De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



Descargar 0.57 Mb.
Página1/13
Fecha de conversión15.09.2017
Tamaño0.57 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13

LA EXPULSION DE LOS JUDIOS

DE ESPAÑA

(En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)




QUINTA PARTE




LOS JUDIOS Y LOS REYES CRISTIANOS

Los judíos que no cultivan un grano de cereal, tienen el monopolio del trigo, del arroz, del lino, del algodón, de la cebada y de todos sus derivados, del mundo entero; ellos, que no crían una oveja, poseen el monopolio de los ovinos, vacunos, porcinos y, en general, de todas las carnes del mundo entero; ellos, que no explotan ninguna mina, son dueños de los yacimientos hulleros y petroleros; dueños del oro, de la plata, del estaño, del hierro, del cobre, de las fuerzas eléctricas; ellos que no saben fabricar más que artículos de miserable calidad, controlan las fábricas más importantes de todos los países.



El Espíritu Santo dice “que al dinero obedecen todas las cosas” (Ecl. 10,19); y los judíos después de haber creado una economía que está toda en función del dinero, del acrecentamiento y multiplicación del dinero como último fin, han sabido quedarse con el dinero. Y así se han quedado con todo, incluso con los gobiernos. Porque éstos siempre necesitan dinero, siempre son sumisos clientes de los judíos. Pero, ¿y no podrían los gobiernos romper los lazos en que los tienen prendidos los judíos? Si podrían, pero ¡es tan difícil!

Porque fuera de muchas circunstancias, cuya enumeración sería larga, observamos solamente este hecho: los judíos, según les convenga, son nacionales o internacionales.”

P. Julio Meinvielle, S.J., La Descristianización y Judaización del Mundo, pp. 7 y 8, Buenos Aires 1939.

Un ambiente favorable


La cooperación que los judíos brindaron a los árabes para la conquista y ocupación de España, con la consecuente destrucción del reino y el casi aniquilamiento de la iglesia hispano-goda, debió ser de tal importancia que le proporcionaron a los israelitas el ser atendidos y considerados por los nuevos dueños de la tierra, enrojecida por la sangre de millares de inocentes.
Alentaron también a estas deferencias, la común estirpe oriental de estos hermanastros bíblicos, y las muchas similitudes en las costumbres religiosas de dos pueblos semitas que emergen de la historia por el Oriente presentándose luego como aliados centenarios.

Los hebreos, cubiertos por tan apropiados amparos, y merced a su esmero, destreza y natural inclinación al acopio de bienes y dinero, fueron multiplicando sus riquezas gracias a los giros de capitales financieros que en su ayuda llegaron desde el exterior.


Igualmente extendieron desde España su comercio con plazas y regiones que hacían el camino al Oriente, donde otros priostes les abrieron las puertas de sus almacenes y la portentosa cartera de clientes para la comercialización de productos. Progresaron al mismo tiempo en la industria y en las artes; ganaron privilegios con sus aliados y se elevaron lentamente a las principales dignidades del floreciente imperio mahometano hasta constituirse, en algunos casos, como verdaderas llaves de las monarquías árabes y africanas.
Mientras los españoles nativos, en suma todo el pueblo cristiano, debatíase en cruentas luchas contra el invasor, disputándoles de a palmos el terreno como el insigne Teodomiro o negándoselo como un Repelayo casi de leyenda, cuando más espesas eran las tinieblas que cubría el horizonte del Alma Mater española, los judíos, ya desvinculados de estos horrores, amasaron fortunas y cultivaron las ciencias y las letras tan acertadamente, que a mediados del Siglo X fundaron una academia en Córdoba, ungida después con el renombre, con filiales en más de una docena de ciudades, rivalizando los doctores rabinos con los cultos árabes en varios ramos de los conocimientos humanos y formando una literatura propia que no habría de ser, mayormente española, sino hebrea y para los hebreos.
No es una casualidad entonces que tan auspiciosa y cómoda situación desembocase en la aparición, por esta época y la inmediatamente avecindada, de una pléyade de judíos notorios: científicos, médicos, filósofos, místicos, gramáticos, talmudistas, polígrafos, poetas y traductores. Recordamos al pasar algunos de ellos como: Selemóh ibn Gabirol (Avicebrón), Yehudá ben David Hayyuy, Samuel ibn Negrella, Yosef ibn Negrella, Mosé Safaradí (Pedro Alfonso), el barcelonés Aharon ha-Leví, Ishaq ibn Ya’aqob al Fasi, Abraham ibn Ezra, Mose ibn Ezra, Mosée ibn Maymon (Maimónides, el segundo Moisés), Abu Umar Ahmad ibn Abd, Ishaq ibn Abi Sahuela, Ishaq ibn Crespin, Dunas ibn Labrat, Salomón ben Issaki (El Rasi), etc.
El antiguo seminarista y luego prolífero masón Ernesto Renán, nos da su opinión luego de haber estudiado la obra filosófica de estos enjundiosos hebreos (De la part des peuples semitiques): “El papel filosófico de los judíos en la Edad Media es el de simples intérpretes. La filosofía judía de esta época es la filosofía árabe sin modificación.” Agrega que respecto a la labor científica: “Una página de Roger Bacon contiene más auténtico espíritu científico que toda esa ciencia de segunda mano, respetable ciertamente como un eslabón de la tradición, pero desprovista de gran originalidad.” Remata el autor francés sus estudios sobre los judíos al decir que son “una combinación inferior de la naturaleza humana.”
La Cábala judía
En esta escueta apuntación del período en tratamiento, no podemos dejar de comentar la Cábala (kabala o kabbala) judía: tradición oral entre los judíos que dan una explicación secreta del sentido de pasajes bíblicos. El patriarca del ocultismo moderno Elifaz Leví dice que la Cábala “constituye el dogma de la Alta Magia” (la ciencia de las artes diabólicas), que se enlazaría luego con los alquimistas, cultores de la ciencia oculta, hermética y esotérica, que buscaban la piedra filosofal y la panacea universal.
Nosotros creemos y así lo dijimos antes, apoyándonos en las escrituras, que los cimientos de la Cábala fueron echados por Moisés. Sin embargo hemos contado en los textos judíos del Antiguo Testamento, más de dos docenas de condenas expresas a magos, nigromantes, augures, adivinos, prestidigitadores, astrólogos y otras variedades de estos charlatanes estafadores y asesinos de Dios a su manera, que llegan a su culminación y se patentizan luego en la espantosa visión de Ezequiel con los ancianos de Israel sorprendidos en pleno rito diabólico y conciliábulo esotérico.
Pero la insistencia en estas prohibiciones por parte de la dirigencia judía de aquella edad bíblica, significa que estas imposturas y sus fabricantes inescrupulosos habían calado muy hondo en el Pueblo del Señor, siendo la lucha para su erradicación ciertamente tan difícil como ineficaz o, concluyentemente imposible, por cuanto los judíos toda vez que podían volvían a estas prácticas infames, como con aquel becerrillo de oro o el patético encuentro con la nigromante de Endor, cuando no se les pegaban otras nuevas mancías adquiridas en el vecindario asiático, cuna de estas imbecilidades y motivo de sus reiteradas deserciones.
Muchos tratadistas dicen que la Cábala, tal cual hoy la conocemos, se remonta en sus inicios al Siglo I dC. Nosotros creemos que, como cuerpo doctrinario, sus raíces se encuentran en el destierro en Babilonia y quedaron descubiertas, precisamente, por la horrorosa revelación de Ezequiel (Ez. 8). Esta visión de la idolatría de Jerusalén (alrededor del 592 aC.), menciona repetidamente a los ancianos (los mismos de 14, 1 y 20, 1), que eran los jefes de familia integrantes de una especie de consejo municipal, como los de ahora, en cada comarca ocupada por los israelitas. Este, por otra parte, es el antecedente más remoto del funcionamiento de una logia que conocemos.
Perdidos los rastros después de la diáspora de Adriano en aquella escuela rabínica de los exiliarcas de Ardabena, ya infectada por pitagóricos y gnósticos (mezcla del judaísmo marginal y eternamente clandestino con el pensamiento helenístico), reaparece en España (Gerona, Barcelona, Toledo, Granada y Burgos fueron sedes de escuelas cabalísticas), a partir de este período que estamos tratando, como estudio sistematizado para conformar el cuerpo doctrinario de una mística blasfema y típicamente judía que ya se muestra completamente extrañada de los profetas.
Es en España donde a fines del Siglo XIII se redacta el Zohar (El Libro de los Esplendores). Desde entonces la Cábala (rabínica y consecuentemente talmúdica) se extendió por todos los judíos de España (y de Francia donde funcionaron otras escuelas simultáneas y conectadas con las españolas). Posteriormente y en medio de las persecuciones, la promiscuidad y la miseria intencionada de los ghettos, encontraron los cabalistas otra fuente de inspiración en el hasidismo (una corriente mística renegada del Medioevo) y en el pensamiento subversivo del médico y filósofo judío, natural de Egipto, Ishaq al-Isra’illi.
Sobresalieron entre los cabalistas de su tiempo los hebraico-españoles (así llaman modernamente los españoles a los judíos; y los judíos a ellos, con todo el desprecio, mineos): Mesul.Iam ben Selomó de Piera de la escuela de Gerona y Yoseff ben Abraham ibn Chicatella, ambos fuertemente influenciados por las ideas de los cordobeses Maimónides (1160) y Abul-Walid Mulhammad ibn Rus, alias Averroes o El Comentador, quien sobre el pensamiento aristotélico había hecho un comentario (1194-1195), con una interpretación y perspectiva materialista y racionalista propia del gnosticismo y sus teorías panteístas, divinizando a la razón humana y creando una moral independiente.
Los libelos disgustaron a los musulmanes de África y España, lo que le valió persecuciones y destierro junto con sus secuaces. De todas maneras este movimiento habría de tener su culminación en el hebreo Isaq ben Salomón Luria (Siglo XVI) que impregnó a la Cábala judía de su propio gnosticismo, y es como tras sucesivas modificaciones ha llegado a nuestro presente para deleite de varias herejías y maldades de todo género.
Según la Cábala, complemento del Talmud, Dios sólo puede ser reconocido en la Creación. Inaccesible en su esencia se manifiesta en la historia y la naturaleza a través de los diez safirot (emanaciones), que son los que expresan los atributos de la sustancia divina al ser humano. Es probable que, cuando los monarcas españoles hablaban de judaizar, así como lo hacen los religiosos o sus cronistas contemporáneos, se hayan referido a las influencias que el pensamiento cabalístico tendría sobre los cristianos de su tiempo lo que debió ser preocupante, por cuando a los ojos de la ortodoxia cristiana, la Cábala está más allá de cualquier herejía de las conocidas y por conocer, por lo que podríamos denominarla una superherejeía.
Los cabalistas fueron paganos en su concepción y siempre sectarios, herméticos (en el sentido de Hermes Trimegisto) y esotéricos en su ejecución como ya hemos visto y dicho. Funcionaron ocultos y alejados de los ojos y de la inteligencia de los que ellos llaman despectivamente profanos, tal cual los describió el profeta Ezequiel hace nada menos que 2.573 años.
Los masones, por ejemplo, amigos de estas prácticas, que tuvieron su réplica contundente en el mismo Cristo (Lc. 12, 2 y 3), se dicen sus descendientes directos a través de los Caballeros del Temple, la más antigua Orden Militar de Caballería, cuyos miembros residieron en el solar del templo salomónico de Jerusalén durante las cruzadas y que en 1310 algunos fueron quemados vivos en aquella islita del Sena. Sin embargo nosotros creemos en la inocencia de estos monjes soldados.
