De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



Descargar 5.27 Mb.
Página88/143
Fecha de conversión14.10.2018
Tamaño5.27 Mb.
1   ...   84   85   86   87   88   89   90   91   ...   143
[42] Imperando el mismo Diocleciano, padeció en Espeleto Gregorio, el cual, burlando de las amenazas de Flaco y Hircano, presidentes, fue abofeteado y apaleado, y assado en unas parrillas. Y porque se viesse la virtud de la fe predicada por él, a esta sazón tembló una parte de la ciudad, y cayendo algunos edificios, murieron trezientos y cincuenta idólatras. Espantados los juezes, huyeron. Cessó la tempestad, y no la cruel- dad | de los tiranos. No queriendo ofrecer sacrificio a los ídolos el santo mártir, fue de nuevo herido con varas de yerro y abrasado con hachas encendidas puestas en sus costados, y al cabo, fue degollado. Muerto el santo, porque su cuerpo no fuesse honrado de los cristianos, pusiéronle en un teatro para ser despedaçado de fieras, aunque ninguna le tocó. Flaco, el uno de los juezes que se avía mostrado más cruel con Gregorio, en la misma hora echó las entrañas por la boca y miserablemente espiró, para padecer mayores tormentos en el Infierno, sin jamás tener fin. Es de Marulo, libro quinto.
[43] Procopio, llamado primero Neanías, hijo de Teodosia, y capitán de Alexandría, por el emperador Diocleciano, aviéndose convertido a la fe de Cristo, fue preso por la misma fe y martirizado en la ciudad de Cesarea. Estava en presencia de Justo Presidente en aquella ciudad, el cual le mandó atar a un madero, levantado de tierra, y açotar con grande rigor. El tormento iva adelante, por donde algunos de los que estavan presentes, considerando la edad florida del mártir y su gentil presencia, derramavan lágrimas de compassión. Y como él los viesse llorar, díxoles:

-Padres y hermanos míos, dexad de llorar por mí, y llorad antes por el error y pérdida de vuestras almas, porque sólo aquél deve ser llorado, que espera ir a los eternos tormentos, y no yo, que padesco en esta vida y espero gozar en la otra el premio de Jesucristo, mi Dios, por cuya fe y servicio lo sufro.

A esta sazón, sus carnes estavan tan despedaçadas que caían en tierra, los huessos blanqueavan entre la sangre, y el coraçón palpitava, y desta manera fue llevado a una prisión y cárcel, donde le visitó Jesucristo, le consoló y sanó de /(288r)/ sus heridas. Passados algunos días, y estando cierto el presidente que Procopio no era muerto como él pensava, sino que estava vivo, y que por su ocasión algunas personas, hombres y mugeres, se avían hecho cristianos, a los cuales él hizo matar con crueles tormentos, mandóle traer a su presencia, y vista su perseverancia, mandóle desgarrar sus carnes con uñas azeradas, y con ser executado este martirio con grande crueldad, no mostrava más sentimiento el mártir que si fuera alguna estatua de bronze. La sangre corría en tierra, y la tornava como un carmesí, y no se oía gemido, ni avía señal de hombre que se quexasse. Mandóle bolver a la cárcel, y él se recogió a pensar cómo le atormentaría de nuevo. Mas fue muerto de repente, y en su lugar embió Diocleciano por presidente de Palestina a Flaviano, el cual, llegando a Cesarea, tuvo diversas pláticas con Procopio, porque se preciava de Retórico, y quisiera con sus razones aparentes traerle a que adorara ídolos. Y visto que no bastava, mandóle colgar de cuatro correas y que le açotassen con duros nervios, hasta romperle sus carnes, y que le pusiessen en las espaldas carbones encendidos. El mártir dezía al juez que en cosa no le podía hazer mayor bien que en augmentarle los tormentos, para darle mayor merecimiento con Cristo.

-Yo quiero -dixo Flaviano- hazerte esse bien.

Mandó encender un grande fuego, y allí poner unas puntas de azero, y hechas braza, entrar en sus heridas, y después, que le echassen sal en ellas, También mostró singular paciencia en esto Procopio. El tirano inventó otro nuevo y estraño tormento: mandó traer allí un altar con cierto ídolo, también hizo poner lumbre en el altar, y sobre ella quiso que el | mártir estendiesse el braço, teniendo la mano abierta, y en ella encienso, para que, quemándose la mano, sacudiesse el encienso sobre las brasas, y desta manera pareciesse que sacrificava. Vista la cautela del juez por el santo mártir, dexávase quemar la mano y braço, porque el encienso no cayesse en el fuego. Afirmávanse los presentes de ver esto, glorificávase Cristo, y el demonio se avergonçava. Y como el tormento durasse, el santo mártir, mirando al Cielo, gemía y llorava, y dezía al Señor, con David:

-Detuviste, Dios Mío, mi diestra; ceñísteme de virtud de lo alto, y no hize cosa indigna de Ti.

El juez estava confuso viendo la fortaleza del mártir, mas, echando de ver que llorava, díxole:

-Pues afirmas que no sientes los tormentos, ¿de dónde te han procedido essas lágrimas?

Procopio dixo:

-No quiera Dios, o juez digno de lágrimas, que yo llore por los trabajos corporales, sino porque, siendo este cuerpo de lodo, el lodo cuando se llega al fuego suele distilar agua. Y cuando llorasse, tengo razón, considerando que tu alma, por la ceguedad que tiene de adorar demonios, ha de ir a arder en su compañía eternalmente.

El juez le mandó bolver a la cárcel, y otro día le hizo colgar de los braços en alto, y atar a sus pies dos grandes piedras, para que con su peso, la composición de su cuerpo se deshiziesse. Después le echaron en un horno de fuego, y como la llama le perdonasse, mandóle cortar la cabeça. Por todos estos acueductos fue Procopio a gozar altamente de Dios en su gloria. Es del Metafraste.
[44] Teniendo el Imperio de Oriente Maximino, embió a Alexandría un prefecto llamado Hermógenes, para que persiguiesse a los cristianos. El cual prendió a Menas, varón excelente y que avía /(288v)/ tenido govierno en la misma ciudad. Vista su constancia, mandóle atormentar, y fue el principio cortarle la carne de las plantas de los pies, hasta los huessos. Mandóle luego cortar la lengua. El santo dixo:

-Aunque me mandasses sacar los ojos, entiende que seré uno siempre, y que no me quexaré de ti.

Los verdugos le assieron con cierto instrumento la lengua, y sacándosela cuanto pudieron de la boca, se la cortaron de raíz, y el varón generoso, aunque lleno de angustia, levantava su pensamiento a Dios, estendía los ojos por el pueblo, y con señales mostrava el arroyo de sangre que salía de la boca, haziéndolos testigos de su fortaleza y dándoles a entender que en tal empresa desseava perder la vida. Desto recibió tanto enojo Hermógenes que, por vengarse, le mandó sacar los ojos, y después de sacados, con la cabeça hazía señas de su esfuerço y dava gracias a Dios, pues era digno de alcançar tantos premios cuantos eran sus martirios. Desta manera fue llevado a la cárcel, donde milagrosamente fue sano, y reintegrados sus miembros. Y por su ocasión, el prefecto Hermógenes se convirtió a la fe, y al cabo, ambos juntos, por mandado del mismo emperador Maximino, fueron degollados. Refiérelo Surio, en el sexto tomo.
[45] Sustentava el emperador Maximiano grave persecución contra los cristianos, y, estando en Nicomedia, llegávase el día de la Natividad del Señor, y juntándose en la iglesia catedral de aquella ciudad el pueblo cristiano para celebrar la fiesta, aconsejaron al emperador que, pues allí estavan todos los cristianos juntos, hiziesse poner a la puerta de la iglesia un altar con su ídolo, y estando allí, la gente de su guarda mandasse pregonar | que los que quisiessen sacrificar al ídolo, saliessen, y que pusiessen después a fuego a todos los que quedassen. Oyendo esto el tirano, dixo con juramento que él tenía pensado de hazer lo mismo. Luego se puso a la puerta el ídolo, y el pregonero levantó la boz, y dixo:

-Oh, hombres, sabed que Maximiano, señor de la redondez de la Tierra, dize que escogáis de dos cosas la una: o que sacrifiquéis a los Dioses, cuya ara está aquí aparejada, o que todos seáis abrasados, que también está aparejado el fuego. Mirad lo que os viene más a cuenta.

Hallóse el arcediano en el altar a esta sazón, y puesto a un lado dél y buelto al pueblo, dixo:

-Hermanos míos, conjuntos en el Señor, bien sabéis que, oyendo leer la historia de los tres moços que fueron puestos en el horno de Babilonia, nos admirávamos de su virtud y fortaleza, viéndolos en medio de la llama como passearse sobre blanda yerva y luzidas flores, y desde allí llamavan a todas las criaturas para que en su compañía alabassen al Señor del Universo. A esta sazón, les juzgávamos por bienaventurados, y desseávamos ser participantes de sus coronas. El tiempo aora nos llama para semejante muerte, y pues los reyes, aunque difieren en el nombre, convienen en la infidelidad y crueldad, seamos nosotros semejantes a ellos. Vergüença nos será que, siendo aquellos de poca edad y solos tres, y no teniendo otro exemplo delante a quien imitar, huviessen tan bien peleado, y tan dichosamente vencido, y que nosotros, que somos casi innumerables, y muchos de edad perfeta, y tenemos su exemplo, y otros que imitar, nos mostremos tan de ánimo cobarde y abatido, que perdamos semejante ocasión de ganancia, como será dar por /(289r)/ Dios la vida, aviéndola Él dado por nosotros. Él dio muestra en morir por nosotros del amor que nos tenía. Mostremos nosotros el amor y fe que le tenemos, muriendo por Él. Y esto avía de ser assí aunque no esperássemos por ello alguna remuneración y premio, cuanto más que la ay, y tan grande que en su respecto son pequeñas todas las penas y afliciones desta vida. Allí ay Vida Eterna sin molestia; aquí, breve y trabajosa. Allí, gloria verdadera y perdurable; aquí, falsa y que presto falta. Las riquezas allí no pueden ser robadas, y el deleite es sin sobresalto; aquí, todo lo contrario. De gozar nos devríamos por aver hallado ocasión para conseguir tanto bien. Si no lo conocemos, dignos somos de ser llorados.

Estas palabras y otras semejantes dixo el arcediano, con que incitava a todos los que allí estavan a tener desseo grandíssimo de morir por Cristo. Y assí levantaron las bozes, y dixeron:

-¡Cristianos somos, cristianos somos, cristianos somos! En ninguna manera, o emperador, sacrificaremos a tus ídolos.

Entendida esta resolución por Maximiano, mandó poner fuego al templo. Los católicos, que vieron su muerte cercana, pusieron aparte los catecúmenos, que eran los que estavan instruyéndose en la fe y no eran baptizados, y como el tiempo quería presteza, los baptizaron y ungieron con la Santa Crisma, y diéronles el Santo Sacramento del Altar. Acercávaseles ya el fuego, cantaron el cántico de los tres amigos de Daniel, y dieron al Señor sus benditas almas. El fuego duró cinco días, y dél salía un olor suavíssimo, y dava un muy apacible resplandor. Lo dicho refiere Surio en la Vida de Indes y Donna, en el sexto tomo, y della se colige que fueron muertos dentro de la iglesia, con otros que a esta sazón martirizó en Nicomedia, veinte mil mártires.
[46] Teodoro, capitán de Heraclea, fue llamado por parte del emperador Licino, estando en Nicomedia. Rogóle que hiziesse juntamente con él sacrificio a los | Dioses. Teodoro le pidió que le embiasse a su casa los que más preciava, y eran de estima, para zahumarlos y bañarlos con preciosos ungüentos, y después, estando él presente, ofrecerlos sacrificio. Licino, muy alegre, se los mandó entregar, y teniéndolos en su poder, visto que eran de oro y plata, en lo más secreto de la noche los hizo pedaços y repartió a pobres. Passados dos días, Licino hizo llamar al mártir, y díxole:

-Muestra, ínclito y generoso mancebo, la afición y reverencia que tienes a nuestros Dioses, para que, viendo otros lo que tú hazes, se muestren promptos en su servicio.

Un centurión llamado Maxencio dixo a Licino:

-Por los Dioses, o emperador, que se ha burlado de ti este hombre, porque la noche passada yo vi la mano de nuestra grandiosa Diana en poder de un pobre mendigo, con la cual iva él muy contento.

Quedó de oír esto Licino atónito y sin saber qué dezir. Teodoro le dixo:

-Por la virtud de mi Cristo, assí es como dize Maxencio, y que hize muy bien, porque si estos tus Dioses no pudieron darse fabor assí, ¿cómo te lo darán a ti?

Licino dava bozes como hombre fuera de juizio, y dezía:

-¡Ay de mí, que este hombre ha escarnecido de mí! Y los Dioses que me han faborecido y por quien he alcançado famosas vitorias, los despedaçó y repartió a gente vil y baxa.

El santo mártir Teodoro dixo:

-Bien contrarios estamos, o emperador, porque tú te deshazes con enojo, e yo me baño de contento; tú hazes guerra a Dios, yo le alabo con oraciones y cánticos. Honras tú a los Dioses muertos, yo al Dios vivo. Atento a lo cual, o emperador, no deves sentir tanto lo que hize, que no te servirá sino de recebir tormento y declarar tus desseos e intentos bestiales.

Quedó Licino de oír esto bramando en ira. Mandó desnudar al mártir, y que cuatro feroces verdugos, atado pies y manos con nervios de bueyes, le diessen por cuenta seiscientos açotes en las espaldas, y quinientos en el pecho y vientre. Mandóle luego herir con pelotas de plomo, y desgarrar /(289v)/ con uñas de azero, abrasarle con hachas encendidas las llagas y raerle la sangre con texas despedaçadas. Executado todo esto, mandóle poner en una cárcel, con prisiones a sus pies, y que assí estuviesse cinco días, sin darle a comer cosa alguna. Passado este tiempo, mandó poner al santo en una cruz, clavándole en ella. Y los verdugos, teniéndole crucificado, le entraron por su cuerpo un assador de yerro, largo y delgado, cuya punta le salió a lo alto de las espaldas. Truxeron atrevidos rapazes y mandáronles que le tirassen barro y piedras a los ojos. Otros, con cuchillos le davan heridas en los lugares más delicados de su cuerpo. Testigo fue desto Augaro, familiar suyo, que escrivió su historia, el cual afirma que, viendo los grandes tormentos que le davan, y oyendo sus gemidos, causados de los terribles dolores que sentía, haziendo pausa en lo que escrivía, se fue llorando a poner a sus pies. El santo soldado de Cristo, con una desfallecida boz, le dixo:

-Augaro, no dexes lo començado, ten sufrimiento, yo te ruego, y escrive los tormentos que me quedan por padecer hasta la hora de mi muerte.

Luego, llamando a Dios, dezía:

-Señor, ¿Tú no me prometiste de estar siempre comigo? Pues, ¿por qué aora me dexas sin aver cometido culpa contra Ti? Por tu amor, hombres más feroces que bestias me han herido, la vista de mis ojos se ha turbado, mis carnes se han consumido, mis cavellos y dientes se caen en el suelo, el rostro está acardenalado, los huessos secos solamente están colgados de la cruz. Acuérdate, Señor, de mí, que por Ti he sufrido cruz, hierro, fuego y clavos. No falta sino que recibas mi espíritu. Ordena lo que fueres servido, que ya se acaba mi vida.

Con esto cessó de hablar, y su cuerpo estava despedaçado. Creyó Licino que quedava muerto, y assí le dexó colgado del madero, aunque por la visita de un ángel fue sano, y después, por mandado del mismo Licino, dego- llado. | Dízelo Augaro, familiar suyo, y refiérelo Simeón Metafraste.
[47] Marcos, obispo en Aretusa, ciudad de Siria, varón santíssimo, imperando el Magno Constantino, el cual dio mandato para que se derribassen los templos de ídolos, aprovechándose dél, derribo un principal templo que estava en aquella ciudad, dedicado a los falsos Dioses de los idólatras. Sucedió después que, teniendo el imperio Juliano Apóstata, mudóse la suerte, porque faboreciendo este tirano a los gentiles y molestando a los cristianos, el Cristianismo se disminuía y el Paganismo prevalecía. Los idólatras que avían permanecido en Aretusa fueron al emperador y formaron quexa del Pontífice Marcos, diziendo que les avía derribado su templo. Embióle él a mandar, o que les reedificasse a su costa el templo, o que pagasse en dinero lo en que se apreciasse el daño que hizo. Lo uno y lo otro era al santo viejo impossible, por lo cual, aunque él se ausentó un poco de tiempo, mas sabiendo que por su ocasión y falta que hazía eran perseguidos los católicos que en Aretusa estavan, bolvió a faborecerlos. Visto de los idólatras, asieron dél, y dándole heridas mortales, le llevaron por las calles y plaças de la ciudad, no siendo parte sus canas y venerable presencia, ni su vida aprovada con mil testimonios de santidad, para que viejos y moços no pusiessen en él las manos. Su intento de todos era vencer un viejo que se atrevía a mostrar fuerças y valentía contra toda una ciudad. Los hombres de barba llegavan a él y le sacavan las barbas. Los viejos canos asían de sus canas y a mechones se las repelavan. Las mugeres viejas quebravan en él sus ruecas, y las de menor edad le quebrantavan y molían el cuerpo a palos, y, cansadas de apalearle, con agujas le passavan y cosían las orejas. Los niños llegavan con los instrumentos con que escrivían en las escuelas, que eran unos punçones agudos /(290r)/ de hierro, y heríanle, y aunque no eran muy penetrantes las heridas, eran tantas que de todo su cuerpo corría sangre. Añadíase a esto otras heridas que recebía de las piedras, por donde le llevavan arrastrando. Aviendo dexado en una parte la mitra sagrada, en otra, el báculo pastoral, y en otra, las vestiduras pontificales, ya dexava su sangre y pedaços de sus carnes. Estando descoyuntado y que los huessos se le parecían, y no todos en sus propios lugares, recogiéronle en un serón, y untado todo con miel, le levantaron en alto al Sol, entregándole a moscas y abejas, que le labraron por su parte, con tormento para el santo viejo terrible. El cual, formando con su boca desgarrada y bañada en sangre boz flaca y quebrantada, habló con el pueblo, y dixo:

-Aretusanos, aunque yo padezco, y vosotros me dais a padecer, superioridad y mejoría os tengo, estando vosotros en baxo e yo en alto.

Viendo los que estavan allí que se burlava dellos, quisieron pagarse, y dezíanle:

-Viejo atrevido y loco, danos el dinero que manda el emperador, y si no, sea la mitad.

Respondíales él:

-Ni un dinero os daré para edificar casa a los demonios, que tales son los Dioses que adoráis.



El prefecto de la ciudad, vista la contumacia del mártir, escrivió a Juliano, dándole cuenta de lo sucedido, diziendo que era afrenta se diessen tales tormentos a un viejo, y que en padecerlos los cristianos más se les seguía gloria que afrenta, mostrando tanta constancia sufriéndolos. El santo viejo Marcos, de los tormentos que avía padecido y heridas que tenía, murió, y dio su alma gloriosamente al Señor. Es de la Historia Tripartita , libro sexto, capítulo doze.
[48] Estanislao, obispo de Cracovia, en Polonia, reprehendía a Boleslao, Segundo deste nombre, rey del mismo reino de Polonia, grandes vicios en que andava, de deshonestidad, forçando donzellas y deshonrando casadas de toda suerte y condición. Era liberal y dadivoso, era | sufridor de trabajos, moderado en comer y bever, era benigno y humano con peregrinos y afligidos, grave en su conversación, blando y suave con los que le comunicavan. Todos estos buenos modos escurecía y borrava con su desenfrenada luxuria. Al principio, teniendo vergÜença, hazía sus cosas ocultamente. Después, por la mala costumbre, dávasele poco de que fuessen públicas, ofendiendo los ánimos de sus vassallos, sin que alguno se atreviesse a retraérselo, por temor de perder hazienda o vida. Sólo Estanislao, que tenía en poco perder la vida, y en menos, la hazienda, le iva a la mano. Hablóle en secreto, y declaróle la deformidad del vicio desonesto, lo que dél se murmurava por las plaças, lo mal que estavan con él los grandes de su reino. Rogóle que, contentándose con su muger, dexasse las estrañas, donde no, que tuviesse por cierto que incurriría en ira de Dios y en aborrecimiento de los hombres, con daño notable suyo y de su reino. Oyó esto el rey, y, aunque fue grande la ira y enojo que recibió, mas dissimulólo exteriormente, considerando que se lo dezía Estanislao, prelado virtuoso, amador de justicia, y que no le espantarían amenazas. Por lo cual refrenándose, dio algunas escusas a sus culpas. Mas, ido de allí, con el gusto que recebía del deleite desonesto olvidó las razones provechosas que le dixo el Santo Pontífice, y adormeció el escrúpulo que se avía engendrado en su alma. Y no poco se enojava dentro de sí mismo algunas vezes, siendo que sólo Estanislao, callando los demás, se avía atrevido a reprehenderle sin tener respeto, que a la magestad real, a su parecer, le era todo lícito. Y assí, estando una señora, llamada Cristina, muger de Mecislao, varón noble, en el pago o villa saradiense, la cual era muy hermosa, discreta y honesta, pareciéndole bien al rey Boleslao, quísola para sí. Embióle algunos recaudos tentando su honestidad. Ofrecióle ricos dones, y no bastando esto, amenazóla, aunque ni lo uno ni lo otro era parte para que /(290v)/ ella hiziesse lo que no devía, assí por ser muy honesta, como porque el marido, advertido de los intentos del rey, ponía en su guarda la diligencia que le parecía conveniente. Visto por Boleslao, dando lugar a su mal desseo y tiránica osadía, embió soldados que se la truxessen por fuerça, como se la truxeron, no bastando a estorvarlo la defensa que hizo el marido, ni las quexas que ella dava, publicando la fuerça. Túvola el rey consigo muchos años, y della le nacieron hijos, en los cuales, por justo juizio de Dios, pareció el pecado del padre, porque assí ellos como los que les sucedieron, y los que se les juntavan en parentesco y afinidad, vivían enfermos, de una enfermedad que les temblavan los miembros, tenían las narizes torcidas, y al cabo perdían el juizio y morían locos. Al tiempo que hizo el rey esta fuerça, quedaron escandalizados los grandes del reino. Temía cada uno que lo mismo podía suceder por su casa, aunque otro temor que formavan de la ira del rey les hazía callar. Tenía la primacía de Polonia Pedro, varón docto y de vida exemplar. Ocurrieron a él algunos principales del reino, assí eclesiásticos como seglares, y encargáronle que, pues le era a él dado por su oficio, hablasse al rey y le reprehendiesse, de modo que desagraviasse al ofendido y se enmendasse. Mas él, temiendo ser mártir, no quiso usar oficio de confessor o reprehendedor del tirano. Hablaron a otros siete perlados del mismo rey de Polonia, y ninguno se atrevió más que su primado. En sólo Estanislao pusieron todos su esperança, pareciéndoles idóneo para negocio semejante. El cual, después de aver tenido larga oración, y comunicado el negocio con Dios, fue al rey, acompañado de algunos hombres conocidos por buenos y virtuosos, clérigos y legos, y estando en su presencia, hablóle libremente, reprehendiéndole porque a sus primeras culpas huviesse añadido ésta, de hazer fuerça y violencia a muger casada con persona noble de su reino. Amonestóle que la bolviesse a su ma- rido | y se enmendasse en adelante, donde no, que entendiesse que le excomulgaría y haría que le anatematizassen en las iglesias del reino. Oyendo esto el rey, encendido en infernal cólera, dixo palabras descomedidas al varón santo, llamóle hombre de ruin casta, nacido entre villanos, indigno de nombre de perlado y digno que por su atrevimiento le fuesse quitada la prelacía, y embiado a guardar puercos hasta que aprendiesse la reverencia con que se deve hablar al rey. Estanislao, sin mostrar sentimiento por estas palabras afrentosas, perseveró en amonestar al rey santamente, y assí, le dixo:

-Bien entiendo que la dignidad real deve ser reverenciada de los inferiores, y en esto no pienso que he faltado conforme a mi obligación, mas también no ignoro que la dignidad apostólica en que yo estoy, en muchas cosas se levanta a la real y la excede, ordenándolo assí el Omnipotente Dios, que los reyes y príncipes estén sujetos a las leyes puestas para lo que conviene a la salud de las almas por los obispos, aunque sean nacidos en lugar humilde y baxo. Tú, señor, si temes a Dios, si consideras el estado real en que estás, si tienes respeto a los hombres, si desseas salvar tu alma, has de confessar que me deves mucho, pues te he dicho lo que conviene a tu honor y vida, y que si lo recibieres y pusieres por obra, que tu reino será estable, tus súbditos te obedecerán, aplacarás la ira de Dios, tendrás sucessos prósperos, será dichosa tu vida, y tu muerte, bienaventurada.



Las razones de Estanislao, aunque fueron alabadas de los presentes, conmovieron al rey de tal suerte que, levantado de su silla con ira grandíssima, dava bozes diziendo que Estanislao le avía gravemente ofendido, y jurava que se avía de vengar dél. No temía el santo perlado las amenazas del rey, antes, viéndole que iva cada día de mal en peor, y que llegó su desenfrenada luxuria a tratar con una bestia que traía consigo, con jaezes y ornatos ricos y vistosos, siendo público, Estanislao le /(291r)/ excomulgó, y si entrava en la iglesia donde él estava, hazía cessar los Oficios. Una vez que hizo esto, saliendo de la iglesia el Santo Pontífice, vido la bestia cómplice en el pecado del rey, y con un zelo santo, llegó a ella, y con un cuchillo le cortó las narizes y orejas. Parecióles a algunos ser esto demasía en el perlado, y que dava ocasión al rey para que le matasse. Mas otros, con mejor juizio, dezían que le inspirava Dios a que lo hiziesse, y que era acertado. Sabido por el rey, hecho un demonio, mandó que luego muriesse. Y Estanislao, forçado de ruegos y lágrimas de sus amigos, se recogió en un lugar oculto y secreto, y fue en cierta iglesia de San Miguel, que estava en Cracovia, en un monte alto, y allí se encerró el Santo Pontífice con algunos clérigos y ministros suyos, ocupándose en oración. No faltó quien avisó al rey dello, y acompañado de la gente de su guarda, fue allá. Llegó a tiempo que estava diziendo Missa Estanislao. No quiso aguardar a que la acabasse, sino mandó a los que ivan con él que entrassen y le matassen. Bien sentía esto el Santo Pontífice, y sin mudar su rostro, sólo levantando al Cielo sus ojos, prosiguió en su sacrificio. Obedecieron los ministros, entraron en la iglesia, las espadas desnudas, mas sobrevino en ellos un temor tan grande, que sus miembros les temblavan, y el color de sus rostros se tornó amarillo, y, queriendo herirle, cayeron en tierra de espaldas, y teniendo lugar de levantarse, tomaron la puerta del templo. El rey los reprehendió y llamó covardes, y, impaciente sobremanera porque tres vezes acometieron de matarle y tantas fueron derribados en tierra y salieron huyendo, él entró en la iglesia arrebatado de furias infernales, siguiéndole sus ministros, y llegando al altar donde el santo varón estava celebrando, levantó su espada, y con toda la fuerça que pudo, descargó en él un golpe, de que cayó malherido en tierra el santo mártir, y | antes que acabasse de espirar, le cortó las narizes y labios, en vengança de su bestia, a quien el siervo de Dios, con zelo suyo, avía hecho lo mismo. Mandó sacar el cuerpo de la iglesia, y entrególe a sus ministros para que hiziessen en él grandes crueldades, como las hizieron por complazer al tirano. Diéronle grandes heridas, cortáronle la mano derecha y luego la cabeça, rayéronle la corona y su cuerpo fue hecho partes. No permitió Dios que en su arcediano ni en los canónigos, ni en otros ministros suyos que estavan con él, pusiessen las manos, sino que libres se fueron a sus casas. Ni se contentó el sacrílego tirano con lo hecho, antes mandó que las partes en que el sagrado cuerpo estava dividido se pusiessen en diversos lugares, para que fuessen comidas de aves y bestias. Los ministros tratavan de cumplir esto, y acaso un dedo de la mano del santo mártir cayó en cierto estanque de agua de aquella iglesia de San Miguel, y tragósele un pece. Dividieron el santo cuerpo, y pusieron bien distantes unas partes de otras. Y el rey bolvió a su palacio gloriándose de que avía hecho a su parecer una hazaña grande. A los que ayudaron al rey en esta maldad gratificó con darles licencia que fuessen a las casas del obispo y las robassen, lo cual ellos hizieron, no perdonando las haziendas y bienes de sus criados y familiares. Y para deshazer su pecado, dio lugar a que lisongeros falsamente divulgassen graves delictos del santo varón, todo con mentira y maldad. Dezían dél que no avía de ser llamado pastor, sino opressor, no perlado, sino perdulario, no padre, sino padrastro, y assí otros semejantes, mandando el rey Boleslao que se publicasse, para que su fama y buen nombre, o se borrasse del todo, o, a lo menos, en parte se escureciesse, envidiándole la gloria y título de mártir. Tenía por cierto el rey que su cuerpo el día siguiente sería comido de aves y perros, mas sucedió de otra suerte, que cuatro caudalosas águilas, de grande- za /(291v)/ nunca vista, andavan guardándole, de modo que parte alguna no fue tocada de animales de la tierra, ni de aves del Cielo. Viéronse también la misma noche que baxavan rayos resplandecientes de lo alto sobre cada parte del santo cuerpo, y parecía estar allí una hacha encendida. Esto sucedió tres noches, y dio osadía a algunos canónigos y legos, hombres principales de la ciudad, que, sin temer las amenazas del rey, juntaron todas aquellas santas reliquias, y pusiéronlas conforme al orden natural que antes tenían, y por milagro se juntaron aquellas partes, de tal suerte que no parecía señal alguna de herida, y el cuerpo quedó entero, que aun el dedo que se comió un pece, porque dava de sí resplandor, fue asido y restituido a su mano, sacándosele del buche. Y todo dava de sí olor suavíssimo. El tirano fue castigado con castigo del Cielo. Andavan espantándole ciertas figuras y fantasmas, no dándole hora de reposo, después que cometió el homicidio y sacrilegio. Revelóse su reino contra él, porque el Papa Gregorio Séptimo les puso entredicho, que duró mucho tiempo. Fuese a Ungría y andávase por los campos, y un día, llevando perros de caça, por ellos fue muerto y despedaçado. Lo dicho es de Juan Longino, canónigo de Cracovia, que escrivió la Vida deste santo mártir, y refiérelo Surio, tomo séptimo.
1   ...   84   85   86   87   88   89   90   91   ...   143


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal