro Señor, y prosiguiendo en sus santas obras y limosnas. Es del Promptuario de exemplos.
[16] Grande exemplo de piedad fue el Papa San Gregorio antes que tuviesse el Pontificado y siendo abad en un monasterio del orden de San Benedicto. Vino a pedirle limosna cierto hombre que dezía aver padecido naufragio. Mandóle dar seis monedas de plata. Bolvió desde a poco, y pidiendo limosna, diéronle otras seis monedas. No passaron muchas horas que tornó lamentándose y diziendo que lo que le avían dado era poco para darle a comer a la gente que traía en el navío. Mandávale dar más limosna San Gregorio, y el despensero dixo con enojo que no quedava cosa de plata en el convento, sino un pequeño vaso. Pidióle el santo y diósele al pobre. Tenía por costumbre también de combidar cierto día doze pobres, en honra de los Doze Apóstoles de Cristo. Entró a verlos comer y contándolos halló treze. Mostró pena, y significólo al que los avía llamado, el cual afirmava que solos doze avía traído. Y contándolos ambos, vino a que San Gregorio veía uno entre los demás y el otro no le veía. Éste se mostrava ya viejo, ya de poca edad, haziendo diversas vislumbres de su rostro. Acabóse la comida y San Gregoio se llegó a aquél, y, apartándole de los otros le hizo algunas preguntas, y respondióle que era ángel y no hombre, y que él fue quien le pidió limosna en figura de hombre que avía padecido naufragio, a quien dio el vaso de plata. Declaróle cómo Dios le avía escogido para que rigiesse su Iglesia y fuesse Sumo Pontífice después de Pelagio, y dicho esto, desapareció, quedando más contento San Gregorio de aver hos- pedado /(245v)/ a su mesa ángeles, que con la promessa que le hazía del Pontificado, que antes le resistió cuanto le fue possible. Mas, puesto en él, crecieron con la mayor possibilidad las limosnas, de manera que por ser largas las que hazía en monasterios, se multiplicava y crecía el número de los monges, a los que vivían en soledad les eran menos graves por su ocasión los incómodos del desierto, a los solitarios de Siria y a los que vivían en el monte Sinaí, con su solicitud y cuidado gozavan de los regalos de Roma, viéndolos venir a sus escondidas cuevas por orden de San Gregorio. Lo dicho se colige de sus Diálogos, libro segundo, capí tulo veinte y tres, y de Juan Diácono, en su Vida, libro segundo, capítulo veinte y tres, y veinte y cuatro.
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