De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[17] Saba Monge, como recibiesse a San Hilarión con tres mil monges que le acompañavan en su viña, y les diesse licencia que la vendimiassen y comiessen cuanto les diesse gusto, como lo hizieron, parecía que la viña quedava perdida, y fue al contrario, porque en otros años solía dar cien cántaras de vino, y aquél dio trezientas. Refiérese en la Vida de San Hilarión.
[18] San Gregorio Turonense escrive en su Historia de un viejo mendicante, que en un puerto de mar pidió limosna a ciertos marineros, y no dándosela, pidióla al patrón de un navío que estavan cargando y se quería hazer a la vela. Y como no hiziessen caso dél, y se la pidiesse más vezes, el patrón, enojado con él, díxole:

-Vete de aí, viejo caduco, que no ay en el navío otra cosa sino piedras.

El pobre replicó:

-Pues dizes que todo lo que ay en tu navío es piedras, yo ruego a Dios que todo se te convierta en piedras.

Y al mismo punto, cuanto avía en el navío que fuesse de comer se convirtió en piedras. Y afirma San Gregorio Turonense que él vido algunos dátiles y azeitunas de las que estavan en el navío hechas piedras, y aunque no perdieron el color ni hechura que tenían de primero, mas estavan duras y hechas mármol. Viendo esto el pa- trón, | muy apenado por aver despedido al pobre ásperamente, anduvo a buscarle y no pudo hallarle. Lo cual visto por él, embió a todas las ciudades de Francia de aquellas cosas que se avían convertido en piedras, para que las viessen y tomassen exemplo en no despedir a los pobres con mala gracia, ni ser escasos con ellos.
[19] San Germán, obispo altisiodorense, predicando en cierta ciudad de Francia, ofreciéronle un día tres pieças de oro. Diolas él a su capellán, y pidiéndole limosna algunos pobres, mandólas dar todas tres. Dezía el capellán:

-¿Y de qué comeremos nosotros?

-Dios proveerá -respondió el santo obispo.

Con todo esso, no quiso dar sino las dos, y quedóse con la otra. A poco tiempo vinieron a él ciertos cavalleros y ofreciéronle dozientos ducados. Él dixo a su capellán:

-Tómalos, que por aver guardado uno pierdes aora ciento, que trezientos te dieran éstos.

El mismo santo, siendo viejo, andava en un asnillo, y estando en Rávena, combidóle la emperatriz Plácida a comer. Fue allá, dexó su asnillo a la puerta, y estando comiendo dixeron a la emperatriz que el asnillo se avía muerto de repente. Ella replicó:

-Echenle al campo, y pongan en su lugar un cavallo.

Salió el santo, y no viendo su asnillo, preguntó por él, y sabido el caso, pidió que le llevassen a donde le avían echado. Fue allá y hablóle, diziendo:

-Levántate, bestezuela, y buélveme a donde me truxiste, que no te durará mucho este trabajo.

Levantóse el asnillo, subió en él, y passados algunos días murió el santo y también el asnillo. Refiérelo San Antonio de Florencia, en su Segunda Parte Historial.


[20] Viniendo a pedir limosna al abad Isaac una cuadrilla de pobres desnudos, y que los vistiesse por amor de Dios, él llamó en secreto a un monge y mandóle que subiesse a un monte cercano al monasterio, y que dentro de un roble hallaría algunos vestidos, que se los truxesse. Hízolo assí, truxo los vestidos, y el abad los repartió a los pobres, y conocieron ellos que eran los suyos propios, que avían dexado allí de /(246r)/ concierto porque se los diesse, y fuéronse aver gonçados. Dízelo San Antonio de Florencia, en su Tercera Parte Historial.
[21] En cierto monasterio de monges del Orden de San Benedicto estava un abad muy limosnero, y para mejor llevar adelante sus intentos y hazer bien a pobres, puso todos los oficiales de casa a su modo, y tanto cuanto más crecían sus limosnas, tanto más crecían los bienes y rentas del convento. Vino a morir el abad y eligieron otro de contraria condición, avariento y sin caridad. Mudó los oficios y diolos a personas miserables y codiciosas. Hazíales pláticas, y todas se fundavan en mezquindad y que ahorrassen, diziendo:

-Conviene, hermanos, que moderemos los gastos y expensas del convento, porque si en nuestros sembrados cayere granizo y piedra, y si los tiempos se encarecieren, tengamos para el gasto de casa y para hazer algunas limosnas. Porque si al contrario sucede, ni avrá para limosnas ni para el gasto de casa.

