De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



Descargar 0.57 Mb.
Página6/13
Fecha de conversión15.09.2017
Tamaño0.57 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13
El Comienzo de la Edad Moderna

Cuando se conoció la muerte de don Enrique, se encontraba accidentalmente en Segovia la princesa Isabel, hermanastra del difunto. Ella había sido reconocida a la muerte de su hermano Alfonso (Concordia del 18 de septiembre de 1468), como heredera al trono en los Toros de Guisando (valle del Tiétar, en Ávila), cuando tenía solamente diecisiete años.


Al siguiente día de recibida la noticia del deceso, 22 de diciembre de 1474, doña Isabel, de unos veintitrés años ahora, manifestó de ser proclamada reina de Castilla y, seguida en procesión en compañía de su esposo don Fernando, de la grandeza del reino, el clero y los del consejo vestidos todos de gran gala, se encaminó a un tablado erigido para este acto en la plaza segoviana. Sentada la ilustre princesa en el trono, leyó el heraldo su proclamación: ¡Castilla, Castilla, por el rey don Fernando y la reina doña Isabel, reina propietaria de estos reinos!
Soltáronse al aire los pendones de Castilla y de León, echándose a repicar las campanas de la célebre catedral que data de 1123 y de los demás templos cristianos, conocedores de las devociones de la reina, y rasgó la viril artillería del alcázar aquella protocolar donosura, mezclando sus estruendos con los vítores de la muchedumbre provinciana agolpada para presenciar el solemne acto y ver de cerca a sus nuevos reyes.
Prestado el juramento, las ciudades más populosas y los principales y grandes nobles siguieron el ejemplo de Segovia alzando sus pendones por doña Isabel, abrazando su causa en aquella oportunidad cuatro de los seis magnates (estos fueron nada menos que: el gran cardenal de España, el condestable de Castilla, el duque del Infantado y el conde de Benavente), a quienes había quedado confiada la guarda de doña Juana La Beltraneja, que luego fuera, lamentablemente, bandera de la discordia.
Son muchos los historiadores españoles y de otras nacionalidades (entre los cuales no pueden faltar los nuestros, desde luego), que han pretendido, apelando a una deducción siempre indigente, que la Historia de España comienza en el acto cumplido en esta ciudad enclavada, como un símbolo, en el corazón de la tierra del Rey Pelayo, de don Rodrigo Díaz, de Gonzalo de Córdoba y de don Francisco Cardenal Cisneros, cobijada entre las suaves y bellas colinas que se extienden al pie de la sierra de Guadarrama.
Consecuentemente la historia de los judíos en España, que hacemos estrujando nuestra biblioteca en noches de enclaustramiento y vigilia, apelando a los recuerdos queridos de aquella noble heredad y a los buenos amigos que dejamos en ella, también comenzaría en este día.
Así aparecen los Hijos del Señor a los ojos de quien frecuenta las historias menudas, viejas y nuevas, que circulan por doquier en manuales de factura económica y revistas de poca monta pero de ediciones fenomenales: los judíos llegaron a España diez minutos antes que una yunta de cavernícolas, brutos desalmados, los Reyes Católicos, prestaron su juramento en la ilustre Segovia.
Nosotros decimos con el maestro Lafuente que “no es posible comprender el nuevo período de la vida de un pueblo sin conocer el que le precedió, porque de él nace, y él es el que le ha engendrado.” Pero lo que escuetamente hemos visto de los hebreos en España es el enlace y sucesión hereditaria de las edades y de los acontecimientos en que ellos estuvieron inmersos, o fueron sus desencadenantes como intrusos o provocadores de ellos, todos coherentes, ninguno aislado, aún en las ocasiones que parece ocultarse su conexión recóndita.
Para la gran mayoría de los historiadores la caída del Imperio Bizantino (29 de mayo de 1453) y el descubrimiento de América (12 de octubre de 1492), marcan el despuntar de la Edad Moderna. Algunos dicen que con estos comienzos se señala el albor del llamado Renacimiento, y otros que la sífilis, que son de iguales onomásticos, pero sin decir nosotros que sean lo mismo sobre todo en sus efectos, ni mellizos siquiera, menos del mismo padre y que igual madre sea la que los haya parido.

Sin alejarnos de las fechas no estamos enteramente de acuerdo con los motivos expuestos para el amanecer de esta era. “Pero otro acontecimiento contemporáneo –nos hace reflexionar el siempre recordado Jean Lombard (La Cara Oculta de la Historia Moderna)-, la expulsión de los moros y de los judíos de España, al provocar un éxodo enorme de capitales hacia Constantinopla, va a ejercer, detrás de bastidores, una influencia no menos decisiva para el futuro de la Humanidad.”


Por un lado en esta expatriación de dinero, o metálico noble y pedrería preciosa para ser más precisos, se vieron involucrados principalmente los judíos en sus componendas con los turcos otomanos, musulmanes ellos además, hecho que viene a ser de nuestro interés.
Por el otro, la fecha de la toma de Bizancio es incierta en cuanto a sus efectos, porque desde hacía un siglo que el Imperio del Oriente estaba en agonía: atacado por los europeos (los búlgaros a mitad del Siglo XIV y los serbios de Esteban Duchau), y los asiáticos (árabes y persas desde los tiempos de Mahoma), su destino estaba marcado y se sabía que mucho no habría de resistir el estratégico cerrojo impuesto por los turcos osmanlís. Había sobrevivido un milenio de asedios externos y de disensos y luchas intestinas al Imperio de Occidente, lo que habla más de un milagro que de un mérito.

La ruta de la seda y de la seda


La ruta de la seda, de las especias y del opio, quedó interrumpida por esta caída, con los consiguientes enflaquecimientos de los mercados de Flandes, Francia, España, la extensa costa lusitana y la del norte africano siempre dependiente de los vaivenes del Oriente y de las ocurrencias del mediodía europeo.
Se intentaron otras rutas pero fracasaron porque cada una de ellas involucraba una gravosa hipoteca con los musulmanes, quedando como rédito una plusvalía a favor de los europeos despreciable para un esfuerzo desproporcionado. Aparece en escena Venecia que, gracias a un acuerdo con los turcos iniciado en 1454 introdujeron su famoso bailo (agente de negocios), confirmándolo en 1479, reteniendo el tráfico de Oriente a Occidente y viceversa, dejándole ríos de oro en fletes y seguros que hacían repicar las campanas de San Marcos con el arribo de cada galera. Sin embargo su prosperidad fue efímera.
Nos llama la atención esta cuestión históricamente repetida de la “ruta de la seda” o “de las especias” con que se atosiga frecuentemente al lector y al estudiante, narcotizado por el ulular de la profesora de historia, la temida prueba escrita y hasta por el cuco que puede aparecer en cualquier momento.
No podemos contener nuestro asombro de ingenuos cuando nos enteramos que en el Siglo XIV había en Florencia solamente, no menos de cien compañías financieras, con decenas de filiales y centenares de agentes esparcidos por toda Europa occidental.
Tampoco sujetamos el alelar si vemos, armados de paciencia, los estados económico-financieros de personajes como los Bardi, los Peruzzi, los Strozzi, los Pitti, los Médicis y los Acciaioli en el centro y norte de la península itálica. No nos olvidamos de los Bonsignori y los Frescobaldi sobre el Tirreno y de los Pisani y los Tiépolo sobre el Adriático.
Para dar una idea, porque en realidad estos nombres no dicen nada, de las ganancias derivadas de este trafico entre Oriente y Occidente y viceversa, por parte del gobierno veneciano solamente, bastará decir que obtuvo en 1455 un rédito de 800.000 ducados oro, equivalente a la utilidad de toda la España cristiana, y superior al de Milán (500.000) y Florencia (200.000), los que, sin embargo, eran considerados reinos y ciudades riquísimas.
Visto este cuadro, pintado someramente, nos preguntamos si semejantes fortunas pudieron amasarse vendiendo seda, nuez moscada, clavo de olor, palo brasil y aceite de nardo. O bien, si el lector prefiere hacer la cuenta, cuántos kilómetros de seda, cuántas espuertas de nuez moscada, cuántos rótulos de pimienta y cuántos cántaros de aceite había que vender para obtener semejantes fortunas, algunas de las cuales, para colmo, aparecieron de la noche a la mañana.
Agregando a este tráfico los dividendos que arrojaba la usura (entre el 22 y 30%), las prendas e hipotecas, fletes, seguros y consignaciones y los derechos aduaneros y cambios de monedas, no se llega ni remotamente a esas cantidades. Entonces, ¿de dónde salieron estos caudales de dinero? La respuesta es tan sencilla que requiere una sola palabra: del opio.
El opio es un producto conocido desde la más remota antigüedad. Sus aplicaciones y efectos también, aunque muchos otros se conocieron y ampliaron su espectro en la farmacopea con el correr de los siglos. Cuando los antiguos griegos deificaban al sueño (Morfeo), considerándolo hermano de la Muerte e hijo de la Noche, se referían concretamente a las propiedades soporíferas e hipnóticas del opio.
No hablaremos de Theofrasto (300 aC.) que le asignó el nombre de meconio que perduró en toda la Edad Media; tampoco citaremos a Scribonio Curio (50 aC.), que ya explicaba cómo se debía sembrar la planta y cosechar sus jugos; menos a Dioscórides Pedano (70 dC.), que lo menciona como vieja industria en el Asia Menor; ni a Plinio El Viejo (50 dC.), que testimonia su existencia señalando sus propiedades medicinales. Sin embargo para los historiadores modernos este producto nefasto no existió ni existe.
Cuando el Islam hace su irrupción en el mundo hacia el Siglo VII, vino con él la prohibición del consumo de las bebidas alcohólicas y fueron los árabes, principalmente, los que extendieron el uso del opio como substituto del etílico en Persia y distintas regiones de Oriente (el puerto de Bendar-i Busir en el Golfo Pérsico y Buruyird), llegando a la India (Tripura y Malwa) y hasta el archipiélago malayo (Macao).
Cuando Sebastián del Cano y el florentino Antonio Pigafetta (Viaje alrededor del Mundo), de la deshecha expedición de Magallanes, arribaron a las Molucas (7 de noviembre de 1521), se encontraron con las nupcias de estos dos personajes: los musulmanes y el opio.
Más aún: se puede decir que hasta donde llegaron los árabes o el Islam llegó el opio, lo que involucra la parte septentrional del África (excluyendo Egipto que no solamente lo conocía desde sus antiguos faraones, sino que además tenía su propia variedad llamada glabrum boiss., que como flor es la más difundida en jardinería: Papaver somniferum), y Europa entera que, sin ser islamita, también cayó a los pies de la leche de la adormidera pero por otras vías.
Se llegó a creer en su momento que el opio era

la panacea medicinal, porque usado en dosis convenientes y según sus destilaciones, mezclas y preparados, podía atenuar o curar síntomas o enfermedades que iban desde las úlceras estomacales, pasando por el asma y el reumatismo, la impotencia sexual o la diarrea, hasta las neurosis y la locura.


Cuando asoma el llamado Renacimiento, ya hemos dicho lo hace marcado por la sífilis (o al revés si el lector prefiere, porque es lo mismo). Esta enfermedad desconocida (Francesco Giucciardini, Historia de Italia), reportada por los médicos de la antigüedad fue confundida con las otras venéreas primeramente. Luego se la incluyó como una variedad de la lepra cutánea. Recién a fines de 1492 se la descubrió como una nueva enfermedad (Niccolo Leonicelo), diferente de las conocidas y se supo el mecanismo de contagio (Girolamo Fracastorio).
Coincidió el hallazgo con el Descubrimiento de América y fue ocasión propicia para echarle la culpa, sin asidero alguno, a los indígenas americanos que fueron sus primeras víctimas y hasta el nombre de bubas de indias le pusieron a lo que ya se conocía como mal francés.

