De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



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Llama la atención, dentro de aquel catálogo de efectos y personas hallado en poder del israelita y humilde servidor público Samuel ben Meir ha Leví, la presencia de 19 cristianos como sirvientes (nombre que en la España medieval se les daba a los esclavos), lo que nos parece una exageración del cronista.
También nos llama la atención que tanto los cronistas como los historiadores jamás mencionan la nacionalidad de esos “cristianos” por lo que debemos suponer no serían españoles al servicio de los judíos. De haberlo sido lo hubiesen dejado consignado. Sin embargo, verá el lector, que el asunto es más viejo.
Dice Ezequiel que alrededor del año 670 aC. los judíos ya traficaban con cautivos: “Javán (la Jonia de los griegos), Tubal y Mésec (dos regiones del sur del Cáucaso) traficaban contigo (con Tiro) –nos detalla minucioso el Profeta-: entregaban esclavos y objetos de bronce a cambio de tus mercancías.” (Ez. 27, 13).

Se sorprenderá el lector por esto. Mucho más lo hará al saber que desde aquel entonces y hasta avanzado el Siglo XIV, la mayoría de los esclavos que se comercializaban en Europa y en las ciudades de todo el Mediterráneo, incluidas las del norte africano, eran de raza blanca y no de raza negra como todos suponemos por un problema de desinformación. El tráfico negrero, tal cual fue, se ha mostrado y difundido, aparece a mediados del Siglo XVI y se sedimenta y consolida en las centurias siguientes. El doctor Carlos Pereyra le ha dedicado un extenso capítulo al estudio detallado de este fenómeno (Historia de la América Española, Tomo II, Cap. II).


Sin embargo presentimos que el historiador no nos ha dicho toda la verdad, particularmente en lo que concierne a los financistas que fueron capaces de movilizar, según sus cálculos, un total de 30.000.000 de negros hacia las colonias americanas (es decir, no contamos aquí otra cantidad igual de africanos vendidos a reinos y países musulmanes en igual etapa). De estas cifras siderales sobreviviría la tercera parte (uno de cada tres moriría en el viaje y sería echado al mar).
Lamentablemente el comercio de esclavos blancos no disminuyó en pareja proporción con el agregado en los mercados esclavistas de los indígenas americanos para la venta (de Colón, el primero en usarlos y traficarlos como tales, en adelante), y de los negros africanos después, cuando se comprobó que los aborígenes caribeños no resistían las fatigas en las plantaciones (de caña de azúcar y algodón principalmente). De esta manera en Sevilla (Casa de Contratación) ocho indígenas valían lo que un esclavo negro (entre 1515 y 1530 fecha de la Memoria de García de Moguer y regreso de Caboto del Río de la Plata), porque un africano rendía en el trabajo en esa proporción. Además los negros procreaban, lo que no ocurría con los indígenas en cautiverio y, si tenía suerte el nuevo amo, su vida podía ser tan larga que justificaba una inversión.
Así por ejemplo: la mitad de los colonos que llegaron a América del Norte entre 1609 y 1800 eran fugitivos de la esclavitud europea. En 1640 de los 25.000 esclavos de Barbados 21.000 eran irlandeses y franceses subastados por haber cometido infracciones o delitos menores. En Inglaterra los judíos capturaban de noche a los niños sin hogar que dormían en las calles para venderlos como esclavos. La historia patética de Oliver Twist de Charles Dickens, es algo más que una novelita para los amantes de este género literario (véanse las relaciones con el judío, uno de sus primeros amos). De esta manera tan sencilla las autoridades mantenían “limpias” las ciudades, “limpias” las cárceles y “limpios” los orfanatos, aparte de recibir cierto beneficio pecuniario.
Hasta el Siglo XI la masa de los esclavos blancos eran eslavos, de Yugoeslavia particularmente, pero también había polacos, eslovacos, serbios, croatas e italianos que se vendían en el oeste o en la vecina costa septentrional de África. Prueba de ello es que la palabra castellana esclavo derivaría de eslavo.
Paul Ricat hizo un estudio muy minucioso sobre el fenómeno de esta esclavitud y calcula que, en la época de esplendor del imperio otomano, había 1.000.000 de blancos dentro de sus fronteras sirviendo como esclavos. El tráfico (compra, venta y reventa) estuvo siempre en manos de los judíos, así como su reunión en campos hasta su subasta.
Pero sin duda el esclavo más famoso fue don Miguel de Cervantes y Saavedra quien viene con su desgracia a ayudarnos en esta ocasión. Como se recordará fue capturado (1575) con su hermano Rodrigo por el corsario Arnauti Mamí y, llevado a Argel, fue vendido como esclavo a los musulmanes en la plaza de Dali Mamí donde permaneció cinco años. Sus familiares y amigos, haciendo ingentes sacrificios, compraron su libertad.
No nos olvidamos aquí de San Vicente de Paul que, siendo sacerdote, fue hecho prisionero (1605) por piratas musulmanes fue vendido como esclavo en las plazas de Berbería. Tampoco omitimos el patético caso de Salman al Farsi, antiguo cristiano de origen persa que encontró Mahoma sirviendo como esclavo de un judío y dispuso su inmediata libertad, resultando a la postre su gran amigo y, según cuenta la leyenda, su barbero.
Nos acordamos de una carta del santo obispo Agobardo de Lyon dirigida al rey don Luis El Piadoso (814-840), quejándose de que los cristianos eran objeto de malos tratos por parte de los hebreos que él tenía en la corte, lo que estaba motivado “porque vedamos a los judíos el comercio de esclavos cristianos para España, porque no toleramos que los judíos tomen sirvientes cristianos a su servicio y los induzcan a holgar en los días sábados y a trabajar los domingos y a comer carne durante la cuaresma, ni que los cristianos compren a los judíos carne que éstos consideran impura y llaman sarcásticamente ganado cristiano.” Recuerdo éste que, como en otrora, nos deja boquiabierto.
Los centros esclavistas más importantes de este período se encontraron en Ruán (esclavos irlandeses, flamencos e ingleses) y Verdún (alemanes, polacos y eslovacos), en Francia, todos ellos en poder de los judíos. De allí se remitía a los candidatos, mayoritariamente niños y niñas, a la costa africana vía Marsella (ciudad donde además se retenían esclavos franceses, italianos y griegos), o a la Córdoba omeya para la distribución y venta exclusiva en la España musulmana.
En Córdoba los médicos judíos hacían las castraciones (también se hicieron en Ruán y Verdún aunque en distintas épocas) y las oblaciones de lengua (glosectomías) para obtener mudos. Las selecciones se hacían de conformidad con los pedidos de su siempre ansiosa clientela en las variantes de eunucos, mudos y eunucos mudos. Muchos fueron a dar como voces para los coros, otros a la servidumbre, tareas administrativas, mucamas, servicios en los harenes y otras actividades que preferimos obviar dejando libre la imaginación del lector.
Los lugares de reunión en Ruán, Verdún, Marsella y Córdoba eran barracas alejadas de las ciudades (como la que existió en el Riachuelo en nuestra época colonial) que tenían anexionado un pequeño campo. Allí se cumplía además el período de postoperatorio si habían ablaciones, engorde, higiene y obligatoria cuarentena. En otros lugares volveremos sobre este tema.
Se cierne una tormenta
Don Enrique II, el primero de la dinastía Trastámara, noble familia castellana, a quien la costumbre distingue con el nombre de El Bastardo, fue rey de Castilla en la década que va de 1369 a 1379.
En un principio mostró don Enrique un odio visceral contra los judíos y, por ello es que hemos dicho antes que con este monarca comenzaría a eclipsarse aquella buena estrella que naciera con el permisivo don Alfonso VI, hasta extinguirse colapsada definitivamente 113 años después en Granada, no sin que antes transitaran los israelitas un mar de angustias, sufrimientos y muerte.
Mas los hechos producidos contra los judíos de Toledo y Burgos, ejecutados si se quiere por un motivo personal o de venganza, vinieron a traerle réditos al bastardo de Trastamara porque, anoticiado que fue el pueblo castellano de estos acontecimientos, se adhirió inmediatamente a la causa del monarca pensándolo enemigo de los judíos, motivo por el cual del indiferentismo popular al ser ungido pasó a tener y gozar de crecida popularidad.

Cundió esta idea con igual espíritu en ciertos sectores del pueblo, particularmente entre sacerdotes católicos que comenzaron a predicar desde los templos el exterminio definitivo de la raza judaica, y de laicos que desde plazas o lugares comunes de reunión, como ecos cercanos de aquellas violentas homilías, incitaban con iguales discursos a una muchedumbre que, en realidad, no necesitaba de estos acicates porque los anhelos de extirpación ya moraban de antaño en sus corazones.


Elaborado en las cortes celebradas en Toro (1371) existe un cuaderno donde don Eduardo responde a 35 peticiones hechas por los procuradores de las ciudades, muchas de las cuales eran de gran importancia para el gobierno del reino. En la segunda de estas peticiones se aprecia que los judíos se encontraban “apoderados de los mejores empleos de la corte y el reino, al extremo que, con su poder, influencia y riquezas tenían avasallados y supeditados a los pueblos y consejos.”
Pedían entonces por medio de sus procuradores “que aquella mala campanna”, “gente mala e atrevida, e enemigos de Dios e de toda la cristiandad”, no tuvieran oficio en la casa real, ni en la de los grandes señores, “ni fuesen arrendadores de las rentas reales con lo que hacían grandes cohechos y usura”; que viviesen apartados de los cristianos, “llevando una señal que los distinguiera de ellos”; que no vistiesen tan buenos paños, ni cabalgasen en mulas, “ni llevasen nombres de cristianos con los que se disimulaban ante los ojos de quienes no los conocían”.
De todas estas peticiones El Bastardo aceptó solamente las referidas a los nombres y al uso de los distintivos en las prendas de vestir, desestimando no muy disimuladamente las demás diciendo: “en razon de todo lo al, tenemos por bien que pasen segunt que pasaron en tiempos de los Reyes nuestros antecesores, e del rey don Alfonso nuestro padre.” Prueba irrefragable del influjo y del poder que los Hijos del Señor conservaban, y de que los mismos soberanos no se atrevían a despojarlos.
Como vemos don Enrique no era como estos predicadores religiosos y laicos pensaban ni como el pueblo castellano lo imaginaba en sus idealizaciones. Efectivamente, superados los duros castigos de Toledo y Burgos, el monarca supo rodearse de un buen número de judíos que mantuvo hasta el final en la corte como el caso de Samuel Abrabanel, su tesorero y, si hubiese que dar un veredicto que sonará como contradictorio, se puede decir que también fue protector de “la raza maldecida”.
Ejemplo terminante de esto fue el judío Yusuf Picón (o Pichón) de Sevilla que tuvo con este rey privanza tan grande que concitó contra él envidias de propios y extraños. Sin embargo el chutzpah (nombre que se dan los judíos a sí mismos cuando son extremadamente descarados), fue sorprendido en el delito de malversación y sentenciado por don Enrique a pagar una multa de 40.000 doblones de oro.
Por otra parte el asesinato del monarca, cuando se encontraba entregado al sueño, debe buscarse en las rivalidades, celos, intrigas y envidias que supo desatar el judío Picón que salvó su cuello por un auténtico milagro de la guadaña real cuando la estaban afilando, pero no pudo evitar el hocino judío tan tajante como la anterior.
Efectivamente, como la malversación de los caudales públicos fue hecha para favorecer a los judíos, al ser descubierto Picón culpó del delito a sus correligionarios diciendo que lo habían obligado a delinquir. Consecuentemente aquellos 40.000 doblones de la sanción pecuniaria fueron sufragados por la judería sin regañar, aunque mirando de rabo de ojo al delator. Pero más luego los rabinos sentaron en el banquillo de los acusados a Picón y hallándolo culpable lo sentenciaron al cadalso.
Reinaba entonces don Juan I (1397) y de acuerdo a la ley, por tratarse de la pena máxima, el fallo rabínico debía ser sometido a la consideración del monarca quien decidiría como última instancia.
Pero sabedores los Hijos del Señor que por tales cargos Picón habría de ser absuelto por don Juan, dado que por el daño ya existía un resarcimiento económico para el estado, procedieron a ejecutarlo directamente y en forma muy secreta y luego dieron la novedad. “Pero el soberano reaccionó en seguida –nos cuenta un historiador-, condenó a los rabinos y los despojó de la jurisdicción penal.” Pero ellos ya habían sentado el precedente para otros judíos díscolos: el que andaba de contra mano no viviría para contarlo.
El archidiácono Ferrant Martínez
Poco años antes habían comenzado en Sevilla las predicaciones contra los judíos de Ferrant (Hernando) Martínez (en el prólogo de la novela que se adjudica El Caballero Cifar – redactada en 1391 y publicada recién en 1512- dice que era provisor del arzobispado de Sevilla, arcediano de Ecija y que había estado en Roma aunque no nos dice por qué). Por estas oratorias anti judías fue reconvenido por don Enrique, sin que por ello claudicase en su fervor.
Decimos nosotros, recordando lo que a los historiadores sin querer se les ha olvidado, que no fue el arcediano de Ecija el primero en esto. Efectivamente, a principios de este siglo (XIV), en Aragón, el dominico Ramón de Peñaforte había alentado mucho el estudio del árabe y del hebreo. Siguiendo los sanos consejos de Ramón Martín, que dicen fue más docto en estos idiomas que San Jerónimo que no es poco, despojó a la literatura bíblica y rabínica de toda la hojarasca judía, tratando de descubrir el anuncio de la misión de Jesús en los textos dedicados a la llegada del Verdadero Mesías. Sus escritos, ampliamente difundidos, se publicaron en dos libros cuyos títulos son rejones justicieros clavados en la dura epidermis hebrea: Capistrum Judaerum (El bozal de los judíos) y Pugio Fidei (El puñal de la Fe).
Bueno es recordar también que, cuando Martínez inició sus predicaciones, se había desatado en toda Europa una crisis económica que España no pudo esquivar ni mitigar, la que como cortejo trajo disturbios sociales alborotos, motines, saqueos y matanzas, de las que no habrían de salvarse los Predilectos del Señor.
Pero vinieron sobre eclesiástico las amonestaciones del arzobispo de Sevilla, que era don Pero Gómez Barroso, olvidando ya el canónigo del fraile Peñaforte. Mas como Martínez continuase con sus arengas efervescentes en la plaza pública, amenazó fulminarlo con la excomunión. Que sus razones tenía el bueno de don Gómez: el arzobispo participaba de pequeños negocios con algunos conspicuos hebreos de la aljama sevillana, dejándole las transacciones fluviales del Betis y marineras entre Bonanza y San Lúcar de Barrameda con los de Cádiz, algunos miles de dinerillos que podríamos llamar ahorros del prelado, aunque no para la alcancía del arzobispado, menos para ayudar al culto o la hucha del pobrerío disperso por doquier. No. De allí la preocupación y el celo erizado de este buen pastor por el Pueblo del Dios.
Pero acuchillado en su lecho El Bastardo mientras dormía (recayeron las sospechas sobre el rey de Navarra; otros autores dicen que fue muerte natural y los cronistas árabes aseguran que ellos lo emponzoñaron con un veneno sutilísimo que le carcomió hasta el tuétano), quiso la Providencia que lo siguiese el piadoso de don Gómez Barroso con igual rumbo y suerte (en 1390 y sin el saquillo de la ladronera que no se lo pudo llevar), en la misma Sevilla, de donde se puede decir, secándonos las lágrimas, que los dos se fueron juntos de este mundo hacia algún otro de los que habrá, sin que podamos decir a cuál de ellos por sus méritos, quedando la grey israelita sin la protección que les brindaban estos encumbrados próceres.
No obstante ello don Juan I, que andaba por esos años haciendo alianzas con los de Castilla, con el conflicto para los pueblos cristianos por la coexistencia de dos Papas y puesto un ojo del lado francés por algunos nubarrones de tormenta, fue advertido de lo que ocurría en Sevilla con los Hijos del Señor de Israel. Acto seguido hizo llegar también su amonestación a Ferrant Martínez aconsejándole prudencia.
En razón de verdad lo que el mismo don Juan veía, maniatado e impotente, era lo que estaba ocurriendo en Barcelona con los judíos, debajo de sus reales narices e incontrolable a todas luces, motivadas por las prédicas de Peñaforte que seguían vivas, antes que las de Martínez. De allí su preocupación.
Se desata la tormenta
Se mostró naturalmente despegado a la gente israelita el monarca Juan I El Cazador, rey de Aragón (1387 a 1396), en alianza desde 1387 con el Consejo de Regencia por la minoridad de don Enrique III El Doliente de Castilla y León (1390 a 1406) y Navarra (1388).
Mencionan los biógrafos en demérito de don Juan la debilidad de su carácter y que consumía su precioso tiempo entregado a la bella actividad cinegética o de la cetrería, cuando había cuestiones urgentes de estado que exigían prioridad. Sin embargo, nosotros que lo hemos seguido humildemente no podemos decir lo mismo.
No es que el Consejo de Regencia en Madrid, con agrias desavenencias entre sus miembros, o don Juan desde su poltrona en Aragón, hayan permitido los violentos sucesos que se produjeron en varias ciudades de España a partir del miércoles 15 de marzo de 1391. No los pudieron evitar, lisa y llanamente, lo que es muy distinto. Y no sabemos cuáles de los reyes conocidos y a los que los historiadores han ensalzado tanto en su autoridad hubiesen podido detener este verdadero alzamiento nacional contra los judíos. Tal vez alguien se acuerde, por ejemplo, de un Carlos V, diciendo que con él no hubiesen ocurrido estos desafueros.
Es verdad, porque ocurrieron otros peores desórdenes con el príncipe borgoñón cuando las rebeliones de los Comuneros y de las Germanias (1520-1521), ambos teñidos de concomitancias judaicas, donde Carlos de Gante, que ceñía sobre su cabeza la corona del Imperio Alemán, no estuvo muy lejos de perder la corona de Castilla que ya se había mandado hacer con su platero favorito.
Enterado el fanático arcediano de Ecija de la infausta muerte de don Enrique y de Gómez Barroso y de sus amonestadores fulminantes, y de que el Consejo de Regencia era una bolsa de gatos rabiosos, volvió con tal ardor a perseguir a los hebreos que fue la causa de las matanzas ocurridas en Sevilla el 15 de marzo de 1391, donde 3.000 israelitas fueron inmolados a cuchillo y a palos por la turba desenfrenada. Intentaron detener la matanza el conde de Niebla, don Juan Alfonso y el alguacil mayor don Alvar Pérez de Guzmán, pero fue tal el furor del pueblo que poco faltó para que ellos mismos fueran inmolados por lo que se dieron a la fuga, ganándoles a los mismos israelitas que iban en la disparada varios centenares de metros detrás de ellos.
Afligidísimos los hebreos de Sevilla (unos 5.000 individuos sobrevivientes), atacados de curso imposible de parar, mandaron sus quejas a los del Consejo, los que de inmediato remitieron recaderos con duras amonestaciones y amenazas contra los revoltosos para que se respetaran las vidas y propiedades de los Hijos del Señor. Pero enterados los alborotadores por boca de sus caudillos de la orden proveniente de la enclenque autoridad madrileña, reaparecieron el 16 de julio con mayor furor cegando en tal fecha la vida de otros 1.000 judíos que milagrosamente se habían salvado escapando de la anterior masacre, al regresar con el pensamiento infantil de que la borrasca había amainado y podrían recomenzar con sus chanchullos con toda tranquilidad.
Como el atentado de Sevilla quedó en la impunidad, hízose contagioso y progresó el tumulto, que según la sospechosa opinión de Pedro López de Ayala (que fue alcalde de Toledo en tiempos de don Pedro I y canciller durante la minoridad de Enrique III, contemporáneo de estos hechos que plasmó en sus Crónicas, interrumpidas misteriosamente en 1396), fue “más cobdicia de robar que devoción”, se propagó el incendio a la judería de Córdoba, donde murieron 2.000 hebreos y no pocos bautizados en la hoguera porque, según los de la revuelta, éstos se habían burlado (marranos) de la fe católica, volviendo secretamente a las prácticas (relapsos) que el Señor de Israel había reservado exclusivamente para sus hijos dilectos, como por ejemplo la usura.
De allí pasó la furia a la aljama de Toledo (no repuesta aún de los duros castigos recibidos de don Enrique 22 años atrás), donde la plebe cristiana señaló para la matanza de los judíos el 17 de tamuz (esto es el jueves 20 de junio). Corrió a torrentes la sangre del Pueblo de Dios por las calles de la ciudad imperial, no perdonando la turba ni la edad ni el sexo. Sucediéronse estas matanzas en más de setenta comarcas, entre ellas las conocidas de Écija (en la campiña sevillana), Logroño (entre el valle del Ebro y la región vasco cantábrica), la judería de Burgos (en la meseta del Duero) y Ocaña (la antigua sede mestral de la Orden de Santiago). En Escalona (valle de Alberche en Toledo) la furia fue tal que no quedó judío con vida, casa, cascote ni alfiler que los recuerde.
En seguida de haber diseminado los horrores por el suelo de Castilla, el levantamiento se expandió en los estados de Aragón y, consecuentemente, muy cerca de don Juan. Tres semanas después de las matanzas de Toledo, no sin haber pasado la tormenta por Huete (La Alcarría, en Cuenca) y Cuenca (centro-este del país en Castilla-La Mancha), se amotina el pueblo contra los judíos del reino de Valencia, no dejando con vida en la capital ni un solo hebreo de los 5.000 que moraban en su judería.
No sujetó el Mediterráneo aquel espíritu de matanza y pasándolo llegó a las Baleares, siendo testigo Palmas de toda clase de atropellos, de los que fueron víctimas los chuetas que quedaron prácticamente extinguidos junto con un buen número de conversos que no pudieron escapar de las islas “porque los revoltosos los buscaron hasta debajo de las piedras.”
El 2 de agosto, festividad de Nuestra Señora de las Nieves para ser más precisos, esto es tres días más tarde, sucedería otro atentado más terrible en Barcelona, donde perecieron en número de 11.000. Cabe aclarar al lector que de las más de cien violencias ocurridas en toda España en poco más de cinco meses, ninguna alcanzó los ribetes de crueldad y la cifra de víctimas de Barcelona.
El rey don Juan hizo todos los esfuerzos para detener las matanzas y dispuso se restituyeran los bienes sustraídos a los judíos conversos (que habían quedado vivos, desde luego). Pero el verdadero problema del rey no era éste sino el que moraba en Cerdeña: el levantamiento de Brancaleón Doria y su mujer doña Leonor de Arborea en componendas con los genoveses, perpetuos rivales de Cataluña en los mercados del Oriente los que, mientras él se entretenía protegiendo al Pueblo Elegido, casi le arrebataron la isla diezmada de catalanes para su defensa por las guerras y las pestes.
En la primavera de 1394 se le presentó a don Enrique el Maestre de Alcántara, don Martín Yáñez Barbudo, de origen portugués, alentado por las predicaciones de un ermitaño que le había anunciado, por una visión que había tenido, que él sería quien arrojaría de España a moros y judíos. Sin obtener el consentimiento del monarca ni su ayuda, porque Castilla estaba en tregua con los musulmanes, armó de su peculio una fuerza expedicionaria de 300 caballos y 5.000 infantes invadiendo secretamente el reino granadino, talando y quemando todo y diezmando judíos a su paso.
Pero a poco de andar, junto con la mayor parte de sus nobles compañeros, fue vencido y muerto en la pelea. A consecuencia de esta incursión vinieron las quejas del emir y de la judería por este ataque fuera de agenda, pero el rey se excusó diciendo que el Maestre había actuado sin su anuencia. De este modo pudo continuar la tregua entre el musulmán y el príncipe cristiano (y los judíos haciendo sus correrías y chanchullos entre ambos).

Años después, dejando la silla, salió don Enrique III a recorrer la frontera con los moros a cuyo fin emprendió un viaje por Andalucía (1395-1396), llegando a Sevilla. Era en ese momento el rey un mozo de dieciséis años, si no hemos errado al hacer la cuenta, y lo primero que hizo, al entrar en la ciudad alborozada por su presencia, fue “castigar al arcediano de Ecija” (Ferrant Martínez), aunque los historiadores no nos dicen en qué consistió este castigo que vino a aplicarse al anciano provisor del arzobispado cinco años después de los sucesos que se le endilgaban.


Dicen “que obró don Enrique de esta manera para evitar que otros con achaque de piedad y celo religioso volviesen a alborotar a los pueblos.” Explicación que no quiere decir que nosotros hayamos entendido lo que quiso hacer el joven monarca, y si conjeturamos que fue un gesto político para congraciarse con la comunidad judía. Cuatro años después el tercer Enrique de Castilla entró en una etapa de enfermedades y continuos padecimientos que le valieron el sobrenombre de El Doliente. Murió en este estado lamentable anotado por la historiografía, sin que se diga qué fue lo que tenía, en Toledo el 25 de diciembre de 1406.
Sin embargo Quevedo y Villegas, que cita al Cardenal Mendoza y Bobadilla (Política y Autoridad), se recuerda del doctor don Pablo, que fue Obispo de Burgos y después Patriarca de Aquileya (actual Iliria en el Adriático), que era converso y había aconsejado tempranamente y por algún motivo cierto a Enrique III “que no recibiese en su casa real, ni en el consejo, ni para otros oficios públicos, ni en la administración del patrimonio real, a ningún converso ni judío.” Pero el monarca no habría hecho caso al consejo y dejó como su médico personal al judío Mair, quien fue quebrantando su salud con medicamentos hasta causarle la muerte como natural a tan temprana edad.
¿Fue cierta esta noticia que los autores citados dan por segura? No sabemos. ¿Saldaron los judíos con esta muerte, la masacre que les vino por la indiferencia real u otras cosas que ignoramos? Tampoco sabemos. Pero hemos sido honestos en confiársela al lector que con un eupéptico sabrá digerirla en su indulgencia para el buen dormir.
Pero hay algo más que se nos va quedando en el tintero. Un año antes (1405) de estos sucesos y que don Enrique comenzara con sus misteriosas dolencias, había dictado un duro y muy minucioso ordenamiento contra la plaga de la usura que afectaba plenamente a los judíos, “en tal manera que muchos de los dichos cristianos son destroydos e enpobrecidos”. Documento que destapa ya dos cosas: primeramente que a quince años de esta tragedia los judíos incorregibles, como si tal cosa, ya habían vuelto a sus correrías y, seguidamente, que de alguna manera el castigado arcediano de Ecija había dicho la verdad, aunque tal vez excedido en sus verbosidades que incitaron la comisión de desmanes, que sería harina de otro costal.
“Varias eran las causas que habían ido preparando el ánimo del pueblo a perpetrar estos estragos y sangrientas ejecuciones –comenta y sintetiza el maestro Lafuente-. Primeramente, el odio inveterado entre los hombres de las dos creencias, y el resentimiento tradicional de los cristianos hacia los que en otro tiempo habían favorecido a los destructores de su patria y a los enemigos de su fe; después las tiranías, exacciones, usuras, excesos y desmanes de todo género con que los judíos oprimían los pueblos como arrendadores, repartidores y recaudadores de los impuestos y rentas públicas que estaban siempre en sus manos; el sentimiento de verlos apoderados de los oficios más lucrativos, y la envidia de sus riquezas y de su prosperidad, dueños como eran de la industria y del comercio; las exhortaciones y provocaciones de los sacerdotes intolerantes o fanáticos.”
Refiriéndonos a esta última parte de la cita del prestigioso historiador, se plantea una cuestión espinosa. Los judíos de los tiempos de don Enrique III y del aragonés Juan I El Amador de la Caza, eran en la península los dueños indiscutidos de la industria, de las artes y del comercio. Asimismo conocían en detalle y de tiempos lejanos, porque se los habían permitido los mismos peninsulares creyéndolos españoles, el funcionamiento de la administración pública en general y de la hacienda en particular donde eran muy prácticos. Sus arcas estuvieron siempre abiertas a los príncipes y reyes en los apuros del Estado y fueron muy buenos contribuyentes, aunque interesados y usureros como prestamistas.
Ejercieron una cruel tiranía como repartidores y colectores porque en la actividad recibían un diezmo que les pertenecía como parte de su salario y que, al quedar comúnmente pendiente de pago, se libraba una prenda contra la deuda, recayendo sobre la casa o parte de ella, parcela, bueyes o acémilas, útiles de labranza, joyas o lo que fuere. Como el tiempo pasaba y la prenda normalmente no se levantaba, quedaba el judío dueño de la propiedad o de los bienes del campesino deudor que iba a engrosar con su familia empobrecida la muchedumbre de desterrados en su propia tierra, los que se hacinaban en torno de las abadías, monasterios y conventos en busca de un trabajo en las corporaciones.
Si el campesino podía pagar el diezmo al Hijo de Israel no había prenda, pero entonces aparecía el cohecho, porque siempre existía esta u otra cuestión escondida y sin declarar, o ganancia que se había velado ante el fisco, pero que el ojo avispado del judío podía desembuchar, de manera que de una u otra forma siempre se terminaba en las opciones de pagar, caer en la prenda o ir a dar a la mezquina ergástula cargado de hierros y una tunda de azotes.
Erasmo de Rotterdam, un casi contemporáneo de estos sucesos, relata (en Schenck) mejor esta situación: “Los judíos usureros se establecieron finalmente hasta en los más pequeños lugares, y si prestan cinco Gulden, toman seis veces más como garantía y toman interés del interés y de éste nuevo interés, de tal modo que el hombre pobre pierde todo lo que tiene.” Cualquier semejanza con nuestra actualidad deberá se tomada por el lector como una mera coincidencia. Nada más.
Sobre este particular existe un testimonio revelador. En Valladolid, la valerosa reina que fue doña María de Molina (madre de Fernando IV El Emplazado, a cargo de su tutela y regente del reino desde 1295), envió una carta al consejo fechada el 1 de noviembre de 1304 denunciando los abusos de los préstamos otorgados por los hebreos. Las cortes reunidas en Valladolid en 1305 se quejaban “de que los judíos llegaban a exigir el reconocimiento de deudas tres veces superiores a la suma recibida y se negaban a devolver, so pretexto de otros derechos, las prendas que garantizaban sus préstamos.”
De manera tal que se puede decir sin hesitación que el quebranto económico de los judíos en España era el quebranto económico del reino mismo. Se desmantelaba la industria quedando baldíos la mayoría de los telares y tintorerías de Toledo y Sevilla; comenzaban a escasear productos de primera necesidad y los suntuarios que venían de Oriente y Occidente, encareciéndose consecuentemente y dejando las grandes tiendas y almacenes de las ciudades prácticamente vacíos.
Este cuadro desalentador, someramente pintado aquí, traía a su vez tres funestas consecuencia: al caer abruptamente la actividad comercial e industrial, caían a su vez las rentas de la corona y las rentas de las iglesias se veían seriamente perjudicadas, juntamente con el empobrecimiento de la población que debía adquirir productos enormemente encarecidos con salarios que tenían nominalmente el mismo valor que antes de la debacle.

Sin embargo la parte más dolorosa para la corona no ha sido dicha aún: el cierre del crédito en los circuitos bancarios y financieros que ya hemos visto en manos de los judíos residentes en el extranjero, implicaba además el cierre de depósitos y cuentas corrientes, de almacenes y consignatarios, de agentes comerciales a la pesca del negocio redituable, fletes, seguros, armamentos y de mercados y plazas comerciales en general.


Un verdadero cepo de acero tendido sobre España por los judíos: una superestructura temible existente sobre las naciones y la añosa idea viril de patria; una serpiente de cien cabezas que con un solo ademán, sin gritos ni estridencias, ni pólvora ni espadas, podía paralizar a una nación llevándola a la miseria más angustiosa por feraz que sea su tierra y empecinados trabajadores que fuesen sus hijos.
Las “empresas mercantiles de los judíos en España no fueron muy escrupulosas y ellas les acarraron la enemistad del pueblo (...) tampoco pudo ser muy grato a la población su actuación como revendedores, encarecedores de alimentos y el vestido, ni su aprovechamiento para hacer subir las provisiones mientras los cristianos peleaban contra los moros.” Así por ejemplo se sabe por el fuero de Usagre (Tierra de Barros, en Badajoz), que los hebreos acaparaban el pescado los viernes en época de vigilia, para elevar su precio y las cortes de Burgos de 1367 dan la noticia de la compra por los tenderos judíos a los mercaderes cristianos de diversos productos “para revender a ganar con ello.”
Unos años antes (1146) el insigne Predicador de las Cruzadas que fue don Pedro de Cluny testimoniaba así en un sermón penitencial: “Lo que digo es conocido de todos: si los judíos llenan sus graneros de granos, sus alacenas de víveres, sus bolsos de dinero y sus arcas de oro y plata, no es mediante la honesta agricultura, ni sirviendo lealmente en la guerra, ni practicando cualquier otro oficio útil y honorable, sino engañando a los cristianos, mediante lo que secretamente compran a los ladrones, sabiendo de esta manera apropiarse de las más valiosas al más ínfimo precio.” Por esos tiempos también se los acusaba en Francia de “la usura, el latrocinio, el fraude, la fabricación de moneda falsa (verdadero dolor de cabeza en los reinos) y el perjurio.”
Aterrado por semejantes golpes los judíos de Castilla y Aragón no volvieron a levantar cabeza y los de los reinos vecinos, que no fueron tocados en la asonada, se llamaron a juicio, clamando en toda España por el bautismo, haciendo penitencias, llenándose de escapularios, flagelándose con escobillas, confesándose, diciendo maitines y echando romeros, llenando los templos cristianos para decir alabanzas y recibir los sacramentos.
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