Más modernamente estos esoteristas o harapos de ellos pero sumamente virulentos, se han recubierto de otros ropajes, blanduras y nombres que resultan inofensivos a la mirada y entendimiento del vulgo, para trabajar hipócritamente dentro de las comunidades locales, regionales y nacionales (manifestación exotérica de su esoterismo), con fines que no han podido explicar públicamente. Desgraciadamente hemos visto a sacerdotes católicos esparciendo agua bendita en inauguraciones de filiales de estas organizaciones, rezando e invitando a rezar por ellas. Una cuestión de formación en los nuevos frailes, y en otros que no son tan jóvenes, pero tan amigos de la guitarra y la pandereta como ellos.
Todo este acervo cultural judío, con acuarelas de enjundia y brochazos de cloaca, junto con la capacidad económica-financiera de sus dueños y los claros indicios de una economía floreciente llegaron a Toledo, como lo hicieron paulatinamente, con suerte diversa, a los distintos puntos de la península.
La conquista de Toledo
Cuando en mayo de 1085 el rey de Castilla y de León don Alfonso VI El Católico, reconquistó para el cristianismo la antigua corte de los godos, encontró en ella a muchos engrandecidos e ilustrados judíos junto con una muchedumbre acompañante, que no lo eran tanto como ellos, dedicados a los diferentes ramos del comercio y la industria. En la capitulación que se firmara después (si se la analiza bien es un verdadero statuo quo), el monarca se vio compelido, aunque de buena fe, a comprender a este sector importante de la población, dejándolos residir independientemente, administrarse por sus leyes y guardar los ritos de su religión simulada.
Esta decisión de don Alfonso, más política que de conciencia, le valió no pocos enemigos en ese momento, y leyendas poco favorables de la vertiente historiográfica después. Pero debió ser así porque la población cristiana, si bien mayoritaria y con la fuerza armada de su lado, no llegaba al cincuenta por ciento de la existente en el recinto amurallado. De allí la prudente medida (aunque no la tuvieron la reina doña Constanza, Fray Bernardo ni el Cid), que tiene toda la apariencia de ser favorable a la grey hebrea y musulmana, de no innovar.
Por otra parte los judíos jamás perdieron de vista su posición relativa al tender una mirada a la situación del conjunto. Esta habilidad casi innata en la raza, junto con el disponer en todo momento de información oportuna y confiable para la toma de la decisión gracias a sus prosélitos dispersos hasta los ínfimos rincones, son méritos que deben ser ponderados y, tal vez, imitados algún día por aquellos que pretenden combatirlos.
Fue así que a la tolerancia del victorioso don Alfonso, dueño de un poderoso ejército y de la adhesión popular, se sumaría luego su protectorado y feudo sobre los reyes árabes de Murcia y Valencia, todo lo cual otorgaba a los hebreos una seguridad en toda esta región pocas veces vista e indudablemente anhelada por ellos.
Sin embargo no se demoró en renacer el antiguo odio de los cristianos “a la raza y secta judaica”. A principios del siglo siguiente se produjo un considerable alboroto popular, saqueándose las sinagogas, los rabinos fueron acuchillados en sus magisterios, y las estrechas calles de Toledo se motearon con sangre de judíos.
Don Alfonso “quiso castigar aquel atentado, pero fue detenido su brazo por los hebreos mismos, temerosos de mayores males”, lo que fue en realidad una medida de examinada prudencia. Porque en el año 1066, esto es 19 años antes de que la hueste cristiana entrase en Toledo, reinaba en Granada el moro-andalusí Badis al Muzaffar, cuyo visir era el judío Yosef ibn Negrella. Fueron tantos los abusos, arbitrariedades y desaciertos cometidos por Negrella, su política extravagante y gabinete pletórico de judíos recalcitrantes, que provocaron una reacción antijudía de la población musulmana que arrojó un saldo de 3.000 judíos muertos, entre ellos el propio visir para que no vuelva a equivocarse.
Si bien un hecho ocurrió en Toledo y el otro en Granada, es una prueba irrecusable que pinta, por un lado, el estado de ánimo imperante en España contra los israelitas en aquel momento y, por el otro, que la animadversión contra ellos y hasta el homicidio, no era exclusiva propiedad y anhelo del pueblo cristiano o de sus dirigentes como se ha pretendido reiteradamente, sino también de otra comunidad como la musulmana en este caso.
El triste ejemplo de Granada primero y de Toledo más tarde fue, no obstante, el preámbulo de otras espantosas tropelías y de más sangrientas matanzas. Empero los privilegios que conservaron los judíos en los fueros comarcanos, al avanzar victoriosos los cristianos e ir adquiriendo consecuentemente mayores potestades a la par de las conquistas, junto con ellas fueron humillando más a los judíos, gravándolos con enormes impuestos (la alfarda), en unos casos, o a beneficio de los reyes y de las iglesias por alquiler o arrendamiento (la alcaicería) en otros, y llegó a imponérseles el tributo personal de treinta dineros (la judería), por “la merced y en recompensa de dejarlos habitar en las ciudades y pueblos de Castilla” y de “respirar el aire de España”.
En la batalla de Alarcos (Ciudad Real, sector de la gran llanura manchega), enfrentóse en 1195 Alfonso VIII El Noble con las huestes del almohade Abu Yaqub siendo derrotado completamente y arrasada la ciudad. Se retiró don Alfonso hacia Toledo y los almohades al Campo de Calatrava. Cuanta el cronista árabe Al Maggari, que los judíos compraron en el mismo campo de batalla a los prisioneros españoles y los habitantes de la ciudad para venderlos con pingues ganancias en los mercados de la Andalucía mahometana y en los puertos de la costa norte de Africa.
Más adelante otras victorias de los cristianos, como el celebrado triunfo de este mismo Alfonso VIII en las Navas de Tolosa (1212) con la ayuda de los reyes de Castilla, Navarra y Aragón; las conquistas de Córdoba y Sevilla por San Fernando (Fernando III, El Santo), casi simultáneas a las de Mallorca, Menorca, Ibiza y Valencia (1238) por Jaime I El Conquistador antes de mediar este siglo, donde los chuetas (nombre de los judíos de las Baleares) llevaron la peor parte, incrementaron enormemente el poder del pueblo cristiano en las ciudades, pueblos y aldeas, al mismo tiempo que dejaron la “condenada raza hebrea” a merced del execración y de la tiranía de los que habían conquistado la tierra por la sangre y la lucha armada.
Don Alfonso VI
No se equivocaron los israelitas en su elección poniéndose a cobijo de Alfonso VI, cuyo principal funcionario fue el judío Yosef ibn Ferrusel, más conocido como Cidellius.
Años antes, San Gregorio (Hildebrando de Soano, Papa del 1073 al 1085), enterado de ciertos favores para con los judíos en Castilla, le había recordado a don Afonso en una carta: “Exhortamos a su Real Majestad a no tolerar en adelante que los judíos gobiernen a los cristianos y tengan poder sobre ellos. Pues el permitir que los cristianos estén subordinados a los judíos y sean entregados a sus caprichos significa oprimir la Iglesia de Dios. Significa ultrajar al propio Cristo.”
Sin embargo salvo las excepciones que hemos puntualizado y aquellas otras que iremos sumando, no se encuentra otro período más favorable para el florecimiento, desarrollo y engrandecimiento de la sociedad judía en España que la que va desde el reinado de don Alfonso VI, o si se prefiere desde don Sancho III El Mayor (1029 a 1035), hasta fines del reinado de don Enrique II El Bastardo, el primero de la noble familia castellana de los Trastámara (1369 a 1379), en Castilla y León. Segmento de tiempo que suma unos 350 años, según sea la forma en que se los mire o cuente pero que, de todas maneras, es una cifra muy significativa.
Afianzado don Alfonso en Toledo vino a ocurrirle un año después el asesinato en Sevilla de su recaudador y judío favorito, hecho que ya hemos consignado, y cuyo funesto desenlace fue Zalaca en 1086 (en las dehesas de Sagrajas) a manos de los almorávides aliados con los reyezuelos de Sevilla, Granada, Málaga, Almería y Badajoz.
Vino a ocurrirle a Don Alfonso un desafortunado encuentro en 1108 con el almorávide Alí ibn Yusuf ibn Tasfin en Uclés (actual Cuenca, en la Mancha), donde fue derrotado completamente. Sancho de Castilla (el único hijo varón que le había dado la mora Zaide), cayo prisionero junto con su ayo García Ordóñez, conde de Nájera, y fueron muertos los dos de inmediato. Lleno de lamentos por esta noticia retiróse Alfonso hacia el Tajo, dejando en poder de los moros una gran cantidad de prisioneros. En este escenario de horror y muerte, los almorávides vendieron a los judíos los prisioneros del ejército, los que fueron ofrecidos como esclavos en los mercados del norte de África.
A partir de este desastre Alfonso fue batido sucesivamente por los africanos y sus aliados mahometanos españoles, hasta su muerte ocurrida en 1109 en Toledo.
Favorable a la sociedad judaica fue el reinado de don Sancho III El Mayor de Castilla, monarca cristiano de quien se ha dicho “fue el más importante del Siglo XI” sin que nosotros, en este estudio, digamos lo mismo.
En este hombre, naturalmente inclinado a las artes, las letras y la cultura en general, encontrarían los hebreos el ambiente favorable para el desarrollo de su propia cultura. Don Sancho se mostró tolerante con las nuevas corrientes religiosas y aceptó, de igual grado, las provenientes de los sectores políticos e intelectuales en boga por aquellos tiempos, alejados algunos de ellos, de la ortodoxia cristiana, que ya comenzaban a mostrar las influencias del pensamiento judío.
Los Hijos Predilectos
Sin duda el ambiente creado por este tipo de corte, así como en otras que le siguieron, facilitó enormemente el quehacer del judío. Esta raza que aborrece del trabajo manual, el esfuerzo físico de cualquier orden y la fatiga corporal, ha sido dotada sin embargo de un gran poder de reflexión (no es fácil encontrar, por ejemplo, un atleta judío y sí muchos pensadores, filósofos y profetas), de adaptación incomparable al medio por hostil que este fuere (parodiando a Estrabón se puede decir que el judío es ciudadano del mundo), de paciencia inconmensurable (“un día puede ser como mil años y mil años como un día”), de acendrado estoicismo (lo que ha soportado el pueblo judío de sus rabinos, sólo lo pueden haber soportado los judíos y es, en sí mismo, todo un misterio), y la capacidad inigualable para celebrar alianzas (hasta con la divinidad dicen que las hicieron) para sobrevivir en el tiempo.
Así los judíos, a través de milenios, han elaborado, en la perpetua haraganería y la vida contemplativa a la espera de la usura, teorías y doctrinas que han tenido la inigualable virtud de ser para los otros: a ellos no se les pegó ninguno de sus inventos manteniéndose como simples judíos a través de decenas de centurias o reafirmando su judaísmo a través de sus filósofos y pensadores, mientras del otro lado se amontonaban las pilas de cadáveres, huérfanos, viudas, mancos, cojos y tuertos discutiendo los no judíos si el judío tal dijo esto o quiso decir lo otro y si hizo o no tal o cual milagro o guapeza.
Pero de entre todas estas cualidades sobresale nítidamente la capacidad inigualable para celebrar alianzas. Sin la alianza el judío no existe o dicho de otra forma: el judío aislado es un fenómeno imposible y por ello su sola mención los aterra. Si en algún momento de la historia hubiesen quedado aislados, como aconteció con otros pueblos y civilizaciones, sin posibilidad alguna de parasitar a otras naciones y sus culturas, ni robar sangre giom para mejorar la suya propia decadente por enlaces que ellos mismos se encargaron de maldecir previamente, el judío hubiese durado no más de diez minutos. Si se ve un judío ejerciendo el poder, seguramente no es de él, es prestado, pero lo tiene, amenaza, muestra y sostiene como propio y nosotros les creemos.
Igualmente si habla o pontifica, véase bien, porque detrás estará un gigantón con un hirsuto garrote dispuesto a asestárselo en la mollera del díscolo que se atreve a no creer en lo que el judío dice. Si quiebran una alianza es porque ya hicieron tres o cuatro mejores que la anterior (por ejemplo: la alianza de Salomón con el Señor de Israel se quiebra cuando el rey celebra su alianza con el Señor Oro; lógicamente la Alianza con el Señor se remendaría luego tantas veces como fuere necesario en solicitud sellada y por triplicado pasada por mesa de entradas, donde se pide perdón, el cual siempre será concedido).
Maimónides y Averroes
Con don Alfonso VII El Emperador, rey de Castilla, León y Galicia (entre 1126 a 1157) las cosas no habrían de cambiar mucho para la prosperidad de los Hijos del Señor (como debe ser desde que este mundo se ha creado para ellos). Este monarca de manera paralela a su trayectoria política, como director y supervisor de la escuela de traductores de Toledo y como autor de amplios conocimientos, intentó llevar a cabo la majadería de establecer con sus amigos israelitas una síntesis del pensamiento y culturas medievales dedicándole gran parte de su tiempo. No lo logró, desde luego, porque ha de ser zapatero el que atienda los zapatos, como rey el que atienda su reinado, al pueblo y a su soberanía.
Al iniciarse el reinado de Alfonso VII en 1126

nacería, en el seno de una familia árabe de notables jurisconsultos de Córdoba, Abu-I Walid Muhammad ibn Rushd, que después sería conocido con el mote de Averroes o simplemente El Rushd cuando, como premio, fue cadi en Sevilla (1169). Doce años después, es decir, a casi la mitad reinado de El Emperador, llegaría al mundo, también en Córdoba, el judío Mosée Ibn Maymon (Maimónides), “el águila de la Sinagoga”. No sabemos las vinculaciones personales entre estos dos hombres, subproductos de un sistema que España incluiría dentro de sus exportaciones no tradicionales.


Los dos hijos del Talmud se nos presentan, casi simultáneamente. Comentando e interpretando a Aristóteles a pedido del califa de Marruecos (1168) el árabe, que a su vez era médico del califa Yussuf; y el israelita (desde el Al-Fustat, vecino a la escuela de judía de Alejandría, donde fue médico de Salatino I, sultán de Egipto y Siria de origen curdo y luego héroe musulmán), tratando de armonizar la fe judía con el aristotelismo imperante en la época, el cual suscitaba perplejidad y duda entre los creyentes hebreos (1165 en adelante).
Con anterioridad y a pedido de los teólogos ash’aritas (intermedios en el islamismo: ni tan dogmáticos como los Janlabitas, ni permisivos como los Mu’tazilitas), Averroes, fue llevado a la prisión en Marrakesh (Marruecos) por considerársele un heterodoxo de alta peligrosidad y luego desterrado a Córdoba (1194 a 1195) donde no la pasó tan mal. Fue en Marruecos donde parece que finalmente murió (1198).
Lo que con humildad reconocemos es no saber hasta dónde el judío Maimónides infectó a alguna de las cuatro escuelas teológicas de la ortodoxia musulmana (sunnitas), lo que dejamos a la bondad del Padre Sabino de Sandoli que se ve los conoce bien (El ‘rosario’ de los Musulmanes, Diálogo, Nro. 20). Pero no nos caben dudas de que Maimónides estuvo entre ellos (antes había residido en Fez de 1160 a 1165), allí predicó su pensamiento, tenía su auditorio árabe y africano y no pocos seguidores fanatizados.
Es esta la causa por la que, descubierto, fue perseguido y debió huir a Egipto en su momento. No obstante ello, y como refugiado en la contigua Al Fustat de los judíos, fue médico de cabecera de un califa musulmán como hemos visto. Saladino lo recibió con honores, lo asiló y posiblemente haya sido su escucha e interlocutor, porque este sultán era reconocido entonces como tolerante por los cristianos de las cruzadas. Murió Maimónides en Alejandría en el 1204 pero su tumba, muy visitada hasta el día de hoy, se encuentra en Tiberíades sede de la escuela rabínica fundada por Herodes.
Reconocemos de paso que los fundadores de las escuelas ortodoxas musulmanas fueron muy anteriores a Averroes y Maimónides e inmediatos a la desaparición de Mahoma: partiendo del maestro del derecho musulmán Abû Janîfath (en especial desde el 700 al 767 dC.), hasta Abû Alî al-Yubba (muerto en 916 dC.). Lo único que habría intentado el judío cordobés fue de ejercer su acción disolvente entre los musulmanes a través de un pretendido sincretismo (los sincretismos son la máxima habilidad y predilectos de los judíos y ha sido por siglos la herramienta principal para disolución de las patrias, de su pensamiento nacional y de sus costumbres), pero de reafirmación en el pensamiento judío.
“Seamos leales con España misma –reflexiona Ernesto Giménez Caballero (Genio de España)-: ¿es un Maimónides español? ¿No escucháis su canto pertinaz y filial a Sión y su fuga constante de España, hasta tocar en Jerusalén y morir en Fostat, en ansia de realizar su genio de Israel, su genio racista y elegido de Israel, por el que suspiran y arden de querencia las musas de Gabirol y de Jehuda ha-Leví.”
Remedando a Plutarco se podría trazar con estos dos personajes cordobeses unas vidas paralelas sin ningún inconveniente, cosa que a ningún biógrafo se le ha ocurrido. Tal vez sea prudencia que no lo hayan hecho. No obstante ello y en este momento a nosotros sólo nos interesa que los dos salieron de Córdoba, el centro estudios rabínicos y judíos más importante de aquel mundo conocido.
En realidad somos indigentes en fundamentos para tender un manto de sospechas que aúnen a estos dos apóstoles ateos, materialistas y racionalistas.
Pero no puede negar el lector que son muchas sus coincidencias: sus profesiones, sus cargos al lado de los gobernantes musulmanes, sus discursos, sus calidades de fugitivos perpetuos, sus estudios aristotélicos y sus posteriores convergencias doctrinarias son, en verdad, altamente sugestivas.
Fueron seguidores, comentaristas y difusores de las ideas de Maimónides y Averroes en España los judíos: Salomón Abraham (médico de Tarraga, consejero y amigo de Juan II de Navarra); Sem Tob ben Yosef ibn Falaquera; Selemó ben Mesul.Iam de Piera; Yosef ben Sem Tob y su hijo Sem Tob ben Yosef; Yehduá ben Selemó Al-Harizi y Alfonso de la Torre. Más modernamente estos seguidores se han manifestado en las obras y monografías de otros judíos: el diplomático Antún Faral (libanés, 1910); el terrorista subversivo Erich Mendelshon (alemán, 1946) y en el periodista francés Martial Guérout (amigo y asesor del general de Gaulle, 1956).
Los herederos naturales
Pero sin dudas el heredero natural de Maimónides, por sobre todos los demás, fue el judío Baruch Espinosa. Discípulo de Manasseh ben Israel y de Israel Leví Zome, que a su vez fuera maestro de Moisés Mendellsohn, formado en la escuela talmúdica de Berlín y financista de Espinosa.
Es interesante escuchar a locuaces universitarios y gárrulos politicastros cultéticos o cultósicos, cuando comentan, por ejemplo, a Montesquieu, a Voltaire o a Rousseau, calificando a las doctrinas enciclopedistas como de “ideas francesas”. ¿Sacarán estas deducciones de los libros de una secundaria mal hecha?
En realidad estos ideales fueron inspirados en el ejemplo inglés (1688) y en el modelo americano (1776), de donde deducimos que su verdadero origen es judío y sus víctimas fueron francesas, que es distinto. Subterráneamente caminaron luego estos ideales hasta materializarse y florecer en lo que el vulgo llama Revolución Francesa, sin que sepamos qué quieren decir con tales palabrejas después de leer a Taine y a Cantú, por ejemplo y para que no digan que somos tendenciosos, avergonzados ellos de pertenecer al género humano de sólo mencionarla.
Pero todo salió armado del cerebro de Espinosa, traducido al francés por Boulainvilliers en 1707, financiado por el terrible judío Moisés Mendelssohn. De él ha dicho el hebreo Paul Schallük: “de Moisés a Moisés no hubo nunca ningún Moisés igual” (Moses Mendelssohn und die deutsche Aufklärung). Aunque no sabemos si Schallük dijo esto por lo que hacía Mendelssohn (perpetuo fugitivo), por lo que pensaba (una rara confusión que le impidió olvidar su ancestral judaísmo) o por lo tartamudo que era de toda la vida (apenas se le entendía lo que decía según su biógrafo), patética semejanza con su correligionario del Éxodo bíblico.
Sus amigos fueron los verdaderos motores de la Enciclopedia, que debidamente explotados por Weishaupt y sus Iluminados, incendiaron Europa.
Así como Maimónides es el padre de Espinosa, es Espinosa el padre de los filósofos y de todos los que le siguieron hasta nuestros días. Es raro que uno de estos igualitaristas judaizados, por moderno que fuere o se haga, no tenga el toque espinosiano en su discurso: el culto al Ser Supremo a quien le debemos todo pero de quien no debemos esperar nada; a la Naturaleza, verdadera madre de la vida, y al Individualismo determinista que es lo que realmente interesa (para que después trabajen el escocés Adam Smith, David Ricardo y Jhon Stuar Mill, elaboradores de la doctrina liberal). Todo ello debe pertenecer a la Razón; mientras la Fe y la Teología conducen sólo a la obediencia, al fanatismo y a la piedad, la Filosofía (con mensajeros como Espinosa) no tiene otra meta que la Verdad.
Es interesante la deducción que sobre este espantoso asunto trae a colación Jean Lombard al hablar de una gavilla. Espinosa (muerto en 1677) conoció a la generación del italiano Galileo (en 1642) un “mártir de la ciencia”, del holandés Grotius (en 1645), del francés Descartes (en 1650), del inglés Hobbes (en 1677 aunque muy anciano), de Newton (nacido en 1643) y de Leibnitz (nacido en 1646). De donde se deduce que es muy posible que Espinoza conociera la obra de todos ellos. A su vez, y por carácter recíproco, es razonable pensar que todos los mencionados conocieron la obra de Espinoza, aunque no nos animamos a decir que algunos lo trataran personalmente. Prueba evidentísima que si Dios los cría los cultéticos los amontonan y que tales personajes de la cultura existen en todas partes. La diferencia es que aquí los hay por metro cuadrado.
Vacío quedaría este lugar si habiendo nombrado tanta alcurnia cultural o cultósica, que nos parecemos a la docta pléyade universitaria, no dedicásemos unos renglones al judío Carlos Marx: consecuencia e inevitable transpiración de todo lo anterior.
Carlos Marx desciende de una familia de larga tradición talmudista, fue miembro permanente de organizaciones sionistas y devoto de los rabinos que por poco vieron en él a un auténtico Mesías. El verdadero nombre de este ideólogo del movimiento proletario fue Raim Mardochai Kissel, y el mote de Carlos Marx es el pseudónimo críptico que utilizaba para firmar sus literatura panfletaria antes de que lo expulsaran de Alemania primero y de Francia seguidamente por sus actividades subversivas.
Se ha dicho insistentemente que Carlos Marx no era judío, sino cristiano (protestante, aunque no sabemos de qué filial o comité, porque Nueva York no había diseminado entonces sus pastores, aunque si sus masones, pero de Pennsylvania que forjaron nuestros próceres), hijo de marranos, porque no era conveniente entonces que los trabajadores supiesen que su insigne teórico fuese un judío recalcitrante, lo que lo hubiese llevado al más completo descrédito.
Pero de esta manera se abatieron dos pájaros de un tiro: se desvinculó a Carlos del mundo judío y éstos a su vez quedaron completamente ajenos al fenómeno marxista, aunque sabemos que sus principales dirigentes de ayer y de hoy fueron y son hebreos de la más rancia prosapia. El autor de esta picardía fue el judío Fiedrich Engels, su publicista y sustento para manducar por largo período, junto con el israelita Karl Kaus más conocido como Karl Kautsky, ladero a su vez del hebreo Bernstein fundador de la socialdemocracia que arrojara al mundo bellezas de la sinarquía como la judía Rosa Luxemburgo.
Pero el sello de fábrica en la frente de Raim Mardochai Kissel, Carlos Marx para los íntimos, es su libro La Cuestión Judía, que es anterior a Das Kapital.
La mayoría de sus seguidores ignoran a este libro, La Cuestión Judía, que lo delata: debidamente ocultado a los ojos de los profanos por los propios judíos, jamás fue reeditado y nunca comentado por sus exegetas tan prolíferos en relatar intrascendencias o revelar las verdades de Perogrullo y hacer decir, al judío sionista que fue, lo que nunca dijo, gracias a que nunca leyeron El Capital sino a sus intérpretes (prueba de ello es que su primera edición completa en castellano que conocemos es de 1942). El Capital está compuesto de: Tomo I, El desarrollo de la Producción Capitalista (1867); Tomo II, El Proceso de la Circulación del Capital (1885) y Tomo III, El Proceso de Conjunto de la Producción Capitalista (1894).
Un amigo de ley
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal