De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[40] Caminando por tierra de Bravancia un monge de Cistel, varón santo y piadoso, como estuviessen los campos cubiertos de nieve, vido assentado en ella un niño como de edad de tres años, hermosíssimo por estremo, el cual estava llorando tiernamente. Apeóse el monge de un cavallo en que iva, tomó en sus braços al niño, y compadeciéndose dél, ayudóle con algunas lágrimas, preguntándole qué avía. El niño, sin hablar palabra, proseguía su llanto. Tornó a preguntarle el monge, y dixo:

-¿Dónde está tu madre, niño? ¿Hasla perdido?

Levantó más su sentimiento él, y dixo estas razones:

-¡Ay de mí! ¿Por qué no lloraré? ¿Por qué no derramaré lágrimas? Véome pobre y solo en esta nieve, no tengo quién me ampare y reciba en su casa.

El monge, abraçando al niño y besándole de ternura, viéndole y oyéndole, dixo:

-Cessa, amado niño, de llorar, que yo te llevaré comigo a donde seas regalado.

Diziendo esto, subió en su cavallo, mas el niño se desapareció de sus braços, porque era Cristo, Hijo de la Virgen. Conocido del monge, dexóse caer en tierra llorando tiernamente. Llegó a esta sazón un criado que llevava y hízole subir en el cavallo, y prosiguió su camino. Preguntávale por qué llorava, y sólo podía pronunciar:

-¡Ay de mi niño hermoso, niño dulcíssimo! ¿Por qué me dexaste? ¿Por qué tan presto te fuiste?

Porfiándole después sobre el /(249r)/ caso otro monge, vino a descubrirse contando todo lo susodicho, y no avía quién pudiesse oír el caso sin derramar lágrimas, considerando que el Hijo Unico del Padre, y verdadero Dios, Jesucristo, busque en la Tierra hospedaje, y que tenga necessidad de comida, que padezca frío y se aya la caridad en tanta manera resfriado por crecer la malicia, que no aya quien le hospede en su coraçón, amándole, le refrigere en su voluntad, conformándola con la propria, le aliente en su seno con devoción, ni le vista con caridad. Lo dicho es del libro segundo De Apibus, capítulo primero.
[41] San Bernardino de Sena, antes que entrasse en el Orden de los Menores, muertos sus padres y estando en casa de Diana, tía suya, siendo de poca edad, guardava parte de su comida, que distribuía a pobres. Y como un día viniessen a pedir pan los frailes de San Francisco y se escusasse la tía diziendo que no tenía para cabalmente cumplir con la gente de la casa, Bernardino con grande instancia le rogó que el pan que a él le avía de dar diesse a los frailes, afirmando que más quería él padecer hambre, que dexar de librar della a quien la padecía. Es de Surio, en el tomo tercero.
[42] Clemente Cuarto, Sumo Pontífice, fue primero casado y tuvo dos hijas de legítimo matrimonio. La una entró monja, y diole treinta ducados de dote. A la otra casó con un mancebo su igual, y diole trezientos ducados, con protestación que si le pedía más en su vida, que no serían amigos. Tenía un sobrino al cual sus datarios dieron tres canonicatos bien ricos, y sabido por él, mandóle que dexasse los dos y se quedasse con el uno sólo. Y como algunos amigos suyos le rogassen que no se huviesse con el sobrino tan rigurosamente, sino que antes le diesse más | de lo que tenía, respondió:

-No es razón, amigos míos, que tenga yo más respeto a la carne y sangre, que a Jesucristo. La voluntad de Dios es que los bienes de la Iglesia se gasten en obras pías, y no en hazer ricos a los parientes. No se puede llamar buen sucessor de San Pedro el que tiene más cuenta con el parentesco que con Cristo y con lo que deve a cristiano.

Lo dicho es de Platina, en la Vida deste Pontífice.
[43] Siendo preguntado Amedeo, duque de Saboya, de ciertos embaxadores si tenía perros de caça, respondió que el día siguiente los mostraría. Venido, y siendo hora de comer, llevólos a un corredor y díxoles que mirassen abaxo, en unas largas mesas, comiendo muchos pobres. Añadió el duque:

-Éstos son los perros que tengo yo, con que pretendo caçar el Reino de los Cielos.

Refiérelo Juan de Mal Lara.
[44] El Papa Pío Quinto desposó una sobrina, hija de su hermano, y diole en dote doze mil ducados, que para lo que puede y tiene un Sumo Pontífice es tanto como dar un canónigo de dos mil ducados de renta, cien reales a otra sobrina. Y diziéndole algunos cardenales que era muy poco y nada aquella dote, y que por lo menos le devía dar cincuenta mil ducados, siendo sobrina de un Papa, por mucho que le importunaron no le pudieron sacar que añadiesse a los mil, sino solos quinientos, diziendo que él no era señor, sino administrador de los bienes de la Iglesia, y que no podía con ellos hazer ricos a sus deudos, sino solamente socorrerles como pobres, y que para una donzella pobre, aunque fuesse su sobrina, bastava para ponerla en buen estado mil y quinientos ducados, y que no le hablassen más en ello. Refiérese en su Vida.
[45] Maravillosos exemplos pueden sacarse del libro que hizo el Padre Maes- tro /(249v)/ fray Miguel Salón Augustiniano, con mucha erudición y elegancia, de la Vida de don fray Tomás de Villanueva, arçobispo de Valencia, y en particular en cuanto a la limosna, en que grandemente se señaló. Y assí solía dezir:

-Otros sientan lo que quisieren, que yo tengo por verdad cierta que nos ha de pedir Dios cuenta a los obispos y sacerdotes prebendados de la hazienda de la Iglesia, como de encomendada para distribuir entre pobres, y como de hurtada a su dueño si en otro que en socorrerlos se empleare.

Y añadió una vez, oyéndolo diversas personas:

-Si me hallaren al tiempo de mi muerte un real, no me entierren en sagrado.

Y assí fue, que viéndose enfermo, no sólo mandó repartir lo que de su renta tenía cobrado, sino que lo ganado y pagado dexó a personas de confiança para que, llegando el término de la paga, se diesse a pobres. Nunca se negava a persona que le buscasse, ni se enfadava por pobre que le demandasse. Ni persona alguna vino afligida a él en onze años que fue arçobispo, a quien no consolasse. Si el desconsuelo era por pobreza, dávale limosna, trigo o dinero, y buena cantidad , y si era falta de consejo, también aconsejava lo conveniente a alma y cuerpo, por ser grande letrado y muy avisado. Al principio que tuvo el arçobispado don Tomás, valíale diez y ocho mil ducados. Tenía de pensión dos mil a don Jorge de Austria, su predecessor, y gastava en su casa y criados cuatro mil, y dava doze mil a pobres. Llegó a valer la renta treinta mil ducados, y dava cada año veinte y cuatro mil en limosna. Para los pobres mendicantes que piden de puerta en puerta, guisava cada día olla particular de carne o pescado, conforme al tiempo, y a cuantos lle- gavan | a su casa de las onze en adelante les dava pan, una escudilla de potaje con algún poco de carne o pescado, una vez de vino y un dinero. Eran tantos los que llegavan, que no faltava quien le dixesse que mirasse que eran muchos dellos holgaçanes, y otros con lo que allí comían ahorravan los dineros que cogían de puerta en puerta y hazían grangería de la limosna, y que otros llegavan dos vezes, y más desconociéndose por ser tantos. Nada desto entibiava la caridad del arçobispo, antes respondía que si avía holgaçanes y gente perdida, esto era a cargo del governador y justicia, y que a él no tocava sino socorrer la necessidad, y si con lo poco que él les dava ahorravan las demás limosnas o tomavan dos vezes y le engañavan, que ningún daño le hazían:

-Líbrenos Dios por su misericordia de engañar nosotros a los pobres, que ser engañados dellos dándoles con coraçón senzillo y en nombre del que por enriquezernos a todos quiso ser pobre y acabar con tanta pobreza en una Cruz, ésta es la corona del que haze limosna.

Y assí, mirando un día de una fenestra cómo davan la comida a los pobres, vido uno que, recebida su ración, se passó a la otra parte a recebir otra, y uno de los criados que la repartía, conociéndole, no quería darle. Él porfiava que no la avía recebido. Embió a mandar que se la diessen, y después habló con aquel criado, preguntándole por qué no le dava. Y respondió:

-Porque recibió su ración, y con engaño se avía passado a la otra parte a recebirla segunda vez.

-¿Esso llamas engaño? -dixo el buen perlado-. Poco sabéis de pobres. No os pongáis más en essas averiguaciones; dexáos engañar dellos, porque esse pobre que pensáis vós que os engaña, puede ser algún ángel del Cielo que viene a /(250r)/ provar nuestra caridad y paciencia.

Avisáronle cómo un cavallero a quien él ayudava con quinze escudos cada mes (porque ésta era la limosna ordinaria que dava a gente noble) jugava algunas vezes, y que por usar mal de la caridad que le hazía sería bien la perdiesse.

-Esso no haré yo -dixo el buen padre-, porque peor lo haría si no le proveyéssemos. Aora haze un mal, en tal caso haría muchos.

Y, defendido el ausente, embióle después a llamar y reprehendióle ásperamente, amenazándole que si no se enmendava le quitaría la limosna, y que mirasse que era hazienda de pobres lo que dava, y le castigaría Dios con rigor si no le empleava en proveer su casa. Valió tanto esta corrección, que nunca más vido aquel cavallero el juego, ni se ocupó en cosa que diesse mal exemplo. Sin las limosnas públicas, dava de secreto a envergonçantes por todas las parroquias de la ciudad, distribuyendo cada mes por mano de su limosnera dozientos ducados, sin otras cuantías que dava por su mano a personas particulares que venían a su casa, como cavalleros pobres, mugeres de honra, y otros que se avían visto en prosperidad. Señaladamente dava a muchos a ciento y cincuenta ducados al año, a otros, más, y a otros, menos. Tuvo particular cuidado de los niños expósitos que echavan sus madres, por no poderlos criar, al hospital. Él los criava, y huvo tiempo que llegava el número a cincuenta, y a las vezes más. Hazía que viniessen a su presencia las amas que los criavan el primero de cada mes, y si los veía asseados y limpios añadíales mejoras, y si deslucidos, las corregía sin darles más de salario. De donzellas pobres se compadecía y las socorría liberalíssimamente, siendo mucha la limosna que hazía para este | efecto. De ordinario casava cada año de veinte y cinco a treinta, dando a cada una de cincuenta hasta a ochenta ducados, sin lo que ayudava para otras que no se contentavan con menos. Como fue una, que le pidieron para cama y otras alhajas de casa veinte ducados. Diolos liberalmente. Supo que se casava con un carpintero; dixo:

-Pues ¿de qué ha de vivir, si no tiene algún caudal?

Mandóle dar cincuenta, para que con los veinte comprasse madera y trabajasse en su casa. Diéronle este dinero, y el moço se derribó a sus pies, agradeciendo aquella merced. Él le dixo:

-Dad, hijo, las gracias a Jesucristo, que Él os ha socorrido de su hazienda, que no yo, pues no es mía.

Para tantas limosnas parecía corta su renta, y en efeto lo era, más visiblemente se lo multiplicava Dios, como se echó de ver dos vezes: la una que, gastado el trigo, en tiempo de hambre, de una cámara, la halló llena; y otra, que sacando una bolsa grande llena de dinero, y perdiéndosele a su limosnero, la tornó a hallar llena dello, donde la avía buscado y no estava. Sin todo esto, cuanto podía ahorrar el buen arçobispo lo ahorrava, y le pesava que se gastasse en su comida cosa superflua. Supo que le avía costado a su comprador seis reales una lamprea. Afligióse mucho, y dezía:

-¡Que coma yo, siendo fraile, lamprea tan cara, y por ventura abrá algún pobre que le falte una sardina!

Mandó al comprador que bolviesse a la plaça y la vendiesse. El hombre replicó:

-Vuestra señoría ya no es fraile, sino arçobispo, y para un arçobispo no es mucho.

Dixo el buen padre:

-Huélgome que digáis que soy arçobispo, y pésame de oíros que no soy fraile, y mucho más que no acabéis de entender vós y los de mi casa, diziéndooslo tantas vezes, que assí somos obligados los /(250v)/ obispos de ahorrar para los pobres, como los padres para los hijos.

Y de aquí resultó que, teniendo dos jubones muy gastados, llamó un oficial a que les echasse unas mangas, y regateó el precio tanto, que juzgó dél que de mezquino y apocado lo hazía. Tenía este hombre tres hijas para casar y faltávales la dote. Advirtióle cierto clérigo que fuesse al arçobispo y que le ayudaría. El otro hazía donaire dello, por tenerle en opinión de avariento, por lo que le passó con él al remendar los jubones, mas porfióle tanto el clérigo, que él fue y propuso su necessidad. Conocióle y oyóle con mucho amor. Pidióle su nombre y el de sus hijas, y el del confessor y cura, a quien llamó y se informó de aquella gente, y, sabido que vivían bien, y tomando su parecer qué daría a cada hija, el cura dixo que les bastava a treinta ducados.

-Pues, en hora buena, añadió el perlado. Venid vós y su padre mañana, que yo haré un libramiento de esse dinero.

Vinieron el cura y el padre de las donzellas, y dixo al padre:

-Yo ofrecí ayer a vuestro confessor, que está presente, treinta ducados para cada una de vuestras hijas, con que se case, y veo que es poco. Pues lo más será necessario para assentar la casa, serán cincuenta: con los veinte pondrá casa, y lo demás echará en caudal de su oficio, con que comiencen a trabajar.

Derribóse aquel pobre hombre a sus pies para besárselos viendo tanta liberalidad y misericordia, mas detúvole el siervo de Dios, y dixo:

-¿Vós no sois el que me adovó unos jubones?

Y como respondiesse que sí, añadió:

-Paréceme que os ofendistes por lo que regateé en ellos, y no tuvistes razón, porque para poder hazeros esta limosna fue aquello necessario, y no por ahor- rar | dinero, que ni lo he menester ni se me ha de hallar, con el favor de Dios, a la hora de mi muerte.

Otros casos semejantes le sucedieron al mismo perlado, y fue uno que, subiendo cierto criado suyo a su aposento a hora extraordinaria con un recaudo de importancia, hallóle que estava remendando sus calças, y espantado, díxole:

-Monseñor reverentíssimo, con un real las pudiera vuestra señoría mandar remendar, y no tomar esse trabajo.

-No estáis en lo cierto -respondió él-. Antes esto es mi descanso, porque esse real será bueno para un pobre.

Era muy fácil la entrada de su aposento, y acertó otra vez a entrar un hombre que le venía a pedir limosna, y hallóle que se remendava sus hábitos, y bolvióse a salir sin dezirle cosa alguna. Sospechó lo que era el siervo de Dios. Llamóle y preguntóle por qué se iva sin hablarle. Respondió:

-Ivame porque venía a pedir a vuestra señoría me favoreciesse para ayudar a casar una hija, y viendo lo que haze, entiendo que está alcançado, y assí no quería darle pesadumbre con mi demanda.

Díxole el bendito padre:

-Porque me veis remendar mis hábitos, no penséis que estoy alcançado, antes por no estarlo los remiendo y procuro ahorrar lo que puedo, y assí tengo qué daros a vos y a otros que venís con semejantes necessidades.

Y, hecha información, le favoreció largamente según su estado. Lo dicho es del Maestro fray Miguel Salón, en el libro que hizo deste admirable perlado, en la segunda parte, capítulo diez y seis.
[40] Fray Fernando de Talavera, primer arçobispo de Granada, después que los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel la ganaron de poder de moros el año de 1492, entre otras virtudes admirables que tuvo, fue una la /(251r)/ de ser muy limosnero, y assí, sus limosnas de ordinario eran tantas que si no le ayudaran los mismos reyes y otras personas poderosas, con dos cuentos que tenía de renta, no era possible cumplirlas, porque sin un monasterio de San Francisco que edificó en Talavera, su tierra, de ordinario gastava mucho, porque comían a su primera mesa cuarenta o cincuenta personas, y con la segunda y tercera bien llegava a dozientas, de las cuales las ciento y cincuenta no tenían de qué comer en otra parte, y sin esto dava raciones ordinarias a pobres envergonçantes. Si iva por la calle y le pedían limosna, y no se hallava allí su limosnero, dava un libro que llevava en la mano, y si llegava otro, dávale el bonete, y así se iva descubierto hasta que el limosnero venía y rescatava de los pobres el bonete, libro, o lo que el arçobispo les avía dado. Acontecíale visitando las Alpuxarras, llegar a pedirle limosna una muger casi desnuda, y visto por él que dinero no la remediava de presto, entróse en una casa y desnudóse su túnica, que era de friseta blanca, y diósela, con que cubrió su desnudez. Iva assí mismo a los hospitales muy de odinario, y sin asco ni empacho llegava a las camas de los pobres, aunque fuessen llagados, tomávales el pulso, mirávales la ropa, preguntávales la salud, y informávase de la disposición de su enfermedad, proveyéndoles a todo. A otros enfermos que visitava en sus proprias casa, si eran pobres, favorecía secretamente, dexándoles dinero debaxo de las almohadas con que se curassen y sustentasse. Por dos vezes hizo almoneda de la hazienda que tenía en casa, fuera de las camas de sus criados, y repartía el precio a pobres en tiempo de hambre. Y la una de- llas | vendió cierta plata que tenía en su capilla para lo mismo, y compróla el Marqués de Mondéjar por veinte mil maravedís, y embióle el dinero y la plata. Y como los pobres creciessen, tornóla a vender otra vez, y compróla el mismo señor, tornándosela a embiar. El arçobispo, agradeciendo su magnificencia, dixo en el púlpito:

-Piensa el señor marqués que ha de poder más que yo; dos vezes me ha comprado la plata de mi capilla, y tantas me la ha tornado a embiar. Pues esté cierto su señoría que si cien vezes me la compra y buelve, tantas tornaré a venderla, porque en tiempo de necessidad no ha de estar la plata ociosa en mi casa.

Tenía dos mulas en su cavalleriza, una suya y otra del capellán que llevava su Cruz, y servía de todo lo necessario a la despensa y cozina, y también las vendió para dar a pobres, y tres años que vivió después anduvo a pie, aunque huviesse de ir a lo más lexos de la ciudad. Pesávale mucho de que se desperdiciasse en su casa lo que era de provecho. Acaescióle pedir de bever a un paje, y trúxole doblado de lo que avía menester. Mandóle que bolviesse la mitad dello. El paje se apartó a un cabo y derramó lo que le pareció, y cuando bolvió a dar la copa al arçobispo, díxole:

-Aora torna esso allá, que lo que derramaste era lo que yo avía de bever.

Mirava en estas menudencias el que era larguíssimo con los pobres, y era lo uno medio para hazer lo otro. Poníase a la puerta de la iglesia los días de fiesta, cuando se acavavan los oficios, a pedir para pobres envergonçantes con una tassa, y si veía que alguno dava más por su respecto, bolvíale parte dello, diziendo:

-Lo que a otro diérades, basta que deis a mí.

Y assí, a nadie era molesto y a muchos, provechoso, que les dava con aquella limosna que comiessen to- da /(251v)/ la semana. Era muy enemigo de vagamundos, y si veía pedir limosna a los que le parecía estar sanos, si dezían que no lo estavan, mandava que los viessen médicos, y hallados sanos, acomodávalos en alguna obra, y si no querían trabajar, hazíalos echar de la ciudad. Y por ver a los ciegos que tenían fuerças y se andavan mendigando, dávale pena. Pensó en ello, y un domingo, predicando, dixo con tanto plazer como si se huviera hallado un tesoro:

-Contento estoy, porque esta noche he pensado en qué se pueden ocupar los ciegos para que no anden vagamundos, y hallo que pueden sonar los fuelles a los herreros, o menar en los tornos, que para esto no son menester ojos, sino manos y fuerças, como algunos dellos tienen.

Y diziendo esto, proveyó que cualquiera ciego, estando sano de los otros miembros, fuesse llevado donde huviesse fraguas o tornos, y el que no quisiesse, saliesse de Granada, con pena de açotes a los rebeldes. Y en poco tiempo, ningún ciego pareció en la ciudad. Tenía costumbre el arçobispo, la Cuaresma, Adviento, y algunas vísperas de fiesta, assentarse en confessionario público, y confessava a todos los que llegavan, y desto resultavan muchos provechos: uno, que por ser grande letrado, los que tenían sus consciencias amarañadas quedavan con su parecer remediados y consolados. También allí le avisavan secretamente de cosas que él después remediava, y sin esto, descubriánsele necessidades gravíssimas, y proveíalo, teniendo papel y tinta. Y a uno le librava paño para vestirse, a otro, trigo, y a otro, dinero con que casava la hija, de modo que cuantos venían a él bolvían consolados en alma y cuerpo. Las Cuaresmas recogía en un apartado de su casa las mugeres públicas pecado- ras, | y hazíales dar de comer, y que cada día oyessen Missa. Predicávales diversas vezes, y dezíales que el demonio se servía dellas como de azemilas, en que llevava almas al Infierno, el cargo que tenían de los que por su causa perdían la Gloria, la deshonra en que vivían, las enfermedades en que caían, y la pena eterna que en la otra vida esperavan. Con esta batería que el arçobispo les dava venían muchas a convertirse, y él las ponía en remedio, y se vieron después muchas dellas vivir casadas, como si nunca huvieran sido pecadoras públicas. Refiérese lo dicho en su Vida, que está en la Tercera Parte del Flos Sanctorum, colegida de las Crónicas de San Hierónimo , de cuyo Orden fue, y de otras partes.
[47] Juan de Dios, el de Granada, puede bien enriquezer este Discurso de Limosna, pues fue su continuo exercicio desde que Dios tocó su coraçón, para que se empleasse en su servicio. Pondránse algunos exemplos particulares suyos, dexando otros para otras ocasiones. Al principio de su conversión, estando en Granada, por algunos días tuvo exercicio que traía hazes de leña a la plaça, vendíalos y sustentávase del precio, y lo que sobrava dava a pobres. Habló con algunas personas devotas, y con su calor alquiló una casa, donde recogía pobres desamparados, enfermos y tullidos que hallava, y luego salíó con una espuerta grande en el hombro, y iva dando bozes, diziendo:

-¿Quién haze bien para sí mismo? ¿Hazéis bien por amor de Dios, hermanos míos en Jesucristo?

A los principios iva de noche, y algunas vezes, lloviendo, y en tiempo que estavan las gentes recogidas en sus casas, por lo cual salían maravillados a las puertas y ventanas a oír la nueva ma- nera /(252r)/ de pedir, por tener boz lastimosa, junto con la virtud que el Señor le dava, que parecía que entrava las entrañas de todos. Allegávase a esto el verle flaco y maltratado, y la autoridad de su vida, la cual movía mucho. De suerte que todos salían con sus limosnas y se las davan con mucho amor y voluntad, los unos, dineros, otros, panes o pedaços dello, y otros, lo que les sobrava de sus mesas. Con esto bolvía a sus pobres, y en llegando, dezía:

-Dios os salve, hermanos; rogad al Señor por quien bien os haze.



Y repartía lo que traía entre todos. Iva cada día ganando crédito con personas principales y ricas, visto que no sólo recogía peregrinos y desamparados, como al principio, sino que tenía assentadas camas, y enfermos que se curavan en ellas, y assí le davan y fiavan cualquiera cosa que avía menester para los pobres. A nadie cerrava las puertas de su caridad, por donde venían a él todo género de pobres y necessitados, a que los socorriesse, como biudas, huérfanos, pleiteantes, soldados perdidos, labradores pobres, y a todos socorría conforme a la necessidad que tenían, no embiando alguno desconsolado. Ni se contentava con emplearse en esto, sino que también tuvo cuidado de buscar pobres envergonçantes donzellas. Recogidas, y casadas que se vieron con hazienda y se hallavan perdidas, dávales remedio, y él mismo comprava el pan, y la carne, carbón, y todo lo necessario para que estuviessen encerradas y evitassen algunos peligros. También les buscava seda de casa de los mercaderes, lana y lino, que hilassen. Iva los viernes a la casa pública, y dezía tales razones a aquellas perdidas mugeres, sacando un Crucifixo que llevava consigo, con que algunas se com- pungían | y movían a penitencia. Si tenían deudas, pagávaselas, y llevávalas a su hospital, y hazíalas confessar generalmente, y poníalas después en la enfermería, donde estavan curándose otras mugeres que avían tenido el mismo trato, para que viessen el pago que dava el mundo y la ganancia que sacavan las que perseveravan en aquel oficio, porque unas tenían podridas las cabeças, de donde les sacavan huessos, otras estavan llagadas, a las cuales curavan con cauterios de fuego, o con agudas navajas, cortándolas pedaços de su cuerpo, quedando feas y abominables. Aquí procurava entender la voluntad de cada una, a qué se inclinava, porque algunas, favorecidas de Dios, quisieron emplearse en perpetua penitencia, y a éstas llevó al monasterio de las Recogidas. Otras, que veía inclinadas a casarse, les buscava dotes y maridos, y las casava, y déstas fueron muchas; tanto que, en una ida que hizo a la Corte, con lo que de allí truxo se casaron diez y seis, y muchas aprovaron bien, viviendo en adelante honesta y castamente. Para verse la caridad deste hombre era buena prueva entrar en su hospital, donde se hallavan enfermos de todos géneros de enfermedades, hombres y mugeres, sin desechar alguno de calenturas, bubas, llagados, tullidos, incurables, heridos, desamparados, niños tiñosos, y otros que le echavan a la puerta y los hazía criar, locos y simples, sin los envergonçantes que mantenía en sus casas. Su gasto era tan grande, que ya no bastava la limosna que recogía en Granada, ni empeñarse en trezientos y cuatrozientos ducados, no faltando quien se los prestasse, y assí salía por la Andalusía y pedía a algunos señores, como fue al duque de Sesa, /(252v)/ que diversas le desempeñó, y, sin esto, le dava las Pascuas del año camisas y calçado para todos sus pobres. Y como aun esto no bastasse, acordó de ir a la Corte, que estava a la sazón en Valladolid, y por orden del Conde de Tendilla, que tenía dél noticia, habló con el rey don Filipe, que a la sazón era príncipe, y le dio buena limosna, y lo mismo sus hermanas, las infantas. Túvole en su casa el tiempo que residió en la Corte, dándole de comer y todo lo necessario, con mucha caridad y amor, doña María de Mendoça, muger del Comendador Mayor, don Francisco de los Cobos, con darle grandes limosnas para pobres envergonçantes, y él lo hazía tan bien, que casi tenía ya en aquella villa tantas casas de pobres que visitar y dar de comer como en Granada. Algunas personas que le conocían y veían distribuir y dar limosnas en Valladolid, dezíanle:

-Hermano Juan de Dios, ¿por qué no guardáis los dineros para vuestros pobres de Granada?

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