De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[7] Una duquesa vivía con grande regalo, comía manjares costosíssimos y guisados con grande trabajo y diligencia, bañávase en aguas odoríferas, su cama no se puede dezir cuán regalada era, sus vestidos, ricos, costosos y vistosos. Sus salidas de casa, los recreos de huertas, de músicas, de danças y bailes, todo era en extremo. Vino a enfermar, y la enfermedad fue de suerte que estava hedionda en una cama, sin que marido ni persona de la casa pudiessen entrar en su aposento. Sola una criada a tiempos entrava en él con grandes reparos, para no morir /(256v)/ del mal olor. Y con esto acabó la vida. Quiera Dios que su alma esté en parte limpia. Dízese en el Promptuario de exemplos.
[8] Refiérense los Anales de Francia , que cuentan semejante historia del rey Carlos, Quinto deste nombre. Curávase el rey con un médico llamado Aristóteles, el cual tenía una hija hermosa, y de ella se enamoró un privado del rey. Entró un día en casa del médico, estando ausente, y con el favor de sus criados, sin que la madre pudiesse defenderla, que la vido, hizo fuerça a la donzella. La cual, con grandes llantos, dio cuenta a su padre de lo sucedido. Sintiólo él cuanto era razón, fuese al rey, estúvosele mirando, y de a un poco, dixo:

-Deme vuestra magestad el pulso, porque me parece que está indispuesto.

El rey, algo alterado, se le dio, diziendo:

-No sé cómo esso sea, que en mi vida me sentí mejor.

Visto el pulso, dixo el médico:

-Señor, una indisposición tenéis que si presto no la remediáis, perderéis la vida.

-¿Y qué es? -replicó el rey.

-Señor -respondió el médico-, la indisposición es que por vuestras aficiones particulares no se guarda justicia, y se hazen grandes insultos y agravios.

Con esto le contó el caso de su hija.

-No tengáis pena -dixo el rey-, que yo procuraré no morir de esse mal. Llamadme a vuestra muger y hija, y a los que estavan en casa cuando esso que dezís sucedió.

Vinieron todos, informóse el rey, y mandó quedar allí la madre y hija, y que le llamassen al privado. Vino él bien descuidado de tal negocio, que pensó que callara el médico por su honra, y por verle tan privado del rey. El cual le careó con la dama a quien hizo la fuerça, y preguntó si la conocía.

-Sí -dixo él-, que hija es de vuestro médico Aristóteles.

-Bien está -dixo el rey-. Pues ¿cómo fuiste | osado a la hazer fuerça? Yo te mando con pena de mi indignación, que le hagas aquí luego, por auto público, donación de toda tu hazienda.

El otro, con temor de muerte, puesto de rodillas delante del rey, le pidió merced de la vida, afirmando que amor le avía vencido.

-Antes que alcançes essa merced -dixo el rey-, quiero que hagas lo que digo.

Hízolo assí, y aprecióse su hazienda en sesenta mil ducados. Y, hecho, dixo el rey:

-Ahora quiero que te desposes con ella.

Esto hizo de peor gana que lo primero. Mandóle también que la llevasse a su casa y solemnizasse el desposorio, todo lo cual se cumplió estando juntos aquella noche los desposados, con gran contento del médico y de los de su parte. Otro día por la mañana, embió el rey por su privado, y mandóle entrar en un aposento, adonde le fue dicho que se confessasse, porque dentro de una hora avía de morir. Sintió esto el pobre gentilhombre cuanto puede pensarse, y visto que no avía remedio de otra cosa, confessóse, y cortáronle la cabeça. Lo cual hecho, embió el rey a llamar a su médico, y venido, díxole:

-Quiero que me veáis el pulso para saber si de la enfermedad que me dixistes el otro día estoy mejor.

El médico le tomó el pulso, y muy contento, riéndose, dixo:

-Muy bueno está vuestra magestad, y la enfermedad avéis vós mismo curado mejor que la cura del más sabio médico del mundo, por lo cual yo, mi muger y hija os quedamos eternamente obligados.

-A esso -dixo el rey- yo no quiero responderos, sino que entréis en aquel aposento, y veréis lo que en él está.

Entró el médico, y viendo a su hierno descabeçado, quedó como fuera de sí. De a un poco, bolvió al rey y díxole:

-¿Qué es esto, señor? ¿Por qué avéis sido tan cruel? Que más dolor he sentido desto que de la /(257r)/ deshonra de mi hija, la cual fuera Dios servido que yo no huviera engendrado.

El rey le respondió:

-Sabed, maestro, que mi enfermedad requería esta medicina. Oy ha cuatro días que vuestra hija fue mala muger, aunque por ser forçada, no perdió mucha honra. Ayer fue casada, oy es viuda. Yo le quité la infamia casándola con quien la forçó. A él le corté la cabeça porque otro con fabor mío no se atreva a cosa semejante. Vuestra hija queda, con la hazienda de su marido, rica. No le faltará marido, y por tanto, justo o no, injusto o cruel podéis llamarme.


[9] A la misma traça de lo dicho se cuenta otra cosa del emperador Maximiliano, abuelo del emperador don Carlos, Quinto deste nombre. Y fue que, en Isbruch, un su corregidor, llamado Juriste, sentenció a muerte a un cavallero por cierto crimen que avía cometido, y merecía tal pena. Tenía éste una hermana muy hermosa, la cual fue a hablar al corregidor, pidiéndole la vida de su hermano. Él, muy pagado de su hermosura, díxole que le daría al hermano si le dava su honra, y no de otra manera. Ella respondió que antes perdería muchos hermanos que la honra. Fuese a él a la cárcel, y contóle lo que passava. El hermano, que temía cada hora al verdugo si venía a degollarle, le dixo tales cosas, derramando tantas lágrimas, assegurándola que el corregidor se casaría con ella, que la forçó a bolver a él, con grande vergÜença, y díxole que le quería complazer, porque le diesse a su hermano. Él, muy contento, le dio palabra de cumplirlo. Túvola consigo una noche, y a la mañana embióla a su casa, y, por otra parte, mandó a un verdugo ir a la cárcel y que degollasse al hermano, y le llevasse el cuerpo a la hermana, lo cual todo se cumplió. Visto por ella, su hermano muerto y su honra perdida, quisiera dar gritos y hazer grandes estremos, mas, teniendo ojo a vengarse, embió a dezir al corregidor que tal cual le embiava a su hermano, le recebía. Fuese | al emperador Maximiliano, que estava en otro pueblo, cerca de aquella ciudad, y refirióle el caso. Sintiólo mucho, embió a llamar al corregidor, y careóle con la dama, que se llamava Epitia. Mandóle desposar con ella, después de averle dicho palabras de reprehensión gravíssimas. Hecho el desposorio, díxole que se confessasse, porque avía de morir. Mas la dama se derribó de rodillas delante del emperador y le dixo tantas lástimas, que le enterneció y perdonó al corregidor, mandándole que tuviesse en mucho a su muger, pues por ella tenía vida, y que si otra cosa hiziesse, él tomava a su cargo la vengança.
[10] De Alexandre de Midicis, primer duque de Florencia, también se cuenta que en el poco tiempo que le duró la vida, antes que fuesse muerto a traición, como lo fue dentro de su palacio por un deudo suyo y muy su privado, hizo cosas bien acertadas en negocio de govierno. Fue una semejante a las dichas, de que un cavallero principal de su casa, favorecido de otro, forçó a una donzella, hija de un molinero. Sabido por el duque, mandó al que faboreció el delicto que de su hazienda dotasse a la donzella, y al que la forçó, que se cassasse con ella, y hecho esto, quiso degollarlos a los dos, mas por ruegos de terceros, los perdonó.
[11] Galeacio Mantuano, moço de linaje y muchas gracias particulares, y valiente en hechos de armas, estando en Pavía un invierno y aviéndose aficionado perdidamente a una dama de aquella ciudad, sucedió que, passando un día por cierto puente, vídola que venía con todas sus conocidas y amigas. Hablóla, ofreciéndosele como solía, siempre afirmando que haría por ella grandes cosas, como es costumbre de hombres aficionados. Ella, o por provarle, o por librarse dél, díxole:

-Lo que quiero que hagáis por mí, es que os echéis con vuestro cavallo deste puente abaxo, en el río.

No lo huvo bien oído Galeacio, cuando, espoleando el cavallo, dio consigo en el río. Murió el cavallo de la caí- da, /(257v)/ y él salió del río por grande ventura, y casi muerto. Dízelo Pontano, libro primero, capítulo veinte y cinco, De heroica fortaleza.
[12] En la ciudad de Salucio vivía un rico y noble ciudadano, llamado Giacheto, casado y con hijos, hombre de edad, ocupado en exercicio de letras y estudio, y de buena estimación entre sus ciudadanos. Andava éste aficionado a una criada suya, y por una puerta secreta de su estudio salía y se veía con ella diversas vezes. Una entre otras, deteniéndose más de lo acostumbrado de salir y hazer presencia con su muger y familia, llegaron a la puerta de su estudio, y no oyéndole rebolver los libros como solía, con violencia rompieron la puerta, y saliendo por el postigo, halláronle con la criada, y ambos muertos. Tienen las mugeres casadas señalada pena de muerte por leyes de la República, si cometen adulterio, y porque no había con los maridos semejantes leyes, suele Dios, sin esperar a castigarlos en la otra vida, que será con mayor rigor, castigarlos en ésta, como se vee en este miserable Giacheto, que le dio por castigo de adulterio perder la vida y la fama y buen nombre en este mundo, y en el otro, Infierno eterno, pues, muriendo actualmente en pecado mortal, es cierto que se condenó. Dízelo Fulgoso, libro nono. Este exemplo quise poner aquí, aunque cause acedia en orejas castas, porque puede ser de algún provecho a gente desenfrenada en este vicio, que teman no les suceda lo que al desventurado Giacheto. Y porque no se piense que sólo esta vez ha sucedido en el Mundo, digo que en mi tiempo, y en Toledo, fue público aver sucedido otras dos vezes. La una fue de un moço y una moça de servicio, que los hallaron juntos y muertos una mañana en casa de cierto hombre muy siervo de Dios, que quiso su Magestad castigarlos por el agravio que hazían en casa donde se dava tan buen exemplo con la vida del señor | della. Otra vez murió un moço y quedó la muger viva, la cual, siendo pressa y atormentada, temiéndose que ella le avía muerto, no habló otra palabra en el tormento, sino que en sus braços se avía muerto, y assí, no ella, sino la Justicia Divina le mató, para que fuesse a aquél castigo y a otros escarmiento.
[13] En Toro, ciudad de España, vivía un letrado, hombre principal y rico, el cual seguía y perseguía con palabras importunas y desseos torpes a una criada suya. Ella, viéndose acossada, comunicólo con su señora, aunque no la creyó, porque el doctor era de edad de ochenta años. Y assí le dixo malas palabras, con que la hizo ir bien descontenta de su presencia. Pues como el caduco viejo perseverasse en su frenesía, un día que la moça estava cerniendo en un lugar apartado y solo, llegó a ella con ánimo dañado, haziéndole promessas, y si no consentía con su voluntad, amenazas. Vídose la pobre moça en aprieto, era honesta y avisada. Díxole:

-Dómine doctor, primero quiero ver dónde está mi señora, y si está lexos de aquí y descuidada. Fiando en que vuestra merced me dará remedio, yo haré lo que me manda. Mas, porque estando cerca no oiga que dexo el cernido, tome estos cedaços y tráigalos un poco; iré a verlo.

El frenético viejo holgó dello, tomó los cedaços y dávase mucha prissa, bolviendo cada momento la cabeça, y diziendo:

-¿Vienes, moça?

Ella fue a su ama, y díxole:

-Vuestra merced nunca me ha creído que mi señor me solicita. Venga y verá lo que passa.

Llevóla y entró con ella donde el ossario de cemiterio estava cerniendo, el cual se halló confuso. La moça fue luego casada por orden de su ama, y toda su vida dio buen exemplo de honesta y recogida. Lo dicho refiere Antón Delgadillo en un libro que anda de mano De mugeres ilustres, y dize que sacó lo más que en él escrive de otro que hizo don Alfonso de Santa María, obispo de Burgos, a instancia de la reina doña María. Los nombres del doctor y de su muger po- ne /(258r)/ allí este autor. Yo no quise nombrarlos, por ser el caso de afrenta, que si fuera honroso, de buena gana los especificara, como especifico y declaro el nombre de doña Isabel de Guzmán, condessa de Plasencia (y refiere el caso este mismo autor), la cual, sabiendo que el conde, su marido, llámese como se llamare, tratava con algunas mugeres desonestamente, ella las visitava a tiempos, y con rostro alegre las acariciava y hazía regalos, y siendo pobres les dava vestidos honrosos, y encargávales que sirviessen al conde y que no le disfamassen. Lo cual sabía luego él, y por lo mismo las dexava, lo que no hiziera si lo llevara de otra suerte. La condessa, sabido que dexava el conde de tratarlas, a algunas ponía en remedio y las casava. Después de una larga dolencia que tuvo el conde, le sirvió, estando hartos todos sus criados y enfadados dél. Y en esto perseveró hasta que murió poco antes que el conde, su marido. Algo pareció a esta señora la muger de uno de los Escipiones, que, sabiendo que tratava el marido con una muger, en tanto que él vivió lo llevó con mucha paciencia, y después de muerto, la casó, pidiéndole que guardasse, con callar, la honra de Escipión, su marido. Ambas a dos señoras sentían grandemente la falta y mal hecho de los maridos, mas llevávanlo como se ha dicho, amándolos grandemente, por evitar otros males e infamias.
[14] En la ciudad de Valencia se curava en un hospital cierta muger, enferma de bubas, y dava tan mal olor de sí, que para llegar a donde estava era necessario ponerse paños de vinagre en las narizes, la cual avía estado mucho tiempo en la casa de las mugeres públicas. Dezían los cirujanos y médicos que se moría, y no se quería confessar. Fue llamado fray Juan Romanero, del Orden de los Mínimos, y excelente predicador, para que la hablasse y acabasse con ella que se confessasse. Hablóla, y con las mejores palabras que pudo, la rogó que se con- fessasse. | Ella estuvo pertinaz en no hazerlo, porque dezía que, si sanava, se avía de tornar a aquella casa. El fraile replicó:

-¿Y si os morís?

-Si me muriere -añadió ella-, querría que me llevassen a enterrar a la misma casa.

No passó hora después que dixo esto, cuando espiró y dio la alma al diablo. Su cuerpo fue enterrado en un muladar. Esto dixo el mismo fray Juan Romero predicando en Toledo, en la iglesia de la Magdalena, un viernes de Cuaresma del año de mil y quinientos y sesenta y nueve.


[15] En la ciudad de Toledo, año de Cristo de mil y quinientos y sesenta y seis, sucedió un caso estraño (y escrívole para que se vea en lo que pone el vicio desonesto a los que se dan a él, y en lo que van a parar), y fue que en la Parroquia de Santiago vivía una viuda de poca edad y de buen parecer, la cual passava su vida pobremente con una vieja madre suya, en cuya casa se aderezava la comida a un moço llamado Rodríguez, oficial de la imprenta y que se traía, aunque muy desaliñado y como cosa prestada, en hábito de clérigo, y por tener boz de tenor abultada, era admitido en los Maitines de la Santa Iglesia, y tenía allí cierto oficio de que llevava estipendio. El cual, con la continua comunicación de la viuda, aficionósele perdidamente y solicitávala por diversas vías y modos, aunque no era admitido, porque la viuda era recogida y honesta. Y visto que no le aprovechava cosa alguna su diligencia, formó sospecha que tenía puesta en otro su afición, y quiso saber quién era, para quitarle la vida, pareciéndole que, evitado este inconveniente, avría lugar su pretensión. Entró un día donde la viuda estava, hallándose ausente su madre, y púsola un puñal a los pechos, amenazándola de muerte si no le dezía quién era su enamorado. La pobre muger afirmava que nunca avía ofendido a Dios en caso semejante, mas, visto que él instava en su intento, y teniéndose por muerta, acordándose de un vezino suyo tundidor, llamado Muñoz, /(258v)/ el cual avía seis años que era muerto, nombrósele, y con esto la dexó y diose a buscar aquel hombre. Fue la desgracia que avía llegado algo antes un cardador deste nombre, natural de Segovia, y trabajava en Toledo. Tuvo dél noticia, hízosele su amigo, y llevávale consigo a una casa pequeña de dos aposentos, que tenía a la parroquia de la Magdalena el Rodríguez, y una noche le combidó a cenar y echóle un puño de sal en el vino, con que el Muñoz quedó embriagado y sin sentido, y teniéndole desta manera, le dio en la cabeça con una grande piedra, y con un cuchillo le degolló. Hecho esto, quiso hazerle pedaços para sacarle de la casa, y cortóle los dos braços, los cuales llevó y echó en un pozo que estava a la puerta de una casa, abaxo del Colegio de los Infantes. Era ya hora de Maitines, dexó el cuerpo encerrado en su casa y fuese a la iglesia, donde, viéndole otros maitinantes salpicado de sangre, preguntándole la causa, respondió que era de un gato que la dava noches malas y le comía la carne, que ya no se la comería, ni se las daría. Venida la mañana, aquel Señor que no consiente que semejantes males queden encubiertos y sin castigo, ordenó que, yendo una moça a sacar agua del poço donde estavan los braços, se le quebró la soga, y queriendo sacar el caldero con un garavato, sacó el un braço. Diose noticia al corregidor, don Diego de Çúñiga, que lo era a la sazón en Toledo, y uno de los buenos juezes que ella ha tenido en nuestra edad. Él hizo entrar en el poço, de donde sacaron el otro braço, sin hallar otra cosa. Los dos braços vi yo en la plaça de Çocodover este día, en manos de un muñidor de la Cofradía de la Caridad, subido en una mesa, haziendo grandes exclamaciones delante mucha gente, y pidiendo limosna para enterrarlos. Andava el corregidor y justicia haziendo grandes diligencias para descubrir esta traición, y visto del Rodríguez, descubrióse al doctor Velázquez, que a la sazón tenía la canon- gía | magistral de Toledo, y después fue arçobispo de Sanctiago, y a un racionero, y al doctor Francisco Farfán, cura de la parroquial de Santiago cuando esto sucedió, y después canónigo de la magistral de Salamanca, el cual escrivió este caso como yo le voy refiriendo, en un libro que hizo y anda impresso, llamado Regimiento de Castos, en el Remedio veinte y tres . Por orden destos, la viuda fue encerrada en el monasterio de Santa María la Blanca, que es de mugeres recogidas, y a él le aconsejaron que fuesse a pedir el hábito a un monasterio de Hierónimos, que está fuera de la ciudad, donde por la boz que tenía se podía esperar que le recibirían. Mas, el prior y convento, sabido el caso, negándole el hábito, le remitieron al monasterio de Guadalupe, que es del mismo Orden, dándole cartas y vistiéndole de donado. Fue allá, dio las cartas y, entendido el caso, no fue recebido, mas aconsejáronle que se passasse a Portugal, que por ser a la sazón reino estraño, podría tener segura la vida. Hízole él assí, fue a Portugal, donde cayó en él tanta tristeza, acordándose de la viuda, que determinó bolver a Toledo. Entretanto que andava en esto el miserable homicida, después que el cuerpo del Muñoz estuvo encubierto cinco o seis días, por un rumor que andava en la vezindad del ruido que oyeron la noche en que le mató, y que avía faltado el Rodríguez de aquella casa, estando siempre cerrada, y un mal olor que salía della de cuerpo muerto, tuvo alguna sospecha el corregidor, y assí mandó decerrajar la casa, y halló el cuerpo truncado sin braços, y començada a cortar la pierna por el muslo. Vino a conocerse el malhechor y, inquiriendo sobre el caso, tuvo el corregidor noticia de la viuda y de su madre, y que estavan en las Arrecogidas, y siendo astutíssimo y sagaz, mandó llevar una tabla de pan, en limosna al monasterio, y fuesse dissimulado tras ella con todos sus alguaziles. Las religiosas /(259r)/ abrieron la puerta de su clausura para recebir el pan, estando acostumbradas a recebir del mismo corregidor y de otras personas devotas semejantes limosnas. Entróse tras el pan en la casa, y sacó de allí a la viuda y a su madre, y púsolas en la cárcel real, donde por su confession se entendió todo el caso, y la poca culpa que ellas tenían. Embió muchos oficiales y ministros de justicia, que le buscassen por todo el reino, y uno dellos llegó a una venta dentro de Castilla, a la raya de Portugal, y estando allí vido entrar al delincuente. Reconocióle y llegó a él diziendo que fuesse presso, y siendo el moço robusto y de muchas fuerças, y el otro, flaco y sin fuerças, se le rindió. Púsole esposas a las manos y trúxole a la cárcel de Toledo, donde confessó su delicto y le pagó, siendo arrastrado, ahorcado y acuarteado, y puesta la mano en el umbral de la casa donde cometió el delicto. Confessó que la viuda no tenía culpa, y suplicó al juez que no pagasse ella lo que él avía pecado, sino que se le diesse libertad. Otorgóselo, y assí salieron juntos de la cárcel, la madre y la hija libres para su casa, y él para la horca, mostrándose muy contrito y padeciendo la muerte con grande ánimo y paciencia. Obras son éstas del vicio desonesto y luxuria, y sería bien que el oírlo fuesse de provecho para escarmentar en cabeça agena y apartarse de caer en semejantes inconvenientes, con huir del vicio de pecado.
[16] En las guerras que los estados de Flandes levantaron, rebelándose muchos pueblos contra su natural y legítimo señor, el católico rey don Filipe, Segundo deste nombre, tratando de reduzir a su servicio los rebeldes la alteza del señor don Juan de Austria, su hermano, en el año de mil y quinientos y setenta y siete, supo que se juntavan algunos franceses de los herejes para venir en socorro del príncipe de Orange, Guilielmo Nassao, su cabeça, muro y defensa de los amotinados y rebeldes, y antes que car- gasse | más golpe de gente, embió a Octavio Gonzaga, general de la Cavallería, con siete compañías de gente española, a les cortar el hilo y assegurar aquellos passos. Llegaron a Berlamón, pueblo pequeño en los confines de Francia, donde hallaron alojados sesteando cuatrocientos dellos. Acometiéronlos con una tan súbita arma, que solos se salvaron que no fueron muertos o prisioneros los capitanes, y algunos otros de los principales. Uno destos capitanes, llamado el de la Puente, llegó con copia de soldados, que se le juntaron en esta retirada, a una aldea llamada Decorte, que está a vista de los estados de Flandes en Francia, y alojóse en ella a los diez y seis de deziembre deste año de mil y quinientos y setenta y siete. Y como es costumbre, tomó la más rica y bien labrada casa de un labrador, llamado Juan Miller. Tenía éste tres hijas, la una de las cuales se llamava María, y era muy hermosa donzella, de edad de diez y seis años. Désta se enamoró el capitán, viéndola que no sólo era hermosa, sino tan agradable y de buena condición, que en ninguna cosa entendía sino en servirle y regalarle. Habló el capitán con su padre, y díxole:

-Si vós, amigo, me quisiéssedes dar a vuestra hija María por muger, dígoos de verdad que no sólo ennobleceréis vuestro linaje, sino que ella será muy bien tratada de mí, y trocará el sayal desta aldea por la seda y brocado de mi tierra y ciudad.

El labrador, oyendo estas palabras, y entendiendo la malicia del capitán, respondió temblando:

-Señor capitán de la Puente, yo soy un pobre rústico villano, indigno de tanta honra como me ofrecéis, y vós, por el contrario, sois cavallero, bien nacido y de grande estado, por lo cual no os vendrá bien mi hija, antes la guardo para algún mi igual que me reconozca por suegro, y yo a él por hierno.

A estas palabras, encendido el capitán en cólera, le respondió:

-Villano ruin, negáisme lo que os pido y yo tanto amo; pues a vos os pesará dello.

Arrojóle una escudilla a la cabeça. /(259v)/ El pobre hombre se fue huyendo, dexando su hija en el aposento. La cual, queriendo irse tras él, los soldados, medio borrachos, le echaron la mano, y no sólo la forçó el capitán, sino el que más dellos quiso, y hartos de aquel abominable estrupo, la assentaron a la mesa, diziendo motes y donaires. La pobre moça, que desseava vengarse, dissimulava, hasta que llegó un caporal a hablar al capitán a la oreja, y buelta la cabeça para oírle, viendo María la oportunidad, asió de un cuchillo que junto a ella estava en la messa, y con él le dio una tan grande herida sobre el coraçón, que cayó luego tendido y muerto. Y huyendo de la tabla, llegó antes que los soldados a sus padres, y les contó el caso, rogándoles que se pusiessen en cobro. Y no eran bien idos cuando llegaron los soldados, y echando mano a la desdichada moça, | sin más processo ni alegación, la ataron a un árbol y la alcabuzearon, donde alegremente murió. Y no fue sin vengança, porque el padre, no pudiendo sufrir tan grande agravio, se quexó aquella noche a sus vezinos, que eran tres lugares comarcanos de más de mil y quinientos fuegos, los cuales, tocando a la arma, passaron a cuchillo a estos malhechores y a otros que estavan aloxados por aquel contorno. Dízelo el licenciado Pedro Cornejo, en el libro que hizo de la Civil Dissensión de Flandes. Refirióse algo desto en el Discurso de Castidad, por respeto de la donzella forçada y que vengó su fuerça; aora se ha dicho más largamente, por ocasión de la luxuria del capitán, y del pago que llevó por ella, en el Discurso presente, que trata desta materia. |

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