De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



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SEXTA PARTE




LOS JUDIOS Y LOS REYES CATOLICOS

Sepades e saber debedes, que por Nos fuimos informados que hay en nuestros reinos e avia algunos malos cristianos que judaizaban de nuestra fe catolica, de lo cual era mucha culpa la comunicacion de los judios con los cristianos (...) e otrosi ovimos procurado e dado orden como se fisiese inquisicion en los nuestros reinos e señorios, lo cual como sabeis ha mas de doce años que se ha fecho y face, e por ella se han fallado muchos culpantes, segun es notorio e segun somos informados de los inquisidores e de muchas otras personas religiosas , eclesiasticas e seglares, e consta e parece ser tanto el daño que a los cristianos se sigue e ha seguido de la participacion, conversacion e comunicacion que han tenido e tienen con los judios, los quales se precian que procuran siempre por quantas vias e maneras pueden de subvertir de nuestra santa fe catolica a los fieles cristianos.” Discurso Preliminar del Edicto del 31 de marzo de 1492 de Sus Magestades Los Reyes Católicos; Modesto Lafuente, Historia General de España, Tomo XIX, pág. 3053, Ed.. Correo Español, Buenos Aires 1886..


Los príncipes consortes



A la muerte de don Enrique IV El Impotente (21 de diciembre de 1474), la monarquía castellana quedó inmersa en una situación desventurada y sombría.
La influencia de los judíos seguía siendo poderosa en el reino, al extremo que cuentan fue necesaria la intersección de dos de ellos, Pedro de la Caballería y muy particularmente de Abraham Senior, los que conformaron la dote de Fernando (o Fernandino) el infante de Aragón, para que se casase con su prima mayor que él, la princesa Isabel y heredera al trono de Castilla (1468), previa autorización de Roma por el grado de consanguinidad.
Otras mal pensados, aunque a veces parecen no tanto, dicen que fue esta injerencia judía el motivo por el que su hermanastro, El Impotente, al enterarse del matrimonio y conocedor del entuerto, la desheredara del trono (1470) haciendo recaer la corona y nuevamente en doña Juana, La Beltraneja prometida entonces de don Alfonso V de Portugal. El segoviano Diego Enríquez del Castillo hizo, en su momento, una buena defensa de los derechos que le asistían a Juana como hija de rey, en su Crónica del Rey Enrique IV: la sotana clerical que investía al autor lo salvó del hacha inclemente que buscaba afanosa su cuello por este encendido panegírico (también hay otra crónica que no le es muy favorable a la Beltraneja de Galíndez de Carvajal).
Pero he aquí que en esto hay otras sombras ambulantes y nieblas que no sabemos si algún día se desvanecerán. Don Fernando había nacido en Sos (hoy Sos del Rey Católico, lugar apacible en el castillo frontero con el reino de Navarra), el 10 de marzo de 1452. Su padre fue don Juan II de Navarra y después de Aragón, y su madre doña Juana Enríquez, su segunda esposa e hija del Almirante de Castilla don Fadrique Enríquez. La segunda esposa del Almirante y madre de Juana (1425), fue una judía de nombre Paloma, la que viene a ser abuela materna del Rey Católico.
Este detalle genealógico explicaría el por qué los judíos formaron alcancía suculenta para dotar a Fernando cuando pidió la mano de Isabel de Castilla; la oposición al matrimonio por parte no sólo de su hermanastro el rey don Enrique, sino también de Luis XI de Francia y de la alta nobleza castellana; el por qué del matrimonio llevado a cabo en secreto y con los novios disfrazados (él con el atuendo de un arriero, el 19 de octubre de 1469) y por qué, finalmente, la posterior y fuerte resistencia de la nobleza castellana a reconocer al aragonés como rey con iguales derechos que Isabel I.
A los primeros antecedentes referidos a la familia suponemos que los conocería la princesa castellana, y más en aquellos tiempos cuando los linajes llegaban a ser una cuestión de estado. Más aún: es casi tan natural como aleatorio, aunque no probado, que Isabel llegase a frecuentar personalmente a su futura suegra o viceversa, Juana Enríquez y a la abuela del novio, la judía Paloma, por cuanto sabemos que al iniciarse el romance con Fernando las dos estaban vivas. De las restantes cuestiones no tenemos dudas de que las conociese la princesa porque a ellas las vivió y padeció como parte actora.
Otra cuestión de este género que ha quedado a medio camino en su dilucidación, y que conjeturamos ha de permanecer así por muchos tiempo más, es la muerte en Barcelona de don Carlos, Príncipe de Viana (1461), hermanastro de Fernando, por ser hijo de don Juan II y de doña Blanca II de Navarra, su primera esposa.
El pueblo endilgó a Juana Enríquez la muerte del príncipe, su hijastro, para favorecer en la sucesión del trono a su propio hijo Fernando, a la sazón niño de nueve años y que nadie suponía entonces habría de llegar a ser lo que fue, con la intención de consolidar la descendencia judía en el trono de Navarra y Aragón.
Los historiadores dicen que el Príncipe Carlos,

un hombre como de cuarenta años de edad en ese momento, estaba afectado de tuberculosis pulmonar y que su muerte se debió a causas providenciales. Otros sostienen que Juana habría aprovechado esta circunstancia para unirse en consorcio con el médico judío que atendía al príncipe, para hacerle suministrar juntamente con las medicinas, el veneno que le aceleró o produjo la muerte. De todas maneras el matrimonio del rey don Juan (54 años) con Juana Enríquez (27 años), llevado a cabo en circunstancias que parecen obligadas para él o poco claras, fue la causa del enfrentamiento de Carlos de Viana con su padre.

Sin embargo e históricamente don Fernando a pasado a la posteridad como un genuino antisemita. Otros, poco indulgentes, dicen que en el fondo su comportamiento fue el de un cabal criptojudío.
Nosotros no nos pondremos al medio de estas dos opiniones, cómodo lugar de los eclécticos, y diremos solamente lo que nos consta.
Nadie puede objetar que el comportamiento del primer don Fernando El Católico (el que perdurando ha llegado a nuestros días como genio y figura), que existió mientras estuvo bajo la vigilancia de doña Isabel, fue un período que resultó, con indulgencia, aceptable. Sin embargo leyendo las crónicas inducimos que Isabel nunca fue una esposa feliz a su lado, aunque sabemos lo amaba grandemente a pesar de sus infidelidades y trapisondas. Así lo dejan entrever o lo dicen explícitamente sus contemporáneos Hernando del Pulgar, Lucio Marineo Sículo y no hace mucho don Manuel Ballesteros Gaibrois (Isabel de Castila, Reina Católica de España), un casi coetáneo nuestro que ha estudiado a estos monarcas con más detenimiento.
El jurista doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal es mucho más condescendiente en esto (Crónica de los Reyes Católicos), siendo posible que ello se deba a que comenzó en 1502 sus funciones en la corte como consejero de los Reyes Católicos, esto es dos años antes de la muerte de Isabel (en Medina del Campo el 25 de noviembre de 1504).
Luego de la muerte de su esposa aparece la segunda versión de Fernando (traducción poco conocida del aragonés), lastimero y divagante en el reino: “el rey viajaba tristemente de ciudad en ciudad y de castillo en castillo”. Pedro Mártir de Anglería, el duque de Alba y el Arzobispo de Toledo que lo defendían lealmente hacen referencia en sus cartas a la condición miserable del monarca. Más modernamente Walter Starkie (La España de Cisneros), se detiene en este Fernando “reducido a la triste necesidad de recorrer sus reinos como un vagabundo mientras se le negaba el consuelo de ver a sus propios hijos.”

El motivo de tal situación fue la presencia en la costa gallega de su hija Juana, la heredera de Isabel, jurada por las Cortes como reina (11 de enero de 1505) y de su esposo el Archiduque de Austria Felipe El Hermoso como rey consorte. Se enfrentaría seguidamente con su yerno que se supone quería defenestrarlo y que muere repentina e incomprensiblemente (1506) después de tomar un inofensivo vaso de agua. Porque las concepciones políticas para el reino resultaban opuestas: la España isabelina no es la España fernandina. Triunfó la fernandina y se consolidó con Carlos V, y así les fue a ellos y a nosotros que ya estábamos remando en el mismo bote.


Simultáneamente aparece una fuerte oposición contra su persona urdida por los Grandes de España como el duque de Medina Sidonia, el marqués de Villena, el duque de Béjar, el duque de Nájera y otros más que se reflejan en los bandos en pro y en contra del aragonés de esos días. Incomprensiblemente contrae segundas nupcias con su sobrina (1505), la regordeta adolescente Germana de Foix, treinta y cinco años menor que él y son llamativas las circunstancias que rodearon a este desposorio como los escotes y las ojeras con que se les apareció la francesa los españoles.
Más adelante aparecería el bochornoso hecho de que Germana asesorada por dos damas de su compañía le dieran un brebaje para “revivir su naturaleza” (que Mariana, Zurita y Aleson refieren innecesariamente con todo detalle). Finalmente y muy en particular son llamativos los días anteriores a su muerte (en la Cruz de los Barreros, Madrigalejo, Cáceres en 1516).
Es aquí donde nos encontramos con una tercera presentación y un desconocido Fernando (¿el verdadero?) que, sabiéndose gravemente enfermo no acepta a su confesor, ni que se le arrime ningún sacerdote, ni los símbolos cristianos, y se niega reiteradamente a recibir el sacramento y el óleo de la extremaunción. El doctor Galíndez de Caravajal que lo acompañaba dice que fue “como si el diablo se hubiese apoderado de él.”

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