De Alonso Fructus Sanctorum y Quinta Parte del Flos Sanctorum (1594),de Villegas



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[26] A Anaxágoras le truxeron nueva de la muerte de un hijo y respondió con mucha serenidad:

-No me dizes cosa nueva, ya yo sabía que lo engendré mortal.

Escrívelo Valerio Máximo, libro quinto.
[27] Diose una batalla cerca de Lacedemonia y, viendo una muger (la cual tenía en ella cinco hijos) que llegava a la ciudad un soldado del campo, preguntóle cómo iva el negocio de aquella república. Respondió que sus cinco hijos eran muertos en la pelea. Ella replicó:

-No te pregunto esso, sino si los negocios desta ciudad van bien encaminados.

El soldado respondió que sí.

-Pues poco va -añadió la muger valerosa- en que mueran mis hijos, como la patria esté victoriosa.

Es de Fulgoso, libro quinto. El mismo autor refiere de otra semejante muger que, deziéndole que avía muerto un hijo suyo en cierta batalla, dixo:

-Pues entiérrenle, que yo embiaré otro.


[28] Estando Xenofonte ofreciendo sacrificio en presencia de mucha gente, dixéronle /(27r)/ que el mayor de dos hijos suyos, llamado Grillo, avía muerto en cierta batalla. Tenía la corona en su cabeça de rey; quitósela y preguntó cómo fue su muerte. Y respondiéronle que peleando valientemente. Tornó a ponerse la corona en la cabeça y juró por aquél a quien sacrificava que le avía dado mayor contento el saber que su hijo murió como valiente, que recibió pena de su muerte. Dízelo Valerio Máximo, libro quinto.
[29] Ariobarzanes, rey de Capadocia, dio el reino en vida a su hijo, y lo mismo hizo Tolomeo, rey de Egipto el primero. Ambos quisieron más ser padres de reyes que reinar. Lo primero dize Valerio Máximo, libro quinto, y lo segundo dize Fulgoso, también libro quinto.
[30] Tigranes, rey de Armenia, andando a caça, derribóle el cavallo y de la caída pareció quedar muerto. Llegaron allí dos hijos suyos, y el mayor, creyendo que estava sin vida, tomó la corona que se le avía caído de la cabeça y púsola en la suya, no queriendo perder tiempo. Mas el menor quiso certificarse si estava del todo muerto su padre y, visto que aún tenía vida, hízole remedios, por donde tornó en sí, y después quedó del todo sano. Donde, sabiendo lo que los dos hijos avían hecho, al mayor mandó matar y al menor dexó el reino después de su vida. Dízelo Fulgoso, libro octavo.
[31] Cosroes, rey de Persia y enemigo cruel de los cristianos, después de seis años que tuvo guerra con el emperador Heráclito, como señalasse por rey para su muerte a un hijo menor, agraviado dello Sinocio, que era mayor, queriendo vengarse hizo guerra al padre, vencióle y quedó preso en su poder. Púsole en una torre que el Cosroes avía hecho para guardar sus tesoros y dávale de comer pan y agua. Dezíale palabras ásperas, que comiesse del oro que avía allegado con derramar sangre en toda la tierra. Sacóle de allí, y en su presencia quitó la vida al hermano que dexava por rey y a otros muchos. Al cabo le mandó cortar la cabeça, | y quiso que su cuerpo estuviesse por cinco días hecho blanco a muchos ballesteros que le tiravan. Dízenlo Paulo Diácono, libro diez y ocho, y Rezino, libro primero. Yo digo que las crueldades de Cosroes merecieron el castigo que le vino, y con esto no dexaría el hijo de pagar en esta vida o en la otra el mostrarse tan cruel con su propio padre.
[32] Por la muerte de Julio César, teniendo el imperio su sobrino Augusto, quitó a muchos romanos la vida. Y, desseando aver en su poder a Quinto Cicerón, hermano de Marco Tulio, un hijo suyo le escondió, por lo cual fue preso y atormentado gravemente, sin que bastassen tormentos a que declarasse dónde le tenía. Supo el padre lo que el hijo padecía por él y, siéndole peor de sufrir que la muerte, salió de su gana de donde estava escondido y presentóse al riguroso juez, y ofrecióse a la muerte porque el hijo fuesse libre de los tormentos con que era atormentado. Dízelo Xifilino en la Vida de Augusto.
[33] Quexávanse ciertos legados de Macedonia de Junio Silano, hijo de Tito Manlio Torcuato, que siendo pretor les avía hecho grandes agravios. Quería el Senado castigarle; dixo el padre que le dexassen a él aquel cargo. Y, vista la culpa y comprovada, le mandó dar en su casa un garrote, y no quiso hallarse en su entierro. Dízelo Brusón.
[34] Severo, emperador de Roma, tuvo un hijo, el cual cierto día le corrió con una espada desnuda, y si no le detuvieran sus soldados le matara. No por esto el padre se indignó contra él, sino que el mismo día cumplió con las obligaciones que tenía fuera de casa y, buelto a ella, mandó traer a su hijo en su presencia, y estando allí Papiniano y Cástor, amigos del moço, reprehendióle del mal que quiso hazer. Afeó gravemente su pecado, y luego díxole:

-Si todavía estás en tu dañado intento de matarme, aquí puedes hazerlo, y si tú no te atreves, o no quieres, manda a Pa- piano /(27v)/ que me mate.

Estas palabras enternecieron al hijo, dexándole muy confuso, y el padre sin más memoria ni acuerdo de su atrevimiento para castigarle ni | dárselo en el rostro, porque hasta aquí llega el amor de los padres con los hijos. Dízelo Dión Niceo, y Xifilino en su Vida.
Fin del Discurso de Amor de hijos a padres y de padres a hijos. |

DISCURSO SEXTO. DE AVARICIA

En el capítulo catorze del Libro de los Juezes se dize de Sansón que en cierto camino que hizo mató un león y, bolviendo por allí desde a pocos días, halló en lo hueco dél un enxambre de abejas que avían hecho miel, de que comió Sansón y los que le acompañavan. Este león es figura del avariento, el cual como león araña y desgarra las haziendas de cuantos tratan con él. Mas viniendo su muerte ay en él miel de que se aprovechan diversas personas, porque los herederos gozan de cuanto él arañó y allegó en su vida. Y por esto dixo dello Crates Filósofo, referido por Plutarco, que eran como las higueras locas que nacen en los riscos, de cuyos higos no se aprovechan sino grajos; assí de las haziendas de los avarientos aprovéchanse los herederos, que, vestidos de negro estando enlutados y de color de grajos, gozan la herencia. De la cobdiçia dize San Pablo que es raíz de todos los males, y tiene esto que donde una vez entra no ay salir, porque crece con los años y, aunque en la vejez faltan las fuerças al cuerpo, el desseo de riquezas y la avaricia con el mismo tiempo se aumenta. Va faltando el tiempo de vivir, y el desseo de más allegar riquezas siempre se remoça y va adelante. Y es assí que quien está tocado de avaricia, como a nadie ame, assí de nadie es amado. A todas las cosas antepone el oro y cuanto más dél allega más sed tiene dél. Como el hidrópico, que siente mayor sed cuando más ha bevido. En este Discurso se ponen exemplos de avarientos, y por ellos, quien bien los considerare, puede venir a aborrecer la avaricia.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] No sólo fue Caín el primer embidioso, matando a su hermano Abel por tener dél embidia, sino cobdicioso, pues fue el primero que edificó ciudad. No la edificó Abel, su hermano, que era santo. Y de los semejantes refiere San Pablo que dizen:

-No tenemos aquí ciudad permanente, sino buscamos otra que es la celestial Jerusalem; mas los pecadores todo su negocio es en la tierra, y por lo mismo edifican casas y ciudades.

Como hizo Caín, y se refiere en el capítulo cuarto del Génesis.
[2] De Samuel Profeta se dize en el capítulo cuarenta y seis del Eclesiástico que, siendo Juez de Israel y teniendo a su cargo el govierno del pueblo, ni dinero ni cosa que valiesse lo que el calçado del pie recibió de hombre. Y esto se dize dél después de otros muchos loores, para que se entienda que no sólo es virtud el menospreciar dádivas y dones, sino guarda de las virtudes, porque si falta y se da puerta a la codicia desbarátanse las virtudes. Y es lo que dixo Salomón en los Proverbios, capítulo quinze: «El que sigue la avaricia pone su casa en confusión y el que aborrece dones vivirá».
[3] El profeta Eliseo, como curasse a Naamán Siro de lepra, no pudo ser dél convencido con ruegos para que recibiesse algunos dones de su parte. Mas Giezi, criado suyo, tocado de codicia, fue en seguimiento del Siro como embiado del profeta y, fingiendo cierta necessidad ocurrida de repente, recibió dél plata y vestidos, y por lo mismo la lepra -de que fue libre Naamán- se le llegó a él y a toda su /(28r)/ descendencia; para que a lo menos viéndose Giesi castigado, aprendiesse que la caridad con el próximo deve ser graciosa y no por interesse. Es del Cuarto de los Reyes, capítulo quinto.
[4] Cuando el profeta Daniel quiso declarar al rey Baltasar el oráculo del Cielo escrito en la pared, prometióle dignidades y dones si lo hazía, mas él le dixo:

-Tus promesas y mercedes sean para ti, o rey, y los dones de tu casa dalos a otros. La escritura te leeré y declararé lo que significa.

Y assí lo hizo. Y si adelante dize el texto que recibió del rey un vestido de púrpura y una cadena de oro, da a entender que es lícito después de aver hecho la buena obra recebir algún don, no por concierto, sino por liberalidad y benevolencia del que lo da, y no para superfluidad, sino para necessidad. Es de Daniel, capítulo quinto.
[5] Pone Marco Marulo en Libro Primero una lista de avarientos que acabaron en mal por este vicio. Como Acán, que escondió una regla de oro y cierto paño de grana de la presa de Hiericó, contra lo que Dios avía mandado, y fue apedreado por ello, como parece en el capítulo siete de Josué. Joel y Abía, hijos del profeta Samuel, por avaricia perturbaron la justicia y, no queriendo los hebreos ser regidos por ellos, pidieron rey, que fue Saúl, según escrive en el Primero libro de los Reyes, capítulo octavo. Saúl venciendo a los Amalequitas, fue contra lo que Dios le mandó, que guardó joyas preciosas, por donde vino a perder el reino; y dízese en el Primero libro de los Reyes, capítulo quinze. Acab y Jezabel, reyes de Israel, por codicia de la viña de Nabot le mataron falsamente, y ellos murieron mala muerte; refiérese en el Tercero de los Reyes, capítulo veinte y uno. Judas vendió a Cristo y se ahorcó; San Mateo lo afirma de su nombre en el capítulo veinte y siete. Ananías y Safira, dos casados que mintieron al Apóstol San Pedro en el | precio de cierta heredad que vendieron, trayéndolo al depósito y común de los primeros cristianos, la mentira les costó morir de repente; y cuéntalo San Lucas en el capítulo quinto de los Hechos apostólicos. Y no sólo personas particulares, sino pueblos, ciudades y reinos se han perdido y assolado por avaricia. Y assí dize el Ecclesiástico, capítulo treinta y uno: «El que ama al dinero no será justi ficado; estropieço es a los pies. ¡Ay de los que se desvelan procurándole! El necio vendrá a perderse por él». Hasta aquí es de Marulo.

Y podemos añadir a lo dicho que por el dinero que prometieron los filisteos a Dalida vino a entregarles en sus manos a Sansón sin fuerças, en el cual hizieron grandes crueldades hasta que vino a morir, como parece en el Libro de los Juezes , capítulo 16. Y por dinero que dieron los judíos a las guardas que puso Pilato en el sepulcro, con mentira y falsedad dixeron que sus discípulos avían hurtado el cuerpo del Redemptor, como lo refiere San Mateo, capítulo 28.


[6] San Pedro y San Juan, Apóstoles de Cristo, siendo embiados a Samaría a baptizar, ponían las manos sobre los baptizados, y visiblemente recebían el Espíritu Santo, como lo recibieron los Apóstoles en lenguas de fuego el día de Pentecostés. Visto esto por Simón Mago, el cual también se avía baptizado, dava dineros a los Apóstoles porque le communicassen aquella gracia, que baxasse el Espíritu Santo sobre quien él pusiesse las manos, porque le parecía que podría sacar de aquí no pequeña ganancia. En tanta manera le avía cegado la avaricia que ignorava como los Divinos Sacramentos no se pueden vender ni comprar. Y assí mereció que le dixessen:

-Tu dinero sea en tu perdición, pues as creído que los dones de Dios se alcançan con dinero.

De modo que los Apóstoles tan agenos estuvieron de recebir dinero que maldixeron la perfidia de quien se le ofreció. Es del libro de los Hechos apostólicos, capítulo 8.
Hasta aquí se coligió de la Sagrada Escritura.

/(28v)/ [EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] A San Bartolomé Apóstol ofrecía Polemón, rey de la India, camellos cargados de oro y plata por averle librado del demonio una hija suya, y no quiso recebir cosa alguna, diziendo que no tenía dello necessidad y que no avía ido a la India para hazerse rico, sino para enseñar el camino del Cielo a los que creyessen en Jesucristo. Y verle el rey tan sin interesse fue no menor milagro para él que el de averle sanado la hija, por donde se determinó a recebir el Baptismo y después, dexando el reino, se hizo discípulo del Apóstol el que avía sido rey y señor de la India. Dízelo Abdías en su Vida.
[2] Judas Tadeo, como restituyesse la salud al rey Abagaro, que era señor de una provincia puesta de la otra parte del río Éufrates, no quiso recebir grande copia de oro y plata que le ofrecía, diziéndole:

-Si dexamos nuestra hazienda, ¿cómo recibiremos la agena?

Admiróse el rey de ver tan grande menosprecio de riquezas en un hombre al parecer pobre, y fue parte para que no con tanta ansia y desseo procuró primero la salud como después el Baptismo, no dubdando sino que predicava la verdad quien dava de mano a la ganancia y interesse. Es de Abdías en su Vida.
[3] De semejante grandeza de ánimo estava adornado Ciriaco Mártir, el cual de Roma fue hasta Persia, a llamado del rey Sapor, para que librasse del demonio una donzella hija suya, llamada Jobia. Libróla; ofrecióle dones de mucho precio y, aunque avía ocasión de recebirlos por el trabajo de tan largo camino, no los quiso, considerando que aquella larga peregrinación no la avía hecho por premio terrenal sino celestial. Y assí, el que no quiso recebir tesoro de rey terreno, siendo coronado de mártir recibió del Señor Inmortal la Eterna Bienaventurança. Es de Surio, tomo primero.
[4] Passando San Epifanio de Cipro, donde era obispo, a Jerusalem, hízole el arçobispo de aquella ciudad, llamado Juan, buen acogimiento en su casa. Supo que era avaro | por estremo, y que avía allegado riquezas y tenía vasos de oro y plata con que se servía a la mesa. Pidióselos prestados debaxo de cierto color, y hízolo San Epifanio, como después pareció, inspirado de Dios. Teniéndolos en su aposento, llamó un monedero y dióselos para que se los tornasse todo moneda y, hecho, repartiólo a los pobres. El obispo Juan viendo que tardava en bolverlos, pidióselos y, porque no se los dava, un día delante de todo el clero y pueblo en la iglesia le echó las manos, diziendo que le bolviesse su plata, que era de aquella iglesia. Túvole assido algún tanto. Y porque San Epifanio ninguna cosa dezía ni hazía en su defensa, sin mostrar en su rostro turbación alguna -siendo al contrario en todos los presentes, que sentían mucho que tal desacato se hiziesse al santo varón- bolvió Dios por él, y repentinamente quedó ciego el avaro Juan. Y como se sintió sin vista, muy humilde se derribó a los pies de San Epifanio, pidiéndole que rogasse a Dios le bolviesse su vista. Díxole el santo perlado que fuesse a adorar la Santa Cruz que estava en el templo. Él no quiso dexarle, sino teniéndole assido le pedía su vista sin hazer ya caso de la plata. Epifanio le hizo un breve sermón, declarándole el mal que hazía en ser avariento. Púsole las manos sobre los ojos y vido con el uno dellos, que fue el derecho. Rogóle por el otro y díxole el santo:

-No puedo, hijo, abrirle. Dios le cerró, ábrale Él. Su voluntad es que seamos en todo modestos.

Y desta manera quedó el obispo Juan castigado y enmendado.
[5] Cosme y Damián, hermanos, claros en medicina y mucho más en oficio de piedad, curavan enfermos sin interés alguno. Y como Damián, aviendo sanado de enfermedad bien peligrosa a Paladia, matrona rica, por importunidad grande della y casi forçado, recibió cierto don y regalo, tuvo dello noticia Cosme, y sintiólo tanto que propuso de no enterrarse con él en una sepultura, pareciéndole cosa muy digna de reprehensión recebir premio por el trabajo que en obras santas y /29r/ del servicio de Dios se padece. Es de Surio, tomo quinto.
[6] San Hilarión Abad, como en todo lo demás, assí en esto fue bien mirado. Ofrecíale Orión, de quien con favor de Cristo lançó una legión de demonios, grandes y ricos dones. Y no los recibió, diziendo:

-¿Nunca as leído los castigos de Giesi y de Simón Mago, de los cuales el uno recibió premio, el otro le ofrecía? Éste quiso comprar la gracia del Espíritu Santo y el otro, venderla.

Orión, derramando lágrimas, dezía:

-Recíbelo y dalo a pobres.

Respondió Hilarión:

-Tú puedes mejor distribuirlo, que andas por las ciudades y conoces los pobres. Yo, que dexé mi hazienda propria, ¿por qué me tengo que encargar de la agena? A muchos el nombre de pobres es ocasión de avaricia. La misericordia no tiene arte ni astucia. Ninguno da más que quien da guarda para sí. No quieras, hijo, entristecerte porque no recibo tus dones, ni entristecerme si los recibiesse; lo que hago por mí, por ti lo hago. Si yo recibiesse lo que me ofreces ofendería a Dios y a ti bolvería la legión de demonios.

Dízelo San Hierónimo en la Vida de San Hilarión, capítulo sexto.

Y el mismo Hilarión, sanando a un privado del emperador Constantino que le atormentava el demonio, ofrecióle diez libras de oro. Él le mostró un pan de cevada, diziendo:

-Los que se sustentan deste pan, en tanto estiman el oro como el lodo.

Andando también San Hilarión visitando los monasterios que sus discípulos avían fundado, por importunación de los que ivan con él -que se estrañava de hazerlo- fue a visitar uno, del cual era cabeça cierto avariento. Llegando cerca hallaron puestas guardas en una viña que tenía, para que no dexassen entrar en ella a los que venían con el santo viejo, y a pedradas con hondas los espantaron y no los dexaron tocar las uvas, estando maduras y sazonadas. Sonreíase desto Hilarión. Fueron a otro monasterio de un grande siervo de Dios. Importunóles que comiessen uvas, porque venían cansados del camino. San Hilarión dixo:

-Sea maldito el | que primero buscare la recreación del cuerpo que la del alma. Hagamos oración y paguemos a Dios primero su deuda, y después se puede entrar en la viña.

Dicho el oficio, subió el santo varón en un lugar alto y bendixo la viña y dio lugar a sus ovejas que entrassen a apacentarse en ella. Los que entraron eran grande número. Solía dar de fruto aquella viña cada año cien medidas de vino o arrobas; vendimióse desde a veinte días y dio trecientas. Y el otro avariento cogió aquel año mucho menos que solía, y lo que cogió se le tornó vinagre. Es del mismo San Hierónimo.


[7] Antes que el bienaventurado San Gregorio fuesse levantado a la dignidad del Sumo Pontífice edificó un monasterio, en el cual residía él y otros muchos religiosos. Déstos, uno llamado Justo, que avía estudiado medicina y sirvió al mismo San Gregorio, como él dize, en sus enfermedades ordinarias de médico, cayó enfermo. Y estando muy fatigado, visitándole otro hermano suyo también médico, llamado Copioso, el enfermo le dixo que tenía guardadas tres monedas de oro, y dónde. Lo cual no pudo ser tan secreto que otros monges no lo entendiessen, y, buscándolo, halláronlo entre sus libros y instrumentos de médico. Diéronle cuenta dello a San Gregorio. Él sintió mucho que contra el voto de la pobreza tuviesse aquel monge las monedas de oro, siendo proprietario. Púsose a pensar el santo qué modo ternía para que el culpado purgasse su culpa y los demás monges avisassen y escusassen de cometer delito semejante. Llamó a Precioso, que era prepósito en el mismo monasterio, y díxole:

-Ten cuidado que ningún monge hable con éste que se muere, ni le consuele, ni se halle a su muerte; antes, cuando llegue, dirále Copioso, su hermano, que por aver sido proprietario teniendo escondidos aquellos dineros le han negado los demás monges y le abominan, porque assí, a lo menos en el artículo de la muerte le dé pena su culpa y la limpie con el dolor y penitencia. Y cuando fuere muerto no sea su cuerpo sepultado entre los mon- ges, /29v/ sino echadle en un muladar, y sobre él poned las tres monedas de oro, diziendo todos «tu dinero sea tu perdición», y cubridle allí de tierra.

«Quise -dize San Gregorio- proveer en esto al que se moría que tuviesse dolor de su culpa, y que los monges temiessen ser codiciosos y proprietarios».

Y todo sucedió assí, porque, estando el enfermo en el artículo de la muerte, y queriéndose encomendar y favorecer de los monges sus hermanos, fuele dicho como todos abominavan dél, y la causa; tomándola él desto para gemir y llorar su pecado. Y llorándole y gimiéndole acabó la vida. Su cuerpo fue sepultado en un muladar, y los demás monges, atemorizados deste hecho, sacaron de sus celdas todo lo que tenían que les pareció no muy necessario, aunque fuesse de poco precio y estima, y pusiéronlo en el común. Passados treinta días de la muerte del monge, dize San Gregorio que se compadeció dél, y considerava entre sí cómo podría ayudarle y favorecerle si estava en parte que pudiesse ser favorecido y ayudado. Llamó al mismo prepósito Precioso y díxole mostrando mucha pena y tristeza:

-Ya ha días que nuestro hermano Justo murió, y si está en fuego de Purgatorio devemos ayudarle en cuanto a nosotros fuere dado. Por tanto procura desde oy que le digan treinta missas, sin interponer o faltar día alguno.

Hizo lo que le fue mandado. Y con esto San Gregorio, ocupado en otros negocios, olvidó el del difunto. Mas a los treinta días, una noche se apareció a su hermano Copioso y, conociéndole, preguntóle:

-Pues, hermano, ¿cómo te va?

Respondióle:

-Hasta aora mal; aunque ya bien me va, porque desde oy conmunicaré los bienes del Cielo.

Y con esto desapareció. Fue el hermano y publicó este caso a los monges del monasterio, los cuales, computando los días, hallaron ser aquél último de los treinta en que se le avían dicho las missas. Y no sabiendo el hermano lo que avían hecho los monges por el difunto, ni sabiendo los monges lo que Copioso el hermano avía visto dél, en un mismo tiempo se pu- blicó | todo y quedó la verdad averiguada de aquel negocio. De manera que de la pena que merecía el monge proprietario por la culpa de la transgressión del voto de pobreza que lloró en su muerte, fue libre por el sacrificio santo de la Missa. Lo dicho es de San Gregorio, en el cuarto libro de sus Diálogos, capítulo cincuenta y cinco.


[8] Cirilo, arçobispo de Jerusalem, en una carta que escrivió a San Augustín poco después de la muerte de San Hierónimo, dize que avía un monasterio de dozientas monjas en las partes tebaicas, y que començaron a introduzir cierta costumbre nueva y nunca usada en semejantes monasterios, y era que no recibían monja alguna si no dava a la casa cierta suma de dinero; lo cual parecía mal a una monja anciana del mismo monasterio. Apareciósele de noche San Hierónimo y mandóla que dixesse de su parte a la abadessa y monjas que quitassen aquella costumbre, si no, que entendiessen que vendría sobre ellas castigo del Cielo. Fue con este recaudo; díxolo a todas en capítulo y ninguna faltó que no lo riesse, teniéndolo por fábula de vieja y cosa soñada. Por tres vezes tuvo la buena monja el mismo mandato de San Hierónimo, y lo refería a las otras monjas, las cuales a la tercera vez, enojándose con ella, asiéronla de las greñas, repeláronla y abofeteáronla; otras la punçavan con las agujas de labrar y algunas con las ruecas la apaleavan, y aun hasta las viejas con los báculos en que se sustentavan la herían. Apenas faltó monja que no llegasse a darle siquiera un pellizco, porque era contra la comunidad y no iva por el passo que todas, y les quería quitar aquella ganancia que devían repartir entre sí, contra sus reglas y instituciones (dado todo y declarado por los fundadores del orden, en que tenía buena parte San Hierónimo, y por esto con cuidado y diligencia las avisava que se enmendassen). En fin de razones, que a la anunciadora de tales nuevas, después de averla maltratado de palabra y de obra, asiéndola cual de pies, cual de cabeça, la sacaron del monasterio /(30r)/ y echaron en la calle, cerrando muy bien las puertas. Fue providencia de Dios, porque el justo Lot no pereciesse en Sodoma, la sin culpa con las culpadas. Y fue assí que no era bien salida del monasterio la santa monja cuando con un terrible estallido el mismo monasterio se hundió por los fundamentos, muriendo todas las monjas sin quedar una con vida, acabándose con su avaricia. La Epístola de Cirilo en que se escrive esta historia se halla entre las de San Augustín y es en número dozientas y dos, capítulo octavo. Adviértase que aunque estas monjas se entiende que hazían mal en la costumbre que guardavan de recebir dinero con las que entravan de nuevo, pues tuvieron tan desastrado fin, no por esso se tenga por mala la costumbre usada y guardada en toda la Iglesia Católica donde ay monasterios, pues aunque en algunos se entra graciosamente, porque las casas son ricas o los fundadores lo determinaron assí, ay otros en que se entra con dote que sirve para el sustento de los mismos conventos y monjas, lo cual, si faltasse, también faltarían los conventos. Y el exemplo puesto servirá para que en los semejantes, donde se reciben dotes, se tenga cuenta en que se contenten con lo moderado y no quieran precios excessivos, por donde se hallan muchas donzellas impossibilitadas para recebir este santo estado, que le dessean y dieran dél muy buena cuenta, y por faltarles dote se quedan en el siglo.

Yo alabo sumamente (y puédese traer por exemplo en esta materia) lo que se usa en el monasterio de San Clemente el Real de la ciudad de Toledo. Del cual digo -y puedo dezirlo como testigo de vista por aver muchos años oído en él confessiones- que ay tan buenas y perfetas monjas como se hallan en toda la Cristiandad. Y es prueva desto la continua oración de muchas, que hazen de la noche día, passándola de claro en claro en este santo exercicio; la frecuencia de los Sacramentos, comulgando a ocho días grande número dellas, y muchas otras más vezes en la semana; el assistir en el coro | a los oficios divinos y a todas las demás obligaciones del orden; las continuas y muy importantes obras de penitencia, como ayunos, disciplinas y cilicios (y, verdaderamente, lo que en otras partes se gasta de tiempo y de razones para que se hagan, aquí es necessario se gaste con algunas para irles a la mano a que no se maten o enfermen notablemente por semejantes obras); las fiestas que celebran a sus patronos y santos devotos; un Octavario del Sacramento en que de regozijo mezclado con devoción santa no sé qué más se pueda dessear, estando todos ocho días desde la mañana hasta la noche patente el Santíssimo Sacramento en una custodia de plata sobredorada de cinco mil ducados de valor, con mucha cera ardiendo, muchos pebetes y ramilletes con hierbas olorosas, donde residan siempre sacerdotes que están cantando o rezando junto a la custodia, y grande parte del convento, que haze lo mismo en su clausura. Pues en esta real y santa casa, donde se hallan de ordinario ciento y cincuenta monjas, entre las cuales ay señoras de los mejores linajes de España, siendo rico y de mucha renta, guárdase este orden, que si alguna donzella quiere entrar en él y ser monja, si tiene patrimonio y puede buenamente dar dote, pídesele, mas si le falta, con que sea ella bien nacida la reciben sin darle jamás en rostro que entró sin dote. Y assí ay dentro dél muchas que sin dotarse las recibieron, fuera de otro número grande que se recibe para servicio del convento y socorro de las monjas, que llaman freilas. He dicho esto porque lo alabo y parece muy bien, aunque no condeno ni tengo por mala la costumbre general de que entren con dotes moderados, como lo difinen y declaran algunos Sumos Pontífices y Concilios, para que el convento permanezca y las monjas se sustenten, sin estar necessitadas a que salgan algunas dellas cada día a pedir de puerta en puerta, como se usava antiguamente (o otras personas por ellas) en muchos monasterios. /(30v)/

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