Con esto encubría su avaricia y desterró del convento la hospitalidad, negando las ordinarias limosnas que se solían hazer a pobres. Y faltando la caridad, vino a faltar la renta del monasterio, y en poco tiempo se vieron en tanta pobreza que no tenían qué comer. Sucedió que vino un día a la portería cierto varón de edad y presencia venerable, y pidió al portero le hospedasse. El portero lo hizo, aunque con temor y escondidamente, y teniéndole en la hospedería, díxole:

-No os maravilléis, señor, en ver que os recibo y regalo no como vós merecéis, porque la necessidad que padecemos es la causa. Yo vi este monasterio en tiempo que si viniera a él un obispo con mucha casa y criados, fuera recebido y regalado alta y magníficamente, y aora a un solo huésped se nos haze de mal, por lo poco que podemos.

A esto dixo el venerable viejo:

-La causa os quiero dezir de vuestra pobreza, porque no la alcançáis. Sabed que echaron deste monasterio dos mon- ges, | de los cuales el uno se llama «Dad», y el otro, «Daros han». Si no procuráis que buelvan al convento, nunca tendréis más de lo que de presente tenéis.

Diziendo esto, desapareció de los ojos del portero, quedando muy admirado y se entendió que era algún ángel del Cielo, que quiso avisar al abad y monges de la causa de su daño. El portero era lego, sin letras, hombre senzillo. Tomó en la memoria los nombres de los dos monges y fue a su abad y convento, y refirióles el caso como avía passado. Cayeron en la cuenta de su daño, començaron de lo poco que tenían a dar limosna, y poco a poco bolvió el monasterio a dar lo que solía y a tener lo que solía. Lo dicho es del Promptuario de exemplos.
[22] Predicando cierto obispo entre saracenos, convirtiéronse algunos, y entre otros un rico y hazendado, el cual, teniendo mayor noticia del Evangelio y oyendo al obispo que le dezía lo que en él se refiere, que por uno que se dé al pobre da Dios ciento, repartió lo que tenía entre personas necessitadas, y murióse. Dexó tres hijos, y quedando pobres, llamaron al obispo delante de uno de sus juezes y pusiéronle demanda que por su dicho avía el padre repartido a pobres su hazienda, y dexándolos sin ella, que cumpliesse con ellos, pues con él no avía cumplido de que recibiría ciento por uno. El obispo respondió que ya el padre tenía recebida la paga de ciento por uno, y para prueva dello fueron todos a la sepultura donde estava su cuerpo, y el obispo habló al difunto y le dixo que en nombre de Jesucristo respondiesse si estava contento y satisfecho de aquella paga. El muerto respondió, oyéndolo todos, que sí, y que ya con la Vida Eterna avía recebido ciento por uno de lo que dio. Y para más certificación lo dava firmado de su nombre en una cédula que tenía en su mano. Apartaron la tierra y pareció la cédula que lo confirmava. Lo dicho es de Arnoldo, y se refiere en el Promptuario de exemplos.
[23] Un jornalero devoto sustentava muger y hijos con el trabajo de sus /(246v)/ manos. Levantóse un día muy de mañana y fue al puesto donde se alquilavan los trabajadores, y viendo que aún no avían llegado los alquiladores, dixo:

-Bien será ir y oír Missa, que lugar ay para todo.

Entró en la iglesia, oyó Missa y rogó a Dios que le diesse con qué sustentasse su familia sin pecado. Cuando bolvió a la plaça, halló que ya se avían los peones alquilado y no avía quien a él alquilasse. Quedó muy triste, porque ni tenía qué comer, ni de qué comprarlo. Ivase de allí pensando qué haría y encontróse con un mercader rico y de grandes negocios. Preguntóle cómo no se avía alquilado, y diole razón de lo sucedido: que se levantó temprano, que oyó Missa, y que cuando fue a la plaça no halló quién le alquilasse. El mercader, que le conocía y sabía que era hombre devoto, díxole:

-Pues buélvete a la iglesia y ten todo el día oración por mí, y yo te daré el jornal como si trabajaras en el campo. Alegróse desto el trabajador y dixo que assí lo haría. Fue a la iglesia, y con grande devoción rogó a Dios por aquel rico. A la noche fue por su jornal y diósele, añadiéndole un pan, con que iva muy alegre el trabajador a su casa. Mas púsosele delante un venerable viejo, en hábito de obispo, y preguntóle:

-¿Cuánto te dio aquel rico por lo que oy has hecho por él?

Respondió que el jornal ordinario y un pan.

-Buelve a él, y dile que te paga mal, que augmente la paga si no quiere que le suceda peor.

Bolvió al rico el trabajador, y díxole lo que le avía sucedido con aquel venerable obispo. Añadióle el rico mayor paga, y saliendo bien contento con ella el trabajador, segunda vez el viejo se le apareció y mandó que bolviesse, y de su parte le dixesse que todavía era poco el premio. Bolvió al rico, y muy en particular le declaró su figura y traje, y que si no añadía la paga, le vendría mucho mal. Entendió el rico que era negocio del Cielo, y que algún santo, su abogado, era el que le embiava con aquel recau- do, | por lo cual, alargando más la mano, le dio una grande cuantía, con que el trabajador no sólo quedó por algunos días remediado, sino para casi toda la vida. Oyó el rico una boz a la noche, que le dixo:

-Si el pobre trabajador no rogara por ti, oy murieras y te condenaras.

Quedó el rico lleno de temor, dio gracias a Dios por la merced que le hazía. Enmendó su vida y restituyó lo que tenía mal ganado, hizo largas limosnas y acabó bien. Refiérese lo dicho en el Promptuario de exemplos.


[24] Un conde de Campania, aviendo de ir cierto viaje largo, llamó a un hombre pobre y muy siervo de Dios, a quien acostumbrava dar limosna, y rogóle que cada día hiziesse por él oración y no se empleasse en otra cosa. Díxole el pobre:

-Ya sabéis, señor, que no tengo de dónde proveer la necessidad de comida y vestido, y que desto me contento con poco. Procurad que no me falte, que yo no os faltaré en lo que me mandáis.

Dio el conde cargo a dos criados suyos que dexava en su casa para que cada día proveyessen a aquel pobre, y con esto fue su camino. Los criados tuvieron cuidado del pobre quinze días, y luego lo olvidaron. Él hizo oración por el conde los quinze días, y como le faltaron de dar el sustento necessario, ocupóse en buscarle y hizo falta en la oración. Bolvió desde a mucho tiempo el conde y quísose informar si su pobre era vivo. Dixéronle que sí. Llamóle y díxole:

-¿Qué ha sido, hermano, que te has olvidado de mí? Solos quinze días después que de aquí partí me fue bien. Después me han sucedido trabajos e infortunios, que no sé cómo buelvo vivo. Entiendo que solos aquellos quinze días te acordaste de mí.



El pobre confessó la verdad, y que la ocasión era que sólo aquel tiempo le dieron de comer, y después se ocupava en buscarlo. Enojóse el conde con los dos criados, quitóles el salario que les dava y echóles de su casa. Passado algún tiempo, /(247r)/ por ruegos que le hizieron amigos suyos, vino en que los bolvería a su casa, con condición que primero fuessen al Sumo Pontífice de Roma, y referido el caso, passassen por la pena que les señalasse. Fueron, y contando el delicto, el Pontífice escrivió al conde que los recibiesse con que le diessen dos monedas, y no señaló más. El conde, vista la ambigüedad de la respuesta, tornólos a embiar a que señalasse qué monedas y de qué peso eran las que avían de dar, y respondió que avían de ser de oro, y tan anchas como la Tierra, y tan levantadas y gruessas como desde la Tierra al Cielo, porque la oración de que avían privado al conde es como toda la Tierra y llega hasta el Cielo, y que la satisfación devía igualar el daño para que la ofensa se perdonasse. Visto por el conde, aviéndoles dado a entender en lo que el Sumo Pontífice estimava su culpa, que esto era lo que se pretendía con tantas idas y bueltas por el mismo Papa, y aviéndolos absuelto, bolviólos el conde a su casa y oficio. Es del libro primero De Apibus, capítulo doze.
[25] El abad Sorano, al tiempo que los longobardos guerreavan a Italia, procurava con mucha caridad redemir captivos de sus manos, y a los que avían quedado pobres faborecerlos con limosnas, hasta que, entrando un tropel de ladrones en la iglesia buscando los tesoros que no avía, le dieron la muerte. En la cual, la tierra tembló, dando a entender que hombre tan piadoso, que muriesse tan impíamente, era inhumanidad grande, si no fuera porque al premio de piedad se juntasse la corona de mártir. Dízelo San Gregorio, en el cuarto libro de los Diálogos, capítulo veinte y dos.
[26] Simón, monge de Egipto, como se usasse en el monasterio donde residía comer una vez al día sobre tarde, assistía él a la mesa, y la parte que le davan de la comida guardávala, y lo más secreto que podía la dava a pobres. Ayunava, sin comer cosa alguna los seis días de la sema- na, | por dar de comer a otros, y no sentía la hambre en todos estos días por darle pena la de los próximos, teniendo muy en la memoria aquel dicho de David en el Salmo diez y seis , que dize: «Cuando apareciere tu gloria y me viere en ella, me hartaré». Y tomen de aquí documento los que ayunan, de repartir a pobres lo que dexan de comer ayunando, porque no parezca que sólo ayunan por ahorrar. Es de Evagrio, en la Historia Eclesiástica , libro cuarto, capítulo treinta y tres.
[27] Servulo, pobre y paralítico, como no pudiesse moverse, estava en un carretón en Roma, cerca de la puerta de San Clemente, pidiendo limosna a los que entravan y salían y sustentándose de lo que le davan. Si le sobrava algo, repartíalo a pobres, sin cuidado del día de mañana, sino buscando el Reino de Dios y su justicia. Dízelo San Gregorio, en el libro cuarto de los Diálogos, capítulo catorze.
[28] Celebrado es San Martín por las limosnas que hizo, como fue, siendo catecúmeno, dar la mitad de su capa, con la cual se le apareció Jesucristo, para prueva de que él recibía a su cuenta lo que se haze con el pobre. Después que fue obispo dio a un pobre su túnica, tardando su mayordomo en traerle una que le diesse, y, traída, el santo la vistió, y por ser pequeña y las mangas cortas, al tiempo que dixo Missa, levantando el Santíssimo Sacramento corriéronsele las mangas de la alba y parecieron los braços desnudos, porque la túnica no los cubría, y viéronse ángeles que los cubrieron con joyas del Cielo, de donde se tomó uso de poner bocas de mangas y redropies en las albas. Es de Severo Sulpicio, en su Vida.
[29] Serapión Monge, hallándose solamente con una túnica, una capa y un libro donde estavan escritos los Evangelios, viniendo a pedirle limosna dos pobres, dio al uno la capa, y al otro, la túnica. Quedó desnudo, y preguntándole quién le avía dexado como estava, mostró el /(247v)/ libro, y dixo:

-Éste.


Ni quedó contento con esto, que el libro vendió y dio el precio a pobres. Después se vendió él mismo por dos vezes, repartiendo lo que le davan en limosnas, y la una convirtió a los que le compraron y le dexaron libre, y después vino a ser abad en Arsinoe, donde avía diez mil monges. Es del De Vitis Patrum, y refiérelo Marulo.
[30] Tiberio, emperador de Constantinopla, fue grande limosnero, tanto que estava pobre. Reprehendíale Sofía, su muger, por lo que dava. Él dezía que confiava en Dios, que le avía siempre de dar qué diesse. Sucedió que vido un día en cierta huerta de su alcáçar y palacio real, en el suelo, una losa con la Señal de la Cruz. Parecióle que estava allí indecente. Levantóla y vídose otra de la misma suerte, con otra Cruz. Quitóla también con otra tercera, que assí mismo pareció, debaxo de la cual halló un grande tesoro, de que tuvo bien que hazer limosnas. Refiérese en la Historia de Emperadores, y particularmente lo escrive Platina, en la Vida del Papa Benedicto Primero.
[31] Del glorioso padre de los Predicadores Santo Domingo se lee en su Vida que, estando estudiando en Palencia y sucediendo hambre, después de aver dado el dinero que tenía a pobres, no perdonó a sus libros, que por ser persona principal y grande amigo de estudios tenía muchos y de mucho precio. Vendiéndolos, dio el precio a pobres, anteponiendo al estudio de las letras el de piedad.

[32] Ni es menos digno de loa el bienaventurado padre de pobres Menores, San Francisco, pues hasta quedar desnudo dio sus vestidos a gente necesitada, sin que cosa alguna negasse a quien por el nombre de Dios se la pedía. Es de San Buenaventura, en su Vida.


[33] Marco Marulo escrive de Hosvaldo, rey de Bretaña, que hizo una limosna grande en presencia de Adriano, obispo indifranense. Asióle la mano, y llegándola a su rostro, dixo:

-Mano tan larga en | dar no debría jamás consumirse.

Fue esto como profecía, porque muchos años después de su muerte, abriendo el sepulcro, estava el cuerpo del rey consumido del todo, y la mano tan fresca y entera como cuando era vivo.
[34] Judoco, hijo de Retael, rey de la Gran Bretaña, que es Inglaterra, dexando el reino terreno procuró el Celestial. Passó en Francia, y en París, aviendo estudiado siete años las Divinas Letras, ordenándose de sacerdote, con un dicípulo suyo que quiso seguirle, llamado Vulmaro, se fue a un desierto llamado Brahie, cerca de un río, donde edificó una ermita y servía al Señor. Sucedió que un día, no teniendo para comer él y su dicípulo sino un pan, el Hijo de Dios, Jesucristo, Nuestro Señor, llegó a él en traje de pobre mendigo y pidióle limosna. Partió el pan Judoco en cuatro partes, y diole la una. Fuese de allí, y tomando otro diferente disfraz, también de pobre, pidióle limosna, y él le dio otra parte del pan. Bolvía tercera vez en otra figura, y diole la tercera parte del pan. Cuarta vez tornó en traje diferente de persona afligida de hambre, y pidiendo un bocado de pan, Judoco dixo a su dicípulo que le diesse lo que quedava. Él dixo:

-Pues, padre, ¿no queréis que nos quede a nosotros algo?

-Quiero -dixo Judoco- que le des todo lo que nos queda, que poderoso es el Señor para proveer nuestra necessidad.

Dióselo, y no era bien ido de allí el Señor cuando parecieron en el río, junto a la ermita, cuatro barcas llenas de provissión, sin saber quién las truxesse ni de dónde venían, y con esto passaron muchos días. Dízelo el abad Florencio en su Vida, y refiérelo Surio, tomo séptimo.


[35] Estéfano, rey de Ungría, santíssimo varón, acostumbrava salir de noche solo de su casa con una bolsa llena de dinero, e ir a buscar a quién darlo. Sucedió que una vez entró en cierto hospital o casa donde estavan muchos pobres recogidos, y començando a repartirles el dinero, /(248r)/ cargaron tantos, que no aviendo para todos lo que ellos quisieran, enojados los que recibieron menos, le asieron de las barbas y se las sacaron a mechones. El santo rey, no indignado por esto, sino el rostro lleno de risa, se bolvió a su real casa, y entrando en una capilla púsose de rodillas delante la imagen de Nuestra Señora, y dixo:

-Madre de Dios, Reina del Cielo, pelado me han las barbas. Si hiziessen esto mis enemigos, con vuestro favor pensara satisfacerme dellos de modo que no quedaran sin castigo. Mas hanlo hecho soldados de vuestro Soberano Hijo, que son los pobres, por lo cual yo los perdono, y pienso alcançar premio del que dixo a sus Apóstoles que de sus cabeças ni un pelo se perdería, y que si le perdiessen en su servicio, por él les daría Cielo.

Es de su Vida, escrita por Cartuicio, y refiérelo Surio, tomo cuarto. Y para que se vea que tiene Dios cuidado de los limosneros y que el dar limosna les es ahorro de otras muchas costas que escusan, diré lo que en la misma Vida se dize deste varón admirable. Murió el emperador Enrico y sucedióle Conrado. Quiso hazer guerra en Ungría. El santo rey Estéfano, cierto dello, apercibióse para la defensa, y queriendo salirle al encuentro hizo oración a la Madre de Dios, de quien era muy devoto, y entre otras cosas dixo:

-Si tienes por bien, Señora de la Vida, que éste tu reino y nueva planta se destruya, a lo menos no permitas que se eche la culpa a negligencia mía, sino a la voluntad de tu Soberano Hijo y Dios Mío, que quiere por este medio castigarnos, y si es por pecados míos, páguelo yo y queden libres mis súbditos.

Esto dicho, fue a buscar al enemigo, mas vínole luego nueva que se avía retirado y dexado la guerra, por lo cual dio gracias a Dios, y más, siendo sabidor del caso cómo sucedió, que fue miraculoso, porque yendo los capitanes del emperador marchando a grandes jornadas, llególes mensajero con cartas de su parte en que les mandava que | se bolviessen, y, bueltos, como el emperador no huviesse embiado tal recaudo, entendió que Dios favorecía a su siervo, el rey de Ungría, y temió de le hazer guerra, como no la hizo en todo el tiempo que vivió.
[36] Eduardo, rey de Inglaterra y varón santo, era muy devoto de San Juan Evangelista, y ninguna cosa que por su amor le pidiessen la negava. Pidióle un día limosna cierto peregrino por aquel santo, y no teniendo consigo a su camarero, ni moneda que darle, sacó un anillo de oro de su dedo y dióselo. Ivan después dos ingleses a visitar el Santo Sepulcro a Jerusalem, y tomándoles una noche en despoblado, fatigáronse mucho. Mas llegó a ellos un viejo venerable y díxoles que le siguiessen. Hiziéronlo ellos, y en poco espacio los puso en poblado y llevó a una posada, donde les dio bien a cenar y durmieron lo que de la noche quedava. A la mañana hablóles el viejo, y díxoles:

-Sabed que yo soy el Apóstol y Evangelista de Dios, Juan, y amo tiernamente a vuestro rey, porque vive casto. Él me dio este anillo, pidiéndole limosna en mi nombre, llevando traje de peregrino. Bolvédsele y dezidle de mi parte que ya se llega el tiempo de su muerte, que será dentro de seis meses, y que nos veremos juntos siguiendo al Cordero Inmaculado.

Dicho esto, desapareció el Santo Apóstol. Ellos bolvieron a su tierra y dieron cuenta al rey de lo que avían visto y oído. Cayó luego enfermo, y después de aver estado algunos días en la cama, dio su alma a Dios. Es de su Vida, escrita por Alredo, abad cisterciense, y referida por Surio, tomo primero.
[37] Paula, matrona romana, viuda y de nobilíssimo linaje, fue tan larga en dar limosnas, que la acusavan y culpavan de pródiga. Ella afirmava que por Dios lo hazía y que tenía desseo de morir pobre, de suerte que no tuviesse una sávana de que hazer mortaja. Dezía más:

-Si yo tuviere necessidad, hallaré muchos que me saquen della y me favorezcan, /(248v)/ mas el pobre que me pide a mí limosna, si no le faborezco ni halla otro que lo haga, pediráme Dios a mí cuenta de su vida si muriere.

Como lo dixo lo hizo, que llegó a última pobreza, y cuanto más fue pobre en la Tierra, más rica se halló en el Cielo. Dízelo San Hierónimo, en el Epitafio de la misma Santa Paula.
[38] Santa Isabel de Ungría, aun en vida del marido Lantgravo, por el cuidado que tenía de los pobres se llamava madre dellos. A los que tenían salud y les faltava comida, embiávasela, a los afligidos, consolava, visitava enfermos, y a los muertos hazía la costa del entierro. Cuando nacían hijos a los casados pobres, procurava serles comadre en el Baptismo, y de los hijos que ella tenía hazía a otros pobres compadres, por tener ocasión de trato y conocimiento, para hazerles bien y darles limosna. Si le faltava dinero vendía de sus vestidos. Llevavan a enterrar un pobre, descubierto el rostro. Quitóse ella la toca de su cabeça, y cubriósela. En tiempo de hambre repartió mucho pan a pobres. Siendo hija del rey de Ungría y muger del conde de Turingia no se desdeñava de hilar, texer, coser con sus manos, y de lo que ganava hazía limosnas, verificándose en ella lo del capítulo último de los Proverbios: «Sus manos trabajaron, sus dedos torcieron el huso, su mano abrió al pobre y sus palmas al necessitado»; que es dezir: «Con el trabajo de sus manos hizo grandes limosnas». Marulo, libro primero, da por autor desto a Conrado, fraile menor.
[39] Brígida Abadessa salió de su convento para negocios tocantes a él, y hizo cierto viaje con otras monjas en un carro. Vido algunos hombres que llevavan hazes de leña sobre sus espaldas para venderlos en la ciudad. Ella decendió del carro con sus monjas, y mandó al que le guiava que en las mulas llevasse aquella leña y ayudasse a aquellos pobres hombres. Hízose assí, y entretanto, Brígida y | su gente se estavan en el campo assentadas. Passó por allí un señor principal con mucho acompañamiento de gente a cavallo, y sabido el caso de la santa abadessa, mandóle dar dos cavallos que guiassen el carro. Fue Brígida tan piadosa, que la necessidad del próximo antepuso a la suya, y tuvo tanta esperança, que nunca temió ser desamparada del Señor. Y con esto cebava con óleo la lámpara, adornando con obras santas el don de virginidad, con que fue admitida al tálamo del Esposo y celebró las Eternas Bodas que gozó para siempre. Escrívelo Bonifacio Nono, y refiérelo Surio, tomo cuarto.

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