En nuestra patria Fray Reginaldo Lizárraga y el Padre Florián Paucke comentan, en dos momentos bien diferentes, que no había comarca indígena que no estuviese asolada por la Espiroqueta pallidum. Sin embargo nada dicen de esto los que vinieron con Caboto en sus crónicas (Alonso de Santa Cruz y Luis Ramírez) o García de Moguer en su Memoria, menos los de don Pedro de Mendoza (Ulrico Schmidel, Villalta, ni Pero Hernández o Isabel de Guevara). Entonces, ¿cómo apareció la sífilis en el Río de la Plata?


A esta estupidez la han repetido sin cansancio hasta historiadores que hemos dado por muy buenos, y ha consistido, esencialmente, en confundir la epidemia con la pandemia que apareció en Europa como peste (1492), así como confundieron la descripción de la enfermedad (1497), con sus primeras noticias (1455, primer informe).
En esta terrible enfermedad la ingesta de opio y las sales mercuriales como ungüentos cumplirían un papel destacado. Siempre como paliativo (sedante, analgésico, hipnótico relajador y soporífero), particularmente en la parte final de la segunda fase del padecimiento, y en toda la tercera que desemboca inexorablemente con la muerte del enfermo.
Se consumía el opio de dos maneras diferentes: en compuestos medicamentosos (una fabulosa gama de productos y subproductos), y para fumar (con un sinfín de formulas y aparatos para hacerlo). Como la droga no se podía consumir por vía oral en estado de pureza se le agregaban los vehículos (elixires, jarabes o aguas aromáticas), de manera que unos 700 gramos se convertían en 2.000 o más dosis. De donde ya el lector hará la cuenta de las ganancias. Ellas son tan sencillas que hasta un periodista podría hacerlas.
El rédito es, minimizando su cuantía, superior al 250% de la inversión. Pero como nadie vendería una dosis a un maravedí, las ganancias debieron ser realmente astronómicas.
Por esta cuestión de fumar la adormidera resulta sorprendente que se diga que fueron los americanos los introductores del hábito de fumar entre los inocentes y virginales europeos. Los orientales mayormente y los occidentales en menor cuantía, ya solían fumar en la edad precolombina, pero no el tabaco inofensivo al fin y comparativamente, sino algo un poco más fuerte, peligroso y de efecto adictivo y contundente.
De una estadística histórica que tenemos a la vista resulta que por cada kilogramo de opio destinado a la medicina, se consumían 3 toneladas y media para fumar y por cada adicto al láudano, por ejemplo, había ordinariamente 100 fumadores empedernidos.
El opio en cualquiera de sus derivados, desde los ungüentos a las tinturas vinosas y su inhalación en forma de humos, sahumerios o vapores es fuertemente adictivo. De allí que su clientela sea segura, o más bien cautiva, como en casi todas las formas de drogadicción. Jamás disminuye la demanda a pesar de las muertes por su causa y sin remedio, sino antes bien se incrementa constantemente.
Para dar una idea al lector diremos, que un kilogramo de opio (del Oriente por dos vías: Constantinopla, procedente de Angora, Amasia, Balahissar e Iskmu; y por vía Esmirna, el proveniente de Karahissar, Usekach, Isbartan y Baldur), valía 100 veces menos que un kilogramo de oro y rendía 100 veces más que él. Por otra parte y según testimonios medievales era más seguro tener en la casa un pan de opio para comercializar en el mostrador, que un lingote de oro para hacer alhajas en la caja fuerte. Ni los piratas se le atrevían porque si se caía el panecillo o la tiraban al agua la pasta se disolvía en ella sin remedio.
Esta seguridad en la tenencia y transporte y la desproporción entre la compra y venta, se derivaba del hecho de que ni un opiómano consumado hubiese sabido qué hacer robando un pan o tableta de opio, simplemente porque no conocía la forma de prepararlo lo que solamente estaba reservado a los que llamaban oficiales boticarios que normalmente eran judíos. Porque según sean las dosis, el producto es mediocre, excelente o letal en sus efectos (nunca inicuo y siempre adictivo).
Este consumo privado y personal o el aconsejado por receta, inmoderado en muchos casos, sería el motivo más cierto que tenemos para explicar el por qué la mayoría de los médicos y boticarios de la Edad Media hayan sido judíos, llegando en algunos casos a la exclusividad. Ellos fueron los puntos terminales de la cadena de comercialización y a través de ellos se podía ejercer un control sobre el mercado.
Como si esto fuere poco, la mercadería recibida en puerto era normalmente en bruto (se comercializaba en panes o tortas circulares achatadas de 300 a 700 gramos cada una en forma de resina endurecida, a veces aromatizada con canela), por lo que al llegar debía ser filtrada y purificada, reducida luego a la molienda para polvos o pasarla al estado licoroso con disolventes, según fuere su destino. En cambio a un kilogramo de oro se lo canjearían al ladrón en cualquiera de sus formas diez minutos después del robo y en efectivo sin necesidad de retortas, alambiques y otras parafernalias.
En cuanto a la desproporción en su precio, ya lo hemos dicho, resulta de lo mismo: en panes el producto no tenía valor, pero preparado para fumar o como medicina, su precio era infinitamente mayor. Además su consumo, comercialización y venta jamás estuvo prohibido en Europa: su venta era libre y sin impuestos.
El oro, en cambio, estaba gravado y casi todos los países tenían severas normativas que impedían su exportación. Pero el opio podía trasponer las fronteras como un juguete inofensivo porque así se lo consideraba.
Dos preguntas nos asaltan al final de esta necesaria exposición. Cuando los portugueses se lanzaron con Vasco da Gama hasta el Cabo de Buena Esperanza primero y a la costa Malabar después y cuando Colón se hizo a la mar singlando siempre al occidente en busca de la India, ¿qué andaban buscando: acaso maderas para teñir, laca, canela, pimienta o clavos de olor?
La segunda pregunta: ¿quiénes manejaban este emporio fabuloso con una clientela retenida y anhelante, desesperada, millonaria en adictos sanos y enfermos en Oriente y Occidente, que dejaba dividendos mil veces superiores a las inversiones como ya hemos visto y siempre de contado?
Si lo expuesto hasta aquí fuese enteramente cierto explicaría las fuertes alianzas de los judíos con los árabes primero; de los judíos con las tribus africanas islamizadas (sarracenos) de inmediato; de los judíos con los turcos otomanos en último lugar, todos ellos, como se sabe, de religión musulmana y, finalmente, las tan tenaces y reincidentes mancomunidades de los judíos con algunos príncipes y monarcas del occidente cristiano que los llegaron a proclamar como propiedad privada.
Cerrando este parágrafo dejamos aclarado para el lector que en el argot mercantilista de aquella época al opio se lo llamaba seda, así como los tahúres contemporáneos llaman ángel o blanca al clorohidrato cocaína.
De allí provendría sedar (relajar, sosegar, apaciguar) y sedante (agente o medicamento que calma el dolor o la excitación nerviosa), que son todas propiedades de los opiáceos.
De manera que cuando nos hablan de la ruta de la seda, ¿se estarán refiriendo al suave y largo hilo que fabrica el gusano Bombix mori o a la sustancia lechosa que se obtiene manipulando los frutos de la Papaver rhoeas?
Para mayor confusión la ruta de las dos sedas de Oriente a Occidente eran, prácticamente, coincidentes en más de un 80%, incluidos árabes con turbantes y camellos formando caravana.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal